Axel Capriles
Del héroe al antihéroe
El héroe es una de las figuras más atractivas, influyentes y complejas de la mitología y la literatura universal. No sólo es un motivo típico que se repite de infinitas maneras en la imaginación cultural, sino que moldea las aspiraciones y el curso de muchas vidas individuales y hasta llega a apropiarse de las fantasías colectivas de sociedades y naciones enteras. La figura del héroe da expresión a procesos y formas mentales comunes a todos los seres humanos. Es uno de los elementos constantes de la mitología y del folclore, una de las imágenes universales con que aparecen ciertos dominantes psíquicos y arquetipos del inconsciente colectivo[4]. Es un mito fundamental. En su forma más básica, el héroe nos remite a hechos gloriosos y hazañas ilustres, a virtudes e ideales elevados, a grandes logros y actos memorables, a retos y acciones valerosas e insuperables. El heroísmo es temple de espíritu, valentía y arrojo, esfuerzo y sacrificio por el bien común.
Según el Diccionario de la Real Academia Española, el héroe es un «varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes[5]», un ser que lleva a cabo acciones caracterizadas por el heroísmo, el «esfuerzo eminente de la voluntad y de la abnegación, que lleva al hombre a realizar hechos extraordinarios en servicio de Dios, del prójimo y de la patria[6]».
Cada sociedad y cultura tienen sus propios héroes que aparecen, con diferentes caras y vestidos, en la imaginación —en el mito, en la leyenda, en la saga, en la poesía, el teatro, la novela— al igual que en la vida real —en la guerra, en la política, en la aventura—. Teseo, Hércules, Aquiles, Amadís, Rama, Roldán, el Cid, todos tienen un perfil propio, características, retos e historias diversas. Desde otro ángulo, todos son, también, el mismo. Detrás de sus diferentes circunstancias y rostros, una especie de plano o patrón mental da forma y agrupa la experiencia con base en un denominador común, y algo como un ordenamiento natural de la geografía psíquica establece un conjunto de fronteras y límites que confinan la imaginación y el comportamiento para determinadas funciones dentro de cierto espacio.
En este sentido, la psicología profunda ha interpretado tradicionalmente la figura del héroe como una personificación de las funciones superiores del psiquismo que producen la consciencia. En palabras de Carl Gustav Jung, el héroe «es primero y principal una autorepresentación del anhelo inconsciente, de su inextinguido e insaciable deseo de la luz de la consciencia[7]». A los ojos de muchos psicoanalistas, se trata de una imagen que sintetiza y expresa un conjunto de funciones indispensables para el buen desenvolvimiento de la actividad psíquica, una representación simbólica del puñado de atributos que conforman el complejo del ego o el yo encargado de mantener el equilibrio entre las demandas internas del organismo y la adaptación a la realidad y al mundo exterior.
Los estudios de mitología clásica muestran los paralelismos y los patrones recurrentes en las muy diversas historias y leyendas. Caracterizado por un nacimiento milagroso, el héroe mítico tiene, frecuentemente, un doble origen, un doble parentesco, divino y humano. Su desarrollo temprano lo lleva a descubrir pronto un llamado que apresura su iniciación y lo conduce a un camino excepcional lleno de retos y conflictos. Al desprendimiento y la separación le siguen el viaje y la aventura, recorridos fabulosos en los que ocurren todo tipo de sucesos inverosímiles, pruebas y enfrentamientos con seres monstruosos a los que el héroe casi siempre vence y da muerte con la ayuda de agentes sobrenaturales. El triunfo y los logros portentosos llevan al rescate de la doncella y el tesoro, punto de viraje que, por lo general, da inicio al retorno como desenlace de un viaje de transformación que finalmente lo conduce a encarar su propio destino.
Un típico ejemplo de este patrón lo encontramos en la historia del héroe griego Perseo. El rey de Argos, Acrisio, tenía una sola hija de nombre Danae y decidió consultarle al oráculo de Delfos cómo podía tener un hijo varón. El oráculo no sólo le dijo que no lo tendría, sino que un hijo de Danae lo destronaría y mataría. Para evitar que se cumpliera la profecía, Acrisio encerró a Danae en un calabozo subterráneo hecho de bronce para que no tuviera contacto con ningún hombre que la pudiera fecundar. Su extraordinaria belleza, sin embargo, atrajo al más grande de los dioses, Zeus, quien penetró la cámara y la poseyó en forma de lluvia de oro. De esta unión entre un dios y una mortal nació Perseo. El rey, enfurecido, no creyó que su nieto fuera hijo de la divinidad del cielo luminoso y lo encerró junto a Danae en un arca que arrojó al mar para que murieran ahogados. Ambos, no obstante, sobrevivieron y, llevados a flote por las olas hasta la isla de Serifos, fueron rescatados por un pescador llamado Dictis, hermano del rey Polidectes.
Hay muchas versiones del mito. En una de ellas, Polidectes quiso casarse con Danae, pero encontró que el hijo de ésta se le constituía en un estorbo. Para deshacerse de él, el rey desafió a Perseo y logró que se comprometiera a traerle la cabeza de la Gorgona Medusa, un monstruo espantoso con afilados dientes de jabalí, una lengua muy larga y serpientes en la cabeza, cuya mirada convertía en piedra a las personas que osaran contemplarla. El viaje era una aterradora empresa en la que con toda seguridad el joven perecería. Tenía que llegar hasta la tierra de la oscuridad donde la luz del cielo se opaca y la que sólo las más antiguas deidades conocen. Guiado por Atenea y Hermes, Perseo alcanzó el lejano monte donde habitaban las Grayas, tres diosas viejas y grises que compartían un único ojo y un diente. Aprovechó un momento en que las diosas se intercambiaban el ojo para arrebatárselo y prometió devolvérselo sólo si le indicaban el camino.
Con inteligencia y determinación, Perseo logró llegar al país de los Hiperbóreos donde vivían las Gorgonas. Con los regalos y la ayuda de ninfas y dioses, utilizando las sandalias aladas, el manto de invisibilidad y el escudo de bronce que le había dado Atenea para no mirar al monstruo directamente, sino por reflexión, el héroe pudo decapitar con su espada a Medusa. Hallándose el cuello cercenado, de la tierra humedecida por la sangre que brotó de la cabeza de la Gorgona nació el caballo alado Pegaso. En su largo periplo, Perseo llegó al país de los etíopes donde encontró a una hermosa doncella atada a unas rocas. Se trataba de la más bella de las Nereidas, Andrómeda, que había sido ofrecida como sacrificio para liberar al país de un monstruo, enviado como castigo por el dios Poseidón. Perseo se comprometió a matar al monstruo a cambio de la mano de la joven y con la ayuda de sus sandalias voladoras y la hoz logró su cometido. Después del retorno y de haber petrificado a Polidectes mostrándole la cabeza de la Medusa, Perseo entregó el trono de Serifos a Dictis y continuó camino a Argos, en el que encontró su destino. Invitado a participar en unos juegos fúnebres, lanzó un disco que accidentalmente se desvió y mató a su abuelo, el anciano rey Acrisio. Avergonzado por haber acabado con la vida de su abuelo, Perseo decidió intercambiar con su primo Megapentes el trono de Argos por el de Tirinto.
En la historia de Perseo podemos ver muchos de los componentes del mito del héroe antes mencionados: la doble parentela y el nacimiento milagroso, el desprendimiento y el largo viaje, las pruebas y retos, el enfrentamiento valeroso con monstruos horribles, la conquista de la doncella. Este patrón amplio y general, en el que encajan y encuentran correspondencia tanto Perseo como Moisés o Gilgamesh, no es irrelevante ni carente de significado. El héroe es el símbolo de los múltiples obstáculos que hallamos en nuestra vida y del esfuerzo necesario para crecer como individuos y alcanzar nuestro destino. Así lo afirma Erich Neumann, para quien «la historia del héroe, tal cual se manifiesta en los mitos, es la historia de la autoemancipación del ego, en su lucha para liberarse del poder del inconsciente y para mantenerse firme ante las disparidades abrumantes[8]». Es la crónica del ego activo y voluntario, capaz de diferenciación consciente, que busca el peligro y abandona el estado de pasividad natural para realizar la gran hazaña del desarrollo individual. Podríamos decir que, psicológicamente, el héroe es un impulso hacia la acción y la independencia; un factor de decisión, una señal de dirección y orientación hacia logros y metas, un órgano de planificación; es el depositario de la voluntad y la determinación, una capacidad para discernir y también para responder al reto o hacerle frente a situaciones adversas; una fuerza de exploración, expansión y conquista, a la vez que fuente de confianza en sí mismo. Con atributos y rasgos tan valorados por la consciencia colectiva de la civilización occidental, es inevitable que la figura del héroe nos atraiga y fascine. Su apariencia es tan imponente y luminosa que su presencia nos encandila y sobrecoge. Sólo con gran esfuerzo podemos divisar su patología e identificar su locura.
