literatura venezolana

de hoy y de siempre

La íntima rebelión de Teófilo Tortolero

Jun 2, 2026

Gabriel Jiménez Emán

A pesar del prestigio que la envuelve, –o a lo mejor por ello mismo—la poesía casi nunca ha sido la forma literaria mejor comprendida o interpretada. En principio, se trata de una forma sintetizada de expresión verbal, con una tradición muy vasta y poco estudiada u observada por la crítica, al menos en la época actual, donde casi no existen revistas ni publicaciones críticas para ponerla en valor. En Venezuela contamos con una tradición poética escasamente valorada; lo visible es una proliferación de textos de autores que en su mayoría ignoran o van a espaldas de esa tradición y en muchos casos, aun conviviendo con ella, ignoran a los autores relevantes. Hoy voy a ocuparme precisamente de uno de ellos: Teófilo Tortolero.

Nacido en la ciudad capital del estado Carabobo, Valencia, en 1938, Tortolero estudió en el colegio Don Bosco de esa ciudad y continuó Secundaria en el Instituto La Salle y el Liceo Pedro Gual. Dado siempre a la lectura, Tortolero estudia Derecho en la Universidad de Carabobo y frecuenta grupos literarios en Valencia como “Azar-Rey” entre 1968-69 y luego se vincula a actividades en la Universidad, donde asume funciones como Director de Cultura y cofundador de las revistas culturales “Poesía” y “Zona Tórrida”. Sus poemas comienzan a conocerse en esos años hasta finales de la década de los noventas, en uno de cuyos años fallece (1990) relativamente joven, dejando una familia: su esposa Livia Alonso y sus hijos Sergio, Livia Raquel y Rebeca. Vivió sus últimos años en la ciudad yaracuyana de Nirgua, donde forjó buena parte de su obra y donde fue frecuentado por familiares y amigos. Entre los escritores amigos que le rodearon están Eugenio Montejo, J.M. Villarroel Paris, Alejandro Oliveros, Reynaldo Pérez-Só, Adhely Rivero, José Solanes, Rafael Humberto Ramos Giugni, Luis Alberto Angulo, Pedro Téllez y numerosos escritores carabobeños, caraqueños y yaracuyanos entre los cuales me cuento.

La obra de Tortolero pudiese estar asociada a una suerte de “malditismo” debido su áspera visión del mundo inaugurada en la modernidad europea por un grupo de poetas franceses  cuando crean el concepto de poetas malditos en la sociedad donde “el capitalismo se come a los poetas por tajadas” tal decía Charles Baudelaire, célebre autor de Las flores del mal (1857) y como están descritos en el ensayo de Paul Verlaine Los poetas malditos (1884) donde hace referencia a algunos de ellos: Stephane Mallarmé,  Tristan Corbiere, Villier de L’isle Adam y Marceline Desbordes; en Estados Unidos fue inaugurada por Edgar Allan Poe (cuya obra completa fue vertida por Baudelaire al francés) tradición a la que se sumaron luego en el siglo XX poetas estadounidenses como Hart Crane, Allen Ginsberg y Charles Bukowski; en Venezuela inaugurada por José Antonio Ramos Sucre y Elías David Curiel seguida por Luis Fernando Álvarez en la primera mitad del siglo y luego en la segunda mitad por Caupolicán Ovalles, Víctor Valera Mora, José Barroeta, Ludovico Silva y seguidores más jóvenes como Eleazar León, Elí Galindo, Luis Sutherland, William Osuna y Gabriel Jiménez Emán. Tales poetas “malditos” tienen poco que ver con el diablo, los demonios o el satanismo, más bien están negados a participar de los festines superficiales de la sociedad del consumo, los premios literarios y los escalafones sociales. En todo caso, Tortolero y otros tantos se suman a esta reacción y rechazan participar del canon de una poesía equilibrada o moldeada por formas clásicas y temas convencionales. 

