José Napoleón Oropeza
…pero a mis espaldas se encuentra el río lleno de boras y pequeñas canoas. Siento que haya ocurrido tarde mi descubrimiento y hallazgo del Puerto. El recuerdo tal vez sea menos doloroso a medida que logre destruir lo que aún permanece en mí. Ha muerto todo aquello, es la verdad, y no será Eduardo quien pueda hacer algo por evitar el fracaso que comienza implacablemente a dibujarse. Tal vez el fracaso no ha sido culpa mía ni tuya: simplemente todo eso está sostenido en tu interior y nada más, aunque sepa que es imposible borrar definitivamente a Puerto Nutrias, aun cuando ha hecho el empeño por olvidarse de lo que las palabras encierran para él.
No cree que haya otro modo de liberarse de ese pasado que ahora lo sostiene y forma parte de todas sus manías y obsesiones, aunque de repente se empeñe en borrarlo o tal vez en ir hasta Puerto Nutrias a buscar lo que ya nunca jamás podrá hallar entre las ruinas: apenas boras y uno que otro antiguo compañero de tertulia de sus padres que, al verlo, reconocen en su rostro quiénes son sus ascendientes y a la vez comienzan a contarle viejas historias transformadas más tarde en su imaginación, en un empeño todavía más incomprensible de hacer de Puerto Nutrias lo que ya no es: como si ese pasado glorioso todavía existiera, como si sin él no se sintiese realizado, tal vez porque no quiere pensar en el mal que pudiera causarle el vivir apegado a esa memoria.
¡Cuántas veces no ha deseado salir de esa trampa en la que a cada instante cae! Se siente a veces volcándose sobre sí mismo como si ahora no podrá encontrar otro comienzo. Tal vez el hecho de volver a Puerto Nutrias en compañía de Pedro Riera, Lidia y su hermano José Napoleón Oropeza, no sea sino otra forma de seducción: tal vez la suerte (¿quiso decir la muerte?) haya ordenado ese contacto y estando todos juntos allí, casi sin quererlo no es ya posible que volvamos atrás. Quizá lo que menos entendía era la presencia de su hermano José Napoleón en Puerto Nutrias, a quien había invitado muchísimas veces (en aquellos años Oropeza estaba interesado en la fotografía y tal vez sin quererlo le había hablado tanto de las imágenes fascinantes que podría captar en Puerto Nutrias que José Napoleón seguramente habría ido a allá en busca de un tesoro o un reino que quizá nunca lograría ver), como si se tratara de buscar una especie de apoyo en su hermano paleógrafo, aunque sabía que Oropeza andaba en otra línea de trabajo muy diferente a la suya, muy aburrida para la manera de ver Eduardo la literatura.
José Napoleón Oropeza estaba interesado en elaborar una especie de reportaje novelado, partiendo de una serie de documentos que había transcrito del castellano antiguo y eso a Eduardo le resultaba un fiasco: para él lo importante era la posibilidad de inventar a cada instante: crear un espacio caleidoscópico apoyado en un lenguaje tan resbaladizo como la imagen que se desea fijar. Eduardo sufre por todo lo que no fue, por lo que vive en sí y que pertenece al lado donde cualquier cosa puede nuevamente ocurrir, como si de repente también Puerto Nutrias dependiese en gran medida de la idea que él se hubiese creado.
Quizá visto desde la perspectiva del niño que fue, todas esas calles, todas esas casas, eran tan distintas; mucho más grandes, casi infinitas, tal vez, al punto que es casi imposible ahora confrontar las dos visiones, mucho menos unirlas y crear un ser, un ser extraordinario y nuevo dada su sed por lo excesivo. Ahora que piensa y medita, sentado a orillas del mismo río Apure, puede comenzar a hacer cualquier cosa por detener el derrumbe, igual como los pocos moradores de Puerto Nutrias del presente, colocan enormes palos en las paredes del frente de sus casas para así evitar que se desplomen: la del viejo Juan Marenco, la casa de Pedro Seijas, tu casa de infancia desde donde pudieras lanzarte ahora a la vida como si hubieras vivido algo.
