literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Guillermo Meneses

Ago 22, 2022

Luna

Entre los labios de Malavé, el indio pescador, brincan tres notas, tres pequeñas notas infantiles y brillantes que caen en la quieta agua como anillos de oro, tres pequeñas notas de oro que apenas mueven, con persistente y nerviosa insistencia, la anhelante soledad del golfo arremansado, oscuro, terriblemente solo y misterioso..

Sobre la quieta bahía se extiende un silencioso y profundo temor, un miedo apagado que subraya en murmullos el lento movimiento del agua entre los troncos delgados de los mangles. La luz de la tarde tiende su brillo sobre el mar. Y, en el siseo del agua mansa, el silbido de Malavé lanza sus tres notas brillantes, infantiles.

—Ti, Ti, Ti.

Suena el silbido entre los gruesos labios oscuros y se piensa que el indio está llamando a los peces o a la sombra o a los brillos de la tarde tendidos sobre el mar. La ensenada, con quietud que esconde un profundo pavor desconocido, recibe en su seno ese silbido.

El agua mansa balbuce su temblor junto al bote pesquero. Como señal de la oscura, profunda vida oculta. Bajo la serena ansiedad de la ensenada, brinca a veces el fulgor plata de un pez. Y el indio silba:

—Ti, Ti, Ti.

Tres pequeñas, tímidas, brillantes notas que Caen sobre la misteriosa calma de la bahía solitaria.

* * *

Desde la hora de la siesta, estuvo pescando el in. dio en la bahía, Bajo el sol recio del medio día caliente remó hacia la azul ensenada de negra orilla vegetal —criadero de ostras, nido de peces— bajo el sol recio bog6, con golpes de remo potentes y acompasados, en dirección a la quieta bahía de sombría orilla. Sobre su espalda, el sudor pegó la camisa gruesa mientras Cortaba el agua azul la aguda punta del botecillo.

—¡Corre, corre, Palomo!—decía Malavé.—

—;¡Clava el pico, Palomo’—decía Malavé a su pequeño bote—.

Y “El Palomo» avanzaba, empujado por el golpe de los. remos, hincando la azul serenidad del agua mansa, El indio gobernaba: su canoa sobre el dibujo de encajes y castilletes y flores submarinas de los corales, delicados e imprecisos bajo el mar tranquilo hasta que se detuvo en la parte más honda de la bahía: en el paso de negra profundidad que es camino del mar para los buques de mayor calado.

—Debe haber más de veinte brazas aquí—pensó, como siempre el indio Malavé.

El bote quedó quieto, con leve balanceo; Malavé tiró su anzuelo y esperó, adormilado, que los peces picaran, De rato en rato, soltaba su silbido:

—Ti, Ti, Ti.

* * *

Así, la tarde fue cambiando sus brillos y sus colores; así el sol hizo su camino de estrellas y se escondió tras el morro lejano; así notó Malavé que regresaba el bote de Vitico y que, más tarde, llegó también El Perico, con buen viento en la lona de su barquichuelo.

Entonces, la tarde comenzó a desperezarse con bostezo de penumbra y temblor de brillos; entonces, comenzó la tarde a balbucear murmullos entre la sombra del manglar, glugúes apenas musitados del agua donde se abren las ostras, donde corren los pececillos, donde la tarde—cielo inmenso, lejano cristal pálido—abre su último bostezo.

El indio Malavé pescaba, sumergido en el seno del golfo, dejaba abandonado él guaral del anzuelo y silbaba:

—Ti, Ti, Ti.

Pescó poco: una “cuna” pequeña, dos peces más, de mala carne. Cuando se decidió a regresar, cuando hundió los remos para el primer empujón del retorno, se llevó dentro de su reciedumbre la desolada ansiedad de la ensenada. Silbó sus tres notas y, sobre él, le respondió el chillido de un alcatraz que buscaba reposo en las ramas serenas de los mangles.

* * *

Junto al cobertizo de palmas, en la pálida arena húmeda, lamida por las lentas olas, resbaló la proa afilada de “El Palomo”. Malavé se remangó los calzones, se metió en el agua y empujó el bote un poco más.

—¡Ah, Blanca, oh!—gritó—Ven a coger los pescados!…

Y su hermana llegó lenta, arrastrando unos zapatos viejos, de tacón desgastado. Era recia de cuerpo, de hermosa cadera ancha, de cabellera fina, pintada de brillos claros.

—Ayuda aquí. Anda.

Y el esfuerzo de Blanca, enrojecida, se unió al de su hermano para hacer resbalar la canoa sobre los troncos de cardón que el hombre acomodaba en la húmeda arena. Empujando el portal de la rústica palizada, entraron a la casa enladrillada, abierta a las brisas del mar.

* * *

El indio Malavé comió a grandes mordiscos una lisa que su hermana doró sobre las brasas. Después salió hasta la puerta delantera (la casa de Malavé tiene el fondo sobre la playa y el frente sobre esta calle arenosa), se atracó el cogollo sobre la frente y rezongó.