El temperamento o carácter de Teófilo Tortolero fue siempre reservado y reconcentrado de hombre silencioso y parco, dado a la lectura y escritura; practicando ésta última con mucho recato y disciplina. A los treinta y dos años publica su primer libro Demencia precoz (1968) en cuyo título ya se anuncia una naturaleza mental trabajada al amparo de una imaginación lírica indagadora de resultados estéticos sustantivos, prefigurados por una serie de esencias constantes en su trabajo literario posterior. Desde un primer momento, se percibe una doble dislocación del sino psíquico del poeta, un descalabro existencial hilado al verbo y estructurado en un mecanismo detonante, esto es, una ruptura interna que va a ser signo permanente de su poesía, advirtiéndolo desde un principio en su trabajo inicial mediante los subtítulos de “Arsénicos”, esto es, elementos letales impregnando su voz:

Mi hermana se ha quedado

mirando por mi único ojo

o:

Alguien se quiere llevar mi inocencia

Reza para que no suceda.

Se observa en su obra un Yo en permanente búsqueda de refugio en el seno familiar, en la paz de un pueblo o espacio pequeño:

Se fue la pestaña (madre)

hijo cierra esa lluvia

que la mano no era sino pasto muerto.

A medida que el libro transcurre entre lluvias y praderas, se va anunciando una “caída”:

No somos ángeles

aunque recemos en el comedor

con el hocico del animal sagrado.

La alusión al elemento demencial nos remite a un espacio de dislocación mental o sensorial como parte sustantiva de la visión de nuestro poeta; no sólo en este libro, pues va a ir en aumento en registros a lo largo de toda su obra, visionada bajo múltiples aspectos y efectos a lo largo del presente escrito: la caída en el tiempo, el fracaso, la amargura, la ansiedad, el vacío, la angustia existencial y el dolor por los padres o familiares idos: elementos constantes en el mundo de Tortolero hasta el punto en que parecen moldear la mente del autor-lector en una sola, tal iremos insinuando en el decurso de este trabajo. Tales sentimientos o presentimientos, a su vez, están urdidos a través de una forma dotada de elementos musicales que funcionan a la manera de transmisores verbales: Brahms, compositores románticos, sonatas, músicas nocturnales, sones tradicionales parecen apoderarse de los instantes emocionales, cuando el poeta es presa de la angustia o la desesperación: Es terrible la llama en la caída, nos dice: “Me aproximé al trono funerario (…) Sus patas de bálsamo se desplomaban / en el lago derecho (…)

O en estos versos:

Hoy es diluvio. Ya están con nosotros

los pájaros gritando

clavando sus picos en al Arca 

Se produce, así, la primera alusión a “la última tierra”: allí donde se hallan la casa, la infancia, la tierra prometida o la muerte:

Si volviera con el ala caída en la mejilla

nos dice, y más abajo:

He terminado

mi garganta está seca

al detenerse los blancos

en la sala de máquinas

En tal punto, el poeta comienza a conformar un mundo y un lenguaje (un idiolecto) propios, fundamentado en dos espacios iniciales: la tierra (la infancia, la casa, la familia) y las caídas anímicas (la angustia, el vacío, la soledad) y ello le permite ir estructurando un mundo propio usando imágenes contrastantes que, a momentos, golpean fuertemente la sensibilidad del lector. Justamente, a partir de la sección “Caídas” el poeta ya posee un perfil claro del mundo por recorrer.

La segunda parte de este libro, “Otros poemas” Tortolero la ocupa con textos dedicados a poetas y amigos suyos recreados en ámbitos de otros países, pero sin desatender la tierra originaria.

Sufre la madre y sufre como el gallo

tíéndese en el patio de nácar

Son numerosos los elementos dispuestos por Tortolero en la construcción de su mundo poético, el cual seguirá nutriendo con creces en los siguientes libros.

