La sala donde mamá Trina asistió mi nacimiento se volvió un tramo de calle. Los nuevos dueños habían derrumbado la pared frontal y puesto en su lugar -después bastante replegado- un muro de concreto con su portón de hierro. «Pobre Trina», dijo Flor María, mi madre, suspirando. La casa estaba sola. Pero no. Un pájaro rabilargo parloteaba oculto en la maleza. Con el tiempo, unos lusitanos convirtieron en almacén de frigos el viejo soliloquio de las dos mujeres. Esta escritura intenta un desagravio para ellas. Por su resurrección… y por la mía (Rafael José Álvarez, pórtico).
Haciendo clic en el enlace puedes descargar Trina y otras memorias de Rafael José Álvarez (ediciones Poesía de la Universidad de Carabobo).
