Carolina Álvarez Arocha
Comentarios sobre El largo día ya seguro de Antonia Palacios [1]
El largo día ya seguro de Antonia Palacios es un libro poco conocido. Sin embargo, en esta colección de relatos, se aprecia el trabajo maduro y consciente de una la mujer que escogió la escritura como oficio. Atrás quedó Ana Isabel una Niña decente su novela más conocida y difundida pero que apenas marcó el comienzo de una trayectoria, un recorrido en donde nuestra autora fue creciendo y superándose.
El libro
El largo día ya seguro fue publicado por Monte Ávila Editores en 1975, y su autora recibió el Premio Nacional de Literatura gracias a esta publicación. Lo curioso es que El largo día ya seguro, publicado en 1975, nunca tuvo una segunda edición y conseguir el libro fue una tarea casi arqueológica.
El texto contiene once relatos cortos en su mayoría de naturaleza intimista donde en algunos casos con delicadeza y en otros de manera de manera directa o descarnada, se explora el universo de los sentimientos y las sensaciones además de la denuncia y la crítica social
Las alusiones a lo que es real o no, la conciencia sobre el cuerpo que nos pertenece, la obligación de estar en un lugar que no ha sido elegido, la ausencia, la muerte, la desilusión, las casas, los muros, el cuerpo, el amor profundo son temas recurrentes a lo largo de este volumen.
El estilo
Los relatos del libro son cortos, ocupan entre dos y seis páginas, la mayoría en sólidos bloques con ausencia de párrafos; ochos de los textos se presentan sin un solo punto y aparte. Uno solo uno de los textos, “Un caballero en el tren”, posee diálogos y muestra una estructura si se quiere tradicional; curiosamente este es el único cuento en donde lo que se narra realmente no ocurre.
Imagínense estar en un lugar desde allí observan todo lo que está a su alrededor durante unos minutos. En esta observación, o producto de ella, comienzan a evocar miles de recuerdos, sensaciones, pues así está escrito el libro. Parece que quisiera recoger en palabras la velocidad del pensamiento, esa premisa que dice “vi pasar mi vida en unos segundos”.
Se trata de un libro que hay que leer poco a poco. No porque sea difícil o tenga palabras complicadas, no; sino porque hay mucho que procesar. No es acción lo que se nos cuenta o lo que predomina. Los cuentos tratan de lo que se siente, más que de lo que pasa.
En este sentido me recuerda ciertos textos de Clarice Lispector. Pero a diferencia de la autora brasileña, en Palacios no presenciamos el momento de epifanía o descubrimiento que experimentan los personajes, sino que aquí, quien debe descubrir lo que ocurre es quien lee el cuento. En relatos como “Un caballero en el tren” o “Algo había sido movido de su sitio”, al final dos o tres líneas antes que termine al texto la autora de alguna manera explica qué está pasando; sin embargo, en la mayoría de los cuentos la narración nos va llevando poco a poco y se requiere un esfuerzo mayor. Terminamos de leer y necesitamos revisar y buscar un poco más. Descubrir de qué se trata, qué está pasando ahí, o lo que creemos que ocurre, dependerá en gran medida de la experiencia personal, de lo que conocemos de la ciudad, de la historia contemporánea, de la situación concreta de la época en que fueron escritos los textos, en fin, de multitud de elementos que no necesariamente están en el relato.
Hay una historia latente, hay una esencia que nos llega a todas y a todos, pero creo no equivocarme si afirmo que cuentos como “Un reborde de acero color violeta”, “Un extraño animal bocabajo” o “Nueve minutos veintitrés segundos” pueden tener más de tres explicaciones distintas, o tantas interpretaciones como personas que lo lean y seguramente todas serán válidas.
Los relatos
La contraportada de nuestro libro señala “Si hubiera de dar una definición de estos relatos de Antonia Palacios, nada más aproximativo que afirmar sus nexos con el sueño. Surgen de la urgencia de reproducir ese universo intemporal, frágil inasible, que nos habita fuera de la vida consciente.” No obstante, me separo totalmente de esta percepción. Quizás los dos primeros cuentos pertenezcan a este mundo onírico que se menciona en la contraportada. Como señalamos anteriormente el tema sobre lo que es real o no es un asunto que abordan los personajes del libro, pero, aun así, El largo día ya seguro es un libro que va mucho más allá de la ensoñación. Es un libro donde Antonia Palacios se pone en el lugar de otras y de otros para contar las angustias reales que viven estos personajes donde se mezclan igualmente, recuerdos, esperas, encuentros, desencuentros, melancolías, añoranzas (saudades), luchas ideológicas, fracasos.
