Jesús Puerta
Capítulo I
Al atravesar las rejas, los alambres cargados con electricidad, un gran portón de madera a la entrada del asilo, le sorprendió el pasillo amplio y luminoso que ofrecía al fondo la vista de un jardín florido y lleno de los colores de las flores. Tanto más le impresionó por el contraste con las pestilencias, las quebradas de aguas negras y la calle destrozada que rodeaban al edificio, que se veía más pequeño desde afuera. Había sentido temor mientras aguardaba que le abrieran la puerta, después de tocar un timbre con un ojo electrónico, la calle estaba vacía. Había montoncitos de gente unas cuadras abajo, pero llevaba en la mano el estuche de una laptop, demasiado atrayente para cualquiera. Eso podía llamar la atención a cualquier ratero. El vehículo lo había estacionado en una especie de garaje al lado del asilo, donde un hombre gordo y moreno, de sucia franela rosada, le había recibido con una tranquilizante sonrisa y una inquietante AK.
Por dentro, el silencio se imponía en una edificación de dos pisos, con un gran jardín central, llena de puertas y ventanas, pulcros y de suaves colores. En el patio interior, destacaban, ubérrimos, un mango y un par de chaguaramos. Le había abierto el portón una monja de expresión ceñuda, labios delgados y mentón pequeño que hacía que se notara una creciente papada, en un cuerpo más bien ligero.
Al avanzar por el pasillo que enmarcaba el gran jardín central, se encontró con pequeños grupos de ancianos sentados que charlaban animadamente, aunque quedaban en silencio al apenas ella acercarse. La miraron en una actitud que ella no supo si atribuir a la extrañeza, la alarma, o incluso, al rechazo. Aquellos ojos, idénticos a pequeños botones torpemente fijados en el medio de dos nidos de arrugas, parecían estarle escrutando y hasta juzgando. La monja que la guiaba, por otra parte, tenía una actitud de suma gravedad que imponía un férreo control sobre cualquier entusiasmo. No era la primera vez que venía. Antes había acudido a buscar, a toda carrera, la caja donde habían metido el cuerpo de Papá, a pocas horas de haber conseguido su cuerpo inerte y haber revisado, la policía, el cuarto y el baño donde lo hallaron tirado. Los hombres que había contratado llevaron aquella carga al camión que luego se desplazó raudo hacia el cementerio en las afueras de la ciudad. El certificado de la muerte se lo había facilitado, por cortesía, un médico amigo de sus primas. Con el documento, Leima logró obtener el acta de defunción en el registro para poder gestionar el desplazamiento del cadáver, no sin antes tener que pagar sendas sumas a los funcionarios. Hubo un breve velatorio en la misma pequeña capilla del camposanto. Estuvieron sus primas, ella, su niña y los enterradores, a quienes también hubo que pagar. Papá tal vez no habría aprobado esos rezos en los que sus primas se empeñaron y en el que también hubo que poner una suma en las manos de un cura viejo y muy delgado.
Ahora volvía al asilo para examinar las pertenencias de Papá.
– Pase. La Directora la está esperando-, dijo la adusta monja. Leima obedeció como si fuera lo más natural del mundo. Siguió a la religiosa hasta la oficina que quedaba subiendo unas escaleras de ladrillos rojos. Allí fue recibida con callado respeto por una mujer alta, de ojos claros de metal. Luego de unos breves saludos y las condolencias debidas, la directora le indicó que siguiera a otra monja
– Le llevará hasta donde fue la habitación de su padre… La esperaré el tiempo que requiera…
La monja que la guió le dijo que la policía recién había retirado la cinta de plástico amarillo. Los ancianos se habían reunido en una esquina del jardín para observarla con una decantada curiosidad. En breve, abrió una puerta y la claridad del patio entró regocijando aquel cuarto estrecho. Leima echó un primer vistazo: “Aquí está, en cinco cajas de cartón, todo lo que nos legó Papá”, pensó Leima.
Allí estaba el legado: veinte libros de su breve biblioteca. Lo que quedó de aquella inmensa, infinita biblioteca, que abrumaba las paredes hasta el techo de dos cuartos completos de la casa, y que a ella se le venía encima desde la infancia. Estaban también los cuadernos de su última hora, sus carpetas con hojas sueltas y hasta un pendrive rojo con el logo de la Universidad donde él había trabajado durante casi toda su vida.
