literatura venezolana

de hoy y de siempre

Crónicas de «La Rotunda»

Mar 16, 2026

José Rafael Pocaterra

Los «joropos» de Nereo

Nereo tiene un «predilecto». Un predilecto para atormentar. A todo trabajo penoso o sucio llama:

—¡Garciíta!

Es un chicuelo de catorce años, de nombre José María García, natural de Guarenas. Era empleado mandadero de la botica de Los Amadores, propiedad del señor Pedro Bastardo; fue a llevar una nota para traer unas medicinas del mayor de dicha farmacia; en la esquina del Conde, al pasar frente a la casa del señor Antonio Pimentel, notando que salía humo de una de las ventanas, se detuvo. Sobrevino una explosión; varios fragmentos de cristal le hirieron en el vientre y en las manos; corrió gente, y un gendarme le detuvo, le metió en un coche, le condujo a la policía; de ahí al hospital, y cuatro días después, enfermo aún de las heridas, le trajeron otra vez al Cuartel de Policía, y de aquí, a La Rotunda, donde se le puso a tormento para que declarase si era él, enviado por el señor Bastardo, quien había arrojado la bomba; como negara, proclamando su inocencia, le colgaron por los pies, le aplicaron luego un tortol en el estómago, le dieron de palos. No pudieron lograr del infeliz muchacho otra cosa que la protesta de su inocencia. Un tiempo le tuvieron con dos pares de grillos; ahora está de ordenanza en el presidio. Y desde esa fecha, 16 de septiembre de 1914, a las siete de la noche, que tuvo la desgracia de pasar en el instante en que estallaba una bomba frente a la casa de Pimentel, hasta ahora, el desdichado chico sobrellevaba una existencia precaria, enfermo e idiotizado.

Pimentel pertenece al entourage del general Gómez, su compadre, su socio, hasta el otro día secretario general o ministro de Hacienda… Es millonario, poderoso, feliz… Sus amigos dicen que no tiene mal corazón.

Garciíta, en cambio, se venga del destino desafiando la cólera de Nereo. Este le ha dado palizas terribles porque les mete comida suya o de otros a los que están sitiados por hambre más severamente, «Los militares», o sea, la serie de calabozos de los oficiales del 38 al 29. Cuando Nereo salta sobre él y con el «club» le aporrea bárbaramente, el heroico niño, lívido e indefenso, le escupe a la cara:

—¡Pegue, Nereo! ¡Hártese pegando!

Y no son las voces airadas de los presos, ni las imprecaciones que salen de todos los calabozos, sino la fatiga de golpear lo que detiene al fin al verdugo. El niño, recogido, contraído bajo la lluvia de porrazos, se cruza de brazos con los ojos áridos de odio y aún le desafía:

—¡Pegue…! ¡Pegue más!

Al que apodan El Loquito, un muchacho Mejía, de profesión farmacéutico, ya le han dejado de mano… Flaco, desorbitado, haciendo esas tristes e inmundas cosas que hacen los locos con una expresión de ausencia que aleja toda burla y toda cólera, no obstante hemos de presenciar cómo Nereo le da de palos; y cuando ciertas noches está excitado por el cuarto creciente y habla tonterías, para obligarle a estar callado Nereo le pone un acial… Vosotros, jóvenes barbilindos de Las Gradillas; vosotros, padres de familia de Caracas y del interior, que estáis «educando bien» a vuestros hijos y paseáis de un extremo a otro de la tierra del miedo por una carretera que han hecho el dolor y el despotismo, ¿no sabéis lo que es un acial?

Muy sencillo: se le pasa al hombre loco que no resiste una cuerda por la cabeza en forma de aro, a ésta, de un lado, se le introduce una varilla para hacer el torzal… Vásele dando vuelta hasta que la cuerda sobre el cerebelo y sobre las comisuras de la boca abierta hace tal presión que inmoviliza los maxilares, la lengua queda, abajo, naturalmente, bien tenida por la cuerda tensa; y como al acialado se le atan previamente las manos, ulula, gruñe, se tuerce hasta que cae al suelo desesperado, llorando sin sollozos porque el acial no permite otra manifestación que un ronquido. En los ojos de la víctima hay una angustia de bestia apuñalada.

¿Verdad que sería terrible y regocijado ponerles aciales a los senadores y a los diputados de estos últimos congresos?

En todo caso, ya veis, el loco Mejía vivió unos días así. Murió tirado en un rincón, entre trapos y excrementos. A Nereo no le dejaba dormir el angustioso monólogo del loco; le silenció con un acial, y fuimos entonces nosotros los que no podíamos dormir. Al fin le sacaron aquella otra mañana, cosido en un trapo.

