Rafael Victorino Muñoz
Comencemos por revisar una parte del itinerario vital de José Rafael Pocaterra, más específicamente su trayecto inicial, hasta el año 1922 que es cuando aparecen sus Cuentos grotescos (por razones que más adelante espero que se comprendan). Según la versión más aceptada, nuestro personaje nació el 18 de diciembre de 1889, en el inmueble ubicado en el cruce de lo que hoy día se llaman las calles Anzoátegui y Colombia, a unas cuantas cuadras de aquí.
En 1907 lo encontramos aún en la ciudad, colaborando en Caín, un periódico que, según la mayoría de sus biógrafos, se identificaba como opositor al gobierno de Cipriano Castro; por la publicación de unas listas en las que se proponían candidatos públicos, lista conformada por presos políticos, los esbirros le ponen el ojo al periódico y Pocaterra es encarcelado, primero en el Castillo de Puerto Cabello y luego en el de San Carlos (Maracaibo).
Allí permanece por un año. Al salir no se reinstala en Valencia, sino que en 1909 está en la capital, ejerciendo funciones como Secretario del ministro de Obras Públicas. Al año siguiente acompaña a la ciudad de Calabozo a dicho personaje, quien había sido designado presidente del estado Guárico. Estando en el llano nuestro autor escribe El doctor Bebé (su novela valenciana).
En 1912 vuelve a Caracas; escribe Vidas oscuras, pero se traslada a Maracaibo en 1914, para asumir el cargo como intendente de tierras baldías. Seguía alejado de Valencia y así estaría por mucho tiempo, al menos físicamente. En el Zulia, Pocaterra comienza a colaborar para El Fonógrafo, donde aparecen algunos relatos con el subtítulo de “Cuentos grotescos”. También escribe su novela zuliana:“Tierra del sol amada”.
Sigue deambulando en nuestra geografía, ya que en 1918 está otra vez en Caracas, colaborando con diversos periódicos (El Universal, El Nuevo Diario y Pitorreos)yconspirando, ahora sí más en serio. Comenzando el año 1919 es recluido en La Rotunda. Durante este confinamiento produce la mayor parte de sus Memorias de un venezolano de la decadencia, otros cuentos grotescos así como la novela La casa de los Abila.
Permanece Pocaterra en prisión hasta 1922. Al salir en libertad continúa un tiempo en Caracas, pero luego se autoexilia y se va a Nueva York, y de allí a Montreal. Parece curioso que haya escogido el camino del exilio justo cuando publica la que se puede considerar su obra cumbre: Los cuentos grotescos. Aunque ya sabemos cómo era el momento político de Venezuela bajo Gómez. No había mucho para escoger.
Regresa después de cierto tiempo, en 1938, como senador por el estado Carabobo ante el congreso nacional; luego ocupa un Ministerio y la presidencia de su estado natal. Pocaterra fallece en Montreal en 1955; poco tiempo antes vino a ver, por última vez, a despedirse acaso, de su ciudad, con motivo del cuarto centenario, cuando pronunció aquel emotivo discurso cuyo título parafraseamos hoy: Valencia, la de Venezuela.
Como hemos podido ver, es corto el tiempo que vivió aquí en la ciudad. De hecho, si consideramos que nació en 1889 y fue encarcelado prácticamente al cumplir los 18, pero que uno comienza a ver más o menos el mundo a los cinco años, fue poco más de una década, una docena de años, la de su experiencia en estas tierras, previa a las obras que hoy queremos comentar: entre 1895 y 1907.
¿Por qué nos centramos en estos años? Porque las obras donde menciona a Valencia o habla más de ella fueron cercanas o posteriores: El doctor Bebé escrita en 1911-12, los Cuentos grotescos publicados en 1922… Sin embargo, debemos hacer la salvedad de que varios de estos relatos se escribieron en la cárcel (como dijimos), o en otros momentos. Por ejemplo, Panchito Mandefuá es de 1915, y el espacio en el que se desarrolla la historia es Caracas, donde se observa un problema que creo que todavía no teníamos aquí en Valencia para ese entonces: el tráfico.