La locura heroica
Faltos de perspicacia psicológica para desenmascarar la sombra de los ideales colectivos, suponemos que la determinación y la voluntad del individuo excepcional —quien con su esfuerzo y constancia obtiene logros inigualables que lo elevan por encima del común— son valores absolutos y evidentes, virtudes dignas de emular, que bajo ningún respecto producen efectos nocivos o perjudiciales. Thomas Carlyle pensaba que el culto al héroe, la admiración y veneración de una forma semidivina y más noble de hombre, era el más antiguo y sólido fundamento de la evolución y el progreso de la sociedad y la cultura humana. Eran esos seres excepcionales los que impulsaban con su esfuerzo el desarrollo de las comunidades anodinas. Sin embargo, a pesar de la común exaltación del héroe y del individuo excepcional, más allá de la extendida percepción del gran hombre como motor de la historia y propulsor de los principales logros y grandes transformaciones de la humanidad, el heroísmo puede ser también, como de hecho lo es con frecuencia, una forma de demencia. Condición poco estudiada y difícil de reconocer, que pasa habitualmente inadvertida frente a los ojos miopes de la racionalidad dominante en la civilización occidental contemporánea, pero que, sin embargo, llamó la atención de los griegos de la antigüedad, más atentos a la peligrosa duplicidad de los dioses, una manera intuitiva de reconocer la polaridad esencial de todo arquetipo.
Por ello, a pesar de haber dado origen y transmitido de generación en generación los cantos homéricos y la tradición épica en que se fundamentan los pilares intelectuales de la civilización occidental, aquellos lejanos ciudadanos griegos, nuestros antecesores espirituales, pioneros de la democracia y del pensamiento racional, se percataron muy temprano de los efectos perturbadores del héroe en la vida social, su esencial negación del ideal de la polis. El inmutable conflicto que el fortalecimiento de la voluntad y de la personalidad individual inevitablemente plantea para el desarrollo simétrico como grupo y para la convivencia en sociedad. Este es uno de los grandes dilemas que nos dejó sobre el tapete la épica y que a pesar de haber sido reexaminado bajo la penetrante óptica de la tragedia, de manera particular por Sófocles —en Ayax, en Antígona, en Filoctetes—, sigue escondido e indiferenciado en la sombra.
Hoy en día, en un mundo tan alejado de la épica, el heroísmo mantiene su resonancia afectiva. A pesar de expresar conductas sancionadas y atributos altamente valorados por la colectividad, el heroísmo es el germen de un mal social porque, como código que exalta los logros de la voluntad por encima de cualquier obstáculo, alimenta un egocentrismo perjudicial para la relación entre iguales. Si bien el desarrollo del ego heroico es parte indispensable del proceso de individuación y lleva a un comportamiento beneficioso o hasta virtuoso desde la perspectiva individual, como agregado colectivo puede hacerse disfuncional. Cambia de signo por obra de lo que en psicología social se conoce como efecto de composición, el mecanismo por el cual lo que resulta provechoso para uno se torna perjudicial al repetirlo muchos. Es el mismo efecto que conduce a los pánicos financieros, en los que cada persona aislada, aprensiva, asustada, se apresura a retirar su dinero del banco, acción individual que sería perfectamente racional si no fuera por el hecho de que los otros se comportan de la misma manera, lo que produce la crisis colectiva y el resultado que se pretendía evitar. El todo difiere de las partes.
La preocupación por la gloria es el rasgo fundamental del temperamento heroico. El héroe personifica el impulso individualista del ser humano, la necesidad particular de distinguirse, de sobresalir, de ganar renombre y honra. En la tradición épica griega, la principal aspiración del héroe es el honor, el afán de realizar grandes hazañas para ser recordado por las siguientes generaciones, la sed insaciable de fama, de que su nombre perdure en la memoria de la humanidad. Para ese ser nutrido en la soberbia y en la estimación del amor propio, la negación de la honra constituye, per contra, su peor castigo y su mayor tragedia. No hay nada que pueda atribular más a un héroe que la posibilidad de que su reputación y honor le sean negados. Muerto Aquiles, Tetis decidió entregar las armas de su hijo al griego más valeroso. Áyax supuso que serían de él, pero los Atridas, Agamenón y Menéalo, decidieron dárselas a Odiseo. Por no haber heredado la armadura de Aquiles, esto es, el reconocimiento y la honra que ella representaba, Áyax decidió vengarse. ¿Con qué rostro podía presentarse ante su padre sin galardones? Poseído por una ira demencial, salió armado pero, para evitar que causara destrozos, Atenea decidió enloquecerlo y el héroe se lanzó contra un rebaño de ovejas creyendo que eran los griegos. Desquiciado, Áyax descuartizó los corderos y a dos que quedaron vivos los amarró y azotó pensando que eran Ulises y Agamenón. Al recobrar la consciencia, avergonzado y disminuido por el deshonor, Áyax clavó la espada en la tierra y se lanzó sobre ella. El amor excesivo al honor (al que los griegos le tenían un nombre: philotimia), lo condujo a la locura y al suicidio.
Aunque el afán de prestigio y el ansia de diferenciarse ventajosamente de los demás forman parte del importante instinto de superación del ser humano, como perfil motivacional dominante tiene repercusiones insospechadas. La reputación y el honor son virtudes relativas. Su celebración exige que las otras personas tengan atributos inferiores, menos cualidades y virtudes, para que no puedan competir en el reclamo de la distinción. Difícilmente puede alguien ser celebrado y honrado si no logra distinguirse de sus pares, si estos exhiben logros superiores o iguales y exigen, al mismo tiempo, similar nivel de reconocimiento y honor. Tener que compartir el éxito con otro implica, de entrada, una reducción de la ventaja. El principal problema del amor al honor no es que el orgullo excesivo y la exagerada estima de sí mismo lleven a traspasar los límites humanos, sino que en el plano social se convierten en un freno de la creatividad y el desarrollo. La celebridad no sólo cela que otros puedan superarla sino que, por lo general, se esfuerza en sembrar obstáculos y en hacer más difícil que los demás alcancen su nivel. Su interés es igualar y mantener a los otros por debajo. Es una pasión egoísta que Aristófanes examina en su comedia Las ranas. En ella, Hércules teme ver su honor reducido si otro hijo de Zeus sigue sus pasos y repite la hazaña de descender al mundo tenebroso de Hades. Por eso exagera las dificultades y trata de desanimar a Dionisos, por lo que este último lo acusa de celos. La misma baja pasión denunciaba Demóstenes como principal vicio del rey Felipe de Macedonia. Según el gran orador ateniense, la obsesión de honor del rey de Macedonia era tal que él prefería la derrota de sus generales para que sus triunfos bélicos no lo opacaran, de modo que el esplendor de la victoria y todos los éxitos fueran atribuidos exclusivamente a él. También Aquiles se cuida de limitar la gloria que puede ganar Patroclo cuando le permite vestir sus armas y salir con los mirmidones a la batalla sin él:
Y tienes que hacer todo lo que voy a decirte, para que me conquistes honra y gloria entre los dánaos y, agradecidos, además de devolverme a la muchacha, me colmen de espléndidos regalos. Arrójalos de las naves, pero en cuanto lo consigas, vuelve sobre tus pasos; y aunque el tonante Zeus te impulse a más alta gloria, no te empeñes en luchar sin mi ayuda contra los ensoberbecidos teucros, porque contribuirías a mi deshonra en vez de encumbrarme[9].
Aquiles, el más grande y hermoso de los héroes aqueos reunidos en Troya, resume el ideal de virtud de la aristocracia heroica y las principales paradojas que arropan el afán de honor. Tetis, su madre, le advierte el destino que le espera. Si va a Troya, ganará reputación y su gloria será inmortal, pero su vida será corta porque morirá a las puertas de la ciudad. Si se queda, tendrá una larga vida sedentaria, rodeado de amigos y familiares, pero perderá su «noble gloria» y su nombre no será recordado por las generaciones posteriores. Aquiles, sabiendo que la muerte lo espera, escoge ir a Troya. Muchas personas idealizan y ven como acto loable el sacrificio de los afectos y la renuncia a la tranquilidad doméstica, a los bienes, las comodidades y el dinero, en pos de grandes retos y la lucha por alcanzar la gloria perdurable. No obstante, quienes así piensan, olvidan el conflicto social que implica tal psicología. Al comienzo de la Ilíada, en el décimo año de la guerra de Troya, Aquiles, ofendido en su orgullo y en su honra, abandona a los aqueos, se retira a su tienda y se niega a combatir hasta que Agamenón le devuelva a su concubina Briseida, repare la afrenta sufrida y le dé satisfacción a su honra. Poco le importa que, privados de su ayuda, miles de sus compañeros mueran o que el ejército griego sucumba ante el dominio de los troyanos. Su indignación y amor propio son más importantes que la causa de la civilización griega, tienen más peso que el espíritu de solidaridad, la compasión o el deber. Es el reclamo que le hace el mismo Patroclo: «Todos los más valientes guerreros han quedado fuera de combate y están en sus naves heridos (…) Y mientras todo sucede, tú, Aquiles, eres inexorable; nunca se ha apoderado de mí un rencor como el que tú abrigas. ¿Es que no quieres ser egregio sino a costa de la ruina de tus amigos[10]?».
