{"id":9971,"date":"2023-12-11T21:29:53","date_gmt":"2023-12-11T21:29:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9971"},"modified":"2025-07-19T17:04:58","modified_gmt":"2025-07-19T21:34:58","slug":"fin-cofradias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/fin-cofradias\/","title":{"rendered":"El fin de las cofrad\u00edas: grupos literarios en la Venezuela de los 80"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Antonio L\u00f3pez Ortega<\/h4>\n\n\n\n<p>En t\u00e9rminos literarios, el siglo XX venezolano puede verse desde la \u00f3ptica de sus revistas, grupos, frentes o pe\u00f1as. Un mundo diverso de posturas y apuestas, desde las m\u00e1s ordenadoras hasta las m\u00e1s provocadoras o radicales, se dan cita durante d\u00e9cadas vertiginosas de cambios pol\u00edticos, transformaciones sociales e irrupci\u00f3n de la vida urbana. En Manifiestos literarios venezolanos (1986), el ensayista Juan Carlos Santaella ofrece un sost\u00e9n documental que da cuenta de una riqueza inobjetable, pues pr\u00e1cticamente ning\u00fan grupo dej\u00f3 de postular su visi\u00f3n del oficio o de su apuesta est\u00e9tica en manifiestos, proclamas, editoriales o revistas que a la larga no pudieron mantener su periodicidad. Los casos de la revista Cosm\u00f3polis (de 1894 pero con influjo en los albores del siglo); de la revista Alborada (1909), a la que perteneci\u00f3 R\u00f3mulo Gallegos; de la revista v\u00e1lvula, en la que estuvieron novelistas como Arturo Uslar Pietri o Miguel Otero Silva, y en cuyas p\u00e1ginas public\u00f3 Jos\u00e9 Antonio Ramos Sucre, a quien muchos tienen como el fundador de la poes\u00eda moderna en Venezuela; de la Revista Nacional de Cultura (1938), concebida y dirigida por Mariano Pic\u00f3n Salas como una respuesta institucional a los a\u00f1os de ostracismo gomecista; del grupo Viernes, al que perteneci\u00f3 el gran poeta Vicente Gerbasi; del grupo Contrapunto (1946), con narradores excepcionales como Andr\u00e9s Mari\u00f1o Palacio o Antonio M\u00e1rquez Salas; del grupo Cantaclaro (1950), muy comprometido pol\u00edticamente y casi clandestino bajo la dictadura de P\u00e9rez Jim\u00e9nez; del grupo Sardio (1958), con narradores excepcionales como Adriano Gonz\u00e1lez Le\u00f3n, Salvador Garmendia, Elisa Lerner, y cr\u00edticos de poes\u00eda como Guillermo Sucre, cuyo libro La m\u00e1scara, la transparencia es uno de los grandes estudios sobre poes\u00eda hispanoamericana contempor\u00e1nea; del grupo El techo de la ballena (1961), con poetas cercanos al hecho pl\u00e1stico como Juan Calzadilla o Carlos Contramaestre; o de grupos regionales como Tr\u00f3pico Uno (1964), de Puerto La Cruz, y Guillo (1974), de Maracaibo, como muestra de que no todas las acciones se concentraban en Caracas; da cuenta de una documentaci\u00f3n prodigiosa que, tanto est\u00e9tica como pol\u00edticamente, recorre todo el arco de posturas posibles, desde acciones claramente provocadoras del orden p\u00fablico hasta credos que solo reivindicaban autores y lecturas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese orden, sin embargo, muy caracter\u00edstico en todo el orbe latinoamericano, por no decir en la tradici\u00f3n occidental, se quiebra en los a\u00f1os 80, sin que podamos decir desde entonces que los autores o los colectivos creadores se organizan de la misma manera. Es verdad que la irrupci\u00f3n paulatina de los medios electr\u00f3nicos viene a transformar todos los formatos de relaci\u00f3n y comunicaci\u00f3n, pero en la escena venezolana quiz\u00e1s haya que anteponer un fen\u00f3meno realmente novedoso que dio por llamarse \u00abtalleres literarios\u00bb. Introducidos, en principio, en las postrimer\u00edas de los a\u00f1os 70 por el cr\u00edtico Domingo Miliani, quien vio una experiencia cercana en sus a\u00f1os de estudio en M\u00e9xico, y quien convoca a las primeras huestes de j\u00f3venes escritores desde el CELARG, hay que reconocer antecedentes en la