Ahora bien, ¿cómo era Valencia, la de ese tiempo, la de Pocaterra? Veamos algunos datos:
- Según el censo más cercano para la fecha (1891), la población del estado Carabobo era de 160.000 habitantes. Y como en esos tiempos el crecimiento poblacional era poco (por distintas variables como guerras, epidemias, etc.), suponemos que no sería muy diferente una década más tarde.
- En cuanto a la ciudad, la constante histórica era de un 37% del total del estado, lo que nos permite suponer una Valencia de poco más de 60.000 almas.
- En su crecimiento, ya la ciudad había rebasado la cuadrícula original, hacia el norte por Camoruco, en el sur hacia Santa Rosa.
- El ferrocarril que conectaba con el Puerto funcionaba desde 1888 y con Caracas desde 1894.
- Se contaba con servicios de tranvía desde 1900; este se hizo eléctrico en 1915; también había telégrafo, teléfono, entre otros.
Para efectos de continuar con nuestro relato, voy a hacer una partición, un poco bastante arbitraria, dejando por un lado las obras que están o pueden estar ambientadas en la capital de Carabobo. En primer lugar, tenemos las novelas, de las cuales la única que transcurre casi totalmente en Valencia es Política feminista o El doctor Bebé. Aunque una parte, casi al final, es en Puerto Cabello.
Luego están los Cuentos grotescos. Y aun dentro de estos caben distinciones. Para efectos prácticos, haremos una subdivisión, arbitraria pero necesaria:
- Sólo hay unos pocos relatos explícitamente “valencianos”, como La bruja, La mista, el recordado Matasantos, Los come-muertos, que mencionan sitios específicos de la capital carabobeña;
- Aunque El rosal de la cascabel es más una parábola que un cuento, Su señoría el visitador es un poco anterior a la vida de Pocaterra y Patria la mestiza transcurre en las afueras, hacia Barrera, en la vía al Campo de Carabobo.
- Luego tenemos los cuentos que son caraqueños, como el mencionado Panchito Mandefuá, Bastón puño de oro, entre otros.
- También nos encontramos con historias que transcurren en otras localidades o lugares: La ciudad muerta presumiblemente en el llano; El chubasco, en una embarcación en el lago de Maracaibo donde están dos personajes: un coriano y un zuliano.
- Por último, los relatos que no tienen una clara referencia o alusión a lugar, como La llave, La I latina, Oropéndola, Mefistófeles, entre otros. De algunos de estos, sin embargo, sospecho que sean “valencianos”.
Entonces, ya vimos cómo era demográficamente esa Valencia de los tiempos de Pocaterra. Ahora la conoceremos un poco más, a través de la lectura de los Cuentos grotescos y de la novela El doctor Bebé, sobre todo en esta última, ya que en los cuentos el autor se detiene un poco menos en los espacios y se concentra más en los hechos. Haciendo una categorización, a la manera de los etnógrafos, nos encontramos con un conjunto de informaciones bastante interesantes que nos permiten ver la vida cultural, espiritual, política y hasta sentimental de aquella ciudad algo pueblerina, que se asomaba tímidamente al siglo XX.
Comenzamos este viaje al pasado de nuestra ciudad, a través de la pluma de Pocaterra, diciendo que a principios de 1900 Valencia era una ciudad muy tranquila, con poca vida nocturna. El primer párrafo de El doctor Bebé se encarga de enfatizarlo: “En Valencia no se halla qué hacer de noche”. Coincide en este dictamen nuestro autor con el juicio de Luisa Galíndez, quien sostenía que la capital carabobeña era una ciudad nuevera, queriendo dar a entender que todo moría a las nueve.
