literatura venezolana

de hoy y de siempre

Sol de Medianoche

Sep 26, 2025

Gerardo Steinfeld

“No está dedicado a nadie.”

«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre… Se sitúa al pie de una montaña embrujada, y por él corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los hombres durante el día, de asesinatos cruentos y magos negros. Montenegro es un sueño que atrapa a los personajes en un mundo juvenil de miedos, amores, rencores, pudores, lágrimas y secretos. Es un reflejo de la fugaz juventud y el miedo a la adultez… Es una canción nostálgica que nos cuenta una historia con muchas caras y una tragedia».

Prólogo

¿Quién te va a querer tanto como yo?

Me gusta despertar y verte dormida nada más…

Pero estoy lejos y triste…

Deseo abrazarte, y enredarme en ti.

Está lloviendo, me acuerdo de esa vez.

No puedo dormir…

¿De qué me sirve este país?

Si no puedo reír contigo.

No puedo hacer el amor contigo…

Te extraño…

Nelson cortó el recitar de su balada ante un relámpago cegador que rasgó el cielo plomizo; y reprimió un sollozo con los ojos enrojecidos. Samuel se reclinó adolorido en el banco, junto al destrozado Finch y el malhumorado Nelson… Sorbió la sangre por la nariz para esconder sus lágrimas. El pálido sonrió, era esa típica sonrisa famélica que enmascaraba perfectamente el terrible desasosiego… Encendió un cigarrillo y lo fumó despacio. Los dos sabían que Finch volvió a esnifar el polvo en secreto… porque cuando estaba drogado, su ánimo deprimente sufría una mutación severa.

—¿Quieren fumar conmigo?

—No…

—¿Estás loco?

Finch sonrió con el cigarrillo entre los labios. Su mentón estaba partido y un corte en su párpado aún sangraba…

—Son buenos muchachos…

Nelson frunció sus espesas cejas y se limpió el coágulo de la nariz.

—Sí, pero Samuel es muy raro.

El pelirrojo carcajeó sonoramente.

—Y tú eres muy peludo, pareces un cavernícola.

—Tu cabello y tus ojos rojos dan miedo—el moreno chasqueó la lengua—. Nunca conseguirás novia con esa cara de loco.

—Tú tampoco—los dientes de Sam estaban manchados de sangre—. Eres igual a un mono súper evolucionado. Las chicas ven tus brazos velludos y salen corriendo…

Finch arrojó el cigarrillo aún encendido por encima de su hombro. Su ojo derecho era una manzana amoratada.

—¿Qué importa? Seamos amigos por siempre—los miró de reojo, con los globos oculares a colapsar de salmuera—. Nosotros tres podríamos incendiar toda esta ciudad.

Levantó la mirada al cielo, sentía el cabello pegoteado de sangre seca.

Los tres uniformes celestes manchaban de rojo la banca del parque, y los seis zapatos estropeados apuntaban en direcciones opuestas. El humo del cigarrillo dejó de ser molesto con el ralear de una llovizna fría. Los jóvenes escudriñaron los nubarrones grisáceos que se arremolinaban sobre Montenegro y, dejando rodar las lágrimas por sus mejillas… rompieron a llorar.

Capítulo 1: El Demonio del Meridiano. I

«Que Dios se coma a Meridiano…», leyó con aprensión.

La oscuridad era perenne, pero las escotillas estaban abiertas y los cubiles cerrados… En una de las puertas del baño se leía aquel extraño palimpsesto, que parecía más un garabato infernal que un código enigmático. En las películas solían hallarse diagramas mágicos hechos por sectarios, y complicadas oraciones que los exorcistas gritaban a los cuatro vientos. Se preguntó el significado de aquella estrella de nueve puntas dibujada con cera oscura, y los jeroglíficos que la rodeaban subrepticiamente.

De uno de los cubiles color añil salía despedido un hedor dulzón a tabaco. Seis baños comprendían el lavado varonil, y el del fondo era el único en funcionamiento… Samuel esperó con paciencia, hasta que escuchó un sollozo y se escondió en el cubículo subyacente al último.

