{"id":998,"date":"2021-08-30T23:05:38","date_gmt":"2021-08-30T23:05:38","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=998"},"modified":"2024-06-13T00:29:48","modified_gmt":"2024-06-13T00:29:48","slug":"fuga-de-paisajes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/fuga-de-paisajes\/","title":{"rendered":"Fuga de paisajes"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez<\/h4>\n<p>\u00c1ngela Rosa P\u00e9rez lleg\u00f3 el a\u00f1o 17. Las primeras cabrias comenzaban a alzarse sobre la tierra caldeada y sobre el lago bru\u00ad\u00f1ido, como una inusitada vegetaci\u00f3n. \u00c1rboles de hierro crec\u00edan a lo largo y a lo ancho de las sabanetas, reemplazando al cujizal y a las ca\u00f1as ind\u00edgenas. Se disparaban rectos, agudos como fle\u00adchas hacia el cielo, y se coronaban de palmas negras.<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa P\u00e9rez abri\u00f3 la boca en una O de asombro y se encogi\u00f3, medrosa, en el friso de la cobard\u00eda aborigen. Un ruido de infierno atorment\u00f3 sus t\u00edmpanos y una visi\u00f3n inesperada le cuaj\u00f3 sombras de asombro en las pupilas.<\/p>\n<p>Jam\u00e1s so\u00f1ara actividad igual. Tal ajetreo, tal surgir de cosas desconocidas era superior a su fantas\u00eda. Como del sombrero de un prestidigitador demente, brotaban de la hondonada lacustre ca\u00adsas, tanques, m\u00e1quinas inconcebibles que trituraban el hierro y la piedra con una especie de frenes\u00ed de odio.<\/p>\n<p>Pero luego, al paso de los d\u00edas, sus o\u00eddos sufrieron un em\u00adbotamiento. Se habituaron sus ojos al traj\u00edn y a la maravilla: Su alma comenz\u00f3 a derivar como un nav\u00edo, entre balanceos y golpes de resaca. Y de pronto, como el nav\u00edo, enfil\u00f3 la corriente y march\u00f3 con ella al comp\u00e1s de su ritmo vertiginoso.<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa P\u00e9rez fue otra. Profunda, esencialmente distin\u00adta a aquella chica ahilada y t\u00edmida que en una caravana, cierto d\u00eda no lejano, llegara guiada por los resplandores de una nueva aurora. No quedaban en su cuerpo las trazas de la antigua exis\u00adtencia de miseria. Su cuerpecillo de espiga silvestre se esponj\u00f3 bajo los aires c\u00e1lidos. Sus pupilas adquirieron un brillo nuevo y su cabellera, negra y lisa como si siempre acabara de salir de un ba\u00f1o, perdi\u00f3 la cobriza tonalidad que le dejara el polvo de sus nativos m\u00e9danos.<\/p>\n<p>Igual que \u00c1ngela Rosa, otras muchachas fatigaron en aquella \u00e9poca los incendiados caminos de la costa venezolana. Las fogatas del petr\u00f3leo, nuevo dios de un evangelio \u00e1ureo, rompieron la secular tiniebla acumulada en el alma de la mujer ind\u00edgena. Aquel \u00e9xodo tuvo reminiscencias b\u00edblicas. Como en las antiguas empresas de la Escritura, la mujer segu\u00eda a su hombre a lo largo de los agobiadores itinerarios, por la tierra y por el mar, bajo soles implacables. Una estrella in\u00e9dita con un emblem\u00e1tico troquel de \u00e1guila en acecho, los polarizaba hacia el negro Bel\u00e9n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa vino con sus padres: un hombre rudo y taci\u00adturno y una mujer exigua enmudecida bajo el peso absorbente de su amor. Juan Cabrera, el padre, se puso inmediatamente a trabajar, y su sudor fue el primer aglutinante en la obra de transformaci\u00f3n. Marta P\u00e9rez, la madre, apenas not\u00f3 el cambio. Todo se redujo para ella a una enorme caminata para cambiar de sitio el tr\u00edpode de su budare.