Precisamente a esa hora deambulaba el personaje principal, Pepito: cuando en la torre da el lánguido doble de las nueve por el descanso de las benditas ánimas, las calles rectas de la ciudad adormecida apenas recogen el eco de un paso apurado (p. 5). Recordemos que, por contraste, para la época Caracas tenía ya una “rutilante” vida nocturna, gracias al alumbrado público y al establecimiento de unos cuantos lugares, de la buena y de la mala vida, tal como refieren, entre otros autores, como Pío Gil en El cabito.
Entonces, las fuentes de entretenimiento de los jóvenes tal vez no diferían demasiado de lo que sería un pueblo, un pueblo grande: ir al río, tirando “pancotas” en el pozo del Jabillo; y para los más grandes, ir en procesión desde el sitio del Socorro hasta el Morro (p. 11). Y aunque ya había cinematógrafo, el repertorio de proyecciones al parecer era preferentemente piadoso (sobre esto volveremos luego).
Por otra parte, ahora también estaba la novedad de pasear por la avenida de Camoruco los domingos (p. 13). Algo que se hacía, pienso yo, un poco a imitación de la Caracas guzmancista, que desfilaba por el paseo homónimo del gobernante; y a su vez esta lo había tomado del París del tercer imperio. O sea, éramos como una copia de la copia de la idea (con permiso de Octavio Paz, quien compuso la frase).
Así, en aquella Valencia de Pocaterra los domingos una larga hilera de coches desfilaba por la avenida (p. 43); no hace falta decir cuál, pues era prácticamente la única digna de mención. Por cierto, es oportuno señalar cierto sesgo clasista o de distinción el hecho de hacer este paseo en carruaje o a caballo; aunque no se dice de manera explícita, lo de andar a pie no sería muy bien visto, razón por la cual el personaje, Pepito, debía a los cocheros una buena cantidad, para poder presumir de su estatus.
No sería de extrañar que, en una ciudad con tan pocas fuentes de entretenimiento, donde las amistades se hacen consuetudinarias y perduran como por obligación o resignación, la llegada del Doctor Bebé, el presidente del estado Carabobo designado por Cipriano Castro, haya sido un acontecimiento que saca del tedio a la ciudad y al que acude buena parte de la población: toda la Valencia social, según un improvisado reportero de la época, que figura como personaje en la novela.
Adicionalmente, en este aspecto de la socialización o más bien de propiciar espacios de socialización, todavía la religión jugaba un papel determinante, mucho más que ahora, sin que con esta afirmación neguemos del todo su importancia actual. Pero creo que Pocaterra no la miraba con buenos ojos; si bien no era declaradamente antirreligioso o ateo, sí parecía bastante antidogmático. En no pocas ocasiones se expresa con sorna, al presentar a los creyentes o la manera como estos experimentan las verdades de la fe; como cuando describe, en El doctor Bebé, una versión cinematográfica de la pasión de Cristo:
La película contristaba los ánimos: un Jesús flaco como un arenque, atado a la columna, recibía latigazos, imitados tras la tela con golpes dados en un cajón. La sonoridad de carnes de Nuestro Señor causaba profunda lástima y ponía odios en aquellos corazones cristianos… Algunas lágrimas acudieron a los corazones de las mujeres… (p. 33).
Le daban un lanzazo, se moría, surgiendo luego en apoteosis complicada sobre nubes de algodón… (p. 34).
El mismo tono mantiene para referirse a los prelados de la iglesia; así dice, describiendo a un sacerdote: el abdomen se hinchaba violentamente bajo la bata blanca… al trasluz, las piernas cristalinas sostenían su hinchazón como dos estacas miserables.De igual modo procede con los creyentes, que rayan en la ingenuidad o caen en la desmesura. En Su Señoría el visitador, novicias, monjas, sacerdotes, son vilmente engañados por la labia de un ladrón refinado que se hace pasar por cardenal.
