Renny Loyo
Debo comenzar diciendo que no fue idea mía la de ir de vacaciones en agosto al estado Bolívar de la República Bolivariana de Venezuela, Según las redes sociales y medios de comunicación internacionales, Venezuela era un país lleno de conflictos, contradicciones, y sobre todo, muy inseguro. Un destino poco atractivo para un peruano como yo y mi esposa Katy, oriunda de los Estados Unidos.
A pesar de estas advertencias, nos sorprendió que las empresas consultadas para nuestras vacaciones en Latinoamérica nos recomendaran a Venezuela como primera opción. Era difícil de comprender. Al mencionar el nombre del país, notábamos una seguridad y alegría genuinas en los rostros de los consultores que contrasta enormemente con lo que veíamos a diario.
No es que Venezuela nos resultara extraño; al contrario. La veíamos constantemente en las páginas de los periódicos norteamericanos y en los noticieros de más de 300 canales de televisión. Sin embargo, por primera vez, una imagen diferente emergía. Una imagen de aventura, y no de conflicto.
La recomendación final fue visitar los tepuyes. Para ello, iniciamos nuestro viaje desde Miami, tomando un vuelo directo a Colombia, en la aerolínea Avianca. Elegimos esta ruta por su cercanía con el aeropuerto internacional Simón Bolívar en Maiquetía, desde donde partiríamos hacia Canaima.
Luego, en Bogotá hicimos escala antes de abordar un vuelo de Conviasa aerolínea nacional que nos ofreció tarifas más accesibles. Como turistas, buscábamos optimizar nuestros gastos sin sacrificar la experiencia.
Así comenzó nuestra travesía hacia el corazón ancestral de Venezuela, donde los tepuyes nos esperaban como gigantes dormidos, envueltos en niebla, leyendas y un misterio que parecía respirar desde las piedras. En una de las tiendas de souvenirs del aeropuerto, adquirimos un mapa turístico que nos delineaba la ruta a seguir, como si nos entregaran un fragmento del destino.
Tras pasar los controles de aduana e inmigración– donde revisaron nuestros documentos y equipaje con meticulosa atención–nos detuvimos a almorzar en el restaurante del aeropuerto. Fue allí, entre conversaciones y expectativas, donde trazamos el primer tramo de nuestro recorrido: el viaje hacia Puerto Ordaz.
No sé si les mencioné que nos acompañaban dos parejas más, sin hijos, que se unieron a nuestra travesía para aprovechar el paquete turístico. Compartían con nosotros el entusiasmo por descubrir Venezuela, y desde el inicio se integraron con calidez y buena energía. Según nuestros asesores turísticos que nos recibieron con afecto en el aeropuerto, después de almorzar tomaríamos un vuelo nacional hacia Puerto Ordaz, donde aterrizaríamos en el aeropuerto internacional Manuel Piar.
Al llegar, nos esperarían los guías, que nos conducirían finalmente a los majestuosos tepuyes. Para acceder a esos parajes remotos, nos explicaron que el viaje a Canaima se haría en avionetas, pequeñas naves que aterrizarían directamente en el aeropuerto de Canaima.
Estábamos maravillados al ver como cada detalle del itinerario se iba cumpliendo con precisión y comenzábamos a comprender la alegría genuina con la que nuestros anfitriones nos habían recomendados este destino para nuestras vacaciones de quince días.
Al llegar a Puerto Ordaz, el aroma de las comidas criollas que emanaban de los restaurantes tradicionales nos envolvió como invitación irresistible. El hambre, agudizada por el viaje, se convirtió en entusiasmo colectivo.
Aun disponíamos de una hora antes de partir hacia el Parque Nacional Canaima, nuestro verdadero destino, así que decidimos almorzar. Uno de los meseros —un indígena de la etnia Warao, de habla fluida y cálida en español aprendido en la escuela bilingüe de su comunidad, nos recomendó un plato típico de la región: el “Palo a pique Guayanés”.