La facilidad con que la grandeza del héroe podía forjarse en detrimento de los demás preocupó obviamente a los primeros hombres occidentales que, distanciándose de los sistemas despóticos orientales, empezaron a verse a sí mismos como ciudadanos iguales en democracia. El reclamo de Patroclo es la expresión mitológica de un conflicto perenne: la oposición del código heroico a los propósitos y espíritu de la polis, el peligro inmanente de que la estima y la grandeza del individuo, el culto al gran hombre, socave los fundamentos de la vida civil, merme la cooperación entre iguales y el compromiso cívico. El gran dilema psicológico, además, es que todo ser humano se esfuerza en conseguir prestigio, renombre y reputación, pero a medida que los obtiene despierta celos y envidia en los demás. Aunque no lo reconozcamos, las personas, con frecuencia, se incomodan cuando otros se destacan. La palabra latina invidia proviene del verbo invideo, mirar con recelo, ver con malicia y con tristeza el bien ajeno, una emoción que, si no es tomada en cuenta y neutralizada, conduce a un clima de suspicacia que produce imponderables estragos y desolación en la vida social.
El héroe es, por un lado, el protagonista de la expansión y evolución de la consciencia, el actor principal de una obra que expresa el rasgo más propiamente humano: la diferenciación de la personalidad individual. Por el otro, sin embargo, es un germen patógeno para el desarrollo de sus congéneres. Una personalidad narcisista, totalmente poseída por sus ideales subjetivos, absolutamente convencida de la veracidad de su visión revolucionaria, centrada en sí misma y dirigida por una férrea voluntad, choca necesariamente con las exigencias de la vida del grupo, con las concesiones y los compromisos indispensables para la convivencia social. Es un obstáculo para la participación, el consenso y los logros de equipo. Aunque puede atraernos sobremanera el argumento romántico según el cual es preferible vivir intensamente un breve tiempo por un gran logro que tener una larga vida irrelevante, es preciso considerar que mucho más debe el bienestar y el progreso humano a la lenta consolidación de las instituciones y a la acumulación de pequeños aportes mediante la formación de redes sociales y el trabajo en cooperación que al destello solar de los grandes genios y héroes culturales.
El héroe es una deformación de la pulsión individualista que lleva a posiciones personales inflexibles, actitudes rígidas y obstinadas. Como aparece en la tradición épica, el héroe es un guerrero brutal. Por eso recibía, también, el calificativo de terrible, de ser sin moderación. En la mentalidad heroica, no sólo domina el arrojo sobre la sensatez, sino que el horror pasa desapercibido y es tomado como acto normal. En el segundo canto de la Ilíada, Néstor invita a los melenudos aqueos a tomar venganza nada menos que con una violación masiva: «Por eso, que nadie se apresure aún a regresar a casa antes de acostarse con la esposa de alguno de los troyanos y cobrarse venganza por la brega y los llantos de Helena[11]». El heroísmo es, en su núcleo arquetipal, un código de guerra y pillaje. En la Edad Media, los cronistas árabes desnudaron los valores de la caballería y los ideales épicos del honor castellano mostrando la maldad detrás del celo religioso de los héroes cristianos. El Cid Campeador usaba el terror para cobrar tributos y solía torturar a los enemigos y decapitar a los insurgentes. No es asunto de épocas y culturas. Hay algo en el arquetipo que lo vincula al fanatismo y lo aleja del consenso ciudadano. Es una legitimización de la violencia. En 1835, el héroe de la independencia venezolana, revolucionario y varias veces presidente, José Tadeo Monagas, se incorporó a la Revolución de las Reformas y lanzó una proclama que concluía así: «Siempre me veréis primero, adelante, a vuestra cabeza; y para triunfar o morir. Que sea vuestro lema el Triunfo del patriotismo o muerte; reformas en una convención nacional o guerra eterna[12]…».
Opuesto a la convivencia civil y a la solidaridad de la polis, el héroe desconoce los términos medios, la negociación y el compromiso. Incapaz de cambiar, permanece inalterable aunque conozca las consecuencias negativas de sus actos. Su pasión característica era llamada por los griegos orgé, un odio o ira prolongada que resulta de un daño al amor propio, que exige y conduce a la venganza. En la psicología del héroe no hay espacio para los quehaceres de la paz. Desconoce el mérito del trabajo y el valor de los imperceptibles logros ordinarios. Desprecia el empeño metódico y constante. Inepto para crear riqueza, se apropia de la fortuna de otros mediante el asalto y la conquista. Su economía, como la del pirata, es la del saqueo y el botín. Su desdén por la mediocridad de la vida sedentaria y laboriosa está ligado a un exceso de autoestima. Ulises, quien desdeña la actividad mercantil tanto como valora el pillaje, se presenta ante Alcínoo, rey de los feacios con afirmaciones que chocan abiertamente con la virtud de la humildad. Dice así: «Soy Odiseo, hijo de Laertes; todos los hombres piensan en mí por mis ardides, y mi gloria llega al cielo[13]».
Si alguna persona de nuestro entorno se presentara de la misma manera, hablaríamos inmediatamente de egolatría o inflación del yo. Más que engreído o pedante, lo consideraríamos desadaptado y hasta loco. Muy probablemente pensaríamos en un desorden de personalidad narcisista tipificado por ideas de grandiosidad y autoimagen exagerada de la propia importancia, sobrestimación de las propias habilidades y logros, sensación de ser original o único y contumaz necesidad de ser nombrado y admirado. ¿Hay algo más enfermizo que la soberbia narcisista, algo que desate más la furia y la envidia de los dioses que el hecho de que un común mortal reclame la gloria por sentirse portador de un rasgo que lo hace excepcional? El culto a la personalidad es probablemente uno de los principales peligros para el despliegue y desarrollo equilibrado de la personalidad y de la sociedad. Al estar identificado totalmente con el yo y su historia personal, el héroe cae con frecuencia en un estado de posesión en el que prevalecen la falta de límites, la desmesura y los componentes psicopáticos de la personalidad. No es por azar que los psiquiatras y psicólogos han encontrado tantas coincidencias entre las enfermedades narcisistas, los trastornos del carácter y las personalidades antisociales. Pareciera que la figura del héroe es uno de los dominantes inconscientes de la patología fronteriza que prolifera en la actualidad: destructividad y violencia, grandiosidad, omnipotencia y exhibicionismo, sectarismo.
En la antigüedad existieron listas y catálogos de poderes y deidades que, según la gente común, producían los disturbios mentales. Hipócrates, en el Morbo sacro, menciona específicamente «las invasiones de los Héroes[14]» como una de las enfermedades sagradas, una de las fuerzas que, según la creencia popular, suelen poseernos y son causas de locura. Los héroes son nuestros antecesores, los espíritus de los grandes muertos que siguen rondando, inquietos, el mundo de los vivos. Pero la invasión de los muertos del espacio humano produce confusión, delirio y locura. La identificación con su figura genera contagio. A manera de epidemia, degenera en la misteriosa forma de poder que Max Weber denominó dominación carismática, «la entrega a una revelación, al culto del héroe, a la confianza en un líder[15]…». La dominación carismática es irracional y antieconómica. Surge del sentimiento, de la comunidad emocional por identificación proyectiva; es decir, por afinidad con los contenidos de nuestra propia personalidad que depositamos en el otro. Las personas, consumidas en una vida común y corriente, proyectan en el líder narcisista al héroe dormido que llevan dentro. La personalidad descollante se convierte así en la portadora de la individualidad de quienes, incapaces de vivir su propia grandeza, lo hacen a través del carisma del dirigente; se enamoran y se identifican con él.