El legado era una acumulación obsesiva, un montón de cosas muy suyas en cinco cajas de cartón, una sobre el pequeño escritorio del cuarto que le había sido destinado en el asilo, otras dos colocadas junto a la estrecha cama. El resto en el suelo, colocadas de cualquier manera. Tal vez él mismo fue juntando todos aquellos papeles, lenta y metódicamente, como una rutina reconfortante, o quizás fue una enfermera llena de caridad la responsable de arrumarlo todo. Leima se inclinó por la primera posibilidad: había sido su propio padre quien, con toda la premeditación de una obsesión, había realizado aquella tarea con una fría paciencia, para que, una vez consumado el suicidio, cualquiera pudiera recogerlo sin problemas. Así era su Papá.
¿La policía había revisado ese material? No, no lo sabía. En realidad, aquel montón de basura de papel era irrelevante para cualquier investigación policial. Enseguida cayó en cuenta de que hablar de actividad de investigación policial en este país, no tenía sentido. No sólo por la situación precaria de cualquier cuerpo de seguridad del Estado en este país, entre los cuales, los únicos que se habían actualizado con tecnología y procedimientos, habían sido los que tenían fines específicamente políticos. No era precisamente para combatir el hampa que funcionaban esas cámaras y esos drones facilitados por los chinos. Todos los cuerpos policiales se sometían a la fragmentación de hecho de todo el territorio nacional, entre las áreas dominadas por las bandas criminales o por las facciones políticas, apoyadas por una u otra potencia extranjera o corporación minera. El sólo hecho de llegar al asilo, desde la casa de las primas, había sido una larga y aterradora sucesión de alcabalas, puestos de vigilancia, revisiones, exhibición de ridículos salvoconductos, pagados por divisas contantes y sonantes, traídas desde fuera, y revisados por muchachos armados hasta los dientes con fusiles que casi les superaban en estatura.
Había sido evidente que el anciano, o había muerto a causa de un accidente (simplemente, lo obvio: un viejo, todavía fuerte, resbala en el suelo húmedo del baño, cae aparatosamente y se da en la cabeza contra el quicio de la ducha; nada excepcional ni raro; aunque, ante esta hipótesis, habría que preguntarse ¿dónde estaba la enfermera o la monja que cuidaba al viejo?¿Siempre lo dejaban solo cuando hacía todas esas delicadas maniobras y pasos dancísticos con su aparatosa andadera, para entrar a la ducha o salir de ella?)
O había sido algo adrede, un suicidio, como lo sugería la nota de la que le hablaron cuando le informaron del suceso, la cual había dejado el septuagenario cuidadosamente extendida sobre la cama de su habitación. Si este último era el caso, lo embarazoso resultaría ser explicar la decisión fatal. Ya sería un poco más complicado. Labor del psicólogo o psiquiatra que atendía a los vejetes, quizás.
La depresión no es rara en este montón de pasado humano. Papá tenía sus cosas. Pero entonces ¿cómo quedaba la competencia de ese psicólogo o psiquiatra que no pudo detener esa decisión? Ya lo vería Leima y le reclamaría airada. Sabía de antemano que sería inútil, pero lo haría de todos modos. Tal vez la nota de Papá estaba dirigida a un filósofo o a alguien muy lejano de este mundo vulgar de monjas, ancianos quejosos, enfermeras, psicólogos, criminales en las calles e, incluso, policías esperando y exigiendo sobornos.
Leima sacudió la cabeza espantando esos sentimientos que como moscas feroces amenazaban con hacerle perder el control, la incitaban a disgustarse con su padre muerto, formarle un lío, reclamarle furiosa, airada, irrespetuosamente, insultarlo, sacudirlo, querer golpearlo con una pizca de odio, por atreverse a reventar su conquistada serenidad y comodidad, lejos de casa, lejos de su país, su lengua, sus amigos de la adolescencia, equilibrio que siempre supo extremadamente frágil como para soportar las implicaciones de esa muerte metida ahí, a la fuerza, en su vida, por capricho de su padre. Pero hubo un giro. “Así se sentiría”, barruntó con una repentina compasión, en un violento cambio de dirección de sus emociones, que le ocasionó el mareo insoportable, propio de las violentas corrientes de una difusa y revuelta culpabilidad.
Le sorprendió de pronto el dolor hincado en su pecho por esta su ausencia, parada allí a su lado, mirando lo que quedó, el resto insignificante de su inquietud amada. Repentinamente había estallado en su desnuda supervivencia una ola cruel y gigantesca. La certeza de la muerte de su padre hizo añicos la frágil y falsa serenidad con la que contemplaba sus cosas más propias.
Rompió a llorar. Se sienta en la cama que fue el lecho de su padre. La sacuden los bruscos latigazos con los que despiadadamente la castiga la tristeza. Los gemidos brotan en violentos partos de rabia y dolor. La reducen a una criatura reciente y senil a la vez, clamando por el tiempo, por su partida, sin consuelo. El duelo es un tormento del último de los infiernos del amor.
