{"id":9846,"date":"2023-12-08T21:47:27","date_gmt":"2023-12-08T21:47:27","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9846"},"modified":"2023-12-26T21:37:24","modified_gmt":"2023-12-26T21:37:24","slug":"viejo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/viejo\/","title":{"rendered":"Viejo"},"content":{"rendered":"\n<p>Me siento viejo. Deca\u00eddo. Ayer tuve la certidumbre y hoy me pongo a contarlo. Saberse viejo no es f\u00e1cil. Sobre todo, porque nunca quiere saberse. Pero la verdad llega con unas lucecitas que nos acribillan los ojos. Con un aleteo. Con unas cortinas que se descuelgan en el cielo. Si esto se cuenta, dicen que es la locura. Siempre es m\u00e1s f\u00e1cil que a uno lo acepten por loco que por viejo. Ese es el verdadero origen de la sabidur\u00eda del diablo: las locuras que cometi\u00f3 en la corte celestial. Fue altanero. Fr\u00edvolo. Indiscreto. Se las daba de bien parecido. Un viejo sabe que ya no parece bien. Ni que es m\u00e1s poderoso que cualquier otro. Ni que puede iniciar cualquier movimiento revolucionario, con car\u00e1cter de l\u00edder. Es m\u00e1s: no puede iniciar ning\u00fan movimiento con la misma prestancia que antes lo hac\u00eda. Lo que pasa es que nadie, a cierta edad, quiere enfrentarse con la certidumbre.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero uno escucha. Uno oye que las rodillas al doblarse tienen otro ruido. Sabe que el dolor en la cintura vino sin causa. Dije que uno sabe y ello es lo correcto. Porque si se trata de o\u00edr, \u00bfqu\u00e9 es lo que no se oye? Ya no se oye nada, sino un rumor confuso, un sonido que no es el mismo, una musiquita y a veces un runr\u00fan que nubla todo y es casi un anuncio de la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca me gust\u00f3 hacerle caso a rumores. A los rumores de afuera, pues cuando vienen de la cabeza, \u00bfqu\u00e9 hace uno? Es as\u00ed entonces que para no enloquecerme como el diablo, prefiero envejecer&#8230; es decir&#8230; no es que prefiera, sino que no hay otro remedio y la locura en mi caso se tarda, se hace la loca, planea, la muy ingrata, pizpireta, alegre, indiferente, sobre mi cabeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Tampoco es cuesti\u00f3n de no o\u00edr. O de o\u00edr cosas que los dem\u00e1s no oyen. Es cuesti\u00f3n de no ver. O ver otras cosas que los dem\u00e1s no ven. La oreja se me ha hecho atenta a unos tamborcitos del coraz\u00f3n, golpes simpies, ahuecados, secos, que vienen de pronto y se pierden y vuelven cuando uno menos los espera, saltando como ratones debajo de la piel y a veces se suben a los ojos y las cejas, la parte de arriba de los ojos, todo se pone a temblar. Cuando eso ocurre creo que me estoy quedando bizco. O que todo el ojo se me va de lado. Es entonces cuando viene la ausencia, porque ya no est\u00e1 la idea ni la palabra ni los recuerdos sino todo el clamor del cuerpo volteado hacia ese punto donde tiembla la piel y se piensa que el coraz\u00f3n se va a salir por el ojo. No s\u00e9 si los dem\u00e1s se dan cuenta. Y si se dan, es seguro que se lo atribuyen a la loquera o al desparpajo o a la desconsideraci\u00f3n que tenemos con los amigos al dejar que hablen solos, sin ponerles atenci\u00f3n. -No te me pierdas en las ranuras del cielo\u00bb, me dice Joaqu\u00edn cuando esta situaci\u00f3n se presenta, Al final caigo en cuenta y le pregunto: \u00bfCu\u00e1l ranura?