Rafael Victorino Muñoz
Cuatro (continuación)
Cuando me desperté supuse que alguna camarera había entrado: los periódicos del día anterior estaban cuidadosamente ordenados sobre una repisa, y encima de la mesa estaban los de ese día, desplegados como una baraja funesta donde la nota resaltante era la dama de negro: mi rubia amada. Pero no me podía detener esta vez mucho en eso. Vi mi reloj. Eran las 8:15 de la mañana. No estaba muy seguro de la hora del entierro. Habían hecho circular diversas versiones, quién sabe si con toda intención, para disuadir a los curiosos y a los fanáticos.
Llamé a la recepción del hotel y pregunté dónde podría alquilar un traje; yo no tenía uno apropiado para la ocasión, o sí lo tenía, pero en casa y no lo había llevado cuando fui a la ciudad de los casinos a hacer los trabajos de los que hablé antes. Y claro, no iba a viajar a mi estado solo por eso. Por suerte, allí mismo en el hotel prestaban ese servicio. Tomé café y, en cuanto me tuvieron listo el traje, me vestí con un saco cuyas mangas me quedaban por los antebrazos y, así, con ese aspecto poco solemne, salí a dar el último adiós a alguien que, de haberme visto en vida, acaso no me habría recordado.
Por alguna razón yo estaba muy nervioso, como si en lugar de ir a un entierro, me fuera a casar. El taxista lo notó y, viendo mi traje y mi seriedad, consideró que era su deber hablarme. Aclaro, yo le había dicho que me dejara en una iglesia cercana; hice eso en parte porque de verdad quería musitar una oración, porque supuse que el acceso al cementerio sería más difícil en carro que entrando a pie y porque no quería que él supiera a dónde iba (ignoro a qué se debía mi paranoia). El taxista, que dijo apellidarse Johnson, se había casado (o emparejado) tres veces, de lo cual tenía cinco hijos, todos varones menos la última (esto lo dijo con cierto pesar).
Llegamos por fin a la iglesia señalada, cuando ya el hombre estaba por el relato de la tercera esposa. Una vez que me bajé del taxi, mientras el conductor me deseaba suerte, decidí cancelar la parte de la oración: temía llegar tarde. Tal como imaginé, el acceso al cementerio estaba vedado. Sólo se permitiría ingresar a los íntimos. Yo me tuve que conformar con estar detrás de una tapia de mediana altura, a pocos metros de la entrada, junto con centenares de otros curiosos, algunos viudos improvisados, como yo.
Cerca- a mi izquierda- había un andamio para los camarógrafos de televisión; delante del muro- esto es, ya dentro del cementerio, pero hacia mi izquierda- estaban algunos fotógrafos; aunque una cuerda y varias decenas de policías los mantenían a raya en ese sitio. (Recuerdo que hubo muchas tomas ese día. Las he buscado en libros, periódicos, revistas; pero son pocas las imágenes del entierro que he logrado encontrar.)
Faltaba poco para las diez de la mañana cuando llegué al cementerio y me dispuse a esperar cuanto fuera necesario; al menos eso me dije, aunque no imaginé que fuera tanto. Más de tres horas después ya no soportaba el calor y me molestaba cada vez más el traje que había alquilado. Entonces un rumor sordo y confuso se fue acrecentando y vi aparecer un hermoso y voluminoso Cadillac, que se deslizaba majestuoso y relucía intensamente en la calle bañada de sol, encabezando una fila de varios vehículos, no muchos en realidad, no tantos como hubiera imaginado. El Cadillac ingresó lentamente, custodiado por seis policías con uniformes de gala. Cuatro iban de un lado, dos del otro. Detrás del vehículo se situaron cinco hombres, entre los cuales creí reconocer a alguien allegado a la actriz. La confusión derivó del hecho de que el hombre parecía haber estado llorando y se enjugaba con un pañuelo. Ese mismo día, en el bar de Jackson, aclaré mi confusión. Se trataba de un empleado de la funeraria.
