literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de José Napoleón Oropeza

Mar 27, 2026

El huésped invisible

«El hombre es un muerto que juega con muertos». Jorge Luis Borges

A Leonardo Mazzei, por las horas compartidas tratando de comprender el misterio de la poesía y a Maritza Quintero: por los caminos de luz que abren en mí su amistad.

Sofía, justo antes de atravesar la puerta que separaba a los pasajeros de las oficinas de Extranjería, respiró hondo. Contuvo el llanto: no quería que Jorge Luis se deprimiese al verla tan triste. Luego de un tierno beso en las mejillas y un fuerte apretón de brazos a sus padres, entregó a Jorge Luis, su padre, quien luchaba por no soltar el llanto, un abultado sobre envuelto en papel de seda, cruzado por un lazo. Le pidió que no lo abriese. Debía dejarlo sobre la cama vestida la noche anterior, con una sábana nueva, adquirida precisamente dos días antes, entre la corredera que suponía dejar todo ordenado en el apartamento antes del viaje. Carmen, su madre, siempre eficiente en preparar equipajes, metió en las maletas solo lo necesario. Así evitaba exceder el peso de los veinte kilogramos concedidos a cada pasajero. Requería las cosas más elementales para los tres meses que pasaría fuera de casa, antes de retornar al país, si acaso no decidía pasar la Navidad en Buenos Aires, en la cual esperaba cursar una maestría en Museología ofrecida —entre muchas opciones de Gerencia para los Museos de Arte— por
la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

La puerta de vidrio del pasadizo que conducía ante la hilera de funcionarios de Emigración se cerró una vez que Sofía pasó bajo el dintel, con un ejemplar de El Libro de arena que llevaba con ella, férreamente sujeto en su mano izquierda. En la derecha llevaba el pasaporte, la planilla de emigración y sus sandalias. La fila que seleccionó para esperar el turno de chequear su documentación tenía delante trece pasajeros. Tentada, por primera vez, a volver la mirada hacia sus padres, rechazó ese impulso. Jorge Luis, inmóvil, contenía las lágrimas. Se apoyó contra el amplio ventanal de vidrio, levemente empañado por la humedad causada por la respiración de otras personas que, como él, oteaban hacia el interior de las oficinas de Emigración los últimos movimientos de sus familiares, separados de ellos por escasos metros, pero dispuestos a partir y a dejarlos, desconsolados, momentáneamente.

Sofía, una vez que atravesó el amplio ventanal, nuevamente, se sintió deseosa de buscar la imagen de sus padres entre las siluetas dibujadas tras el vidrio. Pero no volvió la mirada hacia ellos. Durante varios días, se sentirían tristes. No aumentaría su pesar deteniéndose a mirar a Jorge Luis o buscar la imagen de Carmen, parada junto a él, impertérrita, siempre imperturbable. Aunque, por esta vez, su estadía en Buenos Aires no pasaría de tres meses, como repitió a sus padres en varias ocasiones. Les prometió retornar a Venezuela tan pronto concluyese el curso propedéutico de la maestría. Sus pensamientos se cruzaban: se agolpaban como los puntos y rayas dibujados en la pantalla detectora de metales por las pertenencias contenidas en el bolso de mano. Le parecía ridícula esa última medida introducida en las normas de Emigración de que los pasajeros se quitasen los zapatos y pasaran descalzos frente a ellos. Menos mal que había decidido calzar las sandalias más livianas.

Antes de pasar bajo el dintel que también detectaba metales y, desganada, dejase caer el bolso de mano sobre las correderas que arrastraba las pertenencias de los pasajeros, leyó la planilla de emigración y guardó en su bolso el sobre que Jorge Luis le entregó con el ruego de que solo lo abriese cuando estuviera establecida en Buenos Aires: llegaría el instante de sentir el impulso de leer su contenido, exclamó su padre, o pensó ella que le había dicho, como si se estuviesen intercambiando encomiendas. ¿Qué habría escrito en ese mensaje que con tanto misterio le entregó?

Volvió a revisar la planilla detenidamente. Deseaba constatar que hubiese vaciado de manera correcta sus datos personales. Dentro de unos escasos segundos luciría su mejor sonrisa ante el funcionario de Emigración. De nuevo, calzó sus sandalias. Se sentía serena. Olvidó por unos segundos el sobre metido por su padre entre las páginas del libro de cuentos de Jorge Luis Borges: no sentía ninguna curiosidad en tratar de adivinar su contenido. Sofía y Jorge Luis se entendían muy bien. Llegaría el momento de rasgar el sobre.

Los funcionarios, sentados frente a las máquinas de rayos X, atentos a las imágenes, sombras, rayas y puntos creados por el rayo de luz disparado por la máquina, quizá fingían atención a los contenidos. A ella le importaba muy poco lo que pensaran sobre su persona. Cuchicheaban mientras observaban los objetos dibujados en la pantalla, entre rayas y manchas que, seguramente, algún artista habría tomado como motivos para sus indagaciones. ¿Lo haría ella un día? ¿Qué tal si Sofía reinventase esas rayas y bocetos de objetos con crines de caballo, pelos humanos o hermosas crinejas? Tal vez ya lo hizo Paula Santiago, con su juego creado con manchas de sangre, papel de arroz, hilos y cabellos. Quizá Giannis Kounilis en una próxima instalación, con caballos y zorros amarrados a carretas que atravesasen pasajes de niebla.