No entiende la turbulencia de emociones que destroza cruelmente lo que queda de sus razonamientos, como una diminuta barca a merced de las inmensas agitaciones de un mar violento. Se yuxtaponen preguntas hirientes e impertinentes. Ya basta. Cómo va a saber los porqués. Los sentidos de los silencios acumulados durante años que, de golpe, se hicieron décadas, senilidad y ahora muerte. Se descubre a sí misma acusándolo de crueldad, de abandono, de indiferencia, de lo contrario tanto al odio como al amor. Lo sindica de haberla herido, agredido, golpeado, si no con las manos, sí con su ausencia injustificada. Lo señala, le acusa de desconsiderado, con ella y con su madre. Las abandonó a las dos. Las maltrató. No las golpeó ni empujó, pero ¿no fue maltrato esa desaparición? El fue desconsiderado con ella en particular, ella que vivía tan tranquila, tan cómoda, tan con su bella hija y su solvente marido, en un país no tan lejano, pero sí, definitivamente sana y salva de los desastres de esta nación que terminó por negarse a comprender. Era lo mejor que podía hacer, lo más racional, repetía una cantinela que intentaba convencerla sin mucho éxito.
Y empieza a sentir que el instrumento de tortura ahora se dirige hacia ella misma. Se aplica dolorosamente, como un instrumento de dolor, la idea de que fue ella la que lo abandonó. A él y a todos. Dejó su tierra y a su padre. Se fue impulsada por un inconcebible egoísmo. Se hizo objeto del desprecio imaginario de su padre, aunque él nunca dijo nada, ni siquiera con esos ojos que siempre amó tanto. Cómo rogaba conseguirlo, no más que para decirle cuatro cosas, gritarle, llorar para terminar hipeando en sus brazos, como la niñita que se ha caído y se cobija en él. Una excusa pudo haber sido aquel regalo insidioso: una aplicación de Internet en su celular, que le permitiría conocer y controlar, no sólo la localización de su marido, sino todas sus llamadas, números y duración, extrayendo de los datos de las personas con quienes tuviera contacto, las constantes de esos encuentros y hasta gráficos para comparar los factores en juego ¿Cómo fue que le consiguió Papá ese instrumento de acoso? ¿Para qué incentivar los celos hacia el nuevo yerno? ¿Por qué no regalarle otra cosa, más útil, más cariñosa, más edificante?
Un nuevo latigazo le arrancó otro gemido. Ahora se descubría el demonio de la culpa. Le abrió un fresco surco de dolor en la piel de su alma. Ella lo había encerrado allí. Lo había dejado solo. Y hasta había pagado por ello, no sin refunfuñar contra su hermano, que no aportó nada. Ella fue la culpable de su soledad y quizás hasta de su locura senil. Ella, o más bien su abandono, fue la causa de la decisión del amado anciano, de su depresión profunda. En vano recuerda que lo acordaron, primero ella y su marido, luego saber los porqués. Los sentidos de los silencios acumulados durante años que, de golpe, se hicieron décadas, senilidad y ahora muerte. Se descubre a sí misma acusándolo de crueldad, de abandono, de indiferencia, de lo contrario tanto al odio como al amor. Lo sindica de haberla herido, agredido, golpeado, si no con las manos, sí con su ausencia injustificada. Lo señala, le acusa de desconsiderado, con ella y con su madre. Las abandonó a las dos. Las maltrató. No las golpeó ni empujó, pero ¿no fue maltrato esa desaparición? El fue desconsiderado con ella en particular, ella que vivía tan tranquila, tan cómoda, tan con su bella hija y su solvente marido, en un país no tan lejano, pero sí, definitivamente sana y salva de los desastres de esta nación que terminó por negarse a comprender. Era lo mejor que podía hacer, lo más racional, repetía una cantinela que intentaba convencerla sin mucho éxito. Y empieza a sentir que el instrumento de tortura ahora se dirige hacia ella misma. Se aplica dolorosamente, como un instrumento de dolor, la idea de que fue ella la que lo abandonó. A él y a todos. Dejó su tierra y a su padre. Se fue impulsada por un inconcebible egoísmo. Se hizo objeto del desprecio imaginario de su padre, aunque él nunca dijo nada, ni siquiera con esos ojos que siempre amó tanto. Cómo rogaba conseguirlo, no más que para decirle cuatro cosas, gritarle, llorar para terminar hipeando en sus brazos, como la niñita que se ha caído y se cobija en él. Una excusa pudo haber sido aquel regalo insidioso: una aplicación de Internet en su celular, que le permitiría conocer y controlar, no sólo la localización de su marido, sino todas sus llamadas, números y duración, extrayendo de los datos de las personas con quienes tuviera contacto, las constantes de esos encuentros y hasta gráficos para comparar los factores en juego ¿Cómo fue que le consiguió Papá ese instrumento de acoso? ¿Para qué incentivar los celos hacia el nuevo yerno? ¿Por qué no regalarle otra cosa, más útil, más cariñosa, más edificante?
