literatura venezolana

de hoy y de siempre

El largo día ya seguro (selección)

Ene 20, 2026

Antonia Palacios

Una bandera ondeando con el viento

A Juan Larrea

Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, Había balcones, balcones abiertos, balcones cerrados, Mucha gente. Gentes que iban y venían por la calle, Algunos se detenían, Gentes asomadas a los balcones, balcones vacíos, balcones sin gente. Una inmensa bandera ondeaba con el viento. Quizás alguien la sostenía desde abajo, por encima de las cabezas. Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos. El tiempo estaba en todas partes, entre la gente, bajo los balcones, en el vacío del aire. Había llegado sin proponérselo. La calle acaso pertenece a una ciudad. Todos los que van por la calle parecen ciudadanos, ciudadanos serios, circunspectos, Todos se han dado cuenta que ya ha amanecido, que no hay necesidad de levantar la cabeza hacia arriba para mirar la luz. Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene adónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña…

…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van conmigo perdidos en la multitud, la multitud que avanza y a veces se detiene, acaso por un exceso de tiempo, un tiempo que no tiene fin, porque el tiempo no cuenta para los que van empujados por algo no elegido, porque el tiempo no cuenta para los que van a ciegas… Y pienso en el tiempo como en una eternidad, una eternidad fija, detenida para siempre… y comienzo a buscarle una salida al tiempo mientras miro la bandera ondeando con el viento, la bandera levantada desde abajo, impulsada hacia lo alto por manos que no se ven, manos perdidas, ocultas en la muchedumbre… comienzo a imaginar distancias… y me encuentro de pronto en sitios muy lejanos, me encuentro con gentes distintas que también ondean banderas en el viento o gentes sin banderas, que van tristes, solitarias… y pienso en las largas sequías, en el sol de verano, y las gentes parecen felices con esa  belleza inmemorial que el tiempo les ofrece, esa claridad que apenas se nubla momentáneamente y ya está de nuevo abierta, sostenida… y comienzo a añorar las brumas, los aires fríos, las tardes grises… y pienso de pronto en la felicidad…

