literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Julio Rosales

Sep 15, 2021

El can de la medianoche

—¡Ayayayaaai…!

Un grito de espanto desgarró el negro silencio.

—¿Ha oído, mamá? —preguntó la joven en la oscuridad del aposento. De la otra parte, sobre un camastro inseguro, se removió la anciana, despertando. Un rezongo cuasianimal fue la respuesta.

La joven sintió alzarse afuera otros rumores. Vago son de voces, eco de pisadas. No estaba sola, pues, en medio al temor de la noche mediada y, sin aguardar a que la madre se incorporase, saltó del lecho, cubrióse con la manta y acudió al postiguillo de la única ventana. Mientras la bocanada de aire le agitaba los bucles desordenados, una cuchillada de claridad, pálida como hoja acerada, que le rebanó el rostro moreno y adormilado, cayó interna en el piso opaco y húmedo del cuchitril sin luz.

—¡Guárdate, muchacha! —insinuó la vieja que ya venía dando traspiés de sueño hacia el ventanuco.

—Un hombre caído en el suelo, mamá. Lo están levantando. Son muchos los despertados.

—Guárdate que tú no sabes.

—¿Quién será, mamá? ¿Qué le habrá pasado?

—Déjame ver, muchacha.

Otros vecinos desfilaban imprecisos, en la semipenumbra de una noche sólo alumbrada por las astrales miríadas, por los ojos chispeantes en la bóveda, por el polvo de diamantes de la Vía Láctea. El alarido misterioso había convocado a mucha gente que dormía en sus tugurios. El sitio era un pedazo de caserío no muy compacto, una arteria fuera del núcleo de la población aldeana.

—¡Guá, misea Gudula! ¿usted también sintió?

—¡Cómo no, Isidora! ¡Con ese alarido tan feo! ¿Será que le han matado?

—Debe haberle sucedido algo muy malo, pues su grito me estremeció de espanto.

—A mí se me heló la sangre en las venas —intercedió la joven, azorada.

—¿Qué ha sido? ¿qué ha sido?

En aquel momento una pareja pasaba apresurada: iban desalados por la curiosidad, la incertidumbre, el sobresalto. Corrían hacia el grupo que pocos pasos más adelante discutía, gesticulaba, en la noche silenciosa y profunda. El grupo que cargaba ahora en vilo el cuerpo dislocado de la víctima y echaba a andar, a andar como hormigas con su presa, arrastrando con desvelo y conmoción, entorpecidas las plantas por la emoción de la sorpresa.

Entonces fue cuando se supo algo: la pareja de enantes regresaba más sosegada de su repullo, indolente, cuasidefraudada en su avidez del primer instante.

—No ha sido nada.

—Pero ¿a dónde le llevan? —inquirió Isidora.

—A la farmacia. Va desmayado.

—Acaso un síncope —sugirió misea Gudula.

—Sí; del susto.

—Pero ¿qué le ha asustado? —demandó con voz ingenua, todavía temerosa, la muchacha.

—Dicen que un perro.

—¡Cómo ha de ser! ¡Un perro!

—Sí, un perro negro.

—Pero no hemos escuchado ladrar.

—No ha ladrado. Dicen que echaba chispas por los ojos. No le ha mordido, le ha chamuscado. Él venía solo y es tarde. Es una aparición infernal, un genio malo.

—Libera nos domine —murmuró la vieja Gudula santiguándose.

—Amén —respondió la joven imitándola.

* * *

Al siguiente día se habló en todo el pueblo del accidente. El barbero comentó con sus parroquianos el extraño caso de Críspulo. Ya se sabía que fue Críspulo el sujeto del caso.

—Refiere que estuvo hasta media noche jugando una partida y al retirarse a su casa tuvo el peregrino encuentro, un ser tan feo que él no acierta a explicarse: cayó sin sentido arrojando espuma por la boca.

—Críspulo no es cobarde.

—Tampoco había bebido anoche.