En Las drogas silvestres (1972) el poeta se acerca a los grandes espacios, a los vastos paisajes tanto externos como internos. Se trata de una suerte de trasgresión anunciada en el propio término “droga” en su acepción de viaje interior, de experimentación alucinatoria frente a estos paisajes, a través de un arte combinatorio complejo. Se trata de una suerte de fatum humano frente a la naturaleza, expresado mediante desgarramientos en favor de imágenes contundentes, radicales, que le permiten escribir versos como:

Hacia riberas deslumbrantes

hendidas por ensueños, corrientes marinas

camina tu quemadura y tu perfume blanco

En un segundo

Allí donde la copa entraba de cuenca

has oído gritar la luz

En este libro el paisaje lo arropa todo; lo “silvestre”, justamente, alude a ese elemento puro constitutivo de un paisaje que se va transformando permanentemente hacia afuera y hacia adentro, se va gestando a la manera de un organismo vivo, mientras es aprehendido por el observador –en este caso el poeta-demiurgo-  quien a su vez posee la capacidad de transformarlo en su interior anímico, y de someterlo  a las perturbadoras “leyes” humanas; o mejor dicho, a la visión del homo sapiens o humano sapiente que intenta  aprehender la naturaleza con palabras; en este caso vocablos cargados de significados sonoros, plásticos, sensoriales y mentales que terminan  conformando “ideas”; en el caso de la poesía, su objeto no sería “conocer” o comprender como objetivo central, sino indicar lugares o momentos donde ese lenguaje se ha desenvuelto,  y aspira seguir en su propósito cuando se aproxima al mundo desde distintos ámbitos sensitivos o cognitivos. Por ejemplo, cuando dice:

Morir en aguas brillantes y profundas

donde el sol no se aplaca

y en su antípoda exclama:

¡Oh! ¡Salvaje duna!

Se pudiera decir que en este libro Tortolero asume la construcción de una poética de lo terrible, de la naturaleza implacable de la conciencia humana:

A tu caída te fragmentas

igual que un fantasma

Aquí la presencia humana queda reducida frente al paisaje cumpliendo un ciclo temporal, tocado casi siempre por un hálito trágico, por la voz de un ser que aguarda su propia caída o se fragmenta como si estuviese acechado por presencias tenebrosas; se trata en verdad de la caída del ser, en el tiempo o el espacio:

Yo te busco en un salto al vacío

Pero este elemento radical puede girar en el instante de apreciar la belleza de una presencia natural cuando escribe:

Un girasol ha temblado en el mundo

Una flor fugaz deja su huella en el inmenso universo terreno, efectuando un ligero temblor, pudiendo incluso llegar hasta el estremecimiento de un espacio que lo abarca todo, donde la imagen de un caballo, por ejemplo, es suficiente para contener en sí toda la belleza animal:

Cuadra

Todo lo que chirría fue una vez la casa del caballo

y en el lugar donde murió breve

los estribos colgados tras la puerta

apenas recuerdan su venida a este mundo

Desconocido

semejante al barro trotado en las patas

cuadros rasguños de sus moscas

el alma fue apoyando

entré a dejar la despeinada cabeza

resignadamente

los ojos ambulantes

sobre las puntas del camino

y enloquecerlos en el aire

visitado por fantasmas de caballos

O cuando realiza su regreso al bosque quieto de los pájaros, buscando un refugio.  La naturaleza, en este libro, le ofrece al poeta un espacio de retiro, donde “las mañanas asomadas a mi casa” le permiten decir: “con estos ojos me describo y me lloro” y donde el eros ejecuta sus metamorfosis y entonces puede volverse una cúpula o una cesta que lleva pensamientos y drogas silvestres, para celebrar la exaltación de la Naturaleza, la cual, a su vez, constituye una suerte de fatum, de fatalidad:

Tu frente lleva pensamientos

y drogas silvestres

en una cesta y una cúpula.

(…)

En el patio de julio recuerdo la quietud

de otra casa donde un pote vacío

recuerda el vano amor

Sin olvidar el uso de un tono trágico que le es inmanente, Teófilo Tortolero va en busca de revelaciones naturales, presencias anímicas o espacios para “organizar” afectos en medio de tribulaciones individuales muy particulares, digamos, las cuales le obligan a crear una impronta verbal propia, un sello personal para una escritura identificable en los ámbitos sociales de entonces, convulsos desde el punto de vista político, y desde la perspectiva de una identidad cultural propia, que venía fraguándose desde los inicios de nuestra historia republicana, cuando se intentó rescatar la dignidad de un país asediado por dictaduras militares o visiones políticas ineficaces.