—¡¿Qué querías hacer?!

—¡Nada!

Calló, en la penumbra, y escuchó el chirrido de la puerta y dos personas entrar, uno parecía nervioso y el otro rabioso. El tipo que se escondía en el último retrete dejó escapar una risita desapercibida… No pestañeó, aquello lo ponía incómodo. Escuchó un empujón y vio uno de los cuerpos resbalar a través del umbral. Era Daniel… y el otro era Ezequiel.

—¡¿Por qué le das cartas a mi novia?!

—¡Lo siento!

—¡¿Sigues enamorado de ella?!

Tembló, y la risita tenue se volvió molesta. El humo a cigarrillo le irritó los ojos… Escuchó una sarta de golpes sucedidos por chillidos de cerdo malherido. Ezequiel debía estar pateando y golpeando, sin medirse, el cuerpo fofo y macilento de Daniel.

—¡No te metas con mi novia o te mato!

—¡No! ¡No! ¡NO! ¡YA! ¡¡¡No me pegues!!!

Posó sus dedos sobre el cerrojo del cubil, pero… fue incapaz de abrirlo. Una sensación de insignificancia insufló su cuerpo de debilidad y cobardía. No podía hacer nada, Ezequiel le sacaba una cabeza de altura y era de naturaleza violenta. Continuó escuchando los golpes y los quejidos hasta que se detuvieron abruptamente. Un susurro ininteligible llegó a sus oídos, y escuchó el crujir de los goznes ante un golpetazo atronador del portal exterior. El llanto de Daniel, herido y agonizante, era patético y… se encerró en el primer cubil para desaparecer del mundo cruel.

Decidió salir, y se miró en el espejo sucio con detención: el uniforme celeste le quedaba grande y los pantalones muy anchos. Su cabello rojizo estaba oscurecido y sus ojos de iris sanguíneas parecían castaños… No se reconocía, su palidez era amarillenta. Se lavó las manos a pesar de no haber usado el baño, y… vio al altivo Finchester emerger del último cubil, arrojando el cigarrillo al inodoro y rociando sus manos con alcohol para eliminar el olor a nicotina.

—¡Que buena pelea! —Anunció con una sonrisa espantosa—. ¡Eres un árbitro estupendo!

Sam se horrorizó, y bajó la mirada.

—Él… no se merecía eso.

—Merecemos todo lo que nos pasa—se encogió de hombros con los ojos enrojecidos. Se limpió la nariz ensangrentada con el dorso de la mano… Sus pupilas estaban dilatadas por la eufórica sustancia—. Lo bueno y lo malo. No existe el infierno, tampoco el cielo… Solo tenemos esta vida, y no hay nada infinitamente más aterrador y maravilloso que eso.

Se mordió el labio inferior.

—¿Te gustó escuchar esa paliza?

—¡Me encantó! —Finch salió del baño con las manos en los bolsillos—. ¡Le hubiera retorcido los pezones a ese cerdo con mucho gusto!

En el complejo de edificios que correspondían el Colegio Bolivariano, los joven uniformados de camisa celeste y pantalones oscuros pululaban en los corredores de adoquines rumbo a los salones de techo bajo repletos con mesas de estudio. Al principio, aquel colegio le pareció mundano y monótono: profesores aburridos y compañeros problemáticos. Era su segundo año conviviendo con jóvenes tras una infancia de encierro, obligándose otra vez a cambiar de colegio por la reciente mudanza de su padre a Montenegro en busca de nuevos clientes para la exótica mercadería. Abrieron la perfumería esotérica a la quincena, contratando a una chica mayor para cuidar del local en su ausencia. Dejó a Samuel vagar en un mundo extraño… como una libélula sin propósito, revoloteando en un estanque envenenado.