Los que condujeron a Críspulo a la farmacia comentaban, en otros sitios, el mismo acontecimiento. El farmacéutico había sido consultado por muchos clientes asustadizos que se acercaban a él intrigados. Críspulo mismo, solicitado, había tenido que referir cien veces, mal de su grado, las peripecias de aquel encuentro espeluznante.

A la otra noche, tres vecinos despreocupados y sin sueño platicaban en un ángulo de la plaza. La noche estaba fresca, sentíase tan agradable como la proximidad de una vasca de agua clara en un mediodía de verano. Invitaba a la charla. El pueblo dormía, en tanto, sumido en silencio. Del vértice de la torre erguida en lo negro, como un índice de piedra, inerte, muda, caía el letargo, descendiendo como funda de quietud, como manto de reposo que envolvía desde el desierto altozano todo el villar. Los árboles callaban.

El rumor de la plática adquiría un dejo amable. En la calma y frescura ambientes parecía menos difunto, solo dormido, el pasado que evocaban los dialogantes, exhumando reminiscencias, extrayendo anécdotas del fondo de su memoria, reviviendo personajes ayer no más desaparecidos de su lado.

Mas, de improviso, callaron. Parejo escalofrío agudo, cortante, estremeció a los tres, desde la raíz de los cabellos hasta las plantas. Hacia ellos veían venir, a la dubitosa vislumbre de los candiles de esencia escalonados a lo largo de una calle, más bien al vago resplandor de los astros, un bulto oscuro, por el medio del arroyo. Al principio fue un pequeño bulto opaco como pelota de sombra que rodara en la sombra nocturna, agitando el polvo de la noche. Avanzaba, avanzaba hacia ellos. Lo miraron llegar muy cerca, inmutados por el pavor que sellaba sus labios y los electrizaba como intensa corriente de fluido. El silencio circunstante parecióles más pesado, más absoluto. Y sin articular palabra, ni esbozar un gesto, los compadres vieron pasar a su lado un perro, un perro negro de ojos iluminados. ¡Era el perro de Críspulo! El rumor de sus cuatro patas lo escuchaban latir en el pavimento con son rítmico, isócrono, con el pávido son de las cosas inmutables e increadas, con ritmo que persistía en el oído como fatal repiqueteo del destino infernal. Y pasó, se alejó, perdióse su eco en dirección única, inevitable.

Era la media noche.

* * *

Al nuevo día fue más grave la alarma en el pueblo. Tornóse a cuchichear con más ahínco; esta vez con sentido más supersticioso, en torno a la singular y fugitiva aparición.

—Marcos Cobos y Crisanto Aljaba, dicen haberlo visto, misea Gudula.

—Lo vio también Graciano, Isidora.

—Anoche lo vieron. Siempre a la media noche.

La noticia corrió con calambre de boca en boca por toda la población.

—¡Ave María Purísima!

Constituyó la comidilla del día en el Mercado, en el Billar, en todos los comercios y casas.

¡El perro negro de la media noche!

Entonces formóse una cuadrilla de mozos de buen humor para apostarse a dar caza al bizarro visitante. Para distraer la velada hasta la hora de aparecer el can, los grupos alegres de villanos, en compañía de las mozas entusiasmadas y nerviosas, recorrían los contornos, cantando. Detrás de las puertas y por sobre las bardas, las gentes más medrosas espiaban, sobrecogidas de impaciencia, mientras muchas ancianas despreocupadas dormían recogidas en sus alcobas o simplemente rezaban.

De súbito callaron las voces. Habían divisado el can: venía distante; mas, se aproximaba, se aproximaba, avanzando con ritmo pausado, uniforme. Corría hacia la turba de espectadores con tanto desparpajo que los aguardantes se quedaron mudos, suspensos, estupefactos, como atontados por un influjo sobrenatural, y la misteriosa bestezuela cruzó por en medio de ellos sin alterar su paso isócrono; y perdióse lejos, lejos, con el eco desvanecido de su persistente rumor.

Todos se miraron atónitos.

—¿Qué pasó?

* * *

—Anoche volvió el perro, misea Gudula.

