literatura venezolana

de hoy y de siempre

En la Casa del pez que escupe el agua (fragmentos)

Ago 2, 2025

Francisco Herrera Luque

PRIMERA ÉPOCA: Los fantasmas de la Historia

Los fantasmas (Primera parte)

A sesenta y un años de Urica, se muere Eugenia. En la Casa del pez que escupe el agua hay rumores de rezos y de diálogos a sordina y ya vino el arzobispo con sus colores vivos y su óleo de muertos. La caraqueña que tentara al Libertador del Píritu y a Boves en Cumaná deja salir por su boca en agujero un estertor de muerte. Helada, vacía y seca se muere Eugenia, la de los mulatos perfilados y del meneo candente. Sesenta y un años han caído sobre los hombres y sobre las cosas. Del pelo vericastaño que hablaba de sus abuelos godos quedan mechones lacios, y de su boca en pomagás un hoyo sombrío que tienta a una mosca negra.

A sesenta y un años de Urica, se muere Eugenia. Generales de la Federación velan su sueño y en Catedral un hipo de campanas dobla por ella.

Fue una mujer de larga historia, que luego de «dar más tute que un porfiado habanero» terminó casándose con el Mulato Machado, el asesino de su tío, en cuyo camastrón boquea.

Todo el mundo se hizo cruces y sus primas sesgaron perfiles al saber que un mujerón como ella, de tumba en la sacristía y doble repique a muerte, se iba a casar con aquel hombre que, además de magnicida, que sería lo de menos, tenía la piel tan oscura y sin brillo como una caoba vieja.

Pero el Mulato, además de pinta, tenía garra. Desde que se pasó a los patriotas, con Eugenia montada en la bestia, su vida militar y política fue de continuo en ascenso. Al año era Capitán de lanceros. En Carabobo, Edecán del Libertador, y cuando Páez llegó a Presidente, Jefe de Cantón y Diputado a Constituyente. Y así hubiese seguido de rama en rama y de triunfo en triunfo, si una bala goda y fría no lo hubiese transformado en amarilla reliquia del liberalismo.

Del matrimonio de Machado y Eugenia nació un hijo a quien llamaron Víctor Alberto. No heredó de su padre ni el vigor ni la fiereza; pero sí el color de sus tierras y el cabello que le hacía preguntas llegando a las sienes. Era tímido y regordete, de facciones hermosas que recordaban a Eugenia en su cálida cordialidad e insulsa indefinición, lo que desesperaba al Mulato fincado.en su creencia de que en Venezuela «al que le ven la oreja blanca se envaina» y «el que pega primero pega dos veces». Cuando el muchacho se desmayó luego de ver azotar a un patiero, Andrés ya no puso en duda que el hijo le había salido blando y maldijo el vientre de su mujer, sabiendo que por su culpa se le había aguado la estirpe.

A Víctor Alberto le gustaban los números, los cuales batía con gracia y prontitud como afirmaba orondo con sus modales blancos de pato gordo o de Papa electo. Y así se fue deslizando por las finanzas y el comercio hasta que terminó como ministro de Hacienda de Guzmán el Bueno, que así comenzaban a llamar los Olavarría y los Matos al nuevo dictador de Venezuela. Por eso la Casa del pez que escupe el agua rebosa de políticos y cortesanos que aprovechan la agonía de la moribunda para hacer méritos de amistad y familia, mientras el pueblo, tras la doble fila de tropa que hace calle al Presidente, ve llegar a los cumplimenteros con sus colores tristes que no llegan a negro.

Un grito en estertor sale del cuarto verde. Los rostros se vuelven tiesos y el Pez que escupe el agua encoge el chorro con tristeza y recogimiento.