En aquella laguna mefítica flotaban luciérnagas, motas de polvo, dientes de león, mariposas, mosquitos y renacuajos… Era un charco más en la historia de Montenegro. Sus compañeros de clases eran extraños, y aunque no habló con ninguno… Los observó, y los detalló. Ezequiel era un muchacho horrible, era muy alto y narigudo, de piel morena y ojos pequeños, siempre hablaba a gritos e insultaba como un malandrín. Daniel era lo opuesto, quizás por eso se metían tanto con su persona: era pequeño y regordete, de risa estruendosa y mejillas sonrosadas; quería ser policía, pero tenía corazón débil. María Herrera era una chica delgada y gruñona, muy pensativa y extraña. Violeta era amable y pálida, de hermoso cabello castaño, pero era novia del matón… más por respeto que por cariño.

No quería juntarse con Finchester: su cara pálida y su languidez no le gustaban… sumado a que todos decían que era drogadicto, y apestaba a tabaco. Ronny y Patricia eran novios desde el año pasado, no existía pareja más diferente: él era muy alto y ella muy pequeña. Nelson era bajo y moreno, de cejas espesas y peludo como un mono; tenía bigote desde la temprana pubertad, y todos se reían de sus zapatos destartalados y su uniforme envejecido. Mariann era bastante pequeña, rolliza, morena y de ojos pequeños… Decían que fue novia del Presidente, pero que rompió la relación porque descubrió un oscuro secreto. Todos eran libélulas y luciérnagas sobrevolando la laguna, temiendo de los sapos y las serpientes.

Montenegro era extraño. El año pasado vivió en Chivacoa, pueblo vecino, al otro lado de la tenebrosa Montaña Sorte; pero se mudaron la víspera que su padre decidió que no podían seguir allí. Durante sus difusos años infantiles añoraba los puertos, y recordaba vagamente la vista de un lujoso hotel perfumado por el salitre con el océano de fondo… Durante extensas lagunas mentales se halló en largos viajes de autobús y días enteros de oscuridad. Nunca conoció a su madre, y siempre se preguntaba quién era o si seguía viva. Por algún tiempo creyó que estaba secuestrado, y sus verdaderos padres lo buscaban con desesperación… pero, el parecido con su secuestrador era demasiado para permitirse la duda. Freduar Wesen tenía el cabello y los ojos de un intenso rojo sangre… No dudaba su parentesco.

El pueblo se arracimaba en el epicentro de una cadena montañosa, donde las casas y las carreteras nacían como los hongos después de la lluvia en terreno fértil. Al norte se alzaba, titánica, una cumbre alta y verdosa que asemejaba una araña sepultada… y que era el corazón de la magia y la brujería venezolana: la Montaña Sorte; poblada por espíritus de locura y muerte en panteones fantasmagóricos que descendían de un reino superior coronado por el espíritu de María Lionza.

Durante las Candelarias, se encendían peregrinaciones a la montaña, donde se celebraban aquelarres de danzarines sobre fuego y baños purificadores en las quebradas. Eran muchas las fechas predilectas para estas expediciones a la espesura del ocultismo, guiados por serpientes sagradas hacía matorrales habitados por ánimas y Santos organizados en Cortes Espirituales. Según la prensa sensacionalista, en la comarca circundante a Montenegro ocurrían desapariciones durante todo el año, adjudicándose a los Espantos y los extraños fenómenos que descendían de la montaña. Durante la proximidad al aniversario fundacional de la Iglesia Maldita de San Lucas, se solía acrecentar una leyenda local sobre la maldición de un antiguo aquelarre dionisíaco que festejaba orgías en las riberas más estrechas del río que discurría al sur del pueblo, durante la Víspera del Walpurgis, provocando calamidades y plagas estacionales que los habitantes del poblado solían rememorar con aprensión.