Claro que lo pensaría: le importaba poco si no fuese original en la idea de reinventar esos dibujos: Jorge Luis, su maestro de vida, siempre repetía que lo verdadero de cada obra de arte, lo original, subyacía en el nuevo nacimiento de un tema, en la genésica vuelta formal a un contenido por parte del artista: nunca cerraría el nudo, el abordaje y resolución genésica del tópico arquetípico subyacente en cada obra. Cada coito, si nace de una entrega inocente, la mantendría virgen mientras viviese, se dijo y se sonrió tras su ocurrencia.

Distinta a Jorge Luis, quien decía que los aeropuertos lo volvían paranoico, ella disfrutaba la experiencia de que los funcionarios de las aduanas pensaran sobre ella lo que se les ocurriese. Siempre andaba, apurada, empeñada en la idea de ser puntual en todo momento, en las citas amorosas, en la entrada a casa después de su trabajo y, sobre todo, en su afán de ser la primera en llegar a todos los compromisos. Nunca llevaba libreta para anotar ideas, pues siempre guardaba, dentro de sí, las imágenes que, de manera continua, estimulaban la reinvención constante. Lo vivido cada día dejaba la sensación de un nuevo «nacimiento» a partir de lo visto en el aula de clases, en la calle, en una exposición o leído en algún reportaje, en un poema, en un ensayo. Trataba siempre, de no dejarse intimidar por nada, mucho menos, ahora, por esos estúpidos y cretinos funcionarios de aeropuerto, afanados en atrapar a un contrabandista de drogas entre los pasajeros, o a un terrorista, supuestamente dispuesto a secuestrar el vuelo armado con un cortaúñas.

Su papá, tan honesto, ¿por qué debía sentir miedo en los aeropuertos, si era casi un monje que se pasaba todo el día entre libros, dispuesto siempre a crear nuevos espejos a partir de lo leído? «Siempre afanado en inventar un espejo», una de las imágenes más recurrentes en su literatura, pensó Sofía, sin volver la mirada hacia el ventanal al cual se recostaba Jorge Luis, como si quisiera atravesarlo, volverse una hormiga, seguir los pasos de su hija, y reanudar, de esa forma, en aquella madrugada, el juego con los espejos cuando apretaba en su puño tres hebras de cabellos de su hija caídas en su hombro mientras se abrazaron, como si ella hubiese querido dejar una prueba de amor y las hebras creasen, ahora, un diminuto río.

Casi nunca lloraba frente a Carmen, su esposa, invariablemente impasible, mucho menos frente a su hijo Luis Eduardo, o frente a Lara, la tercera de sus hijos, quien sería, por siempre, la más pequeña de la casa: demoraría en casarse o en buscar pareja. Prefería, por ahora, vivir junto a sus padres y pasar casi todo el día en los tribunales, atenta a los lentos movimientos de los jueces, perversos en su empeño en atrasar sus resueltos, pensaba Jorge Luis. Todos los días veía a Lara salir de casa cargada de carpetas, muy temprano en la mañana. En la tarde volvía, cansada de bajar y subir escaleras, en busca de resoluciones a los libelos que introducía todos los días. «A su manera, mi papá vivirá siempre jugando a armar, reinventar y fragmentar espejos, desde los cuales trata de comprender el universo», pensó, mientras se agachó para ajustarse las sandalias. Luego, tomó el bolso de mano. Se apresuró en busca de la puerta de salida, porque se había retrasado y, cosa rara, ya le habían dicho en el mostrador de la aerolínea que el avión arrancaría a la hora pautada.

Una vez en el avión, sintió que todos los pasajeros la observaban. Se apuró en buscar el asiento asignado (prefería los asientos de ventana, para otear las nubes, ver hacia abajo, durante el despegue, atenta a las imágenes de carros y casas transformados rápidamente en puntos y, finalmente, en focos de luz y de sombra). El único asiento todavía vacío le estaba destinado. Una vez sentada, sintió un enorme alivio. Recordó que no le había dicho a Jorge Luis que, cuando fuese a la casa, al amanecer del día siguiente y hubiese dejado la comida lista en la mesita asignada para Grey del Carmen Torres Landa, regara las matas y se asegurase de que ningún bombillo quedara encendido, pensó, en el instante en que, por fin, se sentó en el asiento asignado; ajustó el cinturón, luego de constatar que los dispositivos de la luz y del aire, sobre el asiento, funcionasen bien. Aunque su padre le había repetido que leyera el mensaje solo cuando llegase a Buenos Aires, de pronto, lo vio al fondo de su cartera, al buscar un caramelo. Pero, no debería leerlo aún, pensó. Se sentía un poco cansada. Se quedaría dormida tan pronto el avión se estabilizara en posición de vuelo.