Recordamos el cuento de Matasantos en el que el personaje en su delirio acaba con las imágenes de yeso de la iglesia de San Blas. Es en este relato donde más se prodiga en la sátira; así describe el mencionado templo de barrio: “es una iglesia churrigueresca, fabricada a retazos, con dos torrecitas techadas de zinc, que rematan en una piña sin estilo alguno en la fachada, abriendo la nave central bajo una estatua del Santo, desteñida en su hornacina y que se está, benévolo, con la nariz de piedra comida por años…”
Siguiendo con el relato, luego del suceso en el que el matasantos destruye las imágenes, pululan por la ciudad fabulaciones de la más diversa índole: “a una viejita de El Tejal se le apareció el espíritu de un sobrino político y le dijo que Valencia estaba maldita, porque iba a pasar una cosa muy grande. Dos días antes cayó un rayo en el monolito y en la máquina del reloj de la Torre, parada de pronto en las cinco y cuarto, ¡a la hora misma en que se descubrió el crimen, se encontró una lechuza muerta…!”
Aprovecho la oportunidad en que hablamos de este relato para aclarar una confusión histórica. He escuchado varias veces a algunos habitantes de San Blas decir con orgullo que ellos son “morreños” y “matasantos”. Lo primero es indudable, indiscutible; sin embargo, lo segundo no se ajusta a los hechos contados en el relato: el Matasantos venía de “más allá de Flor Amarillo”; y cuando en medio de los disturbios en que se enfrenta una turbamulta variopinta, los de Flor Amarilla son acogidos con una rechifla: Matasantos, Matasantos.
Ahora, tengo para mí que Pocaterra se burla más de las personas o de ciertas formas particulares de la devoción, cercanas a la superstición, antes que de las escrituras. En algunas de las cartas hiperbóreas me parece que tiene una postura ambivalente con respecto a las religiones: por un lado, critica a la iglesia católica y a los altos cargos dentro de esta, porque le parece que son muy benevolentes con los déspotas; y también fustiga a la beatería; por la otra, simpatiza en momentos con algún cura de parroquia que ha sido víctima de injusticias (Arria y Muñoz, 2010). Pero, definitivamente, no ve en la religión la solución a nuestros problemas.
Tampoco parece verla en la educación, por lo menos no en el estado actual de cosas para su momento y/o en la ciudad de Valencia. Este tema que ya había sido tratado en La I latina, aparece en otros pasajes de su obra y en otros cuentos. Por ejemplo, en La mista presenta un panorama nada alentador sobre la instrucción pública; al parecer en los tiempos de Castro no se habían tomado aún muy en serio el decreto de Guzmán Blanco. Y ni la cantidad de escuelas, ni la condición de las mismas o aun los sueldos de los docentes daban para pensar en que aquella fuera una educación de calidad.
De hecho, el protagonista de La mista se encontraba en una situación más que lamentable, viviendo al fiado y cayendo a la larga en la locura, cansado de esperar quijotescamente una solución que viniera en forma de un cargo y de una escuela mixta. Esta situación también la vemos en un personaje, más que secundario, casi anónimo de El doctor Bebé: el maestro Verdú, respecto al cual Pepito exclamaba, gritándole a la madre: ¿tú crees que yo soy Verdú, para vivir con quince pesos?, con lo cual daba a entender que los maestros estaban en un escalón más bajo que los secretarios de oficina pública, como Pepito, que ganaban 40 pesos.
Volviendo al tema de la avenida de Camoruco y el urbanismo, su apertura y uso como espacio de socialización y sosiego había permitido ir ampliando la zona de la ciudad donde habitaban las personas pudientes, alejándose estas cada vez más del centro; lo cual es mucho más notorio en nuestros días, donde las zonas exclusivas se ubican hacia la periferia, aunque también hay una periferia otra, por así decirlo.
En este sentido, hasta las proximidades de lo que fuera la estación del ferrocarril, lo que hoy día es la universidad de Carabobo, aun vemos esas casonas señoriales de la época. Un poco más al norte, hacia la zona que conocemos como la Ceiba, viviría Pepito (personaje de El doctor Bebé) junto con su cuñada y con su esposa, una vez casado. En esta periferia de la periferia, pese a la aparente mejora en cuanto estatus habitacional para el personaje, llevaría más bien como una existencia pastoril. (Por cierto, de esa zona tengo un conocimiento de primera mano debido a que fue donde transcurrió la infancia de mi abuelo.)