Hace tres años transcurrió un glorioso temporal que estremeció las techumbres e inundó las callejuelas matando a varias personas, y se temía otra tragedia en el augurio colectivo. Aquel ciclo de desgracias transcurría con aparente naturalidad cada cierta cantidad de años, sin concordancia alguna: plagas de ratas negras que proliferaban en el alcantarillado, epidemias de cólera, estanques de malaria y el brote de Gripe Española que diezmó la población hace cien años. La influencia del paganismo era plausible, aunado al sincretismo cristiano que mezclaba las creencias africanas con las plagas de vampirismo y los avistamientos de licántropos

Iba finalizando el año, y cuatro asesinatos sin resolver mantenían encendido a los policías que frecuentaban la tienda esotérica en busca de amuletos y tabacos. Melissa vendía diminutos martillos nórdicos como pendientes, así como crucifijos y recipientes con salmuera bendecidos por el Padre Boris en la Iglesia Maldita de San Lucas, que coronaba el pico de la Calle Piedad. Tal construcción católica asemejaba una imponente capilla de grueso campanario y crisoles coloridos, rodeada por un camposanto cristiano. Según la leyenda, la iglesia fue construida en una sola noche por un mago que le vendió su alma al Diablo en busca de expiación, faltándole únicamente un ladrillo cuando amaneció en la colina… El lugar beatificado correspondía un somero contraste con la montaña encantada que se alzaba al norte, y que correspondía un imán para los magos negros de toda América.

Montenegro estaba embrujado, vivir próximo a la cuna de María Lionza provocaba un hervidero de superstición. Había escuchado a Melissa decir que el Silbón reposaba en la montaña cuando culminaba sus diligencias de invierno en los llanos; y el Ahorcado, hacía acto de presencia las noches sin luna dejando escuchar el ulular de su soga entre las ramas. Las leyendas y los mitos parecían cobrar vida en la espesura de aquella tierra encantada… en el que antiguos poderes se insinuaban a todo aquel viajero dispuesto a aprender sus misterios.

El último asesinato ocurrió la víspera de septiembre, en uno de los callejones de la Avenida Desesperación, equidistante al Malecón del Río; y contrajo un malestar famélico en la prefectura policial: al hombre le abrieron la cabeza con un hacha, esparciendo sus sesos por el asfalto.

—Ese fue el Hachero—reclamó uno de los policías más ancianos con las manos tensas sobre la vidriera. Su compañero, más joven e inexperto, frunció los labios en una mueca ingenua—. ¡Hágame caso, hombre! En los más profundos montes, donde cazan los zorros… A veces, cuando un pecador se pierde, y… escucha el golpe de hacha oxidada contra madera. ¡Está Él allí, para desmembrarte y alimentar a sus perros! Es un hombre descomunal, sin rostro, bañado en líquenes y piojos, blandiendo un hacha herrumbrosa.

—Pero, el hombre asesinado era un brujo devoto.

—¡Devoto del Diablo! —El policía anciano pidió cuatro tabacos y una docena de velas para su limpieza tras visitar la escena criminal—. ¡No estaba alineado con Dios! ¡Creía en la brujería negra! ¡Nunca vas a creer lo que te contaré sobre la familia de lobisones que habita en los barrios marginales! ¡Escucha! —Bajó la voz y miró a Sam y Melissa con sus ojillos aceitados por la superstición—. Allí afuera, donde los ranchos han invadido el bosque con sus casuchas de metal. Habitan seres que se esconden con pieles de hombres para saciar sus primitivos instintos. ¡Tenía un compadre que cazaba venados, y una noche se encontró cara a cara con uno de esos engendros! ¡Son perros gigantes con cara de hombre! ¡Son tan antiguos como nosotros, estaban aquí antes de Colón y sabrá Dios de qué Averno proceden!

»¡Hubo un asesinato! ¡Escuchen, jóvenes! ¡Fue hace seis años! ¡Antes que Marcus entrase a la policía! Fue durante la Feria del Río Yaracuy, en una de las Peregrinaciones de Santería a Olodumare. Una mujer desapareció, y se presumió su ahogo en una borrachera. Durante la época lluviosa del año siguiente, el río vomitó su cadáver, y los forenses dictaron que fue atacada por un perro descomunal… ¡Fue destrozada por incisivos caninos desconocidos, quedando a medio devorar!