Ella no sabe muy bien todavía en qué consiste para ella la felicidad y piensa en el mañana como si ya supiese su contenido, como si el mañana se hallase encerrado en el sitio soñado, un sitio donde todo acontece semejante a los sueños, los sueños que resplandecen llenos de luz, de increíbles hallazgos… Pero los sueños no tienen consistencia, son inconsistentes y fugaces y van a parar quién sabe dónde… ¿dónde, sí, dónde van a parar los sueños? … ¿dónde se detienen, dónde dejan definitivamente de ser sueños, de tener corporeidad para que la memoria los aprese y podamos recordarlos?… Pero nunca son los mismos al recordarlos, la memoria los desvaloriza o los exalta según su propia conveniencia… y ella se deja convencer por la memoria y hasta llega a creer que la imagen que la memoria le presenta es la fiel imagen de su sueño que se ha conservado intacto en su enigma, en su custodiado secreto… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias y sin embargo todos tienen prisa como en las grandes ciudades, todos corren, ¿hacia dónde? ¿hacia qué dirección? .,. ella también corre hacia una dirección imaginaria siguiendo a la gente que no sabe adónde va, ella corre por seguir a los demás… Una ciudad a medias que consiente en que una bandera ondee alta con el viento y que haya manos ocultas, sepultadas en la multitud, que sostienen en el aire una bandera… Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean, y viejos periódicos son alzados por el viento, y las calles se inundan cuando llueve y solo transita libre, violenta, desatada, el agua, y el río, ¡tan delgado! el río se crece y se pone a rememorar un tiempo de márgenes abiertas, de aguas levantadas en un espesor considerable donde el fondo estaba lejos, muy lejos… el río lleno de olores muertos, aquellos que estaban estancados, apaciguados en lo hondo, y de pronto resurgen y en el aire flota un vaho a cloaca, a podredumbre… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se apretuja y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, carga con ella y a veces la engalana y la saca a pasear en día feriado, un día donde el ocio impera y todos caminan lentamente, una lentitud que parece desgano y es la gana de dejarse ir sin apremio, de gozar ese tiempo tan efímero en el que pueden detenerse en cualquier sitio largamente, y piensan que la vida es calma, beatitud, silencio, algo como insistir en que no tienen nada que hacer, que tienen todo el día para el ocio… Pero de pronto aparece, por la calle de esa ciudad a medias a la que ella ha llegado inesperadamente, sin pensarlo, sin proponérselo… aparece el entierro, muy pomposo, muy soberano, el gran carro negro, cortinas con flecos detrás de los cristales, el cortejo que sigue al entierro, los deudos enlutados, familiares, amigos, y el carro donde desbordan las coronas… El paso del entierro, el entierro que tantas veces ha pasado, tantos entierros, tantos difuntos, tantos vehículos que arrastran por las calles los cadáveres, que arrastran por las calles los que ya no participan del ocio, del día feriado, de la luz que se extiende por la tarde de estío… Y ella piensa que algún día pasará su cuerpo, su cuerpo que habrá dejado de pertenecerle, pasará por una calle cualquiera, en algún carro humilde, sin cortinas con flecos, sin cristales, sin cortejo, sin deudos enlutados, sin amigos y sin flores, pasará solitario por alguna calle oscura y lo llevarán lejos, lejos y olvidado… Su cuerpo que acaso recuerde todavía el olor y los rumores de la tierra, y ella preferiría que lo lanzasen al mar, su cuerpo, que lo dejasen descender lentamente hasta el fondo, allí donde el silencio crece, donde la luz se apaga, su cuerpo entre medusas y corales, entre peces voraces que perforarán su cuerpo y el agua circulará libremente por entre los orificios abiertos en su cuerpo y pequeñas burbujas subirán muy alto, estallando en el aire, más allá del nivel de las aguas …Pero ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, limpia y clara, y las gentes se olvidan de la muerte, y piensan que es otro quien ha muerto, alguien que nadie ha visto, y comienzan a hablar de otras cosas y todo lo reducen a la vida…

…y yo pienso que acaso pueda sucederme algo imprevisto, fuera del diario acontecer, alguna cosa extraña, extraordinaria, que pudiera sucederme, algo más allá o más acá de la muerte, pienso, mientras miro la bandera ondeando con el viento, el viento la levanta, la doblega, y de pronto la bandera se inclina… tal vez las manos que la sostienen están cansadas, manos escondidas, manos ocultas entre la muchedumbre, tal vez están cansadas y piden un relevo…

Y aunque ya la calle está limpia de entierros, de cortejos fúnebres, ella sigue pensando en la muerte… la muerte que puede llegar inesperadamente y no le dará tiempo a pensar en nada, ni en la muerte misma, la muerte penetrando en ella, concentrándose en ella, derribando lo que de ella queda, porque acaso estará ya muerta cuando la muerte, o el viento, o el impulso que la muerte arrastra, derriben su cuerpo, su cuerpo ya invadido por la muerte… La bandera se levanta, quizás las manos han tomado nuevas fuerzas o quizás son otras manos las que la sostienen abajo, manos escondidas, ocultas en la multitud y la bandera flota de nuevo alta, ondeando con el viento. Y ella respira… El viento le entra por la boca… Ella respira el viento, el viento que es impulso, el viento que es la vida…

…y yo pienso en otros países donde el viento sopla leve, países donde los días cambian, se alargan y se acortan, y hay noches infinitas… países donde existe el otoño y una luz violeta apenas arrebola las nubes y las hojas navegan en el aire y siento que podría irme con ellas, irme sin saber de tiempos ni de muertes… y siento que el otoño está dentro de mí, resbalando hacia adentro en los giros de tantas cosas desprendidas, de tantas cosas arrancadas adentro, muy adentro, allí donde soplan los grandes vendavales que desprenden, que arrancan…