Teófilo Tortolero construye, así, libro a libro, lo que pudiéramos llamar una poética de lo terrible, desenvuelta en el meollo de un presente implacable que se hace visible mediante la presencia de una herida que nos hace vivir y nos recuerda, a cada instante, lo terrible de la condición humana:

A tu caída te fragmentas

igual que un fantasma

Aquí la presencia humana queda reducida a un mínimo de espacio en el paisaje, cumpliendo un sino trágico de naturaleza temporal que, mientras se desploma, se va fragmentando en varios entes –para emplear la jerga filosófica— aplicada en este caso al ejercicio de la poesía como uno de los “métodos” de comprensión del ser, a la manera de hermenéutica.

Al ingresar a esta lírica imágenes de tipo cristiano, sus asuntos se van complejizando, al apuntar hacia otros niveles de percepción, dado que la filosofía cristiana, con sus implícitos elementos de culpa, redención o sacrificio toman posesión del espacio poético y lo van saturando, sobre todo al aparecer las figuras del padre o la madre, construyendo una gran ausencia dirigida a crear espacios de consuelo, abnegación, belleza pura. En este caso, la imagen del padre siembra un nuevo ámbito trágico de angustia; mientras el de la madre comparece a escena brindando imágenes ms frescas, copando el “maternal vacío”. Citamos varios ejemplos:

XV

Sabes tú

quién apura el asiento de mi vaso

cada vez que un dedo

roza mis hombros

pidiendo que le siga al cuarto

¿dónde nunca te encuentro?

La fatalidad de un paisaje atemporal, casi puro, se despoja también de las tribulaciones del tiempo:

XIX

Penúltimas aguas os invoco

olas en viaje hacia la ventana

que se consume entre la fogata del silencio

inviernos soñados

siempre frente a un mismo patio donde secan la ropa

Apenas hendido por el frotar de las gaviotas

regreso al bosque quieto de los pájaros

En 55 poemas(1981), reaparecen los elementos naturales asociados a los padres –en las medidas antes referidas–: la fatalidad espacial del paisaje encarnada en la madre, en la caída en el tiempo o en la imagen paterna. En el texto de “Agua parda”, por ejemplo, puede estar identificado con una creciente de agua revuelta con fango (agua parda) como queda expresada en el verso

Pálpito en los ojos de los jazmineros

escuché el agua parda con su trueno

Agua que puede surgir acompañada de un tronar o de un barrido, el agua “rompiendo más el corazón” donde el sentir se desliza entre patios musgosos y el mar implora, es decir, el paisaje no da tregua; la desmesura que aturde y el animal soleado, las alegrías lejanas: todas ellas contribuyen a la construcción de esta leve canción en agosto, confluyentes hacia un poema iniciático y conjugante: “Ábreme el río brillante”, le ruega. Ventanas, golondrinas, cigarras: todos estos elementos se conjugan de cara al debido tratamiento de la naturaleza, como puede observarse en el poema “Oh radas murmurando”:

Un poema aletea en tus ojos

un poema se recrea en los labios

intenso

lleno de claridad como una fiesta

y bajo la seca luz de julio

viene a tenderse

viene a vivir

En estos casos, objetos artísticos como el poema pasan a ser objetos cargados de claridad, en una celebración que es también una verdad convidada a una festividad natural o a ser partícipe de un enjambre de sentires o pensares: el agua entre las sombras, el sonido, la luz, el sudor, la pereza, la soledad, los guijarros y las ostras: todo parece concurrir hacia ese escenario dramático donde Tortolero nos extiende una cautelosa invitación. Veamos cómo amalgama olores y sensaciones:

Ha venido el desaforado olor del cielo por nosotros.