A poco de sacar el cadáver los ordenanzas por el mismo hueco o buzón por donde nos meten a todos y por el que pasan la comida, Nereo toma un arpa y se instala en el pasadizo de entrada… Sus manos diestras recorren el cordaje: vibra un «joropo» cálido, otros compases desfallecen y se agrupan, como huidos en una escala trémula, mientras que irrumpen los graves del «escobillado»… Luego, un valse… Luego, una tonada. El verso se afirma y se desenvuelve… Después, Alma Llanera; al fin, una canción quejumbrosa y mulata

***

Darwin y la teoría de la selección

Hoy observé mirando al patio que Irú, mientras lavaba unas ropas cerca de la pila, le echó garra a una paloma que por allí picoteaba. Fue a las dos de la tarde. Nadie, excepto yo, se ha dado cuenta seguramente. El animalito desapareció bajo el montón de ropas como un relámpago… Y luego, cazurro, Irú echó a andar para su calabozo y bajó su cortina De allá le oigo canturrear unos compases de joropo:

No me diga más compadre
que el muchacho se murió,
vamos a encajar la jacha
¡que eso lo perdona Dios!

La boca se me hace agua. ¡La hartada de paloma que va a darse Irú! Le refiero a mi compañero lo que acabo de ver. Le insinúo que si echamos boronas junto a la cortina las palomas vendrán, y habituadas así, un buen día saco la mano…

—Y las plumas, ¿dónde botamos las plumas?

—Pues en el «pollino», debajo, todos los días un poquito, como hicimos con la tierra de los huecos del «teléfono».

Le brilla a Juliac en los ojos una chispa de malicia. También su boca luce rebosada y húmeda… Baja luego la testa calva; está así un rato. Parece que se tratara del cuadrado de la hipotenusa. Al fin, surge meditación transfigurado, ascético, insobornable:

—¡No; nos comemos una paloma de Medina y Medina nos devora a nosotros!

La idea no me abandona. Y paso horas enteras echando migajas cerca del ruedo y dándoles confianza… En el pilar de enfrente hay dos casares. El matrimonio del lado exterior de la cornisa es más moderno que el otro: la hembra es gris común; el macho es todo tornasolado y con la garganta de acerina. Por las mañanas se despiojan, se arrullan, hácense un amor apresurado al cual la hembra difícilmente accede en un torbellino de plumitas, y se van para los techos, para Caracas, para el sol. Regresan por las tardes, toman su agua, picoteando aquí o allá y recógense a dormir, fatigados, despegados, como un matrimonio de la clase obrera que regresa a La Pastora en su tranvía.

En la faz que mira a la izquierda anida un palomo blanco, con tres salpicaduras de chocolate en las alas… Diríase que usa monóculo y toma en grande la vida amorosa… Y digo anida él porque cada dos o tres días cambia de hembra, ¡y qué hembras se trae el bandolero! Palomitas pitiminí, pizpiretas, que apenas tienen cuerpo para soportarle las acometidas; lindas colombas de buche hermoso como mujeres de treinta años, doncellitas albas que le expulgan y le adormecen, y le apuran y le excitan, hasta que a la cuarta o quinta «reprise» el don Juan de la Cornisa escapa al techo y allá salta de teja en teja, como un señor fino pasando un charco, detrás de otra solterita adventicia… Pero no me engaña… Aquello es por el «qué dirán», por «quedar bien» con la exigente que le observa agazapadita en el nido, esperándolo que llegue con renovadas energías…

Más allá, bajo los canales, hay un matrimonio que se lleva mal. Ella se instala en lo mejor del nidal; ¡le atiza cada aletazo al marido! Y éste —como en la vida social de especies superiores— se conforma con que no se le vaya ostensiblemente de picos pardos o de alas abiertas con otro. Y el pobrecillo duerme casi sobre una pata, guardando el equilibrio… Del lado derecho del pilar otra tragedia doméstica: la paloma se va y está días por ahí, por la azotea y otros pilares, de vacaciones… El esposo espera que el hogar la llame. Y sólo están tranquilos cuando un par de pichones de pico voraz y cuellos de tripa la retienen por el instinto ma ternal y bajo la paternidad putativa del plácido «cocu».

No hay que suponer pueril esta observación atenta en el doméstico de las palomas… Como compensación social, he aquí que en el mismo vecindario, en el pilar inmediato, aloja una desgraciada cuyo marido se hace despiojar por todas las palomas casadas y viudas del palomar. Porque entre los animales no existe el tipo de la solterona. El celibato sólo es masculino y voluntario. La hembra, bonita o fea, apenas empluma y vuela metros ya tiene encima a su amante. Desde este punto de vista, la organización colombina es altamente moral. Lo que yo no sé es de dónde han sacado eso de la inocencia de la paloma. ¡Bestezuela más sensual y refinada —más egoístas los machos y más… abandonadas las hembras— no creo que exista! Un mono casero resulta un San Luis Gonzaga.

