Retrato
Me acuerdo muy bien de ese retrato. Por años colgó de un clavo en una pared de la casa de la abuela Luisa Ramona en El Mamey. Era una foto en blanco y negro, tamaño postal, montada en una lámina de vidrio enmarcada por una tira de papel adhesivo verde de unos dos centímetros de grosor, esquineros azules del mismo material y, escrita al pie, con letras blancas de una mano insegura, la palabra Recuerdo. Montura obra de unos mercaderes turcos ambulantes, devenidos en artesanos de la marquetería, que hace unos cuarenta años, de puerta en puerta y en un par de días, enmarcaron la corta historia fotográfica de las familias de nuestro barrio.
El único retrato donde estamos mi hermano y yo, agarrados de la mano, vestidos con unos pantalones cortos oscuros, de perneras muy anchas para nuestras piernas menudas, y unas camisas blancas cruzadas por tirantes, rojos probablemente. Los dos paraditos en un rincón decorado con una cortina indefinible y una alfombra gastada a la que, incluso en el blanco y negro de la fotografía, se le notaba el escandaloso color de sus flores. Escenografía que Savignac, el fotógrafo de Porlamar, suerte de cámara oficial de la Margarita de entonces, prestaba a todos los retratados de aquellos años y que uno invariablemente encontraba en otras casas sirviendo de fondo a parejas de recién casados, bachilleres con diplomas, a reclutas militares estrenando uniforme o a niños y niñas en trajes de primera comunión. Según la fecha al dorso, yo tenía seis años y mi hermano cinco. En mi cara parecía reflejarse el susto que pudo haberme causado el aparataje del estudio fotográfico, mezclado con alguna solidaridad por mi hermano, quien tiene una cara triste, tristísima, increíblemente triste, tanto que todavía quien mira la foto siente su congoja y no puede evitar preguntarse por qué aquel niño estaba tan compungido.
«No estaba triste. Estaba enfermo y, como yo creía que se iba a morir, le pedí a su papá que los llevara a Porlamar y les sacara un retrato juntos para que después él no se olvidara de su hermanito». Esa era la explicación que mi madre le daba a quienes preguntaban, pero creo que se confundía en algo o simplemente ignoraba, por no haber estado con nosotros aquel día —y por la ley de la omertá que rige las relaciones entre los varones— la verdadera causa de la melancolía de mi hermano. La razón de aquella cara triste estaba allí, en la misma foto, en los zapatos que llevábamos puestos ese día. Los míos, unas botas de vaquero, marrones, con dos franjas blancas en forma de V y con una estrella, la de Texas supongo, en el centro. Botas que, sólo de ponérmelas, me convertían en un vaquero auténtico, como los de las películas del matiné dominical, y que terminaron siendo mías por una fortunosa casualidad; se las habían traído de Estados Unidos, y le habían quedado pequeñas, al nieto de la señora «Giña», vecina, amiga y compañera de infortunios políticos de mis padres. Botas vaqueras maravillosas, más aún si se les comparaba con las botas convencionales, citadinas, negras, de correa y hebilla, que mi hermano llevaba, que aunque estaban bien para la ciudad —y a pesar de que nuestro padre se empeñó en presentárselas como «de detective»— no servían para montar a caballo y batirse a tiros con los bandidos y los indios.
Antes de hacernos el retrato y por insistencia de mi hermano, recorrimos todas las zapaterías de Porlamar buscando unas botas iguales a las mías, pero vaqueras como ésas no se conseguían en aquella Margarita de pescadores y contrabandistas. Para empeorar las cosas, esa tarde llovió muy fuerte, estábamos cansados de caminar Porlamar y nuestro padre nunca fue un tipo paciente. Creo que fue en la tienda del italiano Coppola, cerca del viejo mercado, donde finalmente compró esas botas negras, de correa y hebilla, «de detective», con las que, no obstante su obstinado berrinche, mi hermano terminó retratado con la cara triste, tristísima, increíblemente triste, tanto que parecía que estaba enfermo y se iba a morir.