El almuerzo fue memorable. El plato consistía en frijoles bayos mezclados con arroz, carne frita crujiente, tres trozos de plátano maduro sancochado, queso rallado y un toque de cilantro fresco. La combinación ofrecía un sabor agridulce y profundo, característicos de la cocina guayanesa, que parecía resumir en cada bocado la generosidad de la tierra y la memoria de sus pueblos.
Al culminar el almuerzo llegó una furgoneta de 12 puestos destinada al grupo. El chofer venía acompañado por dos ayudantes, también de la misma etnia del mesonero, quienes se encargaron de organizar cuidadosamente todo el equipaje.
Desde puerto Ordaz, nuestro siguiente destino era el Parque Nacional Canaima. El trayecto se realizaría en avionetas–pequeñas aeronaves que aterrizan directamente el aeropuerto de Canaima—y que, durante el vuelo, ofrecen las primeras vistas aéreas de la sabana infinita y los imponentes tepuyes que emergen como monumentos sagrados en medio del verde paisaje.
Al llegar al aeropuerto de Canaima, nuestros guías bajaron rápidamente el equipaje y nos condujeron a uno de los hangares. Allí presentaron los tickets de vuelo a un piloto de piel morena, quien nos recibió con una sonrisa encantadora. Hablaba el inglés con fluidez, lo que facilitó una interacción cálida y afectuosa entre todos.
Una vez montados en la avioneta, escuchamos toser el motor. Lo hizo varias veces, con el mismo sonido áspero. Al principio, nos miramos todos con una mezcla de frustración y duda; pensábamos—sin comentarlo entre nosotros—que no lo lograría. Sin embargo, tras emitir un ruido distinto, como un rugido extraño, el motor finalmente se enciende. La avioneta comienza a salir del hangar y se dirige hacia una pista llena de baches, cubierta por un pasto verde que recubre todo el lugar. Unas líneas blancas, pintadas de cal de lado a lado —semejante a un campo de futbol– señala el camino de la pista.
Todos los pasajeros teníamos las manos apretadas en los asientos, algunas mujeres la apoyaban sobre los muslos de sus maridos, sin dejar de mirar la ventanilla. El estómago, como en cada vuelo, se revolvía con mezcla de emoción y cierto pánico. Los corazones latían n con fuerza, y el ritmo inevitable de la avioneta intensificaba aún más la emoción compartida.
Observábamos, mientras la tensión comenzaba a disiparse, cómo el piloto— muy tranquilo y sereno, incluso con una sonrisa ligeramente sarcástica— revisaba cada detalle, palancas, interruptores, medidores. Luego con una expresión afectuosa, miró hacia atrás para tranquilizar a los pasajeros, explicando con naturalidad los movimientos de la aeronave, los vientos, las corrientes de aire. Sus ojos brillaban de emoción mientras hablaba, revelando no solo su conocimiento y experiencia, sino también el amor profundo que sentía por volar en el cielo.
Justo antes de empujar el acelerador a fondo, su voz resonó en el intercomunicador, clara y decidida: «Estamos en la cabecera. Mantengan sus manos en las rodillas. Aquí vamos… ¡Sujetamos el volante!»
¡Volez! La avioneta comenzó a elevarse, con movimientos temblorosos. Por momentos parecía que iba a desarmarse. Incluso algunos tornillos, cerca de las paredes y los asientos, se bamboleaban como si quieran salir disparados. Nos mirábamos incrédulos ante lo que veíamos. Pero el miedo, lejos de paralizarnos, nos provocaba una risa nerviosa al descubrir nuestras propias expresiones. Mientras ascendía, el piloto exclamaba — ¡Rían, rían… así es la vida!
Desde la altura de la avioneta, el suelo se desplegaba como un tapiz de verde intenso y vibrante. La sabana se extendía ante nuestra vista, parecía un mar de vegetal, que se reflejaba en el cielo abierto de Canaima.