Todos estos matrimonios son desconfiados, inquietos, volantones. Me comen las migas, y cuando la sombra de mi mano se desliza tras de la cortina, echan a volar desvergonzadamente para sus amores o para sus baños.

La pila central, con estos calores, es un balneario: una orla de plumaje, una pompa de alas… Revolando se humedecen las patitas martirizadas por cabellos humanos, hieren el cristal tibio del agua con el pico vivaz y se coronan de rocío. Algunos machos, urgidos, cubren sus compañeras y las de sus amigos, de un modo brutal y perentorio en plena playa. Hay riñas enconadas, hay injusticias sociales: maridos acobardados, consortes infieles que les ponen en ridículo de un modo alado…

Mi víctima ya la tengo vista. Es precisamente la de enfrente. La pareja más burguesa, más tranquila, más ordenada, más amante. Son fecundísimos, como las gentes humildes que se acuestan temprano. El ya viene con el buche lleno de mijo para los pichones y pleno de arrullos para la madre. Que es feúca, de un blanco sucio, la pechuga caída, con la santa fealdad y la carencia de morbidez de la madre frecuente. Con todo y ser tan leal —el otro día, estando sola, repelió a aletazos y pico a un palomo atrevido del vecindario, que los hay que se aventuran en ausencia de los maridos—, y, sin embargo, ¡oh vergüenza de nuestro sexo másculo! Aunque no tengo gran cosa que reprocharle al marido de aquella santa… paloma, ya le he pillado en corcovos y medias vueltas y tornasolear de buche y brinquito de vejete ágil con la de la canal, cuyo marido duerme sobre una pata…

Pero el palomo de la honrada no es mala persona. Está robusto, bien cuidado, y se toma confianzas junto a mi cortina… Yo saco la mano, y él no se aleja mucho. El otro día vino y me picó en la palma. No es mala persona. Está gordo. Se me pone que la buena, la honrada, la casta esposa, la excelente madre, se va a quedar viuda si no me vienen fondos.

El mundo es así. La teoría de Darwin nunca fue más exacta. Yo soy de la especie selectiva, de la que debe vivir a expensas de otra. Y eso que tengo grillos y mi víctima tiene alas… De aquí pueden deducirse dos principios alternos: uno biológico, el otro… con arroz. Juliac observa mis idas y venidas insidiosas a la cortina, mis largas asechanzas. De repente exclama:

—Decididamente, tienen razón los antropólogos: ¡la raza más cruel es la blanca!

—No, doctor: la raza más cruel será siempre la que tenga más hambre.

***

El «jefe único» y el «cojo único»

Un preso de La Rotunda o del patio —así se llama el recinto que divide las dos ergástulas— viene cerca y da la hora en un pedazo de hierro allí colgado. Ningún amante, ni aún el mismo Tristán de Bretaña, ni Hero aguardando a Leandro en la noche, midió jamás el tiempo con la ansiedad exacta con que un preso mide la exacta marcha de las horas… Me habitúo a ir adormeciendo el tiempo inacabable con pensamientos ajenos a cuanto me rodea… Permanezco tendido en la tabla, con los ojos clavados en el techo o en los muros leporinos acribillados de tachas oscuras de apuntaciones a uña, de escrituras torpes, o diestras con un pedazo de ladrillo o con un menguado lápiz. Cerca de los pies, en la pared, «Claro Campo» —un guyanés que falleció aquí, sobre este madero—. Más allá, una nota de comidas: «2 panes, 1 queso, tres pa- pelones», y firma «Aureliano Robles». Este general falleció también en el 41, como el teniente coronel Carlos García Carvallo. Arriba, a un extremo, una nota grabada con algo punzante en el calizo: «Leopoldo Ortega Lima…» ¿Es que murió aquí? Nadie sabe. Le conocí mucho: un joven de talento, hijo mayor del general Leopoldo Ortega. Su madre, mujer de rara energía e inteligencia, enviudó joven. Era hija del general Evaristo Lima, sobrina del centauro Luis Loreto. Y su hijo mayor, apenas adolescente, la esperanza de su viudez, aquí se lo mataron a hambre, a maltratos. Hay unos cuantos pensamientos amargos y desolados, ciertas estrofas de José de Diego, borrosas, que él o algún otro copió en el muro. Más allá, como un volante editorial, el anuncio de un libro que sin duda pensó escribir: «La Rotunda por dentro»…

De todos aquellos letreros, y aquellas notas y aquellos escupitajos sanguinolentos se desprende, íntegra, una historia: la historia de la bestialidad andina, la tremenda epopeya de las agonías silenciosas, de las hambres y de las torturas. Todos estos calabozos están impregnados de tuberculosis. Entre los presos se notan ya los señalados por la enfermedad que no perdona.

