literatura venezolana

de hoy y de siempre

La muerte del Centauro

Feb 6, 2022

Ricardo Ramírez Requena

Aquel caballo que mi padre era

Y que después no fue, ¿por dónde se halla?

Eugenio Montejo

El caballo, como símbolo, no ha dejado de acompañarnos desde nuestros días fundacionales. Nos acompaña en el Escudo Nacional, recorre los días de la independencia (pocas imágenes más explotadas que las de aquellos hombres que cruzaron los Andes), hace un peso significativo, enfático en las batallas sangrientas de esos años (Carabobo, “Vuelvan Caras”), y establece su señorío en los años de la Guerra Federal. El caballo es una referencia nacional hasta la última batalla ganada por Gómez, y continúa en nuestro imaginario dentro del hipismo y en la música popular hasta nuestros días.

Hablar del caballo es hablar de guerra, y fuga durante todo el siglo XIX y como imagen simbólica durante el siglo XX. ¿Pero qué lugar podemos darle en el siglo XXI?

En nuestro país el caballo viene aparejado con su jinete, como símbolo de la libertad criolla: aquella que no conoce límites. Nuestra idea de libertad hace migas con la anarquía y no conoce límites. Su referente central es el llano: espacio lleno de hybris, poco olímpico, tierra de desmesura. Nuestra idea fundacional se cifra en esa desmesura, concentrada en una imagen más elaborada del caballo: la del Centauro. Fusión entre hombre y caballo, fusión entre razón y animalidad, nuestra idea del Centauro es aquella que cuesta más definir: una sin líneas que la contengan, difusa, hecha de la velocidad del corcel perdiéndose hacia el infinito.

Como parte de nuestro imaginario fundacional, el Centauro se construye desde lo romántico y desde lo romántico, nacionalista, militar, se recuerda. Su imagen es esa: un pasado glorioso, que curiosamente nos impide avanzar.

Somos un caballo detenido en una imagen. Al detener esa imagen, destruimos lo sagrado en ella. ¿O es al revés? ¿no será que liberándola, al dejar esa imagen, al entender que debemos dejar al caballo libre perderse en el horizonte, sin vuelta atrás, por fin retomaremos la libertad?

¿No vivimos ya los tiempos en que debemos dejar ir al Centauro?

No lo hemos hecho nunca, y quizás en ello se cifre nuestra tragedia.

II

El caballo ha estado siempre presente en nuestra poesía. Es célebre la recopilación El caballo en la poesía venezolana, hecha ya hace algunos años. La poesía de Luis Alberto Crespo y Yolanda Pantin ha celebrado su figura. Pero quisiera centrarme en la de Igor Barreto y uno de sus mejores libros, El duelo, publicado por la Sociedad de amigos del Santo Sepulcro, en 2010. En este libro, Barreto explora la muerte del caballo, ese quiebre de lo sagrado en su animalidad, esa pérdida irreparable para el hombre de esa animalidad. Porque el caballo, para nosotros, es siempre lo otro. Ese otro lado que nos define y nos llama, que nos marca trágicamente. Es nuestra nobleza, nuestra muerte y nuestra fuga.

Nos dice Barreto:

Los caballos

Solo poseen

Emociones elementales.

La invariable

Conducta

Del animal presa.

Como el gallo

De los bosques

Que vuela en una rama

Para protegerse,

Así el caballo

También se arroja

En una carrera

Desmedida

A campo abierto

Esa fuga, para protegerse, nos acompaña como país. Esa vuelta al pasado, como fuga, y ese querer siempre avanzar hacia el futuro sin pensarlo mucho, también como fuga. Somos un pueblo siempre incómodo con su presente. Un presente que nunca lo satisface, que nunca lo complace, que nunca lo llena. Vivimos atrapados entre una imagen falsa del pasado, que nos negamos a dejar ir (y que hemos convertido además, desde hace más de un siglo, en política de Estado) y una idea del futuro como horizonte sin fin, que solo nos pone como límite el viento en nuestro rostro mientras avanzamos desbocados.

No mirar nuestro presente viene aparejado con nuestra incapacidad de lidiar con la muerte, con la idea de fin a partir de la muerte, y que nos invita a una exaltación última de la vida, en donde todo debe consumirse, beberse, comerse de inmediato, pues no entendemos los órdenes del día.

Veamos otro poema:

Un caballo

Teme

A su propio silencio

Que yo juzgo

Trascendente

Pero que otro

Desconoce

Y con violencia

Lo hace suyo.

El que viene

A matar

Ve en el caballo

Solo su peso

Y aquella mudez

Sin nombre

Entre

La maleza

Bajo la sombra

De unos árboles

También sin nombre.

¿No somos acaso este poema?, ¿No tememos a nuestro propio silencio, silencio que el otro trata de apropiarse siempre con violencia? ¿No nos define como sociedad? ¿No somos acaso una comunidad que desconfía del silencio, para quien el silencio siempre es una sospecha? ¿no es nuestro ruido permanente la imagen del disimulo?

Estas imágenes me interesa conectarlas con otras: la del caballo domado a partir del miedo. Silencio, violencia, miedo. Tres poderosas fuerzas que nos marcan: la ausencia de la primera; la exaltación de la segunda; la marca a hierro candente de la tercera.

Vivimos en una sociedad en donde el miedo siempre nos ha dominado a partir de la violencia, y que nos ha llevado a un silencio al que tememos. Una serpiente que se muerde la cola.

Todo esto nos lleva a otra historia, que nos podría ayudar a entender nuestro presente en el siglo XXI.

III

Creo que el caballo, en este siglo que comienza, ha muerto. Pero a pesar de su muerte, nos negamos a aceptar el fin del Centauro.

Vuelvo a un poema de Barreto:

DESTINO:

Los caballos

No cruzan un río

Cuando mueren.

Su memoria desaparece

En el instante

Del destello

Del golpe

En su cráneo

Más adelante, nos sigue diciendo:

Aun así, el caballo

No condenará a nadie.

La belleza muere

Simplemente

Y en otro cuerpo

Será encontrada.

Silenciosos caballos

Privados de la queja

Y la plegaria.

Pero su miedo

Tendrá fin,

Y desaparecerá para siempre.

¿Somos un pueblo que no acepta la muerte del caballo entre nosotros? ¿Que no acepta que la belleza puede estar en otra parte y que su muerte es el fin del miedo?

Negar la muerte del caballo, y continuar la exaltación del Centauro significa la petrificación del miedo, y la incapacidad real de lidiar con la muerte. Hablamos de una lidia que acepte la muerte como parte natural de la vida, en su sentido más sagrado, para que de esta manera la violencia no continúe mancillándola. La aceptación de la muerte como parte de la vida podría ser el cese de una violencia. Y quizás, del miedo.

Pero nos negamos: seguimos construyendo un discurso del Centauro, sin saber que montamos un caballo muerto, que no avanza y que solo es una imagen que no se mueve.

IV

Aceptar la muerte del caballo, es aceptar el duelo. La llegada del fin. El duelo, nada soluciona, es darle espacio y tiempo al dolor de la muerte. Es entender la despedida.

Dejar de ser Centauros, y comenzar a ser hombres nuevamente, quizás sea la clave para aceptar nuestra tragedia, y una manera, más sensata, de comenzar a ser un país nuevamente.

No había otra cosa

Que una música resonando

Entre caballos.

Nos dice Barreto.

Ser esa música, podría ayudarnos a dejar de ser patria y a comenzar a ser comunidad.

Ser esa música.

Y entonces resonar sin miedo.

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