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3se henchida \u00c1ngela por un aliento valeroso ante el es\u00adcenario imprevisto que se brindaba al humilde drama de su vida, Y experiment\u00f3 la necesidad de acompasar el drama al escenario. De moverse al diapas\u00f3n de las vidas que la rodeaban. De vestir, re\u00edr y discurrir como otras mozas que pasaban por la carretera arrellanadas en los cojines de los autom\u00f3viles.<\/p>\n<p>Su padre comenz\u00f3 a ganar dinero, como todo el mundo. Algo que jam\u00e1s se aventur\u00f3 a so\u00f1ar tuvo realizaci\u00f3n entonces: sus dedos, toscos como troncos, acariciaron la piel maravillosa de las monedas de oro. Su primer cumplea\u00f1os en esta nueva vida la pas\u00f3 \u00c1ngela Rosa toda encogida en un taburete, mir\u00e1ndose los pies, temerosa de estropear las relucientes zapatillas que le llev\u00f3 su padre. Ca\u00edda ya la tarde de aquel d\u00eda, se atrevi\u00f3, como quien duerme un ni\u00f1o, a salir al port\u00f3n del rancho. El calzado le apre\u00adtaba un poco y la altura desusada de sus tacos produc\u00edale una sensaci\u00f3n de miedo de caerse&#8230;<\/p>\n<p>Y tambi\u00e9n aquella tarde, cuando cumpl\u00eda sus diecisiete a\u00f1os, sufri\u00f3 la decepci\u00f3n que ven\u00eda a rasgar lo m\u00e1s virgen de su virgi\u00adnidad. Fue que pasaron dos mujeres, elegantes de la aldea, y se rieron de ella. Con fr\u00edvola crueldad se rieron de sus enaguas des\u00adva\u00eddas, de sus medias color de botella y de sus tirabuzones atados con lacitos de zaraza.<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa se qued\u00f3 mir\u00e1ndolas con rencor. Les torci\u00f3 los\u00a0 ojos y despu\u00e9s, arrebujada en su hamaca, se hizo la promesa de no olvidarlas nunca.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">II<\/p>\n<p>Tuvo Juan Cabrera la fortuna de dar con un buen jefe que lo ascendiera en poco tiempo a caporal. Era un extranjero rubio, corpulento como una torre. Hombre \u00e1gil y efusivo, trepaba como un gorila por las crucetas <sup>\\<\/sup>de las cabrias y hac\u00eda cabriolas en el tope de ellas. A este <em>catire <\/em>encantador le causaban mucha gracia todas las cosas de la tierra. Re\u00eda con todo el organismo.<\/p>\n<p>Esclavizado por sus funciones, Juan Cabrera carec\u00eda de tiempo y de humor para ir a su rancho a la hora del almuerzo. Diaria\u00admente, bajo el sol meridiano, hac\u00eda Marta P\u00e9rez el largo camino para llevarle el portaviandas de lat\u00f3n. Pero a veces el traj\u00edn de la casa no le dejaba tiempo libre y entonces enviaba a \u00c1ngela Rosa. Y la chica, con un pa\u00f1o de liencillo anudado a la cabeza, tomaba el camino a pie, atravesando charcas y terroneras, alegre de sumarse al ajetreo ambiente, esponjada de orgullo bajo el cha\u00adparr\u00f3n de los piropos, hasta el taladro donde su padre sudaba como un buey.<\/p>\n<p>Al principio se encog\u00eda cohibida bajo las miradas y las frases agudas del peonaje. Mas luego, due\u00f1a de s\u00ed misma, fing\u00eda una exagerada seriedad o re\u00eda con toda la blancura de sus dientes anchos. Ten\u00eda su risa un acicate er\u00f3tico que resta\u00f1aba como por encanto el sudor de los hombres e iba sobre la brasa de la tierra como un \u00f3leo refrigerante.