Sofía ya acomodada en el asiento, en el aire, con el avión en posición estable, pero sin desabrochar el cinturón de seguridad, recostó la cabeza. No tardó en cerrar los ojos, aunque a pesar del cansancio, no se durmió. Se sentía levemente mareada. Trató de no pensar en si Jorge Luis cumpliría las recomendaciones últimas sobre cómo colocar el regalo para Grey del Carmen Torres Landa, sobre la cama, sino que imaginó a sus padres y a su hermano Luis Eduardo saliendo de las instalaciones del aeropuerto, no tan rápido como hubiese querido Luis Eduardo, quien conduciría en el viaje de retorno a Caracas: algo le decía que permanecerían varados en una cola antes de que el tráfico comenzara a fluir en la autopista. Una vez que atravesaran los túneles, avanzarían más rápido.

Jorge Luis, quien había preferido ocupar el asiento trasero, le pidió a su esposa que se ubicara delante. Ya más tranquilo, colocó, justo en el espacio entre los asientos delanteros, el sobre que contenía el regalo. Al día siguiente, al despuntar el día, se prepararía para ir al apartamento de Sofía a dejar sobre la cama el presente, tal como ella se lo encomendó. Carmen —deseando adivinar el contenido del paquete— fingió que lo acomodaba junto al asiento del conductor. Palpó el abultado sobre. Luego, lo apretó, levemente, mientras lo acomodaba entre los dos asientos. Jorge Luis, como si intuyese la curiosidad de su esposa, sonrió pero no hizo ningún comentario. Carmen no adivinó qué podía contener el sobre. Seguramente cartas, mensajes para ese extraño huésped que nadie conocía. Vivía en el apartamento de su hija, pero permanecía en su cuarto todo el día. Tal vez bajaba de la habitación solo a comer en la cocina. O se llevaba el plato al cuarto. Tanto Sofía como Hermes, antiguo jardinero de la familia, quien tenía un cuarto alquilado en el apartamento y salía en la mañana y retornaba en la noche, nunca hablaban de ese personaje. Carmen y Jorge Luis, solo conocieron su extraño nombre, justo en el momento de la despedida en el aeropuerto, cuando su hija advirtió a su padre que no tratara de abordar al personaje, porque, huraño y esquivo, no aceptaba que nadie, excepto ella y Hermes, lo viesen. Gastaba unos diez minutos entre bajar y subir las escaleras. Luego, se encerraba en el cuarto todo el día.

Carmen volvió, disimuladamente, a tratar de palpar el sobre que Jorge Luis acababa de colocar, casi pegado a la palanca de cambios. Pero advirtió que el sobre había desaparecido. ¿Pero qué se hizo? ¿Habría caído bajo uno de los dos asientos? No hizo ningún comentario a su hijo Luis Eduardo. Aferrado al volante, trataba de esquivar los automóviles que marchaban delante, como si de esa manera llegara más rápido al peaje. De allí a la casa, tardarían una media hora, pensó Luis Eduardo. Su madre bajó el asiento quizá para dormir unos minutos. «Seguramente está cansada», se dijo. No imaginaba la verdadera causa de esa decisión: realmente Carmen deseaba mayor comodidad para meter la mano derecha bajo el asiento y seguir afanada en busca del sobre extraviado.

Mientras la madre trataba de hallar el sobre para tomarlo, nuevamente, entre sus manos y seguir palpándolo en su afán de adivinar su contenido, su hija Sofía, acomodada en el asiento, en el aire, a cuarenta mil pies de altura, seguía los movimientos de sus padres. Los imaginó entrando a casa, ya resignados a la ausencia de su hija mayor, dispuestos a descansar después de una buena ducha con agua tibia, entre la niebla nacida del vapor que emanaba de la regadera mientras se terminaba de llenar la tina. Sofía siguió la imagen de su padre ante el espejo empañado. Lo limpió con su mano y, luego, con la toalla humedecida antes de salir de la sala de baño, con los interiores y el pantalón ya puesto, porque ¿cuántas veces, no tuvo que devolverse a la sala de baño, al descubrir que, en el cuarto, lo esperaba la pequeña Sofía, con su gato cargado? Ella, siempre empecinada en su afectos, desde muy niña, buscaba a su gato Tiky tan pronto llegaba de la escuela. Luego de alzarlo, se encaminaba hacia la biblioteca en busca de su padre. Si no lo hallaba allí, de seguro lo conseguía en el cuarto, en compañía de Carmen, acostados en la cama compartiendo revistas y periódicos.

Jorge Luis se dormitó. Por unos segundos soñó que su hija Sofía, veinte años antes, se acurrucaba junto a él. En el sueño le pidió que repitiese, otra vez, el poema Oda al gato, de Pablo Neruda, porque deseaba anotar esos versos que, cuando comprendió mucho más el poema, siendo ya adolescente, a punto de egresar del bachillerato, recitaba siempre: «… el viento del amor en la intemperie / reclamas cuando pasas y posas / cuatro pies delicados en el suelo, / oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, / porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato…».

Cuando se aprendió todo el poema, lo recitaba, en voz alta, mientras paseaba con Tiky en los jardines, hasta el día de la muerte del gato, atropellado, frente a su casa. Siempre corría a la espera del retorno de su dueña del liceo, acurrucado de patas cruzadas, en posición señorial. Le tocó enterrarlo junto con su padre, mientras Carmen, desde el amplio ventanal de la cocina, los veía afanados, terminando el hueco. Se acomodó contra la ventanilla del avión. Por segundos, tuvo nuevamente la extraña sensación de que su gato se acomodaba a sus pies. Incluso creyó oír sus maullidos, ajena a los posibles comentarios de reproche que efectuaría su madre si le contara esa experiencia vivida en el avión: nadie creería tamaña historia de que no solo oyó los maullidos del gato, sino que lo sintió acomodado entre las piernas.