Y aunque el mar está lejos, el mar donde su cuerpo estará inmóvil en el fondo cuando ya nada sienta, nada pueda imaginar, aunque el mar está lejos, ella siente el aliento marino que le pasa por la cara, el salitre detenido en su piel, la sombra de los barcos anclados en el puerto, el puerto que está cerca, muy cerca, y ella se sienta en el quicio de cemento de cara hacia los barcos y los mira desplazarse, tan lentos… y tan lejos que se marchan…

…y yo pienso en otros barcos frágiles que se hacían a la vela en días tormentosos de aguas enlodadas, pequeños veleros zozobrando, mientras miro la bandera flotando con el viento…

Ha llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo, arrojada allí, a las orillas de una ciudad que quiere ser ciudad de bares y prostíbulos, de grandes cementerios, con inmensos mataderos donde cientos de bueyes degollados dejan su sangre aposentada, ciudad de gente sometida, de gente sin refugio, ciudad de realidades que saben tan poco de su vida, y las gentes se encuentran, se miran y se hablan, se saludan, se despiden… y ella sin adioses, sin pañuelos desplegados, en un sitio desproporcionado, demasiado limitado para los silencios, demasiado vasto para los encuentros…

         …y yo recuerdo la ciudad lejana, los saludos asomando desde todas las ventanas, los pañuelos abiertos con rumbo hacia el encuentro… recuerdo las vibraciones de un tiempo duradero, las gotas de la lluvia mojando los tejados, los días estirados en la curva del sol…

El edificio le cierra el paso. Ella quiere penetrar al vestíbulo, atravesarlo todo, el gran vestíbulo, las luces desde lo alto iluminando el inmenso vestíbulo, ella con el desea de penetrarlo, con el deseo de recorrerlo, de atravesarlo todo, de detenerse en el centro del inmenso vestíbulo, la luz cayendo desde lo alto, ella imaginando el desamparo del inmenso vestíbulo totalmente iluminado, las gentes en el centro del inmenso vestíbulo solitario, y ella antes de haberlo penetrado, antes de recorrer los espacios tensos, la luz cayendo desde lo alto, el roce de la Iuz sobre el inmenso vestíbulo desierto… Ella cambia de dirección, toma el sitio abierto de la calle, una calle sin estatuas y sin fuentes, la estatua del héroe elaborada con un huevo material, un material sin peso, y el héroe está flotando, bamboleando en el aire… Ella tiene todo el sitio para ella, para su inmovilidad, porque se ha quedado inmóvil en medio de la calle…

…Y yo comienzo a imaginar presencias… a darle forma a las presencias… y pienso en lo que fueron las calles y la estatua del héroe saltando con nosotros los peldaños de piedra… y siento que la piedra ha crecido, que el tiempo nos ahoga…

         Ya no tiene todo el sitio para ella. El tráfico se reanuda y ella salta entre los vehículos esquivando la muerte, sintiendo la muerte cerca, sintiendo la muerte lejos, midiendo cada gesto… y la gente que grita, la multitud que avanza, y la bandera crecida ondeando con el viento. La velocidad está en todo, en los vehículos que devoran el espacio, los gritos en oleadas que estremecen el aire… y ella piensa que es difícil amar, que es más fácil morir, piensa en el consentimiento hacia el amor que está en su cuerpo, en el rechazo de su cuerpo hacia la muerte …y la invaden las bruscas sacudidas de la ciudad sin reposo, su cuerpo respirando sin apoyo, su cuerpo a igual distancia de la vida y de la muerte, su cuerpo a igual distancia de la muerte y del amor…

… y yo recuerdo las calles tan angostas, gatos echados al pie de los pilares, ancianas recogiendo las yerbas más fragantes… recuerdo los vecinos que hablaban de la luna… recuerdo nombres, recuerdo las miradas, recuerdo los silencios…