—Cierto. Parece que no pudieron atraparlo, Isidora.

—Dios nos asista: no sé qué tiene ese animal.

—Es como dice Caríspulo: el enemigo malo.

—Libera nos a male.

—Pero los muchachos piensan que han de averiguar. Esta noche volverán a esperarlo.

No era lícito dudar del can negro de la media noche. Lo habían visto los más valientes. Ni alucinación de tragos, ni imaginaciones de cobardes, ni pujos de supersticiosos, nerviosidades mujeriles, patrañas de bromistas o embaucadores maliciosos. Era un can real, auténtico, en carne y hueso que, al mediar la noche, cruzaba el pueblo de extremo a extremo, siempre en la misma dirección y se perdía de vista con rumbo incógnito. Era un can de pinta oscura, de buena alzada y largos remos, de silueta macilenta, que solía marchar con aire zurdo de rampante movimiento, con la cabeza gacha, de agudo hocico; tal que los mozos inevitablemente aprensivos creían verle ojos encarnizados y fulmíneos. ¿Qué influjo irresistible despedía de sí el animal?

Quizás qué perro de labriegos, por costumbre singular, iba a esa hora de brujas y apariciones en que florece la conseja, de un punto a otro del lugar, dando pábulo a la alarma. Pero ¿a qué horas regresaba? Era preciso averiguarlo. Aún a riesgo de atropellar a la pobre bestia inocente, se hacía forzoso atraparla para desvanecer el enigma y con ello la inquietud en que se había envuelto el poblado.

Con palos y lazos se dispusieron nuevamente a esperar al sombrío visitante, a la hora de su paso. Se hizo motivo de orgullo armarse y asistir a la emboscada. Nadie fue al lecho a la otra noche. Grandes y chicos, los mozos se distribuyeron tras de los cantos de las esquinas, en el hueco de los portales, encima y debajo de los carros, desuncidos de sus tiros, que descansaban a la vera de las calles como fatigados de su diurno trajín por lomas y callejones. Se ocultaron en atisbo a lo largo de las cunetas y entre las resquebrajaduras de los taludes escarpados.

A la media noche, por una punta del poblado despertó el vocerío del zafarrancho. El negro can venía, pasaba con marcha acompasada por entre los grupos de sus enemigos. Desfilaba indemne por en medio de la plebe embriagada de aturdimiento, de encono desenfrenado. Llovían palos; los lazos se tendían arteros, mas no hacían presa; como fallidos arpones que rebanaban el aire, las varas de los paisanos fustigaban la tierra y se rompían saltando en pedazos, después de marrar los golpes descargados con furia precipitada. La baraúnda se desplazaba tras del perseguido animal que, con leve esguince, esquivaba fácilmente el formidable varapalo y proseguía su marcha, siempre rítmica y pausada. La grita seguía sus pasos, como el bramar de la avenida, como el crepitar del alud; hasta que el can logró perderse lejos, lejos, entre las sombras y aromas de las glebas calladas.

La confusión se deshizo con pavor. Y desde aquella noche en adelante, continuó con verdadera pesadilla el empeño de persecución del misterioso animal.

* * *

A la siguiente velada, todos, todos los del pueblo quedaron levantados. Los poblanos se dividieron en bandos. Trajéronse a la batida los canes más fieros del contorno: quien aprestó su mastín; quien su alano; quien su dogo. Y acorralados, se les obligó a esperar la presa. También se dispusieron trampas. Pero a la hora acostumbrada, como el trueno del temporal levantóse el rumor de la cacería: el vocerío humano, el insistente ladrar de la jauría azuzada. ¡Qué turbamulta! ¡Qué pandemonium! Y por entre esa endiablada confusión pasó, ahora como siempre, la escuálida silueta del perro de la media noche.