Sonrió, impasible, pero Melissa estaba pálida.

Quizás la leyenda más famosa—aunque los dudosos testigos oculares jurasen por su alma la veracidad del relato—, era la pretenciosa aparición de un diablo en el pequeño centro comercial del pueblo. Era Viernes Santo y el cielo permanecía nublado desde el alba, el único establecimiento funcionando era aquel… y se dice, entró un hombre tan alto que su sombrero llegaba al techo, vestía gruesos pantalones oscuros y llevaba extrañas botas. La cajera lo atendió, el hombre pidió un encendedor y pagó con una moneda de oro… La mujer detalló al individuo y descubrió que sus pies eran pezuñas, y enseguida cayó muerta.

Los que estaban allí reunidos se volvieron, y se desvanecieron al descubrir el diablo de rostro chotuno; egipán nauseabundo. La moneda de oro desapareció sin dejar rastro, una fotografía tomada a tiempo exhibió una morocota de oro muy antigua… pero, lo más desconcertante fue la muesca que dejó el metal en el mostrador, como si hubiera estado intensamente caliente al momento de desprenderse del engendro. Las cámaras de seguridad grabaron el abrir de puertas, así como el gesto de la fallecida cajera atendiendo a una persona inexistente… También se grabó el momento en que los clientes se giraron a observar el diablo y cayeron desvanecidos.

Samuel bajó del autobús en la Calle Milagro, al final de la Avenida Desesperación… y caminó un par de callejuelas cuesta arriba, en un páramo inhóspito moteado de casuchas coloniales, adheridas como un gigantesco ciempiés colorido; hasta llegar a su hogar, separado por muros ominosos. La construcción de dos pisos y techo raso servía como perfumería esotérica y santuario. En el piso de arriba vivía, y en el piso de abajo trabajaba… Su padre nunca estaba en casa, por lo que él y Melissa cuidaban del local.

Melissa Blanco era una chica guapa de cabello negro; graduada del colegio el año pasado, esperaba impaciente una respuesta de la Universidad Oriental de Ciudad Zamora. Era dedicada, taciturna, amable y sentía por ella algo más que amor fraternal. Pero, sabía que ella nunca estaría con un chico más joven… Juntos limpiaban las vitrinas y acomodaban los anaqueles con la más variopinta colección de baratijas y fetiches mágicos. Melissa llevaba la contabilidad del inventario, y él era su ayudante.

Pasarían la tarde enredando pulseras de cuentas y piedras para vender durante las Peregrinaciones del Día de la Raza. En fechas claves triplicaban las ventas de tabaco y velas ceremoniales; así como imágenes de santos, estatuillas, pendientes, relicarios y amuletos. Los jarrones con sigilos mágicos se exhibían como reliquias. El incienso se agotaba rápido los viernes, así como el azufre y las especias aromáticas para las esencias del Altar.

La colección de libros era igualmente rara, y aunque los hojeaba por curiosidad, no llegaba a profundizar en la Metafísica y las Artes Oscuras que practicaban los clientes regulares. En la extraña adquisición, además de un puñado de obras conocidas de sapiencia astral, figuraban cabalistas, demonólogos y magos del mundo entero. Judíos y árabes de la Edad Media, compilados en opúsculos de alquimia y astrología que daba mucho qué pensar… Un gigantesco bestiario encuadernado en piel lustrosa era el libro de mayor envergadura en el anaquel.

El símbolo de la tienda era una Mano de Fátima sobre un tetragrámaton, y los objetos que llenaban las repisas inspiraban una sensación indescriptible de infinito horror cósmico. Samuel, en su laica comprensión del mundo, veía imposible el hecho de la transmutación física… y creía que los rumores de brujas convirtiéndose en pájaros negros de seis ojos era charlatanería. ¿Hablar con muertos? ¿Maldecir familias? ¿Causar muertes con sortilegios? Si bien su padre lo condujo a través del camino de la superstición, también lo había impermeabilizado de todas aquellas ciencias a través del cine de terror. No sabía cómo o por qué sabía leer en latín, inglés y francés… pero, reconocía algunas palabras como si una cacofonía en su cerebro las tradujera. Intentaba recordar, pero lo único que veía era oscuridad y luces fantasmagóricas. Llevaban muchos años en Venezuela, y sentía que se escondían de un tormento que solo Dios podría aplacar… si no era él su martirio.