<\/p>\n<p>Absorbida por la inercia de la costumbre, Marta P\u00e9rez fue dejando enteramente a su hija este menester. Para ella, vieja es\u00adclava del hogar, piedra con vida, la caminata era una pena y un desequilibrio. Aquel par de horas despilfarradas diariamente en el camino de su casa al taladro, y el tormento previo de cambiar de traje, la amargaban para todo el d\u00eda.<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa, en cambio, se alegraba de ir. Se aficionaba a ello. Atra\u00edala poderosamente el im\u00e1n de la calle, en cuyo pintoresco cinematismo hallaba una renovada fuente de entusiasmos. Porque el paisaje era un complemento de su vida, sin cuyo coefi\u00adciente se habr\u00eda sentido falla. Mas no ya el paisaje simple y primario de su infancia, sino este complicado y estruendoso pano\u00adrama; esta necesidad imperiosa de saltar y hacerse a un lado para no ser atropellada; este barajar de fisonom\u00edas, de voces, cada una de las cuales encontraba en su sensibilidad un eco af\u00edn, un contacto tan \u00edntimo que la llevaba a forjarse complejas figuraciones, inexpresables en su lenguaje nido de campesina.<\/p>\n<p>Su madre no le hac\u00eda objeciones porque en realidad no dej\u00f3 nunca de meter el hombro y ayudarla en sus tareas. Era ella quien aplanchaba la ropa y la zurc\u00eda, quien pon\u00eda ma\u00edz a las ga\u00adllinas y se lo cobraba en huevos; quien repart\u00eda el afrecho a los marranos y abr\u00eda a las cabras el tranquero para que fuesen a triscar por las sabanas.<\/p>\n<p>Una tarde, mientras mord\u00eda un trozo de la arepa cotidiana, Juan Cabrera habl\u00f3 con su mujer:<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfSabes que Angela como que se quiere con Roque?<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfDe verd\u00e1? \u2014 \u00a0limit\u00f3se a decir Marta.<\/p>\n<p>\u2014 Los he visto pel\u00e1ndose los dientes.<\/p>\n<p>\u2014 Y vos, \u00bfqu\u00e9 dec\u00eds d&#8217;eso?<\/p>\n<p>\u2014Yo no&#8230; A m\u00ed me gusta \u00e9l.<\/p>\n<p>Conoc\u00edan a Roque desde chico. Era de su propia tierra y hab\u00eda venido a \u00e9sta en la misma caravana. Tras el mismo se\u00f1ue\u00adlo. Aventurado por la misma miseria. Por lo dem\u00e1s, Marta P\u00e9rez no se habr\u00eda permitido discrepancias con su hombre.<\/p>\n<p>\u2014Est\u00e1 ganando plata \u2014agreg\u00f3 Cabrera\u2014, y no te bota un cobre mal botao.<\/p>\n<p>Esta confidencia, barajada con voz indiferente en una esqui\u00adna de la mesa, trazaba en el alma de los padres el porvenir de la hija. Sin comunic\u00e1rselo \u2014no hab\u00eda para qu\u00e9\u2014 un mismo pensamiento les alumbr\u00f3 a los dos: \u00abTodo se quedar\u00e1 en la casa, porque Roque de seguro se vendr\u00e1 a vivir aqu\u00ed\u00bb.<\/p>\n<p>Era un mozo retaco, aceitunado, de cabello crespo. Ten\u00eda los p\u00f3mulos salientes y los ojos recogidos. Una sonrisa perenne le descubr\u00eda la dentadura poderosa. Trabajaba en la cuadrilla de Cabrera y viv\u00eda solo en una choza impenetrable, rodeada de pal\u00admas de <em>mapora. <\/em>Por las tardes pod\u00eda v\u00e9rsele en cuclillas expri\u00admiendo las ubres de sus cabras. Y de vez en cuando, por la noche, se o\u00eda gemir su voz en un canto melanc\u00f3lico que trenzaba dolores y ensue\u00f1os al comp\u00e1s de un guitarrico. Medio en broma, medio en serio, los compa\u00f1eros le dec\u00edan:<\/p>\n<p>\u2014 Pele el ojo, manito, que un d\u00eda d&#8217;estos lo encontramos tieso en su chinchorro. El que entierra la plata se entierra hasta la mitad.