Un país en estado de posesión
El héroe mítico y el héroe histórico se entrelazan para producir cultos que, con frecuencia, dominan el escenario político y son el caldo de cultivo de muchas ambiciones de mando. Si analizamos detenidamente el discurso político venezolano y las formas retóricas dominantes en nuestra sociedad, nos damos cuenta de que es imposible comprender aspectos fundamentales de nuestra manera de vivir si no reflexionamos sobre el rol y la influencia que el mito del héroe ha tenido en la forja de la nación. Nacemos y crecemos bajo la luz de una consciencia épica. Nos desarrollamos como continuación de una epopeya histórica, como herederos de las hazañas y la honra de la gesta libertadora, ungidos por la gloria del Libertador Simón Bolívar, sujeto de un culto heroico que tal vez sea el único componente verdaderamente común de nuestra identidad cultural. Estamos tan acostumbrados a la celebración continua del héroe que, a menudo, sólo la distancia o la mirada extrañada del extranjero nos hacen caer en cuenta de su asombrosa penetración en todos los aspectos de la vida nacional. La omnipresencia de Bolívar en la consciencia colectiva venezolana es absoluta. Estatuas, retratos, mensajes, recuerdan y celebran insistentemente su imagen e ideas en los colegios, en los discursos, en las oficinas públicas. Es el calificativo de la Constitución y de la república, el nombre de la unidad monetaria nacional, de la plaza central de todos los pueblos y ciudades, de estados, aeropuertos, avenidas, universidades, planes gubernamentales, sistemas escolares, tiendas, bazares, bancos, bares. No hay aspecto de la vida nacional que no haya sido tocado por el culto al Libertador, fundamento de una religión heroica cuya operación simbólica tiene consecuencias concretas.
Ningún venezolano puede dejar de admirar el esfuerzo y la voluntad férrea de las tropas libertadoras que atravesaron en alpargatas la cordillera de Los Andes, los sacrificios y logros de un pueblo decidido, guiado por un ideal, la grandeza de los próceres que convirtieron las debilidades y flaquezas en asombrosos triunfos. Simón Bolívar es la encarnación de todas esas voluntades e ideales heroicos, la personificación de los valores excelsos, el símbolo de la vida trascendente, la síntesis de las aspiraciones más hondas de la sociedad venezolana. Además de expresar los anhelos de libertad e igualdad del pueblo llano, Bolívar reúne los rasgos de carácter requeridos para conseguirlos: la voluntad capaz de sortear todos los obstáculos, la determinación para llegar a la meta, el desprendimiento y sacrificio de la riqueza y del bienestar personal en pro del bien común. El heroísmo se confunde, muy a menudo, con el patriotismo y el nacionalismo. Estimula el orgullo colectivo y sirve para estructurar la identidad nacional. El Libertador, especie de redentor, no sólo es el padre de la patria sino el eje de nuestro sentido de pertenencia. Solemos pensar que, por efecto de modelaje, la exaltación de la figura de Bolívar sirve para propiciar sus virtudes en el pueblo. Sin embargo, en el momento en que la figura del héroe se hace objeto de culto, introduce un elemento irreflexivo —contrapuesto al razonamiento lógico— que lo convierte, más bien, en abono de vicios, sectarismo, manipulación e inconsciencia. El impacto emocional de los mitos es, todavía, algo tan desconocido que su operación simbólica ocurre, mayormente, sin que nos demos cuenta, aunque pensemos que estamos totalmente conscientes del asunto.
Un acertado y divertido ejemplo de la posesión por el héroe lo podemos ver en la película Bolívar soy yo, del director colombiano Jorge Alí Triana. La cinta trata de un actor, Pedro Miranda, protagonista de una telenovela sobre la vida de Simón Bolívar, que en medio del éxito se obsesiona y se identifica con el personaje. Por momentos, Miranda sabe que él es él, por momentos cree que es Bolívar. Sus discursos, su acalorada defensa de los ideales del Libertador, su identificación y locura, son tomados a broma por muchos y hasta el Presidente de la República lo invita a actuar como Bolívar en un desfile para conmemorar la Independencia sin darse cuenta de la seriedad y peligrosidad del asunto. Lo interesante de la película es el fino límite, la tenue frontera tras la cual la locura individual se transforma en locura colectiva. Repentinamente, Pedro Miranda se convierte en un evento político, en el símbolo capaz de reivindicar las injusticias sufridas por el pueblo, en el líder que encarna la lucha contra la pobreza, la inequidad y la corrupción. El actor termina secuestrando al presidente de Colombia y, al remontar el río Magdalena, es recibido en todos los pueblos y aclamado como un héroe. El contagio colectivo se convierte en epidemia y es rápidamente aprovechado por las fuerzas armadas revolucionarias para intentar tomar el poder. La película está llena de ironía y humor. No pensemos, sin embargo, que es pura ficción. La posesión por los héroes muertos es, en nosotros, un hecho, una realidad. La imagen de Bolívar es el núcleo de un complejo histórico, la representación de una enfermedad psíquica que azota a la sociedad venezolana y que se refleja en el fanatismo por el pasado, en la imposibilidad de crear un presente y un futuro por fijación en las glorias pretéritas.
A pesar de la crítica racional y desmitificadora de tantos intelectuales e historiadores inteligentes, a contracorriente de los argumentos cristalinos y demoledores de escritores como Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta, Francisco Herrera Luque o Luis Castro Leiva, la potencia afectiva del mito de Bolívar se mantiene intacta y anega el alma colectiva del pueblo venezolano. Testigo de ello es el renovado impulso y la relevancia adquirida por el culto del héroe a partir del triunfo de la revolución bolivariana en 1998, que ha llevado hasta el paroxismo la devoción por el Libertador. Psicológicamente nos encontramos hoy, casi dos siglos después, próximos a los venezolanos que en 1842 presenciaron los fastos y honores fúnebres consagrados a los restos del Libertador Simón Bolívar. Fermín Toro, en su oblación «a los manes del que aún en la tumba protege» se pregunta:
… ¿Quién es grande en estos días? ¿Quién es alto como el cedro y fuerte como la roca para resistir, dominar y serenar la tormenta? (…) Bolívar sólo, Bolívar que en los días de terror sólo puede compararse a los héroes bíblicos que, armados de la ira de Saboath, rodaron su carro sangriento sobre ejércitos destruidos; pero que en los días de la reparación fue semejante a los genios bienhechores que presiden a la creación de lo grande[16]…
A pesar de lo anacrónico o ridículo que pueda parecemos hoy en día el romántico lenguaje decimonónico, el llamado a los héroes muertos sigue vigente en el estilo retórico y el tono discursivo de los políticos de la actualidad como una constante cultural. Lo vemos, por poner un ejemplo tomado al azar, en el discurso de orden de un historiador contemporáneo en la sesión solemne de la Asamblea Nacional, el 5 de julio de 2003.
… A Venezuela se le perdió Bolívar durante mucho tiempo. Se le perdió por completo, hasta hace sólo cuatro años, cuando un hombre de palabra cumplió un juramento hecho una década atrás al pie del Samán de Güere. Gracias al cumplimiento de aquel juramento, Venezuela y América toda se han percatado claramente de que Bolívar vive. No es que resucitó, es que jamás llegó en realidad a morir. Y vive porque su doctrina responde a la caracterología del revolucionario integral[17].
La activación y manejo utilitario de los héroes muertos y del mito por medio de la figura del Libertador ha sido una de las más provechosas artimañas psicológicas utilizadas por las clases políticas para manipular y conducir a las masas. La guerra de independencia no sólo dejó dolorosas heridas en el cuerpo social venezolano, sino que sus logros políticos no colmaron las expectativas de libertad e igualdad por los que tan arduamente el pueblo había luchado. Para mantener la filiación popular en torno a las elites políticas, éstas construyeron una figura simbólica y deificaron el héroe cuyo proyecto había sido maliciosamente traicionado: el Libertador. Como ha señalado Germán Carrera Damas, el gran acierto de la burguesía terrateniente y comercial y de la dirigencia política del siglo XIX fue distraer la insatisfacción popular y tranquilizar a las mayorías depauperadas reivindicando el programa de Bolívar como suyo, vitalizándolo como proyecto que ellos iban a procurar y finalmente a culminar. Se creó una ideología popular con fines muchas veces antipopulares. El culto y deificación del héroe demostró ser un recurso simbólico tan eficiente para el ejercicio del poder que, a partir de su creación, todos los gobernantes venezolanos, especialmente los más autoritarios y despóticos, lo han utilizado y perfeccionado como instrumento de dominación. Escribe así Carrera Damas:
… el culto a los héroes, y en primer término el rendido a Bolívar, dejó hace mucho de ser el cuito de un pueblo para convertirse en un culto para el pueblo, institucionalizado, orquestado y dirigido por el Estado a través de organismos competentes integrados a su estructura administrativa, cuyo funcionamiento se acuerda, por consiguiente, con la política del gobierno de turno, y que se encargan de regular las manifestaciones del culto, haciéndolo eficaz medio de acción sobre la conciencia popular, al servicio de la política oficial imperante[18].