Un nuevo latigazo le arrancó otro gemido. Ahora se descubría el demonio de la culpa. Le abrió un fresco surco de dolor en la piel de su alma. Ella lo había encerrado allí. Lo había dejado solo. Y hasta había pagado por ello, no sin refunfuñar contra su hermano, que no aportó nada. Ella fue la culpable de su soledad y quizás hasta de su locura senil. Ella, o más bien su abandono, fue la causa de la decisión del amado anciano, de su depresión profunda. En vano recuerda que lo acordaron, primero ella y su marido, luego entre los dos hermanos. Se limitaron a informarles a unos primos lejanos, que hacía mucho tiempo que no querían saber de ese país suyo.
¿Qué conciencia podía tener Andrés? Él, con su vida, alejado, tan remoto, en el otro lado del mundo, en China, nada menos, haciendo su vida desde hacía tiempo. No: había sido ella, ella sola, la que estaba más en contacto; la que, tal vez, se fastidió simplemente del viejo y sus achaques, sus locuras y sus necedades. La que no lo entendió. La que no lo amó. ¿Cómo pudo pensar siquiera en dejarlo solo, encerrado en esta pocilga, en esta cárcel perfumada, rodeado de estas monjas con aspecto de verdugos? Ella era la única asesina de su propio padre.
Con el desespero del ahogado, al fin emergió de las espesas aguas de la tristeza, de los crueles remoLios de la culpa, adolorida de la tortura que se había infligido ella misma, retomó las fuerzas de una fuente misteriosa y comenzó a mover sus cosas, a hurgar, a levantar el polvo que le produce escozor en la nariz; procede a abrir una caja, la del escritorio, abrir los legajos y cuadernos, como si buscara un improbable mensaje entre aquellos viejos y sucios papeles. Sin ninguna otra razón que la curiosidad, se detuvo en las cuartillas guardadas en una carpeta marrón.
Aquí todas son brujas. Comenzando por la tal Tita esa. Es perversa. La pura maldad. Pero las demás no se quedan atrás; le siguen de cerca en crueldad y mala intención. Viejas brujas. Brujas viejas.
Nosotros, en cambio, preferimos estar alejados. O quedarnos en la habitación, sobre todo cuando ellas compiten en maldad. Se dañan entre ellas pero prefieren y disfrutan hacernos cosas terribles a nosotros, los hombres. Los viejos. Nos llaman los ancianos. O peor: los viejitos. Como si ellas fueran unas carajitas… Esa Tita. Una vez se lanzó a propósito por las escaleras, con el riesgo de matarse de verdad. La osteoporosis no perdona. Podía salir de ahí, mínimo, con la cadera fracturada. Pero era para satisfacer sus ganas de hacer daño, de intrigar contra la Hermana Superior que nos cuida tan bien. Lo hizo porque era día de visita y su hija iría al asilo con el marido. Cuando ésta se alarmó al ver sus moretones, dijo: “Fueron las monjas. Ellas nos torturan, especialmente la hermana Carmen” y clamando con una voz apenas sibilante, una voz sin voz, como sacada de la ultratumba de sus pulmones desfallecientes, antiguos, como una culebra inmensa, de esas que descansan enrolladas en las ramas de los manglares, silbó:“Tienes que sacarme de aquí. Es una coñoemadre”. A la hija le dio un soponcio de la angustia y ella ahí, contemplando su obra, su gracia, brillándole los ojos de bruja, con ese teatro. El yerno no comió cuentos, agarró por el brazo a su mujer y le habló aparte. Luego, los dos fueron donde la Hermana Superiora. Salió como plancha e chino. Todos sabían que era un invento. La llamaron. Salieron al rato. Yo preferí devolverme a mi cuarto. Creo que todos hicimos lo mismo, menos Pedro, que se le pasa en la luna. La arteriosclerosis ya lo jodió. A mí lo que me hace es olvidar vainas. La ventaja es que mi hija me trajo hace tiempo estos libros y estas libretas para escribir tonterías. Se lo rogué. Ahora recuerdo, fue cuando me trajo aquí. Yo, feliz, en realidad. ¿Qué más iba a hacer sino leer y escribir? No me iba a poner a rezar como hacen las viejas brujas. Toda la vida he sido orgullosamente ateo. No creo en esas vainas. Además, ya yo sabía que iba a terminar de viejo aquí. Siempre soñaba con el momento en que me recluiría por fin a leer algo. Lo que me jode es la vista. Pero sólo un poco. Gracias a Dios todavía tengo ojos. Aunque se me cansan mucho. Los nuevos lentes que me consiguieron fueron los mejores regalos desde hace mucho tiempo. Esto es ideal. Salvo por las viejas brujas. Hay unas bobitas. Pero son igual de malas, perversas, crueles y despiadadas. Una, la que se llama Luisa, se pone a cantar a cada ratico.