Trató de dormir mientras pensaba que no habría ningún consejo en el mensaje escrito por mi padre. Quizá, dentro del sobre, metió una copia del poema de Neruda al gato que ambos recitábamos, en contrapunto, varias veces al año. Mi padre, comprensivo y feliz como siempre, acaso también, en este momento, ya habría decidido: el poema de Neruda Oda al gato sería mi compañero perfecto en este viaje. Lo he adivinado: el sobre contiene una transcripción total de ese poema. ¿Cuándo me tocará rasgar el sobre y leerlo o recitarlo, en voz alta, en la avenida 4 de Mayo, sin importarme si la gente me imaginase loca? Feliz y cómplice, Jorge Luis le sonrió en medio del cielo, flotando entre las nubes, acostado encima del ala del avión, vestido con su mono rayado, a manera de un tigre de Bengala, con su amplia sonrisa cómplice tan solo para ella, al tiempo que yo trataba de olvidar la experiencia del gato que tanto amé y revisé mi cartera en busca de la dirección que entregaría al taxista que me conduciría del aeropuerto a la calle Sánchez de Bustamante, donde espero pasar solo tres días, mientras encuentro cupo en otra residencia, situada en la avenida Santa Fe.

Llovía con vientos huracanados cuando, muy temprano en la mañana del siguiente día, Jorge Luis entró en el apartamento de Sofía. Hermes había salido a trabajar. Sigiloso, dejó la comida para Grey del Carmen Torres Landa. Se dispuso a subir los escalones de madera, en forma de caracol, que llevaba a los tres dormitorios y la sala de baño. Sin hacer bulla, ascendió como si caminara sobre algodones. Entró en el cuarto de Sofía y encontró la puerta semiabierta. Seguramente el extraño personaje andaba por el vestier, o quizá, también habría salido del apartamento, pensó, mientras, apresurado, dejó la encomienda de Sofía, tal como su hija le había indicado, encima de la cama. Cuando se acercó, se dio cuenta de que la sábana tenía dos gotas de sangre resecas. Pasó la mano por ellas. Un tanto extrañado por ese detalle, abrió el amplio closet; buscó en el vestier; en la sala de baño. Bajó la escalera apresurado, como si huyese de algo.

Durante los próximos tres días, Jorge Luis trató de comunicarse con Hermes, pero el teléfono se había descompuesto y por más que lo había reportado a la compañía de teléfonos, todavía no había sido reparado. Seguía llevando la comida a Grey del Carmen Torres Landa. La dejaba sobre la mesa y subía. Todavía no lograba ninguna señal de ese personaje. Había renunciado a la idea de conocerlo. Al séptimo día de su primera entrada al apartamento, ascendió la escalera, con sumo cuidado, tratando de no efectuar ningún ruido que incomodase a Grey. El papel que envolvía el regalo se había convertido en añicos esparcidos en el suelo. Sobre la cama permanecía, efectivamente, lo que él siempre imaginó: un espejo ovalado. ¿También con manchas de sangre reseca sobre su superficie? Una y otra vez pasó la mano por el espejo empañado. Quizá se trataba de otras gotas de sangre. Las anteriores, de color grisáceo, ya lucían desleídas.

Jorge Luis, preocupado por conocer la suerte del huésped de su hija, bajó los escalones muy apresurado. Se acercó a la cocina. El plato lucía totalmente limpio al lado del que acababa de traer. Levantó el teléfono. La línea permanecía muerta. Trató de comunicarse con Hermes a través de su celular, pero se repitió nuevamente el mensaje de la grabadora. Su teléfono celular o lo había perdido, definitivamente, por falta de pago, o la línea permanecía averiada. Buscó en los espacios de la planta baja señales del huésped.

Jorge Luis dejó el apartamento, un tanto preocupado. Sofía, ya instalada en una de las habitaciones de la residencia que ocuparía, momentáneamente, en la calle Sánchez de Bustamante, se dirigía a pie a la universidad: así disfrutaría de la belleza de esa gran ciudad. Atravesó la calle Perú con la avenida 4 de Mayo y a una cuadra de la Catedral, cuando ya se encaminaba hacia el bulevar Florida, para caminar directo hacia la universidad, como señaló su amigo Oscar el primer día, sintió que alguien le rozaba levemente sus piernas, como si quisiese caminar con ella. Pensó en su compañero Grey del Carmen, quien siempre, voluptuoso, se metía entre sus piernas, como si quisiera formar un nudo con ellas.

Apresuré mis pasos, porque no deseaba llegar retrasada a la sexta conferencia del curso. Me olvidé de la idea de seguir tomando fotografías: había tantos rincones y edificios hermosos en ese bulevar, que ya tendría tiempo de capturar la mayoría de ellos. Cuando solo faltaban unas cuadras para llegar a la universidad, sonó mi teléfono celular. Se extrañó porque alguien la llamase y, al tercer timbrazo, respondió. Jorge Luis la llamaba. Su corazón latió apresuradamente porque le intrigó el hecho. Ya habíamos acordado que yo lo haría el fin de semana, o dentro de tres días, me dije mientras me detuve; me llevé la mano al oído, porque casi no entendía lo que mi padre trataba de explicarme entre sollozos.

