literatura venezolana

de hoy y de siempre

Amigos de César Vallejo

Jun 29, 2026

Rafael Pineda

En la revalorización de la poética de César Vallejo, a cuyo estudio multiplica desvelo y entusiasmo una corriente que se generaliza en las ciudades del continente, hallamos, compartiendo un interés literario estricto, la expresión de una comunidad espiritual a la que la visionaria obra del autor peruano suma su búsqueda fundamental: la presencia del hombre americano universal, la corporización de la justicia y la libertad.

La conciencia de esa gestación, amarga como fue y trágica, la tuvo, como pocos, César Vallejo, innovador en letra muerta, acicalada y artificiosa; y disidente de festinados pretextos librescos. Vallejo, “nacido en el mayor vacío”, como él escribía a propósito de su primer libro, “Trilce”, a Antenor Orrego, mientras el muy aparatoso José Santos Chocano lo denunciaba cómo“el poeta sin poemas”, rehúsa el festín de hueros principados por un pan de miseria como el que crepitaba a las puertas del horno de “Los Heraldos Negros”.

Su destino lo emplaza a una experiencia en que le iba humanidad al par que heroísmo. Aniquila así, con aquellos “sangrientos golpes” que arremetían contra su paso, toda probabilidad de reinar para las circunstancias conocidas y envanecidas por el momento; pero, de ese despojamiento gradual que terminará por reducirlo a un puñado de delirio y sacrificio, va a surgir, a pesar de la desolladura, singularmente sereno, el hombre, el sobreviviente de una historia que no existía, por oculta y dilatada, antes de su gestión: la presencia ontológica del Nuevo Mundo articulada por su verbo terrible, profético.

“La rueda del hambriento” arrastró consigo a Vallejo, y su curso se puede seguir por la mengua de su sangre y la luz que, en su lugar, se aposentaba en su frente, a través de “Los Heraldos Negros”, “Trilce” y “España, Aparta de Mí Este Cáliz”, cuando estos libros son vistos en su conjunto admonitorio más que en separación de etapas formales inexistentes en su caso.

Vallejo, en efecto, fue integral en la motivación del hombre, y este hilo pasa por sus manos sin cumplimentar a las convenciones temporales. Pasa, eso sí, con un rigor que le viene de su fibra inmortal. Cuando Vallejo entrega, corporalmente, la guardia, entra en la muerte de quien a quien, a sabiendas de que lo suyo no es ajeno a aquella disolución, sino plazo cumplido y culminante de la condición universal.

“Ya va a venir el día, ponte el alma”, avisa el sobreavisado, Vallejo, a la poesía. Y nace su silencio eterno. Pero también su legado de esperanza. Porque Vallejo, para ese entonces, el 15 de abril de 1939, ya ha dilucidado la estimativa del gran dolor que lo había acogotado. Venía de la empresa de definir el espíritu con el gusto de la sangre en la boca, sin pretender melificar su sabor ardiente, fulminante. “¡Perdóname, Señor: qué poco he muerto!”, pedía, arrepentido, sobre la piedra misericorde a que lo rinde la miseria, la prueba de que su entereza no cederá sino a su propia perpetuación. Andaba ese hierático, irredento, fantasmal hombre americano que alentaba en César Vallejo, escrutando el verso, avivando sus fuegos más profundos, excavando su perennidad, para reunir el espíritu con sus bienes dispersos, los que aventó el tiempo a una aparente nada que no es otra cosa que el precio que propone la realidad para pactar. Y Vallejo replica:

Hasta cuándo estaremos esperando lo que se nos debe. ¡Y en qué recodo estiraremos nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

La urgencia de ese encuentro lanza, sobre la poesía de Vallejo, sobre la literatura americana, recios destellos, y encuentra, a su vez, bravías verdades de orfandad. “Este cristal es pan no venido todavía”, admite el poeta, y ratifica la comprobación de pobreza preguntando: “¿Los soles andan sin yantar?”; para -agregar inmediatamente el complemento de dignidad que engrandece más su misión de inquisitivo destino:

Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba;
remiéndate, recuerda,
confío en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.

Y más adelante:

Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres.

Siendo “la condición del martirio, carnívora, voraz””, como era la del suyo, Vallejo trasmuta en alusiones imperiosas, constantemente, la calidad de su búsqueda espiritual. Y lo que en un momento aceptó variante de ultraísmo y dadaísmo, su lenguaje óntico, superó rodeos y circunloquios literarios, y el impulso de tan aguda problemática universal hizo lo demás: incorporó la “carne de llanto, la fruta de gemido””, y acentuó la esencia humanística del poeta. Vallejo culmina con la demarcación entre pasado y presente, entre noción y realidad, entre nostalgia y acción. El “hambre” de su poesía ya no es de pobre. Es la de una conciencia histórica revelada a sí misma.

De su poesía nacen, como consecuencia, pueblos de palabras infinitas. La anunciación del hombre convoca a un mundo que ahora es más altivo porque se ha hecho conocimiento común, descifrado por Vallejo; grandeza y compromiso inaplazable.

Sobre el autor

*Texto publicado en el número 136 de la Revista Nacional de Cultura con motivo de la creación de la Sociedad Venezolana de Amigos de César Vallejo (31 de octubre de 1959). Fue electo Presidente de la misma, el poeta José Ramón Medina. La imagen corresponde al busto de César Vallejo, por el escultor Valmore Carrero Murillo (fuente: https://estatuasdecaracas.blogspot.com).

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