Los espejos de mi sangre
I
Como un ángel herido que combate en la nieve
mi sangre alza la espada de mi brazo en el aire
buscando los espejos
donde entierran los muertos sus pálidas miradas.
¿Dónde estarán los locos remolinos
de los espejos cóncavos?
¿Dónde los ríos quietos sin saltos ni cascadas?
¿Dónde las curvas limpias
de planetas que gira en sí mismos
y los árboles nacen en su fondo
como plantas acuáticas?
II
Mi sangre en su carrera tiene un perfil goyesco
y, en su delirio, oye
la voz de unos pañuelos que la llaman
desde un mundo distante
-donde el límite exacto se prolonga en su esencia-
y en vano corre tras las pequeñas voces
como un río que siente ante sus ojos
un minuto nocturno
dilatándose.
***
En la montaña
A Yolibet Rondón
Cuando fui a la montaña
encontré un río
con la frente sangrando
de caer en las peñas.
Lloraba
como un niño perdido.
Sentí lástima
al ver cómo temblaba de frío,
desnudo.
Entonces
le tomé de la mano
y le enseñé el camino
del mar.
***
Ansia de mi sangre
Por llegar a mis ojos
para ver el paisaje,
mi sangre sube
cabeceando
con ansiedad de buzo.
Qué alegre está mi sangre
de ver árboles grandes
y colores distintos
del blanco-jazmín de mis huesos.
Sintió la ansiedad íntima
de esos llaneros
que divisan el mar
desde una cima.
Mi oído, atento, escucha
que en su rumor
mi sangre se lamenta
de no ver crecer en mis huesos
árboles diminutos
o pequeños paisajes en mi pecho
donde pasear, gozosa, por las tardes.
¿Cómo será la sangre de los ciegos?
***
Entrega
Toma mi espada para tu espejo:
allí la sangre corría a verse
por entre rojas venas inmensas.
Dame tu nombre para mi alma:
allí empinados aromas buscan
entre tus cielos besar pañuelos.
Mira en mis ojos dulces paisajes
y fiera espada cortando un bosque.
Mis sueños, fieros, vienen de lejos
como guerreros de pechos duros
con grandes ríos sobre sus hombros
para tus sueños de espuma dulce.
Baña en alcoholes tus senos blancos
y verás tiernos niños besándote.
***
Sequía
Tanto brillo desnudo.
Las pupilas del buey giran sedientas:
los troncos espinosos,
los cauces muertos,
el duro azul del cielo.
Arde el paisaje. Duele en el oído
un oscuro silencio de hojas secas.
Se arremolina el polvo desolado.
Arde la sed, crepitan las raíces
y se llenan de sombra
las charcas turbias de unos ojos muertos.
Suspendida en el aire se derrama
la sangre de una acacia.
***
Tu nombre
Tal vez tu nombre un día
quede en mi vida como un árbol seco:
no más el fruto vivo de los pájaros,
no más el viento.
Quizás hasta el silencio tenga sombra
como algunos cristales del recuerdo
y tenga sombra la mirada y sombra
la clara luz del sueño.
Y acaso el mismo río
-cuerpo feliz, blancura en movimiento-
deje caer al lecho de los mares
la sombra que no vemos.
***
Venezuela
A Jesús Farías
I
Aire de oro.
Cuerdas azules.
Roja guitarra.
Rubios mastines
muerden la sombra
de tus entrañas.
Ríos desnudos.
Caminos muertos.
Luz desolada.
II
Aire de oro
baña la cumbre
de la montaña.
Cuerdas azules
mueren cantando
sobre la playa.
Brillan los ojos
de las estrellas.
Roja guitarra.
