Salvador Garmendia
En la búsqueda de una referencia cronológica que sirviera como punto de partida al proceso de la novela venezolana, los críticos e historiadores de nuestra literatura, han estado de acuerdo en atribuir a «Los Mártires» de Fermín Toro (1842), el título de primera novela nacional. El dato podría establecerse dentro de una exactitud relativa. Otros ensayos narrativos, igualmente breves y ocasionales, pudieron aparecer en fechas anteriores, sin que su eventual descubrimiento e incorporación а las bibliografías existentes pueda sobreраsar la simple curiosidad erudita. Toro mismo no fue en esencia un novelista. Humanista, hombre público, filósofo y polemista de singular influencia en su época, abordó el terreno imaginativo del relato con escaso brillo y ausencia de concreción y método.
En el mismo sentido, tres intentos de novela de José Gil Fortoul, «Julián», «¿Idilio?» y «Pasiones» (1888-1895), si bien vertebrados por cierta unidad temática de procedencia naturalista que los acercan a una dimensión de novela río, no bastan para atribuir al historiador e introductor de las ideas positivistas en Venezuela una consecuente preocupación de narrador. La ficción, vista como un género menor, fue puesta accesoria, divertimiento o simple recreación literaria para nuestros más encumbrados escritores de mediados del siglo pasado.
Por otra parte, las formas más elementales del relato, crónica, costumbrismo, tradicionalismo, tuvieron en nuestro accidentado siglo XIX, época de grandes conmociones civiles y de ardientes debates en el terreno de las ideas, un despertar silvestre. Mientras numerosos folletines cuyos títulos expresan la más elaborada truculencia, Blanca de Torrestella, La Expósita, Anaida, aparecían firmados por nombres de prestigio en el mundo de las letras, escritores dedicados con mayor empeño al periodismo como Daniel Mendoza, Rafael Bolívar, Miguel Mármol y otros, hacían presentir el nacimiento de una auténtica narrativa nacional en sus animados cuadros de costumbres plenos de agudeza, color y certera recreación de ambientes. Dentro de este grupo de labor dispersa y accidentada, Tosta García y Nicanor Bolet Peraza concretaron, con mayor riqueza de lenguaje y aliento creador, un género esencialmente caraqueño de relato episódico, donde situaciones y personajes novelescos precisaban sus trazos dentro de un realismo localista mordaz y picaresco.
Otra referencia de importancia para la historia de la novela nacional aparece en los extremos del siglo. En 1890, Manuel Vicente Romero García, periodista, panfletario, político, personaje de azarosa anécdota, publica «Peonía», considerada en forma unánime por los tratadistas como el primer ensayo formal de novela nativista. En «Peonía» subsisten todos los defectos que mantienen la narrativa nacional en estado embrionario: indefinición del género, mezcla arbitraria y desenfada de crónica, panfleto, oratoria y cuadro de costumbres; ausencia de un método que permita encontrar un camino cierto entre el romanticismo idílico y exaltado y el naturalismo de primera mano crudo y verbal; саrencia de un estilo y una idea formal capaz de hilar en forma coherente los elementos narrativos. Sin embargo, «Peonía» parece armonizar por primera vez los propósitos de una literatura de paisajes, costumbres y personajes venezolanos que iba a desarrollarse con mayor aliento en la década posterior.
Cerrando el siglo (1899), Miguel Eduardo Pardo edita en París «Todo un Pueblo», novela de fuerte acento panfletario, donde asoma una temática urbana opacada por la sátira costumbrista y la diatriba social. En «Todo un Pueblo» el país está visto desde afuera, desde la perspectiva europea, y nuestras realidades sociales son analizadas y juzgadas de acuerdo a esquemas ideológicos simplistas y a motivaciones personales de inconformismo y querella política. En muchas novelas venezolanas ocurría lo mismo después: volverá a aparecer el personaje que regresa al país desadaptado, inconforme, benigno o intransigente pero siempre apasionado teorizante, que viene a enjuiciar nuestros males atávicos desde a altura de su experiencia europea.