Entendí, finalmente, que —hacía unas dos horas— mi compañero de vida, Grey del Carmen Torres Landa, había muerto. Que pese a que mi madre le había dicho que no me lo dijera, sino dentro de unos días, él no hizo caso a su recomendación. Quería que yo supiese que, por lo menos, tuvo un entierro digno. Les pidió a Luis Eduardo y a Hermes que lo envolviesen en una sábana, junto con el espejo que Grey destrozó con sus patas y hocico —según me contó después—, mientras él se disponía a abrir el hueco para sepultarlo. No sé todavía si eso que he relatado forma parte de algún sueño. Imaginando que había inventado todo, me limpié las lágrimas y, como si fuese una autómata, caminé los metros que faltaban para llegar a la universidad.

***

La procesión de los caballos solos

«… No lo vi más. Él se había ido.
Porque al caballo no se le pueden
nombrar las ánimas ni siquiera
lo que dura un breve,
vertiginoso relámpago».
Juan Sánchez Peláez
Un caballo redondo

A la memoria de mi amigo Manuel Medina Polo, desaparecido en
plena juventud creadora, y para la poeta Milagro Haack: una lección
de vida en la búsqueda del poema perfecto.

Como todos los días, hace más de veinte años, David Alleno apartó el pedazo de trapo que hacía de ventana en la habitación del conventillo ocupado por él frente a las márgenes del Río La Plata. Al abrir los ojos, después de un sueño entrecortado, en el cual se veía como niño, lleno de lagañas, corriendo tras un caballo sobre el cual cabalgaban sus compañeras de juego Miliché y Aurora, se reconoció a sí mismo ya hombre, vestido para salir, sin más demoras, a tomar el tranvía. Aun despierto, desde su recuerdo, el niño miraba otra vez el cielo buscando a las niñas. La imagen del caballo y de sus compañeras de juego se había desvanecido. David terminó de apartar el pedazo de trapo y miró hacia el cielo: de nuevo amanecía.

Ya habría tiempo de fantasear que seguía el curso del río, junto a Miliché y Aurora, sus amigas de infancia, quienes aún cabalgaban en la niebla, siguiendo el sonido de una sombra. Prefería llevar ese recuerdo hasta la puerta, cuando Aurora y Miliché entrarían tras él al Cementerio en busca de un pájaro. Debía vestir su ropa tan rápido como pudiese. No quería arriesgarse a perder el tren que lo dejaba a solo cinco cuadras del Cementerio La Recoleta, donde mantenía una implacable hoja de servicios como jardinero. Entre los cincuenta y tres obreros, jardineros y aseadores de tumbas, se enorgullecía de llegar siempre el primero y en ser el último en abandonar su sitio de trabajo, luego de despedirse de algunos de los personajes sepultados allí, con los cuales conversaba largo rato, mientras limpiaba sus sepulcros: Miliché y Aurora, cabalgando en sus caballos de niebla y los pájaros que doblaban la esquina guiando su vuelta a casa, podrían esperar. Siempre lo hacían, a tientas, en la niebla, se dijo, mientras se preparaba a tejer el invisible fuego: otro día en el Cementerio. Quizá, también, durante la noche de hoy le correspondiese amanecer allí, para suplir la ausencia de algún celador. ¿Se cumpliría ese deseo secreto con el cual se disponía a iniciar un nuevo día?

Entró en el tranvía. Se encontraba repleto de pasajeros. No quedaba un asiento vacío. Pero eso no impediría que, aun de pie, agarrado con firmeza al tubo de seguridad, (como si anduviese de pie y recorriera las quince cuadras desde su casa hasta La Recoleta) no dejara de pensar en sus compañeros de tránsito, sus amigos que, incluso muertos, no cesaban en sus chácharas mientras él limpiaba las veredas y tumbas. Miliché y Aurora, a caballo, marchaban tras el tren. Aparecían y desaparecían a medida que terminaba de salir el sol y sus rayos entraban al tren, semejando crines de luz. Así la travesía se tornaría mucho más grata, lo mismo que la caminata cuando descendiese del tranvía seguido de las niñas y el caballo de niebla.

Cuando bajase del tren, disfrutaría de la caminata por la avenida Libertador; por la plaza Sicilia; por la calle Colombia hasta arribar a la avenida General Las Heras. En la travesía, se alegraba siempre de los pájaros de Miliché y de Aurora volando por la avenida Pueyrredón, todos los días. Al llegar allí, entraría en el paraíso, donde no le importaba si caía la noche; si se cerrasen las puertas y de nuevo quedara toda la noche como celador y prosiguiese, entonces, la conversación con las almas de Macedonio Fernández, de Eduardo Mallea, o de la joven Rufina Cumbaceres.

Cumplida su faena, antes de salir del cementerio, cuando no se quedaba como celador, sacaba de su morral el cuaderno donde anotaba algunas anécdotas del día o retazos de historias, de leyendas sobre los personajes que dormían allí. Solo despertaban cuando él, provisto de su equipo de trabajo, empezara a limpiar sus moradas. Entonces, algunos de ellos, dispuestos a animar su faena, despertaban.

