literatura venezolana

de hoy y de siempre

El laberinto de la identidad nacional

Dic 4, 2025

Axel Capriles

La palabra pueblo tal vez sea una de las voces más abusadas en la historia política de las naciones. Constantemente escuchamos hablar de los deseos del pueblo, de la voluntad popular, de lo que es el pueblo, de lo que quiere el pueblo. Continuamente encontramos políticos clarividentes que se atribuyen el conocimiento verídico de los íntimos anhelos de esa multitud inconmensurable constituida por decenas de millones de individuos con las más diversas necesidades y características. Además, al afirmar «es el pueblo quien dice siempre la verdad», es fácil pensar que quien no se acople a su definición, miente. Hay siempre un pueblo venezolano, boliviano o chino que es más venezolano, boliviano o chino que el resto. Tanto el concepto de pueblo como el de nación son, hoy por hoy, nociones excesivamente vagas y espinosas, y en sociedades plurales y complejas, construidas con base en intercambios culturales y flujos migratorios, referirse a la idea de nación a partir de la identidad étnica no es solo un movimiento reductivo, sino tremendamente peligro- so. Puede trabajar como un llamado explícito o subliminal a la exclusión, la discriminación, la segregación y el racismo. Es, sin embargo, una de las fórmulas psicológicas más arcaicas en el diseño de mapas de pertenencia. La vemos, por ejemplo, en la retórica de movimientos políticos latinoamericanos contemporáneos, como la Revolución bolivariana. En una serie de entrevistas realizadas en 1995, el comandante Hugo Rafael Chávez Frías habló de la necesidad de «construir la nación latinoamericana». Al respecto dijo: «Uno podría pensar que el próximo siglo es el de la caída del imperio norteamericano (…) Pero vamos a enfocar ahora la cámara lenta sobre el otro actor, los chiquitos del juego, los condenados de la historia dijo alguien, nosotros, los negritos, los pelo malo, los sudacas, etc. Ahí vuelve la concepción bolivariana y se hace presente, no el hombre sino la idea». Si la nación latinoamericana es de «nosotros, los negritos, los pelo malo», ¿dónde queda entonces mi abuela Lola, una bellísima maracucha de pelo rubio, ojos verdes muy claros y piel absolutamente blanca, hija de un general del ejército que luchó en la Guerra Federal, de quien el gran poeta Udón Pérez escribió a finales del siglo XIX: «Eres bella, mas no con la belleza fría y muda / de escultural estatua / No, tú posees la belleza sentimental / fogosa y apasionada de la Venus criolla».

Hablar de «la más pura y digna sangre nacional» en el cuerpo de una mujer va más allá de las apreciaciones estéticas y los sentimientos eróticos y nos introduce en un orden biológico y político reñido con la cultura como espacio de diálogo y soporte de la diversidad. No sabemos, con precisión, en qué se fundamenta la noción de identidad colectiva de los pueblos, pero lo que sí sabemos es que, con frecuencia, su solo plantea- miento y búsqueda desembocan en intolerancia y sectarismo. El gobierno de Juvenal Habyarimana, en Ruanda, estableció la tarjeta de identidad étnica y las diferencias entre los grupos raciales de ese país africano terminaron en una guerra genocida entre la mayoría hutu y la minoría tutsi que dejó alrededor de un millón de muertos. El nacionalismo de Pol Pot llevó al genocidio que exterminó a más del 25% de la población de Camboya. El Khmer Rojo, organización política y guerrillera que mezclaba el comunismo maoísta radical con el nacionalismo extremo y cierta forma de racismo, pretendió purificar a la sociedad camboyana del capitalismo, la religión y la influencia extranjera. El genocidio armenio, con la deportación forzosa y la masacre de una cifra imprecisa de personas que algunos calculan en un millón y medio, se justificó en razón de la defensa de la identidad nacional turca. El baluarte de la identidad religiosa, étnica o nacional ha sido, y es, el móvil de los más horrendos episodios de la historia universal. El fascismo y el nacional socialismo alemán (el nazismo) fueron movimientos políticos construidos sobre la mitificación de particularidades raciales y nacionales. Pero no es necesario llegar a los extremos de la guerra y los campos de exterminio para caer en cuenta de la relación de la idea de identidad racial o nacional con la locura. La noción de identidad, como igualdad a sí mismo, revela renuencia al cambio y esconde un déficit de adaptación. Psicológicamente hablando, se relaciona con la identificación y su concreción extrema es sinónimo de psicosis. En Psicología Analítica, el proceso de individuación que impulsa el desarrollo de la personalidad es un proceso de diferenciación y separación de las identidades inconscientes. El chiste clásico en el que aparece un hombre con la mano en el pe- cho entre dos botones de la casaca y un sombrero francés de través, representando a un loco que se cree Napoleón Bonaparte, muestra la identidad entre el yo de una persona y el complejo de representaciones inconscientes simbolizadas por el emperador francés. La identificación con Napoleón no es muy distinta de la que ocurre con el Libertador Simón Bolívar. Aun los más nobles sentimientos de pertenencia y los más calurosos afectos hacia los símbolos patrios pueden ocultar complejos petrificados que ocasionalmente aparecen con rostros macabros.