No fue la última aquella batida. Preparáronse armas, machetes, escopetas, pinchos, garfios; además de que los canes del contorno quedaron de fijo concitados. Anunciaban latiendo la pelota de sombra, que resultaba, a poco de andar, el misterioso fugitivo. Y lo seguían aullando con desespero, con lloro despiadada como humano lamento, y lo perdían de vista en la noche hospitalaria, aromada por el incienso de las eras, prosiguiendo impertérrito su camino fatal. Aupada por el lamento de los canes hortelanos, la marejada humana iba de una punta a otra de la aldea, como un coro de tragedia en movimiento, extralunada, ululando en conjunto hombres y canes. Disparaban las armas al fugitivo, sin hacer blanco; y alcanzado por el errado disparo creía a veces, infortunadamente herido, revolcándose en zozobras de muerte, alguno de los otros canes, los del pueblo, mientras el perseguido continuaba inmune su marcha.

Al fin todos los poblanos quedaron rendidos de fatiga a la próxima noche. El villorrio tornó a recobrar su soledad y silencio nocturno habituales. Y en la quietud profunda que bajaba del negro espacio, cuando la noche callada partíase en dos en el filo del conticinio; cuando se doblaba por medio, como una foja opaca que volvemos; de un extremo a otro de la aldea dormida, pasaba con uniforme y pausada fuga, único, macabro, fantasmal, el perro visitante de la media noche del que nunca se supo nada cierto.

 

El mútilo

A Luis M. Urbaneja-Achelpohl

La mar del sol caía sobre la sabana, levantando un reverberante temblor de efluvios vaporosos. Se quemaba la tierra y las hierbas se cocían. La calidez del ambiente abrasaba el olfato. Cegábanse los ojos con intenso brillo de la luz.

Silvino llegó, bajóse del asno, apoyado en la muleta, porque  tenía una pierna menos, la hoz en la mano, y se echó sobre la hierba.

A pesar de su mutilación, era oficioso: pasaba el día trabajando. Manejaba hábilmente la muleta y no echaba de menos su pierna mutilada. Atendía con diligencia a las siembras, por lo cual éstas no carecían de abono, de riego y de limpieza. Al bajío más distante iba por pasto y por eso los animales, la vaca y el asno, siempre estaban sanos y hermosos.

En la mañana Silvino segaba, rastreando oblicuamente sobre el escaso muñón, medio cuerpo alzado sobre la maleza. Hacía pensar en un ser destroncado, que se arrastrase como una larva humana, gateando solapadamente con el aire repulsivo y zurdo de una bestia carnicera.

Sujeto a lo alto de un árbol el novillo de Don José aspiraba el resol con hinchadas narices, pupila centelleante y agitando nerviosamente la cola. Espigado, de grandes astas agudísimas, inquieta la oreja, la fiereza lo azogaba recorriéndolo como un espasmo de la nuca a las ancas y a lo largo de los remos.

Vencido por la siesta, dormía el campo. En la corraliza de un bohío alguno hachaba maderas, y era ése el único rumor del mediodía.

Silvino segaba montoncillos de hierba que reunía en haces para hacer la carga del asno, verde y aromosa… no veía cómo el novillo se debatía bajo su amarra, doblegando el brazo del árbol; éste apenas se inclinaba sombríamente verde, en tanto que el ramo flexible se arqueaba hasta el límite, curvándose con el esfuerzo… El animal vencía la ciega resistencia vegetal, cedía la rama por momentos, hasta que se descuajó crepitando: rio la blanca médula en la desgarradura astillada y el ramo cayó a tierra con estrépito.

Silvino se volvió, miró apenas y prosiguió su faena imperturbable. Hosco y tozudo, siempre laboraba con afán, sin que nada le distrajese.

A su espalda un resoplido de la res le hizo volverse. No tuvo tiempo de huir. Al incorporarse con presteza resbaló la muleta y él cayó al suelo. Logró levantarse de nuevo: pero la fiera arremetió contra él; enganchándolo en el asta lo lanzó al aire, lo recogió una y otra vez, persiguiéndolo en el suelo con afanosa solicitud. Silvino ora péndulo, ora rebotando sobre la fiera, ora sacudido en los pitones de la fiera, experimentaba agudos dolores, cerraba los ojos y perdía el sentido.

