Álvaro Ríos
Esa tarde en Plaza Venezuela el subway era un lugar solitario. Al recibir el pedido sentí la necesidad de ir a la habitación en vez de quedarme allí, en medio de tantos espacios vacíos. Apenas caminé unos metros y ya estaba en la puerta del hotel. El ascensor estaba disponible. Lo abordé y en segundos fui liberado en el ocho. Salí, caminé unos pasos, abrí la puerta y entré. Posteriormente acomodé las cosas en un pequeño estante cuya madera se notaba saturada de siliconas. Casi había terminado cuando de pronto tropecé y al apoyarme sobre la mesa un libro deslizó del portafolio y cayó sobre la alfombra. Mientras retiraba el papel al sándwich me incliné, agarré el libro y observé la tapa frontal: La bicicleta de Bruno y otros cuentos, de Juan Carlos Méndez Guédez. Ni siquiera recordaba que dicho libro había quedado allí. Lo había adquirido en la librería del aeropuerto de Madrid hacía unos meses. Aún disfrutaba del último bocado cuando el relato que da nombre a la obra había atrapado toda mi atención. Durante el recorrido el autor me llevó de la mano por algunas zonas de Barquisimeto y luego, sin pestañear, volamos hasta Italia para recordar aquella triste película del robo de bicicletas. En apenas minutos había leído el relato principal y en poco menos de un par de horas la totalidad del libro. Qué historias tan interesantes, pensé. El escritor, de quien conocía sobre su incipiente fama, había sembrado en mí la necesidad de más, sobre todo narraciones breves. En ese género, como acababa de demostrarme, se movía como pez en el agua. Tomé el maletín, saqué la laptop y comencé a investigar en internet sobre otras obras del autor. Encontré varias, pero una en particular llamó mi atención: Hasta luego, Míster Salinger. Debe contener un puñado de buenos cuentos, pensé. Revisé algunas páginas de librerías on line, pero ninguna tenía la obra; sin embargo, tomé el teléfono y disqué el número de una. Supe que era una edición reciente que había sido tirada en España y que, aunque los pedidos se habían realizado, aún seguían sin ser despachados; no obstante, la joven que atendió me habló de una librería en el Boulevard de Sabana Grande que se especializa en títulos de ese tipo y que, con seguridad, allí lo encontraría. El sitio estaba cerca del hotel, así que tomé la chaqueta y salí raudo a buscar alimento para el alma. Encontré la librería sin mayores inconvenientes. Antes de entrar me detuve un rato frente a la vidriera: había una gran cantidad de títulos que de solo verlos sentí el deseo de comprarlos todos. Luego de unos segundos entré. Al traspasar la puerta me pareció que caminaba a través de un vagón con cientos de libros a cada lado. En medio del pasillo había pequeñas estanterías atiborradas de libros dispuestos frontalmente. Noté que, si el cliente lo deseaba, podía hacerlas girara su antojo. Por momentos pensé que en ese local había tantos libros como esperanzas en el río de personas que diariamente caminan por el Boulevard. Luego de un rato detuve la búsqueda y miré hacia el fondo. Parecía un espacio reservado para libros raros o, tal vez, aquellos que ya nadie busca. A un costado yacía una puerta forrada en una especie de alfombra fúnebre que, de casualidad, se abrió en aquel instante. A continuación, un joven cuya característica principal era un marcado sobrepeso se hizo presente. Cerró la puerta y comenzó a caminar hacia el centro. Cuando se acercó, algo en su rostro me dio mala espina, pensé que su presencia, más que una ayuda, sería una calamidad. Sin embargo, le di un voto de confianza:
─Buenas tardes señor. Si en algo puedo ayudarle, por favor hágalo saber…
Llevaba más de diez minutos revisando libros sin acertar dónde podría reposar el título que buscaba, de modo que supuse que algo de ayuda sería necesaria, entonces, en voz baja respondí:
─Claro. Me gustaría saber si tiene un libro de nombre: “Hasta luego, míster Salinger” de Juan Carlos Méndez Guédez.
─¿Juan Carlos qué?
─¡Méndez Guédez! Es un joven escritor venezolano que está radicado en España.
