Lina López de Aramburu (Zulima)
LA FAMILIA DEUSDEDIT
ERA UNA TARDE DE VERANO. El sol se ocultaba en el ocaso, y el cielo embellecido por nubes de mil colores, daba a la tarde una luz encantadora.
Las golondrinas piaban alegremente alrededor de sus nidos y parecía que con su inquieta alegría, festejaban con gozo el bello disco de la tarde en el poniente.
Las empinadas colinas del Ávila se iban revistiendo de lóbrega oscuridad. A medida que las nubes perdían sus colores, el aura se embalsamaba con el aroma de las flores que la exhalaban, libres ya de los
rayos del sol.
En una hermosa casa de Caracas, situada en una calle central, estaba una mujer de cuarenta y cinco años hojeando un álbum de retratos. A su lado, sentado, un joven veía las fotografías y hacía reminiscencias. La
mujer era Elena Deusdedit, esposa de Octavio Deusdedit, comerciante acomodado y de conducta intachable. El joven era su hijo Alberto, el cual acababa de recibir, días antes, la borla de Doctor en Derecho. Elena tenía, además, una hija de dieciocho años llamada Oliva. La señora Deusdedit era hermosísima y unía a su belleza un carácter suave y dulce, de rectas ideas y sólida moral: su casa era el santuario de la virtud donde imperaban los nobles sentimientos.
Elena era idolatrada por su esposo y adorada de sus hijos, porque ella era el ángel perfecto de su hogar.
Alberto colocó su mano sobre la fotografía que apareció al volver su madre una hoja del álbum, la cual representaba una mujer bellísima, pero lánguida y triste. Sus hermosos ojos azules, adornados por largas pestañas, revelaban la melancolía más profunda; y sus rubios y abundosos cabellos, que caían extendidos hasta las rodillas, la envolvían en un manto de oro, haciéndola aparecer como la Diosa del dolor.
—Mamá –dijo Alberto–, ¿cuándo me dejas leer aquel manuscrito que en un cofre de sándalo te dejó tu amiga Melania?
—Tú sabes que fue en depósito que me lo dejó, y que ni yo ni nadie debe imponerse de secretos que no nos pertenecen.
—¿Y qué piensas hacer con él, si ella no vuelve?
—Tenerlo hasta que pueda darlo a la persona para quien me fue confiado.
—¿Conoces tú esa persona? ¿Sabes dónde se halla?
—No, pero la Providencia me la presentará.
—Sin solicitarla no la encontrarás. Dime cómo se llama. Yo te ayudaré en tus pesquisas.
—Se llama…
—Sí, tal vez conozca yo a ese mortal afortunado –dijo Alberto sonriendo con malicia.
—Pues bien –contestó Elena, sonriendo a su vez–, tiene tu nombre, se llama curioso.
—No, mamá, no es curiosidad, es que me llama mucho la atención esta mujer, tan interesante, tan bella, tan triste.
—¡Pobre Melania! Si yo hubiera pasado por las pruebas que ha sufrido, creo que habría muerto.
—En verdad que su mirada revela un dolor profundo.
—¡Desgraciada amiga mía!
—No te aflijas, mamá, la historia de tu amiga será como la de otras, que en premio de su amor alcanzan ingratitud, y en su romántico dolor dejan esos manuscritos, con la esperanza de que algún día los vean sus infieles pretendientes, ¿no es esto?
—Eres incorregible, y no te detienes en tu modo de hablar y de juzgar a los demás…
—Mamá –dijo Alberto, rodeando a su madre con el brazo–, no te disgustes; las ligerezas de mi carácter debes perdonarlas.
—Yo no me disgusto, pero como sé lo que ha sufrido Melania, y aún sufre, me desagrada tu modo de juzgarla.
—Bien, pues, no me guardes rencor por mis chanzas, para irme tranquilo a dar mi paseo de costumbre.
—Basta, Alberto –dijo Elena con dulzura, presentándole la mejilla.
Este depositó en ella un beso y añadió:
—Adiós, madre mía, tú eres demasiado buena.
—Que Él te guíe.
Momentos después entró en la sala Oliva Deusdedit. Difícil sería delinear las perfecciones de aquella niña. Era blanca como la azucena, un ligero sonrosado teñía sus mejillas, y la finura de su cutis dejaba ver, trasparentes, sus venas azules; sus labios eran rojos, y sus dientes, blancos como el nardo, hacían contraste con ellos; sus ojos grandes, dormidos y garzos, estaban adornados de rizadas pestañas negras; sus cejas del mismo color y casi unidas, eran finas y bien delineadas; sus abundosos cabellos caían en preciosos rizos sobre su cuello y hombros, haciendo contraste con su nítida frente. Alta, esbelta y de elegantes formas, se podía decir que era una mujer perfecta.
Elena contemplaba a su hija con ese arrobamiento, con esa mirada satisfecha y entusiasta que solo poseen las madres. ¡Las madres!, ¡que todo para ellas es divino y embriagador en sus hijos! ¡Las madres!, ¡seres designados por Dios para sentir emociones, desconocidas a las que no lo son! ¡Benditas sean las madres! Mártires desde el instante en que sienten el renuevo en sus entrañas, y dichosas porque disfrutan del inefable gozo de la maternidad, en sus horas de calma. ¡Benditas sean las madres!