Alguien asomó la cabeza por el seto: era un muchacho en cuyo rostro desolado por la anemia se encajaban dos ojos asombrados, muy abiertos. Se puso a lanzarle piedras al animal, haciéndole huir sobre la sabana extendida. Después saltó la valla, se acercó a Silvino, lo miró con susto; por su extrema palidez le pareció muerto y no atreviéndose a tocarlo, partió en carrera hacia el bohío.

II

Silvino fue llevado a la ciudad con varias heridas. Su estado era lamentable. Había causado sensación su desgracia, porque generalmente compadecían al pobre hombre, mútilo, cuya poca fortuna le había encaminado a aquel peligro.

No podrá decirse mía la culpa- afirmaba don José-. Era de suponerse que el animal fuera bravo: en este caso la bravura era de conveniencia. En cuanto a seguridad, lo había atado fuertemente eligiendo la rama que me pareció más oportuna, resistente. Su conciencia estaba tranquila. Se había engañado; bien, pero… Él no tenía la culpa. Tampoco podía decirse que fuera imprudencia del otro. Silvino, el pobre no podía culpar sino a su suerte.

– Sí, trabajando le aconteció la desgracia- decía don Pedro.

– Porque como trabajador, pocos- advirtió Zósimo.

– Mala suerte- suspiró don José.

En el hospital, donde Silvino fue conducido, entre vendas y algodones, maldecía a la bestia con sincero enojo. La fiebre alta al principio le hacía desvariar; en su excitación veía numerosas cabezas excesivamente astadas, armadas de cuernos agudísimos, espantosos, agresivos. Innumerables cabezas como en una manada… Pero de la fiebre mejoraba: se restablecía y un pensamiento artero se concentraba, con ingenuo encono, en su interior, para aquel animal inocente que en la vega lejana de don José debía parecer inofensivo. Quería escarmentarlo.

Una tarde visitaron a Silvino, Zósimo y don Pedro y por ellos supo que don José lamentaba sus desgracias. Este deliraba también, porque el buey había salido excelente. Manso y uncido a la esteva de su amo, rasgaba dócilmente la gleba, volviéndola de revés, negra y bien oliente… Pero Silvino aborrecía a don José y más aún al animal, la mala bestia, y la quería escarmentar. Zósimo y don Pedro no le disuadieron. Era rencoroso y tozudo.

– ¡Quería escarmentarla!

Don José se había negado a pagar la curación. Silvino gastaba sus ahorros, su hortaliza se arruinaba, sus animales padecían descuido. Silvino pasaba las horas pensando en su hortaliza, sus verdes escarolas, sus abundantes coliflores, sus viciosas remolachas, sus repollos y lechugas. Temía hasta estremecerse al recuerdo de las voraces repolleras, mariposas de alas pálidas que palpitan sobre la alcatifa de la siembra.

Llegó el día en que pudo levantarse; ese día anduvo aferrado a su muleta por los largos corredores. Otro día anduvo más, llegó a un jardincillo que le dio con su aura un saludo complaciente y vegetal. Aunque su reclusión iba larga, él mejoraba, sin embargo; se restablecía. Se distraía pensando en sus tierras, dándole vuelta en la mente a aquel maldito encono, recóndito y ensañado, contra la bestia lejana.

Llegó también el día en que abandonó el hospital. Libre de prescripciones y vendajes, corrió hacia su campo. El paisaje se cinematografiaba, tornadizo, a ambos lados de la ruta; sucedíanse los amplios sabanales, de claros horizontes. Llegó a su labrantío cuando un solo lívido moría sobre los cerros y encendía finalmente la copa de los árboles.

III

Al amanecer tomó su muleta. Sentíase animoso. Y echó a andar, con un aire tan zurdo como antes, pero desembarazado y resuelto.

Hacía frío. Un sol tempranero se deslizaba a través de las cerrazones de levante con un reflejo empañado… La calígene arropaba las arboledas, las vegas incesaban con efluvios montaraces y siluetas campesinas se alejaban indistintamente por senderos lejanos.