<\/p>\n<p>Juan Cabrera lo abord\u00f3 aquel mismo d\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Mira Roque, Marta piensa hacer\u2013comida pa vender&#8230; Por si quer\u00e9s dirte pa&#8217;ll\u00e1.<\/p>\n<p>Y Roque fue a comer con ellos desde entonces. Tambi\u00e9n hab\u00eda adquirido algunos h\u00e1bitos suntuarios. Junto con su admi\u00adrable digesti\u00f3n llev\u00f3 a la choza su ba\u00fal. Todas las tardes se la\u00advaba con gas-oil, se zambull\u00eda en el lago y se pon\u00eda su flus de dril y sus zapatos amarillos.<\/p>\n<p>Una idea extra\u00f1a, novedosa, hab\u00eda venido a zumbar como una abeja en su cerebro. Y tanto Juan Cabrera corno su mujer se llenaron de asombro y de ternura cuando les hizo la revelaci\u00f3n:<\/p>\n<p>\u2014Me voy a casar con ella.<\/p>\n<p>\u00a1Casarse! Nunca lo so\u00f1aron. Les causaba un sentimiento ex\u00adtra\u00f1o de impaciencia y miedo juntos. Abr\u00eda un nuevo horizonte ante sus vidas hechas a la consuetud del amor sin letras. Cu\u00e1ntas cosas imprevistas suger\u00edales esta ocurrencia de Roque. \u00a1Casarse!<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfNo creeis que los paisanos se van a re\u00edr de nosotros? Tendr\u00e9is que aprender a firmar.<\/p>\n<p>Pero Roque estaba decidido:<\/p>\n<p>\u2014A la tierra que fueres \u2014dijo&#8211; haz lo que vieres. Aqu\u00ed la gente se casa y vive mejor. Y al que no lo hace por las buenas lo casan obligao.<\/p>\n<p>\u00c9l lo har\u00eda gustoso porque quer\u00eda a \u00c1ngela y respetaba a Juan Cabrera.<\/p>\n<p>\u2014Ya ver\u00e1 como nos acostumbramos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Llamaron a la muchacha y la encerraron en un tri\u00e1ngulo solemne:<\/p>\n<p>\u2014Roque se va a casar con vos.<\/p>\n<p>Pero \u00c1ngela no dijo nada. Abri\u00f3 mucho los ojos y por un momento volvieron a pasar por ellos viejas sombras de estupor. A la siguiente ma\u00f1ana su hamaca de loneta amaneci\u00f3 vac\u00eda. Va\u00adc\u00edos igualmente los clavos de la pared donde colgaba sus trajes y el caj\u00f3n donde guardaba las zapatillas.<\/p>\n<p>Y, admirable cosa, su ausencia caus\u00f3 s\u00f3lo una tristeza sin asombro, como un acontecimiento explicable y l\u00f3gico. Marta, Juan y Roque limit\u00e1ronse a mirarse de reojo. Alguno de ellos alcanz\u00f3 a plasmar su pena y su rencor en una frase innecesaria:<\/p>\n<p>\u2014Se fue.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">III<\/p>\n<p>El paisaje ha sufrido una nueva modificaci\u00f3n ante el espejo emocional de \u00c1ngela Rosa. Ahora sus ojos lo miran desde una altura fugitiva <sup>.<\/sup>que redondea sus dimensiones. Exaltada al pin\u00e1\u00adculo del coj\u00edn de un autom\u00f3vil, la mujer que ha so\u00f1ado su vida sobre ruedas debe sentirse aguda y penetrante, firme y domina\u00addora como la punta de un comp\u00e1s que a su antojo rige el radio de su existencia. Si el autom\u00f3vil es propio, la sensaci\u00f3n de domi\u00adnio se extravasa hacia el contorno y trasmuta la satisfacci\u00f3n de poseer en soberbia de dominar. Agregando a todo esto un poco de credulidad en ciertas teor\u00edas recientes que atribuyen a la ga\u00adsolina una influencia irresistible sobre la psique femenina, quiz\u00e1s lle\u00adguemos a explicarnos las extraordinarias mutaciones operadas en la hija de Juan Cabrera y Marta. P\u00e9rez.