En este caso, el “desaforado olor” es una expresión casi violenta para hallarse adjudicada al cielo. Otros ejemplos son: “la cigarra aturde y escarba”, “Me despeño por la gracia y la desgracia” no hacen sino corroborar la presencia de tales elementos agitados o tormentosos en la lírica de Tortolero. 

Pero donde estos signos se encuentran más intensamente plasmados es en los poemas dedicados a la figura del padre, donde conviven varias de las claves trágicas –de donde surge buena parte de la visión angustiosa de la obra de Tortolero—la cual, a mi entender, inaugura una nueva veta en una extensa tradición de la poesía de nuestro país, dando lugar a un espacio donde el propio poeta anticipa su muerte.  Algunos ejemplos de ello son:

Padre, atiéndeme que soy tronco y raíz de tu patio.

(…)

Padre que hizo posible la turbulencia

(…)

Padre que ha caído sobre un bastón que no manda

(…)

El coraje que dio alimento a tanto sueño

como nos dimos tú y yo

en nuestras silenciosas osamentas

(…)

Cada caída anuncia la próxima

Pero también existe el diálogo con elementos naturales, como una simple flor:

Te llevo en espinas de rosas

sacudidas desde el cielo

un trago a tu honor

flor alegre

la más punzada que recibe mi carne

ahora

cuando beso la última tierra.

Pudiéramos decir que esta atmósfera trágica va impregnando y escalando a medida que avanzan los textos de estos 55 poemas, y acercándose cada vez más a espacios de dolor, como cementerios y tumbas: Nidal de cruces hechas / por manos ausentes.

Este crescendo, además de cubrir los espacios internos de la casa, sus patios, jardines, cementerios y al propio hecho poético como tal, es presentado como un fenómeno trágico en sí mismo, haciéndose blanco de dardos amargos, atravesando “tu herida en llamas”, en su alusión permanente al dolor y la angustia.

También están las alusiones a presencias tenebrosas donde alcanza su cenit el sentimiento de orfandad, de íntima tragedia del ser donde convergen –como ya anotamos– Naturaleza y Espíritu, ser y vacío, canto celebratorio y desilusión. Pudiera afirmarse que hay una convergencia importante que hace posible esta expresión en varios de nuestros poetas de principios del siglo XX, desde algunos de los fundadores de nuestra primera y segunda modernidad escéptica, como son los casos de José Antonio Ramos Sucre, Elías David Curiel y luego Luis Fernando Álvarez.

El libro va desenvolviendo su núcleo trágico a medida que transcurren los días y se acerca la muerte. Allí está el recuerdo de su padre y está también la depresión y la tristeza, el camposanto con sus cruces y un aire terroso respirando sobre ellos, ese “aire que no cesa de parir moribundos”. Se trata aquí, en efecto, de una poética que no se detiene en producir este tipo de ámbitos, profiriendo sus alaridos amargos y llegando al extremo de generar imágenes radicales del tipo: por tu herida en llamas.

Estas atmósferas tenebrosas alcanzan su cenit creando, a través de un sentimiento de orfandad, un íntimo clímax ontológico desde donde emergen carencias y vacíos, entes creados por desilusiones íntimas. Diríase que la vitalidad de esta poesía dimana del ser y de un espacio de reflexión siempre en busca de una imagen que le permita sobre-vivir o sub-vivir entre los pliegues de la realidad.

Pero ya no estaban mis pupilas

en mi Ser

dice, mientras aguarda la llegada de un pájaro: un gorrión cuyo canto y presencia le permiten sobrevivir a la caída, volviendo por momentos a los acertijos de la propia existencia.

Repite la palabra alcanforado

que no existe y es sin embargo tan querida

a la hora de donar la cabeza

                        que va en los sueños

por la potestad de una nota dulce     

y a la vez aterradora

En la lírica de Tortolero cohabitan presencias naturales y mentales, fuerzas destructivas y edificantes que van tejiendo, capa sobre capa y a través de un procedimiento sutil, las distintas interrogantes que asedian al Yo y a la conciencia, en un proceso que tiene mucho de cognitivo, de filosófico.  Debido a ello me he atrevido a hablar aquí de drama ontológico, de una ruptura psíquica profunda. En este sentido, la lírica de Tortolero se erige desde una visión pesimista del Ser; el cual, de tanto en tanto sube, escala colores o sonidos o lugares plenos en busca de una claridad terrena, donde el paisaje le aguarda para recibirle en su seno.

