Alejandro Fernández García
La custodia, hecha de humildísimo latón, huérfana de piedras fúlgidas, era en verdad pobre casa de la hostia. Había que sustituirla con otra, de oro y gemas deslumbrantes, que irradiase como un astro, cuando fuese mostrada a los fieles, en la gloria del altar, entre el incienso, al resplandor de los cirios.
Pero la custodia valía un precio fabuloso. El más acaudalado propietario de la ciudad era incapaz de comprarla por sí solo. Sin embargo al Cura se le ocurrió una idea feliz. Sería aquélla la obra de la piedad, del reconocimiento, del amor, porque cada uno de los habitantes de la ciudad contribuiría según la medida de sus riquezas, con sus joyas y sus monedas, a comprar el palacio a Dios, que vivía hasta entonces como un mendigo, en una pobre choza, en su humilde custodia de latón. Además no habría que pagar al artífice que la fabricara. Él sabía trabajar los metales. Él sería el arquitecto del palacio de Dios. Con sus mismas manos repujaría el oro de la joya sagrada. Pero su idea era más elevada todavía. Era poner al servicio de una obra piadosa y divina, el oro, fulgurante lepra del mundo, el flamescente y turbador metal que corre como un río, y ríe con risa diabólica y perversa por entre los dedos febriles de los hombres, que enciende llamas profundas y voraces en las almas de los avaros, tiene miradas de sirena en las joyas de las mujeres y hace soñar a los ladrones, en la sombra de los calabozos, con maravillosas florestas áureas.
Apenas fue conocida su idea todos contribuyeron a realizarla. A las manos del Cura bajó el oro en lluvia copiosa y abundante. Entre sus manos vio brillar todas las joyas y todas las monedas de la ciudad. Los brazaletes, las sortijas, los zarcillos, los collares, cuanto fue vanidad de la carne y señuelo de la voluptuosidad lo dieron las mujeres, y las monedas acudieron de todas partes: de la caja del comerciante, de la hucha del labriego, y hasta de las mesas verdes del baccarat.
A poco tuvo el Cura en sus manos la cantidad de oro y gemas necesaria para construir la custodia: y se dio a fabricarla sin punto de reposo, con vanidad de artista enamorado de su arte, y evangélica pasión de santo, envanecido de su obra.
Lleno de fiebre trabajó sin descanso. El oro entre sus dedos fue dócil y obediente como la cera; se ablandó, se alargó, gimió; fue mate en unas partes, brillante en otras, y tuvo al fin, entre los calados, los encajes, y las graciosas cinceladuras del metal, las ardientes miradas de las gemas. Los diamantes como lágrimas de rocío, las esmeraldas como diáfanas algas, los rubíes como gotas de sangre, brillando presos en el oro, unían en una sola luz sus diversas luces, diademando la joya con un halo de estrella. Al fin estuvo concluida y llegó el día de su inauguración.
La ciudad toda concurrió a la iglesia, y prosternada y fervorosa, vio surgir la custodia como un ascua encendida, de las blancas manos del cura, como de dos nubes pálidas, el sol. Pero en la noche, después de terminadas todas las fiestas, el Cura no podía dormir. El demonio del pensamiento se le había metido en el cerebro, haciéndolo pensar extravagancias inauditas. Realizada su obra, en el silencio de su alma se decía:
-¿Aquélla que dio sus brazaletes y sus collares, en nombre de qué adulterio los daría? ¿Aquél que arrancó
las gemas de sus sortijas qué infamia inédita y oscura guardaría en el corazón? ¡Y las monedas! ¿Su oro no destila lágrimas y sangre? Si hoy han contribuido a una obra piadosa, ¿no pagaron ayer las manos del asesino, no han reído a carcajadas, corriendo locamente por el mundo, entre los dedos de los ladrones, de los tahúres y de las meretrices?
El remordimiento le mordía el corazón. ¡Solamente el orgullo habría podido soplarle al oído aquella abominable idea de encerrar a Dios en aquel calabozo inmundo de oro envilecido! Su candidez le había hecho creer que construía para Dios un divino palacio y ¡sólo había hecho una casa infame de lodo, lágrimas y sangre! Su crimen le pareció el más abominable de los crímenes.
En la fiebre del insomnio, lleno de un pavor inusitado, creyó perdida su alma para la paz inmortal de los cielos; y juzgó imprescindible una reparación inmediata de su enorme pecado. Dios no podía vivir un minuto más en aquella casa infamante. Era necesario libertarlo al punto de la prisión abominable de aquel oro leproso y maldito. Con los ojos fuera de las órbitas, de puntillas, como un ladrón, penetró en la iglesia. Al entrar, el gozne enmohecido de una puerta sonó como una carcajada. Abrió el sagrario, sacó la hostia de la custodia, y luego huyó con ésta hacia el taller, ocultándola entre los pliegues de su sotana.
Toda la noche estuvo trabajando. La fragua ardía. En las calles solitarias y en paz se prolongaba el ruido del yunque y del taller surgía el gemir del metal trabajado con ardor. La forma de la maravillosa custodia desapareció entre sus dedos. Separadas las gemas, el oro fundido en la fragua fue una masa informe. Luego sobre el yunque, trabajó con fiebre; ponía en su obra toda su pasión de orfebre, toda su alma, todo su arte. Con el oro y las gemas arrancados de la custodia, cincelaba febrilmente una joya desconocida. Así continuó toda la noche, hasta el alba…
Pero a la hora del alba, se sintió en el taller un gran gemido… Cuando acudieron encontraron al Cura caído sobre el yunque, con los ojos desmesuradamente abiertos y con el rostro pálido como la cera. Al levantarlo, le vieron correr por el lado izquierdo del pecho un largo hilo de sangre: tenía atravesado el corazón con un maravilloso puñal de oro, constelado de piedras luminosas…