Había pensado echarse en la hamaca a descansar, había pensado quedarse un rato en la sombra de su cuarto pobre y algo se lo había impedido; hubiera querido dormir un largo rato, con sueño espeso y tranquilizador y esta angustia, silenciosa y quieta como la bahía donde pescara, le mantenía alerta el pensamiento. Rezongó, se recostó en el portal, cantó con voz chillona:

“Estando a sotavento

y esperando de la Costa

terrales que siempre soplan

por una casualidad…”

Luego silbó sus tres notas. Estaba ansioso, anhelante como la solitaria bahía… ¿Donde oyó estas tres notas?.., Son retazo de una canción que dijeron una noche frente a él… ¿Dónde?…

Nicolás Malavé miró hacia adelante. El paisaje, de espaldas al mar, parecía sencillo, claro de ingenuidad, pero, al mirarlo atentamente, se sentía vivir en €l el impulso ardiente de la luna tempranera, invadiendo con frialdad persistente el aire suave, apretando el contorno de las yerbas, humedeciendo la sombra de los árboles.

Todavía es atardecer en el cielo y ya hay plata de luna en el soplo de la brisa. Nicolás Malavé vuelve los ojos hacia la casa; sobre los ladrillos del zaguán la luna acuesta el fulgor azulado de su luz que marca en el suelo la negra silueta romántica del pescador, Nicolás Malavé mira hacia el cielo; entre las ramas de cocal cercano, revienta—redonda y desnuda—la extraña flor llameante, fría, blanca, que quema la infinita serenidad del cielo, Nicolás Malavé se estremece; en la profunda noche de su instinto arde también una llama de plata y frio.

* * *

Espanto, miedo verde, le corrió por la médula. Lo domina aquella luna gigante, hecha de llama y, sin embargo, desnuda, redonda, quieta como una intocada flor lejana pero un rezongo alegre lo hizo mirar hacia la esquina de su calle, Frente a la casa de los Rodríguez, un grupo de charladores dejaba al aire su divertida inquietud juvenil. Nicolás Malavé los miró con agradecimiento: Vítico Parucho, de camisa blanca, Chuíto Guaregua, con franela azul. Hablando con ellos se le apagarían las angustias. Caminó hacia allá. Junto a la plaza llena de árboles donde los chivos rumiaban y corrían sonaron sus pasos, recios como golpes de tambor y, más allá, saludó a su vecina.

—Buenas noches, señora Mariana.

Entre la brisa, siguió hacia el grupo de sus compañeros. Se sabe que entre ellos está Víctor Perucho, el chancero, porque todos ríen. Es natural que Parucho sepa hacer reír, porque es lo que puede llamarse un hombre feliz: la madre trabaja todavía, la mujer lo ayuda, los hijos le alegran las horas de la casa. Es un pescador, que sabe zumbarse duro en la tarea; pero, además, es hombre con suerte que ya salió de abajo y será rico. Tiene dos botes buenos, un chinchorro de tres mil bolívares, está levantando una casa grande en la calle más ancha del pueblo. Es un deber el ser alegre cuando la buena suerte sonríe. Perucho está obligado a tener buen humor y un chiste y una risa perenne entre los labios. No puede angustiarse como Nicolás Malavé que es un pobre diablo y ni siquiera tiene mujer. A Perucho, los hijos le quitan amarguras, la madre lo sostiene en las malas horas, la compañera le endulza los pensamientos, Ya está saludando a Nicolás, ya está chanceándose,

—¡Ah, Nicolás Nicoleta! ¡Cogiste esta tarde tres toneladas de pescado, bandido! ¡Eres el más grande!

Malavé sonríe:

—Buenas noches, manito.

—Buenas, compadre.

—¿Pescaste algo, mi hermano?

—Una migajita. ,

—Yo te vi—dice El Perico—Estabas dormido, con el anzuelo suelto.

—Y los pescados chupándote la carnada.

—Ni pescado había que chupara.

—No se preocupe, manito. Dentro de nada tenemos la cosecha de lisas,

—¡Epa! Mirá quien viene.

—La chucuta Carmita—dice Parucho—

— ¿Por qué chucuta?

—Porque no tiene rabo-—responde el de las chanzas.

Y pesa la muchacha moviendo en tongoneo majestuoso la poraposa redondez de su trasero.

—¡Ah, hombre éste! —comenta Malavé—¡Con todo el mundo ¡tiene que meterse!

—Esa es la vida, manito. Meterse con todas las mujeres. menos que tú seas chucuto del rabo de adelante.

Malavé ríe entre la risa del grupo que se alza más recia, más alta en la noche enlunada, frente al mar que se desliza en plata vaga, como si fuera de aire y cristal habita la mancha lejana de una isla que apenas se preseiente en el horizonte sobre el mapa de las estrellas.

* * *

Se fue Chuíto Guaregua, Valentín también cogió canino hacia su casa, por la vereda que brinca el cerro; el Perico marcha por el callejón arenoso tarareando un ¡picante sonsonete. Quedan solos, frente a frente, Malavé el indio quieto y Perucho el chanceador.

De hombre a hombre se hace seria la conversación y hablan de cuánto cuesta el hilo para atarrayas y chinchorros, de cómo ganan los comerciantes de la ciudad en el precio del plomo y los anzuelos, de sí por fin Perucho comprará este año otro bote pesquero. Malavé cuenta que el capitán de una balandra lo engañó llevándole unos centavos para comprarle hilo en la costa de Cariaco y todavía no ha vuelto desde hace dos años. Perucho recuerda las grandes pescas de lisas y jureles el año pasado. Tres botes cargados una vez. Seis botes al “siguiente día. Perucho goza con sus triunfos de pescador. Ríe; pregunta “¿te acuerdas?” y, por fin, se despide.

—Me voy, Nicolás Nicoleta. Me está esperando la mujer. Está embarazada y los antojos los ha cogido conmigo.