En Parfuma jaguaro (1984) la figura de un jaguar asciende como presencia simbólica de lo animal, seguida de una “Elegía” en tres estancias: Soy la mirada de la resurrección, dice. Y al confesar esto, encarna él mismo la posibilidad de re-encarnar en el alma animal para asumir así las distintas identidades que se desprenden de esa naturaleza; de ahí también la permanente alusión a la criatura animal que habita de modo permanente en el ser humano, con posibilidades de liarse a los elementos de Madre Natura, como en efecto acaece en este libro; tal detalle es justamente el posibilitador de la interacción de la mirada animal al seno de la realidad, y al seno mismo del lenguaje:

Corazón trucha saltando entre tus dedos

(…)

Sobre la muralla china los amantes

fueron aquí aprisionados por la luna

Es como si se estuviese escuchando la elegía trágica de un amor negado, en tres estancias poemáticas de una complejidad abismal. Tortolero ha construido una lírica a la par de original, provista de una hondura sin par en la poesía venezolana del siglo XX, si indagamos en sus fuentes principales. Digamos que su primer rasgo distintivo es la hondura existencial; el segundo un sello “salvaje” (léase “natural”) desenvuelto a través de un tono dramático con propensión a lo autodestructivo. Pero la tragedia de Tortolero no consiste en registrar accidentes o muertes repentinas: se trata de la tragedia de la especie, del fracaso natural al que está expuesta la condición humana desde su vertebramiento genésico de signo irreversible; es por ello que nos agobia por instantes. Asistimos a una suerte de desnudez de la especie, rodeada de signos, símbolos animales y vegetales, y de los mismos sucesos de que está hecha le existencia. Es de observar, en el intra-lenguaje creado por el autor, cómo se deslizan en él sonoridades arcaicas, golpes verbales ásperos a fin de referirnos la herida humana experimentada por el ser, lo cual registra una triple revelación: del ser, de la conciencia natural-animal y de la cercanía (o lejanía) de los seres de su especie, que bien puedan atraer hacia el Yo angustia o felicidad.

Siguiendo una secuencia cronológica, nos encontramos con La última tierra (1990), obra aún más hermética y sinuosa, donde un elemento como la luz no cumple solamente una función purificadora  sino que hace ver, aún más, el dolor o la tribulación.

Ondeas en el sahumerio de mi sangre

(…)

Sigo en mi patio muerto

con sus lagartijas y grillos borrachos

mirando el agua caer de mis ojos verdosos

(…)

No tengo aroma conocido,

ni lavanda, ni sándalo,

talvez un pino de corta vida

jugando a vivir con la muerte.

Texto tremendamente fuerte, marcado por una carga dramática desoladora; aquí los “juegos” con la muerte pueden derivar en espacios abigarrados que no ofrecen escapatorias a quienes los leemos como actos de purificación. Cuando el poeta se califica a sí mismo “último” ya nos está anunciando que se trata de una estación postrera donde van a cumplirse no sus deseos, sino su destino; la aceptación humilde de una tierra que sigue en movimiento y le incita no a hacerse más preguntas acerca de su destino, sino a aceptar designios o mandatos superiores. El poeta –como un demiurgo arcaico de los poderes terrenales- acepta su fragilidad y su caída en el tiempo, refundiéndose al paisaje. Se halla en su tierra originaria que es también la última, donde le espera nuevamente el dolor:

Al dolor, al dolor

al dolor repetido

de una casa de terrones

que agonizan de instante en instante.

Ahí también le espera la memoria del padre, expresada en una elegía a su recuerdo (aparentemente se trata de un padre “muerto por propia mano”:  

que dolorosa y dura fue su muerte.

