literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Nicanor Bolet Peraza

Ene 30, 2022

Calaveras

Arturo Claxton, de veinte años de edad; estudiante de Medicina en Belevue Medical College. Meningitis aguda. Entierro martes próximo, a las 10 a.m. University Place, Núm…

Esta noticia encabezaba ayer la columna obituaria del New York Herald. Parecía que exprofeso la habían colocado allí, en las primeras líneas, para que yo me fijase en ella, conociendo mi repugnancia por esa sección que tan tristes informes suele darle a uno sobre la salud de las personas a quienes estima.

¡Pobre muchacho! Hace un año que sin saber por qué desertó de mis lecciones de idioma castellano; de lo cual me regocijé, pues la tal enseñanza me pareció una innoble complicidad de mi parte, desde que me reveló las aviesas intenciones que abrigaba, de ir a ejercer la Medicina en Suramérica tan pronto como le asegurasen la impunidad con el diploma.

Ahora que ha muerto, se me quita un gran peso de la conciencia, y quedo libre además para referir un extraño suceso de su vida, cuyo secreto me exigió guardase mientras él no desapareciese de este mundo.

No sé quién le había metido en la cabeza a mi discípulo que las lenguas extranjeras entran más fácilmente si se las ayuda un poco con libaciones espirituosas, e imbuido en esta singular idea impuso por condición a mi profesorado que le permitiese interpolar el Ollendorff con elwhiskey, apelando a esta última autoridad con más frecuencia a medida que íbamos entrando en la maraña de los verbos, el caso objetivo de los pronombres, y las preposiciones. Me acuerdo que cuando el peine se atracó en la greña de los verbos ser y estar, daba gusto ver cómo achicaba, sin que por ello adelantase más en lo de aclarar el intríngulis; y al cabo de algunas copas solía decirme:

—“Yo estoy muy inteligente para la verbo ser y estar, pero soy borracho en esta momento”.

Entonces cerraba el libro y me abría su corazón, contándome sus aventuras, sus amoríos, toda su pintoresca vida de estudiante bohemio. Como se va a ver, había en estas confidencias de mi alumno cosas extraordinarias y fantásticas, fruto tal vez de las lecturas de Edgar Poe o de los alcohólicos vapores; o acaso de ambos elementos combinados.

Mi padre, me decía Arturo, ejercía la profesión de abogado en Filadelfia. Siendo Procurador de la Ley en una causa célebre de asesinato y hurto no pudo descubrir al criminal, y la tristeza que le produjo este fiasco le llevó al sepulcro. Murió de impotencia fiscal. Mi madre quedó inconsolable, y pobre. “Arturo, me dijo ella, eres mi única esperanza. Necesitas seguir una carrera y he pensado que te hagas médico”. Al siguiente día, con una carta para un tío que residía en Nueva York, me estrechaba en la puerta con su último abrazo de despedida la buena madre, diciéndome: “Nada puedo darte, hijo mío; ni siquiera un libro de los de tu padre, pues todos son de leyes”.

Una idea súbita me pasó por la mente y le dije:

—Tienes razón, de nada me servirían para estudiar medicina los libros de mi padre; pero ¿por qué no me das su calavera?

Mi pobre madre me miró con asombro, creyéndome loco; mas de repente, comprendiendo mi pensamiento, subió a trancos la escalera, entró al estudio de mi padre, y escarbando en un cajón de papeles viejos, trapos manchados de sangre, hachas y estiletes roñosos, y otroscuerpos de delito, sacó un cráneo humano, lo envolvió en un periódico y lo puso en mi maleta, contentísima de aquella feliz idea.

El boarding house que me habían recomendado en Nueva York, estaba habitado por cuáqueros, y en cuanto estos señores olieron que yo cargaba la calavera de un difunto, me hicieron echar por la patrona; teniendo que irme a otra casa de huéspedes en que no había sino estudiantes y muchachas de teatro. Allí nadie se asustaba de nada.

