literatura venezolana

de hoy y de siempre

Lunas de guerra

Jul 15, 2025

Jesús Puerta

UNO

Cuando llega al escenario del crimen el comisario León Marín anda con extremo cuidado, casi de puntillas, levantando cada pie y colocándolo en el piso con felina precaución, como contando los pasos, temiendo mover o borrar cualquier indicio.

El cuerpo de una mujer joven yace boca abajo, la mata de pelo negro le oculta un cutis que se adivina muy blanco. Uno de los funcionarios toma fotos desde diversos ángulos. El otro, marca en el piso el contorno del cadáver. La víctima viste una bata china roja que se le ha abierto y corrido hasta las caderas, dejando descubierto parte del torso desnudo y el nacimiento de unas vigorosas nalgas.

El comisario echa un vistazo a aquella belleza. Solicita a un subordinado unos guantes de goma. Se agacha a un lado del cuerpo y estira la tela para cubrir las partes que le habían llamado la atención y que no contribuían a resolver nada. Se quita los guantes y seca en el pantalón el sudor de las palmas de sus manos. Lo turba un poco la voz de Gómez quien le muestra las quemaduras de una sucie cafetera metálica. La había sacado de la cocina del pequeño apartamento.

– El café que preparaba se evaporó en la greca. Usó demasiado como para ella sola. Cuando entramos, esto estaba lleno de gas, Muy peligroso. Menos mal que las ventanas estaban abiertas…

En la sala, los afiches tapizan las paredes con espectrales rostros de manchas de tinta, paisajes orientales de lagos u colinas que se difuminan en la niebla, tejidos de algún país andino, anuncios de obras de teatro y conciertos de jazz.

León Marín miró hacia la biblioteca, cuyos estantes abarrotados recubrían varias paredes del apartamento. En realidad, todo él era una biblioteca. Se acercó, vio los lomos de los textos, sacó y hojeó uno. Lo devolvió a su lugar. Observó los otros títulos. Gómez de nuevo le sobresaltó.

– Era profesora del Instituto de Altos Estudios de Gerencia. Instruía a distinguidos gerentes y yuppies. Pero en su biblioteca más íntima tenía muchos libros subversivos.

León Marín se mordió por dentro una prominencia de la piel de la mejilla. Últimamente le fastidiaba mucho ese vocabulario de agente de seguridad del estado: “¿subversivos? ¡bah!”.

El comisario ordenó las acciones inmediatas de la investigación. Envió a Gómez al edificio como a las seis de la tarde. Quería que volviera a examinar con calma el lugar.

Antes de volver al edificio del asesinato, Andrés Gómez recibió una llamada por teléfono. Mucho después reconocería ante el viejo periodista “Bulldog” Martínez, que no esperaba que esa convocatoria se relacionase con el caso que investigaría, introduciéndolo en nuevas complicaciones y peligros.

En el pasillo, unas personas esperaban el ascensor. Al abrirse las puertas entró con el grupo. Marcó el número siete. Mientras los bombillitos indicaban el ascenso, escuchó algunos comentarios de los vecinos sobre el suceso. Impertérrito, pareció concentrarse en las lucecitas que parecían ascender con pereza. Se percató de pronto de unas inscripciones hechas con marcador rojo en las paredes del aparato: “Lavaremos con sangre el honor de la Patria”, Firmado: “Piar vive!!!”.

Al bajarse recorrió de arriba abajo el pasillo. Se acercó a la puerta del apartamento de la víctima. Aspiró y penetró. Al apartamento 7-3. Una media hora después, en la planta baja le esperaba junto a la puerta del conserje el “Bulldog” Martínez. Gómez le pasó por delante fingiendo no haberle visto.

– ¡Inspector!- . Gómez se detiene resignado.

– Toda la información sobre este caso la daremos a través de la oficina de prensa del Cuerpo de Investigaciones.

– Usted sabe que yo no me limito a los boletines de los colegas, sobre todo de las colegas.

Era cierto. Todos los demás reporteros, en mucha parte por flojera, aguardaban tranquilamente los boletines oficiales. Pero no era solamente comodidad. Es que se emitían tantos boletines como asesinatos y hechos de violencia que sucedían últimamente en la ciudad. Y todavía más con el auge del terrorismo. Pero aquel viejo fablistán era obstinado.

“Volvió el Bulldog a la ciudad”, le había comentado el detective Fernández. De modo que no le había ido muy bien que se diga en el interior del país. Después de muchos años dirigiendo la corresponsalía de “El País” en la capital, los directivos del diario lo habían llamado para que se encargara de la jefatura de redacción en la ciudad sede. El propio “bulldog” no quería soltar prenda alguna acerca de lo que había ocurrido, a las razones por las cuales lo habían enviado de vuelta a la corresponsalía. Se limitaba a hablar mal de sus colegas (especialmente de las colegas), a criticar su escasa cultura, su natural propensión a la intriga mezquina.