Chismorreos de brujas y extrañas formas grasientas que espiaban a las mujeres en sus alcobas despertaron síntomas de paranoia en la población… y con la desaparición de un menor a finales de agosto, se dictó un toque de queda que duró un mes. Pensó en los extraños poderes pregonados por los taumaturgos del Sendero al Sorte, mientras acomodaba los frascos de esencias ceremoniales en una vidriera. Escuchó la campanilla de la entrada y aguzó el oído. Percibió las pisadas pesadas y disimuladas, y enderezó la cabeza para presenciar el familiar rostro de Daniel, vestido con franela gris y pantalones cortos, que se acercaba nerviosamente a Melissa. Agachó la cabeza, como si no le diese importancia… y apiló los paquetes de cartomancia.

Nunca se lo había contado a nadie, pero si se concentraba lo suficiente… podía agudizar sus sentidos para percibir olores y sonidos de lugares distantes. Creía que era una cualidad innata que poseían todos los seres humanos… pero hasta ahora, nunca había visto a otra persona estirar sus sentidos con tanta eficacia. ¿Sería una rareza más de su persona? No estaba seguro… La respiración y los latidos de Daniel eran rápidos y desenfocados, olía a sudor y mantequilla derretida.

—¿Lo trajeron?

Pudo adivinar el rostro lívido de Melissa.

—¿Qué te pasó? ¿Quién te pegó esa paliza?

Hizo una pausa nerviosa, y tembló.

—¡Me vengaré! —Anunció, sorbiendo por la nariz. Su corazón latía anormalmente rápido, y bajó la voz hasta un susurro imperceptible—. ¿Lo trajeron, verdad?

Melissa también bajó su voz, conspiradora. Creían que no podía escucharlos, pero él podía escuchar los secretos de las paredes y el rumiar de los roedores. El señor Fredy, es decir su progenitor, siempre le hacía revisión físicas de auscultación… por extraños motivos que no podía concebir.

—Sí… pero te saldrá más caro.

—¡Por favor!

—No puedo venderle esto a un menor de edad.

—¡Te daré todos mis ahorros!

Escuchó el desenrollar de una sarta de billetes extranjeros: verdes y refinados, e intuyó que el gordo los pasó por encima de la vidriera. Adivinó la sonrisa maliciosa de Melissa, y escuchó firme y claro un precio, seguido del abrir de la caja registradora. Por supuesto, la chica solo pagó el monto del artículo y guardó el excedente para sí.

La pelinegra cruzó la tienda y subió una escalerilla hasta alcanzar un alto anaquel plagado de curiosidades mórbidas. Pero, su estatura no consiguió alcanzar la caja, así que llamó a Samuel. El pelirrojo se irguió, y Daniel palideció de súbito, temiendo ser descubierto. Se acercó a Melissa y contempló el anaquel de tosco ébano repleto de objetos beatificados y malditos: una calavera amarillenta, un frasco de vidrio con una cruz enredada en espinas negras, una conserva de formol con un ciempiés rojo, un búho de cornalina, un Crucifijo de la Buena Muerte junto con la Medalla de San Benito; en la esquina superior reposaba el Triángulo de Salomón detrás del atrapasueños que colgaba del techo. El muchacho bajó la caja envuelta en papel lustroso y se la cedió a la chica. Era alargada y oblonga… No sabía de qué se trataba, pero el rostro de Daniel y la expresión de Melissa lo espantaron.

El gordo agarró la caja y la abrazó contra su vientre, con una mirada grasienta y una risa sardónica. Como si un poder maléfico se apoderase de su mirar, y sus ojos oliva fuesen usurpados por negras cavidades de vacío sideral.

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