Arte de anochecer
Hay un arte de anochecer.
De la entrada del cuerpo al alma,
de la niebla a la redondez
y del círculo al cielo;
hay un arte de luz,
un campo donde anochecer
es mirar la vida
con el cuerpo cerrado.
Hay un arte de anochecer,
un descenso en la entrada del día
a la completa oscuridad.
Un intermedio donde es necesario
recibir y saber todo sin estremecimiento.
Hay un arte,
un paisaje a veces amable,
a veces torvo,
donde ascenso y descenso son accesorios
de la materia limpia.
Hay un arte de anochecer.
Quien haya vivido o soñado con bosques,
luces y demonios,
lo sabe.
Rita Valdivia
Has debido quedarte en el aire.
A los veinte años tus formas eran las
del fin.
Nuestros calores
de poetas conocidos seis años atrás,
míseros y ebrios,
triunfantes solo porque nos eras viva
no podían salvar.
Era,
tú lo sabes desde la tierra muerta,
la época del gran miedo
donde todo fue alcohol de infancia.
Y huimos sin saber de ti ni de nosotros,
asombrados,
sin melancolía porque queríamos algo de la vida.
Tú sabías entonces cómo se debía hacer,
reñías el entusiasmo de mi oficio inútil,
el fasto de los otros,
las pobres ojeras de nuestra bohemia.
Tú sabías entonces cómo se debía hacer,
llorabas muy adentro de las rosas que Camilo
nos compraba en enero;
nos amabas demasiado vivos como para no haberte hallado
con la muerte.
Tú sí que estabas con los miserables, alpaca,
bebiendo agua de lluvia bajo cualquier monte
o en las ciudades, sentada, como solías para encantarnos,
arriba de todo lo que fuera basura.
De fluir y de utopía
Cómo volverá la palabra ignorada
al pecho de la noche.
Un día marcho con mis vestigios,
ato piedras en el amanecer.
Confiado en la utopía me harto como
relámpago,
me hago dueño de nervios incesantes
que no prometen quietud al porvenir.
Me convierto en vasallo de lo oscuro
de fluir que baña dos veces mi cielo
y que perturba la tarde en que te quiero
tanto.
Qué decir
Entre mi verdad y mi pavor iluminado
soy una casa.
Estoy atado al cuerpo y a las sillas
de sus tejas terribles.
Con el tiempo verde, con el verde coraje de
memoria
asalto el pretil de los gallos y el sapo blanco
de mi mujer cuando se va.
Me visto mirando la puerta grande
del fracaso
el olor marrón de la ventana
ajusticia mi momento de partir.
Soy un cuerpo que da vueltas en su celda
de mapamundi
con ganas de ser piedra quebrada por la sequía.
Canto a mí mismo
Yo era el poeta de mi tierra
y de toda la tierra.
Adentro de mí llovía y relampagueaba
y sentía siempre unas inmensas ganas
de llorar.
Yo me reía de las frutas que caen en los
tinglados y asustan el silencio
y hablaba con los muertos y con los animales
que pasan por la miseria vestidos de capitanes
largos.
Yo era un gran poeta de los muertos
como jamás hubo otro en la comarca
y me asustaba de ver subir las flores
hacia la cal ambigua de las tumbas.
Soñaba
cantaba por las noches una desgarrada melodía
y volvía a soñar entre muros y ciudades perdidas
persiguiendo sombras halladas entre el porfiado
frenesí de ausentes y de borrachos insondables.
Yo era un poeta
y me enamoraba de mí y de ti y de todas las miradas
que vienen desde lejanos pueblos a la imaginada mesa
del ecuador
a buscar estrellas y panes de cobre para maldecir
hombres
en el centro del mundo.
Comía sobras
robaba
leía el amanecer
bebía y fumaba hasta sentir un agradable
golpe en los pulmones.
Creía en la muerte y me aprestaba
a tomar el poder de mi país.
Confiaba en un grupo de poetas locos
que fueron apareciendo de puntos cardinales
distantes
incapaces de apagar sus deseos detrás de una
música rota por el olor de las botellas
y del encanto miserable.
Yo me cantaba y me celebraba a mí mismo
ganaba la vida sin hacer
buscaba que mi razón perdiera
y salía conmigo y contigo a buscar campos y ciudades
para soñar y matar a los padres de mis padres
quemar el mundo
y pagar algún día con mi cuerpo en la hoguera
el desenfreno de mi vaga ilusión.
Caía sobre mí mismo
y amaba mis fracasos.
Sentía el placer de ser otro
que escribe un poema sin principio ni fin
alerta por si viene la muerte y revienta
mi pobre y útil reino del cuerpo.
Hábitos
Mi oficio
regentar el vacío
Sólo tengo un pequeño estudio en arriendo
en Mérida
Mis tres hijas hacen y caminan sus sendas
ausentes de mí en eso de sabernos
con hábitos de familia.
Mi hijo muerto yace bajo una lápida
bajo prohibición de que grabe en ella
los epitafios que para él soñé
Mis libros formaron un pobre y curvo lomo
de estantería
que algunas veces entre emoción y tragos
salen del escondrijo
y leo perturbado poemas de muerte
amor paisajes y melancolía
Regento un vacío insoportable
doloroso
esperando que mi mujer se acueste
a mi lado
recién bañada
o
diga
Vamos a bailar que salieron las vacas
y las
estrellas.