– ¿Qué desea saber? Aún estamos realizando las pesquisas, recogiendo y analizando los indicios-, Le dijo Gómez al viejo reportero.

– ¿Qué relación tenía la víctima con la joven que descubrió el cadáver?-. Miraba al policía con los grandes ojos enrojecidos que se asomaban sobre unos gruesos cristales, empinados en grandes bolsas de carne. Las mejillas flojas y prominentes se derramaban sobre el cuello deformado por una generosa papada.

– Sólo eran buenas amigas. La profesora Delprette le había dado una copia de la lave del apartamento…

– ¿Eran pareja? O sea ¿eran lesbianas?

– No ¡Por dios! ¿De dónde sacó eso?

– Rumores del vecindario. Ya tengo una hora aquí.

– Debemos ir descartando todas las hipótesis. Una, es la agresión sexual de un maniático; otra, el crimen pasional. Pero todavía no tenemos nada firme.

– ¿Entonces no han descartado todavía el crimen pasional?

El joven policía vaciló por un segundo.

– No.

– Voy a llamarlo después, detective. Este caso me interesa.

Gómez se escabulló meneando la cabeza. De pronto se detuvo y se volteó.

– Martínez ¿quién le dijo lo del lesbianismo?

Se habían quedado callados durante un minuto completo después de leer el informe del forense.

– ¿Qué te parece?- inquirió León Marín.

Gómez echaba humo por toneladas.

– La saña es propia de crímenes pasionales o de psicópatas o de narcotraficantes.

– Eso fue lo que pensé…Lo que cualquiera pensaría…

– Los vecinos declararon que no habían escuchado ningún grito o ruido extraño en la noche ni en la madrugada. El forense indica que el homicidio fue cometido entre la una y la dos de la madrugada. Las puertas no fueron forzadas. No hay señales de violencia. El reproductor estaba encendido. Al parecer la profesora Delprette escuchaba tranquilamente jazz cuando murió. Sus asesinos le golpearon la cara y, una vez inconsciente, le clavaron treinta y seis veces el picahielo en varias partes del cuerpo.

– La violaron…

– No se encontró semen en la vagina ni en el ano. Al parecer la violentaron con el mango de un puñal o del mismo punzón picahielo. Murió con la segunda herida, la que le cortó la carótida. En cinco segundos expiró ¿Para qué las demás heridas? Ella preparaba café para unos invitados. Luego, los asesinos eran conocidos suyos. Las huellas de los zapatos empapados de sangre indican que fueron dos. Uno, calza 37; el otro, 42 Bien pudo haber sido una pareja: un hombre y una mujer.

Era el mismo informe que repetiría Gómez ante otro jefe, poco después.

El Bulldog miraba fijamente con sus grandes ojos rojos al conserje.

– ¿Cada cuánto tiempo hacía esas fiestas?

– Tal vez cada fin de semana. Venían grupos pequeños. Parecían estudiantes. Varias parejas. Traían guitarras y eso.

– ¿Qué es eso?

– Bueno: tambores, maracas, botellas de vino y de ron…lo que llaman los jóvenes fiestas de contribución. Los vecinos a veces se quejaban de que cantaban hasta el amanecer.

Bulldog anotó algo en su libreta. El conserje colaboraba de un modo extraordinario.

– ¿Venía la muchacha que la consiguió muerta?

– Ella siempre venía-, contestó el conserje, al parecer enterado de todos los detalles sumarios.

El periodista hizo un desagradable ruido con la garganta y se dispuso a escupir.

– ¡Oiga, no escupa aquí, por favor!

– No lo iba a hacer ¿Cómo se imagina? Présteme el baño…

Después, Bulldog subió al ascensor. Una niña como de diez años había cruzado el umbral con él, pero el viejo reportero ni se dio cuenta. Detuvo su atención en la violenta inscripción de la pared metálica del transporte vertical. Murmuró para sí: “de tanto lavarle el honor, ya la Patria lo tiene en carne viva”. Pensó que la última frase podría ser un buen título para el libro que se proponía escribir sobre la violencia que había venido viviendo el país durante todos aquellos años, la evidente guerra civil que diariamente cobraba nuevas víctimas. La muchachita, a su lado, contemplándolo, fue un súbita revelación. No sostuvo su mirada. “sus ojos son descarados y puros a la vez. Cosa muy lógica, en realidad”, reflexionó mientras fingía concentrarse en los saltos de la luz sobre los botones numerados.

DOS

– ¿Cómo es posible que el conserje, tan curioso siempre, no haya reportado la entrada de alguien esa noche?- preguntó León Marín.