Universidad del Zulia, en la Universidad de los Andes y en la Universidad Sim\u00f3n Bol\u00edvar, donde el poeta Juan Calzadilla, siguiendo algunas recetas del Surrealismo, anim\u00f3 talleres de escritura con m\u00e9todos abiertos de escritura colectiva. Lo que en esas convocatorias precoces buscaba rebajar el valor de la autor\u00eda y m\u00e1s bien realzar la majestad de la escritura con su connatural capacidad asociativa, en los talleres del CELARG se convirti\u00f3 en cursos de sesiones semanales que duraban todo un a\u00f1o, coordinados por escritores de renombre, en los que los talleristas se compromet\u00edan a entregar un libro que escrib\u00edan o trabajaban a todo lo largo bajo el rigor cr\u00edtico de sus pares. Hacia 1980, uno de esos coordinadores, el novelista Denzil Romero, asiduo contertulio de pe\u00f1as literarias, quebraba lanzas a favor de estos nuevos formatos y advert\u00eda que los talleres literarios ayudaban \u00aba vencer entre los participantes, sobre todos los m\u00e1s j\u00f3venes, el sentimiento de orfandad. La pertenencia al grupo, el sentido de membres\u00eda, compensa la soledad dentro de la cual los escritores deben cumplir su oficio, prest\u00e1ndoles el valimiento de una confrontaci\u00f3n y una comunicaci\u00f3n oportuna.\u00bb En cierto sentido, una creciente tecnicidad se impon\u00eda sobre la espontaneidad y el deseo expresivos de las d\u00e9cadas previas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero dejemos atr\u00e1s la noci\u00f3n de talleres literarios como mecanismos de conversi\u00f3n y veamos qu\u00e9 nuevos elementos se plantaban sobre la escena literaria venezolana de los a\u00f1os 80. En narrativa, por ejemplo, la vuelta a lo que el cr\u00edtico Julio Miranda llamaba, despu\u00e9s de una d\u00e9cada precedente llena de experimentalismos y de atentados contra la propia comunicaci\u00f3n, \u00abel gesto de contar\u00bb, esto es, el entendimiento de que el fondo (la sustancia narrativa) no deb\u00eda sacrificarse en el altar de los malabarismos formales. En poes\u00eda, sobre todo, la irrupci\u00f3n de una promoci\u00f3n de mujeres poetas como no se hab\u00eda visto en ninguna d\u00e9cada previa, dando cuenta de una onda de liberaci\u00f3n rica en innovaciones tem\u00e1ticas y procedimientos formales. Son apenas dos se\u00f1ales de lo que ya se anunciaba como un punto de inflexi\u00f3n: el rechazo a los referentes nacionales \u2014el pa\u00eds y sus refiguraciones \u2014 que tanto pesaron durante el siglo XX, desde Do\u00f1a B\u00e1rbara (1929) hasta Pa\u00eds port\u00e1til(1968). Que a este concierto de variables se sume el nacimiento y muerte de los \u00faltimos grupos literarios es tan s\u00f3lo otro indicador, y determinante, de una d\u00e9cada que descarta constantes hist\u00f3ricas que se mantuvieron por mucho tiempo y desvela nuevos discursos y sentidos de interpretaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>En una contabilidad ce\u00f1ida, tres deber\u00edan ser los grupos literarios que irrumpieron en la Venezuela de los a\u00f1os 80: La Gaveta Ilustrada, desde las aulas de la Universidad Sim\u00f3n Bol\u00edvar, con un nacimiento prematuro en 1977; Tr\u00e1fico, de 1980; y Guaire, desde las aulas de la Universidad Cat\u00f3lica Andr\u00e9s Bello, en 1981. El primero dej\u00f3 trece ediciones de su revista hom\u00f3nima y dos vol\u00famenes de escritura colectiva; el segundo un reconocido y citado \u00abManifiesto\u00bb; el tercero, un libro de poes\u00eda de sus tres principales integrantes. Forj\u00e1ndose inicialmente como un \u00abtaller de expresi\u00f3n literaria\u00bb que coordinaba Juan Calzadilla, en La Gaveta participaron, entre otros, los escritores Gustavo Guerrero, Juan Calzadilla Arreaza, Alejandro Varderi y quien esto escribe. Sus fuentes estuvieron en el Surrealismo, en el Dada\u00edsmo, en la literatura experimental. Eran ajenos a las tradiciones locales y abrazaban modelos for\u00e1neos. Asumieron una posici\u00f3n