literatura venezolana

de hoy y de siempre

En primera (fragmentos)

Mar 24, 2026

Ennio Tucci

La crisis comenzó mucho antes de notarla y al darnos cuenta ya habían pasado cuatro años. La pareja se quedó sin espacio. La casa se nos llenó de juguetes por la sala, la escalera, la terraza y el comedor. Ahora solo queda este auto chocado que viaja con nosotros, las deudas, una pila de recuerdos regados por todas partes y los libros, dos bibliotecas que deben separarse y dos hijas demasiado pequeñas para entenderlo.

Estoy dejando toda mi vida atrás y no dejo de pensar en las niñas. Mi primera hija, Mercedes, había llegado con toda la preparación necesaria. Desde la operación de varicoceles hasta las tres lecturas del libro Qué esperar cuando se está esperando; pasando por el conteo de las contracciones entre la media noche y las siete de la mañana; los nervios propios de dos padres primerizos que querían serlo; el médico que forzó el nacimiento con una inyección, además se afanó en terminar tan rápido que le rompió la clavícula al nacer y no dijo nada.

Así es, nació marcada por el dolor y nos dimos cuenta muy tarde, cuando una protuberancia esférica le salió bajo el cuello y gracias a una radiografía encontramos explicación a su llanto infinito, su insomnio, nuestro desvelo, su inapetencia a la teta después del primer biberón y la posterior mastitis crónica.

Margarita, en cambio, llegó a toda velocidad. A las once de la noche comenzaron las contracciones y a la una y media de la madrugada ya había nacido. Desde entonces es apasionada y tiene deseos de ir más rápido. Le gustan las emociones fuertes, dar volteretas, correr, ponerse de cabeza, saltar. Y adora a su hermana mayor. Siempre le lleva el tetero, pide más para su hermana y le hace cualquier favor que le pida. Una vez hasta la defendió de un niño más grande que ella y ni siquiera sabía hablar.

Cuando Margarita venía en camino compramos un volvaguito negro que se nos hizo como un tercer hijo. Un Súper escarabajo negro que viajó con nosotros desde entonces y fue asistido por los malandros en dos ocasiones. La primera, un 24 de diciembre, justo frente a la casa nos rompieron la ventanilla triangular del conductor para robarnos la batería, rompiendo candados y todo.

La segunda, dos eneros más adelante, un grupo de vagos armados y borrachos encontró divertido romper la ventana del conductor y ponerlo en neutro para verlo rodar calle abajo. El carro se subió a la acera y se estrelló contra la pared de un vecino dejando abierto el maletero del frente, sacaron la caja de herramientas y el gato hidráulico, cosas que esa misma mañana le estarían ofreciendo en venta a mi hermano menor en el barrio. Eso sucedió este año. Así que comenzamos juntos, reparando nuestros choques como reparando un corazón roto.

***

Aquella mañana se contaban veinticuatro días del primer apagón general del país, primera promesa cumplida por un loquito que se proclamó Presidente de la República en medio de una manifestación a inicios de año. Cosas que solo pasan en Venezuela.

Una semana antes habíamos firmado los papeles que disolvían todo y acordado el régimen de visitas, y hacía dos días bajamos el motor y la caja al escarabajo para reparar la segunda, porque estaba pegada. En horas de la noche, la carga para viajar a Mérida con la primera parte de la mudanza estaba lista en la sala: una bicicleta, la computadora completa, dos impresoras, algo de papel y tintas; una prensa de madera, dos guillotinas, una lámpara de mesa, dos maletas de ropa, un compresor y varias herramientas. El carrito debía soportar todo y rodar bien por más de catorce horas.

Hicimos una prueba en la tarde, para determinar el lugar correspondiente a cada cosa en el pequeño espacio de nuestro Volkswagen. El asiento trasero iría en el techo, amarrado a la bicicleta para dar espacio a una especie de maletero interior que permitiría meter todo y dejar despejada la vista del parabrisas trasero.

Aquella noche tampoco había electricidad y nos retrasamos reparando el techo de la casa en medio de la oscurana. Yo era el conductor a cargo y debía dormir, pero no pude pegar un ojo hasta entrada la medianoche; justo a las tres de la madrugada llegó la electricidad, nos pusimos en marcha a cargar el escarabajo con todo lo previsto y a cocinar algo para el camino.

A las cinco de la madrugada ya estaba todo dentro del carro, incluyendo las botellas de gasolina y las arvejas con yuca. Quince minutos después comenzamos a empujarlo hacia la calle. El arranque se había fundido dos días antes en una vuelta de prueba, por lo que otra vez tendríamos que prenderlo empujado. Después del segundo intento el motor estaba en marcha y podíamos salir.

Me bajé para abrazar a los negritos, quienes se quedarían cuidando la casa en condición de guardianes. Mamá y yo debíamos atravesar más de mil kilómetros de carretera con una mudanza cuyo único aval era una constancia que nos firmó el consejo comunal detallando todo lo que llevábamos.

La primera hora transcurrió sin inconvenientes, con las calles solitarias y oscuras, pudimos llenar el tanque de gasolina al salir de la ciudad, presentamos la constancia de mudanza a la primera alcabala y nos encomendamos a Dios haciéndonos la señal de la cruz.

El tema de conversación siempre fue el mismo durante la primera hora, todo rompimiento es difícil y más cuando hay niños, hasta que un policía nos hizo detener para preguntarnos la hora, una razón bastante impertinente en medio de la madrugada. Justo estábamos saliendo de Sabaneta y pensamos que se enamoraría o pediría «pa’l fresco», como es tradición en el país. Solo nos preguntó la hora y para dónde íbamos; al escuchar que para Mérida, peló los ojos y dijo: «naguará de lejos», y nos dejó seguir.

Debí tomármelo con calma, pero se hizo presente mi habitual miedo a los uniformados, a quienes temo más que a los delincuentes, entonces empujé de más la palanca de cambios, la caja de velocidades traqueteó más fuerte que de costumbre y se quedó pegada en primera sin posibilidad de sacarla.

Esa reparación que hice días atrás con la ayuda de Bibi había sido justamente esa, despegar una velocidad. Algo muy sencillo, considerando que dos personas sin mayor experiencia pueden hacerlo bajando el pequeño motor y la caja de velocidades con la ayuda de un gato, abriendo la tapa del varillaje
y con un destornillador haciendo palanca para levantar el pasador de la primera, para luego cerrarlo y poner todo en su sitio. Yo recordaba todo el procedimiento y, si era necesario, tendría que hacerlo yo mismo para ahorrar el dinero que no tenía. Bibi se había conformado con algunos kilos de harina y arroz en forma de pago, pero eso fue más por la confianza de ser los más flacos de la calle, quizás por los años que teníamos conociéndonos y tal vez un poco de solidaridad.

Avanzamos pegados en primera, oficialmente accidentados en un carro de cuarenta y cinco años de antigüedad que se quedó pegado al comienzo de un viaje que requiere por lo menos catorce horas. La decisión más sabia era dar vuelta y regresar, llevar el carro al mecánico y repetir el procedimiento anterior para reparar correctamente el problema, pero en momentos así uno no piensa bien las cosas y busca la forma de aferrarse al plan. La palanca estaba pegada en primera, pero el carro seguía andando.

Aquel viaje era una huida en defensa propia y estaba convencido de que no podría ser de otra forma. Los meses anteriores transcurrieron entre descubrimientos difíciles de procesar en el fin de una relación que duró quince años. Sumada a los cambios de rutina, una fila de rostros compungidos por lo sucedido y unos cuantos «yo no quería decirte, pero…», que en lugar de consolar hacían más grande el problema.

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