Juan Vicente, el de La Mulera ( Camino de San Antonio 18 de mayo de 1875. 15 horas)

Juan Vicente sube los Andes por el camino de San Antonio a Capacho Viejo. En la mitad del camino y a dos leguas y media está La Mulera, un altiplano esquivo lleno de nieblas. La Mulera no es tierra de flores a pesar de la bruma y del agua gruesa que cae por las torrenteras. Abundan por el contrario cujíes y cardonales como si el páramo se hubiese aposentado en el desierto. Por eso Hermenegilda Chacón detesta la finca de su marido Pedro Cornelio Gómez; pues aquello como decía el dicho no era ni chicha ni limonada.

—Tierra caliente es tierra caliente y tierra fría es tierra fría, pero esa bolada que al lado de un maizal se dé también el trigo, es como para volverse loca; como es cosa de santiguarse cuando apenas pasado el mediodía, la tarde se pone triste y la nube que estaba en la punta se descuaja cerro abajo y lo que debe ser día se vuelve noche y lo que era calor se vuelve frío.

Juan Vicente mira la sombra que no sale de su caballo. Tiene la talla alta, el cuerpo fuerte y la cara color de humo. El caballo sube la cuesta. Las orejas las mueve acompasadas; pero a veces se quedan rígidas y alertas como auscultando al viento.

—¿Qué te pasa, Camacaro?

Un relincho respondió al hombre y al trueno. Juan Vicente mira con aprensión al camino y a la montaña. A la neblina que va bajando; al sol que alumbra pero no brilla; al trueno sordo sin nubes negras; a los pájaros que huyeron; a los trigrillos que rodaron cerro abajo; al aullido lejano de los perros; al aire que baja de la Sierra sin olor a tierra ni a cafetales.

—Tienes razón, Camacaro. Aire sin cuerpo no es cosa buena.

Trueno sin nubes es cosa mala. Cerro sin pájaros es cosa rara. Las tardes en la montaña se hacen noche cuando menos se espera. Vivir entre cerros es una vaina; cuando en San Antonio duermen la siesta aquí andamos con linternas. Cuando abajo meriendan comemos para acostarnos. A las seis ya es hora nona. Nadie debe cruzar ríos, ni torrenteras, pues los espantos andan entre las piedras, las brujas vuelan y hay duendes con cara de perros y ojos color candela.

Una casa en ruinas alumbra sobre el Topito. Es la casa del Brujo adivinador. Un negro loco que llega al siglo y que habla de Bolívar y de Páez como si fueran Rafael María y Evaristo Jaimes. «Rafael María será jefe de mucha gente y Evaristo guerrero de los siete valles que cantarán las guitarras y sembrarán las leyendas, y uno morirá de viejo y el otro de bala y los mismos brazos que llevarán a uno a la muerte en vida llevarán al otro a la vida en muerte.» Por una botella de miche se adentra en el futuro. Cuando se le traen sardinas piragüea en el pasado. Cuenta mi Señor Padre que está ahí desde la Guerra Larga. Llegó con los Baldó y los Pulido cuando Zamora quemó a Barinas. Dice que cuando yo andaba por los cuatro años me vio de lejos y le gritó: «¡Ah, Pedro Cornelio! ¡Cuidado con el muchacho! E pa’ ensalmátelo».

Pero mi Señor Padre siguió de largo porque el negro estaba borracho cantando canciones de antes y desgranando cachos de guerras. Desde hace años el negro Juan, como se hace llamar, no se asoma al corredor y vive en las sombras de los cuartos de adentro. Para verlo hay que buscarlo a pleno sol; pararse en la puerta y gritarle como a un obispo:

—¡Jesús, José y María! Yo soy fulano de tal y quiero hablar con Usía. Si está de vena, dice «pase su señoría»; pero si está revuelto se queda mudo y hay que salir corriendo más rápido que un espabileo, pues si no, salen pájaros negros y maldiciones que se encaraman en la montura y encabritan la bestia.