Los balcones llenos de gente que se mueve, ella mirando lo animado, el desenfreno que lleva consigo lo animado, las gentes en los balcones sin miedo a desplomarse se inclinan hacia afuera… Un gran claro se establece de pronto, un espacio vacío, y la tarde se proyecta sin sombra y es como si fuese el silencio, como si el movimiento se hubiese detenido en esa pausa efímera donde queda la tarde suspendida…

…y yo recuerdo las tardes sin fatigas, sentados todos juntos bajo el cielo de agosto, la sombra tan liviana, recuerdo el aire que caía, la noche despuntando, estelas luminosas cruzando los espacios…

Todos son desconocidos, todos, o tal vez ella no reconoce a ninguno, todos están perdidos en la inmensa muchedumbre donde las manos se ocultan y sostienen desde abajo una bandera, una bandera ondeando sobre el mundo… A ella la cansa el mundo, la fatiga caminar por el mundo esperando los encuentros que nunca se producen, esperando la vida desprendida de algún sitio… Hay gentes extenuadas allá en la muchedumbre, gentes inánimes que se han quedado atrás, y los que van compungidos, con inmensos deseos de llorar, de sollozar a oscuras, la cabeza sumergida en la compacta muchedumbre, y abajo, allá en el fondo, hay manos que sostienen la bandera, manos que la levantan, y la bandera se abre, se despliega en el viento… Ella quiere escapar, correr sobre los puentes que apenas la sostienen, los puentes congelados… Gélido, estacionado, el aire de la tierra…

…y yo pienso en la tierra sin edad, en las espesas aguas que envuelven a la tierra, en las luces lejanas que rielan en las aguas, las luces que iluminan extraviados navegantes… y sueño con voces detrás del horizonte, con las húmedas piedras de los tiempos sin hombres, sueño con el espacio, los abiertos balcones que ocupan el espacio…

La gente a la deriva, ella a la deriva con la gente, ocupando el espacio. Ella confundida con la gente, confundida en el espacio. Ella en el vacío de la gente, ocupando el vacío de la gente… La multitud avanza… Espectros de la noche se mezclan a los vivos, a los seres vivientes… La multitud avanza… La bandera se inclina… Abajo, allá en el fondo, hay un largo abandono, las manos desfallecen…

…y yo recuerdo la planicie desierta, el muro del cuartel integrado a la sombra, recuerdo el toque de corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera plegándose, la bandera cerrándose en la tarde sin viento …

