Imprecación
Ya no gimo, me tuerzo
como una zarza seca bajo el cierzo
que la destroza, y con la rama rota,
endeble, enferma, inútil y mezquina,
torturada sacúdese y azota.
***
Horizonte racional
… Y quedar solitario
en el largo sendero
por donde todos van.
Y quedarse a la vera,
pensativo y callado,
envuelto en un silencio
que nadie habrá de turbar.
Como una parcial muerte
sin tiempo ni distancia;
nube que se detiene
sobre el trazo fugaz
del enorme camino
por donde todos van.
Cierra, cierra los ojos.
¡Nunca mires atrás!
***
Carta de intención
No me salves de nada, poesía.
Abandóname desnudo a la intemperie.
No me concedas claridad. No me interrogues.
Voy sobre la cuerda inestable de mi equilibrio
y estoy al tanto de lo que me espera.
Niégame página en blanco donde puedan retozar
los tibios conejos de mi infancia.
No me aturdas cuando llegue la noche.
Quiero vivir en paz en esta selva húmeda
sin claros ni caminos.
No me consueles cuando vengo de regreso,
ocúltame palabras para decir hastío.
Permíteme vivir mi carne como si fuera mía
y déjame ser el ángel caído de mi cielo.
Sé de los lugares donde enseñas
a pisar las uvas de la ausencia.
Conozco la sílaba informe de mi tiempo.
Concédeme ser la sed en mi diluvio.
***
Pertenencia
Hojeo un atlas
para descubrir
la forma de Birmania.
Más tarde
salen a mi encuentro
esas líneas que tanto
nos inquietan: la palabra
no es el sitio del resplandor
En la montaña frente a mi pueblo
a esta hora
la noche también existe
y un pájaro celaje la contempla.
El sueño me seduce
mirándote en las fotografías.
Acaricio formas de la ausencia,
esa otra manera tuya de poseerme.
***
Te amo
sólo por ventana.
Estoy asomado esta tarde
a un olor que ya no existe.
Tu patio sin mí
es sólo tierra
una sed transeúnte
un anillo sin dedo.
¿Qué puede una ventana
sin una infancia que la mire?
***
29 de agosto, 1929
He vuelto; es la tarde
igual a las que vi en mi infancia:
el mismo cielo, azul cobarde;
la misma fronda; la fragancia
de esta tierra tan colorada
con sus hormigueros en ansia
de alzar su casita acabada
por las lluvias del fin de agosto.
Tu sepultura aquí cavada
-metros y centímetros- ¡que angosto!
y la losa cuán maltratada…
¡pobre mi madre que tan poco
debió a la alegría del mundo!
estas rosas aquí coloco
y que surgen de lo profundo
de mis recuerdos ¡cuán en balde!
¡ni que versos de gemebundo
ni que grito de Pérez Bonalde!
Eras mi madre, eras el todo
y contigo enterramos eso:
el origen, el verbo, el modo;
desde la cólera hasta el beso,
desde el defecto hasta el portento…
¡cómo me siento, en vida, ileso,
sin merecerlo, cómo me siento
desde el espíritu hasta el hueso
más tuyo que nunca lo fuera!
Ni cuando hinchaba mi proceso
en la fibra de tu cadera,
ni cuando ciego busqué el pecho
que nunca pudo amamantarme,
o te miraba desde el lecho
en el sopor del despertarme
aquella mañana riente
en el cascaron aldeano:
te acercaste tan dulcemente
con unas flores en la mano…
porque yo estaba desgraciado
¡fue aquellas fiebres que venciste
sin dormir, tu rostro inclinado
sobre mi faz de niño triste…!
y te recuerdo en esos días
y te evoco perfectamente,
con tus crenchas que tú partías,
negrísimas, sobre la frente.
¡Y solo ahora puedo verte
con ojos inverosímiles
desdibujados por la muerte
en siempre mas vagos perfiles!
¿Cómo eras, madre, cómo eras
cuando tenías veinte abriles
o tus sesentas primaveras?
Te reconstruyo en tu agonía
y la visión, brusca, se trunca
¡no te me vayas todavía,
quédate, madre, ahora o nunca!
***
Duérmete, duerme, nieto mío
y que aún tarde tu despertar,
en este mundo hay mucho frío
mi estrellita crepuscular.
Postrer sonrisa en mi vejez,
acaso postrera ilusión;
que Rafael de te dé su pez
y José su resignación.
Que veas con clara pupila,
que acepilles, tenaz, tu leño;
tras la tarea que aniquila,
la vida es corta, como un sueño.
Tú vive largo, largo, largo…
a todo lo ancho del camino
pasa sonriendo; nunca amargo
cumple en tu hora tu destino.
Tiende la mano al que sucumbe,
abre el compás de tu energía
antes que el mal que te derrumbe
junte tu sombra con la mía.
Trabaja, sueña, piensa, brega
y no olvides cuidar las rosas
que sonrían en los rosales;
el agua canta cuando riega
en ingratitud de los eriales.
Nunca provoques, jamás temas
sino a tu propia cobardía;
que tu ambición no vaya a quemas
de fuego fatuo y gritería…
La niñez te dará sus goces,
la juventud sus ilusiones
y en tus horas las más atroces
contempla las constelaciones:
que la flor revienta en el cardo
y el mar sosiégase en canciones,
la hormiguita carga su fardo
y el hombre carga decepciones.
Porque la vida es la batalla
de realizar su propia esencia;
escucha bien a quien se calle
y estás oyendo a tu conciencia.
Nunca maltrates a mujer
ni al débil en necesidad
que por una tienes el ser
y por el otro la piedad.
Ama los libros, ama el arte
y refúgiate en la belleza
cuando el trabajo duro aporte
su justa porción de tristeza.
Y ya al final de la jornada
mirarás espigas crecer;
que esta vida no vale nada
y lo que importa es renacer.
Y cuando me vaya de aquí
y esta canción se quede trunca,
al irme yo viviré en ti
y acaso no estés solo nunca.
Dios te bendiga, nieto mío,
y que te vea una, otra vez.
José te haya dado su brío
Y Rafael la hiel de su pez.
Uno dio luz para el sendero,
otro de un niño formó un Dios.
¡Un ángel y un carpintero,
y yo te dejo entre los dos!
La inteligencia y el trabajo
pongan límite a tu ambición:
no estés más alto ni debajo
del nivel de tu corazón.
Marzo 19, 1955