Siguiendo con el tema de los bordes, los cuentos Los come-muertos y La casa bruja están ubicados también en espacios marginales de la ciudad, en el sentido que se le da al término tradicionalmente en sociología, es decir, al margen en cuanto al trazado urbano, lo cual significa muchas veces al margen en cuanto a la económico, debido también al hecho de estar fuera del disfrute de los servicios públicos básicos.
En Los come-muertos encontramos una de las primeras menciones de los migrantes europeos, en este caso italianos, dentro de la ficción breve en Venezuela (debe haber otras, seguramente, pero no vienen al caso). Es paradójico, sin embargo, que de esa época sea la primera Ley de Extranjeros, promulgada por Cipriano Castro en 1903, la cual surgió en respuesta al bloqueo. Esta ley tenía más bien por objeto controlar las actividades de los extranjeros en el país. Tal vez ello favorecía a que vivieran algunos de ellos en mala situación.
Según el cuento de Pocaterra, los italianos que comían muertos vivían pared de por medio con el cementerio de Morillo, en los terrenos donde hoy día es el Palacio de Justicia y sus alrededores. Según Jenny de Tallenay, quien visitó nuestra ciudad en los tiempos del guzmancismo, al parecer, cuando los familiares de los difuntos no habían pagado la cuota correspondiente, era costumbre sacar a estos de sus tumbas y amontonarlos en una zona cualquiera, entre el cementerio y el cerro cercano, que es la fila de Guacamaya, en la zona conocida como el Calvario:
Una torre bastante espaciosa a lo alto de la cual llevaba una escalera de caracol, llamó nuestra atención. Subimos por ella y cuál no fue nuestro horror cuando legamos a una estrecha plataforma, al constatar que todo el interior de este edificio circular estaba tan lleno de osamentas confundidas de tal modo que lo colmaban casi enteramente. Cráneos desnudos surgían aquí y allá en este lúgubre amontonamiento de desechos humanos (De Tallenay, 1954).
Lo que presumo, atando cabos de estas distintas fuentes, es que los italianos del cuento no tendrían un oficio muy digno que digamos. Tal vez se dedicarían a recuperar la ropa aún en estado de ser usada por algún vivo, ya que a los difuntos no les haría tanta falta. De allí el apodo que los niños daban en el cuento a los italianos, pues en cierto modo comían a expensas de los muertos. Yo nací y me crié por esa zona, y cuando era niño todavía circulaban algunas leyendas sobre ese camposanto. En alguna ocasión escuché en las historias familiares la expresión el cementerio de las cabecitas; lo que me lleva a suponer que eso era lo que abundaba por allí.
En el caso del cuento de La casa de la bruja, se menciona otro lugar en el borde de la ciudad de Valencia, “por las colinas de Agua Blanca”. Yo vivo ahora hacia esa zona, cerca de donde hoy día está el Aquarium, y muchas veces me he preguntado si todavía existirá o dónde está o estaba exactamente la casa de la bruja. Creí haberla encontrado, pues una casa que quedaba cerca del cruce de la avenida Anzoátegui con Navas Spínola, tenía las características de la descrita en el cuento, y no está lejos de la montaña. Lamentablemente no conservo foto y la casa ya no existe.
Pese a todo esto que hemos venido viendo, Valencia la de Pocaterra era una ciudad que comenzaba a mostrar signos de modernización, por lo menos en cuanto a tecnología se refiere. Ya hablamos del tema del ferrocarril y del tranvía. Presumimos que el que se señala en el Doctor Bebé no era el tranvía eléctrico todavía, pues este llega a la ciudad en 1915; la fecha de nombramiento de Samuel Niño como presidente del estado fue 1907 y la escritura de la novela es de 1911-1912, según coloca el mismo autor al final.