En menos de 30 minutos, la avioneta captura una visión sobrecogedora al adentrarse en el al reino de los tepuyes. A medida que se aproxima, emergen como gigantes de piedras: dioses silenciosos que nos revelan su capa cuaternaria, tejida por siglos de creación maravillosa, y una evolución incesante continua y permanente.
La ceremonia del paisaje nos envuelve. Un silencio súbito se posa sobre nosotros, como si el mundo contuviera el alienta ante tanta maravilla. La avioneta desacelera, envuelta en niebla, y gira con la suavidad de quien retorna a un lugar secreto— quizás el campamento que nos espera. Son las cinco de la tarde. Una llovizna empaña los cristales, y el viaje, ya cargado de emociones que hemos soñado, se vuelve aún más misterioso.
Al descender de la avioneta nos miramos con asombro por tanta belleza revelada. Sin necesidad de palabras, coincidíamos en que había valido la pena el esfuerzo de llegar hasta aquí. Un canto de ave se escuchaba como una orquesta dispuesta en medio de la selva. El lugar tenía algo de mágico: animales salvajes caminaban tranquilamente alrededor de la posada. nos observan brevemente y luego se desentendía, como si fuéramos conocidos. Quizás, en el fondo, todos los humanos somos iguales en algo —al menos a los ojos de la naturaleza.
Nos acomodaron en habitaciones destinadas a cada pareja matrimonial. La caminata hacia el Tepuy sería a pie; el viaje en avioneta ya había impregnado nuestras vacaciones con un sabor de aventura. La aeronave se alejó lentamente, perdiéndose en el cielo. Volvería en catorce días.
Ahora quedábamos a merced de los guías indígenas, conocedores profundos de los peligros de la selva, de sus caminos y trochas. con ellos uno se sentiría seguro, pero el miedo a lo desconocido, aun nos helaba la sangre y nos erizaba la piel. El misterio de la selva nos había vuelto silenciosos.
En contraste, en la posada había turistas venezolanos, bulliciosos, que fotografiaban todo. Daban gracias a Dios con frecuencia, celebraban estar vivos y poder conocer esta maravilla de divina. Lo repetían una y otra vez, como si se tratara de un ritual colectivo.
Por la mañana, los gallos cantaron puntualmente a las 5, tal como lo habían anunciado los guías. A las seis sería el desayuno, y a las siete comenzaría la caminata. La emoción era palpable entre quienes nos sentábamos a desayunar: había unos treinta turistas de diferentes nacionalidades–rusos, chinos, coreanos, italianos y alemanes— Además de los venezolanos.
A las seis y 45 fuimos convocados al lobby del restaurante de la posada, allí nos informaron que el plan incluiría una ruta fluvial y una ruta terrestre. Caminaríamos aproximadamente mil metros hasta encontrarnos con el rio Carrao y el río Churún.
Todo resultó mu emociónate. Se notaba el nerviosismo de todos; el agua nos chispeaba el rostro y nos hacía reír con alegría y satisfacción durante el recorrido de los caños. A la orilla, indígenas con el pecho desnudo y tiras que cruzaban sus senos nos saludaban con sus bebés en brazos. Los hombres lanzas en mano, llevaban pescados atravesados.
Luego de más de una hora serpenteado los ríos— a veces contra corriente– llegamos a un paradero de madera, donde nos esperaban indígenas con rostros alegres y manos generosas. Sobre mantos y tejidos, ofrecían sus creaciones en madera y moriche. Otros vendían carne de venado salado, y cerdo salvaje, también había los que ofrecían una salsa embotellada en taparas, elaborada a base de bachacos culones, como afrodisiaco. Entre otros productos había cremas hechas con plantas, amuletos, collares y adornos de plumas multicolores.
Allí nos entretuvimos durante unos treinta minutos. Algunas personas compraron diversos objetos como recuerdo; otros adquirieron productos para preparar más adelante, ya que estaba permitido acampar y cocinar.