—Adiós, Vitico.

Y, de nuevo, ha quedado solo Nicolás Malavé frente al mar que se desvanece en mansos reflejos, en delicada penumbra, Ya la luna asalta su cenit con el seguro avance de su redondo brillo. Sobre el pueblo cae la manta fría de la luz, que desdibuja los perfiles en vago azul y hace honda, negra, la sombra de los aleros y de los árboles. La brisa—brisa fría del mar—arrastra su alegre empuje por la playa, levantando arenilla y los chivos sonámbulos berrean, rumian, saltan por la plazuela oscura y bajo los matojos espinosos de la colina cercana. Goyo Cruz, el pulpero, pasa haciendo sonar la arena bajo sus talones.

—Buenas noches, compadre.

Y Malavé brinca.

—Buenas noches, compadre Goyo.

—¿Cómo qué está enlunado? ¿o anda buscando hembra ? —toda la tarde pescando y he quedado como con fiebre.

—Para esa fiebre hembra es el remedio,

—¿Y usted me la consigue? ,

Goyo Cruz ríe:

—Mira cómo hay chivas en la placita.

—Ya no soy muchacho, compadre Goyo.

—Olvídese y crea que carga todavía calzones cortos.

—¡ Ah, hombre bandido!… ¿va para su casa?…

—Sí, señor.

—Lo voy a acompañar, A ver si me viene el sueño,

Y se hunden en los callejones, sombríos de blanda penumbra hasta que llegan a la puerta del rancho de Goyo.

—Ya sabe el consejo, compadre Nicolás. La burra de Vitico Parucho anda suelta y, si no, en la plaza hay una buena rumazón de chivas buenas mozas,

Los dos ríen:

—Buenas noches, compadre Goyo.

—Buenas noches, Nicolás.

El indio Malavé camina las calles del pueblo. Corre los callejones que terminan en la playa, se hunde en las encrucijadas alejadas del mar, detiene a veces sus pasos y escucha creyendo que otros pasos lo buscan bajo la lumbre de la luna. El golpeteo de su propio corazón lo sobresalta,

El pueblo parece dormido bajo el peso terrible de la luna; pero si, en verdad, tiene los párpados cerrados, se le mueve la entraña con sostenida inquietud palpitante. Lejos ladra un perro, por alguna calleja corren los chivos de Carmen Luisa Peña y, vagamente, como un susurro de vida suena un rebuzno ansioso o el ronquido de un viejo o el ruido que hace alguien tras una ventana cerrada.

Cada callejón tiene su nervio alerta. La vieja Catalina, que no duerme jamás o el viejo Luis, que salta de la cama al menor ruido, saben contar al día siguiente lo que sucedió anoche en las calles del pueblo, bajo la luna enorme. Cada callejón tiene su antena. Mañana sabrán todos, que Nicolás Malavé anduvo á rondando las calles hasta después de media noche. Las mujeres que tienen hijas casaderas, las solteronas esperanzadas lo saludarán con sonrisa de caño, Los hombres-—sus amigos—le darán consejos al pobre indio Malavé, que no tiene mujer,

* * *

Hay canto y vocerío de borrachos en la entraña luminosa del aire. ¿Dónde andará cantando quién chtlla tan tristemente el son de “cuando Beltrán navegaba”?… El indio podría jurar que es la voz de Chicho Figueroa el margariteño… debe ser en la pulpería de Julito González… ahora ha callado y parece que toda la noche se recoge á escuchar y se hace intima en la espera de un nuevo alarido musical… pronto chillará de nuevo la voz de Chicho Figueroa… las estrellas cercanas así lo esperan,.. ya salta el primer hipido, el primer sollozo alto, sentimental, del valse “Tú”, Pero no es Figueroa, no; es Julito González en persona quien canta y su guitarra la que suena.

Malavé entra en la calle de la pulpería; está cerrado el negocio, y las hendijas de la puerta filtran a la vez la música y la luz de la lámpara de carburo, Nicolás se acerca, mira por una ranura de la ventana: ahí están Chicho Figueroa, dos jovencitos de la ciudad y González, que canta entornando los párpados y subiendo las cejas en apasionado fingimiento sentimental.

“,..las lindas curvas

que a ti te forman

tienen el ritmo

de palma real…”

Los otros hablan, ríen, juegan dominó, Nicolás tiene ganas de entrar; le gustaría trasegar unos tragos de ron viejo a ver si-se apaga en el sueño de la borrachera la inquietud que le aprieta el estómago y apresura el golpeteo de su corazón. Pero no lo hará: no es él de los que se acercan a la mesa de los borrachos para pedir un pedacito de embriaguez.

Se aparta de la ventana, sigue el callejón hacia la playa. Una bocanada de brisa se Zumba contra su pecho. Canta:

“Cuando Beltrán navegaba

dice que corriendo un tiempo

se le oscureció el elemento

y la guía se le perdió…”

Y, en la oscura intimidad que hace la sombra de los aleros, huido del resplandor lunero que lo atrae con su brillante maldición, la voz del pescador toma signo de tragedia recóndita y solitaria, de terrible y patética soledad. Hace unas horas, aquí, reía con las chanzas de Vitico Parucho. Ahora, bañado de luna, ambicioso de no sabe él qué hondo deseo, se angustia en su soledad.