<\/p>\n<p>Fue notable, en primer t\u00e9rmino, su facultad para la estiliza\u00adci\u00f3n de su silueta. Sus ademanes, conservando la original vivaci\u00addad, se hicieron m\u00e1s graciosos, m\u00e1s insinuantes y sutiles. En su atuendo intervino la magia de colores de los figurines de Par\u00eds y Nueva York.<\/p>\n<p>\u2014Hasta el modo de hablar lo ha cambiado la zarandaja \u2014de\u00adc\u00edan con sorda ira los cuadrilleros de su padre cuando la ve\u00edan pasar, imp\u00e1vida, al lado del gorila rubio.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Formaban un contraste lleno de extra\u00f1as concordancias en el reducido asiento del <em>roadster. <\/em>El saj\u00f3n, robusto, todo sucio de pe\u00adtr\u00f3leo pero orgulloso de la grasa que cubr\u00eda su cuerpo, arrolladas hasta el m\u00fasculo las mangas de la camisa y abierto el cuello sobre la pelambre roja de los pectorales. Acicalada ella como un cromo de reclamo, echado el sombrerito baladr\u00f3n sobre la ceja y ce\u00f1ida a las caderas la t\u00fanica flam\u00edgera.<\/p>\n<p>As\u00ed tej\u00edan el hilo asfaltado de las carreteras. Las mujeres mur\u00admuraban con envidia y los hombres devoraban su silueta con ren\u00adcorosa admiraci\u00f3n, con irritada gula. Muchas veces a los o\u00eddos de \u00c1ngela lleg\u00f3 el salivazo de veneno que suele sublevar a las mis\u00admas profesionales del amor:<\/p>\n<p>\u2014 \u00a1Ah, ma\u00f1osa! Mucho hab\u00eda tardado&#8230;<\/p>\n<p>Pero ella se sent\u00eda de hierro al lado del <em>musi\u00fa.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">IV<\/p>\n<p>Juan Cabrera se ha tornado m\u00e1s taciturno a\u00fan. Sabe, por el constante zumbar de sus o\u00eddos, que mil lenguas pronuncian en voz baja su nombre y hacen escarnio de su dignidad. Presiente que la sanci\u00f3n ajena le se\u00f1ala como c\u00f3mplice de la desertora. Pero ha permanecido mudo, sin hacer gesti\u00f3n alguna para reivindica su honor.<\/p>\n<p>Al principio el jefe le ha mirado con recelo y sus \u00f3rdenes han perdido el garabateo chistoso de otros d\u00edas. S\u00f3lo una vez le ha dicho Juan a su mujer:<\/p>\n<p>\u2014Por ah\u00ed anda la zorra \u00e9sa, pint\u00e1 como una m\u00e1scara.<\/p>\n<p>Roque sigue comiendo con ellos. Ha vuelto a ver a \u00c1ngela pero no lo cuenta a nadie. Lleg\u00f3 hasta pasearse alguna vez por el barrio donde la tiene el jefe, un poco esperanzado todav\u00eda. Pero lo ha mirado ella de tal modo que el desdichado se pregunta si lo habr\u00e1 reconocido. La \u00fanica confidencia que tuvo con Cabrera fue referente a las murmuraciones del peonaje. M\u00e1s bien una consulta:<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfQu\u00e9 le parece lo que dicen por ah\u00ed? Que y que nosotros estamos entend\u00edas con m\u00edster Ben pa no perd\u00e9 el trabajo.<\/p>\n<p>Y Juan Cabrera lo ha mirado con cansancio. Sus ojos parpa\u00addean una evasiva que probablemente Roque no comprende:<\/p>\n<p>\u2014 Qui\u00e9n sabe&#8230;<\/p>\n<p>Pero el h\u00e1bito va echando costras sobre todas las heridas. Y una noche, sorpresivamente, se presenta el yanqui a la puerta misma de la choza.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Oh, Juan Cabrera! \u00a1Oh, Se\u00f1ora Marta! \u00c1ngela ha tenido un <em>beibi. <\/em>Yo querer ustedes conoci\u00e9ndolo. \u00a1Oh, <em>he is beautiful!<\/em><\/p>\n<p>Juan Cabrera y Marta P\u00e9rez van, en el asiento trasero de la <em>cucaracha, <\/em>a conocer al nieto. Un ni\u00f1o rojo, de cabeza rubia y ojos de aluminio. Un ni\u00f1o blanco que llora como todos los dem\u00e1s.