{"id":9768,"date":"2023-12-05T18:16:02","date_gmt":"2023-12-05T18:16:02","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9768"},"modified":"2023-12-26T21:37:24","modified_gmt":"2023-12-26T21:37:24","slug":"oficio-de-difuntos-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/oficio-de-difuntos-2\/","title":{"rendered":"Oficio de difuntos (fragmentos)"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Arturo Uslar Pietri<\/h4>\n\n\n\n<p>La voz debi\u00f3 resonar huecamente en todas las cavidades de piedra de la iglesia. Una voz pastosa, alta, pegadiza como una emulsi\u00f3n espesa, llena de modulaciones y altibajos con ecos, resonancias y cortes. Desde lo alto del p\u00falpito cada palabra deb\u00eda volar como una paloma negra por entre las enormes colgaduras de luto que pend\u00edan de las columnas, por entre las nubes de incienso, por sobre el mar de cirios encendidos, por encima del enorme arrecife del catafalco piramidal que se alzaba en mitad de la nave y el mar de cabezas absortas, sudorosas, empelucadas que, en ruedos conc\u00e9ntricos, lo rodeaban hasta llegar a los alejados extremos de las capillas laterales, donde el gris de las sombras y de los rostros se fund\u00eda en una pasta inerte y casi sin presencia.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed estaban las palabras, tan quietas en el libro. Tan ajenas, tan absurdamente inadecuadas a aquel momento de angustia y recelo que \u00e9l viv\u00eda ahora. La lengua misma, aquel desusado franc\u00e9s, cortesano y r\u00edtmico, que nada ten\u00eda que ver con lo que \u00e9l hubiera querido gritar. Con lo que le ven\u00eda en tropel, por sobre significaciones y sentidos, como una bocanada de n\u00e1usea. Aquella palabra que nada ten\u00eda que ver con este trance: \u00abMonseigneur\u00bb. Era a un pr\u00edncipe de la sangre a quien se dirig\u00eda el orador sagrado desde el fondo de sus dos siglos de historia. Vestido de encajes y sedas, bajo una inmensa peluca de cataratas de bucles, con ojos cansados y distra\u00eddos. Como un personaje de teatro. Presid\u00eda el duelo reglamentado y ceremonioso, de compases medidos y reverencias marcadas, de la muerte de una mujer. <\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda abierto el libro al azar y ca\u00eddo sobre aquella oraci\u00f3n. La ense\u00f1anza del seminario lo llevaba a solicitar sus modelos cl\u00e1sicos. Para oraci\u00f3n f\u00fanebre hab\u00eda que buscar a Bossuet. El pomposo obispo franc\u00e9s debi\u00f3 cantar y gorjear aquellas palabras tan labradas y pulidas.<\/p>\n\n\n\n<p>No pod\u00eda ser eso lo que \u00e9l buscaba hoy. No era \u00e9l tampoco aquel obispo, puesto entre el cielo y la tierra, en aquella corte donde todo parec\u00eda eterno e inmutable. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l no era sino el padre Solana, Alberto Solana, ya viejo, ya enfermo, lleno de temores, con ganas de borrarse, de desaparecer, de caer en un inmenso pozo de olvido. Sent\u00eda con horror c\u00f3mo el espacio se le reduc\u00eda. Estaba como cercado en aquella casa, en aquella habitaci\u00f3n, con aquel libro anacr\u00f3nico en las manos, mientras de la calle llegaban gritos de furia y estruendos de violencia. El tiempo se le escapaba. Todo estaba contra \u00e9l. Todo lo que hab\u00eda temido por a\u00f1os acababa de ocurrir de golpe.