&#8230; \u00bfCu\u00e1l cielo&#8230; Pero con ello s\u00f3lo demuestro que sigo estando perdido y que voy entre las nubes persiguiendo los latidos, detr\u00e1s del tambor, con \u00e1ngeles y flautas que se agregan, cintas y papeles coloreados, cuerdas, alg\u00fan faro, cierta embarcaci\u00f3n, los cohetes que estallan y los pa\u00f1uelos que dicen adi\u00f3s<\/p>\n\n\n\n<p>Evidentemente, me estoy poniendo viejo. Ponerse viejo es perder la memoria. Pero es tambi\u00e9n ensartar otras visiones, Como las ya dichas. Uno es as\u00ed, pong\u00e1monos sinceros, porque quiere jugarle trampas a las palpitaciones. Pero \u00e9stas son taimadas, abusivas. Se comen hasta el antebrazo, Llegan a veces hasta los dedos, Y saltan como ranas o lagartos intermitentes. Y digo una cosa: el salto es m\u00e1s grave, m\u00e1s llenador de miedo, cuando uno est\u00e1 solo. Porque ya no es cuesti\u00f3n de olvidar al que habla, sino de olvidarse de uno mismo, esquivar el cuerpo, sacarle el cuerpo al cuerpo, eso es, hacerse el desentendido, pensar que los brincos son cosas de los nervios, pero los brincos est\u00e1n all\u00ed, vivitos y coleando, molestosos, arbitrarios, levantando las venas, hasta que dan carreras y se aposentan en el pecho donde comienza un dolor. Podr\u00eda ser la muerte inmediata. Uno espera lleno de miedo y ansiedad.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero la muerte se tarda. El dolor es seguramente un gas, y la mala digesti\u00f3n, y vuelve otra vez la vida porque las cosas no pueden ser as\u00ed, tan duras, y se empieza a respirar, el a\u00edre es m\u00e1s benigno, el aire pasa de verdad por las ventanas de la nariz y entonces se est\u00e1 como para volver a comenzar.<\/p>\n\n\n\n<p>La vida, seg\u00fan siempre dijeron los p\u00e1rrocos y los maestros de escuela, sonr\u00ede. All\u00ed est\u00e1n entonces las visiones que suplantan la memoria perdida. All\u00ed vienen los p\u00e1jaros cantando en la cabeza del caballo y la guitarra que cubre todo el marco de la ventana y los arlequines que bailan sin ton ni son pero es que suenan las campanas y las muchachas quieren lucir vestidos nuevos como fue en otro tiempo junto a la escuela el d\u00eda de la fiesta patronal y ellas parec\u00edan se\u00f1oritas de las revistas, se\u00f1oritas venidas de muy lejos, con sus tules y sus grandes sombreros contra un sol que no hac\u00eda caso porque era un sol en serio y las ventanas y las bocas de los aleros rechinaban como deb\u00eda ser, con un sol de parranda y licores perfumados por astromelias y malabares hasta el toque exacto de la orquesta que bajaba por la calle real.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso era una fiesta. A cada momento, cuando envejecemos, se nos mete una fiesta por cualquier parte. Pero siempre es una fiesta lejana, imprecisa, algo que ocurre cuando nos quedamos lelos y queremos huir de las palpitaciones. Ahora, en este momento, no hay ninguna fiesta. Quiero contar lo que me pasa. Y eso es todo. Frecuentemente, muy pocos quieren saber de uno. Y hasta uno mismo quiere tambi\u00e9n olvidarse. Pero luego viene el deseo de existir, de estar aqu\u00ed, de hacer algo contra el malestar y la tos, meterse entre las hojas y los ruidos que vienen de abajo. Desde abajo, digo, porque estoy escondido en una habitaci\u00f3n que da a la ciudad y ella se mete si abro la ventana y yo me meto si me asomo y empiezo a volar por calles y terrazas, salto entre las luces y los autos, me pierdo entre sonidos, metales, cornisas, y un poco en el verde del cerro y el cielo que desdobla all\u00e1 lejos y se pone brillos y colores como le da la gana, entre ma\u00f1ana y tarde, entre tarde y medio anochecer. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Me desprendo y no guardo ning\u00fan orden. Es muy claro. Envejecer es andar a tientas, tropezar, darse con las sillas que se atraviesan, confundir las paredes y las llaves, apostar a todas las cerraduras y golpearse con los estantes, los libros y los mu\u00f1ecos de porcelana que mueren despezados.