Todavía no había automóviles o por lo menos no los menciona Pocaterra. La gente se movilizaba a pie o a caballo, en carreta o tranvía. Pero sí había teléfono. Y al igual que sucedió con el surgimiento del celular para nosotros, en fechas más recientes, el invento de Graham Bell marcó en un primer momento una distinción social. Las Belzares, personajes de la novela El doctor Bebé, tenían teléfono, gracias a su vinculación afectiva con el presidente del estado. Y pese a que lo usaban indiscriminadamente (los primeros días el transmisor no tenía descanso), no les servía para comunicarse con sus amigas o familiares (presumimos que estos no tenían teléfono), sino que: Ya era Bella que solicitaba en las tiendas telas absurdas… Algunas veces Misia Justina, con voz atronadora que se oía en el vecindario, solicitaba en las quincallas “calleras para hombre” (p. 70).
Siguiendo con los medios de comunicación, un detalle curioso, que me llama bastante la atención, es que los personajes de El Doctor Bebé parecían preferir leer los periódicos de Caracas, para estar al día. Una vez llega a mencionar Pocaterra un periódico local: Caín, conel cual trabajó. Sin embargo, sólo dice que una hoja de este diario se usaba para envolver una botella (p. 85), como burlándose de sí mismo o de la prensa local.
Decíamos que la Valencia de Pocaterra comenzaba a mostrar signos de modernización tecnológica, pero no en otros sentidos. No creo estar descubriendo nada nuevo, ni ofendiendo a nadie, si digo que había una clara diferenciación de roles de acuerdo con los géneros. En El doctor Bebé y en varios de los cuentos grotescos, las mujeres tejen, bordan o tocan piano en sus casas; van a bailes o a misa; Misia Ana Josefa era celadora de la Anunciación. Pero no tenían trabajos remunerados. En tanto que los cocheros, dependientes de tiendas, empleados públicos, son hombres. Por fortuna, los tiempos ya son otros.
Este tema me permite encadenar con otro, que no era solo propio de ese tiempo, pues aún no ha dejado de ser el nuestro; y es el asunto de las conexiones con los organismos del Estado, o más bien con los que ocupan cargos en dichos organismos, como una posibilidad de acceder a una mejora económica; además, está el hecho de que ocupar esos puestos, aunque no se tuviera o se tenga ningún mérito, los hacía y hace parecer mejores a tales personajes, aunque no lo fueran ni lo sean. Tal vez en este y otros aspectos antes mencionados, la Valencia de Pocaterra aún sigue siendo un poco la nuestra.
En cualquier caso, como siempre decimos los perpetradores de ficciones, cualquier parecido con la realidad… Este es apenas el esbozo de un retrato de Valencia; una Valencia beata, aburrida pero con ganas de salir del marasmo, orgullosa y sin embargo siempre dispuesta a dejarse embaucar por el primer encantador de serpientes; y es un retrato entrevisto a través de los libros de Pocaterra. Mejor dicho, esta es su visión de la ciudad, escrita desde el recuerdo, desde la añoranza, tal vez desde el acaso.
Referencias
Arria, P. y Muñoz, V. (2010). José Rafael Pocaterra ante la condición humana. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. Disponible: https://www.biblioteca.org.ar/libros/151456.pdf
Balza, J. (1996). El cuento venezolano. Caracas: Universidad Central de Venezuela.
Corominas, J. (1976). Diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Gredos.
De Tallenay, J. (1954). Recuerdos de Venezuela. Caracas: Ediciones del Ministerio de Educación.
Jiménez E., G. (1989). Relatos venezolanos del siglo XX. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Meneses, G. (1955). Antología del cuento venezolano. Caracas, Monte Ávila.
Pocaterra, J.R. (1956). Obras selectas. Madrid: Edime.
Pocaterra, J.R. (varios años). Cuentos Grotescos. Caracas: Monte Ávila.
Uslar Pietri, A. (1995). Letras y hombres de Venezuela. Caracas: Monte Ávila.