Sus labores de jardinero y celador, iban siempre acompañadas de una atención furtiva a las historias que sobre los personajes sepultados allí relataban los guías del cementerio. Se las ingeniaba para pasar inadvertido. Escuchaba alguna anécdota distinta sobre la joven que murió al despertar de un ataque de catalepsia a dos metros bajo tierra, o la historia del joven que insistía en creer que aún vivía: paseaba al atardecer, por veredas y calles, seguido de la misteriosa niña que, divirtiéndose, se escabullía de la mirada de su abuelo, que, asustado, la buscaba entre las tumbas. El anciano se tranquilizaba y respiraba hondo solo cuando encontraba a su nieta, unos treinta metros más adelante, con un ramito de claveles en sus manos, sin que el abuelo preguntase a la niña de dónde había arrancado aquellas flores si nada más existían rosales a la entrada al cementerio de La Recoleta. David desconocía si ese relato lo imaginó su hermano Juan. ¿Acaso aconteció realmente? Lo contó a Aurora y a Miliché, uno cualquiera de los días en que ellas vinieron a visitarlo al cementerio, justo en el momento de su almuerzo. Como si tuviese alguna prisa en hablar con David, Miliché se sentó a su lado y de su bolso extrajo un papel.

—Ven. Escucha esto. Quiero leerte un bello poema sobre el caballo. Se llama Un caballo redondo. Lo leerás dentro de un siglo. Cuando vuelvas a nacer.

—¿Cómo es eso? No pienso vivir tanto.

—Claro que vivirás más de un siglo. No morirás nunca.

Todo eso formaba parte de las excentricidades de Miliché, quien pasó su vida encerrada, leyendo y escribiendo poemas que luego recitaba a Aurora, jugando a reescribir lo que leía hasta el día que cumpliera los veinte años. Entonces decidió quedarse para siempre, noche y día, sentada bajo un frondoso roble, en la calle Montes de Oca de La Recoleta. Siempre leía y reescribía el mismo poema: Un caballo redondo, escrito, según decía, por el poeta venezolano Juan Sánchez Peláez, quien volvería a nacer en Venezuela, un siglo después.

Cuando David decidió pasar el resto de su vida en el cementerio, se sentaba en el mismo banco y esperaba por Miliché, para oírla otra vez recitando el hermoso poema de Sánchez Peláez: lo leía de abajo hacia arriba, de arriba abajo, saboreando las palabras, como si fuesen hojas tiernas: «… un caballo redondo entra a mi casa / luego de dar muchas vueltas / en la pradera…», y tiene manchas en la sombra, como la niña trajeada con un abrigo color lila se paseaba entre las tumbas y jugaba a completar el poema antes de que Aurora llegara en su busca. La niña se acercaba a mí: me decía que no tuviese miedo. Yo, David Alleno, quien no soy su abuelo y tan solo busco las muchas manchas en la sombra y la estrella errante de las ánimas, ¿cómo iba a sentir miedo de una niña aunque ambos fuésemos tan solo manchas en la sombra?

La niña del cuento que imaginé mientras esperaba a Miliché desapareció de mi vista como si formara parte de los caballos que vi entrando a mi casa, después de haber leído el reportaje sobre La procesión sobre los cien caballos, un rito celebrado en Cracovia: los caballos entraban en la catedral, uno a uno, conducidos por jinetes trajeados como caballeros medievales. Accedían por la puerta principal; los jinetes rezaban por un instante y, luego de orar, salían a través de una puerta lateral, mientras diez coros infantiles entonaban himnos y canciones en latín.

David cerró el cuaderno: el sueño había concluido. Al caballo no se le pueden nombrar las ánimas. Quizá Miliché lo esperase sentada sobre el banco para volver a leer el poema. Apenas entrara en el tranvía, si consiguiese un asiento, extraería su libreta de apuntes donde ella llevaría otro registro similar al mío, día a por día, año a año, de los retazos de conversaciones con sus amigos Juan Alberto Lartigau, secretario del jefe de Policía, y Ramón Falcón, cuyo cuerpo reposaba muy cerca del joven que dormía en brazos de su madre desde el día del acto anárquico que acabó con su vida. Pero ni él; ni Luz María García Velloso, muerta el día de la celebración de sus quince años, acostada ahí para toda la eternidad, aparecían en el registro. David cerró el cuaderno: quedó con la imagen de la doncella que esperaba el inicio de la fiesta en su honor. Dormía junto a su madre: desconsolada, tras la muerte de su hija. Su madre obtuvo permiso del administrador del cementerio para permanecer a su lado, durante casi un siglo, desde el atardecer hasta el rompimiento de la luz del alba. ¿Cuántas veces no encontré a la señora saliendo del camposanto cuando yo me disponía a entrar?

Miliché y Aurora, sentadas junto a él, compartiendo el asiento en el tranvía, camino al cementerio, con un pájaro sobre su hombro, se intrigaron al ver la fotografía de Liliana Crociati, parada frente a la puerta del monumento construido por su padre, junto a Sabú, su perro muerto, en el mismo momento en que su dueña, a diez mil kilómetros de distancia, moría tapiada por un alud de nieve en unas montañas de Austria, el primer día de su luna de miel. Quizá, ni Miliché ni Aurora, viajasen con él en esta travesía.