cr\u00edtica contra el establishment y en las p\u00e1ginas de su revista se burlaban de los concursos literarios y reescrib\u00edan versiones que consideraban mejores de poemas de P\u00e9rez Bonalde o Gerbasi. Tr\u00e1fico pudo haberse conformado a partir de una discusi\u00f3n abierta sobre poes\u00eda y \u00e9tica en el \u00abnuevo espacio intelectual venezolano\u00bb que se desarroll\u00f3 desde las p\u00e1ginas del diario El Nacional y de la revista Zona Franca. Sus integrantes fueron los poetas Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Yolanda Pantin, Miguel M\u00e1rquez, Alberto M\u00e1rquez y Rafael Castillo Zapata. Guaire quiso apartarse de la tradici\u00f3n pastoral y rom\u00e1ntica de la poes\u00eda venezolana y dar cuenta de que la ciudad era el nuevo escenario del sentido. Militantes de la creaci\u00f3n po\u00e9tica en sus inicios, el grupo conformado por Rafael Arr\u00e1iz Lucca, Nelson Rivera, Armando Coll, Alberto Barrera Tyszka, Luis Enrique P\u00e9rez Oramas y Leonardo Padr\u00f3n deriv\u00f3 hacia disciplinas tan amplias como la cr\u00edtica de arte o la telenovela.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 experimentaban estos \u00faltimos grupos literarios del siglo XX? En s\u00edntesis, un desacomodo con la tradici\u00f3n que los anteced\u00eda, que se hac\u00eda m\u00e1s o menos cr\u00edtico dependiendo de la acidez de las posturas. La Gaveta no conciliaba con los protagonismos autorales, con una institucionalidad que lleg\u00f3 a premiar plagios de obras; Tr\u00e1fico encontraba pocas huellas del referente que m\u00e1s les interesaba: la ciudad y su influjo condicionante; Guaire se topaba con un paisaje que era en verdad un detritus y no los aires arm\u00f3nicos de los que hablaba la poes\u00eda moderna. En el \u00abManifiesto\u00bb, cuya redacci\u00f3n se acredita a Rojas Guardia, los miembros de Tr\u00e1fico afirmaban: \u00abQueremos oponer a los estereotipos de la poes\u00eda nocturna, extraviada en su oficio cham\u00e1nico de convocar a los fantasmas de la psique o de lanzar hasta la n\u00e1usea el golpe de dados del lenguaje, una poes\u00eda de la higiene solar, dentro de la cual el poeta regrese al mundo de la Historia.\u00bb Por su parte, en el editorial \u00abHacia una escritura abierta\u00bb, que encabezaba la primera edici\u00f3n de su revista, los integrantes de La Gaveta postulaban que \u00ababrir el lenguaje a las posibilidades de un uso po\u00e9tico m\u00e1s generalizado, que toque a las comunicaciones diarias, valdr\u00eda tanto como demostrar, en la pr\u00e1ctica, que el ejercicio literario, hasta donde es aut\u00e9ntico, puede ser una facultad p\u00fablica\u00bb. Y en cuanto a la caracterizaci\u00f3n de Guaire, el cr\u00edtico Javier Lasarte admit\u00eda que intentaba \u00abdistanciarse de aquellas pr\u00e1cticas po\u00e9ticas que delimitaban su existencia en torno a b\u00fasquedas intimistas o metaf\u00edsicas, a lenguajes estetizantes o formalistas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay que admitir que, pese a sus posturas cuestionadoras, Tr\u00e1fico y Guaire contaron con las m\u00e1s importantes tribunas p\u00fablicas del momento, y tambi\u00e9n con los elogios de intelectuales tan dis\u00edmiles como Juan Liscano, Ludovico Silva o Jos\u00e9 Balza. En el caso de La Gaveta, sin embargo, hubo m\u00e1s reservas, quiz\u00e1s porque el tono burlesco y la reescritura de textos pod\u00eda constituirse en un riesgo para cualquiera. Mal que bien, los mayores reconoc\u00edan que las posturas de Tr\u00e1fico o Guaire, obviando el componente cr\u00edtico que dedicaban al legado que recib\u00edan, se inscrib\u00eda mejor en la corriente de tradici\u00f3n y ruptura que Octavio Paz reconoc\u00eda en casi todos los grupos latinoamericanos del siglo XX: ellos tambi\u00e9n se hab\u00edan formado en grupos y alguna dosis de parricidio gustaban de aplicar en sus a\u00f1os mozos a sus antecesores. No era la misma reacci\u00f3n la que