El siglo XX va a dar paso, en sus primeros 30 años, a un grupo de novelistas que aportarán al género mayor claridad y significación. La literatura nacional recibe en estos años un aliento renovador. Deshaciéndose de los agotados moldes románticos, poetas y narradores propician un encuentro frontal con las nuevas corrientes literarias que estremecen el mundo europeo. Por un lado, la irrupción en los medios universitarios de las teorías positivistas y evolucionistas da entrada al naturalismo; por el otro, el estallido modernista, que surge como el primer movimiento literario americano, estimula la creación y abre posibilidades alentadoras a la poesía y la prosa.
Dos revistas caraqueñas canalizan esta avanzada general. «El Cojo Ilustrado» (1892-1915), de resonancias continentales, y «Cosmópolis», fundada en 1894, donde un grupo de escritores jóvenes se declaran abiertos a todas las corrientes del pensamiento universal.
Llamado por el deslumbramiento modernista, Díaz Rodríguez se define como prosista de estilo impecable en algunos relatos breves y dos novelas. «Ídolos Rotos» y «Sangre Patricia» (1901-1902). Sin abandonar el refinamiento estilístico (especie de coraza dorada que afirma el rechazo casi despectivo del escritor a una inmediatez agresiva y prosaica), Díaz Rodríguez buscа la novela de tesis, teñida de inconformismo individualista que hará de sus héroes idealistas fracasados y predicadores solitarios.
Rufino Blanco Fombona participa intensamente en el movimiento modernista en París. Su nombre alcanza extraordinaria resonancia en la mitad del siglo, respaldado por una obra que abarca los más variados géneros, del ensayo histórico a la poesía y la novela. Allí su actividad creadora es particularmente extensa y continuada: «El Hombre de Hierro» (1907), «El Hombre de Oro» (1914), «La Máscara Heroica» (1923), «La Mitra en la Mano» (1927), «La Bella y la Fiera» (1931), obras de diatriba social y política donde prevalece, como en Díaz Rodríguez, el individualismo inconformista, una visión acaso demasiado cruda y esquemática de nuestra realidad que va a encontrar salida en el libelo y la amarga denuncia social a veces correctora y moralista.
En 1909, Pío Gil, pseudónimo del escritor Pedro María Morantes, publica en París «El Cabito». La acción tiene lugar en Caracas durante los años del gobierno de Cipriano Castro. Como novela urbana su alcance es limitado. La sociedad caraqueña que quiere representar con una objetividad llevada a lo grotesco por la pasión individual, queda reducida al ámbito de las intrigas palaciegas, los turbios cabildeos y las sórdidas maquinaciones de alcoba. «El Cabito» deja para el juicio histórico su unidad de relato, el dibujo sarcástico y descarnado de ciertos personajes incidentales y las virtudes de un realismo esquemático despojado de la exuberancia verbal y el pintoresquismo dominante en la época.
Su contemporáneo José Rafael Pocaterra se acerca a una narrativa menos esquemática en sus propósitos y más vital en sus indagaciones humanas. Hechos y personajes se manifiestan con trazos fuertes, dentro de una concepción naturalista que compromete por igual forma y contenido: a la presentación de una realidad desgarrada y sombría corresponde una prosa de rudo e intencionado desaliño, desprovista de todo preciosismo. Pocaterra descubre sus mejores condiciones de narrador en el cuento. Sus primeras novelas («Política Feminista» у «Vidas Oscuras» (1916), «Tierra del Sol Amada» (1918), se resienten de una elaboración apresurado y se resienten de los mismos defectos de inconsecuencia con el género que hemos señalado en sus antecesores inmediatos. Acaso su obra más ambiciosa y más lograda sea La Casa de los Abila» (1846), donde analiza un ciclo de la evolución política y social del país a través de la vida de una familia caraqueña, desplegando una técnica más rigurosa, propensa a los grandes desarrollos.
La pintura del ambiente rural y pueblerino, de personajes populares que se expresan en su propio lenguaje y afrontan las visisitudes ambientales, la descripción de paisajes y ambientes que no rehuye el detalle pintoresco y la exaltación emocionada de lo vernáculo, el Criollismo, en suma, tuvo en Luis Manuel Urbaneja Achelpohl uno de sus más consecuentes seguidores. Aunque susdos únicas novelas «En Este País» y «La Casa de las Cuatro Pencas» fueron publicadas entre 1920 y 1937, Urbaneja parte de la generación de Cosmópolis y toma aliento dentro de la corriente criollista de comienzos de siglo, habiendo dispersado gran parte de su obra de cuentista en las revistas literarias de la époса.
