Giordana García
Inmersión
Me dirán que el horno no es explanada de contienda
donde lenguas opuestas se recriminan
mientras se derrite el pastel
al descuido levado
sobre
plántulas de verdor genuino
floreciendo cual guirnaldas
tatuadas en mi entrecejo.
Así va este oficio:
maternar a mil metros bajo el nivel de la semana
sin reservas suficientes de oxígeno
ni indumentaria adecuada
para enfrentar parajes equinocciales
donde la guerra ha sido temporal
fragor sin más culpa que la muerte
levantada en hermosos cementerios
diseñados con polinomios astrales,
yo entonces
baladí
investigando el punto de la masa
donde no se hunde ni se desborda
imperfecto cotidiano
sin más motivo
o con todos.
***
Contra la prudencia
Procuro limpiar los anteojos con parsimonia
me sostengo al día desde sus patas
froto precisa del centro al borde
‒mis flotadores bermellón
sobre la alberca mohosa‒
sin melancolía ni soundtrack.
Prudencia sí,
como ver una danza de Pina Bausch en un televisor
de 18 pulgadas elevado en diagonal
tomando vodka sobre el piso frío
repasar cada línea paralela de la rodilla de la bailarina
a la mancha de la baldosa
estarse así
planificando la semana y la década.
No
esa no era yo
jamás use lentes bermellón
sí
gestos
calculadamente nerviosos
en el arco de la ceja
acanalando el surco hacia los ojos
‒mis pobres cáscaras de semilla
platos listos para el desayuno del ave‒.
Me queda un ejercicio de filosofía doméstica:
salvar la plasticidad de la memoria
ráfaga de dios a la hora del abismo
sobre una mesa amantelada.
***
Clave
Perdí mi nombre
sobre una pila de hojas por escribir
forrando la casa de adentro hacia afuera.
Las niñas pintaron sus propios signos
en tres niveles biológicos:
hongos, vertebrados y sueños,
mientras yo dejaba atrás a mi madre:
la envolví entre sábanas recién lavadas
con flores humedecidas en alcohol,
arrojé su cuerpo alguna cisura debió atajarlo.
Cuando volví solamente encontré
un cuarto de espejos
un erizo dibujado con tiza
y brotes de enredaderas en cada esquina.
Cerré los ojos
sin dejar de escribir.
***
Partida
La niña ahuyenta audacias de muerte
en los ojos absortos de su madre
sumerge la bestia en pocillo pequeño
Leve golpea su ombligo
la hunde
con naturalidad convoca el universo
de las grietas soplan telarañas
delicados veleros con voces de sirena
todo lo vivo bulle en su juego
la pesada lámpara vuelca bandada
revuelo de pluma
caída de luz
para ver
ahora sí ver
el hilo de cáscaras sobre hormigas
hacia la absurda camada de vida.
***
Vena
En el centro de mi mano
crece invertido el filo de un lápiz
terminal de memoria nervada
la cinta azul plata que culmina en mi padre.
Sus pómulos puntean la corona del glaciar
trazo recorrido por talones secos
envueltos en suaves manos de niña.
El día en que leí aquel discurso
lloró
incliné mi sien sobre su espalda
descifré hileras de lunares
escuché un manto tectónico de golpes
ramas lenguadas de confesión y consuelo.
Los mismos dedos que cerraron sus ojos
amontonan grumos de azúcar
derriten el silencio en la leche de mi hija
que observa curiosa
el ojo de grafito
sobre el trastorno de mi piel.
Al mar la ceniza
Vigilia vuelve arroja hilos de baba
sobre viejas coyunturas
Yo, cuerpo sustrato
larva de hombros sin calma nube de caída al pie
La cabeza es otra cosa
dulzor de hundimiento consuelo de la fiebre
fantasmas de Nueva Cádiz
sobre la arena escupida por la mesnada perdida
Todas sus maldiciones todos los bajeles
encallados en mi pubis
Para no ser madre ni océano
nunca más salvo ahora
en esta pequeña isla consciente del fin.