(…)

Adiós, señor de tanta majestad

caído por su propia mano

a la última tierra.

También le canta a la luz:

Bajaré a tu reposo,

luz amante,

luz pura.  

Este sentimiento de último destino implica varias imágenes complejas como: “En mi casa sola de aguas”; “cabellos de oscuros dolores”, “cadáver inclinado de perfume”, “le ofrendo mi vida a mi muerte”.  En el poema intitulado “Una puerta golpea” nuestro poeta deja ver parte de su infancia transcurrida en una bodega ubicada cerca de unas maderas rotas, tablones apilados, una pared rugosa y “unos alambres claveteados por el sueño” .

Mi padre atravesando patios

Conversando en su delirio con mi madre enferma.

Nótese, en esta breve enumeración, como el poeta pasa de una descripción de objetos a detallar un estado mental o de mala salud física. Aquí la voz poética intenta aprehender el origen de una angustia vivencial profunda, en un espacio (una ferretería) donde su vida transcurre en silencio, “atrapado en una red de metal y a mostradores tristes / rozados por las manos de inmigrantes chillones / alargados en su terco destino de morir / claveteando una mesa de fantasmas.

El poeta se mueve en espacios de memoria melancólica, experimentando sensaciones ambiguas: “igual que un oboe”, dice, comparándose al sonido de un instrumento de viento, o a través de su símil más fuerte:

Materia perdurable

la que arde en el aire de los ojos

(…)

madera perdurable el dolor de saber que te ausentas

madera perdurable la casa que ocupaste

y abandonaste

Luego la tierra se va como transfigurando y el universo íntimo del poeta adquiere nuevas texturas expresivas:  se acerca el fin de la nostalgia de la tierra y el poeta debe asumir otros roles.

Hoy asisto al taller de mis huesos astillados

y nobles en su encanto

he de llevarlos hasta su pura cuna

(…)

Me ven salir de tabernas que no existen

en estas soledades que abrazan mis ojos

Varias de las imágenes de Teófilo Tortolero parecen surgir de su propia imaginación doliente, como podemos observar en innúmeros textos suyos: “Tener una pulpería” “Fermosa ternura”, “Grisette”,

 En uno de ellos leemos:

Arrojé mi vestido a la corriente

donde soñé el cansancio de esperarte

sin embargo, llamé a tus ojos

me describo y me lloro en tu regazo

pero siempre me siento abandonado.

a la última tierra.

También hay en Teófilo una clara alusión a la música, y referencias sustantivas a sonidos melódicos, sonatas, adagios, oboes, canciones. Al extremo, la figura del padre se yergue para dejar respirar y se transfieran sentidos y pensamientos, intuiciones y desasosiegos, imágenes de dolor o agonía sirven de asideros importantes para esta obra. Se cumplen entonces el mito y el ciclo del eterno retorno al paisaje agreste, presente en textos como “Estación alemana”, “A la cabra”.

Este último dice:

Vi llegar el sol

a los ojos de la cabra miserable

al comenzar el deshielo de su mirada

de esos globos atentos al martirio

Mientras por otro lado el padre y la madre van conjugando imágenes contrastantes surgidas también de un paisaje anímico:

A la sepulta

Y al calor de un cortante azul

respiro en la humareda

brotado de las horas incendiadas

tu transparente mirada angustiosa.

En El libro de los cuartetos (1994) la expresión poemática se limita a la forma de cuatro versos, pero gana en musicalidad, en sonoridad, tal podemos apreciar en versos como:

Apenas leo en tus manos oficios y solsticios,

Fresca es la noche en que te nombro

Te siento a pedazos eres templo a pedazos

Vas pudriéndote en mi paraíso.

El demiurgo intenta hallar, en esta ocasión, un poco más de paz, de claridad e incluso de armonía aferrándose a ciertos signos de purificación como la música. En el poema intitulado “Canción” no encontramos signos de luto o decepción, sino de alborozo o fertilidad:

Solo hay

Los apamates regresando

de sus desmesurados espacios de amor

pájaros eternales

aturdidos al fin de tantos cielos

la noche cierra su gran libro de láminas

abre los jazmineros y los grillos.