Entre la niebla buscas refugio para tu torpeza y te ves atascado en el barro sobre el velocípedo, seguido por Juanita, la iguana amaestrada en que tanto Jonás creía: camina desnudo en la memoria y a él no podrá culpársele de nada. Quizá fue un juguete más y no vale la pena desgarrarse. Puede que liberándose de aquel niño atascado en el barro no se consiga nada. El niño tenía su velocípedo. Detrás Juanita, la iguana, y el pobre Kasán, olfateando sus pasos y agitando la cola, siguiendo al autobús. Sabía que aquello no era un sueño: no lo fue.
Kasán era lo único que el niño recordaba bien. Lo recordaba como una pérdida inevitable al salir de Puerto Nutrias, casi inmediatamente después de la caída de Pérez Jiménez. No les quedaba otra opción sino marcharse lejos de Puerto Nutrias o serían ahorcados tu abuela, tus tíos, el Kasán, Juanita la iguana. Jonás no entendía nada de aquello: de Pérez Jiménez sólo recordaba haber visto su retrato en botones ovalados que la maestra distribuía a cada uno de los alumnos en la escuela. Había escuchado su nombre en un disco que sonaba mucho en la rockola del bar de Rosa Amaya («General Marcos Pérez Jiménez / Presidente Constitucional»/), el mismo disco que aquella madrugada del 23 de Enero, según contaba la tía Carmen, Paz Castellanos había hecho añicos después de sacarlo de la inmensa rockola.
Nunca Jonás había visto tanta gente reunida en la placita del pueblo, gente que gritaba muera Pérez Jiménez, muera el dictador, mueran los Oropeza, esbirros de la seguridad, sin que lograse entender lo que significaba la palabra esbirro, ni qué tenían que ver sus tíos los Oropezas con Pérez Jiménez. Paz Castellanos, Juan Salazar, Cruz Verde y muchos que Jonás había visto conversando amigablemente con su tío Julio, vociferaban al frente de la casa de sus tíos y abuelos. El estaba ahí montado en su velocípedo, seguido por Kasán y no podía comprender nada de nada. Seguía pensando que aquello sería una de las fiestas que en casa de sus abuelos se organizaba para los militares y diputados que, semanalmente, venían de Barinas al pueblo a extasiarse ante la vista del Puerto de lluvias y sequías con gentes que caminan debajo de la tierra, tal vez para huir de ese río sin orillas, el Apure que sabía internarse en todas las casas, siendo él mismo una casa más, el centro de una casa sin ventanas.
Eduardo sabe ahora que no puede hacer metáforas con El Niño que mira detenidamente con perplejidad. Como si Eduardo estuviera jugando con la vida y pidiese que aboliera todo sentimiento. Tal vez lo que ahora debería reprocharse sería la insistencia en subrayar emociones y en no estar juntando nada como él lo deseara: no ha salido de eso y quizá no saldrá nunca. Sin embargo, tantea en la oscuridad. Allí están todavía anclados los viejos esqueletos de los barcos que en el pueblo la gente llamaba Las Tres Marías y algunos los tres santos burdeles a donde entraban los hombres en busca de las mujeres que Lola Bián había traído de Colombia. Algunas según Lola se habían acostado con el propio General. Eran, las más caras, las que cobraban altas sumas por sus servicios, garantizadas como estaban por serias recomendaciones firmadas por los Edecanes del General de que sus servicios eran excelentes.
Nada se oía por las noches en el espeso silencio del pueblo: sólo la música de las tres rockolas con que estaban equipados cada uno de los barcos. El que más llamaba la atención de Jonás era el María Leonor, quizá porque era el barco más grande, siempre iluminado, tan parecido a las luces del parque de atracciones que anualmente visitaba a Puerto Nutrias, cuando las festividades de la Candelaria. Cómo deseaba estar grande para entrar una vez al María Leonor y verlo por dentro y saber cómo eran los baños y los cuartos. Si era cierto que el niño que allá entrase se convertía en iguana, como le había dicho la tía Carmen cada vez que él le preguntaba cómo sería por dentro el María Leonor. ¿Sería cierto?