La psicología colectiva, señalaba Sigmund Freud, «considera al individuo como miembro de una tribu, de un pueblo, de una casta, de una clase social o de una institución, o como elemento de una multitud humana, que en un momento dado y con un determinado fin se organiza en una masa o colectividad». La mentalidad individual y la grupal funcionan de manera muy distinta. Mientras que en la psicología personal tiende a predominar el principio de individuación (principium individuationis), en la psicología colectiva rige la semejanza y el principio de identidad (principium identitatis). Todas las sociedades y naciones, todos los grupos humanos, se constituyen y diferencian a partir de un conjunto de vivencias y atributos compartidos que se manifiestan en sentimientos de similitud y pertenencia y en nociones, muy vagas, de una identidad colectiva particular. Para lidiar con las diferencias y la diversidad humana, los individuos representan y organizan el espacio social por medio de categorías de personas de las cuales crean prototipos. El prototipo del venezolano, del francés o del alemán es una figuración esquemática, un modelo de ficción que resume un número impreciso de rasgos, por lo común bastante difusos, que creemos caracterizan mayormente al grupo. La mente humana, de manera espontánea y natural, evalúa cada elemento o suceso aislado de la realidad en función de su representatividad, preguntándose por la similitud o semejanza con una imagen o estereotipo general. El pensamiento es, en gran parte, un mecanismo automático de asociación de ideas por similitud, simultaneidad y contraste. Por ello tendemos, con facilidad, a inferir erróneamente universales desde particulares. Esas inferencias llevan a estereotipos que proliferan como evidencias empíricas que nos confunden.

En una entrevista a Colin Firth, realizada a raíz de haber ganado el Oscar como mejor actor en la película El discurso del rey, el actor inglés disiente de la imagen del carácter parco y contenido del británico. «No entiendo ese cliché. Esa idea de la represión emocional de los británicos nunca ha dejado de ser un estereotipo. Siempre me digo, cuando hablan de este prototipo de carácter inglés, por qué no tienen en cuenta a personajes como Sid Vicious o John Lennon o Mick Jagger, que están mucho más cerca de los chavales con los que yo crecí. Por entonces, todos llevábamos un pendiente en la oreja y estábamos aprendiendo a tocar guitarra. Los estereotipos abundan y se reproducen como hongos después de la lluvia. ¿Por qué la imagen del canciller Otto von Bismarck en el prototipo del carácter duro y metódico del alemán en lugar de la de los poetas románticos o la del lunático rey Ludwig II de Baviera, representativos de otra vertiente del alma alemana? ¿Qué querrían decir los periodistas del certamen Señorita Venezuela por «verdadera esencia»? ¿Qué es lo que podría (o se cree que podría) definir de manera general a nuestra gente? ¿Qué significa ser auténticamente venezolano? Si nos guiamos por los cronistas de los certámenes de belleza, lo auténticamente venezolano sería la irreverencia, la tez morena, los ojos negros, el hecho de preferir el casabe a la baguette, añorar terriblemente el mondongo y el chinchorro. Comer besitos de coco pareciera ser un indicador de autenticidad.

Sobre el autor

Fragmentos del primer capítulo del libro: Las fantasías de Juan Bimba

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