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">V<\/p>\n<p>El peque\u00f1o Bill es un encanto. Sus incoherencias monopoli\u00adzan la atenci\u00f3n de todos y han realizado, sin explicaciones enojo\u00adsas, el milagro de la reconciliaci\u00f3n. Marta P\u00e9rez lo mira larga\u00admente, con curiosidad. Juan Cabrera con recelo. Pero la cuadrilla, los vecinos, todo el mundo, murmuran m\u00e1s que nunca:<\/p>\n<p>\u2014 As\u00ed es f\u00e1cil ser caporal.<\/p>\n<p>No replica Juan, pero es indudable que su coraz\u00f3n va acu\u00admulando toda la hiel que los dem\u00e1s derraman a su paso. Piensa, de seguro, que la dicha es un mito, una cara quimera que s\u00f3lo pide para realizarse un absoluto desprecio de la opini\u00f3n ajena. Todav\u00eda no sabe a punto fijo si su nieto le inspira simpat\u00eda o rencor. Es hijo de su hija, esto es indudable.<sup>\\<\/sup> Pero tambi\u00e9n lo es de aqu\u00e9l que entr\u00f3 en su reputaci\u00f3n como un pirata y se hizo due\u00f1o de lo m\u00e1s suyo: Por su parte, Marta P\u00e9rez no ha tenido tiempo a\u00fan para examinar en su propio fondo la emoci\u00f3n del nuevo afecto que le impone la vida. Es tan desusado para ella el caso de tener un nieto as\u00ed, que la sorpresa no le sale ante la cuna dorada. \u00bfEs posible que eh sus entra\u00f1as hubiese una rec\u00f3ndita materia, una \u00abprimera piedra\u00bb para la edificaci\u00f3n de esta rubia maravilla? Se ve a s\u00ed misma, tosca, morena y anticuada como una vasija india, y mira al ni\u00f1o de oro; y en su mente, deformada por un balbuceo atroz, tiembla esta interrogaci\u00f3n: \u00ab\u00bfHay algo de com\u00fan entre \u00e9l Y yo?\u00bb.<\/p>\n<p>\u00c1ngela misma, estirada en su cama, se mostraba al principio absorta. Pero para ella la ecuaci\u00f3n era m\u00e1s simple: si lo habla dado a luz as\u00ed, era sin duda porque lo merec\u00eda. En nueve meses tuvo tiempo suficiente para volverse blanca. Para blanquear por dentro. Y todo lo mira ahora blanco al lado de su hombre. Esta sensaci\u00f3n de blancura sin igual, refrendada por el muelle regalo de su nueva vida, la vuelve displicente. Todo la aburre, hasta la presencia de su madre con su irreparable ingenuidad. Ante ella se siente siempre como sobre ascuas. Jam\u00e1s podr\u00eda olvidar aquella tonter\u00eda del radio:<\/p>\n<p>\u2014 \u00c1ngela, \u00bfqui\u00e9n habla dentro de esa caja? Por esto la hab\u00eda relegado a la cocina.<\/p>\n<p>\u2014 \u00c1ngela, \u00bfno te molestan esos zapatos tan altotes?<\/p>\n<p>\u2014 Oh, no, mam\u00e1; est\u00e1n <em>okey.<\/em><\/p>\n<p>\u2014 \u00c1ngela, \u00bfpuedo volver ma\u00f1ana?<\/p>\n<p>Era la pregunta que m\u00e1s la molestaba. Por no poder decirle la verdad.<\/p>\n<p><em>\u2014 Yes, <\/em>mam\u00e1.<\/p>\n<p>Pero por la noche desaparec\u00eda toda su frialdad. Entonces era otra. Sent\u00edase como resucitada, como reci\u00e9n llegada de una tierra de manzanas y cocteles. En el juego de poker descubr\u00eda un nuevo mundo. Era ella, con respecto a este mundo, una suerte de Ar\u00adqu\u00edmedes en pijamas de seda, que en lugar de una palanca ped\u00eda una coctelera. En el poker aceptaba los consejos de Charlie, un negro trinitario que serv\u00eda de camarero y la llamaba <em>leidi. <\/em>Fino el negrito y hablador, tocaba la bandurria y usaba unas camisas en\u00adcarnadas de pura seda china.