Todas las historias que Pedro Seijas contaba sobre las muchachas que desaparecían en Puerto de Nutrias tenían en cierta forma que ver con uno de aquellos barcos anclados ahí: nadie recordaba por qué exacta razón. Algunos contaban que el Leonor era un barco inglés que había llegado a Puerto Nutrias en época en que el comercio con la piel de nutrias era floreciente en el pueblo. Aún no había comenzado el comercio con las plumas de las corocoras y todo el mundo vivía de los perros de agua que cazaba a la espera del barco inglés que llegaba puntualmente cada tres meses, trayendo al Puerto mercancía de Europa, cosas nunca vistas en Puerto Nutrias: tejidos, extraños collares, prendas de fantasía y sobre todo whisky, el whisky más fino producido en Escocia iba directo de las bodegas del barco a la casa de los Oropeza, para entonces el mayor misterio en Puerto Nutrias.
Aquella enorme casa era una especie de imán alrededor del cual se tejían las historias más inverosímiles que se oían en el pueblo. Allí se decía que estaba escondido el único hijo varón del General, y que en ese mismo caserón él había desflorado a Linda Parra, la miss Venezuela que él toda la vida había codiciado y a la cual había premiado trayéndola al erótico Puerto donde él pasaba la Semana Santa cada año. El mejor regalo que podía hacerle el Presidente de la República a Puerto Nutrias era escoger como sitio de desfloración de sus vírgenes al Puerto. Cada vez que se anunciaba su visita, los moradores, sin saber por qué eran obligados a pintar los frentes de sus casas y la luz eléctrica se prolongaba toda la noche: era la mejor señal de que el General despachaba desde la casa de los Oropeza en Puerto Nutrias, casa que poco a poco se fue convirtiendo en un museo lleno de medallas y condecoraciones otorgadas por el General a las familias pudientes de Puerto Nutrias, como decía la tía Rosalía orgullosa siempre de los militares, tan orgullosa de que su familia estuviera siempre rodeada de hombre de cachucha y revólver al cinto y sobre todo de que toda su familia hubiese sido condecorada por el General cada vez que venía a Puerto Nutrias y le era organizada en su honor una serie de danzas.
La tía Rosalía se las arreglaba durante todo el año para tener listo el número que las muchachas más bellas del pueblo bailarían para el General, al acorde de la banda del Estado Barinas que se trasladaba junto con el Batallón General Páez mientras estuviese allí el General. Todo el grupo de niñas trataba de lucirse y de ser la mejor bailarina pues una de ellas sería escogida por el General y llevada a Caracas en caso de que el Presidente considerara que durante la semana la joven había llenado sus aspiraciones. Ella sería montada en el helicóptero privado, llamado por la gente la vaca sagrada sin que él supiera exactamente por qué le decían Vaca; ¿sería porque de verdad tenía forma de vaca?
Como todos los niños de la escuela, él tenía que participar anualmente en el desfile escolar que daba el recibimiento al General, en el improvisado aeropuerto del pueblo, muy cerca del cementerio, cerca también de las entradas a la Cueva del Loro, una de cuyas entradas conducía, a través de un pasadizo secreto, a la casa de los Oropeza. A Jonás le gustaba andar por allí tal vez por un deseo inexplicable de acercarse a los muertos que allí deambulaban, envueltos en sábanas blancas, en trajes vaporosos y con una lámpara de kerosén entre las manos. De entre todos los muertos al que más le gustaba contemplar era precisamente a Pedro Seijas el mago, llamado por algunos Miguel Aro, pues se decía que había muerto sobre un rin y otras veces que Miguel Aro no estaba muerto sino que deambulaba por las calles del pueblo con la cabeza entre sus manos, mostrando el clavo de diez pulgadas con que le habían atravesado el cráneo para obligarlo a delatar dónde estaba escondido Pedro Seijas, quién es él, quién es el verdadero Pedro Seijas, si era verdad que podía hacerse invisible con sólo pensarlo. Al principio lo obligaron a estar dos horas en el rin. Entonces le parecía inofensivo aquel rin que tal vez no era tan peligroso como se decía pero poco a poco aquello fue al comienzo hojillas en la carne y luego cuchillo y luego sierra gigante mientras el sudor se iba mezclando con la sangre. Sudor y sangre caía sobre el rin que iba enterrándose en su carne mientras el hombre se mira sin cesar hacia cualquier parte, tratando de olvidar el resto, la circunstancia real que atravesaba, como si alguna simple abstracción pudiese ayudarlo a evadir el dolor.