─Pues la verdad no sé… Y, en este momento, el sistema está averiado.
─Pero, ¿conoce la obra?
─Pues no. Y, ese nombre, es ridículo para un libro, ¿no le parece? Disculpe, ¿cómo dijo que se llamaba?
─Hasta luego, míster Salinger.
─Míster Salinger, Salinger, Salinger… Me suena. ¿Dónde habré escuchado ese nombre?
─Salinger fue un escritor norteamericano, muy leído en los sesentas.
─Vaya, me entero… Y dígame: ¿Escribió alguna obra importante?
─Pues varias novelas. También desarrolló con mucho éxito el cuento, de hecho, muchos críticos han analizado y estudiado su obra. En cuanto a sus novelas, la más importante puede que sea: “El guardián entre el centeno”, mientras que, de todos los cuentos que escribió, el más famoso es: “Un buen día para el pez plátano”.
─¿Pez plátano? ¿Qué tipo de pez es ese?
─No lo sé, es sólo un nombre. Tendría usted que leer el cuento para entender de qué va el asunto.
─Ah, muy bien. Y, ¿qué puede decirme sobre la novela del guardián?
─Pues, hace mucho tiempo que la leí, sin embargo recuerdo que narra la historia de un joven, Holden Caulfield, un adolescente rebelde e inadaptado. De esa obra se dice que es la única que ha sabido captar y mostrar el significado de la adolescencia con todas sus contradicciones. Por otro lado, y como cosa curiosa, ha sido citada como una lectura favorita por algunos asesinos en serie.
─Vaya, qué interesante. Y qué curioso eso de los asesinos en serie. Pero, ¿por qué dicen tal cosa?
─Bueno, fíjese que recuerdo un caso, el de la muerte de John Lennon. Al parecer, el desadaptado que lo asesinó leía dicha novela mientras lo esperaba. Eso fue minutos antes de cometer el crimen.
─Pero qué cosas… Así que el loco que se bajó a Lennon era lector de Salinger… Qué curioso ¿eh? Imagino que el incidente lo haría aún más famoso.
─A quién, ¿Salinger o Lennon?
─Pues Salinger, es de ese sujeto del que hablamos, ¿cierto?
─Cierto, disculpe usted. Puede ser…
─Bueno señor, me ha parecido muy interesante la charla sobre Salinger, pero, la verdad, creo que esa obra jamás ha estado aquí, y, por otro lado, Méndez Guédez debe ser un perfecto desconocido, al menos acá en Caracas.
─Pero, ¿cómo puede decir esa barbaridad? Ese joven, desde hace rato, goza de mucha fama entre los mejores lectores de este país. ¿Qué clase de librero es usted?
─Disculpe, no soy librero, comencé hoy en este empleo. Antes trabajé en McDonals, pero mi adicción por las papas fritas me trajo serios problemas, de modo que me despidieron, señor.
Al escuchar tales palabras arrugué el rostro, me resultó increíble que estuviera enredado en una situación tan estúpida. Entonces pensé que allí, al menos, ese chico podría comerse algunos libros, una dosis diaria le haría bien.
Un rato después, giré hacia la salida y comencé la retirada.
─Me ha hecho perder el tiempo ─dije irritado─, por favor, hágase a un lado.
─Pero señor, disculpe. Mi intención era ayudar. Si desea puedo ofrecerle un libro de Gualter el del Rizo, o tal vez alguna novela de Pacuelo. ¿Estaría interesado?
En aquel instante me sentí muy molesto. Para escapar de la situación levanté la mirada y avancé en silencio hacia la puerta principal. El joven, preocupado, se ocupó de seguirme mientras formulaba todo el tiempo la misma pregunta. Cuando traspasé la salida noté que se había detenido en el marco de la puerta. Entonces me detuve, giré y regresé. Lo miré fijamente a los ojos. Intenté ofrecer una expresión fresca, como tratando de hacerle saber que estaba sorprendido. Entonces lo abordé de nuevo:
─Oiga joven…
─Sí señor, ¿dígame?
─Esos escritores que ha mencionado, ¿quiénes son?