Manchones de azul clareaban ya por el cenit. Luego comenzó a orbayar, porque las nieblas se deshacían al sol. Y más luego cierto brillo fulvo, radiante, resplandecía sobre la campiña florida.

Todo renacía alegre. La verdura cintilaba, humedecida; se estremecían con la primera brisa matinal las frondas y despedían brillos espléndidos. El sol se miraba en la acequia, sobre cuyo cristal frisado hilaban las arañas, temblando de hierba a hierba. Todo despierto renacía al nuevo sol, y comenzaba a vivir el nuevo día con orgullo.

El mútilo caminaba sobre las tierras surcadas o en rastrojos. Enfilaba hilas de árboles esbeltos, torcía por senderos… celajes cruzaban el azul como velas de extensión marina; pájaros se fugaban en el viento con vuelo inquieto. Los horizontes eran claros como para una fiesta de luz. Delante de la muleta de Silvino, que se hundía en los baches y hendía los montículos, las tórtolas saltaban amándose.

Echado sobre el pajar, el buey de don José reposaba. Tenía sobre el testuz un pajarraco gualda, que le hurgaba familiarmente la cepa de los cuernos. Silvino se llegó hasta el animal; el ave revoloteó sobre los cuernos, como un arpegio entre los brazos de una lira.

Silvino se insinuó a un costado de la res, empuñando el cuchillo, con el cual amagaba un golpe en testuz. Afirmó el pulso y hundió la hoja con violencia… El ave voló, alejándose.

Silvino no acertó, sin embargo; el animal saltó bruscamente, incorporándose; en su cerviz se abría una herida de la cual se deslizaba un hilo de sangre.

El mútilo trató de repetir el golpe, pero el animal se esquivaba, y resoplando amagaba con la cornamenta agresiva. El mútilo entonces soltó la muleta, y en el suelo comenzó a arrastrarse oblicuamente sobre el escaso muñón: gateaba zurdamente, cauteloso, persiguiendo la res, con el aire repulsivo y zurdo de una bestia carnicera. Y como la cuerda no favoreciera ya al animal, de bruces sobre la hierba, le largó una cuchillada al rostro.

El chorro de púrpura saltó curvándose en arco, tomando al sol reflejos tan vivaces que parecía llamear. La vena fluyente tendía sobre la hierba una funda de grana, desparramaba salpicaduras carmesíes. Vencida la cabeza, del buey sangraba, se amortiguaban sus pupilas; el ímpetu de la vida, roto por la picadura violenta, saltaba afuera, cantando en la curvatura de la vena con las vivas fulgencias de la sangre, bajo la luz orgullosa del sol. Una ola de vida rodaba en plena naturaleza; se apagaba aquella ola orgánica, salida fuera de cauce.

El mútilo tomó su muleta y echó a andar. Manejando ágilmente su utensilio, trasponía las siembras, ganaba los senderos, se deslizaba sobre los rastrojos, con un hundimiento jocundo, lleno de alegría renaciente. Sorbía el incienso de la campiña, bebía el júbilo del día luminoso, gozaba el subconciente encanto del cielo azul y de las arboledas gráciles y verdes.

El animal se abatía cada vez más, se apagaban sus pupilas, la sabana debía darle vueltas. Y aquella vena de sangre manaba sin tregua, sin enflaquecer su caudal. El animal se echó sobre la hierba con un abatimiento conmovedor: exhausto, movía a uno y otro lado la cabeza, como buscando aire con afán. Por último, doblegó la cerviz, sumió el hocico en la charca de su propia sangre y pareció morir…

Entretanto, dando saltos frenéticos sobre su muleta, la silueta contrahecha del mútilo se achicaba más y más, se perdía a lo lejos, hacia los horizontes claros para una fiesta de luz, mientras las tórtolas saltaban por delante amándose.

Sobre el autor

*Crédito de la foto: Geczain Tovar Andueza

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