Y así continúan los ascensos y recorridos por riberas, hasta alcanzar estados de meditación o reposo, descritos entre el paisaje, la naturaleza, los animales, la casa, los padres. De hecho, los últimos textos de Tortolero se encuentran inspirados en la figura materna.

Madre

Todo se prende al final de una sábana mojada

con tu sangre

y la cabellera negra

derramada frente al espejo:

toda una vida

sosegada en las mejillas

doquiera tu decisión me arrojara

a tu placenta de regreso.

Este libro nos presenta el fenómeno del regreso como un reconocimiento anímico y como un encuentro consigo mismo.

En la sección titulada “Otros poemas”, textos como “Tren de sed” o “Nous” nos deslumbran mediante espléndidos desenvolvimientos líricos –en cuyos fondos resuenan músicas ancestrales– notas originarias traspasadas de enigmas:

Somos cuerpos amantes, somos hojas de agua, orquídeas

pensamientos, casas sacadas de sus huesos

amigos de una hormiga que vendió su alma a la quimera

somos una estrella gritada por un grano de oro

en un patio de amor,

esbelta, damos ansia, perdón de los rencores,

somos Dios de un furtivo amor que no tiene mejilla.

Advertimos similar atmósfera en el texto de “Adagio en una calle sola” y en otros como “Una oquedad bastaba”, “En el cielo rojo”, “La vida es sueño”, “Nuestros días”, “Marzo”, “Esto queda del día”, “Mi mamá Andrea”, “Mi padre”, “Reverie” y otros.

Estos poemas postreros pueden ser vistos como despedidas de un mundo irisado de fulgores y resonancias, elementos familiares, presencias iluminadas por el recuerdo y provistas de un toque melancólico propio, en medio del cual puede advertirse una profunda reflexión  acerca del existir humano, examinada mediante estancias contrastadas, penetradas de un hálito trágico donde se describe una evidente caída existencial, –como ya hemos anotado– el poeta-pensador se detiene en centros de iluminación íntima  en busca de signos y elementos que lo rediman o sanen su psique rasgada, su tormento íntimo, como si una especie de desgarradura estuviese dirigida a su saneamiento en su re-encuentro con la tierra, el aire, el agua, el mundo callado de los seres queridos.

Una lectura detenida de su obra revela que dentro de su corpus lírico habitan presencias insospechadas, pulsiones abismales que nuestro bardo intenta apresar valiéndose de contrastes opresivos, de un “tete a tete” del mundo interior con el exterior, de un desamparo cuyas huellas podrán ser acaso borradas por el tiempo o por la cercanía casi dolorosa de un paisaje que le redime:

Estoy metido hasta el cuello del cielo

dice, como si el cielo que le salva también le asfixiara. Y en otro poema escribe:

Era un sueño del cambiante octubre

como si el mes en sí mismo poseyera parte de la conciencia humana. Y en este itinerario de contrastes, Tortolero nos hace ver reflejos de la gran paradoja humana, donde los mismos placeres terrenos se saborean como vinos amargos; donde las ventiscas nocturnales y las pulsiones eróticas se han encontrado al final del camino, mediante una operación de íntima rebelión, ha sido sanada por una hermenéutica lírica de la contemplación; pero esa operación no es de manera alguna positiva o segura de sí misma: se entrega a los vaivenes del espíritu, al hambre de cielo o nube que sufre constantemente el ser, a la urgente presencia de los seres queridos o de los paisajes raigales que acudieron puntualmente a sus citas. En efecto, Teófilo fue hilando pacientemente una serie de imágenes contrastadas que le granjean una voz peculiar en la poesía venezolana y latinoamericana del siglo XX, y que ahora. en pleno siglo XXI, conserva aún su lozanía debido al incesante fuego interno que supo dominarla.

Sobre el autor

*Prefacio del libro Teófilo Tortolero. Obra poética (Ediciones Fábula/Movimiento de escritores de Yaracuy)

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