– Su declaración es ambigua…En ella no aparece la entrada de ninguna persona en el edificio después de las ocho de la noche…- Gómez levantó los ojos del informe- . se le escapó ese chisme.

– ¿Declararon los estudiantes? Déjame ver…Solicitó León Marín.

El informe decía que habían llevado a la profesora a su casa esa noche. El auto de la víctima, un Toyota, se encontraba en el taller. Fallas eléctricas. Los estudiantes la acompañaron hasta su apartamento. Allí les ofreció un jugo de melón y les prestó un libro que les serviría para la materia que daba en la Universidad.

– La materia es “Doctrinas económicas”, cuarto semestre de Economía. Era profesora contratada. Se redondeaba el sueldo con esas horas, además de las que daba en el Instituto de Altos Estudios de Gerencia. Ya había publicado un par de libros. Los muchachos tomaron su jugo de melón, recibieron el libro, charlaron un rato, no más de media hora, y partieron. Los vecinos y el portero sí reportaron la hora: hacia las 8,45 pm.

– ¿Ninguna otra seña de los estudiantes?

– Magno Uzcátegui y Freddy Romero, 24 y 25 años respectivamente. Rabajan haciendo vallas publicitarias a restaurantes y pequeños negocios. Tienen un pequeño taller en los suburbios. Ninguna militancia política. Arrechos con el gobierno, como cualquiera desde hace décadas…

– ¿Talla de los zapatos?

– Ambos calzan 42.

– Mmmm ¿Los vecinos?

Marlene de Fernández. Edad: 45 años. Estado civil: casada. Ocupación: ama de casa. PREGUNTA: ¿Conocía usted de vista o trato a la ciudadana  Julia Delprette? RESPUESTA: Sí, claro que la conocía. Vivía en el apartamento frente al mío. PREGUNTA: Diga qué hizo usted la noche del martes 6 de octubre. RESPUESTA: Ya se lo dije. Siempre miro la novela en la TV después de lavar los platos y acomodar lo que van a llevar los niños a la escuela el día siguiente. Mi marido también se sienta conmigo, se bebe algo y ve la novela. Cuando se terminó, yo me fui a acostar. Los niños a esa hora ya están durmiendo. PREGUNTA: ¿A qué hora? RESPUESTA: Como a las diez y media, más o menos. PREGUNTA: ¿Escuchó algún ruido extraño o sospechoso durante la noche, después de acostarse. RESPUESTA: No. PREGUNTA: ¿Y antes? RESPUESTA: Tampoco. Bueno, la verdad es que no me acuerdo. No estoy segura si alguien llegó al apartamento de la profesora Delprette. PREGUNTA: ¿Es posible que haya llegado alguien  antes de la hora de acostarse usted? RESPUESTA: Bueno… es posible… entraba mucha gente al apartamento de la profesora…

– Mmmmm, ¿Y los familiares?

– Contactamos al hermano. Es ingeniero eléctrico. La madre vive en el interior. Es un ama de casa. Cría toda clase de animales en su casa. Viuda. Su marido era italiano. Tuvo una tienda hace unos años. La vendió. Nada más. La profesora tiene oro hermano en el Puerto. Es administrador. El que vino le avisó a la madre. El ingeniero ya fue a la morgue. Lo único significativo de su declaración es que confirma los viajes a China y Nicaragua, Cuba y México, que hizo la víctima hace unos años. No tiene antecedentes.

Sonó el intercomunicador.

– Señor, el comisario Di Prisco quiere hablar con usted.

León Marín intercambió una mirada con Gómez.

– Páseme la llamada, Martica… Aló, Di Prisco ¿a qué debemos el honor de su llamada?

León Marín conocía bastante a Di Prisco, comisario de la Dirección de Seguridad, Inteligencia y prevención. Habían entrado en la misma época a sus respectivos cuerpos. Muchas cosas los separaban. Aun así, por diplomacia, intentaba sostener pláticas de apariencias amables con él.

Disponía de informes que incriminaban a ciertos funcionarios de la Dirección de Seguridad, Inteligencia y Prevención en hechos de violencia realizados por un grupo paramilitar. Di Prisco nunca le había gustado. Por eso, cuando Ramos, el de Radio Caminos, le preguntó una vez fuera del aire quién creía que dirigía los atentados a los dirigentes populares y a los curas, León Marín musitó su nombre y luego lo reiteró. Después de eso, sintió que había precipitado muchos cambios en su interior.

– ¿Qué le hace pensar que es un crimen político, Di Prisco? Nosotros estamos analizando otras hipótesis…- le respondió León Marín al Comisario de la DSIP. Este le arguyó algo a su vez.

