literatura venezolana

de hoy y de siempre

«Antología poética» de Alejandro Oliveros

Nov 25, 2022

José Ygnacio Ochoa

       En ocasiones, como esta mañana, me resulta difícil creer que hayamos llegado tan lejos sin los dioses. Tal vez sea por estos que, en realidad, no hemos llegado demasiado lejos. La injusticia es la injustica y la mentira es la verdad. Ayunos de dioses caímos en estado naturaleza espiritual. Sauve quipent. (Diario Literario Enero a Mayo-1997, Blacamán Editores, p. 64) Comienzo con este texto del poeta Alejandro Oliveros, aunque no es de este libro que pretendo conversar. Sin embrago me atrajo la expresión por cuanto recoge en buena medida lo que somos como seres humanos en esta urbe en la cual nos ha correspondido existir, de hecho hay una canción popular —de Alejandro Sanz— que dice: no es lo mismo ser que estar/No es lo mismo estar que quedarse, ¡qué va! no. Porque puede que estén todos pero ser y quedarse no todos lo conciben. Puede que estén como las piedras sólo esperando que el viento los convierta en sedimento, ahora ser tiene que ver con la existencia, aquella que moviliza, desde uno mismo y luego hacia el resto de los semejantes. Alejandro Oliveros, el poeta, es esto. Él es en todo momento un poeta que no está en un mismo lugar, no. Él, el poeta, desanda por los caminos, pueblos, ciudades, países y mundos insospechados con el sustantivo y el verbo en los poros. Él es el ser. Él ve en los hombres y en la naturaleza —que al final de cuentas es igual—, aquellas letras para componer su abecedario y materializarlo en sus poemas y Diarios Literarios. El poema, luego se presenta con la verdad de los dioses: ¿Y quién salva a quién? —Sauve quipent— Dicho esto pasamos a dialogar de la Antología poética (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2011) de Alejandro Oliveros. Entonces, su Antología poética es un viaje en continuidad. Este registro asoma que su escritura data desde los 26 años aproximadamente. Oliveros puede que tenga sus verdades en su familia y la música, pero igualmente se sentiría —y acá especulo— muy quebrado si no viajase y ni escribiera. Quiero expresar con esto que el poeta se compone de: familia, música, viajes y escritura, pero sobre todo de las interminables conversaciones en los encuentros con sus oyentes en las múltiples clases  y reuniones  porque le da rienda suelta a su verbo poético en los idiomas que se le antoje: inglés, italiano y su español profundo con su acento característico. Este viaje comienza con Espacios (1974):

          Naturaleza muerta

            Inerte

            entre la pared y el estante

            un viejo cesto de mimbre.

            En su interior,

            sobres arrugados, carpetas

            y papeles que no volverán a leerse.

 

            En los armarios

            el quieto silencio de las cosas,

            la muda fatiga de libros y revistas.

 

            Tras la ventana

            El cielo oscurece lentamente.

 

            El cesto de mimbre

            inmóvil en su ángulo,

            percibe la tarde y sus espacios. (p. 12)

 

Poema que entraña respuestas a una significación por la figura que se erige. En ese espacio incorpora los objetos como sujetos de su poética. Es un discurso desde la instancia de la cotidianidad vuelta en figura de un cuadro proyectado en dirección de una ventana, pues, «pared/estante», «carpeta/papeles», «armario/silencio», «cesto/inmóvil», «ventana/cielo» y «tarde/espacios» son uno en la contemplación del poeta: un fragmento acoplado, una nueva unidad en la admiración. En Roland Barthes por Roland Brathes (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1997) menciona la Tentación del alfabeto: …El alfabeto es eufórico: acaba con la angustia del «plan», con el énfasis del «desarrollo», con las lógicas retorcidas, con las disertaciones; una idea por fragmento, un fragmento por idea, y para la sucesión de estos átomos… (p. 158). Acá la Antología se configura como fragmento que concurre en una idea, la idea del tempo poético en los poemas —e incluyo los  Diarios— de Oliveros. Nada está preestablecido, el poema se cristaliza desde la ruptura que acontece en la hechura de ese universo poético. No es lo que está —ese  conocimiento expresado en el diccionario no tiene validez, en este caso, importa poco porque ya ha pasado por otro encuentro para convertirse en lo otro, la palabra por sí sola y su arbitrariedad está en el diccionario —Lo que atañe es lo está por ser; en consecuencia, el fragmento como idea y conjunto se transforman en sustancia. El alfabeto se restituye en su condición de una nueva entidad, en tanto poema. El poema es una gama orgánica de energía. Ese privilegio se nos otorga al  leer En sonido de la casa (1974): Cumboto (p. 22) un canto extenso dedicado a su padre —Daniel Guillermo—. Es el viaje hacia el recuerdo de los días, muelles, espuma, vigilia, sombra conocida y el sonido… La distancia no dejará nunca de aumentar, //entre los días y nosotros, entre el puerto//con sus voces y los barcos que parten en la noche como espejos. La distancia es lo que nos une, en el cuarto creciente y en el  cuarto menguante//Las pisadas sobre el piso de madera se repiten, //el sonido de la casa es diferente…como diferente es el canto  que rememora una partida que se erige en el presente. Es una incertidumbre con el sentimiento traducido en su lenguaje. En Noche de Diciembre (p. 31) dedicado a su presente, su hija Constanza, su otra verdad,  N.Y, (p. 34) dedicado a Juan Sánchez Peláez, un buen amigo y Columbia (p. 39) con dedicatoria a Eileen, su esposa. Poemas que se conjugan en una mirada, un afecto y una historia que se edifica en el tiempo de la voz poética. Construye, como lo afirmamos más arriba, su alfabeto sin teorías: retazos y visiones de vida en un transcurrir para redefinirse en el sentido: la emoción. Variantes en las antípodas de lo establecido. Poeta y poema se cimientan: …//Despierto. La tibieza de tu cuerpo desnudo. Lo real. (Sueño, p. 42). En Fragmentos (1986) De las presencias afectivas vuelve su mirada a la presencia de poetas como Alexander Pushkin y Ana Ajmátova en el canto XVII (p. 76-79) con un aire de sentencia funesta, ya al final del poema expresa:

…                        

                           Hacia el norte,

                           frente al oscuro mar,

                           el silencio y la soledad

                          se extienden sobre la arena.

                          ¿Qué será de nosotros?

                         ¿Hacia qué puerto

                         dirigir estos lentos pasos

                         este dolor y estas lágrimas? (p. 79)

     

Quedan los poemas como una ensoñación. Moran en la atmósfera de lo poético. Los poetas por cualquier circunstancia fenecen. El poema se mantendrá en medio del camino…//…escapándose entre sombras. El poema permanece en la quietud de la página para ser leído, luego no habrá soledad que le imponga otro destino. Fluyamos, Todorov (1981), plantea una clasificación de los signos según «La doctrina cristiana»: Según el modo de transmisión: el significante debe ser sensible, en tanto los significantes están sujetos a una división de acuerdo con el sentido por el cual son percibidos. Los signos que el hombre emplea para comunicarse se relacionan con los sentidos —la vista y los oídos—. Para San Agustín, citado por Todorov en el mismo libro, el lenguaje es eminentemente fónico y la mayoría de los signos son palabras, se descubre el pensamiento por vía del vocablo empleado. A partir de esta consideración el poema contiene una sonoridad  particular. Emerge una cadencia que  ejerce en una intencionalidad hacia la conmoción —aquello que me causa un jadeo o perturbación que está  relacionado con los sentimientos—. Es decir la relación simbólica de los signos (vocablos-palabras) se transparentan con la contemplación de la voz poética, luego el poema. Es otro signo en la unidad del poema. La relación se establece en el plano del contenido transformado para llegar al plano de la expresión, es decir, la palabra hecha poema. Otra dimensión de los significantes. La palabra en el cuerpo del poema. La dimensión de la significación constructora de mundos e imágenes en tanto los poemas existan. La comunicación establecida por la voz poética adquiere la categoría no convencional, en todo caso, exige otro comportamiento ante el poema. Los poemas de Alejandro Oliveros se descubren en la sensibilidad de este acto. Es su estética ante el acto único de creación. Si la palabra o texto son unidades significantes y adquieren una resonancia en el lector luego de ser articuladas se descubre otra dimensión significativa alejada de la convencionalidad. Coloquemos como ejemplo un espejo. Tendrá tantas significaciones posibles por su relación con lo expresado en el poema. Según sus lecturas —en el plano de todos los sentidos— el espejo comportará: vida/muerte, hombre/mujer, lucidez/oscuridad, noche/día. El juego de los vocablos estará dispuesto para la concurrencia de los lectores. El poema transportará al lector a esa nueva realidad significativa. Los poemas de Oliveros son cantos motivados por la síntesis de un ser en recorrido. En movimiento constante, no sólo físico, sino en el traslado de sus pensamientos y emociones. La palabra sustancial envuelta en conexiones con la necesidad de expresar mundos internos cohabitados con la palabra de la voz poética. En Visiones (1991)  se muestran tres poemas seleccionados: «Nirgua», «Esfinge» y «Marsias», colocaremos sólo un fragmento de este último por razones de espacio. Poemas que van en consonancia con el título del poemario. La voz poética va en su recorrido hacia espacios de su naturaleza poética, veamos:

 

                                        Marsias

                                                   

                                                        Quid me mihi detrahis?    

                                                                             OVIDIO

 

                     Era del año la estación de los vientos y los fuegos,

                     Cuando el cielo enrojecido adelanta su marcha hacia

                                 el poniente,

                    y las noches se hacen frescas en las calles y en la plaza.