Llega hasta el borde mismo del mar; junto a su pie muere el último empujón de las olas; junto a su pie se rompe la última espuma débil. La luna está sobre el mar y su luz atraviesa las aguas. Bajo el vaivén del mar, decoran la blancura irreal de la arena, los caracoles rojos confundidos con la verde mancha oscura de las algas podridas; papeles, palos, destrozos del pueblo, viven bajo el agua vestidos de somnolencia, El brillo de una lata de salchichas sumergida en la orilla es acariciante, hermoso, atractivo como una cosa viva… ¡Si toda esta ardiente frialdad se rompiera!… ¡Si viniera un gran viento oscuro trayendo nubes negras y pesada atmósfera y apagara esta llama que abrasa con pensamientos de angustia y soledad!…

—Caracol, caracolito del mar, que te arrastras en la arena…

¿Qué dice el indio Malavé? ¿qué dice el loco?… “¿Estás enlunado o buscas hembra ?»—dijo enantes Goyo Cruz. Y Malavé mira la luna. Redonda flor, fruta podrida, hoja de plata, tambor, pezón, pico de pájaro, ombligo, madre… El indio Malavé chilla, Ya sabe dónde oyó, en otro tiempo, las tres notas que silbaba esta tarde como un repiqueteo de locura. Ya sabe qué boca de pájaro vicios le dejó en el cerebro las tres notas. Ya sabe qué pico de pájaro vicioso chupó su carne en una noche y dejó en su alma la canción de tres notas…

“¿Es que estás enlunado o andas buscando hembra ?” —dijo enantes Goyo Cruz—. Si Es hembra—aquella hembra—lo que busca… (Noche del gran puerto cercano. Noche con luna, como hoy, rompiéndose sobre el cocal. Monedas en el bolsillo, una mesa y barajas: el as de oros. Y después la mujer: los muslos que lo apretaban con nudo potente, los labios de pájaro vicioso que chuparon su carne y le regalaron las tres notas de aquella canción…)

El indio Malavé corre. La calle enlunada redobla con el ruido de su carrera, como si mil pequeños tambores de marfil lo rodearan gritando alto su tantán.

La calle enlunada chilla como si mil pájaros de plumas ardientes lo rozaran chillando su ti-ti-tí de fuego blanco.

Empuja la puerta de su casa. Grita:

—;¡Blanca! ¡Blanca! ¡Blaaaaancaga! ”

Y llega la voz soñolienta de la hermana. Y llegan los pasos pequeños de la hermana que se acerca,

—¿Qué pasa, Nicolás?

—Hermanita…

(Están los dos en el patio, bañados de luna, altos

sobre el mundo, rodeados de estrellas, hundidos en luna,

rozados por la seda celeste).

—Hermanita…

Miedo de siglos, terror de instinto y de tabúes, salta

en los ojos de la mujer, hace duro su semblante.

(El brazo potente del indio se enrosca en el anca redonda).

—¿Qué es eso, Nicolás?… Respete.

El indio se echa a llorar. Ríe también con risa de loco. Silba su ti-ti-t1 Cae al suelo, Queda quieto, duro como un cadáver, con sonrisa de luna entre los labios negros, con luna traidora, agresiva, dolorosa, clavada en *’ la verde morenez de su carne.

—¡Nicolás!… ¿qué te pasa?—hay cariño, miedo, dulzura en la pregunta—.

—Hermanita. ..

Jadea el indio. (Mil pájaros de pluma de fuego lo acarician chillando gritos plateados. Mil tambores lo azuzan con redoble de llama. Mil labios de pájaro viciíoso chupan el humo de su carne),

—Nicolás:… ¿qué pasa?… ¡Dios mío!… Se me muere mi hermano…

—Hermanita…

(La voz de ella cruje entre el chillido de los pájaros llameantes, entre el tantán de los tambores ardidos, entre el recuerdo de los labios fogosos).

—¡Dios mío!… Se me muere mi hermano querido!…

* * *

De pronto huyen los pájaros de fuego, callan los tambores llameantes, se apagan anhelantes los encendidos labios.

El indio Malayé, acuclillado, apoya la cabeza entre las manos como una estatua de tristeza,

—Hermanita. Déjame un rato quieto.

—¿Qué pasa, Nicolás ?

—Perdóname, hermanita.

Tras una nube gruesa, se ha apagado la luna de la costa y del mar.

 

El Duque

No sé desde cuándo me llaman El Duque. A veces creo que el cura mismo me colocó ese mote al echarme las aguas del bautismo, al nombrarme Federico, hijo de Carlos Montesdeoca (difunto) y de Teresa Paiva (su mujer).

No sé desde cuándo me llaman El Duque. Ha debido ser cosa de mi madre. Era ella de carácter melancólico y dada a las imaginaciones novelescas. Leía muchos libros de cortesanas aventuras, muy de moda en los tiempos de su juventud. Tenía el pensamiento lleno de marqueses, de intrigas, de combates entre caballeros que discutían cuestiones de honor. Cuando soñaba —y soñaba mucho, acodada en la ventana, frente a la lenta sangre metálica de los atardeceres— sus sueños dibujaban escenas de misteriosos castillos, de manos pálidas que entregan una carta misteriosa, de caballeros que hacen reverencias en el pulido salón de mármoles lujosos.

Mi madre era así. Hundida en un pueblecillo de provincia —una aldea mísera, rodeada por el bosque, con su río al costado como un brazo que descansa—, mi madre no hacía otra cosa que leer tonterías e imaginarlas nuevamente, cambiando los novelescos personajes por ella misma.