– Pero eso no indica que necesariamente el homicidio tenga un móvil político. Por lo menos, hasta ahora, no tenemos evidencia de ello- León Marín escuchó unos segundos algo que le decía su interlocutor desde el otro lado de la línea.- Le repito que no se ha hallado evidencia de crimen político. Por lo demás, este caso pertenece a la jurisdicción técnica, judicial…

León Marín abrió de par en par los ojos impaciente en una larga pausa con el teléfono en el oído.

– Sí: lo sé, Di Prisco. Feroces y crueles adolescentes; cobardes y ambiciosos jefes, los dirigentes de “Piar Vive”. Fueron militares fugitivos después de las intentonas golpistas; otros, profesores universitarios y exdirigentes estudiantiles. Yo leo las declaraciones de los funcionarios del gobierno en los periódicos. No es necesario que me haga un resumen de lo que ha sido la historia de este país desde hace unos años. Una guerra civil. Hay actualmente como diez grupos en armas. Por cierto-, los labios de León Marín se estiraron en una risita irónica-, uno de ellos se hace llamar “Muerte a los Subversivos”, MALOS, son de ultraderecha…

León escuchó fastidiado algo más por la bocina.

– Muchas gracias, comisario. Lo tomaré en cuenta. Hasta luego.

León Marín colgó y suspiró. Apoyó la barbilla en los dedos trenzados.

– Ese huevón ¿qué se cree? ¿Qué le tengo que dar cuenta de mi trabajo?

Gómez se quedó mirando a su jefe. Este cambio de pronto su expresión. Ahora abría una amplia sonrisa.

– ¿Y cuál era el motivo de tan agradable llamada, jefe?

– Ese estúpido acaba de suministrarme una estúpida hipótesis del homicidio de Julia Delprette. Al parecer, la víctima era simpatizante de un grupo terrorista. Le venían haciendo seguimiento. Di Prisco asegura que tenía militancia extremista desde que era estudiante. Hace mucho que tenía vinculaciones con el núcleo de lo que ahora se conoce como “Piar Vive”. Es más, fue amiga íntima de su líder, el “Comandante Vic”…

– Entonces, puede que los asesinos sean de “Muerte a los Subversivos”. Ellos han amenazado a todos los sospechosos de tener vínculos con los piaristas.

– No se han atribuido el asesinato todavía…- León Marín miró fijamente a su colaborador-. Tú sabes que los MALOS son en realidad mercenarios y agentes de la PSIP. Esa hipótesis es delicada. Ya lo había pensado.

– Es la más lógica- reiteró Gómez.

– Bien, quizás esta sea la oportunidad de agarrar a esos locos. Quién sabe. Tal vez el Presidente, “El Estadista” como le dicen, se decida al fin a depurar esos organismos de seguridad…Este caso hora me interesa más todavía-. Y mirando a los ojos de Gómez-. Voy a estar pendiente, al lado tuyo, en esto…

Sonó el timbre del teléfono de nuevo.

– Es Martínez, el periodista…-. León Marín le guiñó el ojo a Gómez.

– Sí, pásemelo…¿Qué tal? ¿Cómo está la vaina, Bulldog? Jajajaja…sí, hemos estado trabajando en eso… a los vecinos, a los amigos, a los estudiantes…Bueno…sí, sí, le tengo algo, pero no es nada oficial, es “off the record” ¿Okey? Sí…Bueno: al parecer la profesora Delprette tenía simpatías con los piaristas, los del grupo ese “Piar Vive”…No, ella no era…No…No…Pero al parecer, los MALOS sí lo creían…Exactamente, los de “Muerte a los Subversivos”… No está nada confirmado; pero es una hipótesis…una de varias…También está lo del crimen pasional….Usted sabe: el sangrero, la saña…Una hipótesis, nada más…

Bulldog comenzó otra cuartilla. Era la continuación de la información que el día anterior había titulado “El caso de la profesora hecha colador”.

Una vez terminada la cuartilla, el viejo periodista pensó en incluirla entre los materiales del libro que proyectaba desde hace ya varios años, casi década y media. Abrió la gaveta del escritorio. Allí, junto a viejas fotos, papeles y folletos, estaba la botella de ron dominicano que le había regalado Ramos, el de Radio Caminos. Besó un rato el pico cristalino e hizo un ahogado gruñido. Recordó la pared del ascensor y la consigna escrita en ella. “Podría comenzar hoy el libro. Comenzaría por la caracterización de los distintos grupos terroristas, algunos elementos del marco histórico, los antecedentes en lo saqueos masivos, las masacres, las intentonas golpistas, los cambios de gobierno hasta llegar a la guerra civil”. Pero el teclado se quedó tranquilo. “Muy bueno este ron dominicano”, gruñó el Bulldog.

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