Desde afuera, alguien grita viva la democracia muera Pérez Jiménez y aquella palabra libertad que Jonás recuerda haberla oído por primera vez cuando también descubrió lo que significaba la palabra difícil. A su oído aquello de difícil estaba asociado a la visita de Alejandrina, Manuelita y Coromoto Campos a su tía Carmen en Puerto Nutrias. Ellas venían de Barinas con ganas de conocer el brazo del Apure que inundaba a Puerto Nutrias, oír de cerca todas las historias que se decían en Barinas acerca de un pueblo en cuya mitad siempre era de noche y en la otra mitad siempre era de día. No había posibilidad de dormir si usted vive en el Puerto de Nutrias que está arriba, pero si usted baja al otro Puerto Nutrias y camina debajo de las aguas, debajo de la tierra, entonces no tiene otra posibilidad sino vivir la noche en un instante eterno en que tampoco puede dormirse nunca y están gritando entonces la palabra que aprendió de esas mujeres, cuando descansando en verano quieren conocer el otro Puerto Nutrias y no encuentran sino canoas sepultadas en el fango, hundidas en el pantano, cubiertas por algas, esas algas que ahora casi ocultan las tres velas, como si de pronto todo aquel pasado hubiese quedado allá, envuelto entre los pantanos que estiran, lentamente, sus ramas los tres barcos lo único que quedase para atestiguar algún pasado que vierte sus aguas en zonas pantanosas y estancadas, donde apenas si unos cuantos pájaros beben agua ahora.
Esos gritos, esos chillidos, se apagan poco a poco y hay en el pueblo una especie de barca rota, volteada de lado donde alguien llegó y se tomó una foto para indicar luego en el reverso de la fotografía: Puerto Nutrias Barco Leonor. Pero el barco ya no existe y al centro del recuerdo quedan sólo unas tablas recordando aquello que fue proa. Pero tampoco los gritos que Jonás oyó aquella mañana, como la gente toda de Puerto Nutrias, congregada en la plaza se volcó hacia la zona de burdeles y luego más tarde hacia la casa de los Oropeza llevando antorchas en sus manos y gritando aquella palabra que a su oído producía una extraña sensación, la misma que le causó la palabra difícil al oírla de labios de su tía Carmen. Es difícil sacar esas canoas de allí Jonás no comprendía nada. Para él, para Juanita y para Pedro Seijas, el cazador y domador de caimanes que podía desaparecerse con sólo rezar un credo al revés, no existía jamás eso de los imposibles. Tal vez Dios no entraba en cosmogonía pero, sin embargo, Jonás gustaba de estar orillas de aquella resaca que podía transmutarse según sus deseos, con sólo cerrar un ojo y fuertemente anhelar cualquier cosa. Pero ahora se estaban llevando el carro de madera donde montó su infancia y no podía aspirar a conservarlo: tener su velocípedo. La turba que penetraba a la casa de los Oropeza sólo quería saciar su sed con algo y, a machetazos, iban destruyendo muebles, quebrando los cuadros que colgaban de las paredes; enormes fotos del General que adornaban todas las habitaciones de la casa fueron convertidas en añicos; apenas si quedaban los trocitos de vidrios y pedazos de fotos chamuscadas. Carlos Camarón y Juan Salazar trataban de calmar a la turba improvisando algunos discursos en los que hablaban de la libertad. El niño estaba acurrucado junto a la tía Carmen, temblando de miedo.