se generaba alrededor de La Gaveta, donde preceptos como el de la escritura colectiva o como el forjamiento de un personaje ficticio que se dedicaba a amenazar a los jurados de concursos literarios con el env\u00edo de obras plagiadas, pasaba por la violaci\u00f3n, esta s\u00ed inaceptable, de lo que Cort\u00e1zar llamaba \u00ablas buenas costumbres\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Los grupos literarios que en los a\u00f1os 80 irrumpen para desarticular el legado que reciben terminan indefectiblemente asociados al legado. Mientras los miembros de Tr\u00e1fico y Guaire abrazan los talleres literarios que ofrece el CELARG y tambi\u00e9n participan en \u00abCalicanto\u00bb, aquella iniciativa de la narradora Antonia Palacios que le permit\u00eda acoger semanalmente en casa a j\u00f3venes escritores para desarrollar sesiones de lectura o tertulias con escritores reconocidos, los de La Gaveta, que m\u00e1s bien se hab\u00edan iniciado en talleres, terminan conformando un grupo que se mantiene hasta 1981, cuando un desmembramiento generalizado coloca a sus integrantes en diferentes pa\u00edses y planes de estudio. Desde entonces, la conformaci\u00f3n de grupos ha pasado a otras instancias, quiz\u00e1s m\u00e1s individuales, y en esta \u00faltima etapa obviamente virtuales. No se extra\u00f1a tanto la sociolog\u00eda de los grupos o pe\u00f1as, siempre anecd\u00f3tica, siempre vital, como la documentaci\u00f3n asociada a ellos: manifiestos, posturas, doctrinas, mandamientos. O los escritores dejaron de creer en miradas colectivas, o sencillamente las posiciones son ahora estrictamente individuales, como si la ventana al mundo que es toda pantalla de computadora permitiera todos los asomos o desplantes. No cabe duda de que los 80 son a\u00f1os de renovaci\u00f3n literaria, pero quiz\u00e1s algunas renovaciones traen consigo cierres y clausuras. Y el de los grupos literarios, en una tradici\u00f3n poderosa como la que hemos visto a trav\u00e9s de todo el siglo, al cabo de treinta a\u00f1os sin mayores anuncios luce como definitiva. Ni Tr\u00e1fico ni Guaire ni los d\u00edscolos gaveteros imaginaron que sus gestos desafiantes estaban enterrando una tradici\u00f3n: fueron ellos, quiz\u00e1s sin darse cuenta, los sepultureros definitivos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQu\u00e9 vigencia tienen hoy los postulados de renovaci\u00f3n que escuch\u00e1bamos hace treinta a\u00f1os? Los de La Gaveta han ca\u00eddo en saco roto, pues nadie le apuesta a la escritura colectiva y menos a la hechura de un \u00abcad\u00e1ver exquisito\u00bb cuando los cad\u00e1veres muy carnales amanecen por docenas en las calles de Caracas o en las p\u00e1ginas de cr\u00f3nica roja. Los de Guaire quiz\u00e1s un poco m\u00e1s porque no hay duda de que la ciudad es un referente pr\u00f3spero, con variables que van desde los t\u00f3picos policiales hasta las muy cotidianas escenas de violencia. Se sigue escribiendo narrativa urbana y tambi\u00e9n se postula la existencia de una poes\u00eda urbana o de la urbe, lo que m\u00e1s que novedad, hay que decirlo, es una reedici\u00f3n de intereses, pues ya desde 1958, con novelas como Los peque\u00f1os seres o Los habitantes, Salvador Garmendia, entre otros, mostraba los nuevos condicionamientos que la ciudad impon\u00eda sobre seres m\u00e1s grises que luminosos. Los de Tr\u00e1fico ponen en duda cualquier balance si nos atenemos a un reciente intercambio p\u00fablico de correspondencias en el que el poeta Igor Barreto, refiri\u00e9ndose al documento fundacional \u00abS\u00ed, manifiesto\u00bb, afirmaba que \u00abla pulsi\u00f3n ut\u00f3pica es un entramado circuito de verg\u00fcenzas\u00bb. Sentencia que propici\u00f3 una respuesta de su viejo colega, el cr\u00edtico Rafael Castillo Zapata: \u00abYo pienso que una quimera de mierda no invalida a todas las quimeras; que m\u00e1s vale un bello edificio de palabras que se desmorone (pues siempre quedan al menos