<\/p>\n\n\n\n<p>El general hab\u00eda muerto. En la noche, en su lecho, al final de una larga agon\u00eda. Hab\u00eda ocurrido aquello que tanto se tem\u00eda. Por lustros largos se le ve\u00eda envejecer y decaer, pero siempre se pensaba que pod\u00eda vivir un par de a\u00f1os m\u00e1s. No ocurrir\u00eda todav\u00eda el temible suceso. Hab\u00eda tiempo. Habr\u00eda tiempo siempre. Estar\u00eda a\u00fan all\u00ed con su lejana voz y sus temblorosas manos, manteniendo en vilo toda la vida del pa\u00eds. Mientras \u00e9l viviera nada iba a cambiar. Todo deb\u00eda esperar. \u00c9l hab\u00eda pensado muchas veces en lo que pod\u00eda pasar ese d\u00eda en que el general muriera. Era mejor no pensarlo. Todo aquello iba a resquebrajarse y a romperse, todo aquel castillo de naipes que el general sosten\u00eda con su presencia y que, a ratos, parec\u00eda tan s\u00f3lido como la piedra, se iba a desmoronar. Los que hab\u00edan tenido el poder se iban a convertir s\u00fabitamente en d\u00e9biles y perseguidos, los ricos iban a huir a esconder su riqueza, las casas de los poderosos iban a quedar vac\u00edas y gentes inesperadas iban a surgir con duras caras de justicieros a cobrar, a reclamar, a vengarse de tantos a\u00f1os, de tantas esperanzas fallidas, de tanto rencor callado. Hab\u00eda tenido miedo. Le hab\u00eda ido aumentando en la misma medida en que el general se agravaba. Cada noticia de empeoramiento le daba escalofr\u00edos y sensaciones de angustia. Empez\u00f3 a ir menos a la casa del moribundo, rodeada de oleadas y oleadas de presencias visibles e invisibles. Se encerr\u00f3 en su habitaci\u00f3n. Rezaba y le\u00eda libros piadosos. Cuando ya la muerte pareci\u00f3 inminente se vino a la capital como un fugitivo. Era m\u00e1s f\u00e1cil borrarse en la ciudad grande.<\/p>\n\n\n\n<p>En la noche lo llamaron desde Tacarigua para darle la noticia. Demasiado breve, demasiado simple para comprenderla en toda su significaci\u00f3n. \u00abEl general acaba de morir\u00bb. Fue una noche de callado pavor, de andar por la casa sin rumbo, de hablar solo, de rezar rosarios sin t\u00e9rmino, de despertar al f\u00e1mulo para que lo acompa\u00f1ara, de pensar en los m\u00e1s diversos y disparatados medios de desaparecer y de huir. Disfrazarse, esconderse, refugiarse en una embajada, salir al extranjero. Temprano, en la ma\u00f1ana, despu\u00e9s de aquella larga noche, vino la otra llamada. De parte del general encargado del poder ejecutivo, le participaban que hab\u00eda sido designado para decir la oraci\u00f3n f\u00fanebre en la misa de difuntos de cuerpo presente que se iba a celebrar al d\u00eda siguiente, all\u00e1 en Tacarigua, antes del entierro.<\/p>\n\n\n\n<p>Era lo peor que hubiera podido ocurrirle. Nada de desaparecer, nada de borrarse. Aquella mano de la fatalidad lo hab\u00eda ido a buscar en su escondrijo para ponerlo a la vista de todos, desnudo y sin amparo, a decir lo que quer\u00eda olvidar, a testimoniar lo que tem\u00eda. A la vista de todos, con un papel en las manos temblorosas, a decir la oraci\u00f3n f\u00fanebre ante el cuerpo yacente del general Pel\u00e1ez. Lo iban a exponer como una v\u00edctima propiciatoria para que nadie lo olvidara, para que todos los odios se pudieran saciar en \u00e9l. A la hora en que todos se pasaban y se ocultaban lo iban a llevar a \u00e9l, \u00edngrimo, indefenso, a decir lo que no quer\u00eda decir, a recordar lo que no quer\u00eda recordar, a dejarse lapidar delante de todos los que lo detestaban y despreciaban sin conocerlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubieran podido pensar en otro. Pero no. Hab\u00eda tenido que ser \u00e9l. El poeta indefenso, el pobre hombre arrastrado por toda aquella m\u00e1quina b\u00e1rbara de poder. El ser temeroso y d\u00e9bil que compon\u00eda versos y dec\u00eda discursos. A alguien se le hab\u00eda ocurrido. Ten\u00eda que ocurr\u00edrsele. Iba a ser m\u00e1s visible y m\u00e1s execrado que todos aquellos viejos dogos de poder, ah\u00edtos de dinero y de armas, que iban a salir ilesos de aquel tremendo trance. Ten\u00eda que ser \u00e9l con sus versos llorosos, con su elocuencia de predicador sagrado, con su sotana de mal cura, con su voz pastosa y quebrada de recitador de madrugadas, el que tuviera que subir a la tribuna, visto por todos, o\u00eddo por todos, se\u00f1alado por todos, a hacer el elogio del general. Nada hubiera podido ser peor.