Caso realmente excepcional dentro del proceso de la novela nacional es Teresa de la Parra. «Ifigenia» (1924) y «Memorias de Mamá Blanca» (1929), son novelas que escapan por igual al esquema criollista y al libelo político. Valiéndose de una prosa animada, chispeante, rica en matices de aguda intuición narrativa, describe la vida de Саracas y sus alrededores con la visión desprejuiciada e ingenua, no desprovista de suave y amena ironía, de quien sólo desea trasmitir experiencias y sensaciones. Es uno de los primeros testimonios de un mundo subjetivo e intimista que aparece en nuestra literatura narrativa.
Un hecho de singulares proyecciones para la novela venezolana tiene lugar en estos primeros 30 años del siglo, y es la aparición de «Doña Bárbara» de Rómulo Gallegos publicada en España en 1929. Antes habían aparecido dos novelas menores de nuestro primer narrador de resonancias universales: «El Último Solar» (1920) y «La Treраdora» (1925). Con «Doña Bárbara» nuestra narrativa sale de la etapa programática del criollismo para alcanzar la auténtica magnitud del género, tanto en la estructura formal plenamente concebida y ejecutada, como en la formulación de un lenguaje propio y una temática nacional reveladora y profunda. En Gallegos, el paisaje se libera de lo puramente ornamental y descriptivo y cobra un valor primordial de sorprendente intensidad y riqueza poética, como en los mejores ejemplos de la gran novela realista americana. Pero en Gallegos lo real se proyecta en el mito y se transforma en vastas concepciones simbólicas de raíz sociológicа. El río, la selva, la llanura, las fuerzas desatadas de la naturaleza y la vida animal; todo un mundo primitivo y salvaje de dimensiones míticas, es interpretado en un sentido alegórico de civilización y barbarie; he ahí las grandes motivaciones de la novela galleguiana que la sitúan en un nivel de comprensión universal.
Escapa a las limitaciones de este trabajo el examen aun somero de la obra de Gallegos. El solo tríptico fundamental de su creación que comprende la llanura y la selva, «Doña Bárbara», «Cantaclaro» (1934) у «Canaima» (1935), exigiría las dimensiones de un ensayo. Comprendido dentro de una valoración histórica, el trabajo de Gallegos representa el primer cuerpo de novela amplio y coherente que ofrece la narrativa nacional; las continuadas ediciones de sus obras y su traducción a numerosas lenguas, son el testimonio más claro de su universalidad y vigencia como hecho literario. Después de «Cantaclaro» y «Canaima», Gallegos publica «Pobre Negro» (1937, “El Forastero» (1942), «Sobre la Misma Tierra» (1943) у
«La Brizna de Paja en el Viento» (1952) cuya acción se desarrolla en La Habana en el ambiente de las luchas políticas estudiantiles. La última novela de Gallegos «La Brasa en el Pico del Cuervo», ambientada dentro de la revolución mejicana, permanece inédita.
Nuevas corrientes de renovación estimulan la creación literaria en Venezuela a partir de los años 30. La literatura nacional conoce momentos de expectantes búsquedas en el camino de una expresión nacional definida, que a su vez se acerque a las corrientes más actuales y vigorosas del pensamiento estético; y si bien la novela tuvo en este período menos expansión que otros géneros como el cuento y la poesía, un conjunto de obras narrativas de notable influencia afirma su lugar en la bibliografía nacional. En 1931 aparece «Las Lanzas Coloradas» de Arturo Uslar Pictri. La madurez de estilo y concepción de esta obra, su prosa plena de hallazgos dentro de un realismo áspero y trepidante que no desconoce el aliento épico y dramático del tema histórico; la densa estructura del conjunto y la presencia de un trasfondo ideológico que no llega a desarticular el ritmo del relato, anuncian la presencia de un narrador de gran aliento.