Que una figura mítica tenga tanto peso en la vida de una nación, que una imagen dominante del inconsciente colectivo tenga un rol tan protagónico en la ideología y praxis política, no puede sino alertarnos sobre la necesidad de comprender las motivaciones y deseos insatisfechos por los cuales el mito funciona, las sutiles compensaciones simbólicas que mantienen el equilibrio precario entre la fantasía y la realidad. La identificación colectiva con un mito no es algo banal. Más allá del sentido de pertenencia o de la cohesión social, ronda la amenaza del sectarismo y la irracionalidad, el lado oscuro de los ideales colectivos, una sombra que sobrepasa las más loables intenciones. Testigo de ello es la deformación de la filosofía de la acción de Thomas Carlyle, la distorsión de su culto al héroe dentro de la ideología del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. La exaltación del hombre fuerte, decidido y duro, de una raza superior y pura, fue el trasfondo mítico de la ideología nazi que justificó los más horrendos crímenes y devastaciones. El héroe es un fantasma peligroso que nos ronda y tiene tanto peso en nuestro juicio que en cualquier descuido nos posee y se apodera de comunidades enteras. Como señala Rafael López-Pedraza, la figura del héroe ocupa «un espacio desproporcionado en nuestra psique[19]» y ello implica un estado de posesión por la invasión de los manes de los héroes muertos. La manera en que la figura del héroe afecta nuestra vida cotidiana y el hecho de que «algo tan fantasmal como los muertos intranquilos produzcan ese estado de posesión[20]» recalcan nuestra locura colectiva. Basta escuchar los discursos políticos cotidianos que invocan la confrontación y la guerra, que recuerdan un pasado glorioso y llaman a luchar por transformaciones utópicas aunque vivamos en la penuria agobiante, que organizan batallones de lanceros para simples logros ciudadanos. Llevados por el carisma del héroe, las personas marginadas de nuestra sociedad se han identificado con sus elementos psicopáticos mostrando claramente la irracionalidad de la posesión.
Necesitamos urgentemente, por tanto, protegernos de la fascinación por el héroe, reflexionar sobre sus aspectos oscuros, sobre la sombra de su mitología. Un sentimiento de identidad nacional forjado al calor de un culto heroico convertido en religión republicana, un contagio ideológico mediado por la identificación carismática con la figura del héroe, una retórica heroica que por más que pretendamos ignorarla impregna todas las facetas del vivir, son expresiones de un vacío que intentamos llenar con los actos grandiosos de un pasado que ya queda demasiado lejos, con algo que supuestamente fuimos, pero que ya no somos, y que sólo podemos recapitular. Una recomendable dosis de desconfianza y mínima prudencia intelectual nos obliga, por tanto, a preguntarnos: ¿cuál es la sombra del héroe? ¿Cuál es su polo contrario? ¿Cuáles son las actitudes opuestas que esa mitología dominante intenta compensar? Porque de eso se trata. Cuando algo se hace exagerado, algo trata de contrarrestar, como las ínfulas de grandeza, un exacerbado complejo de superioridad que por lo general esconde dolorosos sentimientos de inferioridad. No es suspicacia paranoica ni ociosa especulación intelectual. Es una pregunta elemental que no puede faltar desde que los grandes pensadores del siglo XIX, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, rompieron con la teoría clásica de conocimiento para introducir una nueva forma de exégesis que parte del rechazo del discurso colectivo y del corpus visible de la realidad. Esta nueva exégesis es una forma de ver que desconfía de lo evidente, de lo que nos dicen, de lo que nos venden, para revelar las intenciones ocultas, el trastero sucio y sombrío. Es un conocimiento que busca alejarnos de las formas aparentes para profundizar en el interior de las cosas, un interior que, paradójicamente, es exterior al sujeto, percibido como si viniera de afuera. Es el primer paso de una psicología desenmascaradora que intenta develar el carácter ilusorio de los grandes ideales y mitos colectivos. Una óptica que interpreta la genealogía del ideal desde su contrario, la justicia desde el provecho individual, el honor desde la infamia, la verdad desde el engaño, la virtud desde el vicio.
De lo solemne a lo prosaico
Nada luce más lejano del arquetipo del héroe que la figura del pícaro. Si el héroe remite a códigos de honor y dignidad, a gestas valerosas e ideales excelsos, el pícaro nos lleva a lo más bajo, nos hunde en la miseria, en el engaño, en la mentira y la deshonra. Ambos coexisten, sin embargo, como cara y revés de una misma moneda de intercambio psíquico. Por eso no debe extrañar que comencemos un libro sobre el arquetipo del pícaro comentando la figura del héroe. El héroe convoca necesariamente al pícaro. Es su antítesis. Uno de los rasgos distintivos de la literatura picaresca es que ella narra la vida de seres comunes y vulgares en lugar de la de personajes heroicos, de la literatura caballeresca distinguidos por su dignidad y sus méritos espirituales. A este respecto, Américo Castro comenta sobre el Lazarillo de Tormes:
… el móvil de esta novelita y de sus análogos no es el heroísmo, sino el antiheroismo, ya que el pícaro como personaje literario fue el antípoda del caballero andante, del alma enamorada, del místico o del conquistador. Queda así invertida la visión estimativa de los valores y aparecen en la cumbre lo que esperaríamos yaciese en cualquier abismo de bajeza (…) Personas y cosas aparecen como negaciones o engaños ilusorios (…), su valor consiste en ser des-valor, un valor con signo negativo que asciende a la cumbre en donde suelen morar los grandes hechos o altas virtudes[21].
Similar es la opinión de Irving Leonard en su obra Los libros del conquistador al hacerse eco de una interpretación compartida: «el “pícaro”, como dice un autor moderno, es “una especie de Amadís de Gaula al revés, un antihéroe”. El principal protagonista de la literatura picaresca está privado de idealismo y predispuesto a vivir antes de su gorronería y de su desvergüenza que de cualquier ocupación honesta[22]…». Mientras la literatura heroica expresa una fe en las posibilidades de transformación y mejoramiento del espíritu humano, el género picaresco es la manifestación de una filosofía acomodaticia y cínica que acepta pasivamente el orden establecido. Concentrado en la supervivencia y el beneficio propio, al pícaro no le interesa cambiar nada, sino aprovecharse de la situación tal como está. Por ello se burla de los prejuicios y convencionalismos que le permiten medrar de los vicios que esas mismas fachadas sociales pretenden ocultar. Pero a pesar de la distancia que aparentemente los separa, los protagonistas de ambas literaturas, picaresca y heroica, se persiguen y alternan los unos a los otros como el Dr. Jekyll y Mr. Hide, contrapesos desdoblados de una misma personalidad social. Y así como no podemos prescindir de Bolívar ni de nuestro pasado heroico como mito de origen capaz de darnos sentido de continuidad histórica e identidad nacional, tampoco es posible analizar y entender la vida social venezolana sin abordar el tema de la picardía y el pájaro bravismo, la astucia y la viveza criolla. El héroe y el pícaro se dan la mano como actores compensatorios de una misma paradoja histórica, personificaciones de un juego de contrarios que ha estado presente desde nuestro más remoto pasado.
Cuando Eduardo Blanco transformó la dolorosa y sangrienta guerra civil de la independencia en arrebato lírico e idealizada epopeya de dimensiones míticas, el autor de Venezuela heroica olvidó mencionar que los eximios héroes, cuya determinación y valentía transformaron para siempre el horizonte político y social del continente latinoamericano, fueron, también, los mismos que, una vez en el poder, dispusieron del tesoro público como de la cosa privada, que impidieron el desarrollo de las instituciones y del Estado de derecho, que impusieron la arbitrariedad, la fuerza y los laureles militares por encima de la competencia y la probidad como criterios para dirigir los destinos de la nación. La falta de coherencia entre la palabra y la acción como característica resaltante de la vida política y el discurso público, el nominalismo y el imperativo mágico de la palabra, que con tanta facilidad sustituyen a los hechos y tanto nos alejan de las realizaciones concretas, son manifestaciones del interjuego y las sutiles compensaciones entre estas dos mitologías y figuras dominantes de nuestro inconsciente social. Si en el terreno de la palabra dominan la retórica y los ideales del héroe, en el campo de la acción y de los hechos concretos reinan el pragmatismo y la viveza del pícaro. Una forma idiosincrásica de disociación producto de la operación inconsciente de una de las más antiguas leyes de la dinámica psíquica: el balance entre los opuestos, las inevitables compensaciones que ocurren cuando una actitud se hace extrema y monopoliza la consciencia, hecho que paradójicamente activa la aparición de su contrario y lo obliga a llevar una vida autónoma y a actuar anárquicamente desde el inconsciente. La disociación se hace evidente en los casos en que una misma persona lleva a cabo acciones o emite opiniones absolutamente contrarias entre sí como si surgieran de dos personalidades completamente diferentes, con ideas, creencias y emociones distintas.