Casi al entrar, la calle interior del cementerio toma una curva; el cortejo, con el Cadillac a la cabeza, custodiado por los policías, seguido de los hombres y los demás vehículos, se perdió lentamente de vista, rumbo a la capilla. Aunque leí algo en la prensa de esos días, casi todo lo que sé del entierro me lo contó Ian, el hombre que estuvo llorando, porque yo no pude pasar de donde estaba. El sitio donde le dieron sepultura a nuestra amada no está muy cerca de la entrada (aunque yo después lo he visitado muchas veces, incluso al día siguiente del entierro).
Sé que en la capilla del cementerio se celebró un oficio en honor a la diva, y que asistieron en calidad de invitados muy pocas personas. Una de las tantas biografías que he leído asegura que fueron 31 personas. No tengo por qué creer que sea cierto, ya que la autora de la misma señala la fecha de cumpleaños del presidente de manera errada en dos distintas ocasiones: primero dice que fue el 19 de junio; después dice que el 29 de marzo.
Prácticamente ninguno de los asistentes al oficio religioso estaba vinculado a los grandes estudios de cine, fueran actores o directores. Esto fue por orden expresa del tercer esposo, el beisbolista. Debo aclarar que el último esposo, el guionista, el que en realidad era su esposo oficial hasta ese momento, no se le había visto desde que se suspendió el rodaje de Monteblanco, no hizo acto de presencia ni emitió ninguna clase de comentarios. Sólo dos o tres años después volvió a hacer vida pública, con motivo de la publicación de uno de sus dramas.
Ian también me contó que al principio del oficio religioso sonaron en un órgano las notas de una melodía clásica (él no sabía mucho de eso, pero en el periódico del día siguiente leí que se trataba de la sexta de Piotr Tchaikovsky) y después algo que él sí había escuchado en una película (algo de Garland). Mientras, el ataúd de bronce, o satinado, permaneció abierto, mostrando que la rubia vestía de verde esperanza (había expresado un día el deseo de ser enterrada así), tenía en su regazo un ramo de rosas rosadas (colocado allí por el beisbolista). La expresión de su rostro no era suave, ni serena, ni relajada, aun a pesar del esfuerzo de los maquilladores. Se notaba a simple vista que tenía puesta una peluca.
Las últimas palabras las pronunció un hombre con gruesas gafas, algo de calvicie y voz ligeramente gangosa (según la apreciación de Ian). Se trataba del director de la Academia de Actores, Harry Stewart. (Este personaje, además, recibió las tres cuartas partes del legado económico de la rubia.) Fueron palabras sencillas pero precisas; un discurso quizás no muy sentido, quizás muy comedido, más solemne que emocionado (con algunos lugares comunes, para mi gusto).
El orador dijo que ella era una leyenda, que había construido un mito de sí misma, demostrando lo que una niña pobre pero con voluntad puede lograr y que se había convertido en un símbolo de la feminidad. Pero, agregó, él quería más bien referirse, no a ese símbolo, sino al ser humano, cálido, impulsivo y a la vez tímido, sensible. Y así le gustaría a ella que la recordaran, como una persona viva, no opacada por la sombra de la estrella glamorosa que era.
Para él- el orador gangoso- la mujer que allí yacía había sido mucho más que una devota y leal amiga, así como una gran profesional que se preocupaba constantemente por hacer lo mejor posible en su trabajo. Él había tenido la oportunidad de compartir con ella sus alegrías y sus tristezas; la consideraba prácticamente un miembro de su familia. Por lo cual le resultaba difícil aceptar que su vida había sido truncada por ese terrible accidente (usó ese eufemismo, para referirse a la posible causa de su muerte; este detalle me lo hace aún más desagradable, tanto el orador como su oratoria).
