literatura venezolana

de hoy y de siempre

El regreso de Eva (Primera parte)

Dic 3, 2025

Pepe Alemán

El ataque de pannegolitis del niño Antonio Jiménez

El 1.° de enero del año 1986 ocurría algo insólito en el hogar de don Tancredo Jiménez. Cuando más alborozada estaba la familia con los naturales regocijos del Año Nuevo, y congregados en la mesa se disponían a almorzar, el camarero que subiera al quinto piso en solicitud del niño Antonio cayó como una bomba disparada a destiempo con esta novedad:

—Al niño Antonio le ha dado algo. El niño Antonio está torcido en la cama; duerme profundamente; su respiración es fatigosa y no despierta a pesar de mis gritos.

Don Tancredo, con la servilleta bailándole en el cuello como una banderola, ganó el ascensor seguido de su mujer y de sus dos hijas. El ascensor se detuvo en el quinto piso, precisamente a la puerta del aposento del niño Antonio. Efectivamente, torcido como una saca corchos, tirado sobre el colchón, con una respiración fatigosa que semejaba un ronquido de borracho, Antonio daba la impresión de un estrangulado por entregas, en el momento casi definitivo de quedar asfixiado.

Don Tancredo ordenó llamar al médico. El automático marcó el número 178.469 “ambulante”. El doctor Gurtz, que se hallaba ingiriendo cerveza, acodado en una botillería, advirtió que el bolsillo de su chaleco se convulsionaba con el repiqueteo prolongado.

—¡Ya no puede uno ni beberse tranquilo su cerveza!

Extrajo el cablecito imperceptible rematado por un minúsculo auricular; se llevó este al pabellón de la oreja izquierda e inquirió:

—¿Aló?

—¿El doctor Gurtz?

—¡Claro! Si no atiendo yo por mi teléfono de bolsillo, ¿quién demonios va a atender? Despache rápido, que estoy ocupadísimo.

—Es Tancredo Jiménez, doctor.

—¡Oh, mi grande amigo! ¿Qué le pasa?

—Algo grave, doctor.

—¿Se está muriendo la señora?

—Todavía no; se trata de Antonio.

—El niño, ¿eh? ¿Y qué le pasa?

—No hay forma humana de despertarlo; respira difícilmente; esto parece grave, doctor.

—¡Caramba! Dentro de un momento estoy en su casa.

Y efectivamente, a la media hora larga apareció el doctor Gurtz.

(Vamos a hacer una ligera presentación del doctor Gurtz: hijo de un médico alemán y de una rusa bolchevique; hombre coloradote, gordo, optimista y especializado en toda clase de enfermedades. Edad: cincuenta años. Religión: ninguna. Afición: cerveza a pasto).

—Vamos a desnudar al niño.

Se le desnudó. El doctor Gurtz se despojó del paltó, prenda que le dificultaba los movimientos cuando precisaba inclinarse. Auscultó. Tomó el pulso. Trató de abrir la boca del paciente, cosa que no se pudo lograr. Trató de abrirle los párpados. Esto fue igualmente imposible. El doctor Gurtz se rascó la cabeza, como todos los médicos de todos los tiempos cuando se hallan ante un caso grave.

—¿Es algo serio, doctor?

—Querido señor Jiménez, el niño, desgraciadamente, sufre un ataque de “pannegolitis”. Es el tercer caso que se presenta en este país. Hay que dejarle en la cama. Si el ataque es simple, dormirá diez años; si es agudo, dormirá aproximadamente veinte o veinticinco años…

—¿Eh?

—Sí señor. ¿No lee usted los periódicos? La pannegolitis es una forma nueva de la antigua epilepsia. Los primeros casos ocurrieron en Norte América, hace quince años. Se presentaron trescientos ocho casos. De los trescientos ocho, noventa despertaron a los diez años; el resto duerme todavía… Esta enfermedad fue localizada por el doctor Chimtrop; se le llama pannegolitis porque es una “panne” del organismo, ¿eh? Hasta la fecha no ha sido posible atinar con un reactivo.

—Pero bien, ¿se muere de eso?

—No, no se muere nadie. Si la persona atacada iba a morirse algunos días después, la muerte se espanta. El atacado queda inmune. Pero no despierta ni con las trompetas del juicio final. Además, la enfermedad no origina trastornos en el organismo. Antonio cuenta hoy ocho años; pues bien: su desarrollo seguirá normalmente y a la edad que despierte despierta como si acabara de dormirse para los años que hayan corrido.

—¿Y qué le hacemos, doctor?

—Mantenerlo desnudo. Nada de ropas, para no entorpecer el crecimiento. Por alimentación, mucho aire. Mantener abiertas las ventanas. Bañarlo diariamente. También pueden afeitarle una vez por semana cuando comience a salirle barba…

Y como el doctor Gurtz advirtió que su teléfono de bolsillo se convulsionaba en el chaleco, atendió, dijo “ya voy para allá”, se puso el paltó, se plantó en el ascensor y se fue a la francesa.

Una conferencia del profesor Ferguson

Los periódicos de la mañana anunciaron con grandes titulares que el profesor Ferguson, huésped de honor del Gobierno, dictaría una notabilísima conferencia sobre la pannegolitis. El anuncio rezaba que la conferencia sería leída a las cinco de la tarde, pero a las tres ya no era posible colarse en el recinto. De ahí que, cuando el profesor hizo acto de presencia, no hallara cómo diablos romper aquella muralla humana para llegarse al estrado que le habían dispuesto.