<\/p>\n\n\n\n<p>Qued\u00f3 anonadado por largo tiempo. Sin distinguir lo que le ocurr\u00eda o lo que imaginaba. Pensaba con retardados remordimientos y sobresaltos en aquellas decisiones que hab\u00eda tomado y que habr\u00eda podido no tomar. Hubiera podido seguir siendo un modesto cura de asilo o de parroquia. Escribir sus poemas m\u00edsticos y pecaminosos. Tomar el ron de las noches de bohemia con los viejos compa\u00f1eros, en el fondo de alguna taberna de barrio pobre. Pero no. Su \u00e1ngel malo \u2014\u00bfera su \u00e1ngel?\u2014 lo hab\u00eda llevado a mezclarse en aquello. Sus frases de orador resonante gustaban a los poderosos. Su facilidad para las comparaciones y las ant\u00edtesis. Por esa maldita facilidad hab\u00eda ido a la c\u00e1rcel. Por ese gusto por las frases hermosas que tienen los hombres simples y primitivos hab\u00eda llegado hasta el general, hab\u00eda recibido un alto nombramiento de capellan\u00eda, hab\u00eda pasado a ser un personaje importante del r\u00e9gimen. Hab\u00eda ido de discurso en discurso entrando en el peligroso juego. Sintiendo el desd\u00e9n y la hostilidad de todos los adversarios conocidos y desconocidos. \u00abUn d\u00eda las voy a pagar todas juntas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, entre tanto, hab\u00eda vivido como nunca lo hab\u00eda so\u00f1ado. Una casa en Tacarigua y otra en la capital. Un inmenso autom\u00f3vil de hondos asientos y rumoroso motor. La compa\u00f1\u00eda de hermosas mujeres como s\u00edmbolo de tentaci\u00f3n y de vislumbrados para\u00edsos de pecado.<\/p>\n\n\n\n<p>No estuvo nunca seguro de lo que hab\u00eda hecho ni de lo que dec\u00eda. Viv\u00eda dentro de una sensaci\u00f3n de irrealidad o de transitorio espejismo. Ven\u00edan algunos viejos amigos a la casa nueva. Se beb\u00eda abundantemente, se recitaba poes\u00eda y se recordaban los tiempos idos. Se mezclaba a Rub\u00e9n Dar\u00edo con traducciones de V\u00edctor Hugo, de Baudelaire y de Verlaine.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00ab\u00bfQuiero ajenjo? Tengo ajenjo\u00bb. Pon\u00eda las copas con hielo. Una cuchara sobre el borde con un terr\u00f3n de az\u00facar e iba echando poco a poco el l\u00edquido marr\u00f3n con olor a an\u00eds y a remedio. \u00abAs\u00ed lo tomaba Verlaine\u00bb. Despu\u00e9s hablaban entre dientes de pol\u00edtica. \u00abYo s\u00e9 que mucha gente me critica. No comprenden\u00bb. \u00abNo comprenden, no. Te envidian\u00bb, interrump\u00eda alguno de los amigotes con los ojos encendidos. \u00abNo comprenden\u00bb, insist\u00eda el padre Solana, con su voz apaciguada y sibilante. \u00abLlega un momento en que uno no puede seguir ignorando la realidad del pa\u00eds. Este hombre es el representante de esa realidad. Es absurdo no comprenderlo as\u00ed\u00bb. Empezaban entonces las explicaciones rebuscadas: \u00abSi hubi\u00e9ramos comprendido a tiempo lo que hab\u00edan escrito Comte y Taine, qu\u00e9 de disparates y de revueltas in\u00fatiles le habr\u00edamos ahorrado al pa\u00eds\u00bb. Evocaban entonces la larga serie de los agitadores liberales, enfebrecidos, retumbantes, que hab\u00edan escrito folletos y discursos incendiarios frente