Pero David intuía su presencia. Las sintió pasear junto a él, a través de un paisaje olvidado. Miliché leía el poema titulado Un caballo redondo. ¿Ese caballo entró con ella al tranvía? Acaso el caballo y David, dispuestos a seguir a las niñas al cementerio, se habrían bajado del tranvía como también lo hizo el general Tomás Guido, quien habitaba el monumento más humilde, levantado con cemento y piedras por su hijo Carlos Guido: su padre se sentiría cómodo en aquella humilde gruta, hasta el día que sus restos fueran trasladados a la catedral de Buenos Aires, junto a su compañero inmortal el general José de San Martín.

Casi no se le veía entrar o salir de su gruta, pensó David, un tanto nostálgico, sin que la tristeza ahogase el sentimiento de exaltación que se producía, a diario, entrada ya la noche, cuando veía deambular por calles y avenidas de La Recoleta al coro de las hermosas ánimas de Luz María García Velloso, Liliana Crociani, Aurora Ramos, Rufina Cambaceres, quien fue enterrada viva y moría dos veces a cada amanecer, al despertar y caer en cuenta que había sido sepultada en vida. Todas ellas corrían detrás de caballos que avanzaban seguidos por los pájaros. Acaso los pájaros revoloteaban tras ellas en el sueño. Pero a Aurora le daba lo mismo ser caballo o pájaro.

Desde el 29 de noviembre de 1882, cuando su hermano Juan, uno de los primeros celadores del cementerio, lo invitó a venir a unirse al grupo de jardineros y cuidadores, han transcurrido más de veinte años. Esperaba con ansia los amaneceres y atardeceres que marcarían el tránsito por un mundo que desde niño le atraía: cuánto desespero emergía de mi alma de infante mientras esperaba vestir pantalón largo y unirme al grupo de celadores para confundirme con las ánimas que entraban y salían del cementerio; paseaban por las avenidas, calles y veredas del cementerio La Recoleta, o atravesaban el portón aunque estuviese cerrado. Una vez en la calle, se desplazaban por la avenida General Las Heras, mientras, David cavaba o batía mezcla; amontonaba piedras y, finalmente, junto con su hermano Juan o los hermanos Guido, contemplaban dos, tres, cinco monumentos concluidos en una semana.

Aquella ciudad crecía todos los días. Incluso para él, que ya tenía quince, veinte años en aquel templo de trescientas dos calles y sesenta veredas, unos dos mil quinientos monumentos, uno más hermoso que otro, la ciudad nacía todos los días. ¿Cuál sería el más bello de los monumentos? ¿Acaso el de Liliana Crociani, muerta cuando se encontraba en su luna de miel? Una puerta triple, de tres hojas en forma de agujas, rodeadas de flores que nunca se marchitaban, velaban, para toda la eternidad, su sueño inmortal junto a Sabú, su amado perro. A veces pensaba que el monumento más hermoso sería el edificado a la memoria de Rufina Cambaceres, construido en estilo barroco con triples arabescos anudados a la puerta doble: una puerta de entrada y otra que conducía al sepulcro. Una tumba que —según su hermano Juan— asemejaba parte del carro del profeta Elías. A veces creía que el monumento más fastuoso sería el erigido a la memoria de Federico Leloir: un templo cuadrangular coronado en una cúpula en cuyo interior resaltaba el Cristo redentor con los brazos abiertos, tan parecido a su hermano David, remarcaba Juan, cuando guiaba a algún visitante y lo animaba a admirar a ese Cristo realizado en telas de colores, todas bordadas en oro.

Quizá debía a su hermano el brote de un profundo deseo empozado en su alma y en su corazón: una especie de ahogo, de impaciencia. Casi no lo dejaba realizar sus labores cotidianas con tranquilidad. Dejaba la pala por un rato. Apartaba la chícora y el barretón; empujaba la carretilla cargada de piedras; se sentaba unos segundos a observar el cielo. ¿Cómo vería yo las nubes y el cielo desde una tumba, en la cual, de pie, atento al paso de los visitantes que me observarían, trajeado con mi uniforme de faenas con un gran lazo que adornará mi cuello, sosteniendo la pala en la mano izquierda y un enorme candado con distintas llaves? El sombrero, levemente ladeado, no permitiría discernir hacia dónde veo realmente: si hacia el cielo o hacia uno de los siete dibujos que adornan el frontis del cementerio. Quizá me quedaré con las imágenes del huso y la tijera, que los guías del camposanto, en sus charlas a los visitantes, interpretaban como signos de la lucha, de la muerte y de la vida. O miraré, para toda la eternidad, a la abeja convertida en carne por mí mismo: carne viva, a cada momento, noche y día, hasta el instante de tomar la decisión de construir mi propio mausoleo, aunque tardase veinte o más años para terminarlo. Así, como la abeja, fui amontonando monedas y piedras. Fui también el búho y el reloj de agua mientras mezclaba río y piedra: no dejaba de pensar en el momento en el cual yo pasara a ser el dueño del monumento más admirado de La Recoleta.