Oliva se acercó a su madre y correspondió su tierna mirada con un beso en la boca.
—¿Sabes –dijo Elena– que ahora vienen el Coronel y Rosina?
—¿De veras? Cuánto me alegro: hace días que no venían.
—¡Es verdad!, los achaques del Coronel nos han privado de ese placer; pero hoy me mandan a anunciar su venida.
—Tú sabes lo mucho que quiero a Rosina, mamá, es tan buena…
—Tienes razón, esa niña es encantadora.
Al terminar Elena estas palabras, llegaron el Coronel y Rosina. Oliva la recibió en sus brazos y las dos amigas se cambiaron un dulce beso.
El padre de Rosina era un coronel retirado, prócer de la Independencia; había recibido en los combates infinidad de heridas, que debilitando su naturaleza, le trajeron una vejez prematura. Poseía como todos los que quedaron de esa sangrienta cruzada, una mísera pensión de inválido, pero sí un rico caudal de honra. Aquel militar pundonoroso y valiente, después de regar cien veces con su sangre los campos de batalla, dejó el servicio de las armas, cubierto de heridas y cargado de desengaños. Luis Villareal era noble por su cuna, por su valor y por la elevación de sus ideas. Nada podía enturbiar lo límpido de su conciencia, porque no cometió jamás una acción que pudiera agitarla. Se enamoró de una excelente mujer y se casó con ella: no tuvo más hijos que Rosina, a la cual adoraban ambos; pero cuando la pobre niña contaba diez años, murió su madre, sumiendo aquellas dos almas tiernas en el más profundo dolor. Cuando este se fue debilitando, padre e hija se amaron más; y cuando Rosina fue mujer, ayudaba a su padre con el fruto de sus labores, haciéndole más llevadera la vida.
Rosina era de color trigueño y sonrosado, ojos negros y brillantes, arrebatadores labios de coral, dientes de marfil; y todo esto, unido a la gracia peculiar de las caraqueñas, hacía sus movimientos y ademanes divinos y encantadores. Conoció a Oliva en el colegio y estrecharon la más íntima amistad desde entonces.
Cuando las dos jóvenes quedaron solas, le dijo Rosina a Oliva:
—¿Sabes que sé el nombre del joven rubio que te ve con tanta insistencia cuando nos encuentra?
—¿De veras?
—Sí, se llama Brebante.
—¿Y cómo lo supiste?
—Cuando menos lo esperé: veníamos muy de mañana mi padre y yo dando un paseo, cuando al volver una esquina le vimos venir: al ver a mi padre lo saludó cortésmente; luego que se alejó le pregunté quién era ese joven y me dijo: es el hijo del ricacho Claudio Brebante.
—En verdad que fue muy casual.
—Pero no lo sabes todo: al asomarme esta tarde a la ventana lo vi en la esquina de plantón. Al verme se dirigió hacia casa, me saludó viendo para adentro de una manera imprudente.
—Te felicito por tu conquista.
—Tonta, era a ti a quien buscaba; quizá crea somos hermanas.
—Tal vez –dijo Oliva, dando un suspiro involuntariamente–; pero vamos a tocar un poco al piano.
En efecto, tocaron largo rato con alegre animación hasta que vino Alberto a interrumpirlas, el cual tendió su mano a Rosina diciendo:
—¿Qué dice la linda trigueña?
Rosina se puso encendida como la amapola y contestó bajando los ojos:
—Nada, Alberto
—Qué hay de nuevo; he extrañado vuestra ausencia y he temido que hubiera habido alguno que cautivase ese corazón de fuego.
—Ya ves que te has equivocado. Los achaques de mi padre son los que me han privado el venir como de costumbre.
—¡Oh!, gracias a Dios que se conserva libre vuestro corazón.
—Yo creo que siempre lo tendré así.
—¿Siempre… Rosina? ¡Imposible!
—¡Imposible! ¿Y por qué?
—Porque sois joven: tenéis una alma sensible, y día llegará en que améis… y mucho.
—Yo no debo amar nunca, Alberto.
—¿Por qué decís así, por Dios?
—¿Por qué? Porque debo cuidar a mi padre, a quien no puedo abandonar.
—Pero ¡qué ocurrencia! ¿Es decir que porque debéis cuidar a vuestro padre, ha muerto vuestro corazón?
—No ha muerto; pero no queriendo yo que ame, no amaré a nadie.
—No amaréis ¡pobre amiga! ¡Estoy convencido que no sabéis todavía lo que es amor, y que no habéis llegado a ver al que deba inspirarlo!
¡Dichoso mortal, desearía estar en su lugar! Rosina nada contestó; pero lanzó un profundo suspiro, inclinando la frente.
Oliva fijó en su amiga la mirada y pensó:
—¿Amará Rosina a alguno y me lo oculta?
Poco rato después se retiraron el Coronel y su hija y la familia quedó sola.