a los caudillos de turno. \u00abNo pod\u00edan entender que aquellos hombres eran la representaci\u00f3n del pa\u00eds\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el padre Solana no dejaba de pensar con amargura que muchos de sus antiguos conocidos deb\u00edan pensar que aqu\u00e9lla era otra ca\u00edda m\u00e1s, otra claudicaci\u00f3n m\u00e1s, otra apostas\u00eda m\u00e1s de las muchas que hab\u00eda cometido en su tormentosa vida, o que le atribu\u00edan. Desde sus tiempos de seminarista hab\u00eda sido muy sensible a las tentaciones. Le gustaban las mujeres, el licor y la vida bohemia de los poetas. Con frecuencia se extraviaba. Los superiores lo amonestaban por sus repetidas faltas y por sus malas compa\u00f1\u00edas. Algunos poemas de dulz\u00f3n y morboso erotismo le eran atribuidos. Aquella aura demon\u00edaca formaba parte de su sentimiento m\u00edstico. Era sinceramente cat\u00f3lico. La liturgia, los ritos, los misterios, la poes\u00eda y el contenido m\u00e1gico del culto lo fascinaban. Tem\u00eda a la condenaci\u00f3n pero amaba la vida, lleno de remordimientos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora ten\u00eda que escribir aquel elogio mortuorio, en aquella hora oscura y pre\u00f1ada de amenazas. Se tem\u00edan las peores cosas. Alzamientos militares, golpes de mano, anarqu\u00eda, violencia. Con el general ten\u00eda que terminar aquel orden tan personal que \u00e9l hab\u00eda impuesto, tan hecho a su imagen, tan vinculado a su car\u00e1cter, a su vida, a su presencia f\u00edsica. Hab\u00eda un jefe y era \u00fanicamente aquel que ahora yac\u00eda muerto ante un pa\u00eds lleno de temores e impaciencias.<\/p>\n\n\n\n<p>Las gentes hablaban quedo entre s\u00ed, todos se miraban con recelo, parec\u00eda que se esperara un formidable estallido o un terremoto que iba a arrasar y trastrocar todo. \u00abCuando muera este hombre aqu\u00ed va a haber un ba\u00f1o de sangre\u00bb, dec\u00edan las gentes maduras y experimentadas. \u00abEsto va a ser peor que la Guerra de los Cinco A\u00f1os. Va a haber mucho muerto y mucho saqueo\u00bb. Iban a volver los viejos tiempos de la guerrilla y el asalto, de las partidas de bandoleros recorriendo los campos, del robo del ganado, de las tomas y retomas de pueblos, con banderas rojas, amarillas o azules. Aquella paz de treinta a\u00f1os impuesta por la fuerza era artificial. Lo que iba a volver ahora era la vieja anarqu\u00eda, los bochincheros en la ciudad y los guerrilleros en el campo.<\/p>\n\n\n\n<p>En los d\u00edas anteriores a la muerte del presidente las ciudades comenzaron a quedarse vac\u00edas de noche. Aquello recordaba los tiempos de la peste. No se ve\u00eda un alma por las calles oscuras. A ratos pasaba una patrulla de la polic\u00eda montada y los cascos de las cabalgaduras resonaban ominosamente dentro de las casas. Sonaba el tel\u00e9fono y todos se precipitaban en espera de alguna noticia terrible. Alguna se\u00f1al de que la gran kermesse de muerte y destrucci\u00f3n hab\u00eda comenzado. Se dec\u00eda que se hab\u00eda alzado un cuartel en alguna poblaci\u00f3n remota, que por la frontera hab\u00eda invadido alg\u00fan viejo caudillo desterrado. Que un pariente cercano del moribundo dictador recorr\u00eda la ciudad en sombras en un carro fantasma disparando sobre los transe\u00fantes desprevenidos.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hablaba en ingenuas claves. \u00abEl Piach\u00bb era el presidente enfermo, el \u00abRonco\u00bb era el general que pod\u00eda sucederlo en el Gobierno, \u00ablos Zamuro\u00bb eran los hombres de presa que lo hab\u00edan servido y de quienes se tem\u00edan posibles golpes de fuerza. Todo un retablo de fabulario y de sainete desfilaba en las palabras veladas ocultando las identidades de aquellos a quienes no se atrev\u00edan a nombrar.