Para que usted comprenda mejor la extraña aventura que va a escuchar, conviene que sepa previamente, que la calavera en cuestión había pertenecido al sujeto en cuyo asesinato salieron tan mal paradas la perspicacia y elocuencia de mi padre. Conservaba él esa pieza, porque sobre ella se propuso fundar toda la armazón de sus investigaciones y acusaciones, y recuerdo haberle visto pasar noches enteras midiendo, profundizando, examinando minuciosamente el golpe de hacha que el cráneo tenía sobre la sien izquierda, y de todo ello tomaba notas y más notas. A los pocos meses de haberme instalado en Nueva York murió mi madre en Filadelfia, y en seguida el tío a quien vine recomendado quebró en su negocio de oleomargarina, por haberse descubierto la cotolina, que le hace tremenda competencia.

Estas dos calamidades, quiero decir la muerte de mi madre y la bancarrota de mi pariente, me dejaron sin recursos. Para entonces había yo hecho muy buenas migas con los estudiantes del boarding house, quienes me ayudaron a comer y a beber mi única herencia, que consistía en los muebles de mi casa paterna. Mis buenos amigos se bebieron dos espejos magníficos, un reloj de cucú muy vistoso, La Biblia, y a Washington atravesando el Delaware. Yo me engullí un William Penn de bronce, el órgano, la biblioteca, un águila empajada en el Niágara, y a Franklin en el acto de arrebatar el rayo al cielo y el cetro a los tiranos.

Pero la Providencia, que no abandona a sus criaturas, me deparó una nueva fuente de recursos, un bienhechor que no diré llovido del cielo, pues allá no consienten a los de su oficio. Era éste el tío Roboan, un israelita de los que prestan al treinta por ciento, a quien yo había conocido en Filadelfia, y que se trasladó con su negocio a Nueva York desde que figuró como testigo en la causa célebre de que ya he hablado, en su calidad de amigo, compatriota y medio socio del asesinado, logrero como él. Ya usted sabe, por supuesto, que a estos usureros los llamamos aquí tíos.

Al tío Roboan fuimos llevando pieza a pieza toda mi ropa, hasta quedarme con lo envergado, y un repuesto de cuellos de celuloide, que son prendas refractarias al empeño.

Una tarde se me presentaron mis amigos muy tristes, desolados. Esa noche debía celebrarse un famoso baile de carnaval, el baile de los cocineros franceses: ¡la gran folie, amigo mío! Y a todas estas, ni un centavo en los bolsillos, ni un paraguas que empeñar.

—¡Eureka! –exclamó de repente uno de mis camaradas, dándome una palmada en la frente–. ¡Estamos salvados!

Sin decirnos más, echó mano a la calavera y la levantó con aire de triunfo.

Todos nos echamos a reír. La ocurrencia de poner a sudar la calavera nos pareció una chanza de lo más divertido.

—¿Os reís? –dijo nuestro camarada haciendo un desplante teatral para remedar a Hamlet, a quien siguió parodiando en estos términos:

—Este sería, quizás, mientras vivió, un gran logrero; “ved aquí en lo que ha venido a parar el arriendo de sus arriendos y el cobro de sus cobranzas”. Pero hablando con formalidad, amigos míos ¿no nos ha dicho Arturo que esta prenda decorativa figuró un día sobre los hombros de un honorable individuo de la raza semítica? Desde el punto de vista artístico, no os negaré que el descalabro que ostenta sobre el hueso temporal aminora su valor intrínseco; mas no afecta en nada su valor como espécimen antropológico de primer orden; y estoy seguro de que el tío Roboan sabrá apreciarlo dignamente.

“To be or not to be; that is the question”.

Un estrepitoso aplauso respondió a este discurso. El orador avanzó hacia mí con pasos trágicos, y poniendo en mis manos la calavera, me dijo:

—¡Id, Arturo amigo, y que el Dios de Israel nos proteja!

Al punto a que había llegado el chiste, habría sido una lástima ponerle término. A mí me tocaba ahora meter en la burla al tío Roboan, allá me fui. Mis amigos se quedaron en casa aguardando el resultado de mi expedición.

—Le traigo un verdadero tesoro –dije misteriosamente al simoniaco.

Las arrugas de la frente del tío se replegaron como un abanico hacia la calva; se levantaron las espesas cejas como dos puentes levadizos, y miré brillar en sus fosos dos ojillos de murciélago.