Nadie es, por supuesto, como ella, la que me cuida y siempre está pendiente de este pobre viejo.
En estos días vinieron unos muchachos de la universidad a echar cuentos. Nos lo había anunciado emocionada la monja. Creo que se llama Carmen…o Petra…No me acuerdo. Bueno, eso fue hace días que vinieron. Ya los habían anunciado.
Cuando levantó los ojos de la escritura, descubrió incrédula cómo había pasado el tiempo, varios minutos, quizás media hora, la hora completa que había planificado estar allí. Pero prosiguió en su búsqueda imposible, hasta que comenzó a esbozar un método, un cierto orden. Del azar surge la necesidad. Extrajo de su estuche la laptop. Le instaló el pendrive. Abrió los archivos. Es evidente que Papá (qué dulce le suena en su desamparo, ese apelativo que es también un llamado) había deseado escribir un libro completo, una novela, un tratado o un conjunto de relatos, pues había acumulado una cantidad importante de papeles escritos, así como archivos en su pendrive, debidamente organizados en carpetas tituladas a veces con números que sugieren fechas; otras, tienen palabras como “ego”, “el otro”, “saber”, “sabiduría”, “método” y demás, que esbozan pedazos de filosofías. Por ejemplo, este texto se titula “El Otro”:
Todos necesitamos que alguien nos mire con aprobación o con disgusto. Ser-para-el-otro (Lacan ¿El Gran Otro? ¿Levinas?). Identificación Simbólica: Ideal del Yo: lugar en la estructura semiótica. Somos, para nosotros mismos, el protagonista de la película o el cantante en el espectáculo. Ahí hay egocentrismo. Pero buscamos aplausos, caricias; por eso nos afectan los abucheos. El ego sufre por los otros (el Gran Otro). Siempre estamos pendientes de la interpelación del Otro. Nuestro público está adentro. Se nos internó en algún momento de nuestro crecimiento. En el avance por la cinta de Moebius que es nuestra subjetividad. Internalizamos al Otro.
¿Ante cuál mirada vivo, actúo, soy?
¿Ante la de mamá?
¿Luciéndome en el acto escolar? Canto. Me luzco.
¿Ante la de mi familia: cantando en la reunión familiar? Apariencia de integración, armonía y alegría.
¿Ante la de una esposa, delegada maternal de mi cuidado?
¿Ante la de la «organización»? La lucha ideológica activa. (El enemigo de clase, el pequeño burgués, está adentro y hay que combatirlo).
¿El Partido? Mis amigos entrañables, muchachos compañeros de mi vida. Hermanos. Aprendizaje de la triste malicia machista.
¿Ante la de la otra esposa arrecha? (El reclamo, el insulto, la culpabilización, demostración de tu irresponsabilidad, tu vileza, tu infidelidad, tu crueldad, tu maldad, tu culpa, tu abandono).
Explora esas miradas.
Sé que debes decidir, querer-poder, tener la voluntad fuerte, la determinación simultánea de ti mismo y de tus objetivos.
Pero, si los otros están en mí, ¿quién decide en mí?
¿Ante cuál mirada me ofrezco?
Tal vez estoy decidiendo estar bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Trascendentes. Simbólicas. Jesús, Buda, Lennon, Marx, Nietzsche.
Explora esas miradas. ¿Qué observan? ¿Qué miran? ¿Qué quieren ver? ¿Qué quieren de mí?
¿O todo eso es sólo otro escape?
Sólo quisiera que me miraras como te miras al espejo y me dijeras la verdad definitiva, Tú, la que me cuida.
Leima quitó el pen drive, lo introdujo en su cartera y apagó la portátil. Era suficiente.
En cuanto a los libros, Leima se preguntó si todavía él los leería o releería. Posiblemente los conservaba, o mejor dicho, la administración del asilo le permitía mantenerlos como amuletos, plausiblemente recuerdos de sus tiempos de lector empedernido, cuyos lomos contemplaba con sus ojos cansados, casi ciegos, pero desbordantes de recuerdos. No tenía que abrir esas cajas para saber que allí estaban las obras escogidas de Marx y Engels, “La insoportable levedad del ser” de Milán Kundera, “Crimen y castigo” de Dostoyevski, por supuesto, su novela favorita. Quizás “El pequeño arquitecto del universo” de Briceño Guerrero o un volumen de cuentos de José Balza o de Cortázar. Seguro “Así hablaba Zaratustra”, “La genealogía de la moral”, “Humano, demasiado humano” y “Aurora” de Nietzsche.