Mi madre era así. En sus sueños, Teresa Paiva usaba crinolina de seda, tenía en las manos un pañuelo perfumado, estaba enamorada de un misterioso gentilhombre complicado en negocios de traición.

Cuando Teresa Paiva conoció a Carlos Montesdeoca, sintió —como nunca antes— que estaba viviendo una apasionante narración de amor. Creyó la pobre Teresa que mi padre era aquel hombre pulido, ingenioso, valiente, que lo mismo decía una estrofa amorosa como empuñaba la espada luchadora, honrada, tenaz.

Por lo que he podido saber, ninguna de tales ideas era cierta. Mi padre era —simplemente— un telegrafista alcohólico y pendenciero, recitador, hábil en descifrar charadas y en hacer suertes con las barajas, romántico cantador de melodías tristes cuando los tragos de ron le calentaban la cabeza.

Esas cualidades de mi padre (ninguna de las cuales he heredado yo) fascinaron a una pobre mujercilla que soñaba bobadas mientras miraba los atardeceres desde la ventana de la casa aldeana, y fueron suficientes para que Teresa Paiva —heredera de una pequeña hacienda de cacao— se empeñara en casarse con Carlos Montesdeoca el telegrafista, viviera junto a él en perenne éxtasis de adoración, lo defendiera de todos los ataques durante la vida del marido y, luego de la muerte del adorado consorte, desde la fortaleza melancólica y suspiradora de una viudez estricta.

No sé cómo ni cuándo pude saber estos detalles sobre la vida matrimonial de mi madre. Es verdad, sé muy poco sobre los orígenes de mis conocimientos. Ni siquiera sé por qué me llaman El Duque. Sospecho que todo lo relativo a la juventud y al matrimonio de mi madre me ha llegado a través de los lejanos relatos del boticario Nicolás Delgado, un zambo grotesco, panzudo, marcado de furúnculos y, a pesar de ello, tan delicado y dulzón, tan decidido a dar serenatas ante la cerrada ventana de la alcoba de mi madre, cuando la luna alzaba su disco sobre la aldea pequeña donde yo nací.

El boticario Nicolás Delgado me hacía confidencias, me contaba los principales sucesos de la vida en el pueblo antes de que yo naciera. Sucesos que terminaban siempre con alguna frase relativa a mi madre: «Teresa Paiva era la muchacha más linda del pueblo», por ejemplo, o «Teresa Paiva cantaba muy sabroso y era una joven muy leída», o «Nadie bailó en esta tierra más bonito y más recatado que Teresa Paiva». Tonterías delicadas del zambo Nicolás Delgado, boticario del pueblo.

El caso es que, según versiones llegadas hasta mí —por conducto de Nicolás Delgado o por otros conversadores—, mi madre se lanzó al amor de Carlos Montesdeoca con extraordinaria pasión. Conoció al telegrafista que decía versos, que manejaba las barajas con sorprendente rapidez, que cantaba —en voz baja— cancioncillas melosas, y se enamoró.

Supongo yo, a veces, que la existencia de mi madre era semejante a la de una de esas hojas polvorientas y semipodridas, abandonadas en el barro y que el amor la sacudió, enlazó su delgado organismo, la suspendió por los cielos luminosos, la hizo conocer la cercanía del sol. Poco duró el viaje prodigioso —o, acaso mucho, para ella—. Lo cierto es que, terminado el idilio, gastada la herencia pequeña en absurdas francachelas, muerto el idealizado telegrafista, quedó mi madre vigilando la marcha de un doloroso embarazo, ansiosa de mí, aun antes de mi nacimiento. Para su hijo —exclusivamente maternal— vivió Teresa Paiva. Desaparecido el marido, la hoja que había volado sobre paisajes de maravilla, tornaba a caer al pantano, al polvo, a la podrida paz. Yo imagino que el contacto, el cariño, la continuada y angustiosa ternura que volcaba sobre mí, no significaban sólo terrible amor de madre dolorida, sino también necesidad vital de tener presente, íntimo, inmediato, el testimonio de su aventura milagrosa. Yo hacía saber a la podrida hoja que una vez anduvo en brazos del viento, atravesada de solares amores. Yo decía a Teresa Paiva que aquel sueño violento y encendido, por el cual se transformó en elegante caballero un telegrafista borrachín, había sido cierto; que no era imaginativa bobada, sino éxtasis elaborado con sucesos verdaderos y cabales, con experiencias de Teresilla la soñadora.

Recuerdo que mi madre solía llevarme de paseo hasta la orilla del río que descansaba al costado del pueblo como un brazo amistoso. Yo —el hijo delgaducho, huesudo, pequeño— escuchaba, tendido al borde de su falda enlutada, lo que ella quisiera contar. Tenía la soñadora Teresilla lenta voz de penumbra. Hablaba como si las palabras brotaran de su espíritu con viva lentitud de agua mansa. Decía cosas relacionadas con sus libros de siempre y hablaba, además, del río y del cielo. El río era el único camino de la aldea donde yo nací. Ella —mamá Teresa— me lo explicaba a veces:

—Dejándose llevar por el río se llega hasta el puerto, hasta el mar… Por el río vienen también todas las cosas lindas: los vestidos, los perfumes, las joyas… Al puerto llegan barcos grandes que van hasta La Guaira. Cerquita de La Guaira está Caracas. Un día tú irás allá. Estudiarás. Serás doctor.