Cuando le mostré la fúnebre prenda, tenía yo, que no me cabía en la boca, una buchada de risa, contando con el efecto del chasco; pero yo fui el cogido y chasqueado, porque mi hombre, lejos de mostrar enojo y rechazar el trasto, empalideció, y poseído de inescondible emoción me hizo la pregunta sacramental:

—¿Cuánto?

—Veinte dólares –contesté yo, tratando de hacerle cosquillas con lo exorbitante de la suma. Pero con sorpresa mía, el tío Roboan sacó de la gaveta cuatro mugrientos billetes de a cinco pesos y me los entregó con estas increíbles palabras.

—Te los presto sin intereses; por puro favor.

—¡Cómo! –exclamé yo con el mayor asombro que puede mostrar un estudiante–. ¿Con que… sin… inte…

—Lo dicho –afirmó el sublime prestamista. Y como en ese instante entrasen otros parroquianos al antro, se apresuró a esconder mi mágico tesoro y me dio el correspondiente boleto firmándolo como siempre con su maldita mano izquierda. Conviene que usted sepa que el hombre era zurdo.

No me querían creer mis amigos. Veían, reveían, olfateaban, ponían al trasluz los billetes declarando que eran falsos, que olían a azufre, que eran papel moneda del demonio. Poco faltó para que los metiesen al fuego para ver si quemándolos se oía chillar al diablo.

Cuatro horas después, con trajes, pelucas, barbas, narices y otros postizos carnavalescos que alquilamos, nos lanzábamos en el torbellino del baile, pasando por debajo de verdaderos arcos triunfales de piernas que se disparaban al aire en un furioso can-can, en medio de loca hilaridad y de los pistoletazos del champagne. Yo me retiré muy tarde; mejor dicho, me retiraron en un coche y me echaron en mi cama, envuelto en mi vestido de Pierrot, ebrio perdido.

Apenas me dejaron solo, vi hendirse la pared y por la abertura penetrar al cuarto la figura de un hombrecillo flaco y con giba. Pero lo más extraño de aquel jorobado era que no tenía cabeza.

—¿Me reconoces, Arturo? –me preguntó con voz abdominal.

—¿Cómo quiere usted que le conozca –le contesté– si no tiene usted fisonomía?

Vi entonces al fantasma recoger de una silla unos objetos en que yo no me había fijado, y que no eran otros sino los postizos del carnaval, que habían dejado allí mis camaradas. En seguida desencajó el globo de la lámpara, se lo colocó sobre los hombros, lo cubrió con una de las pelucas, se ató unas patillas de pirata argelino y se ajustó unas narices de Polichinela, diciéndome al concluir la transfiguración.

—¿Y ahora, me conoces?

—¡El tío Moisés, de Filadelfia! –exclamé yo reconociendo al hebreo asesinado de la causa célebre, el propietario natural de mi calavera.

—Ya veo que tienes mejor ojo que tu difunto padre.

—¿Lo dice usted porque mi padre no pudo descubrir al asesino? Bien sabe usted que no dejó más rastro que el hachazo –le repliqué yo un tanto amostazado.

—Pues no era nada lo del ojo, hijo mío –tornó a decir con sorna el espantajo. Cabalmente en ese hachazo estaba todo el secreto del crimen. El golpe había sido dado de izquierda a derecha, y es claro que no podía ser obra sino de un zurdo.

—Vamos a ver eso –dije yo incorporándome en la cama y buscando con la vista la calavera.

—¡Qué soberana turca la que cogiste anoche, muchacho! –me dijo el hombrecillo mientras se quitaba la cabeza de vidrio y volvía a quedar decapitado–. ¿No recuerdas, hombre, que ayer empeñaste mi cabeza a mi matador?

—¿Qué me dice usted? ¿El tío Roboan su matador…?

—El mismo. Era el único zurdo que había en una legua a la redonda. El único que entraba a mi casa y el único que sabía que yo no me dejaría cortar las narices por un cuartejo de millón. Pero no creas que yo vengo a pedirte que lo entregues a la justicia por esa bagatela de mi muerte. Mira tú; no le guardo pizca de rencor; y estoy por decirte que hasta le vivo, no, le muero agradecido; pues ahora que no tengo cabeza no me atormento sacando aquellas cuentas de intereses compuestos y de capitalizaciones de réditos, que me sorbían el seso.