<\/p>\n\n\n\n<p>Es la vida vuelta pedazos, hecha polvo. Algunos trocitos fueron a esconderse bajo la mesa. Alg\u00fan ojo del mu\u00f1eco est\u00e1 debajo de la silla. Los brazos deben andar por all\u00ed. Los mu\u00f1ecos multiplican su muerte, mueren de muchas muertes, se derraman para que la existencia se quede en las rendijas, se cuele entras las basuras y los papeles amontonados, desaparezca, as\u00ed no m\u00e1s, con simpleza, sin sonido, muy de blanco, con un color rojo apenas en el rinc\u00f3n, brillando, un colorcito que debi\u00f3 ser la parte del lazo en el cuello o la boina azul de marinero muy tieso, muy as\u00ed, muy de este modo en el muelle solitario contra un fondo de veleros y una embarcaci\u00f3n llena de manchas salitrosas&#8230; Pero es mentira&#8230; Ese marinero solo lo ve\u00eda yo as\u00ed. Lo ve\u00eda junto a otras cosas para calmarme las ganas de viajar. Ven\u00eda de lejos. Atraves\u00f3 el oc\u00e9ano en el ba\u00fal de la t\u00eda Ermelinda y ol\u00eda a funci\u00f3n de opera, a retazos, a pomada para las noches sin sue\u00f1o. Ol\u00eda a carnaval de solterona, a ba\u00fal viejo, a tela rota. Ol\u00eda a lo que era: a porcelana. Todas las porcelanas huelen a lo que recuerdan. Si el mu\u00f1eco no estuviera roto estar\u00eda en la orilla del mar. Si no estuviera en el muelle estar\u00eda en una tienda. En la vitrina donde lo cubrir\u00edan de cintas y pa\u00f1uelos. Lo festejar\u00edan con luces. Y desde su asiento de cart\u00f3n-piedra mira a los transe\u00fantes que lo miran, las se\u00f1oras que lo escrutan, los muchachos que se burlan de \u00e9l. Se queda solo, despu\u00e9s. Yo lo he visto desde lejos, cuando todo el mundo ha pasado y comienzan a bajar las puertas de los comercios porque ha llegado la noche y el viento cae por lo orilla de los edificios.. un viento que lo pone a uno de lado, as\u00ed, muy de perfil, listo para entrar en la vitrina antes de que la puerta caiga con su estruendo de metal y se logre habitar junto a las libretas y las cajas de hilo y los botones y las plumas de avestruz y los caireles y los ganchos y las espigas de pl\u00e1stico tan secas como si el sol se las hubiera tragado por mucho tiempo, como si la tierra todo se hubiera puesto agrietada y reseca, la tierra apretando su propia muerte, su propio encierro, su tristeza almacenada bajo llave en el bazar escondido cuando la ciudad se ha vuelto nocturna. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Yo vuelvo aqu\u00ed, de vez en cuando, como ahora, a ponerme a escribir para alejar tanto vac\u00edo, a ponerme a escribir porque no hay otra cosa que hacer y se borronean los papeles con la idea de que alguien los encuentre alguna vez&#8230; pero&#8230; tampoco&#8230; eso no es&#8230; eso lo hacen los escritores y los hombres que se creen importantes para dejar sus memorias&#8230; yo no&#8230; si pongo aqu\u00ed estas letras no es por pasar a la historia (as\u00ed dicen tambi\u00e9n los que quieren pasar), ni para que alguien me tenga l\u00e1stima. Ni siquiera l\u00e1stima doy. Y eso es lo grave. Uno anda todav\u00eda medio bien vestidito con su chaqueta marr\u00f3n, gastada en las puntas, pero buena todav\u00eda para dar presencia, con la camisa verde y la camisa amarilla y la camisa de rayas que por cierto yo mismo las lavo de vez en cuando porque Elodia se tarda en venir y parece que no vender\u00e1 m\u00e1s o a lo mejor s\u00ed, porque ella es la \u00fanica que tiene de veras cuidado y no los amigos que ni vienen ya&#8230; No viene nadie&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Antes dije que ni siquiera daba l\u00e1stima. Eso es. Los dem\u00e1s creen que uno puede val\u00e9rselas muy bien, que todav\u00eda har\u00e1 algo por vivir. Y es verdad. Hago algo. Pero es all\u00ed donde est\u00e1 el problema. Salgo a rondar por la ciudad y a los doscientos metros ya me duelen las rodillas. Pienso que ser\u00e1 el fr\u00edo, pero no hay fr\u00edo porque hace rato sudaba y entonces tambi\u00e9n