La primera caminata tenía como destino el mirador del salto Ángel, actividad planificada para el segundo dia del plan vacacional. Caminamos alrededor de noventa minutos, hasta que escuchamos el canto del salto, y contemplamos la magia de un chorro que caía como un tul blanco.
Nos bañamos, tomamos fotos, reímos y sentimos la energía que brotaba del chorro. El agua nos impregnaba de magia; la sensación de relax era espectacular. Aquello nos extasiaba: era un sueño hecho real, un momento paradisiaco.
De verdad, aquello era el paraíso. Se respiraba una paz y un aire distinto al de la ciudad: limpio, fresco y puro.
Así estuvimos disfrutando del baño del gran salto. En un momento salimos del agua para comer unos emparedados, pero un sonido extraño comenzó a escucharse cerca: eran golpes que sonaban contra el pecho, gritos infernales que helaban la sangre.
La preparación de alimentos se interrumpió. Los guías nos miraban con seriedad y nos indicaron que permaneciéramos donde estábamos, sin movernos y en completo silencio. Entonces comenzaron a despojarse de su ropa de civil, quedando vestidos con atuendos de sus etnias. Guardaron sus armas de fuego y de un saco que traían, sacaron sus arcos y flechas, pinturas y collares. Se pintaron y se distribuyeron alrededor de nosotros.
Uno de ellos hablo en su dialecto y le ordenó a otro que fuera a investigar o llevar un mensaje. Conversaron brevemente, y luego el mensajero salió corriendo en dirección a donde salían los ruidos como si la misma selva lo atrajera.
El miedo helaba la sangre. Todo lo hermoso, se transforma en tragedia, en terror, en pánico. Nos mirábamos y no entendíamos nada.
¿Cómo es posible que, en este paraíso lleno de paz, estuviese ocurriendo esto?
¿Por qué, la agencia no se había percatado del peligro?
¿Acaso no había ocurrido antes?
¿Sería esta la primera vez?
¿Pero por qué?
El silencio era absoluto. Hasta los pájaros dejaron de cantar, convertidos en testigos mudos de aquella escena cruel, marcada por el pánico y el miedo.
Algunas mujeres comenzaron a llorar en silencio. Sus esposos las miraban con lástimas, y de sus ojos brotaban lágrimas cómplices del temor que compartían como pareja.
Desde lo alto de los árboles comenzaron a descender numerosos indígenas, con cuerpos pintados de blanco y rojo y algunas líneas negras que cruzaban sus torsos.
Su presencia imponía respeto y temor. En sus cuellos colgaban pequeñas calaveras, lo que intensificaba el miedo, especialmente entre los venezolanos que habían oído hablar de tribus caníbales en esos territorios aún no explorados. El mensajero llegó en el preciso momento que los hombres bajados de los arboles comenzaban a mira detenidamente la cara de todo el mundo. Especialmente de los hombres.
Venían desde el corazón de la selva amazónica de Brasil siguiendo a un americano que les había robado un Dios de piedra, del tamaño de un niño.
Le seguían las huellas, y se decía que rondaba por estos lares. Nuestros guías conversaban con dos de ellos, que parecía ser líderes de una tribu importante.
Más tarde supimos que el gringo, no comprendía lo que había hecho. Los indígenas dibujaban en el suelo una figura mítica, mientras uno de los nuestro traducía al español las palabras de uno de sus líderes. La talla robada había sido arracada de su pedestal, sin que el extranjero supiera que se trataba de un dios, y no una decoración u ornamento de la tribal. Al cerciorare que entre nosotros no se encontraba el gringo, se abrieron paso entre los árboles, avanzaron sin prisa, como si la selva misma les ofreciera el camino.