Volviendo a sus escritos, suspiró ante la sorpresa y el misterio. ¿Cómo habrá reunido la suficiente voluntad, la fortaleza, la disciplina, para escribir en este pequeño cuarto, abriendo paréntesis en la rutina que debió parecerle diabólica, propia de la institución que odiaba, sobreponiéndose a la depresión que, a todas luces, fue lo que lo llevó al suicidio? Es verdaderamente admirable. Su pobre padre. Se lo imaginó, encorvado, sobre el escritorio, escribiendo trabajosamente en su cuaderno. Su Papá, en nueve metros cuadrados de soledad.
La directora del establecimiento, una monja alta, muy blanca, tal vez de origen alemán, le había dicho que quería hablar con ella antes de irse. Le intrigó esa convocatoria, la actitud de la religiosa, amable por supuesto, pero teñida de cierta severidad fuera de lugar. Salió del cuarto de su Papá justo cuando una muchacha se disponía a limpiarlo y acomodarlo, con seguridad, para destinarlo a otro inquilino. El establecimiento, a pesar de todo, es amplio y acogedor. Y eso que para llegar por esa calle llena de huecos y grietas, para atravesar la entrada, tuvo que saltar por encima de una gran quebrada de aguas negras pestilentes. En contraste con ese exterior lamentable, el asilo tiene un jardín interior. Los pasillos son amplios. En ellos, los ancianos y las ancianas descansan en sus sillones contemplando el jardín central, la vegetación fresca, vital, en la cual destacan las flores. Bueno; bastante cara fue la estancia de papa aquí. Era un espacio protegido por una burbuja, que dejaba afuera algo que fue un país, las batallas campales entre bandas, las bandadas de niños harapientos y feroces, los adolescentes en cuya estampa contrastaban la sonrisa y el fusil colgado del hombro escuálido. Las calles destrozadas por las bombas o por el simple descuido y olvido. La burbuja estaba garantizaba por la cuota de protección que se debía pagar a las bandas criminales que dominaban en el sector.
En conclusión, había valido la pena guardar allí a su padre anciano. Alejandro fue muy generoso al contribuir al financiamiento de los últimos años de Papá, que no llegaron sino a los seis meses. Se respira tranquilidad en el jardín central de este asilo. Un pacífico silencio. Al menos lo parece, pensó. O tal vez era el contraste que hacen las cayenas, las rosas, la clitorias y los girasoles, no sólo con el exterior de una nación dividida por las descargas de las ametralladoras y el odio de dos tiranías que disputan el mismo territorio, sino también con su desesperación de hace unos momentos, por el caos terrible de sus sentimientos. Esta paz vegetal era justo lo que necesitaba su inquieto padre en sus últimos días. Su “loquito” de cabeza blanca. Leima se dirigió hacia la dirección del establecimiento para su entrevista.
– ¿Desea un té, una infusión? –. La directora era una monja alta, blanca, de pelo blanco y ojos claros, con rasgos europeos.
– Gracias.
– ¿Revisó sus documentos, sus cosas? Su padre leía mucho. Claro, aquí sólo tenía algunos libros. Supongo que releía. La vista no lo ayudaba. Por eso, la cuidadora a cargo le leía. Y escribía también. Mucho…
– Siempre fue así…
– Tome…De todas las cosas que escribió su padre, tal vez esta es la más importante…- y le extendió una hoja con la inconfundible letra de Papá. Leima leyó con fruición:
A quien consiga esta notita:
Reivindico mi derecho de decidir cuándo terminar. Esta vida ya es tan solo dolor, sin poder leer, escuchar bien la música, amar a una mujer, batallar por la suerte del país, sin poder recordar incluso lo que acabo de hacer. La vida vale la pena, pero ni siquiera me alcanza para seguir apenándome. Prefiero ahorrarla para poder realizar el esfuerzo de aguantar la respiración y dejar de respirar. Aplicar la vida para dejar de vivir. Última paradoja de lo que fue siempre una cadena de paradojas. Toda la culpa es mía. O más bien: todo el mérito es mío. Quisiera que no se pensara mal de ella, de la que me cuida. Ni de esas pacientes mujeres. Las despedidas deben ser cortas y sin mucha conversación para no tener el pretexto de quedarse.
Adiós.