Yo escuchaba. Entonces me parecía que el río era camino de verdad, camino como para echar pasos sobre su sombra movediza y plateada, sobre su piel oscura donde bailaban anillos, volutas, cadenas de plata aceitosa.

En aquel tiempo —cuando yo, huesudo, chiquitín, la acompañaba a la orilla del río— mi madre era maestra. No le quedó otro recurso de vida a la lectora de novelas —luego de haber perdido su mínima herencia— que dedicarse a enseñar a los chicos del pueblo las letras y los números. Yo fui también su discípulo. Mis compañeros de entonces —creo recordar— me decían ya El Duque. Mi madre también.

Vine a Caracas a estudiar. Era yo mayorcito. Traía de la aldea pantalones de dril que me llegaban a la mitad de la pierna, blusas que me apretaban el magro tórax, unos cuellos de encaje que rompí avergonzado, al compararlos con la vestimenta viril de los otros muchachos.

La casa del colegio era una casona gris, sucia, vieja. El director, un tal doctor Hernández, amigo de rezos y de disciplinas, calvo, moreno, barrigón. Era viudo y hablaba frecuentemente de las muchas virtudes de su difunta esposa. Yo comparaba sus palabras con lo que sabía acerca de mi madre y de mi padre muerto y sentía por aquel viejo molesto y cansado cierto cariño mezclado de repugnancia.

Andaba siempre solo. Cuando algún compañero se me acercaba y me decía palabras amistosas, yo erguía la cabeza y contestaba cualquier frase petulante. No gustaba de juegos, de carreras ni de pendencias. Me defendía con palabras secas. Recibía unas cuantas trompadas, pero seguía exacto en mi actitud desdeñosa y hostil para los otros. Estudiaba mucho. Era excelente alumno. Los demás terminaron por respetarme, por respetar mi soledad.

Una vez, alguien descubrió una carta que me escribió mi madre. «Mi Duque…» —comenzaba la carta—. Pancho Useche era el nombre del que asaltó mi correspondencia. Pancho Useche o cualquier otro nombre, ¿qué más da…? El caso es que todavía me parece que escucho en el patio del colegio el chillido del compañero:

—¡Ay!… Su mamá le dice el Duque a Federico Montesdeoca. ¡Miren el duquesito de las caraotas!

Yo me le acerqué muy serio.

—Usted no tiene derecho a leer mi correspondencia —le dije—. Es un abuso.

—¡Ay! —chilló el otro riendo—, ¡cómo habla de fino El Duque!

—Deme la carta.

Nos enredamos en golpes y arañazos. Cuando el doctor Hernández me haló por las orejas para separarme de Useche yo apretaba entre los dedos la destrozada carta de mi madre.

—¡Ay, cómo habla! —decía el otro entre carcajadas y brincos—. Parece duque de verdad.

Desde entonces, también en el colegio caraqueño —Liceo del Corazón de Jesús; director, José Antonio Hernández— me dijeron los compañeros «El Duque».

Era algo más que un niño —tendría catorce o dieciséis años— cuando murió mi madre. No recuerdo cómo supe la verdad sobre el acontecimiento. Sí sé que llegó una larga y sentimental misiva del boticario sentimental. Nicolás Delgado «me acompañaba en el sentimiento por la dolorosa pérdida sufrida». Ya entonces yo no lloraba; no porque no fuera sentimental, sino porque se había secado dentro de mí. Acaso el gris colegio carcelario del doctor Hernández y mis empeños de andar apartado de los demás, me habían incapacitado para expresar mis sentimientos libremente.

Lo cierto es que cuando el doctor Hernández me habló, doctoral y bonachón, acerca de mis posibilidades de vida; cuando me explicó que ya no tenía los dineros que mi madre enviaba, pero que podría pagarme la educación dando clases a los alumnos más pequeños, yo acepté el nuevo ordenamiento de mi existencia con tranquila serenidad. Hasta con orgullo, pienso ahora.

—Usted es un muchacho serio —me dijo el director. Usted podría explicar gramática, historia… Ganaría lo equivalente a su pensión: casa, comida, ropa limpia. ¿Le parece…? Usted es muy joven, pero creo que su carácter haría que lo respetaran los menorcitos. ¿De acuerdo?… Yo no podría sostenerlo gratis.

—Creo que no puedo hacer otra cosa, doctor.

—Entonces, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, doctor.

Así entré en el cuerpo de profesores del Liceo del Corazón de Jesús. Me salvé de los rigurosos castigos que hubiera podido merecer (en el colegio había calabozo y se ordenaban penas de latigazos) aplicándoselos rigurosamente a mis alumnos. Creo que me querían, a pesar de todo.

Me parece recordar que cuando los chiquitines decían: «hoy nos toca la clase de historia con El Duque», sonreían satisfechos. El mote con el que me designaban no implicaba impertinencia, sino respetuoso cariño. Por lo menos eso me imagino. Acaso no sea cierto. Acaso El Duque se hacía ilusiones.