Aquella mañana muy temprano, al amanecer, había llegado Luis Napoleón, su padre, con la noticia de que un tal Pérez Jiménez había caído y había que levantarse rápido y recoger las cosas, nos vamos del Puerto tenemos que dejar a Puerto Nutrias pronto; hay que vestirse, hay que quemar todo y llevarse sólo las cosas necesarias, hay que huir, hay que salir del Puerto, hay que dejarlo. El niño no esperaba realmente esa tijera sobre sus cosas, sobre sus cuadernos y las fotos que la tía Carmen le tomó vestido de militar, allí donde aparecía con la cristina y los pantalones de la banda. La tía Carmen no quiso creerle a su cuñado. Seguramente no era otra cosa que otras de sus invenciones, otras de sus borracheras. Luis Napoleón tenía fama de ser el más mentiroso entre los Oropeza, sobre todo porque jamás estaba en su juicio como decía la abuela Lázara: siempre borracho, se daba vuelta hacia sus días y sin remedio no había quien lo sacara de una perenne borrachera. Quizá aquello era verdad y decía por primera vez algo muy importante. Pero nadie quiso creerle y la tía Carmen apenas si se desperezó llevándose las manos a la boca y bostezando hondo:
-Pero, ¿qué hora es? -dijo enseguida, sentándose en la cama.
-Son las 4 de la mañana. Julio llamó desde Barinas al telégrafo, comunicándole a Bartolito que nos preparáramos. Hay que dejar el pueblo lo más pronto posible.
-Yo no. Yo no tengo por qué dejarlo, yo no soy Oropeza. Yo soy González. Yo soy Carmen González. Yo no dejo a Puerto Nutrias.
-Pero eres mi cuñada, eres la hermana de María La Real y María La Real está casada conmigo, ¿o es que no lo recuerdas?
-María La Real hace mucho tiempo que dejó este pueblo por tus borracheras -respondió la tía Carmen secamente, y echándose a la cama de nuevo trató de seguir durmiendo.
-Coño, Carmen ¡péinate! Tenemos que llevarnos lo muchachos lejos de este pueblo. Acá correrán peligro. Tu sabes ellos también eran gobierno.
-¡Qué bolas tienes tú! ¿Qué van a saber mis sobrinos de gobierno? Yo me quedaré acá con ellos, como lo he hecho hasta ahora, cuidando de mis sobrinos hasta que María La Real, regrese. Ella tiene que regresar un día cualquiera. Ella no está muerta. Ella regresará un día, cruzará esa puerta y abrazará a sus hijos y toda esa pesadilla de su desaparición terminará. A mí no me pesan mis sobrinos. Yo me queda acá. Ya no tengo por qué seguir detrás de los Oropeza. Yo soy González y ellos son González también. Nosotros no tenemos cuenta con nadie. Nosotros no somos políticos. Mis hermanos son adecos, contrarios a ustedes, pero yo no. Ni tampoco Chepa. Ella vive de su enfermería y yo de mis bordados. Váyanse ustedes si quieren. Nosotros no dejamos Puerto Nutrias.
-María La Real no volverá. María La Real es una puta que me dejó para irse a vivir en un burdel que está en Ciudad Bolívar. Yo me llevo a mis hijos. ¡Esta verga se acabó!
-Una cosa es lo que tú digas y otra que yo te entregue a mis sobrinos. Puedes decir de María La Real lo que te dé la gana. Yo sé dónde está ella. Pero no voy a decírtelo a ti. Yo sé que ella volverá. Por ahora, no puede, porque se fue obstinada de ti. Y ahora vete a tu casa y déjame dormir…
La tía Carmen haló la sábana y se arropó de pies a cabeza. No quiso seguir discutiendo. Jonás fingió que dormía. Su padre se acercó a la cama y luego a la de Annedys, a la de Idalmis y a la de Johnny, el hermanito menor. Jonás tenía miedo de que su padre se llevara a Johnny y él no pudiese evitarlo. Si lo intentaba, como otras veces lo había hecho, él despertaría a la tía Carmen rápidamente. Luis Napoleón se sentó afuera en el pretil, tal vez para husmear algo. Regresó al cuarto impregnado de un pesado olor a aguardiente claro, a caña amarga, a ese olor tan fuerte de la caña de azúcar, cuando de dulce adquiere sabor ácido y amargo.
Sabía Jonás que su padre había estado bebiendo toda la noche, amontonando pequeñas botellas a su lado, botellas que el propio Jonás recogía para vender en la bodega a cambio de metras o algunos dulces, caramelos que venían envueltos en papel de aluminio con figuritas de abejas dibujadas en el primer envoltorio y que él guardaba en diferentes cajitas, creando diferentes colecciones de aquellos papeles, que mostraría a Annedys, a Idalmis y a su prima Mariángeles.