Lo que todos analizamos en el grupo, una vez que la calma cubrió nuestras preocupaciones como un manto, fue que el atuendo de los inesperados visitantes nos aterrorizó. Sin embargo, en sus gestos no había saña ni rencor, ni intención de hacernos daño. Solo querían restaurar, con urgencia, el orden quebrado de su pueblo. El gringo había traicionado la confianza depositada en él, y al tomar lo que no le pertenecía, trastocó el ritmo vital de aquella comunidad. La estatuilla-su tótem–no era solo un objeto: era para ellos lo que el sol y la noche son para nosotros, secreto profundo que solo su pueblo podía comprender.
El retorno fue tranquilo y seguro, solo perturbado por las corrientes y olas del rio en su viaje de regreso. Hacía mucho tiempo que no recordaba cómo rezar, pero esta vez todas las oraciones llegaron a mí. Me encomendé — y encomendé a mi esposa y a los pasajeros de la curiara– a nuestra santa patrona Santa Rosa De Lima. Durante el trayecto, desde el celular de un venezolano se escuchó la voz de un cantautor ya fallecido. Cantaba sobre un grupo de músicos populares que habían muerto en estos mismos ríos. La canción que todos entonaban con alegría se llamaba Tin Marín.
Esa noche, el sueño me llevó a la orilla de un río. No era el Amazonas que todos conocemos, sino uno que parecía respirar, como si estuviera en un sueño, con sus aguas resonando al ritmo de un tambor en la distancia. Yo navegaba en una canoa de madera viva, esculpida con canciones y lamentos. A mi alrededor, las figuras del Grupo Madera emergían del agua, no como fantasmas, sino como guardianes de un compás ancestral.
El flujo era apasionado, como si el río quisiera contar su propia historia. Sin embargo, nosotros gritábamos en su contra, no para avanzar, sino para romper la cadena del miedo. Cada movimiento del remo era una nota, un ritmo que unía el recuerdo con la esperanza. El agua nos enviaba mensajes en lenguajes extraños, y la curiara respondía con un crujido que parecía decir: «No todo lo que se hunde pierde la vida».
En un torrente, el río reveló la tragedia: cuerpos a la deriva, tambores mudos, voces apagándose sin despedida. Pero la historia no terminó ahí. Se inclinó hacia el abismo, como si quisiera abrazarlo, y al hacerlo, el agua se transformó en luz. Los ahogados emergieron, no como fantasmas, sino como bailarinas de espuma. Sus tambores resonaron de nuevo, y por primera vez, el río se dejó llevar por ellos.
Al abrir los ojos, sentí una extraña sensación en el pecho. No sabía si había estado soñando o si el río me había compartido algún secreto. Pero me di cuenta de que la curiara no era solo un bote: simbolizaba un recuerdo y un proceso de sanación. Y que, en algún rincón del Amazonas, el Grupo Madera seguía tocando, no para ser escuchados, sino para asegurarse de que el río los mantuviera en su memoria.
La luz entraba oblicua por la ventana, filtrada por las cortinas de lino de la habitación. Ella se levantó, fue al lavabo y luego se duchó. Yo me había levantado muy temprano. Hoy tendríamos el dia libre; solo recorreríamos los alrededores para visitar algunos pueblos indígenas y compartir con ellos. Me había traído el café en un termo que ofrecían en la posada.
Al terminar su ducha, mi mujer se acercó a la mesa donde le esperaba. El café humeante servido en una taza de cerámica azulada con motivos indígenas, comenzó a ser sorbido por ella con lentitud. La miré, y noté unas ojeras que me hizo preguntarle si había dormido bien. Me respondió que había tenido un sueño, más que un sueño una pesadilla. Le dije que yo también. Y comencé a contarle mi sueño…
Ella escuchó atentamente. Luego, mientras terminábamos el pan tostado bajo la mantequilla, mientras, revolvía el café con una lentitud casi ritual. Inmediatamente nos fuimos al balcón que estaba un poquito más alto del suelo, la cabaña estaba levantada como si fuera una casa de los palafitos. Seguramente para evitar la entrada de alimañas, roedores y reptiles. Nos sentamos a ver la inmensa sabana y a lo lejos aún se veía la punta del salto Ángel. El cielo azulado, la brisa fresca, y el cantar de las aves invitaba a la quietud. Pero yo no pude callar y fue entones que le pedí me contara su sueño.
