literatura venezolana

de hoy y de siempre

La voz de los cuatro vientos (selección)

Fernando Paz Castillo

Sorpresa

Hay un perfume
Que sólo se siente en las noches claras.

¿Es acaso una flor que no hemos visto?

 

Perdido

He caminado tanto
que ya no puedo distinguir mis huellas.
He perdido el camino tantas veces
y tantas veces he emprendido nuevas sendas
que desconozco el punto en que me hallo.

Me guía la subconsciencia:
una cosa aprendida y olvidada,
una primera fuerza.

Solo en la encrucijada soy un centro.
Giran los soles, pasan las estrellas
y yo persisto porque soy idea.

Me paro a distinguir y no distingo.
Hay roquedas, abismos y malezas,
y caminos que huyen, se confunden,
se disparatan en la tarde inmensa;
pero, aunque he olvidado mi camino,
me guía la subconsciencia…

Hoy siento en mí una fuerza
que busca desplazarse,
que se quiere quebrar, pero está firme;
que se quiere escapar, pero está entera…

… Y he caminado tanto
que ya no puedo conocer mis huellas.

 

Un pensamiento

Un pensamiento fijo
tu rostro modela
y tu vida concentra en torno a él
como la piedra
el agua, toda intacta, de la fuente.

Tu vida no es más que pensamiento
que lentamente se va haciendo fuerte

Tus ojos, deslumbrados ante la belleza,
presienten una forma no encontrada,
y tus manos revelan
algo del pensamiento.

Toda tú te vas haciendo de ti misma,
como la lluvia hace sobre el naranjo con el sol una tela
y como la noche con la sombra
una rosa en torno de la estrella.

Te adelgazas junto a tu pensamiento,
como en la fría plata del candelabro la llama inquieta,
con un afán perpetuo de esconderte a ti misma…

Pero en todo te revelas.

 

La mujer que no vimos

Se alejó lentamente
por entre los taciturnos pinos,
de frente hacia el ocaso, como las hojas y como la brisa,
la mujer que no vimos.

Bajo una luz de naranja y de ceniza
era, como la hora, soledad y caminos;
armonía y abstracción como las siluetas;
esplendor de atardecer como los maduros racimos.

De lejos nos volvía en detalles
la belleza ignorada de la mujer que no vimos.

La tarde fue cayendo silenciosa
sobre el paisaje ausente de sí mismo
y floreció en un oro apagado y nuevo
entre el follaje marchito.

Hacia un cielo de plata
pálido y frío;
hacia el camino de los vuelos que huyen,
de las hojas muertas y del sol amarillo,
se alejó lentamente
la mujer que no vimos.

Sus huellas imprecisas las seguía el silencio,
un silencio ya nocturno, suspendido
sobre el recogimiento de la tarde,
huérfana de la prolongación de sus caminos…

Pero su voz, entre la sombra,
hizo vibrar la sombra, y era su voz un trino:
fúlgida voz que hacía pensar
en unos cabellos del color del trigo.

Recuerdos de las formas evocan las siluetas
de los apagados árboles sensitivos;
pero la voz que se aleja entre masas borrosas,
denuncia unos ojos claros como zafiros,
y unas manos que, trémulas, apartan los ramajes
como dos impacientes corderitos mellizos.

Ni pasos furtivos, ni voces familiares:
oquedad y silencio entre los altos pinos,
y en las almas confusas un ansia de belleza.

¿Pasó junto a nosotros la mujer que no vimos?

 

La dama vestida de negro

Es dulce la sonrisa
de la dama vestida de negro:
ella viste de luto,
pero es de oro su cabello.

Hace más grave el tono
de su traje severo
el anillo cifrado
que le fulge en los dedos.

Su vida es un pasado,
su amor es un recuerdo:
una suave tristeza prolongada
como la sombra azul de un sueño…

Pero no está de luto:
están de oro sus cabellos.

Habla triste, parece que suspira
y la invade un silencio
profundo cuando evoca
todo el amor que le duró un momento:
habla triste, pausada,
de su dolor inmenso…

Pero no está de luto:
están de azul sus ojos bellos.

Por eso se sonríe
y es dulce su sonrisa, por eso
a pesar de su traje,
intensamente negro
la sonrisa es la luz
que le sale de adentro.

No está de luto:
la aclara toda un íntimo destello.

 

Lo eterno

Una hoja en la noche
vecina de una estrella pálida,
se volvió casi estrella
y en el alba
se volvió toda luz con sol y lluvia.

Hoja, yo siento en ti la estrella ausente
en los fulgores de tus gotas de agua.

 

Lo eterno

Pero estos ríos que no corren bajo la luna,
pero estos ríos, ¿hacia dónde van?
Inmovilidad de los ríos en las noches profundas:
éxtasis de la movilidad.
Alma, tú eres como estos ríos:
inmóvilmente marchas hacia tu fin fatal:
una voluntad extraña te convierte en espejo,
pero el espejo no es todo claridad.

 

Un día ya no seremos todos…

Acaso bajo los árboles apacibles de una plaza

de pueblo bañado por el sol,

que se ha quedado dormido entre sus ramas,

mientras los jóvenes de entonces se diviertan,

confidencialmente, casi sin decir palabras,

recordaremos nuestras vidas,

como quien recuerda por una nota una estrofa olvidada.

Y no seremos más que dos o tres,

tan íntimo que todo se nos ha vuelto alma,

sordos para el presente que florece

en las pequeñas cosas cotidianas.

Y así, ausentes y confiados,

como las hojas por la brisa alargadas

hacia la brisa que pasó primero,

hablaremos de cosas tan lejanas

que tienen para nosotros ese encanto

de las viejas estampas.

La tarde irá poniendo su ceniza,

vaporosa y pálida,

sobre la fronda toda crepuscular

de una trinitaria.

La brisa deshojará armoniosamente sobre el césped,

donde el sol afirma sus largas pinceladas

— oro, verde, carmín—,

las flores de una acacia.

Y buenos, porque la vida nos ha hecho buenos,

hablaremos con indulgencia de las cosas bellas y las cosas malas,

de triunfos y dolores que tuvimos

en las horas felices o en las horas menguadas,

y, como la misma tarde,

se nos irán apaciguando las palabras.

En tanto que jóvenes confiados se divierten,

que estrechas parejas de enamorados cantan

y viven su presente efímero,

súbito la noche se hace estrella entre las ramas.

Entonces

sólo quedaremos un grupo, casi de almas,

que el acaso juntó, después de larga ausencia,

una tarde apacible en una plaza.

Pero ya no tendremos pasiones

ni egoísmos. Como los árboles seremos unas llamas

de íntima luz, que ascienden tenazmente hacia la estrella

y se prolongan, y lentamente se adelgazan

hasta volverse una sola canción de hojas y brisa

bajo el frío esplendor de la tarde de plata.

…Así exprimiremos el último gozo de la vida

en una hora honda de renunciación y nostalgia.

 

Todo el día fue nuestro

Esta mañana clara

La he fabricado para nuestro amor

Y en cada rama puse

Una espiga de sol.

Te ríes… te ríes,

Pero te agrada mi canción.

Este día mío

Lo he fabricado para nuestro amor

En los manteles puse

La miel rubia de sol.

Te ríes… te ríes,

Pero te agrada mi canción.

Esta tarde profunda

La he fabricado para nuestro amor

Y en la hoja más alta pusiste

El ultimo adiós del sol.

Te ríes… te ríes,

Pero te duele mi canción.

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