Cuando mi hermano Juan José ganó el primer premio en la lotería del municipio, repartió la mitad del dinero, hasta el último peso, entre mis padres, mi hermana Silvina, entre mis hermanos Jorge Luis, Manuel, también celadores en el cementerio, yo intuí que mi sueño se tornaría real. Al día siguiente de tener el dinero donado por mi hermano, no habían pasado diez minutos de aquel 23 de julio de 1885, cuando —estando limpiando el Mausoleo de don Eustoquio Díaz Vélez, patriota de la Revolución de Mayo, como si él mismo me animara a suspender mi faena— retorné a la entrada del lugar. Me tomé una fotografía de frente, vestido con mi uniforme y todos los aperos de faena de David Manuel Alleno. Salí de La Recoleta decidido a cumplir mi sueño. De pie, como permanecería en mi monumento, esbocé una sonrisa.

Tomé la fotografía entre mis manos y volví al principio. La serpiente se mordía la cola, como lo hacía la culebra del frontis. El ánima de don Eustoquio me iluminó el siguiente paso. ¿Por qué razón demorar su viaje a Génova, si ya llegó el momento de que usted contacte al escultor Antonio Canessa, artista que ha diseñado muchas de las obras de arte de este cementerio?, parecía repetirme don Eustoquio, a manera de sabio consejo. Sin pensarlo dos veces, tomé un vapor. Me marché a Génova a contactar al artista y pagar por adelantado el encargo. No importaba si pasaran meses o un año en tener todas las partes de mi estatua. Con suerte, quizá don Antonio Canessa me la enviase ensamblada.

Ni Juan, ni mis padres, ni el resto de mis hermanos sabrían de mis noches y amaneceres fundidos en la espera de aquella encomienda que vendría de Génova, a mi nombre, directamente al cementerio. Nadie se extrañaría del hecho. Había recibido anteriores envíos. Pero como no imaginaba cuándo ni a qué hora arribaría este, decidí, por días, meses, casi un año, dormir en el cementerio, junto a la bóveda destinada al mausoleo de David Alleno, el celador más fiel del camposanto. Pasaba largas noches, días enteros, tratando de adivinar o de incluir más significados a las once alegorías del frontis de La Recoleta. Ya lo dije: yo era la abeja. Lo anoté en el grueso cuaderno en el cual registraba o inventaba historias nuevas a los habitantes de los distintos mausoleos, mis próximos compañeros de vida en ese templo, nombrado, también, por la cruz y la P: la paz de Cristo en todos los cementerios; la corona: voto del recuerdo permanente; La esfera y las alas: David Alleno con distintos nombres; el manto sobre la urna: el cofre y la corona de rosas y de malabares que jamás me faltarían.

¿Acaso no soy el dueño de todos los jardines, de ciento dos calles, de trece avenidas y de diecisiete veredas destinadas a mí, confiadas por quienes aún soñaban en sus mausoleos? La serpiente: noche y día, sin comienzo ni fin, seguida de Las antorchas con llamas descendientes, como si siguieran tras las crines de los cien caballos que entraban y salían del cementerio: yo mismo repartido en sus crines. Los caballos, ¿cuándo volverían?, ¿cuándo retornarían para quedar trotando entre mis ojos? Yo mismo seré El Búho que no despierto; que no duermo. Me convierto en La serpiente en busca del Reloj de agua o quizá de la propia Clepsidra: ese reloj no señalaba si anochecía o si amanecía en mi cabeza al trote de los cien caballos que ya partían; ya retornaban de su último viaje. Volverían como arribé yo mismo, fragmento por fragmento. Primero mi cabeza con mi lazo: esa cabeza que lucía un sombrero ladeado y un crespón en el cuello. David dibujará un amago de sonrisa. Porque quedaría atento en su dulce sueño al trote de los cien caballos que me empujaron sobre las piedras, cuando me vi completo, entero, de pie, mirando a los visitantes, oyendo sus susurros, su trote, el golpe de mi cabeza contra un montón de piedras. ¿Para qué seguir esperando el alba en mi cuarto, frente al Río La Plata, si tenía ya mi casa, mi cuerpo de pie, con la mirada atenta hacia la amplia rotonda de donde partían las avenidas principales, con la escultura de Cristo de Pedro Zonza Briano, y no podría seguir viviendo ahora cuando, finalmente, terminé mi morada?

Las piedras sobrantes, una vez que terminé de ensamblar mi monumento en La Recoleta las había traído a casa. Una por una, seguido de los caballos que parecían reconocer ese espacio como otra morada y no su pampa. O su pampa era mi cabeza, mi débil cabeza de abeja, mi atenta mirada de búho para calcular mi caída sobre las piedras. Los caballos no reconocieron mi sangre. Pero mis padres y hermanos me levantaron. Miliché y Aurora, la niña del abrigo lila, se acercaron. Dejaron caer sobre mi cuerpo pétalos de rosa y de claveles, mientras los caballos se disponían a seguirlas. Mis padres, mis hermanos comprobaron que, supuestamente, había muerto al caer sobre las piedras colocadas justo al borde de aquel quicio, camino hacia el reducido espacio del baño, que marcaba el inicio de mi otra estampida, tras uno de los cien caballos que pasó de largo frente a mi estatua, desde donde David Alleno se quedó mirándolo, antes de reiniciar el trote siguiente, el otro vuelo.

Sobre el autor

Deja una respuesta