<\/p>\n<p><em>\u2014Oh, lady, take it easily, take easily those cards. <\/em><\/p>\n<p>A veces se irritaba m\u00edster Ben:<\/p>\n<p><em>\u2014Go to Hell, negro.<\/em><\/p>\n<p>Y ella se re\u00eda con toda la blancura de sus dientes:<\/p>\n<p>\u2014Oh, \u00a1no darling! D\u00e9jalo: no me ha dicho nada malo.<\/p>\n<p>Al meterse en el lecho, el yanqui le dec\u00eda invariablemente.<\/p>\n<p>\u2014Oh, Angela, usted bebiendo mucho; eso no bueno.<\/p>\n<p>Pero, \u00a1c\u00f3mo no! Claro que era bueno, puesto que a ella le gustaba.<\/p>\n<p>\u2014Tonto, \u00bfacaso no s\u00e9 que el secreto de que ustedes sean ca\u00adtires es el whiskey que beben&#8230;?<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">VI<\/p>\n<p>La risa tambi\u00e9n fatiga. Su cansancio ocurre siempre por sor\u00adpresa. Es repentino como el salto de un gato agazapado.<\/p>\n<p>Dir\u00edase que \u00c1ngela Rosa P\u00e9rez se aburri\u00f3 de s\u00fabito de mirar su paisaje desde arriba. La perspectiva se le volvi\u00f3 tan vertical que perdi\u00f3 todo el encanto de sus ondulaciones, de sus trasplanos y de sus medias tintas.<\/p>\n<p>\u00c1ngela Rosa ya no r\u00ede. Su actitud de ahora no es el fingido esfingismo, ni sus forzadas sonrisas el exagerado alborozo de otros d\u00edas. El \u00abManhattan\u00bb se le ha vuelto triste.<\/p>\n<p>\u2014Ese es otro muchacho \u2014le ha dicho bruscamente Marta P\u00e9rez.<\/p>\n<p>Y en un arranque irreprimible, \u00c1ngela ha llorado sobre una de las asas de la vieja vasija indiana.<\/p>\n<p>\u2014Otro muchacho, s\u00ed&#8230; Pero, \u00bfpor qu\u00e9 llor\u00e1is? P\u00eddele a Dios que sea una hembrita pa&#8217; que teng\u00e1is el casal.<\/p>\n<p>Esta noticia pone alegre a m\u00edster Ben. Confiesa id\u00f3neamente que mientras el petr\u00f3leo necesite quien lo extraiga de la tierra, \u00e9l se reir\u00e1 del \u00abselfcontrol\u00bb. Pero \u00c1ngela se vuelve cada vez m\u00e1s taciturna y Juan Cabrera la visita con mayor frecuencia porque este ce\u00f1o suyo la aproxima a \u00e9l, le sugiere \u00edntimas esperanzas de recuperaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Una noche, mientras Ben le abrocha una pulsera que le ha tra\u00eddo de regalo, Angela se encrespa:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Yo no quiero eso! \u00a1No quiero nada! Lo \u00fanico que te pido es que saques de esta casa a Charlie. No lo quiero m\u00e1s, \u00bfcom\u00adprendes?<\/p>\n<p>\u2014Oh, \u00c1ngela, \u00bfpor qu\u00e9 no quiere al negro? <em>\u00a1Poor boy!<\/em><\/p>\n<p>\u2014 \u00a1No lo quiero! Si se queda, el muchacho me va a salir como \u00e9l.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">* * *<\/p>\n<p>Una tarde calurosa vinieron el m\u00e9dico y la comadrona. A las seis sali\u00f3 el doctor y mir\u00f3 a Ben lleno de asombro.<\/p>\n<p>\u2014Oh, doctor, \u00bfIs it right?<\/p>\n<p>Penetr\u00f3 en la alcoba riendo y saltando como un chico. Pero volvi\u00f3 a salir escurrido y p\u00e1lido. En un rinc\u00f3n cuchicheaban el m\u00e9dico y la comadrona. Y sobre el armi\u00f1o de la s\u00e1bana, panta\u00adlla de una tragedia inesperada, pataleaba una mancha de petr\u00f3\u00adleo con el alma destrenzada en gritos. El nuevo hijo era un tra\u00adsunto del \u00abRat\u00f3n Miguel\u00bb, que tantas veces desat\u00f3 sus carcaja\u00addas en la penumbra del cinemat\u00f3grafo.