—¿Es decir que lo perdona usted?

—Hombre, lo que es perdonar, hay que entenderlo bien. Digo más; que lo absuelvo por lo del hachazo; pero quiero que tú me vengues por el otro crimen, todavía más feo.

—¿Otro crimen?

—Fíjate bien, hijo, y lo comprenderás. Ese renegado te ha prestado ayer veinte dólares sobre mi cabeza.

—Ahora caigo –dije yo haciéndome cargo de su pensamiento–. Ahora caigo; es una ruindad valorarle a usted en tan poco…

—¡Válgame el arca santa de Jerusalén! No es eso, hijo, no es eso. Lo que yo no le perdono es que te haya prestado sin cobrarte intereses. Eso es hacer capirotes con la industria. Eso es matar el negocio. Hay que arruinar a ese idiota; y tú eres el hombre que yo necesito. Escúchame; ponme la oreja contra el ombligo, que te voy a hablar en secreto.

Yo lo escuché un rato, y no pude menos que soltar una estupenda carcajada que despertó a todo el boarding house. La criada entró en el cuarto y me despertó llamándome por diferentes nombres, creyendo que yo tenía pesadilla.

El descabezado había desaparecido; pero estoy certísimo de que no fue delirio mío lo que le acabo de referir. ¿Sabe usted por qué lo creo? Usted dirá, cuando sepa que seguí al pie de la letra las instrucciones del tío Moisés. Ríase usted, mi amigo y maestro, de los que digan que aquello fue un puro hablar por la tapa de la barriga; y sepa que me fui donde el usurero asesino; que me hice el que no sabía nada; que le rogué me devolviese por dos horas la calavera para un estudio muy serio que estaba obligado a presentar sobre los huesos tales y cuales; y que no sospechando el miserable el lazo que le tendía, me entregó, sin rescate, mi prodigioso tesoro.

Desde entonces, cada vez que yo y mis amigos nos encontramos padeciendo de sindineritis aguda, agarro mi calavera, se la dejo nada más que ver al logrero, diciéndole:

—Qué casualidad, tío Roboan; este hachazo es un golpe de zurdo, y usted, aunque parece muy diestro, es también zurdo.

Y como por ensalmo, salen de la gaveta los billetes grasientos del logrero.

 

Metencardiasis

Para el álbum de la señorita María Vestalia Terrero 

El viejo sabio holandés, Van-der-Meulen-Heinsterfalen, después de quince años de habérsele creído devorado por algún jaguar en las selvas del África, o aplastado por alguna manada de elefantes en los bosques de la India, o enterrado en las nieves eternas del polo, pues partió con ánimo de explorar esas y otras regiones del planeta, sin que jamás se tuviese noticia de su paradero, sorprendió un día a los buenos habitantes de su nativa ciudad de Rotterdam, apareciéndoseles, no solo con vida y envidiable salud, sino también con uno de los más asombrosos descubrimientos que pudiese intentar la ciencia en sus mayores osadías.

Consistía el prodigio, nada menos que en cambiar los corazones a los mortales.

Mediante la misteriosa virtud del hipnotismo, según se cree, paralizaba él la vida, y luego, con ayuda de un poderosísimo imán encontrado por él mismo allí en el propio y exacto centro del círculo polar, en donde se concentran las grandes energías magnéticas, atraía el corazón que quería desalojar, le desprendía del pecho, e incontinenti, con pasmosa rapidez sacaba de una redoma, formada de una hermosa piedra de granate, otro corazón de los que intactos y frescos conservaba por secreto procedimiento, y el cual corazón plantaba en lugar del que acababa de extirpar.

De todas partes del mundo acudían clientes al viejo doctor Van-der-Meulen-Heinsterfalen. Los había entre ellos, que envejecidos para el amor, querían volver a amar como cuando eran jóvenes; los había que amaban con demasía a quienes no correspondían con igual pasión; y estos iban a que el gran trocador de corazones les extrajese la fogosa entraña, dándoles en cambio un corazón insensible y frío.