Cuando comenzó su relato, su voz tenía esa textura que reconocía: algo la había tocado en lo profundo. Ella estaba en el metro de Brooklyn… pero con la pasión que le ponía al sueño, parecía más bien un río subterráneo. Y había un hombre con una máscara. No le robó. Al contrario, le devolvió algo.
Al preguntarle qué fue lo que le devolvió, me miró fijamente, como si me recriminara haberla interrumpido. Callé y la miré, arrepentido. Ella sonrió levemente y dijo: —No sé. Y con una sonrisa más amplia, agregó que era como un tótem. Una especie de estatuilla.
Nos miramos y nos reconocimos en la escena. Nos quedamos en silencio. Ella buscaba en su memoria las palabras que debían venir a continuación para seguir relatando su sueño. Sintió que ya no recordaba más.
Ambos coincidimos en que estaba relacionado con lo sucedido el día anterior. Pero el sueño se había convertido en un enigma, al borrarse de su memoria lo más impactante. Solo recordaba que había comenzado una carrera interminable sobre el metro, y que se deslizaba sobre él como si fuera la corriente de un río que serpenteaba. Al final, sentía que perseguía a alguien… pero no pudo recordar más.
Al tener la mañana libre, decidimos aprovechar el balcón de su habitación. La temperatura era agradable y la luz del sol se filtraba a través de las hojas, dando la impresión de que el día apenas comenzaba. Nos sentamos sin prisa, sosteniendo las tazas humeantes, y empezamos a conversar sobre nuestras expectativas para este viaje: no solo sobre los paisajes, las caminatas o incluso la cima. Lo que anhelamos era algo más significativo, una experiencia que aún no lograban articular del todo.
Discutíamos lo que deseábamos vivir al llegar a la cima de los tepuyes. No se trataba únicamente de alcanzar una altura, sino de ser transformados por ella. Deseábamos sentir que algo se abría dentro de nosotros, como si el silencio de las antiguas rocas pudiera desvelar una verdad ancestral, una que solo se percibe cuando el cuerpo ha sido atravesado por la neblina, la fatiga y la reflexión.
El balcón se convirtió en un umbral. Desde ese lugar, visualizabámos la ascensión como un ritual, una promesa que se iría revelando gradualmente, paso a paso. Y mientras intercambiábamos, el susurro del viento entre las ramas parecía respondernos, como si la montaña ya estuviera atenta a nuestras aspiraciones.
Cerca de las 2 de la tarde, comenzamos un recorrido con la compañía de dos guías de la comunidad Warao. La atmósfera que nos rodeaba tenía un matiz de ritual cotidiano: árboles susurrantes al compás del viento, peces que se movían alegremente bajo el agua, corrientes que fluían como venas vivientes en la tierra, burbujas que ascendían en espiral, cuerpos disfrutando del agua, y otros que se relajaban con cigarrillos y copas de vino o cerveza en sus manos. En la orilla, algunos se entregaban al descanso.
Al llegar a la posada, con las piernas cansadas por la caminata, nos acomodamos en el balcón natural del sitio. Cada noche, ese umbral se convertía en un escenario de revelaciones: danzas tradicionales que evocaban recuerdos ancestrales, narraciones indígenas que entrelazaban mitos de creación, y voces que hablaban de duendes y deidades que aún residen en la selva. Era como si el bosque, a través de un lenguaje ritual, nos murmurara fragmentos de verdades que solo se revelaban al anochecer.