<\/p>\n\n\n\n<p>Fueron interminables d\u00edas de tensa espera. Hubo momentos en que se cre\u00eda que hab\u00eda muerto el presidente. Se dec\u00eda la hora y la circunstancia. Y luego se a\u00f1ad\u00eda que se manten\u00eda el hecho oculto para evitar dificultades en la transici\u00f3n del mando. Que se fing\u00eda que estaba vivo, que se hac\u00eda que alguien, con voz muy parecida, hablara desde la habitaci\u00f3n en que estaba tendido para que los que aguardaban afuera oyeran el vozarr\u00f3n vigoroso del difunto.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta aquella breve llamada de la noche. Todo se le hab\u00eda borrado de pronto. Como si hubiera empezado a caer en un abismo sin fondo por cuyas paredes trasl\u00facidas desfilaban las im\u00e1genes del ayer que quer\u00eda olvidar y del ma\u00f1ana que tem\u00eda. Todas las caras conocidas y desconocidas de los que pod\u00edan hacerle da\u00f1o. Hubiera sido mejor que \u00e9l hubiera muerto antes. Ya estaba viejo y enfermo y se habr\u00eda ahorrado Dios sabe cu\u00e1ntos sufrimientos cu\u00e1ntos peligros y sustos. En su estado de salud, con su desajustado coraz\u00f3n fallo, no Resistir\u00eda mucho tiempo aquella racha de miedo que iba a caer sobre \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero el hecho en toda su brutal desnudez estaba ahora all\u00ed ante \u00e9l. Hab\u00eda muerto el general. Parec\u00eda imposible. Pasaban los a\u00f1os y se le ve\u00eda envejecer, pero todos los que en una especie de asociaci\u00f3n vegetal, de ecosistema biol\u00f3gico, viv\u00edan en torno a su poder, parec\u00edan haber llegado a eliminar esa posibilidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba muerto el general. Hab\u00eda cerrado los ojos oscuros y penetrantes, la atezada cara hab\u00eda empalidecido, el bigote gris hab\u00eda blanqueado, el cuerpo se hab\u00eda ido vaciando de materia como un saco de arena roto. Los que lo hab\u00edan visto en su larga agon\u00eda dec\u00edan que parec\u00eda otro. M\u00e1s peque\u00f1o, m\u00e1s delgado, casi fr\u00e1gil. Todo el imponente aspecto de fuerza hab\u00eda desaparecido, todo el imperio de la mirada y de los gestos se hab\u00eda ido borrando hasta convertirse en una d\u00e9bil y esfumada semblanza de lo que hab\u00eda sido.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora deb\u00eda estar en manos de criados y muerteros, poni\u00e9ndole por \u00faltima vez el uniforme de gala y coloc\u00e1ndolo en la urna pesada de madera y bronce con tapa de cristal. Ahora ya no era. Pero todav\u00eda no hab\u00eda desaparecido su presencia. Todo lo que constitu\u00eda la m\u00e1quina de su poder segu\u00eda en pie. Los funcionarios, las tropas, la actitud de la gente. La significaci\u00f3n de aquella muerte, tan temida, tan esperada, no se pod\u00eda apreciar todav\u00eda. Era como aquellas explosiones lejanas que hacen los voladores de roca, en que se mira el deslumbrante fogonazo y s\u00f3lo largos segundos despu\u00e9s llega el estruendo y el temblor de la sacudida.