Las cuatro polizontas que guardaban el orden tuvieron que esgrimir sus látigos. A costa de muchos sudores, el profesor Ferguson logró atravesar el salón. Llegó jadeando, con el cuello desatado y la corbata con el nudo por el occipucio. Subido a su tribuna trasegó de un golpe la garrafa de agua esterilizada que le pusieron allí para humedecer el gaznate. Un silencio de susto recorrió la sala. El profesor, después de echar una ojeada sobre aquella muchedumbre, y después de toser tres veces (en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), habló así:

“Señoras y señores: un alto honor es para mí verme en este recinto; voy a hablaros de esa enfermedad terrible llamada pannegolitis, que hizo su aparición entre los yanquis hará quince años, y que de nuevo torna a sembrar el pánico en la humanidad”.

El silencio de la sala se hizo más pesado que una barra de plomo. El profesor, por lo consiguiente, pudo hablar sin hacer grandes esfuerzos en la dicción. Allá va eso:

“La pannegolitis ha sustituido entre las enfermedades aquel ataque muy común llamado epilepsia. Pero no debe confundírsela, porque la epilepsia atacaba a los epilépticos, (¡claro!) y la pannegolitis ataca a todo bicho viviente. ¿Qué origina la pannegolitis?… (En este interrogante el profesor abrió un calderón, como si entre la concurrencia alguien fuera a contestar lo que no sabía). Hasta el momento es un enigma. (El público oyente respiró). Es un enigma porque la ciencia ha agotado sus investigaciones y ¡nada!…

«Ignorado, pues, el origen de la enfermedad, solo voy a hablaros de sus características. El atacado de pannegolitis entra en un sueño profundo. En los casos simples, puede despertar al cabo de diez años; en los casos complicados, a los veinte o veinticinco años. Pero esa ‘panne’ de la naturaleza nos ofrece la curiosidad de que el individuo (o la individua) se inmunizan contra la muerte. Los atacados que han fallecido durante el ataque, no ha sido a consecuencia del mismo, sino por otras causas. Se conocen varios casos. En un incendio ocurrido en una casa donde se hallaban dos atacados de pannegolitis, ambos fallecieron, y pudo comprobarse que no fue sino a consecuencia de las llamas, porque se les encontró carbonizados. Igualmente, en el naufragio del vapor sueco Fosforito la pleamar echó a la playa, entre otros despojos, dos cadáveres, uno de hombre y otro de mujer. Ambos cadáveres fueron identificados. Resultaron ser dos atacados de pannegolitis que eran trasladados por sus familiares.

Y la autopsia comprobó que no fallecieron del ataque, sino a causa de que, no pudiendo defenderse, fueron atacados por los tiburones. ¿Cómo se conserva el paciente durante la enfermedad? Como las frutas en su jugo. Es un símil exacto. Pongamos ejemplos. Un hombre de veinte años es atacado de pannegolitis. Se duerme. Se le acuesta, se le desnuda y se le instala en una pieza que tenga bastante ventilación. La alimentación del enfermo es el aire. Mientras dure el ataque, el organismo continuará su natural desarrollo; cada mes será preciso recortar las uñas y el cabello y rapar la barba a los varones. Cada mes será preciso prestar, además, ciertos cuidados íntimos a las mujeres. Fuera de ahí, como si no hubiera pasado nada. Ahora bien: cuando el enfermo despierta, recobra el uso de sus facultades mentales y hasta suele recordar las últimas impresiones que experimentara. Esto se ha comprobado también. En Nueva York, en el hospital de Hollywood, una enferma, en el momento de despertar después de frotarse fuertemente los ojos, exclamó: ‘¿Lindbergh nieto no ha batido aún el récord de altura?’ Y dos testigos presenciales pudieron afirmar que la enferma, al ser atacada del mal, leía en el New York Times la noticia de que Lindbergh nieto acababa de arrancar en un avión, con tales propósitos. Para comprobar este fenómeno, harto interesante, abundan episodios catalogados escrupulosamente. El doctor Piroulet, de la Academia de París, cita el ejemplo de un judío que volvió de su sueño a los seis años, caso muy raro si se toma en cuenta que, aun en los ataques simples, el paciente no duerme menos de diez… Dice el doctor Piroulet que el judío abrió los ojos y dijo simultáneamente: Treinta francos; ni un céntimo más. Sería prolijo seguir citando ejemplos. Resumiendo: la pannegolitis es una amenaza para la humanidad. Si se extiende en forma de epidemia, la humanidad corre el riesgo de quedarse íntegra echando un sueño de no menos de diez años… (¡Caray! ¡Qué más quisiera la humanidad!). La circunstancia de hallarme de paso por esta ciudad, y de que se hayan presentado tres casos en pocos días, es la causa de que me encuentre entre vosotros esta tarde, haciéndoos esta exposición. No hay que alarmarse. De los tres casos registrados aquí, el primero fue mortal porque un médico bárbaro le aplicó al enfermo sesenta sinapismos. Los otros dos casos, de un niño y de una niña, siguen su curso normal. He dicho».

Contra lo que era de esperarse, el público oyente no aplaudió al profesor Ferguson. Indudablemente que aquello era una falta imperdonable de educación, pero con franqueza, ¡la gente no estaba para fiestas!

Sobre el autor

*Pseudónimo literario de Federico León Madriz

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