***

Regiones indeterminadas

A mis hijos Fernán y Elizabeth

Desde aquí, desde mi propia perspectiva, domino la calle que se dilata y la sombra de aquel desconocido, Miro cómo la calle crece y se expande, pienso en mi hermana lejana y me siento libre de tocar lo vulnerable. Mi hermana estaba siempre expuesta, expuesta a todas las claridades y a muchas sombras. Tenía los ojos muy abiertos y en ellos se reflejaba todo el acontecer. Mi hermana tenía una perspectiva distinta de la mía o acaso era la misma y yo no la reconocía. Desde aquí puedo darle la espalda a mi fría perspectiva y gozar de una frescura tibia, mirar las sábanas apelotonadas que guardan todavía algo de mi calor. Puedo pensar que las manos de mi hermana, aquellas manos aladas que se abrían y se cerraban en un vuelo fugaz, copiarían las complicadas maniobras que reflejaban sus ojos y alisarían las sábanas, las frazadas, estirándolas a todo el largo del lecho que bien podría ser lecho nupcial o lecho mortal. El amor y la muerte van muy juntos mas yo, desde mi propia perspectiva, los coloco a ambos en extremos opuestos y dejo entre los dos extremos un gran espacio por llenar. Las manos de mi hermana correrían despaciosas las cortinas negándome la visión de lo lejano. Me encerrarían en la oscuridad y sólo vería de mi hermana su largo traje blanco cuyos bordes tocaban el suelo. Pero yo sigo mirando el ángulo donde hace apenas unos instantes —el tiempo es un fluido que se escapa vertiginoso— se erguía la sombra de aquel desconocido. Yo lo vi detenido, pensando que era aquella su posición definitiva, que allí podría soñar, rememorar las horas, evocar el olor de otros instantes, tan sólo el olor que es acaso lo único que persiste en la misma semejanza ya que la forma cambia y el color es siempre otro, va adquiriendo tonos sombríos, ennegreciéndose, lenta o precipitadamente. El olor viene por ráfagas y nos llega intacto desde el fondo del tiempo. Mi hermana tenía un olor inolvidable. Muchas veces pensé que el aspirarlo me bastaría por toda una eternidad. Pero el olor pasa, se escapa rápido, más rápido que el viento, pasa relampagueante, sin apariencia corpórea, una presencia etérea, inalcanzable, y sólo deja tras sí una estela invisible y el confuso rumor del tiempo removido. Estalla la evidencia de la inutilidad de todo intento de apresar las apariencias y lo que creemos intuir, lo que imaginamos descubrir, se esfuma ante el más pequeño roce, se deshace en infinitas volutas de una delicada voluptuosidad. Sin embargo, la apariencia es también realidad. Mi hermana escudaba bajo su apariencia —alta, erguida, soberana— una gran debilidad. La llevaba dentro como hondo suspiro y ese aliento contenido, nunca abandonado, asomaba al borde de sus ojos en una luminosa humedad. Aquellos ojos que reflejaban sin piedad todo el acontecer. Mi hermana tenía gestos nobles y sabios. Los rodeos y digresiones le eran ajenos. Quizás ahora, en este momento en que he dejado atrás la penumbra acogedora y miro hacia adelante, hacia el ángulo vacío donde permaneció por un tiempo limitado o tal vez un tiempo infinito, aquel desconocido, donde acaso dejó algo o mucho de sí mismo, algún anhelo inconcluso, una trunca aspiración, el final o el comienzo de una espera, ahora, no puedo reconstruir con precisión ninguno de los gestos de mi hermana. Todos se me escapan y sólo llega hasta mí el resplandor de su sombra. Aquella sombra de mi hermana que la seguía fiel, sumisa, plegándose a su estatura y plegándose a su vez a las modificaciones que el devenir cierto o incierto de los días impone a toda sombra Y siento crecer en mí como una desconocida lentitud, como si mi ritmo orgánico, el que se desprende de los continuos desplazamientos de la sangre, del aire, el aire que deja ser aire al respirarlo, y aire y sangre forman una sola, obstinada unidad, aquella que transita infatigable en el interior de esa otra unidad complicada y simple que es mi cuerpo, como si ese ritmo oculto, que a veces se disloca en vibraciones, estuviese a punto de apaciguarse. Desde aquí domino por entero mi propia, inmutable perspectiva. Me siento seguro de mí mismo, una segundad nunca sentida. Me adelanto para mirar detenidamente el ángulo donde se detuvo la sombra de aquel desconocido y de pronto me parece otro, distinto, y pierdo, repentinamente, mi recién adquirida serenidad y comienzo de nuevo a agitarme en el sitio que escapa a mi dominio, el que tengo que reconocer cada día, darme cuenta de sus inseguras dimensiones, recomenzar cada vez a