Con un lenguaje ágil, directo (precisa coloquialidad no exenta de belleza), el autor construye o talla microuniversos, espacios cerrados o abiertos pero en cualquier caso sofocantes, en los que los personajes que los habitan (los hambrientos, los comunes, los olvidados, los anónimos, los que a nadie le interesan) parecen ir deshaciéndose, abandonando fatalmente “su vida invivible como un hilo frágil que duele en todos los nervios”. Queda ahí la narración, metaforizada y eternizada (nota de contraportada).
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