En los últimos años, los medios de comunicación social han podido mostrarnos claramente este fenómeno de escisión a través de videos que unen distintas apariciones, actuaciones y declaraciones de un mismo político, de quien —si no fuera porque lo vemos con nuestros propios ojos— no podríamos pensar que se trata de la misma persona. El individuo aparece en una toma declarando sobre el sacrificio y las acciones heroicas que necesitamos realizar para liberar a nuestro pueblo de la pobreza y alcanzar la igualdad, mientras que en la siguiente lo vemos disfrutando de asombrosos lujos y placeres. Un día defiende un ideal y al poco tiempo lo niega cínicamente respaldando otro con fines prácticos. Estamos tan habituados a esta forma de existencia múltiple que, por lo general, ni cuenta nos damos de la incongruencia y la disonancia. Dos creencias o comportamientos son consistentes cuando uno está de acuerdo con el otro. Si considero que fumar es malo, no fumo. Dos elementos son disonantes o inconsistentes cuando son incompatibles o se contradicen, cuando un enunciado implica la negación del otro. La teoría de la disonancia cognitiva de León Festinger supone que dichas contradicciones producen tensión psicológica, que las personas no pueden sentir, pensar y actuar de manera disonante demasiado tiempo. La incomodidad se hace, supuestamente, tan insoportable que los individuos se ven compelidos a buscar la consonancia. Nuestra realidad psíquica parece contrariar la teoría de Festinger. En nuestra alma conviven el héroe y el pícaro, y saltamos con tanta fluidez de un arquetipo al otro que parecieran mellizos unidos por un mismo cordón umbilical.
Con ocasión de la publicación de la Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela de José Oviedo y Baños, el licenciado don Alonso Escobar, presbítero y canónigo de la santa iglesia catedral, congratula a la ciudad de Caracas con el lenguaje ampuloso y heroico característico del discurso público de la época:
O tu Caracas! objeto generoso
de aquel Imperio, cuya sacra frente
venéran mas esferas que el Sol jira (…)
Ya llegó el tiempo que tu heroica historia
á campear salga de sus lobregueces, (…)
Solo heroica pluma llegar pudo
á ser pincél plausible de tus héroes,
porque efectos gloriosos no producen
pequeñas causas, si las eminentes[23].
Oviedo y Baños fue, no obstante, uno de los primeros escritores que señaló la viveza de ingenio como característica de los caraqueños: «sus criollos son de agudos y prontos ingenios, corteses, afables y políticos[24]». Descripción que coincide con las de otros destacados viajeros y cronistas europeos de los siglos XVIII y XIX. Dauxion Lavayse habla de «sutileza de la chicana». Al final de su crónica Viaje a las islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela en la América Meridional hace un bosquejo de los hábitos y costumbres de la Capitanía General de Caracas o Venezuela en el cual afirma que los criollos:
… tienen por lo general mucho ingenio y perspicacia (…) pero siempre reina en sus relaciones un espíritu de desconfianza, de celos y de etiqueta que elimina la cordialidad de sus sociedades. No se les oye hablar sino de procesos. En estas colonias abundan los abogados y procuradores. Se puede decir que estas dos, profesiones son casi las únicas permitidas a la ambición de la juventud criolla, que muestra una aptitud muy grande para las sutilezas de la discusión[25].
Robert Semple, viajero escocés que visitó nuestro país durante la Primera República, apunta en la misma dirección cuando en su Bosquejo del estado actual de Caracas dice que «los libertos de color son generalmente ingeniosos (…) Ellos prometen sin la menor intención de cumplir y se quedan perfectamente inconmovibles cuando se les reprocha[26]…». También Pedro Núñez de Cáceres, un abogado nacido en República Dominicana, que llegó a Venezuela en 1822 y ejerció activamente el derecho durante gran parte del siglo XIX, escribió unas muy controversiales memorias sobre la vida venezolana en las que enfatiza la propensión al engaño que predominaba en nuestra sociedad y se explaya en la descripción y crítica de las falsedades, picardías, robos y todo tipo de cohechos y actos de corrupción, que poco difieren de los de la actualidad.
Al principio de sus elocuentes y despiadadas memorias, Pedro Núñez de Cáceres, tras comentar un pequeño caso del común delito de desvío y malversación de las rentas municipales, escribe:
El asunto de Pérez es una pequeñez comparado con los grandes robos que desde Zea se están cometiendo (…) Nosotros estamos acostumbrados a la sociedad de los muy distinguidos y Excelentísimos Señores Generales, Tesoreros, Ministros, siempre que hayan robado de doscientos mil pesos arriba: entonces los estimamos, los adulamos, (…) les hacemos versos y pronunciamientos; pero si un infeliz se hurta una peseta lo condenamos sin misericordia a tres años de presidio, porque es una infame picardía la contrectación fraudulenta de lo ajeno. (…) Alejandro mandaba a matar un pirata que en un barquillo cursaba el Helesponto, mientras él iba con una gran escuadra a robar la Persia: así era magno, héroe, conquistador[27].
La astucia y la viveza han sido recurrentemente señaladas como rasgos distintivos del carácter social de los venezolanos y de muchos otros pueblos latinoamericanos y sociedades del Caribe. Algunos autores hasta hablan de sociedades picarescas. Así lo hace, por ejemplo, V. S. Naipaul al analizar la sociedad trinitaria en un libro de viajes que recoge sus impresiones sobre cinco países en las Indias Occidentales y Suramérica. Le asombra la persistencia del deleite por la astucia y el engaño y de la admiración que, según Naipaul, siempre han sentido los trinitarios por el «carácter agudo y afilado que, como el pícaro de la literatura española del siglo XVI, sobrevive y triunfa por medio de su ingenio[28]». La picardía, sin embargo, no es patrimonio exclusivo de algunas sociedades particulares. Es una disposición, una conducta o atributo de carácter que aparece con mayor intensidad en unas personas o grupos que en otros, pero que está presente en todas las personas, geografías y tiempos. El pícaro es la versión hispana de una figura mítica universal, un arquetipo: el trickster (embaucador, granuja, bribón), un dominante estructural de la mente humana. Los ciclos narrativos, mitos, cuentos, sagas, que tienen como protagonistas antihéroes ingeniosos, divertidos, amorales y tramposos, están, probablemente, entre las expresiones más arcaicas y universales de la humanidad. Para algunos antropólogos como Paul Radin, constituyen la etapa inicial de la evolución del mito del héroe, vestigios de un período de vida más primitivo. Las figuras y personajes picarescos, en forma animal o humana, tienen un lugar destacado en la tradición oral de los pueblos sin escritura, en las sagas, las fábulas y los cuentos del folclore popular; aparecen en todas las culturas, en la mitología, en la literatura moderna, en el teatro, la novela, el cine, tanto como en la vida real. Pero, si bien es cierto que hasta los pueblos caracterizados popularmente por su formalidad y seriedad, como los alemanes o los suizos, cuentan con embaucadores traviesos y burlones como Till Eulenspiegel, y los franceses tienen al artero zorro Renard o Reynard, no por ello la astucia y la viveza han llegado a convertirse en los estereotipos culturales más usados para describir de manera indiscriminada el comportamiento general de los habitantes de esas sociedades. Nuestro caso es diferente. La viveza criolla, si nos guiamos por el decir popular, es casi un signo distintivo.
El reino de Tío Conejo
El 4 de febrero de 1949, el ministro de Educación Nacional de los Estados Unidos de Venezuela, Augusto Mijares, resolvió crear la revista Tricolor, una publicación infantil destinada a avivar nuestras peculiaridades económicas y sociales y afianzar, en el campo espiritual, nuestra nacionalidad. La resolución reza lo siguiente:
Por cuanto es deber del Gobierno de la República encauzar las experiencias y actividades educativas hacia la formación de una consciencia nacional basada en el conocimiento de nuestras características y en la apreciación justa de nuestros valores; y por cuanto es necesario dotar de un instrumento didáctico auxiliar que satisfaga los intereses predominantes de los niños que a ellos concurren, por disposición de la Junta Militar del Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela, este despacho resuelve: se crea la revista Tricolor[29].
El primer número de la revista comienza con un cuento de Tío Conejo en la primera página que narra la manera en que el conejo engaña al camuquengue o rabipelado para comerse un sancocho. La contraportada es un cómic, también de Tío Conejo, dibujado por Carlos Cruz Diez. El segundo número comienza con otra fábula de Tío Tigre y Tío Conejo escrita por Francisco Tamayo y tiene como contraportada un cómic, del mismo Cruz Diez, sobre Pedro Rimales. Rimales, uno de los principales héroes de la astucia del relato oral venezolano, es la versión criolla de Pedro de Urdemalas, personaje picaresco de la tradición oral española que inspiró a grandes escritores como Quevedo o Calderón de la Barca pero que fue inmortalizado por Miguel de Cervantes en su Comedia famosa de Pedro de Urdemalas.