acomodarme en él por un tiempo que imagino muy largo y acaso está a punto de agotarse —pienso en mi hermana vulnerable, mi hermana y su gran debilidad— y de nada me sirve la posición que creí definitiva, quizás la misma que adoptara aquel desconocido cuya sombra parece que continuase detenida, a pesar de haber constatado su desaparición, en realidad no recuerdo haberla visto alejarse —pienso con insistencia en mi hermana lejana— pero quién sabe si ando equivocado en mi visión real y todo no ha sido más que un sueño y el espacio que el sueño aprisiona no es el mismo que aprisiona la vigilia. Mi hermana no soñaba nunca, pero hablaba de cosas que sólo podrían darse en regiones indeterminadas. Nombraba los objetos con nombres que no guardaban ninguna relación entre sí. Quizás tendrían alguna secreta, misteriosa relación que a mí se me escapaba. Se expresaba en palabras destinadas al olvido y dibujaba en el vacío trazos infinitos. Hablaba en imágenes, imágenes desprovistas de toda significación, las cosas se significaban al nombrarlas mi hermana y la sustancia que de las cosas se escapaba salía a la luz, y ella, mi hermana, con su largo traje blanco que barría el polvo de los suelos, en medio de ese irrumpir inesperado de cosas significadas, de pronto… despertaba. La realidad es sólo producto de los sueños, en la vigilia los sueños se corporizan y se vuelven otros. En mi hermana la vigilia era distinta. Nunca supe cuándo estaba despierta o acaso andaba siempre dormida, caminando en sueños. Se movía, seguida de su sombra, y si alguna vez mi hermana titubeaba, la sombra zozobraba. Tocaba las cosas y las cosas eran otras. Alineaba las sillas, desplegaba los manteles, llenaba las jarras hasta los bordes, el agua se detenía en un límite inabordable, y las copas refulgían entre sus manos. Iba y venía en medio del íntimo desorden de lo cotidiano y en ese ir y regresar continuo parecía que en ella se cumpliese una simbólica tarea. Los símbolos pueden traicionarnos si nos empeñamos en descifrarlos. Tal vez por eso nunca intenté buscar interpretación a los símbolos de mi hermana. Los miraba, enigmáticos, deslizarse a todo el largo de las estaciones y miraba cómo acababan por detenerse en una imperecedera, única estación, blanca, abierta, que anulaba los colores. Era entonces cuando se iniciaba el combate de los reflejos, la batalla de las irradiaciones. Nunca he podido ubicar a mi hermana en ningún tiempo. No pertenece a lo ya vivido, ni a este tiempo que yo vivo sin saber que estoy viviendo, ni tampoco a aquel que ha de llegar, inexorable, fatalmente para todos. Estaba fuera del tiempo o tal vez aposentada en el tiempo. Al margen de la muerte. Celebrando la muerte. La muerte como una fiesta. Una fiesta solemne y memorable. Me inclino aún más, mucho más hacia adelante, ya sin miedo al vacío, a la atracción del vacío. Me inclino desde mi nueva perspectiva, muy distinta de la de mi hermana, y miro, miro con una visión muy mía, una visión que me pertenece por entero, miro la sombra de aquel desconocido que ahora se destaca nítida, inconfundible. La miro como si estuviese muy cerca, pero sé que está muy lejos, más allá de mí mismo, de todo lo que alcanzo, las espesas cortinas que las manos de mi hermana corrían y descorrían en un juego de luz y de tiniebla, más allá de los bosques, de los mares, de lejanos, desconocidos continentes, donde quizás, mi hermana había depositado sus deseos y ahora estarían crecidos, crecidos y sin memoria. Alguien pasa rápido, fugaz, muy lejos de la calle. Alguien pasa vacilante muy lejos de la calle. La calle que se ha expandido tanto que ha perdido sus límites. Alguien pasa, irreconocible, acaso por tanta lejanía, por tanta bruma liquida, deshecha, que todo lo ha cubierto. Yo voy retrocediendo lentamente en medio de una inmovilidad que se traduce en movimiento. El miedo y la cobardía coexistiendo. Miedo a tocar mi sombra, miedo a afrontar mi sombra. Ya no quiero mirar hacia el sitio donde alguien está quizás agonizando o quién sabe si ya habrá muerto. Lejos queda el sol encegueciente, el súbito crepúsculo, los rumores dormidos, el silencio. El espeso silencio de la noche. Ya no hay más que sombras, y la tibia frescura sólo presentida, y la forma muy difusa de las sábanas que ya han perdido mi calor. Pienso en mi hermana distante: Pienso en mi hermana perdida…

Sobre la autora

Cuentos tomados del libro El largo día ya seguro (1975). Selección y transcripción: Carolina Álvarez.

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