las palabras desmoronadas) que el silencio, que siempre corre el riesgo de convertirse en c\u00f3mplice de algo o de alguien\u00bb. Apenas un mosaico de las diferencias que se ventilan frente a actitudes o posturas pasadas. Hay quien frente a la b\u00fasqueda de lugares in\u00e9ditos o de sentidos innovadores se cruza de brazos: la Historia rediviva se encarga de triturar los sue\u00f1os y volverlos polvo que mezcla en un solo remolino v\u00edctimas y pensamientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Con la muerte de los grupos, las ideas o cosmovisiones literarias dejan de tener voz colectiva y ahora se pronuncian, si acaso, al un\u00edsono. Se extingue la voz de la tribu y s\u00f3lo queda el susurro de las voces solitarias. Hay quienes afirman, como el poeta Ram\u00f3n Ordaz, que los talleres se erigen en buen sustituto: \u00abUn taller comunica a seres que, estando en el mismo quehacer, rompen el enclaustramiento, salen de la clandestinidad y asumen la creaci\u00f3n como un acto trascendente\u00bb, pero los talleres, en \u00faltima instancia, son formatos pedag\u00f3gicos, de valoraci\u00f3n e intercambio, y no el horno donde se cuecen las ideas o las posturas, tal como los grupos o cofrad\u00edas de anta\u00f1o lo permit\u00edan. Quien sienta esta ausencia u omisi\u00f3n con nostalgia, tendr\u00e1 sus razones. Pero la pregunta de fondo, me temo, ronda m\u00e1s bien por los lados de indagar d\u00f3nde queda el pensamiento sobre la literatura, d\u00f3nde queda la necesidad de innovar. \u00bfEstamos admitiendo impl\u00edcitamente que cada autor s\u00f3lo tiene su propia obra para hablar de sus cosmovisiones? Todo parececiera indicar que as\u00ed es. En el fondo, cuando uno revisa la extensa documentaci\u00f3n de manifiestos que atesora el siglo XX venezolano, una sola impresi\u00f3n envolvente se desprende, y es la de entender que las posturas colectivas eran en verdad postulados pol\u00edticos, posiciones ideol\u00f3gicas que en el mejor de los casos se convert\u00edan o justificaban posturas est\u00e9ticas. La escritura, finalmente, se amamantaba de una moral, de unos principios \u00e9ticos, que daban base para los desarrollos m\u00e1s variados. \u00bfEstamos por ello infiriendo que la muerte de los grupos nos habla de la ausencia de ideas pol\u00edticas, de que se puede escribir de espaldas a los hechos sociales? No creo que se trate tanto de indiferencia como de falta de formaci\u00f3n, de idearios, de cosmovisiones. Tengamos en cuenta que la Educaci\u00f3n, escrita con E may\u00fascula, ya no forma para pensar o para desenvolverse en el mundo; convertida en kit de herramientas, apenas contamos con br\u00fajulas o escalpelos.<\/p>\n\n\n\n<p>Un elemento esencial de los grupos o cofrad\u00edas s\u00ed se hace irremplazable: y es la vivacidad, el intercambio, los sentimientos, la concordia o discordia, en s\u00edntesis, la aventura humana de emprender un viaje colectivo donde las ense\u00f1anzas de todos son las de cada quien: todos para uno y uno para todos. Esa cr\u00f3nica \u00edntima, esos consejos soterrados, esos intercambios entre mayores y seguidores, se amasan en el esp\u00edritu de cada uno de los integrantes y se consubstancian con su propia personalidad. De esas carencias s\u00ed podr\u00edamos lamentarnos porque nos hacen ser menos de lo que podr\u00edamos pensar, querer o imaginar. En la muerte de las cofrad\u00edas, dig\u00e1moslo tambi\u00e9n, muere parte de nuestro esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/antonio-lopez-ortega\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicado en: Cuadernos Hispanoamericanos. 2012, N\u00ba 748. Foto: Vasco Szinetar. Fuente: https:\/\/tropicoabsoluto.com.<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Antonio L\u00f3pez Ortega En t\u00e9rminos literarios, el siglo XX venezolano puede verse desde la \u00f3ptica de sus revistas, grupos, frentes o pe\u00f1as. 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