Sujeto audaz y trapisondista, mudable como su gusto, mentor de simples y embaucador de bellacos, enemigo del trabajo y apasionadísimo de su regalo, sagaz para descubrir su provecho y tracista para lograrlo: travieso, pero no punible; maleante, pero nunca criminal; más siempre ingenioso y siempre admirable[30]…
Este héroe de la astucia tan grato y próximo al pueblo y al sentir venezolano no sólo fue un injerto de hispanidad que germinó en el suelo americano, sino que se unió a su paralelo africano, Tío Conejo, y ambos prosperaron hasta convertirse en las más influyentes imágenes colectivas a las que recurrentemente acudimos para expresar o reflejar muchos aspectos de nuestra identidad nacional. Extraña manifestación de una identidad colectiva, por cierto, ya que estos personajes folclóricos son la máxima expresión del individualismo asocial, sujetos que violan todas las normas existentes, que se burlan de los demás, que rompen con los valores del grupo e imponen sus propios deseos y necesidades. En el cuento Las dos mitades de Pedro Rimales, nuestro héroe es tan anárquico que incluso en el infierno arma el caos apagando la candela de todas las calderas con cruces, hasta el punto de que el Diablo prefiere enviarlo al cielo donde San Pedro tampoco lo deja entrar. Pedro Rimales se desentiende de los códigos que rigen la sociedad, quien cuenta es él y nadie más. Podríamos pensar que la presencia de estos personajes en el primer número de una revista infantil es casual o poco significativa, pero los números siguientes de Tricolor reiteran la imagen. El número 80, del año 1956, muestra disfraces para los niños en Carnaval entre los que destacan los atuendos de los protagonistas divertidos y traviesos que pueblan nuestro folclore.
Juan Cenizo, Juan Bobo, Pedro Rimales, son personajes ingeniosos típicos de la literatura oral venezolana que expresan diversas facetas de nuestra experiencia vital, pero el rol protagónico lo tiene Tío Conejo, personaje simpático y vivaracho, figura paradigmática de nuestro folclore, la más representativa y extendida imagen del héroe popular que sobrevive y triunfa por astucia. Este animalito ingenioso, forjado y limitado por la carencia y la penuria, de las que sólo logra salir mediante el robo, la burla o el engaño, que siempre alcanza a huir o evitar el castigo por sus fechorías y transgresiones, y que debe sus triunfos a la rapidez y la astucia que lo caracterizan, es la más viva manifestación de uno de los arquetipos del inconsciente colectivo con más peso en la sociedad venezolana. Más que un simple dominante del comportamiento, Tío Conejo es una imagen que sintetiza toda una psicología: una psicología de supervivencia, una forma de adaptación. Tío Conejo sólo aspira a subsistir. Sólo lo mueven la urgencia inmediata, los apetitos y las necesidades más básicas. Por eso, busca la salida fácil; por eso, su manera natural de remediar la necesidad se limita a la treta y al engaño sin medir sus consecuencias a largo plazo. En un mundo despiadado y voraz, sembrado de obstáculos, donde el débil tiene todas las de perder, la astucia, la simpatía y el humor, son las únicas disposiciones a su alcance para conseguir lo que desea sin ser notado, para sortear las dificultades sin tener que trabajar o luchar.
La presencia conspicua de una figura como Tío Conejo en una revista diseñada expresamente para la enseñanza y la formación infantil, en un medio impreso creado para procurar material de trabajo a los escolares y entrar en contacto con las formas primordiales de nuestra nacionalidad, da cuenta de una imaginería con una carga emocional que viene desde muy hondo y que matiza muchos aspectos de nuestra cultura subjetiva. A partir de estos personajes del folclore agrario, Antonio Arráiz construyó, como George Orwell en Animal Farm, una fábula política sobre el autoritarismo y el poder. Saltando aspectos del espíritu vivaracho del personaje, obviando su cinismo y su pragmatismo amoral, Arráiz hace de Tío Conejo un símbolo de la capacidad de adaptación, del refrescante estoicismo, de los ardides y la astucia con que el débil puede enfrentar la fuerza bruta y la sed de mando. Varias generaciones de venezolanos crecimos escuchando los cuentos de Tío Conejo, una parte de nuestra historia que no podemos pasar por alto si entendemos que las tradiciones orales, las imágenes que perduran en la memoria colectiva, son el eco de los significados interiores del alma de los pueblos.
Uno de estos cuentos explica la razón por la cual Tío Conejo tiene las orejas grandes. En una ocasión, Tío Conejo le preguntó a Papá Dios por qué lo había hecho tan pequeño mientras que a Tío Tigre, a Tío León, a Tío Caimán y a Tío Caballo los había hecho tan fuertes y grandes. Le dijo que no quería ser tan pequeño y le pidió que lo hiciera crecer. Para concederle el deseo, Papá Dios le exigió hacer prisioneras a Tía Avispa y a Tía Culebra y traerle una lágrima de Tío Caimán. Tío Conejo aceptó el reto. Fingiendo preocupación y dolor le preguntó a Tía Culebra por qué ella dormía tan incómoda bajo una piedra fría. Verla así le daba tanta pena que él le iba a hacer una cama de hierbas y que mientras la hacía ella podía reposar cómodamente en la cesta calentita que él traía. Tía Culebra se sintió agradecida y le encomendó a Dios que cuidara de Tío Conejo por su gran corazón, sin notar que éste ya la había encerrado y tramaba su próximo ardid. Al llegar al lugar donde se encontraba Tía Avispa, Tío Conejo comenzó a llorar y aparentando estar muy dolido confrontó a las avispas diciéndoles que cómo era posible que quisieran picarlo cuando él les traía como regalo una cesta llena de rica miel. Las avispas enternecidas aceptaron entrar en la cesta que Tío Conejo de inmediato tapó. Llegar a la morada de Tío Caimán no fue tan fácil, sin embargo, pues Tío Sapo vigilaba en la orilla del caño. Tío Conejo se mostró jovial y simpático y saludó al sapo afectuosamente. Le preguntó por su familia y entabló una conversación amistosa en medio de la cual le dijo de forma casual que iba de paso. El sapo que era malicioso y desconfiado no cayó en la trampa y mantuvo el ojo pelao pero, adaptándose rápidamente a las circunstancias, Tío Conejo gritó para que abriera aún más los ojos y lo cegó lanzándole un puñado de arena. Al bajar al caño encontró a Tío Caimán dormido. Le dio con un palo un golpe muy fuerte en la nariz y lo hizo llorar a moco tendido por lo que pudo recoger la lágrima del caimán. Lleno de regocijo por su triunfo, orgulloso y feliz, corrió hacia Papá Dios para que hiciera realidad su deseo.
«Pero Papá Dios lo colgó por las orejas diciéndole: —¡Qué astuto eres, mijito! Si yo te hiciera grande, ¿qué sería de los otros animales cuando, siendo tan pequeño, has hecho cuanto te pedí?».
Las orejas «fue lo único que le creció[31]».
Según George Dumezil, la manera como los pueblos conciben a los dioses refleja el concepto que las sociedades tienen de sí mismas. La noción de un dios artero y engañoso que con trampa domina al vivo dice mucho de nosotros. Pero no hay que ir hasta la mitología o el folclore. Basta vernos en nuestra vida cotidiana. El embaucador llano y simpático, lleno de humor y de astucia, goza de especial aceptación en nuestro medio cultural. Tío Conejo jovial y afectuoso, preocupado por el bienestar de los otros animales, aparentando estar muy dolido por su penuria o mala condición, preguntándoles sobre su salud y familia, bien podría ser cualquiera de nuestros políticos populistas preparando una elección. Como hemos mencionado, señalar la viveza criolla como rasgo característico de nuestro carácter social es un lugar común. Es un tópico del lenguaje ordinario, una de las muletillas más frecuentemente usadas para hacernos una imagen de algo tan informe con una identidad común. El vivo, el pájaro bravo, el vivaracho sagaz, son personajes inseparables de la experiencia del Caribe. Un zamarro comerciante de la vieja guardia, de aquellos incansables viajeros que prosperaron llevando sus representaciones y mercancías hasta los lugares más recónditos del país, resumía su filosofía comercial diciendo que él tenía dos hijos, uno inteligente y educado que había cursado estudios universitarios, y otro díscolo y poco letrado, pero avispado, y que a pesar de que él hacía todo lo posible por reconocer las diferencias y ser equitativo con sus hijos, él sólo confiaba sus negocios importantes al avispado. Lo fundamental para el éxito no es saber, sino ser astuto y echado pa’lante.