<\/p>\n\n\n\n<p>Los hombres de menos de cuarenta a\u00f1os no hab\u00edan conocido otro presidente. La autoridad, el poder, los honores, el himno hab\u00edan llegado a parecer propiedades personales suyas. Entre el pa\u00eds y \u00e9l se hab\u00eda llegado a establecer una especie de indisoluble amalgama, de integraci\u00f3n m\u00e1gica. Nada se pod\u00eda contra \u00e9l. Todo lo pod\u00eda \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ahora estaba yerto y tendido con la brusca y misteriosa pasividad de los cad\u00e1veres. Todo parec\u00eda igual menos \u00e9l. Y por ese solo hecho todo pod\u00eda y deb\u00eda cambiar. El padre Solana mir\u00f3 el reloj. Ya eran pasadas las diez de la ma\u00f1ana. De la calle ven\u00edan los ruidos ordinarios del movimiento de la ciudad. Cornetazos de autom\u00f3viles, gritos de pregoneros, silbatos de amoladores, pero a \u00e9l le parec\u00eda que todo estaba como asordinado y distinto.<\/p>\n\n\n\n<p>Faltaba un d\u00eda para el entierro. Se iba a hacer en la peque\u00f1a ciudad de provincia donde hab\u00eda vivido el jefe la mayor parte del tiempo en los \u00faltimos a\u00f1os. Entre haciendas, vacadas, siembras de ma\u00edz y de algod\u00f3n y vastos espacios verdes de ca\u00f1a de az\u00facar. Como aferrado a su ambiente natal de campesino. Mirando a los peones escarbar los surcos y a los orde\u00f1adores de la madrugada entonar sus coplas al comp\u00e1s de los chorros de leche que ca\u00edan en los c\u00e1ntaros.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca se hab\u00eda hecho un funeral as\u00ed. Todo el pa\u00eds se iba a detener. Todos los ojos se iban a volver hacia la peque\u00f1a ciudad y su iglesia matriz, donde se iba a hacer el oficio de difuntos, y luego el largo desfile entre batallones tendidos hasta el cementerio. Toda la jerarqu\u00eda eclesi\u00e1stica se iba a movilizar, todos los altos poderes de la Naci\u00f3n. Se iba a hacer una especie de nunca vista ceremonia de duelo real, con tambores a la sordina, caballo enlutado y marchas f\u00fanebres. Durante el oficio se oir\u00eda m\u00fasica de r\u00e9quiem cantada por coros y luego subir\u00eda \u00e9l al p\u00falpito para decir la oraci\u00f3n ritual.<\/p>\n\n\n\n<p>Se hab\u00eda detenido delante del estante de libros. All\u00ed estaba el viejo tomo de pasta gris de las Oraciones de Bossuet. Lo extrajo. Se le abri\u00f3 en las manos. Hab\u00eda p\u00e1ginas manchadas de caf\u00e9 de vigilias o de Ecor. El olor del papel viejo lo volvi\u00f3 a la realidad. Se hab\u00eda abierto en la p\u00e1gina en que comenzaba la oraci\u00f3n f\u00fanebre de Henriette, la Duquesa de Orleans. La hab\u00eda le\u00eddo muchas veces y recitaba de memoria pasajes en un laborioso esfuerzo de pronunciaci\u00f3n francesa.<\/p>\n\n\n\n<p>Empez\u00f3 a leer sin darse cuenta. Era como si escapara. Estaba ahora en aquel remoto recinto perdido en el tiempo y en la lejan\u00eda. Se hab\u00eda ido. Le\u00eda e iba traduciendo mec\u00e1nicamente. Lo arrullaba el sonsonete de las frases. <\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNo, despu\u00e9s de lo que acabamos de ver, la salud no es sino un nombre, la vida sino un sue\u00f1o, la gloria una apariencia, las gracias y los placeres sino un peligroso pasatiempo, todo es vano en nosotros\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Eran palabras de teatro dichas en uno de los m\u00e1s suntuosos y extravagantes teatros. Todo aquel elenco de pr\u00edncipes, grandes se\u00f1ores, arist\u00f3cratas y cortesanos que, en una \u00faltima y maravillosa pompa, tra\u00edan a Dios al cielo y a la elocuencia sacra para el gran espect\u00e1culo de los funerales. Frente a Bossuet lo que hab\u00eda era el despojo de una fr\u00edvola mujer muerta en la juventud.