De tierras remotas y ardientes llegó una dama, hermosa como un primor, noble cual una reina, y por añadidura dotada de gran discreción, que es el atributo que más realza a la beldad. Y parece mentira que tan peregrina criatura pusiese como puso su amor en un doncel liviano, incapaz de apreciar el tesoro físico y moral que la fortuna le deparaba.

Era ella orgullosa y altiva, y mil veces hubiera muerto, dejándose morir de despecho, a no ser que a sus oídos llegaron las nuevas sobre el viejo sabio holandés, doctor Van-der-Meulen-Heinsterfalen y su maravilloso descubrimiento de cambiar los corazones a los mortales desdichados.

—¿Tenéis, por ventura, para cambiar por el corazón mío uno que no quiera amar? Preguntó la cuitada dama, apenas llegó a presencia del milagroso profesor Van-der-Meulen-Heinsterfalen.

—Los tengo de todas clases, hija mía. Cabalmente, ayer no más, este que aquí ves, lo extraje a una joven, hermosa como tú, y acaso de tu misma raza y de tu propia ardiente tierra.

Esto contestó el buen viejo, quien por lo visto, por su frecuente trato con las damas se había hecho un poquillo suelto de lengua.

—Entonces debería amar mucho ese corazón…

—¿Amar mucho? Nada de eso. Su dueña me juró que aborrecía al hombre que por otra la olvidaba.

Una repentina llamarada incendió los ojos de la joven, y arrojándose resueltamente en el diván aparejado para las operaciones, dijo:

—Venga el corazón inicuo; yo quiero aborrecer.

El viejo doctor Van-der-Meulen-Heinsterfalen fijó en las de la dama sus grandes pupilas verdosas irisadas de amarillo y rojo como las de los gatos, agitó las manos repetidas veces cual si arrojase sobre la paciente corrientes magnéticas que parecía recoger a su derredor; los párpados de la joven cayeron como dos pétalos de rosa, y la vida hizo una profunda pausa.

Con rapidez que supera a la más breve descripción, el operador acercó al pecho inerte el imán maravilloso, abriéronse las blancas carnes como se abre en grietas la pura nieve, brotó palpitante el corazón amante y en su lugar entró aquel otro corazón lleno de odio implacable.

Grave y solemne como un sacerdote, transfigurado como un mago, sublime como un creador, el sabio se irguió ante aquella muerta de un instante, extendió ambas manos y pronunció con lentitud esta sola palabra.

—¡Sea!

Volvieron a levantarse los hermosos párpados de la beldad rediviva, vagaron por un momento sus negras pupilas, luego se fijaron en algo como visión misteriosa; sonrió todo su semblante y en sus labios estalló un beso apasionado y ruidoso como el fuetazo de un rayo.

Atónito quedóse el sabio, mas creció de punto su sorpresa cuando la joven, erguida y furente, se llevó ambas manos al pecho como para desgarrárselo, y tras un grito espantoso exclamó:

—¡Viejo infame! ¡Me has engañado!

Lo que había pasado era una cosa horrible. El corazón que la infeliz joven sentía palpitar en vez del suyo enamorado, era el de su rival, de aquella por quien el doncel liviano la desdeñara. Y con ese nuevo corazón amaba ella ahora aún más que antes al infiel; y para mayor tormento, ese corazón ajeno y enemigo guardaba las reminiscencias del amor que gozó arrebatándoselo a ella; y más todavía, en ese corazón que ahora se nutría con su sangre, bullía hirviente como lava el odio que su rival la profesaba, ¡sintiéndose por tanto aborrecerse a sí misma con el odio de otra mujer para ella aborrecible!

Al abrir la puerta del silencioso laboratorio, los discípulos del viejo sabio Van-der-Meulen-Heinsterfalen, esa misma tarde, encontraron al anciano y a la joven sentados el uno frente al otro, mirándose fijamente como dos estatuas de piedra, mientras en la chimenea humeaban las últimas páginas del legajo en que constaba el secreto del cambio de los corazones en los mortales.

Sobre el autor

*Tomados del libro: «Cuentos fantásticos» (1850-1930). Compilación de Carlos Sandoval (Biblioteca Ayacucho, 2020). Crédito de la imagen: El trapo rojo de Pedro Centeno Vallenilla

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