 

                    La espesura amarillenta había comenzado a desplazar

                                 el verde de los campos.

 

                    No lejos del camino, bajo la sombra de un apamate blanco,

                                Vimos a Marsias, el sileno.

                   Vuelta la cabeza hacia la tierra sedienta, se retorcía

                                el fauno degollado.

 

                   No podríamos olvidar aquella mirada vencida,

                   El balbuciente decir de sus gemidos:   

…(p. 109)

 

Es el universo mitológico reunido en la naturaleza y visión del poeta: Ahora, la voz —personificado por Apolo— y el instrumento —representado por Marsias— se enfrentan en duelo musical y puede más la voz sobre el instrumento. Marsias es vencido por Apolo, luego de los alegatos de este último ante las Musas. Marsias pierde y es degollado, su sangre da origen al río Marsias, afluente del Meandro.  Nos tomamos la libertad de trasponer los espacios y los tiempos y afirmar que, en este caso, la voz del poeta prevalece en el poema. Avanzando en la lectura de la Antología poética de Alejandro Oliveros llegamos a Preludios (1993):

                                                    I

                                         In memoriam D.G.O. 1992-1986

                                                          Is the year‘s midnight

                                                                                       J.D.

                  Hoy es el día más corto y la noche más oscura.

 

                  Es el resumen del mundo. Su absoluto espejo.

 

                  Hoy, por primera vez, el desvarío aproxima

                  su mirada al torcido anón y sus helechos.

 

                  Más violento que sus sueños, menos largo que sus manos.

 

                  Veinte años palpando a ciegas el espacio.

 

                  Entre las hojas del plátano, Santa Lucía observa

                  la fugacidad lenta de los gestos.

 

                  Los cansados pasos que llegaron de lejos.

 

                  Todo el cielo oscurece. Todas las estrellas se espantan.

 

                  La luz es tan podre en esos párpados

                  que no alcanzaron la agonía del solsticio. (p. 113)

 

El lenguaje de los símbolos es una herramienta que sugiere múltiples interpretaciones. No es propiamente una teoría de su poética. Aun así su Ars poética gira en torno a varios elementos que ya hemos mencionado con anterioridad: familia, amigos, viajes, la música y su constante conversación con los otros. Eso convierte al poeta en un ser que pertenece a la palabra. Se contienen dos memorias. La de un arraigo pero matizado por todo lo anteriormente afirmado, es decir, su historia gira se concentra con la memoria poética en relación con el resto de sus semejante y por consiguiente con su  universo. Las revelaciones están sujetas a «la música encantada», «la danza», «al paisaje», «desiertos de transparencia», «la soledad de los zaguanes», «la noche enamorada», entre otras muchas imágenes que alucinan y acompañan la poética de Oliveros: Tristia (1996), Magna Gracia (1999), Poemas del cuerpo y otros (2005), Poemas dispersos y Poemas inéditos. Todos ellos recogidos en esta, su  Antología poética son una muestra de lo que ha sido, es y será la poesía venezolana. Esto nos permite cerrar con estas consideraciones en torno a la poética de Alejandro Oliveros.

Heidegger (Hölderlin La Esencia de la Poesía, Anthropos, 1989), cuando plantea el concepto de la palabra a partir de Hölderlin. El hombre dispone de un recurso y será él quien determine su utilidad en el acto creador y en consecuencia en el acto comunicativo, entendiendo de esta manera el arte y más concretamente el de la poesía, será el poema que brinda la posibilidad por ser una forma discursiva que genera en el lector una lectura, en tanto visión de los acontecimientos de la vida y su entorno; sus intimidades transpuestas por la voz poética a los ojos de quien se percata de un amplio universo de significaciones cuando se está en presencia de un poema. En ese sentido Heidegger plantea cinco sentencias: La noción del juego, poetizar a partir de esta condición. La conexión establecida a partir de lo somos: el lenguaje como palabra esencial. Luego, hablarse uno al otro sobre algo (en-diálogo), y agregamos: hablar sobre poesía: somos conversación. La cuarta sentencia sobre la esencia de la poesía es la fundación por la palabra y sobre la palabra y por último la contiene todas las anteriores  por cuanto plantea que el mérito que sostiene al poeta es el de morar poéticamente. Es un universo que se construye a partir de una idea fundamental, la poética. La poética de Alejandro Oliveros y su campo de acción se comprenderá desde la imagen creada. En estas cinco sentencias se concentra su obra escritural, en tanto, recopila con éstas el criterio de morar poéticamente. Comulga con la existencia, con la vida y hace de ella un corpus posible y susceptible a manifestar un universo por la vía fundamental: su poética.

       Valencia, miércoles 12 de febrero de 1997 

*Este ensayo forma parte del libro: La fragilidad de los espejos, publicado por ediciones Estival

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