El Maestro fiel
La infancia y la escuela se amalgamaron en el Grupo Escolar Francisco Esteban Gómez y sería imposible tratar de distinguir donde terminaba una y comenzaba la otra. En aquellos años, la escuela era el lugar donde uno aprendía más cosas y donde nuestros ojos margariteños, rodeados de agua por todas partes y, encima, privados de la televisión, podían mirar más lejos. La escuela fue también el lugar donde más se ejerció la infancia, el escenario donde recrear la película del domingo, a galope tendido por sus espacios abiertos, en nuestros caballos de dos patas, o a toda vela, blandiendo las espadas y con las dagas apretadas entre los dientes, para dar caza y abordar navíos enemigos, desde el flamboyant más grande del patio, el buque insignia de nuestra flota pirata.
La Francisco Esteban fue asimismo la fuente de nuestros primeros temores, de ese miedo universal de los niños por la escuela, de ese terror –incomprendido por los adultos– a estar prisionero detrás de una cerca que clausuraba, puertas afuera, el único mundo en el que hasta entonces habíamos vivido. Temor que en mi caso estaba exacerbado por la idea que tenía entonces de lo que significaba salir “quebrado”. Y es que en mi azorada mente infantil imaginaba que a los pobres alumnos que no habían aprendido sus lecciones los paraban en el último peldaño de la escalera principal de la entrada y allí, con un garrote, los maestros les golpeaban el espinazo, justo a la altura de la cintura, y eran arrojados escaleras abajo a la vista de todos, quebrados para siempre. Ahora no recuerdo cuándo ni quién corrigió mi falsa creencia, pero hasta ese momento, viví aterrado con el comienzo de mi escolaridad que, inexorable, me exponía a llevar de por vida a la ignominia de “salir quebrado”.
Corregida mi errónea idea del quebrado, el miedo más grande de la escuela estaba entonces en cuarto grado y se llamaba Fiel Malaver. En aquellos tiempos en que el castigo físico era una técnica pedagógica de amplia difusión –muy bien acogida en La Asunción por los padres que querían que sus hijos sirvieran para “algo”–, el maestro Fiel era uno de sus cultores más ortodoxos. Como los buenos boxeadores, pegaba duro con las dos manos y, por si eso fuese poco, solía auxiliarse con una gruesa y pesada regla de madera que encargó a un amigo que trabajaba en la carpintería del Estado.
Cuando terminé el tercer grado y esa amenaza magisterial apareció en el horizonte, aproveché que en las vacaciones de agosto previas al comienzo de clases había hecho la primera comunión y busqué la ayuda divina. Pero, por más que le pedí a la Virgen del Valle que hiciera el milagro de ubicarme en la otra sección de cuarto grado, con una maestra mucho más amable, la fatalidad se impuso y me convertí en alumno del temible maestro Fiel.
Fiel Malaver, sin embargo, no parecía tan fiero como lo pintaba la leyenda; por lo menos eso fue lo que creímos durante las primeras semanas que estuvimos bajo su tutela. Las clases durante ese período inicial fueron una suerte de rounds de estudio donde el maestro se limitaba a establecer la rutina del aprendizaje, a explicarnos pacientemente las materias, sobre todo la aritmética, y a responder a todas nuestras preguntas. Las sesiones de la mañana, de nueve a once y media, se dedicaban a matemática y lenguaje y las de la tarde, de dos a cuatro y media, a las ciencias naturales y sociales. Infantes al fin y al cabo, no prestábamos mucha atención a las advertencias que el maestro Fiel nos hacía con aquella voz nasal de la que todos nos mofábamos y que algunos podían imitar muy bien: “Estudien, estudien, hagan caso, no se confíen. Miren que ustedes son como el agua de un rio que pasa rauda y tranquila hasta que se encuentra con un dique, un dique como el de El Valle, es decir, conmigo, y no puede seguir pasando”, anunciaba. Amenaza que no tomábamos muy en serio porque se parecía mucho a las que recibíamos de padres y abuelos en nuestras casas. (Desde tiempos inmemoriales la amenaza con un castigo futuro incierto ha formado parte de la cultura pedagógica margariteña dentro y fuera de clases).
Y el dique se apareció una mañana infausta con tres divisiones insólitas de números decimales, algo así como 0,107039 entre 0,0035091 acompañadas de una sentencia terrible: “Por cada cuenta mal sacada, un reglazo en la mano abierta”. El agua de mi pequeño río se estancó en el dique de Fiel Malaver con dos reglazos que regué con copiosas e inevitablemente indiscretas lágrimas que, aunque no quería derramar, me saltaban de los ojos con la misma intensidad de mi rabia y mi dolor. Esa noche, por primera vez en mi vida estudiantil, me quedé hasta tarde practicando las infaustas operaciones y repasando sus reglas, ya no hubo más castigos por esa razón.