<\/p>\n\n\n\n<p>El elogio que el padre Solana ten\u00eda que hacer era otro. El de aquel hombre simple, primitivo, hecho de fuerza y de cautela, de dureza y cazurrer\u00eda. Tal vez hubiera sido mejor buscar en el elogio f\u00fanebre del gran Cond\u00e9. Los discursos de Bossuet se convert\u00edan en pomposa y pavanesca danza de la muerte. A cada p\u00e1gina alguien que hab\u00eda o\u00eddo el elogio anterior ocupaba el catafalco para que siguiera el torrente suntuoso de lamentaciones y trenos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abPero \u00bfdigo la verdad? El hombre que Dios hizo a su imagen, \u00bfno era sino una sombra?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>De la calle hasta el cuarto donde empezaba a escribir lleg\u00f3 un sobresalto de gritos y carreras. Cerca son\u00f3 un disparo. \u00ab\u00a1Abajo la tiran\u00eda! \u00a1Viva la libertad!\u00bb. El sirviente regres\u00f3 agitado de la puerta. \u00abHay grupos de alborotados. Un polic\u00eda dispar\u00f3 para dispersarlos en la esquina\u00bb. Despu\u00e9s a\u00f1adi\u00f3: \u00abEsto se est\u00e1 poniendo feo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Se interrumpi\u00f3 en su tarea. El vocer\u00edo se hab\u00eda ido apagando en la distancia. \u00abTirano\u00bb. \u00abLibertad\u00bb. Un disparo. Toda aquella quietud de a\u00f1os y a\u00f1os comenzaba a romperse. Qui\u00e9n iba a detener aquello. En todo el pa\u00eds la tensa expectativa parec\u00eda a punto de reventar. Por las radios, entre trasmisiones de m\u00fasica f\u00fanebre y de sinfon\u00edas, se le\u00edan boletines con decretos e instrucciones. A ratos surg\u00eda un manifiesto exigiendo perentoriamente la restituci\u00f3n de las libertades p\u00fablicas. Como un resonar de \u00f3rgano se iba extendiendo aquel eco ansioso y hondo. En las calles se formaban grupos, por las ventanas asomaban ojos inquisidores, se cuchicheaba. Los portones de las casas permanec\u00edan entrejuntos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfQue iba a decir \u00e9l en aquel discurso? En nada se parec\u00eda su situaci\u00f3n al de aquel resonante obispo antiguo, revestido de p\u00farpuras y prebendas, que hablaba para una monarqu\u00eda inmutable, donde nada pod\u00eda ocurrir, donde no se produc\u00eda otro cambio que aquel lento sucederse de ceremonias f\u00fanebres. \u00bfC\u00f3mo hubiera podido \u00e9l invocar: \u00abLas verdades de las que tengo que hablar y que he cre\u00eddo dignas de ser propuestas a tan gran pr\u00edncipe y a la m\u00e1s ilustre asamblea del universo\u00bb?<\/p>\n\n\n\n<p>No era aquel el tono, ni mucho menos el tema sobre el que \u00e9l tendr\u00eda que hablar. La suya era hora de riesgo y de amenaza, de temor y de incertidumbre. Un momento m\u00e1s para temer y buscar protecci\u00f3n que para afirmar las viejas verdades de la fe cat\u00f3lica. Lo que hab\u00eda ocurrido era como el anuncio de una inminente calamidad. Todo estaba en peligro. Lo que por d\u00e9cadas hab\u00eda sido el orden establecido e inalterable pod\u00eda derrumbarse en un r\u00e1pido cataclismo como una vieja casa en un terremoto. Techos y paredes desplomados y ca\u00eddos en un estruendo de polvo, piedras y maderas rotas. Lo que hab\u00eda sido levantado para refugio se iba a convertir en instrumento de muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Con todo lo que ten\u00eda de esperado y de inevitable, la desaparici\u00f3n de aquel hombre creaba una sensaci\u00f3n de s\u00fabito vac\u00edo. \u00bfQu\u00e9 vamos a hacer ahora? \u00bfQu\u00e9 nos puede pasar?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abOh, noche desastrosa; oh, noche terrible, en la que reson\u00f3 de pronto, como el estallido de un trueno, esta noticia asombrosa: \u201cMadame se muere, Madame ha muerto\u201d\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso s\u00ed podr\u00eda repetirlo ahora. Con m\u00e1s verdad que el obispo ret\u00f3rico ante el cad\u00e1ver de la princesa, cuya muerte en nada alteraba el orden r\u00edgido y la inmutabilidad del presente y el futuro en aquel centenario palacio, en aquella sociedad de piedra, en aquel pa\u00eds del pasado sin sobresaltos, donde todo funcionaba como el lento mecanismo de aquellos antiguos relojes dorados con estatuas y lambrequines, que repet\u00edan un tiempo inalterable.