He de advertir que no poseo ninguna cualidad de las que se tienen por aristocráticas en este mundo. El hijo de la maestra Teresa Paiva y del telegrafista Carlos Montes-deoca no es cortés, ni elegante, ni cuida con exceso su apariencia exterior. En realidad soy lento y perezoso. Lo mismo para fumar que para hablar, lo mismo para andar esas calles mirando las cosas que para pensar pequeñeces sobre el mundo. Aristocrático no soy. Lento sí. Muy despacioso para llevar el cigarrillo a la boca, para lanzar el humo, para soltar las palabras. La gente confunde a veces lentitud y finas maneras. A mí —ya lo sabéis— me llaman El Duque. Hoy soy un hombre sucio, harapiento, impertinente, alcohólico y continúan llamándome El Duque, como en mi época de colegial. Me odian mis antiguos compañeros. Me desprecian los amigos de otro tiempo, pero me llaman El Duque. A mí me agrada y me divierte el mote. Trae consigo la palabrita un poco de importancia muy interesante para un hombre como yo, que vive del desagrado y de la desconfianza que produce a los demás.

Cuando recuerdo hoy al Federico Montesdeoca que daba clases en el Liceo del Corazón de Jesús —con apenas dieciséis años sobre la flaca osamenta—, sonrío tristemente. Sólo por aquel pobre, sentimental, ansioso Federico Montesdeoca siente lástima El Duque. El Duque no es hombre para gastarse en tristezas y bobaliconerías. Mi oficio requiere firmeza y desprecio de las gentes.

Sin embargo, cuando pienso en Federico Montesdeoca, en aquel otro duquesito de diecisiete años, entristezco; es como si se repitiera en mí el hombrecito de entonces. Absurdo que yo pretenda tener guardada un alma de adolescente dentro de mi asqueante y podrido espíritu presente, pero ello es lo cierto. Siento cariño por mí mismo cuando me pongo a recordar mis años mozos.

La muerte de mi madre produjo en Montesdeoca el colegial, en El Duque del Liceo del Corazón de Jesús, un estado hiperestésico, exaltado, melancólico, tanto más fuerte cuanto que a nadie lo revelaba, cuanto que lo tenía reservado a la más estricta intimidad personal. Un tonto perfecto El Duque de entonces: un tonto a quien El Duque actual profesa sincero cariño y lástima sincera.

Montesdeoca el colegial, profesor de historia para los pequeños, era mezcla graciosa y romántica de sentimientos contradictorios. Por ejemplo… Entre las prerrogativas de los profesores estaba la de leer los periódicos en el corredor delantero del colegio, mientras los escolares jugaban y gritaban. Los profesores leían los periódicos, fumaban cigarrillos y vigilaban a un tiempo mismo los juegos y la algazara de los niños. Montesdeoca, el profesor colegial, gozaba intensamente en estos ratos.

Sentíase importante; hacía graves observaciones a cualquier chiquillo alborotador. Chupaba y botaba las azules guedejas de humo y se hundía nuevamente en el mundo de las noticias. Leía los periódicos totalmente. Primero las noticias internacionales, luego los sucesos de la ciudad, después las notas sobre política, las crónicas literarias, los reportajes pintorescos, la descripción de bailes y acontecimientos sociales. Por fin, corría por el escueto y prodigioso mundo de las páginas comerciales, del movimiento de buques, de los telegramas y cartas detenidos en la oficina central. En este mundo buscaba yo alusiones extrañas a mí dirigidas. En aquella goleta que llegaba a La Guaira, acaso vendría desde el puerto cercano a la aldea donde nací, algún antiguo conocido. Acaso había en el correo una carta para Federico Montesdeoca. Acaso un telegrama…, una llamada del desconocido mundo que dejaba su marca en los periódicos.

Así me recuerdo: tendido sobre los diarios en busca de una señal, de una voz, de una palabra. Federico Montesdeoca pedía a la vida, esperaba de la vida, apasionadamente, la confirmación de que para él —huesudo hombrecillo a quien sus compañeros llamaban El Duque—, existía, guardado en los misterios de la tierra, del aire, del mar, un destino maravilloso. Acaso las sentimentales actitudes de la madre, soñadora aldeana, observadora de los atardeceres, se repetían en el muchacho.

Ahora, El Duque es un poco distinto. Se me ha clavado en la boca una amarga sonrisilla. Apenas un gesto traza su hilo alargado a través de los años: el gesto de asegurar el cigarrillo entre los largos dedos y chupar, lentamente, las volutas azules del humo. Parece ademán de nostalgia, alguna vez; parece garabato de perversa intención, signo de chulería y decadencia en otros momentos. Yo puedo asegurar que es el mismo movimiento que hacía El Duque a los diecisiete años cuando pedía a la vida la marca de un destino a través de llamadas misteriosas: un telegrama azul, la carta de un desconocido, su nombre entre las líneas negras de una noticia periodística.

Cuando me acerco a mis amigos de antaño gozo el más admirable placer de la existencia. Llegué a ser estudiante universitario, periodista, empleado público, poeta. Algún crítico fue capaz de decir que era «admirable promesa de triunfos para la poesía nacional». Se me estimaba entonces. Era buen camarada en la tertulia alcohólica y despreocupada. Decía mis opiniones en forma despectiva y epigramática. Hablaba, realmente, conforme al mote que me habían colocado; era, en cierta manera, el duque de mi grupo literario. Apoyado en el barandal de la Plaza Bolívar—chupando lentamente las volutas de humo— discurría en el corro de compañeros sobre cuestiones de arte.

—Esta tarde de hoy me parece una ensalada de lirios y de papel de seda —comentaba. Y mis compañeros decían que «el duque Montesdeoca tenía mucho talento».

Cuando me acerco a ellos ahora —ya lo dije— gozo admirables placeres. Estoy sucio, raído. Despido un hedor indescriptible en el cual se mezclan ráfagas de alcohol y afirmaciones de miseria. Podéis creer que, desde hace mucho tiempo, no tengo más dinero que el que obtengo de las dádivas de los viejos amigos. Eso es lo que me divierte en grado sumo. Me les acerco como si existiera la camaradería de antes.