Desde el primer cuento “Una lenta oscilación”, donde vemos a Alcira balanceándose en su mecedora, hasta el último texto, donde hombres armados irrumpen en la habitación de una joven subversiva; se muestra la intención de la autora de mostrarnos qué siente cada personaje colocándose ella en la piel de la otra, del otro. Puede ser hastío y decepción en “El sitio de la espera”, desarraigo, en “La llegada” y “Una bandera ondeando al viento”, dolor por la ausencia como en “Regiones indeterminadas” y “Algo había sido movido de su sitio»; frustración ante el fracaso de un proyecto político derrotado en “Una bandera ondeando al viento”, “Nueve minutos veintitrés segundos” o “El largo día ya seguro”. Los sentimientos y sensaciones son reales, no soñados.
Para resumir este punto tomaré las palabras el poeta chileno Díaz Casanueva –citado por Luis Alberto Crespo en el prólogo de Ficciones y aflicciones
Hemos de hacer hincapié en que Antonia Palacios no se fuga de la realidad, ni utiliza incoherencias como método, ni lo insólito, ni la fabulación caprichosa, ni siquiera invierte o desordena lo temporal. Solo tiende al ahondamiento de la realidad, la revelación de lo profundo del ser humano, para convencernos de que la realidad es más rica y enigmática y la personalidad humana más interior.
Por su parte la escritora argentina-colombiana Marta Traba en el prefacio de la obra señala:
Antonia Palacios, que siempre fue una escritora desalojada de la realidad por los golpes de la imaginación, ahora es, de manera verídica, trágica y majestuosa, una escritora realista que no tiene más remedio que fijar la imagen con precisiones inesperadas. Pero esas imágenes precisas se gestaron en décadas de sueños, dolor y desvarío. También en el amor que, como la vida, está, para ella, polarizado entre cima y abismo, emergencia y naufragio.
De manera que, más que sueños o textos oníricos encontraremos la reflexión consciente del mundo que rodea a los personajes. La necesidad de mostrarnos lo que ocurre o lo que se ve desde lo sensorial en todos sus aspectos: aromas, colores movimientos, roces, dolores. Por este énfasis en lo sensorial, por sus reiteraciones e imágenes líricas y emotivas, hay momentos en que algunos de sus textos podrían percibirse como prosa poética, sin embargo, la anécdota está ahí, juega un papel importante.
No sé si es un secreto
Un detalle que descubrí, y que no he leído en los artículos que revisé, es la estrecha relación que existe entre la persona a quien dedica sus cuentos y el mismo texto. De los once relatos, ocho tienen una dedicatoria y al menos en seis de estos se hacen desde la perspectiva de este familiar, amiga o amigo a quien se dedicó el trabajo. En otras palabras, el personaje que observa y reflexiona es la persona a quien se dedica el cuento. Claro que no es la primera vez que un narrador hace esto, pero debido al estilo empleados, no deja de sorprender este ejercicio de empatía total que realiza la autora. Ella se pone en el lugar de la otra, del otro, se pone en su piel, habla con su voz y contempla al mundo desde esos otros ojos.
Lo percibí en el primer texto, “Oscilación”, dedicado a Ana Enriqueta Terán, porque trata de una señora que traslada su mecedora a la entrada de su casa: “Allí está Alcira (¿Ana Enriqueta?) meciéndose en la mecedora, más allá de la yerba, más allá de la casa. Balanceándose lentamente, acompasadamente, como si nada tuviese prisa en el mundo de los vivos…” Leo esto y no puedo evitar ver a la imponente Ana Enriqueta Terán sentada en una mecedora reflexionando al ir envejeciendo, sintiendo cómo el hogar se va transformando de “casa refugio en casa prisión” (p. 21).
En el relato dedicado a su hijo Fernán y su nuera Elizabeth, pone en la voz de su hijo Fernán una descripción de su hermana ausente. Es decir, Palacios describe a su querida María Antonia, pero es su hermano quien habla: “Pienso en mi hermana lejana y me siento libre de tocar lo vulnerable (…) Puedo pensar que las manos de mi hermana, aquellas manos aladas que se abrían y cerraban en un vuelo fugaz, copiarían las complicadas maniobras que reflejaban sus ojos…” (p.63). Antonia Palacios crea esta elegía que reconstruye el paso de la joven pianista por el mundo, como dijimos, no desde su tragedia como madre, sino desde la voz de su otro hijo, tal vez tratando de cuidarse y no dejar que el dolor sobrepase la escritura.
Un latido común
A medida que iba leyendo este libro, sentía que estos cuentos podían haber sido escritos ayer, cada uno me brindaba un mensaje personal. Me hablaban a mí, Antonia Palacios estaba escribiendo algo que yo quería escribir y ella había encontrado las palabras exactas.