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">VII<\/p>\n<p>\u00a0Ha dejado Juan Cabrera la caporal\u00eda y \u00c1ngela Rosa no po\u00addr\u00eda decir d\u00f3nde est\u00e1 su hijito rubio. Triunf\u00f3 el troquel de \u00e1guila en acecho y Mr. Ben obtuvo la tutor\u00eda de Bill. \u00abDips\u00f3mana e irresponsable\u00bb, escribi\u00f3 un paisano picapleitos en el papel sellado.<\/p>\n<p>Flota ahora en el paisaje una gar\u00faa crepuscular. Pero, mi\u00adr\u00e1ndolo desde el ardiente nivel de los caminos, \u00c1ngela descubre por sobre las copas macilentas de los \u00e1rboles, por sobre los v\u00e9r\u00adtices agudos de las cabrias y por sobre el abanico rojo de los <em>mechurrios, <\/em>una sutil irisaci\u00f3n de auroras. En sus momentos de lucidez inclina la cabeza como si buscara en el suelo humeante la huella de sus primeros pasos. Y se desconsuela de encontrar \u00fani\u00adcamente trillas, serpentinos surcos cuadriculados y manchas olea\u00adginosas. Entonces vuelve a beber. El whiskey y el \u00abManhattan\u00bb, son apenas dos recuerdos borrosos en la perspectiva abandonada. Pero el ron es bueno tambi\u00e9n para olvidar.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfPor qu\u00e9 beb\u00e9is as\u00ed, mujer? \u2014la recrimina Roque. Y ella le responde con el hipo de su risa.<\/p>\n<p>\u2014Para ponerme negra como vos.<\/p>\n<p>Ya no piensa en la seda de sus t\u00fanicas ni en la fragancia qu\u00edmica de sus cigarrillos. Sus sue\u00f1os se van reconcentrando en una aguda subjetividad. Al principio se los contaba a Roque \u00abpara que sucedieran\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014 \u00bfSabes, Roque&#8230;? Anoche volvi\u00f3 a venir el catirito. Est\u00e1 grandote, casi de tu tama\u00f1o. Me mir\u00f3 largo rato, reconoci\u00e9ndome, y despu\u00e9s se puso a hablarme, a hablarme. .. Pero no le entend\u00ed ni una palabra de lo que me dec\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Segu\u00ed bebiendo as\u00ed&#8230;<\/p>\n<p>Horas y horas pasa acuclillada en el dintel del rancho con la mirada hundida en el surco de la carretera. Pero a menudo su mirada tropieza con aquella mancha negra, salida de su vientre con dolor, y el tropez\u00f3n la hace despertar.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/ramon-diaz-sanchez-2\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n<h6>*Traslumbramiento. \u00d3leo de Luisa Palacios<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ram\u00f3n D\u00edaz S\u00e1nchez \u00c1ngela Rosa P\u00e9rez lleg\u00f3 el a\u00f1o 17. Las primeras cabrias comenzaban a alzarse sobre la tierra caldeada y sobre el lago bru\u00ad\u00f1ido, como una inusitada vegetaci\u00f3n. \u00c1rboles de hierro crec\u00edan a lo largo y a lo ancho de las sabanetas, reemplazando al cujizal y a las ca\u00f1as ind\u00edgenas. Se disparaban rectos, agudos [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":1000,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/998"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=998"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/998\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":12056,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/998\/revisions\/12056"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/1000"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=998"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=998"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=998"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}