¡El pobre coronel Américo Spinetti, cuya voz ahogada y atiplada escucho a ratos! Le he visto marchar, exangüe, lívido, con los hombros enflaquecidos; los vértices de sus pulmones casi perforan la pobre blusa… A un ordenanza llamado Ramón Isidro Rendón le han tenido que dejar de lado. Pasa las horas tendido en el suelo aguardando la muerte… A su lado, Víctor Caricote, que parece una momia, acoge con ira y con maldiciones la proximidad de caer, derrengado, aniquilado. La forma intestinal de la tuberculosis es la que suele presentarse en los últimos días…

Por las tardes, después que pasa «el rancho» —los potes inmundos de granos picados flotando en salmuera, y que los ordenanzas introducen por debajo de las cortinas bajo el ojo inquisidor de Nereo—, vuelvo a mi observatorio… He cambiado algunas palabras con Nereo. Al irse, una voz sigilosa me llama de la celda de al lado…

—¿Quién?

—Soy yo… Lucas Manzano… ¡«Gonfalón»!

Me sorprende verle allí. El, tan metido con Márquez Bustillos, tan amigo de todos los del Gobierno. Me dice que un «chisme» de alguno le hizo «rodar»; que tiene allí días y que me reconoció la voz… Le aflige la idea de su mujer, de sus hijitas. Pero no deja de bromear a costa del hambre y de las penas que estamos pasando. Con una pasmosa vivacidad me informa de «quiénes nos quedan por la derecha»: Torres Abandero, el doctor Juan José Abreu, el doctor Juliac; más allá, en el 48, última celda junto a la escalera, bajo una doble cortina de mantas clavadas, está el doctor Aquiles Iturbe. A los oficiales de la derecha les tienen sitiados por hambre.

Sigilosamente nos vamos poniendo en contacto de celda en celda… Es un vasto círculo de sorpresas. Algunos no comen, otros están enfermos, unos cuantos «no se quieren comunicar» por temor de «comprometerse». Y de seguidas, ayudado por mis vecinos y por los ordenanzas, identifico a casi todos los presos que cruzan el patio o se instalan a las puertas de sus celdas…

Aquel, erguido con la barbilla aguda y las canas airadas, que contempla el cielo pensativamente, es el doctor Francisco de Paula Reyes, una víctima propiciatoria que han golpeado los más crueles dolores estando preso. Es la tercera o cuarta vez que le encarcelan. Cada puesta en libertad es para que vaya junto al féretro de algún hijo muerto. Ese otro, moreno, flaco, de grueso bigote gris y aire frío y reservado, es Reyes Moncayo. Miguel Delgado Chalbaud, sentado en un banquito, habla con Néstor Luis Pérez, que parece de cera: sus orejas están transparentes, su breve silueta se pierde en la holgada blusa.¿Es este mismo el hombre enérgico, vivaz e inquieto con quien yo conspiraba en 1912?

Pasa Ramón Párraga; hace mucho ruido al andar, porque los grillos son livianos. Tiene paralítica una pierna y ponerle hierros es otra crueldad estúpida. Un algo de locura revelan sus enormes ojos negros. Cada grupo parece tener sus horas de salir al patio. Con la tarde van llegando al cónclave. Dijérase, sin embargo, que hoy se han puesto de acuerdo para que los veamos a todos, en una especie de muda salutación. Reconozco a Fermín Huizi, a Rafael Ricardo Revenga, al coronel Ponte Urbaneja, a don Pancho Rivero Saldivia, socarrón y amable, con su vieja malicia que nos arranca carcajadas por su manera sardónica de contestar los desplantes de Nereo.

Norberto Borges —también engrillado— arrastra difícilmente su pierna inválida metiendo un ruido terrible. Está casi sordo, enflaquecido y envejecido. El paralítico Párraga y el cojo Borges son los dos exponentes de una sola crueldad vil, con la circunstancia de que el alcaide Medina tiene una pata de palo. Y ni siquiera por la solidaridad de la misma desgracia se apiada de estos dos hombres. A menos que la lógica del alcaide Medina sea la de aquel oficial mexicano de Zapata que, yendo en camilla con un balazo, junto con otros tantos heridos, al volver del síncope, echó mano al revólver y les cayó a tiros a los otros heridos:

—¡Hijos de la chingada! ¡Aquí no hay más herido que yo!

Medina se habrá dicho: «¡Aquí no hay más cojo que yo!»

Sobre el autor

Fragmentos tomados de: Memorias de un venezolano de la decadencia (tomo II)

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