pienso que ser\u00e1 el sudor que se cuela en las corvas y me engarru\u00f1a los dedos y yo empiezo a meterme mentiras dici\u00e9ndome que fue que dorm\u00ed mal, que me di vueltas bruscamente, que esa silla &#8211; esta silla &#8211; es muy dura y me deja sus marcas, como todas las cosas dejan su marca. El cintur\u00f3n me marca la cintura. No debo apret\u00e1rmelo tanto. Pero si no lo hago se me caen los pantalones porque en verdad no tengo cintura. La barriga se asoma con imprudencia a pesar de lo flaco que me he ido poniendo, de lo ajado y marchito, de lo in\u00fatil. Pero lo que molesta no es tanto que uno se parezca a un tronco seco, a un pedazo de cart\u00f3n, a una lata golpeada contra los muros y las cercas los d\u00edas de ventarr\u00f3n o cuando los perros  se lanzan a correr y se llevan por delante las cajas y las basuras y todo reguero vidrioso, h\u00famedo, con la calle solitaria y el pedazo de edificio atravesado&#8230; Yo no s\u00e9 por qu\u00e9 en este barrio los edificios siempre se atraviesan. No est\u00e1n construidos como Dios manda. Se les sale una pared, algo que sobra o son muros sin terminar que caen sobre el bald\u00edo lleno de desechos, envases inservibles, tiras de cuero, peri\u00f3dicos y uno que otro gato, apenas ojos y cola, porque se ve y ya no se ve. Pero es que no se ve a nadie. Arriba, en los balcones, est\u00e1n las mujeres asomadas. Est\u00e1n unos muchachos lanzando cosas a la calle. Se prenden y apagan las luces. Est\u00e1n preparando el bullicio de una m\u00fasica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Pasan los autom\u00f3viles all\u00e1 lejos, en la avenida. Es el mismo camino que hago y deshago cuando la tarde no se ha ido completamente y las sombras caen por el lado derecho de la farmacia, m\u00e1s all\u00e1 de la construcci\u00f3n de ladrillos que nunca terminaron. Qued\u00f3 un hueco grande en lo que iba a ser el tercer piso y por all\u00ed se mete la noche o se termina de esconder el sol. Al menos yo lo veo as\u00ed. A cierta edad se tiene el propio atardecer&#8230; Las cr\u00f3nicas y descripciones, que yo he le\u00eddo, siempre dicen as\u00ed: en el atardecer de la vida. Para crear cierta dignidad y llevar las cosas poco a poco, mintiendo ellos, minti\u00e9ndole a uno y uno tambi\u00e9n minti\u00e9ndoles porque no hay ninguna dignidad, uno es llanamente un viejo de mierda y no quiere reconocer su propia mugre porque no est\u00e1 tan hediondo como para que vengan las brigadas del Aseo Urbano a buscarlo en sus enormes camiones con rodillos que dan vuelta y trituran los desechos&#8230; Muchas veces me he imaginado entrando en esos dos moledores y me aplastan la cabeza y los huesos traquean mientras se extiende por todo el vecindario un olor a naranja reventada, olor fuerte a orines, olor de alba\u00f1al, olor de aguas negras y el cami\u00f3n triturando lentamente con su ruido infernal, con su color azul, con sus manchas de basuras muy viejas, porque hasta las basuras sueltan basuras. Uno, ya hecho nada, suelta tambi\u00e9n su nada, sus migajas, su no ser m\u00e1s que un trapo desgarrado, su no&#8230; no. Pueden ir deshilachando con lentitud el cuerpo y agarrar\u00e1n un trocito de ri\u00f1\u00f3n vuelto hilo, un h\u00edgado vuelto madeja, un cerebro en pelusas, los huesos de tiza y cal, el coraz\u00f3n vuelto flecos.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/adriano-gonzalez-leon\/\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Me siento viejo. Deca\u00eddo. Ayer tuve la certidumbre y hoy me pongo a contarlo. Saberse viejo no es f\u00e1cil. Sobre todo, porque nunca quiere saberse. Pero la verdad llega con unas lucecitas que nos acribillan los ojos. Con un aleteo. Con unas cortinas que se descuelgan en el cielo. 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