No había sido una nota suicida “normal”. Claro, no hay tal cosa, pero ¿qué era eso de reivindicar “el derecho de decidir cuándo terminar”, de justificar su propia muerte con la pérdida de su vista, de su oído, de su fuerza, de su habilidad para bailar? ¿No vale la pena vivir sin nada de eso? ¿Y los mensajes edificantes, recortados y acumulados también en esas carpetas, que giran alrededor de algún ciego que pudo escribir una serie de novelas, otro pequeño ser sin brazos y de piernas deformes que toca deliciosamente la guitarra, un paralítico que gana una carrera olímpica, un Down que saca su doctorado?
Era una apología a la insensatez. Le tomó la foto a la nota para enviársela a su hermano Andrés al otro lado del mundo, a ver qué comentario se atrevía a hacer. Él siempre había sido para ella un interrogante, alguien que tenía que ver con ella desde las antípodas del planeta o desde el lado oscuro de la vida de Papá, su engendro con una mujer hacia quien sólo podía sentir rabia, ira, si no odio. La última travesura de un hombre que durante toda su vida se permitió bromas terribles, como esa de dejar de mala manera a su familia. Le indignó profundamente y le siguió indignando, como si la circunstancia retornara eternamente, esa actitud tan desconsiderada. Ni siquiera en la nota suicida había mencionado a sus hijos, mucho menos a sus mujeres; esa nota tan sarcástica, tan egoísta, tan… ¿peligrosa? ¿Cómo calificarla? ¿Simplemente una locura senil?
– Era tremendo…- dijo la monja e insinuó una breve risita que le provocó a Leima una mezcla de indignación y curiosidad. Entendió al fin que la intención era aligerar un poco la situación después del impacto de la nota.
– ¿A qué se refiere?- , preguntó Leima tomando aliento, buscando la calma.
– Nunca le hablé de eso. Varias viejitas se quejaron de él. Incluso, sus familiares. No se lo había querido comentar, porque son cosas cotidianas, tontas, juegos de estos niños arrugados y llenos de sabiduría y malicia a la vez. Además, usted no se hallaba en el país, y aquí estaba pendiente de él todo el personal, especialmente Francis, la enfermera que se ocupaba específicamente de él…
El relato que entonces le hizo la religiosa en realidad no la asombró. Papá se burlaba de los oficios religiosos, de la costumbre de los rosarios cotidianos de las amigas ancianas que compartían aquellos pasillos. Incluso a veces cayó en la irreverencia y la sorna ofensiva. Les largaba insultos a todos: ancianas, compañeros en las últimas, religiosas, unos discursos blasfemos, llenos de frases extraídas de intrincadas filosofías y chispeantes ironías y bromas escatológicas y pornográficas, con una voz que habría podido ser potente y agotadora, si sus pobres fuerzas se lo hubieran permitido. Con la única con quien siempre era gentil, era con Francis. A veces, dijo la monja con una risita, hasta le declaraba su amor. Su hija no pudo evitar sonreír.
– Sí, era muy divertido; pero hubo una circunstancia….su padre nos dio un gran susto. Estuvo a punto de producir una desgracia a pesar suyo…Y eso fue hace poco. Un par de días antes de su deceso.
Leima sonrió con amargura. Qué peor desgracia que su suicidio
– ¿Cómo fue eso?
– Claro. Disculpe. Ya sé que las circunstancias son demasiado dolorosas. Yo, como religiosa… sabe que eso de quitarse la vida a sí mismo, va contra los mandamientos de Dios. Pero le aseguro que siento una gran compasión hacia su padre y rezo por él todas las noches.
Leima suspiró hondo para controlarse.
– ¿Eso era todo lo que me iba a comentar?
– ¡Oh, no! Ocurre que cuando llegó su padre se integró al grupo. O por lo menos, eso parecía. Pero a los pocos días, comenzó a discutir mucho con las señoras. Específicamente con una. En una oportunidad, llegó a insultarla muy feo. Con ese tono de voz suave, pero tan ácido que usaba a veces.
Desconcertada, Leima se preguntó cómo reaccionar. Aquellas palabras merecían una respuesta airada ¿O, más bien, una sonrisita cómplice? O el silencio, más bien. Quien calla, no otorga. Puede que exprese más bien su deseo de otra conversación, de otro interlocutor, de otro lenguaje inclusive. El silencio a veces es la respuesta más contundente. Pronto su propio cuerpo, en forma de náusea, le dio la respuesta ¿Cómo se atreve aquella vieja a referirse así a Papá? Ya era suficiente ofensa comenzar a hablar mal de él a nombre de una religión carcomida por la corrupción hasta los cimientos. La monja observó algo en su cara por lo que bajó la mirada y el tono de la voz.