No obstante es 16 años después en 1947 cuando Uslar Pietri reanuda su actividad de novelista con «El Camino del Dorado»; entre tanto, da a conocer numerosos cuentos de rica factura imaginativa y profundiza en su variada actividad de humanista y sociólogo. «El Camino del Dorado» responde con dificultad a la calificación de novela. Es apenas una vasta crónica emocional de la alucinante aventura de Lope de Aguirre en tierra americana, y sus méritos se concentran en el depurado tratamiento estilístico. En los dos últimos años Uslar Pietri ha dado a conocer los dos primeros volúmenes de una trilogía que bajo la denominación de «Laberinto de Fortuna», se propone abarcar el proceso social y político que comprende desde la caida de la dictadura gomecista hasta nuestros días; nos referimos a «Un Retrato en la Geografía» y «Estación de Máscaras». Para las exigencias de la novela moderna, ambas obras resultarían tiranizadas en exceso por las pautas del esquema previo, el rigor analítico y la tesis. Los personajes vienen a ser representaciones de ideas dentro de una trama cuya función se reduce a la demostración de una tesis particular.
En 1931, Enrique Bernardo Núñez llega al género de ficción con «Cubagua», relato histórico apasionante y rico de imaginación, revelador de un lúcido prosista y narrador agudo e inquietante. Con «Canción de negros» (1934), Guillermo Meneses se da a conocer como el novelista quizás más logrado de su generación. La influencia y proyección de Meneses en la moderna narrativa venezolana es irrecusable. Sus títulos posteriores, «Campeones» (1939), «El Mestizo José Vargas» (1942), «El Falso Cuaderno de Narciso Espejo» (1952) y «La Misa de Arlequín» (1962) lo afirman en el dominio cabal del género y la exploración de una temática propia y vigorosa. Valiéndose de un crudo y golpeante realismo no desprovisto de simbología poética, Meneses indaga en un mundo obsesionante y ritual donde la sordidez del suburbio, la superstición y el mito, el drama del fracaso y la auto anulación, son reflejos de ingentes realidades sociales. Con la obra de Meneses, que ha alcanzado también hitos definitivos en el cuento, la novela venezolana toma ubicación propia en la ficción moderna.
«La guaricha» (1934), es la obra inicial de Julián Padrón y el arranque de una larga trayectoria de novelista nato. Siguiendo el camino de Gallegos, dentro de una estructura despejada y lineal aunque de moderado vigor estilístico, Padrón ahonda en los problemas de la vida rural y da aliento a numerosos personajes con toques líricos y dramáticos siempre honestos y claramente intencionados. «Madrugada» (1939), «Clamor Campesino» (1944), «Primavera Nocturna» (1950) y «Este Mundo Desolado» (1954), completan su bibliografía.
Novela testimonial cercana al reportaje es «Puros Hombres» de Antonio Arráiz (1938); cuadros de la vida carcelaria durante la dictadura de Gómez. El estilo directo, áspero, golpeante en su escueta crudeza, vigoriza esta primera obra de Arráiz. En «Dámaso Velázquez» (1934), la pasión descriptiva absorbe al narrador. Una anécdota que roza lo convencional sirve de pretexto para unir una serie de animadas estampas del paisaje y las faenas marineras de la Isla de Margarita. Su último trabajo, «Todos Iban Desorientados» (1951), refleja las inquietudes juveniles de su generación.
Cerrando década del 30, Miguel Otero Silva publica «Fiebre», novela reportaje que narra episodios de las luchas estudiantiles contra la dictadura de Gómez en 1929. Por su calidad de testimonio, su estilo directo y la agilidad y precisión del relato, la novela alcanzó rápida popularidad y ha merecido varias ediciones en diversas lenguas. Dedicado con preferencia a la poesía y el trabajo periodístico, Otero Silva interrumpe su trabajo novelístico hasta 1955 cuando aparece «Casas Muertas» y su continuación «Oficina N» 1″ en 1961. El tema social sigue siendo preocupación esencial de este escritor poco inclinado a búsquedas formales. La Muerte de Honorio» (1963), su última novela, analiza aspectos humanos y sociales en los años de la dictadura de Pérez Jiménez.
«Mene» de Ramón Díaz Sánchez (1936), «novela de la vida en la región petrolera del Estado Zulia», inicia una carrera de novelista que se prolonga en obras posteriores de ambiciosos propósitos: «Cumboto» (1950), «Casandra» y «Borburata» (1960). El realismo directo de «Mene», la acertada recreación de ambientes, el aliento primario y a veces brutal de ciertas escenas, cede con pérdida de facultades narrativas en las obras siguientes. El historiador que es Díaz Sánchez doblega al novelista imponiendo el dato histórico y las grandes reconstrucciones de época como valores predominantes del relato.