Luego dijo que la primera vez que la vio le había sorprendido la destellante sensibilidad que se notaba ella poseía, su gran frescura y vivacidad; éstas eran, a su juicio, las mayores cualidades de la estrella, mientras que otros elogiaban su gran e innegable belleza física. Todas esas cualidades, dijo, se hacían más evidentes cuando estaba en el escenario, donde ella brillaba con luz propia. Sin duda, aseguró, ella ha sido una de las más grandes actrices de todos los tiempos. No quería decirle adiós, porque, según, ella detestaba esa palabra; prefirió decirle un hasta luego, en un francés bastante amanerado y bastante fuera de lugar.
Eran las dos y media de la tarde cuando vimos regresar el Cadillac y comprendimos que todo había terminado, para siempre. Las personas se fueron dispersando, entre las órdenes suaves pero firmes de la policía. Los fotógrafos recogieron sus equipos y los camarógrafos de televisión enrollaron los cables y bajaron de sus andamios. Yo me quedé en el mismo sitio por un rato. Vi salir a uno de los hombres que cerraban el cortejo, el que confundí con un familiar; se notaba abatido, hizo un gesto con las manos, como preguntándose ahora qué, o acaso viendo que estaban vacías. Era mi amigo Ian, de quien ya he hablado y hablaré un poco más. Sólo que en ese momento era aún un desconocido para mí.
Casi al último me alejé. Aunque no había desayunado ni almorzado, sólo tenía sed, no exactamente una sed quemante sino una sensación como de algo a medio deglutir, algo que no pudiera terminar de bajar por la garganta. Nunca he sido tomador, como dije, pero en ese momento necesitaba una cerveza. A pesar de haber vivido en la ciudad por algunos años, yo no había estado nunca antes en ese lado. Así que, con la esperanza de encontrar algún lugar donde beber algo, caminé sin rumbo por un rato, arrastrando los pies y sin ver en realidad por dónde pasaba y qué calles tomaba.
Cuando me detuve en una esquina y levanté la mirada antes de cruzar, para constatar que no viniera ningún vehículo, mi mirada tropezó con un letrero: Jackson´s Bar. Empujé la puerta vidriera. El interior estaba bastante oscuro, pero se sentía fresco, en comparación con el calor lacerante de la calle. Orientado más por el sonido de los vasos y botellas al chocar con el mostrador que por mi vista, aún no adaptada del todo a la oscuridad, me dirigí a la barra, me acomodé y dije “cerveza”. No distinguí si era un hombre joven o mayor el que servía.
Aún retenía, en mi mente, más que la imagen, el gesto del hombre. Parecía preguntarse “¿y ahora qué?”. “Como si tuviera las manos vacías”, me dije. Acaso queriendo responder al hombre, o a su gesto, y mirando el fondo de mi vaso, ya sin nada que beber desde hacía rato. Me decidí a pedir otra cerveza. Al fondo del bar, un grupo de hombres hablaba a voz en cuello. En ese momento todavía no había mucho que contar. Tampoco tenía la cabeza clara como para pensar, así que decidí prestar atención a la conversación. Lo de conversación es un decir: era más bien un griterío, una mezcla de maldiciones y amenazas de muerte.
Y entonces, en medio de todas esas palabras, su nombre, el del presidente y el del fiscal se hicieron comprensibles ante mis oídos (a ellos eran a quienes maldecían y amenazaban de muerte). De pronto una idea llegó a mi cabeza o apareció ante mi vista, como si hubiera estado escondida, agazapada en la oscuridad; y todo comenzó a tener alguna clase de sentido, al menos para mí. Dicen que todos nacemos dos veces: cuando nacemos y cuándo descubrimos para qué. Sé que suena muy extraño decir que yo nací justo el día en que a ella la enterraron. Pero es algo bastante aproximado a lo que sentí. Por lo menos diría que fue como si hubieran encendido una luz en un sótano olvidado. Y esa casa era yo y ese sótano era mi alma. Y esa vela… bueno, esa vela sería la venganza, mi venganza, que pronto también sería nuestra.