La escritora sabe lo que siento cuando dice “La espera es una cosa larga. Una cosa que se agranda, y las gentes se achican y bajan la cabeza, se encorvan, mientras esperan. Esperar es zozobra, angustia, vacío. Esperar es rencor, odio, desprecio” (p 43). Y recuerdo la letra de una canción de Silvio Rodríguez que dice “Ya no te espero, porque de esperarte hay odio” y ambos se conjuran para recordarme lo que significa esperar a alguien que no llega o no termina de dar una respuesta.
Me detendré un poco en el cuento “Una bandera ondeando al viento” dedicado a Juan Larrea, poeta exilado de España (1895-1980). Es posible que, en su origen al estar dedicado a Juan Larrea, Palacios remita su reflexión a la guerra civil española, pero pienso que puede tratarse de cualquier enfrentamiento que tenga lo ideológico como tela de fondo, de ahí la alusión a las banderas.
En este texto hay dos personajes: Ella y Yo. Este es uno de los pocos textos que posee párrafos claramente definidos. Pero aquí la intención es justamente diferenciar cuando interviene cada uno de los dos personajes principales. Ella es una mujer que llega a “…Una ciudad a medias donde de pronto hay solares vacíos y la yerba crece alta, y los perros rastrean y viejos periódicos son alzados por el viento y las calles se inundan cuando llueve… Una ciudad a medias y sin embargo la gente se aprieta y nadie tiene tiempo de pensar en su propia circunstancia sino simplemente la vive, la respira, la carga…” (p.56)
Palacios, por medio de Ella dice ‘eso’ relacionado con cualquiera de mis dos hermanas que tuvieron que migrar y se encuentra en un país que no es suyo: “Había llegado allí sin pensarlo, sin proponérselo (…) Ella no tiene nada que mirar. Ella no tiene a dónde ir, no tiene dónde ocultarse. Quizás busca compañía. La multitud no acompaña… Allí donde ha llegado es apenas una ciudad a medias… (p 53). Es ella quien piensa al ver una inmensa bandera ondeando al viento “Las banderas cubren a los muertos, animan a los vivos”
El otro personaje, Yo, es un hombre tal vez un soldado que está en ese otro lugar, ese otro país posiblemente el que abandonó Ella. (es, me imagino, la voz de Juan Larrea) que presencia un país devastado por el enfrentamiento entre hermanas y hermanos “…y yo pienso en las grandes multitudes donde me pierdo, en los desamparados que van perdidos conmigo en la multitud, los que van empujados por algo no elegido” (p. 53)
“Yo recuerdo la planicie desierta, el muro integrado a la sombra, recuerdo el toque del corneta, el sonido doliente retumbando en la tarde… recuerdo la bandera, la bandera cerrándose en la tarde sin viento…” (p. 60).
Una denuncia
El último cuento del libro, el que le da su título se separa un poco del resto por la rapidez de la acción y los acontecimientos. Un grupo de agentes “del orden” allanan la habitación de Cristina, una joven militante de un grupo subversivo y mientras le apuntan con un arma en su pecho, recibe los insultos de los hombres que le exigen que delate a Daniel, su compañero, el cual se encuentra realizando una misión. Simultáneamente ella va recordando cómo y por qué se involucra en el movimiento, cómo es vista por los otros, cómo es vista por Daniel como, cómo se siente con él, cómo es ser mujer en ese medio.
La protagonista recuerda la despedida de Daniel y su angustia en el momento del allanamiento: “‘Regreso de madrugada… No tengas miedo…’, Todo adquiriendo nuevas proporciones los ruidos ya precisos, el largo día ya seguro, firme. Y ella esperando, deseando ahora que no llegue ¡que no llegue!… integrándolo a la vida con la ausencia, prefiriéndolo preso, detenido, detenido por mucho tiempo, mucho tiempo, pero vivo…” (p. 122)
Es curioso que sea este texto y una frase, lanzada aparentemente al vuelo, la que haya escogido la autora para dar nombre al libro. Es una frase extraña, difícil de memorizar. Pero la escogió para que el cuento no pasara desapercibido, para que la represión, no pasara desapercibida.
Los demás cuentos serán ustedes quienes descubran su secreto, donde acompasen ellos latido y encuentren su propia letra y ritmo en las historias. Porque la palabra de Antonia Palacios sigue allí, viva, latiendo y revelándose.
NOTAS
[1] Leí y preparé este trabajo gracias a la iniciativa del Centro Nacional del Libro, esta institución organizó el Seminario “Las mujeres del río Celebrando los 50 años de las obras: No es tiempo para rosas rojas de Antonieta Madrid, El largo día ya seguro de Antonia Palacios y El libro de los oficios de Ana Enriqueta Terán” en Feria Internacional del Libro de Venezuela (FIVEN 2025)