Camacaro dio un relincho y se desbocó. Cuando la palabra y el freno lo contuvieron se movía inquieto con la baba sangrante. Un jinete apareció en la niebla. Juan Vicente se sacudió de malestar. Era el Viejo Orlando, el hombre de la Eloísa.

«Me gusta la Eloísa con su cara de cera que se hace vela cuando la agarro, la tiro al suelo y monto encima.»

El brujo del Topito (Primera parte) (18 de mayo de 1875)

—Adiós Don Juan Vicente, ¿cómo está su padre Don Pedro Cornelio?

—Sin novedad Don Orlando. «Si este viejo supiera de dónde vengo de un tiro me dejaba seco.»

—¿Viene usted de San Antonio? —pregunta emparejando la mula.

—Sí, señor; sí, señor. De allí mismo vengo. Ya voy camino de La Mulera.

—¿Y qué se dice de política?

—Pues lo mismo de siempre.

—Es que hasta que no tengamos aquí un gobernador del Táchira, seguiremos fuñidos. ¿No le parece Don Juan Vicente?

—Asií es mi don. Así es. Si, señor; si, señor —«y no hay derecho que una mujer tan bien hecha como la Eloísa tenga que echarse en el cuero con un viejo como éste. Menos mal que el 24 de julio igual que Bolívar me graduaré de hombre. Entonces tendré revólver, caballo y hembra y me sacare a la Eloísa para que este viejo baboso duerma solo en el cuero».

—Es que los gobiernos de Caracas nos tienen abandonados y mal tratados como si esto fuera colonia cuando El Táchira es la región más rica del país. ¿ Usted sabe cuántos sacos de café exportamos el año pasado?

—No, señor, ¿cuántos?

—Pues, casi la cuarta parte de lo que produce toda Venezuela.

—¿Qué cosa, no?

—¿Y todo para qué? Para que nos manden una cuerda de vagabundos a saquearnos y hacerle daño a las mujeres.

«Qué buena que está la Eloísa. Y yo cavilando bolsas de aires con su dueño.»

—¡Lo que debemos hacer santanderinos y tachirenses es unirnos en una sola nación y mandar al diablo a Caracas y a Bogotá! Porque de allá nos viene todo lo malo. ¿No le parece Don Juan Vicente?

El mozo vio hacia la montaña. Media legua faltaba para La Mulera. Don Orlando continuaba con su cháchara salivosa.

«Si no me apuro, me va a agarrar la noche y quiero pasar la Batea con el sol afuera, no vaya a ser cosa que me encuentre con la bruja Cativa o el perro con los ojos de candela.»

—Perdone Don Orlando, pero antes de llegar a casa tengo que hacer un mandado y voy a tener que dejarlo con la palabra en la boca.

«Yo no sé qué le pasará a este muchacho; tan simpático y conversador que es el padre y él tan oscuro y tan frío como el páramo a la hora sexta.»

Juan Vicente y Camacaro ya bordean la casa del negro Juan. Vacila ante las ruinas umbrías. De un salto baja y amarra la bestia a un pilar chamuscado. Aunque el sol alumbra con el brillo de la media tarde
la casa está oscura y miedosa como una iglesia vacía.

Sin flexionar el cuerpo sumerge la cabeza en las sombras:

—¡José, Jesús… —pero una voz cascada y lejana le corta el conjuro:

—Entra, chico, y deja la pendejada.

Juan Vicente intentó huir pero la voz lo clavó contra la puerta.

—¡Ven!; anda. No tengas miedo. ¡Entra!

Juan Vicente vaciló, pero lo succionó el reclamo.

—Ven. Anda. No tengas miedo. Acércate.

Atravesó dos patios llenos y seis cuartos vacíos. Llegó al fondo del corral. Entre dos columnas y en un chinchorro estaba tendida una sombra envuelta por un halo de tabaco hediondo.

—Son de Barinas —dijo el brujo a punto de hacerse niebla— de los pocos que dejaron buenos mi general Zamora y el compadre Matías Espinoza.

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