Laura Antillano
Los años 60 definen un momento político en el país muy particular. Recordemos que, Rómulo Betancourt, después de ser elegido presidente realiza lo que se llamó el Pacto de Punto Fijo, reunión en la cual los partidos: Acción Democrática (AD), COPEI y Unión Republicana Democrática (URD), llegan a un acuerdo a través del cual queda fuera de la acción política legal el Partido Comunista de Venezuela (PCV). AD se divide y de esa división nace el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Cambia totalmente la correlación de fuerzas, de manera que el PCV, el MIR van a la oposición, nace el movimiento de las guerrillas y las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), Venezuela entra en un proceso de guerra civil.
Este momento histórico obliga a los intelectuales a tomar posición y nacen una serie de grupos y publicaciones que definen la actitud de un sector de la población pensante del país hacia el enfrentamiento con el Estado. La Revolución Cubana acaba de iniciarse y está en plena efervescencia. La participación en las guerrillas urbanas o rurales es una cuestión de conciencia social.
La literatura que recogerá posteriormente esos momentos, en lo relativo a la obra de las mujeres en esos años, es variada y a veces discordante. Aparece una suerte de testimonio novelado, de Angela Zago, titulado: “Aquí no ha pasado nada” y en otro camino, más literario, novelas como la de Antonieta Madrid “No es tiempo para rosas rojas”, también como observatorio minucioso de lo que fue la revuelta de esos años.
El botón “como muestra” que hemos escogido para revisar la literatura de las escritoras de ese contexto es la escritura de Josefina Urdaneta, quién formó parte del Grupo 40° a la Sombra, en Maracaibo. Era ésta una de las agrupaciones intelectuales que ponía de manifiesto un lenguaje y una actitud contestataria frente a las circunstancias del país.
Dos libros de relatos publicó Josefina Urdaneta en la década de los sesenta: “El Llanto Oscuro” y “Los Momentos Hostiles ”; por supuesto que en este caso estamos omitiendo su abundante producción de literatura para niños.
“El Llanto Oscuro” comprende ocho relatos y “Los Momentos Hostiles” es una especie de texto único fragmentado y subtitulado por puntualizaciones horarias: 3 pm; 11: 20 am, etc; los primeros, y en la segunda parte aparece un solo texto titulado “Estado de Celo” que luego es continuado con la característica ya definida, (diríamos que las horas corresponden al estado de ánimo correspondiente a la circunstancia).
En ambos libros hay una línea de escritura que va a las atmósferas más que a las acciones, digamos que la prosa de Josefina Jordán es siempre una relación que, esencialmente, nos sumerge en el recuento de detalles con características muy propias, de manera que más que el hecho relatado pasamos como lectores a implicarnos en un estado de ánimo, un color, una estancia.
En “El Llanto Oscuro”, cuento por cuento, nos coloca dentro del influjo de un mundo diseñado en función de encierros, puertas cerradas, muros, las ventanas demasiado altas para disfrutar del exterior, o el agobio cotidiano de un trabajo repetitivo – el chofer de carrito por puesto en “El Hilo”, las costureras en “Regina y los Hilvanes”-, sus personajes están atrapados en una red invisible, intangible pero definida en contornos de angustia que generan una cierta inmovilidad. La reflexión existe en función del la búsqueda de un gesto salvador: en “La Imagen” el posible aborto de la protagonista; en “Vigilia” la búsqueda del amor; en “El Día Buhonero” la muerte del personaje: en “El Hilo” el disfrute de la tarde del sábado, el descanso, la mujer; en “Detrás del Muro”, la huida de la casa, la salvación se define en el lecho de evitar un destino como el de las hermanas: Elsa, Elena y Adalseínda; en “La Noche”, la protesta se hace tangible en la sola reflexión de la mujer contra el hombre, su encierro se define en días para esperar la noche y noches para esperar el día”, pero a pesar de la situación de miedo frente a ese hombre, su superioridad sobre él se manifiesta en la posible lástima: “Cuando ya no se quiere al hombre se empieza a tenerle lástima” ¿podría vivir solo? Ya no sabe hacer nada; en “Regina y los Hilvanes”, Ruth se salva, porque dispone su huida con el hombre que atraviesa el filo de la ventana todos los mediodías; en “Los Momentos Hostiles” el personaje vive un estado de agobio permanentemente en donde el hastío hace de ingrediente feroz. Pero tampoco hay pasividad frente a la situación, se produce un especie de lucha prolongada en donde cada agresión recibida niega la resignación y provoca una respuesta, es caer y levantarse de nuevo, continuamente, en un orden angustioso, y al mismo tiempo se trata, de una revelación poco menos que ancestral de la esencia femenina del personaje, porque no es la sola defensa personal sino la del hijo, el cachorro, el descendiente, al que hay que advertir que: “La Vida, más feroz que toda muerte” (Jorge Guillén) para ello se requiere de peripecias. De gestos defensivos: “Hay que saber apreciar la ocasión oportuna para prevenir a los hijos” (…) “Y hay que enseñar al hijo a sofocar el llanto”.