– De verdad, disculpe. No quiero ofender la memoria de su padre. Aunque usted no lo crea, lo quería mucho. Le tomé mucho cariño en el poco tiempo que nos acompañó. Siempre Francis estuvo pendiente de él: le preguntaba cómo seguía, si tomaba sus medicamentos, si se sentía bien. A veces él se resfriaba y eso lo tumbaba. Otras, le daba diarrea. Enfermedades de bebés. Pero con la adecuada atención, siempre se recuperaba rápidamente. Francis siempre fue muy especial con él. Pero aquellas circunstancias fueron de verdad complicadas. Por supuesto, no es nada raro que se produzcan discusiones entre los viejitos, pero es que su padre era demasiado insistente y duro en sus ofensas.
– Pero termine de decir qué fue lo que pasó.
– Está bien-. La religiosa tomó aliento-. Ocurre que hace unos días, dos antes del deceso de su querido padre, él montó en cólera, no sabemos por qué, y se le abalanzó, con puños y todo, a una de las viejitas de aquí, la señora Flor, vociferando insultos feísimos, obscenos. La empujó y menos mal que las amigas y una enfermera que se acercó al lugar del altercado, la sostuvieron casi en el aire, porque estuvo a punto de caer, mejor dicho, cayó pero en seguida la recogieron. Eso fue por unos escalones que dan al jardín, y usted sabe que un accidente de esas características puede llegar a ser mortal entre los alojados en este asilo. Pudo haberse fracturado la cadera o algo parecido. Pudo… morir. Los familiares, al saber los hechos, se quejaron y tuve que decirle a Francis para que le hablara y lo calmara… Pero usted sabe que su padre nos rechazaba a todas las monjas de aquí, simplemente por el hecho de serlo. Con la única con quien bajaba la guardia era con Francis. En aquella oportunidad, de todos modos, tuvimos que recurrir al psiquiatra que muy amablemente viene para acá de vez en cuando. El habló con su Papá…
– ¿Y?
Nuevamente, la monja suspiró.
– ¿No le gustaría hablar con él, sobre su padre? Tal vez también le gustaría hablar con Francis, si lo desea…
Leima se sentía furiosa, triste, curiosa, todo a la vez. Su pobre integridad parecía el cuero de un tambor, templado por todas partes por fuerzas de sentido contrario. Temblaba ¿Por qué? ¿Era esto una falta de respeto? ¿O más bien una considerada atención? ¿Qué podía decirle el psiquiatra acerca de tantas cosas, comenzando por esa decisión de matarse? ¿Papá le habría hablado de ella y de su hermano? De pronto, se le ocurrió algo para ganar tiempo.
– ¿Y ese fue el psiquiatra que atendió a Papá justo antes de suicidarse?
– Sí. El doctor Clastres.
– ¡Por Dios! O es un estúpido incompetente o un maldito asesino- Leima estaba alzando cada vez más la voz sin darse cuenta- ¿Cómo fue que no ayudó a Papá en esa situación depresiva? ¿O será que sus conversaciones más bien desataron esa decisión en Papá?
– Bueno, cálmese, por favor. Si no lo desea, no le hable-. La monja casi susurraba, obligando a Leima a reducir la intensidad de sus impulsos-. Él me manifestó su interés porque entiende, además, que la familia debe estar afectada por las circunstancias de la muerte de su padre.
Estalló en llanto. La monja, compungida fue y le sirvió un vaso de agua. Le colocó la mano en el hombro e intentó abrazarla.
– Es mejor que se calme. No tiene por qué darme una respuesta de inmediato.
Leima se calmó al fin. Lo habían enterrado hacía sólo dos días. Su niña se había quedado tranquila en casa de sus primas, aunque no entendía muy bien por qué Alejandro, su marido, se había negado a quedarse con ella, allá, en San Francisco, sabiendo las dificultades de este país paupérrimo, destruido. Su hermano por lo menos había telefoneado, con video y todo, desde tan lejos, el otro lado del mundo. Tomó aliento, se secó las lágrimas y dijo:
– Vamos a hacer una cosa. Si puede, deme el teléfono del tal psiquiatra. Yo lo llamaré si decido al fin hablar con él. Estaremos una semana más en este país, visitando a unos familiares, haciendo unas diligencias. Antes de regresar a Estados Unidos, le llamaré. No le doy ninguna respuesta por ahora. Si quiere le informa eso al psiquiatra.
Al salir, en el corredor que da a la puerta de salida, una monja de unos cuarenta años, se le acercó a Leima. Le preguntó si era la hija del señor Fuentes. Entonces le dio sus sentidas condolencias y se presentó como Francis, la que se encargaba de su padre, lo cuidaba, lo bañaba y atendía hasta en sus actividades más íntimas, sus necesidades fisiológicas.
– ¡Oh, gracias, señora! – contestó conmovida Leima-. Muchas gracias. Seguramente vendré otro día para que hablemos. En este momento, de verdad, no me siento muy bien. Pero, gracias…