Si bien América Latina no ha producido una literatura picaresca tan nutrida, desarrollada y famosa como la española, pareciera que el protagonista del género dejó mucha más huella de lo que es posible inferir a partir de lo que revela la producción literaria. Y es que el personaje de ficción encontró un escenario fructífero para encarnarse en la vida real. Cuando Francisco de Quevedo hizo que Don Pablos cruzara la mar océano para llegar a América, nunca imaginó que al pisar el suelo del nuevo continente el personaje de ficción se independizaría de su pluma y saldría del papel para comenzar una vida propia. En una aclaratoria a unos relatos breves sobre los personajes que vinieron de fuera e intervinieron en la configuración de Latinoamérica, Enrique Bernardo Núñez dice en 1928:
De cuantos individuos pasaron a las Indias en los navíos de España don Pablos (el célebre pícaro español) es uno de los más dignos de estudio. Su figura descuella entre las turbas de hidalgos y las de héroes y santos que hollaron los caminos del nuevo mundo. A menudo la voz de éstos últimos se perdió entre las ruines burlas del buscón, y su influencia dejó raíces tan profundas, que ya el árbol del linaje de Pablos cubre el inmenso trópico[32].
En el relato breve, Don Pablos en América, Enrique Bernardo Núñez describe el éxito del Buscón en la nueva tierra y la perpetuación de su raza. Apenas desembarca, el personaje de Quevedo se cambia de nombre y dice llamarse Don Ramiro de Guzmán, señor de Valcerrado y Velloreto, y en poco tiempo llega a ser alcalde, regidor y un próspero encomendero. Por eso, Enrique Bernardo Núñez asegura que Quevedo erró al decir, en boca de su personaje: «y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres[33]», porque no pudo prever que en este lado del mundo el pícaro adquiriría dominio y vigencia por lo fácil y normal que era enriquecerse y mejorar su estado a través de tropelías y bajezas.
La opinión de Enrique Bernardo Núñez no es excepcional. Pocos son los ensayistas preocupados por el tema de la identidad y la cultura latinoamericana que no hayan mencionado, aunque sea de pasada, el rasgo que aquí nos ocupa. Arturo Uslar Pietri le dedica varios artículos al «mal de la viveza», uno de los tópicos de reflexión recurrentes en sus comentarios públicos, entrevistas y programas de televisión. Mario Briceño-Iragorry denuda la actitud oportunista, la falta de solidaridad, la arbitrariedad y «la anarquía deplorable que, oponiéndose al fecundo trabajo de equipo, provoca esa especie de desagregación de la mente colectiva[34]». Ramón Ordaz estudia a nuestro personaje como uno de los principales actores de nuestra vida pública porque «la condición de antihéroe que prevalece en el pícaro hispano, no lo es tanto para el latinoamericano[35]» ya que asciende y triunfa hasta volverse aristócrata y gobernante. Lo propio de Latinoamérica es «el pícaro encumbrado, exitoso» que logra «colocarse en la cima del poder[36]». Pero más allá de la opinión de los ensayistas, también las Ciencias Sociales aportan luces sobre nuestro tema. En un estudio dirigido por el profesor Andrés Miñarro, de la Universidad Católica Andrés Bello, titulado Factores psicosociales que acompañan al subdesarrollo económico[37], se entrevistó a 21 expertos en los temas de personalidad y cultura, desarrollo y subdesarrollo. Del análisis de contenido de las entrevistas resultaron seis dimensiones con un total de 19 indicadores de actitudes y creencias disfuncionales para el desarrollo. Una de esas dimensiones fue la viveza. En una segunda fase de la investigación se redactó un cuestionario con 113 reactivos que se aplicó a 892 sujetos. Del análisis estadístico de los resultados surgieron nueve factores independientes casi idénticos a las dimensiones teóricas de la primera fase. Junto a la viveza apareció un nuevo factor, la desconfianza, el recelo o la suspicacia, los cuales, no hace falta decirlo, están íntimamente ligados con la psicología del pícaro.
NOTAS
[4] Los arquetipos del inconsciente colectivo, término acuñado por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, son patrones o moldes generales que dan forma a la imaginación y a la conducta típicamente humana. Son esquemas estructurales de la mente, campos de fuerza muy básicos, que delimitan la experiencia y se expresan en imágenes comunes y repetitivas.
[5] Diccionario de la Lengua Española (1995). Real Academia Española de la Lengua. Edición electrónica. Espasa Calpe.
[6] Enciclopedia de frases Giner (1967). Madrid: Ediciones Giner, p. 644.
[7] Jung, Carl Gustar (1970). Symbols of Transformation. Collected Works, Yol. 5. London: Routledge & Kegan Paul, p. 205.
[8] Neuman, Erich. (1973) The Origins and History of Consciousness. Princeton: Bollingen Series, p. 127.
[9] Homero (2006). Ilíada. Madrid: Edaf, pp. 325-326.
[10] Homero (1973). Ilíada. Barcelona: Ramón Sopena, pp. 225 y 324.
[11] Homero (2008). Riada. Barcelona: Gredos, p. 60.
[12] Proclama reproducida en Porter, Robert Ker (1997). Diario de un diplomático británico en Venezuela: 1825-1842. Caracas: Fundación Polar, p. 721.
[13] Homero (1965). Odisea. Canto IX.
[14] Hipócrates (1952). Hippocratic Writings. Chicago: Encyclopedia Britannica, p. 155.
[15] Weber, Max (2007). Sociología del poder. Los tipos de dominación. Madrid: Alianza Editorial, p. 114.
[16] Carrera Damas, Germán (2003). El culto a Bolívar. Esbozo para un estudio de la historia de las ideas en Venezuela. Caracas: Alfadil, p. 57.
[17] Correa González, Juan Germán (2003). Discurso de orden en la sesión solemne de la Asamblea Nacional del 5 de julio de 2003. Recuperado el 3 de marzo de 2007 de http://www.asambleanacional.gov.ve/ns2/discursos.asp?id=12.
[18] Carrera Damas, Germán, ob. cit., p. 308.
[19] López-Pedraza, Rafael (2002). Sobre héroes y poetas. Caracas: Festina Lente, p. 31.
[20] Ibídem, p. 30.
[21] Castro, Américo (1960). «El Lazarillo de Tormes». En Hacia Cervantes. Madrid: Taurus, p. 138.
[22] Leonard, Irving (1983). Los libros del conquistador. La Habana: Casa de las Américas, p. 184.
[23] Oviedo y Baños, José de (1982). Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela. Caracas: Fundación Cadafe, p. XV.
[24] Ibídem, p. 421.
[25] Lavaysse, Jean Joseph Dauxion (1967). Viaje a las islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela en la América Meridional. Caracas: Universidad Central de Venezuela, p. 288.
[26] Semple, Robert (1993). «Camino a Caracas (1810)». En La pintoresca Caracas. Descripciones de viajeros. Caracas: Fundación de Promoción Cultural de Venezuela, p. 95.
[27] Núñez de Cáceres, Pedro (1993). Memorias. Caracas: Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano, p. 104.
[28] Naipaul, Vidiadhar Surajprasad (1978). The Middle Passage. Great Britain: Penguin Books, p. 78.
[29] Mijares, Augusto (1949). Resolución del 4 de febrero de 1949. En Tricolor. Ministerio de Educación Nacional de los Estados Unidos de Venezuela. Año I, N.º I, marzo de 1949, p. 1.
[30] Cotarelo y Valledor (1920). Enciclopedia Espasa Calpe. Madrid: Espasa Calpe, p. 1272.
[31] Almoina de Carrera, Pilar (1990). El héroe en el relato oral venezolano. Caracas: Monte Ávila Editores, pp. 127-129.
[32] Núnez, Enrique Bernardo (1932). Don Pablos en América. Caracas: Elite, pp. 74-75.
[33] Quevedo, Francisco de (1974). Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Barcelona: Noguer, p. 722.
[34] Briceño-Iragorry, Mario (1988). Mensaje sin destino. Ensayo sobre nuestra crisis de pueblo. Caracas: Biblioteca Ayacucho, p. 90.
[35] Ordaz, Ramón (2006). El pícaro en la literatura iberoamericana. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, p. 109.
[36] Ibídem, p. 123.
[37] Miñarro, Andrés y Greaves de Pulido, Rosalind (1999). «Factores psicosociales que acompañan al subdesarrollo socioeconómico». En Analogías del comportamiento. Boletín del Centro de Investigaciones del Comportamiento, N.º 4, noviembre 1999. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.