“3 pm.
Perfectamente pulcra (sólo uso mi túnica) me
siento a contemplar el desfile de gente en
distracción dominical. Me caracterizo de
ama de casa e imito los gestos de zurcir.
Mi voz me traiciona:
-Yo no coso calzones, yo no coso calzones, yo no coso calzones, yonocosocalzones,
yonocosocalzones…” p.3
Ese personaje femenino que siente el acoso, la predestinación y se pone de pie en posición retadora, es una constante en toda la narrativa de Josefina, diríamos que incluso la aproximación al sacrificio sigue siendo en ella un reto, por la actitud consciente frente a los acontecimientos.
Detengámonos en La Imagen, por ejemplo. Hay una mujer que nos relata el acontecimiento, los otros son personajes que existen en función de la narradora: su madre, su padre, un hombre y –consideremos el objeto como personaje en función de su implicación en el desarrollo de la acción- la estatuilla mutilada.
Los cuatro giran en torno a la vida de la narradora, en función de la posibilidad de un acontecimiento: La Fecundación.
“Mi padre me pidió un niño entre embriagado y tierno (…) no era la época de mi
fecundación”.
“(…) porque sé que mi madre se une a la aspiración fecundante que debe cumplirse
en mí”.
“En la última de aquellas rocas caídas de lo inverosímil en medio del mar y de la ,
arena, en los labios salados se refugió el silencio y los ojos cegaron de infinito”.
“La mano pétrea del hombre me trajo de regreso transformada”.
“Una mujer siempre está ligada a un hombre. Aquel sin frases, me había demostrado
que un niño se atrapa como un ave”.
“Siempre la fecundación la refiero a un libro o a un niño y entonces recuerdo vivamente
la imagen de madera que conserva mi madre en un altar improvisado y pobre,
imperecedero con sus flores de papel y sus floreros de latas de conservas.
La recuerdo no sé si mutilada; y en el “no sé” le encuentro un niño o un libro en
alguna mano”.
El personaje se debate entre el deseo de los otros de verla fecundada, y el
propio, de ver o de entender tal productividad en dos sentidos: o un libro
o un niño”.
“Y vuelve siempre Mayo y me encuentra desvelada sobre un libro desde
cuyas páginas me siento vigilada por un niño implacable”.
En el cuento se sugieren dos probables fecundaciones: la que efectuaría el padre –pero éste muere- y la que llevará a cabo el hombre, aquél “sin frases” que luego desaparecerá: “Ese fue el fin. Era de nuevo la soledad”.
Pero la protagonista del relato, no se somete al producto de la fecundación, vemos que el mismo final del relato es su último gesto de rebeldía, está sumergida en su fiebre, encerrada en la habitación más oscura:
“Tal vez la fiebre era la negación del niño”.
“Un salto me libraría de los esfuerzos inútiles y de la gravitación. Hice el esfuerzo
último y la imagen vino a mí y me golpeó los ojos con sus duros muñones”
(recordemos que la imagen de madera representa la fecundación pero, al mismo
tiempo, es la imagen de una mujer mutilada)”.
“ (…) Ya no encontraría al niño de la pistola o la palabra intocada”.
El final se define por el aborto, la fecundación no debe cumplirse por esa vertiente y el personaje una vez más, se rebela ante la predestinación. Es la posibilidad de posesión de palabra y el pensamiento, es la convivencia con igualdad de condiciones, lo que nuestro personaje defiende.
Es interesante, sin lugar a dudas, el contextualizar esta escritura en su momento de gestación, para entender los modos de describir el entorno en la literatura narrativa posterior de las mujeres en Venezuela y América Latina, desde una perspectiva de transformación y constantes, las que señalarían cambios evidentes en el uso del lenguaje, pero probablemente hilos de continuidad inevitables.
NOTAS:
1) Urdaneta Josefina. (1964). “El Llanto Oscuro”. Ediciones del Grupo 40° a la sombra. Maracaibo.
2) Urdaneta Josefina (1968). “Los Momentos Hostiles”. Editorial Arte. Caracas.
3) Ibid,
4) Ibid, p. 12- 14- 16- 19- 21
5) Ibid, p. 21- 22.