Aquella noche, sentí una fatiga intensa, como una ofrenda tras un esfuerzo físico y momentos de danza ritual. Durante el sueño, experimentaba que regresaba al balcón; a pesar de alejarme, siempre volvía. Era como si hubiese una necesidad de estar allí, aunque mi deseo era partir.
El sueño poseía un toque de premonición, sugiriendo una conexión con mi ser interno que surgía del eco de sus voces en las canciones de la danza. Pero luego, todo se tranquilizó, como si hubiera aceptado cumplir una tarea; de repente, me vi caminando sobre un río etéreo que reflejaba los rostros de los antepasados Warao, mientras melodías silenciosas de cañas tejían lazos con las estrellas y los planetas.
Figuras danzantes aparecían ante mí y, al moverse, dejaban tras de sí un humo azul que me invitaba a seguirlas, atravesando una dimensión que parecía destinada a descubrir un mundo muy diferente del mío. De pronto, me elevé casi hasta tocar la Luna y sentí una sed intensa, llegando a beber agua lunar. El líquido ofrecido por una mujer de rostro pintado me envolvía en la neblina, inmersa en una felicidad indescriptible.
Estaba tan inmerso en este sueño lleno de imaginación que mi mente no pudo manejarlo y de repente me desperté. El despertador en la mesita marcaba las 4:30 de la mañana. Era casi el amanecer. Decidí levantarme, corrí las cortinas y abrí las ventanas del balcón. Me senté a reflexionar sobre todos los misterios que contenía ese sueño. Hasta que el sol surgió radiante, iluminando el Churun Merú, que también se conoce como el salto del ángel. Solo logré pensar que la selva comparte sus sueños con nosotros.
Nunca compartí con Katy lo que soñé; consideré que era algo personal. Mi herencia peruana me llama y soy parte de esa tradición. Aunque ella no capta completamente mi espiritualidad, siempre tenemos charlas, pero estos últimos sueños los mantuve guardados como parte de mi tiempo en Canaima.
Desde que llegué a los Estados Unidos, he estado entendiendo las complejidades de una nueva cultura: se valora mucho la puntualidad, el silencio se interpreta como respeto y la eficacia se considera una forma de cariño. Mi esposa, con su ternura práctica y su mirada genuina, me ha enseñado a apreciar este país de maneras que nunca esperé.
Disfrutamos de cenas frente al televisor, paseamos por parques diseñados con cuidado, y aunque hablamos poco, nuestras palabras llevan peso. Pero hay noches –especialmente en invierno, cuando el cielo se torna gris– en las que siento una inquietud interna. No es nostalgia, es algo más profundo. Es como si la selva me llamara desde lo más profundo de mi ser.
No me refiero a la selva como un simple paisaje, sino como una madre, como un recuerdo, como una voz que se niega a quedarse en silencio. A veces, mientras saboreo un café en nuestra cocina en Boston, su fragancia me transporta a la finca de mi abuelo en Ucayali. Viene a mi mente su rostro bronceado por el sol, sus manos trabajando la tierra, y escucho su risa, que parecía brotar del río. Mi pareja se muestra preocupada y me pregunta si estoy bien. Le devuelvo la sonrisa y le aseguro que sí, aunque no le cuento que esta mañana tuve un sueño donde aparecía un jaguar. En ese sueño, regresaba a mi infancia, correteando descalzo entre los árboles, mientras el jaguar me observaba sin miedo, como si me reconociera. Existen aspectos que son permanentes, algo que es difícil de expresar en inglés o encajar en lo nórdico. Es esa llamada interna. No estoy seguro si regresaré por completo algún día, pero estoy consciente de que la selva vive dentro de mí. A pesar de estar rodeado de hormigón y tecnología, una parte de mí sigue percibiendo el eco distante de cañas, el canto de aves ocultas y el murmullo de hojas intactas. Cuando esa llamada se intensifica, cierro los ojos, respiro profundamente y permito que el espíritu del bosque me abrace. Porque, aunque haya cruzado límites, hay raíces que jamás se pueden desenterrar.