—Un cigarrillo —digo.

Ellos alargan apresuradamente el paquete de blancos tubitos llenos de rubio tabaco importado.

—Toma, Duque.

—Cogeré unos cuantos, ¿sabes? No tengo mucha plata en estos días.

Y les miro la cara. Asustados como ratones, indecisos, nerviosos, asqueados por mi decisión de acercármeles y ponerlos en contacto con la miseria. Yo sonrío. Les desagrada también mi sonrisa. Me desprecian. Me odian. Soy para ellos como un insulto, como una confidencia degradante. Yo sonrío. Me les acerco más. Les echo en la cara el tufo insoportable de mis noches de borrachera.

—Un fósforo —pido.

—Toma, Duque.

Sé que me desprecian y yo me divierto, porque conozco perfectamente la naturaleza de sus sentimientos. Si fueran valientes, si se decidieran a golpearme, a decirme injurias, a gritar que me odian, terminaría acaso por fastidiarme el juego. Pero no; están bien educados, son corteses, creen —todavía— en el valor de la amistad, de la camaradería de la juventud. Son pequeños, endebles, miedosos. Me divierto asustándolos, molestándolos, sacándoles monedas.

—¿No podrías prestarme un dinerito?

Hasta los más pobres cumplen con los deberes de la amistad y el compañerismo. Si no pueden regalarme algo, dicen temblorosas excusas. Yo los odio, tanto cuando me dejan unos céntimos como cuando me dicen: «No tengo, Duque. En otro momento…». Vengo del hambre y de la miseria, del vicio, de los sucios calabozos de la prostitución, de la borrachera vergonzosa de los arrabales, de la amistad con hampones y gentes de cabaret que se pudren ante el vaso de alcohol en las podridas madrugadas de la ciudad. Los otros salen de los saloncitos donde hay respetabilidad, palabras atildadas, mujeres que parecen un dibujo lujoso; saloncitos donde se llama whisky al aguardiente, donde la prostitución toma forma de elegante concesión. Yo los odio y hago lo posible por que sientan mi desprecio; ellos suavizan su repugnancia y me dan dinero. Mi profesión es la de pedigüeño. Altísima honra.

En estos días un estribillo anda rondando mis pensamientos. Lo he inventado yo. Es el mejor poema que haya podido hacer. Dice:

Si alguna bala me hiriera,

si una bala me matara,

qué contento yo estuviera…

Repito frecuentemente mi pequeña canción. Me acompaña su sonido desde hace algún tiempo. Digo «si alguna bala me hiriera, si una bala me matara» y me siento tristemente feliz. Suelo canturrear esas frases en algún mesón sucio de pobreza popular y los que están cerca se quedan mirando mi figura e imaginan que soy víctima de alguna tragedia. En realidad, si tragedia hay es la tragedia de todos los días. La vieja tragedia.

Ayer encontré a uno de los antiguos compañeros de la época estudiantil. Yo estaba muy borracho. Me acerqué para pedirle —como siempre— el cigarrillo y unos centavos para el trago. Estaba muy borracho —ya lo he dicho. Sólo cuando estuve al lado del antiguo amigo pude darme cuenta de que iba acompañado por una mujer. Yo le había llamado y él se detuvo:

—¿Qué quieres, Federico?

No me dijo Duque, como los demás.

—Nada. Saludarte —murmuré.

La mujer tenía noble cara; no era una prostituta elegante. Era mujer, verdaderamente, como supongo que hay unas cuantas en el mundo. Yo seguí mi camino. Miré luego a la pareja, apoyado en el poste de la luz. El amigo de antaño iba abrazado a su compañera, mirando las copas de los árboles o alguna estrella enredada en las ramas. Yo canté: «si alguna bala me hiriera». Recordé al muchacho Federico Montesdeoca. Tuve mucha, mucha lástima de El Duque. Me puse a recordar… Supe que El Duque nunca ha tenido nada (apenas un poquito de mala intención).

En un bar cercano me emborraché con un grupo de choferes escandalosos; junto con ellos canté: «si alguna bala me hiriera». Y dije muchas veces: «Pobre Duque». Mañana me vengaré de ese antiguo compañero que me dijo anoche: «¿qué quieres, Federico?». Mañana me vengaré de la canallada de ese amigo. No tiene derecho a hablar conmigo así. No tiene derecho a ser feliz, a tener mujer, como si yo no fuera El Duque, como si yo no fuera pobre, borracho, miserable, como si no comprendiera que lo odio.

Mañana El Duque dejará de cantar tonadillas sentimentales. Mañana, El Duque no recordará. Ni sentirá lástima por nadie. Ni siquiera por aquel otro duquecito de diecisiete años, hijo sentimental de una maestra de aldea, el que busca en los periódicos llamadas misteriosas de su destino. Mañana El Duque pedirá cigarrillos y algún centavo para el trago. Sentirá alegres odios burlones por los que antaño fueron compañeros.

Si alguna bala me hiriera,

si una bala me matara,

qué contento yo estuviera…

Es hoy. Mañana, El Duque…

—Dame un cigarrillo, compañero. Y un dinerito para ron.

—Toma, Duque.

Claro. Así será. Tengo derecho. No sé desde cuándo me llaman El Duque.

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