En las tardes, las condenas no eran tan severas. Después de las explicaciones, el maestro se limitaba a recorrer las filas y, uno a uno, nos interrogaba sobre los misterios de la biología o la historia, o sobre cuestiones que parecían ciencia y eran imposibles de responder, como aquella de por qué a los viejos de Margarita les daba frio cuando soplaba la brisa en las tardes de diciembre. (Para quienes no tuvieron el privilegio de ser alumnos de Fiel Malaver: “porque han perdido el tejido adiposo”). Salvo que la respuesta fuese muy disparatada –como la de un compañero que aseguró, con demostración incluida, que el frontal, además del maxilar inferior, era el otro hueso de la cara que se movía y recibió el trancazo en la misma frente–, el maestro dejaba descansar la tormentosa regla. Sin embargo, según el calibre de la ignorancia manifestada en las respuestas, se prodigaba en jalones de orejas y de cabello acompañados de una profecía por el estilo de: “porquería no vas a servir para nada. Ni para recoger pepinos vas a servir”, o más simplemente, un epíteto: “animal”.
No obstante su dolorosa contundencia, la experiencia de ser alumno de Fiel Malaver tenía grandes compensaciones; era probablemente el mejor pintor de pizarrones del mundo y sus dibujos con tizas de colores nos revelaron las maravillas de la botánica, la zoología y la anatomía humana. Sus clases de geografía física y política universales fueron inolvidables y cualquiera de sus alumnos podría todavía recitar las capitales de Europa con la certidumbre de quien ha pateado sus calles, o ganar un concurso en la televisión enumerando las montañas más altas de América del Norte: el Mac Kinley en Alaska, el Whitney en California, el Rainier en Washington y el Popocatepetl en México, recitado como un mantra, con la pronunciación arcillosa del maestro y acentuadas, todas, en las últimas sílabas. O saber exactamente cuáles son las dimensiones del río Orinoco: “el más grande de Venezuela, el tercero de la América del Sur, el quinto del Nuevo Mundo y el noveno de toda la Tierra”.
Con la llegada de junio, el maestro Fiel dio inicio a una de sus campañas más intimidantes: “Estudien que por ahí viene el examen final, pero también vienen los días de San Juan y San Pedro y todos ustedes se van a ir a playa Guacuco a bañarse. Yo también voy a ir, pero yo no tengo que presentar ningún examen. Ustedes van a estar gozando y ninguno me va a ver, pero debajo de una de las matas de uva voy a estar yo mirándolos a ustedes saltar entre las olas. Y ninguno se va a ahogar allá en ese montón de agua pero, por no estudiar, se van ahogar aquí. Ni siquiera en un vaso de agua, como dicen por ahí, sino en un platico llano que les voy a poner en el examen”.
El temido día de nuestro juicio final, sin embargo, Fiel Malaver, el duro maestro, se nos reveló como el sentimental que era y, a guisa de despedida, con gran sentimiento, nos aseguró que pasados unos años nos olvidaríamos de él y ni siquiera lo saludaríamos cuando nos lo cruzáramos en la calle. Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces. La Francisco Esteban no parece la misma ni a La Asunción la cubre ahora esa calina perfumada a pan recién horneado que al final de la jornada escolar nos acompañaba en la vuelta a casa. Fiel Malaver murió hace ya varios años. La última vez que lo vi, tenía blancos el pelo y el mítico bigote, su cuerpo estaba más enteco, había perdido mucho de su tejido adiposo, y pensé que en las tardes de diciembre ahora sentiría frio.
En cuanto a que lo olvidáramos, creo que el maestro se equivocó. Creo que por más de una razón, quienes fueron sus alumnos, como hago yo, al pasar frente a la escuela, miran nostálgicos el salón de hace tantos años y lo recuerdan bien. O, por lo menos, recordaran sus viejas lecciones, como aquella de los puntos cardinales. Aun puedo mirarlo en el medio del salón, con los brazos en cruz, apuntando la mano derecha hacia donde sale el sol “así se da con el Este”. Y que, hecho eso, “el Norte es el que siempre está al frente de uno”, y así, con tener clara esa técnica, encontraríamos nuestro camino en cualquier lugar de la Tierra y en cualquier tiempo. En la vida una lección como ésa, maestro Fiel, es demasiado grande como para olvidar a su autor.