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora no. Aqu\u00ed no. El padre Solana conoc\u00eda todo el impulso contenido, toda la violencia amordazada que pod\u00eda estar acechando debajo de aquella aparente paz que hab\u00eda habido por tantos y tantos a\u00f1os. No eran s\u00f3lo los presos de las c\u00e1rceles, que ve\u00edan crecer d\u00eda a d\u00eda las barbas y las desesperanzas dentro de una amargura que goteaba odio. No eran tampoco solamente los inconformes, los descontentos, los opuestos a aquel orden personal inexorable que todo lo somet\u00eda y dominaba. Era adem\u00e1s toda una especie de sorda y fluida impaciencia, un deseo instintivo de otra cosa, un cansancio de todo aquello, hombres, modos, terminolog\u00eda, que hab\u00eda perdurado sin alteraci\u00f3n desde que hab\u00eda memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que acababa de ocurrir era como abrir compuertas, como desatar sogas, como romper diques, para que todo lo represado se desbordara, para que todo lo contenido brotara, para que todo lo callado se convirtiera en grito, para que aquellos hombres refrenados que apenas se expresaban por miradas se soltaran en un tropel de asaltos y de alaridos para decir y hacer en una hora lo que hab\u00edan estado esperando durante una vida de silenciosa opresi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Era mucho lo que tantos ten\u00edan que cobrar, que cobrar de alguien, que resarcirse y satisfacer del primero que toparan y que representara para ellos la larga tiran\u00eda. Otros, no menos impacientes y decididos, iban a querer hacer y alcanzar lo que en todos aquellos a\u00f1os verdes, dormidos, de la nana o de Mar\u00eda Casta\u00f1a, no hab\u00eda podido pasar de confidencia, de secreto o de disimulada ambici\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9l hab\u00eda conocido en su propia experiencia aquella dura realidad. Hab\u00eda sentido la pesadez inerte de las injusticias y las desigualdades. Hab\u00eda respirado el h\u00famedo hedor del miedo que todo lo penetraba y cubr\u00eda. Hab\u00eda sentido el insoportable peso del privilegio, la codicia y la insolente indiferencia de muchos de aquellos hombres de poder que parec\u00edan tan inaccesibles y tan abominablemente seguros. \u00c9l hab\u00eda estado en sus a\u00f1os mozos en contacto con algunos conspiradores. Conoc\u00eda toda aquella esperanzada e ingenua fantasmagor\u00eda de los proyectos de alzamientos, de huelgas y de cuartelazos. Y conoc\u00eda tambi\u00e9n la prisi\u00f3n. Los inacabables d\u00edas en que se dorm\u00edan las horas como animales enfermos. Pasaban las semanas, los meses. Semidesnudos, sobre una tabla en el piso de la celda estrecha. Con los gruesos grillos grotescos en las piernas flacas. Con la cortina clavada sobre la puerta para no ver a los dem\u00e1s. Con el vecino que llevaba dos a\u00f1os y el otro que llevaba cinco y aquel hombre viejo y tembloroso que sal\u00eda en la tarde a tomar el sol en el patio que ten\u00eda m\u00e1s de diez a\u00f1os en aquel encierro de enterrado.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquellas frases entrecortadas y maldicientes que le quedaban en la memoria. \u00abPreso es preso y su apellido es carajo\u00bb. \u00abLa c\u00e1rcel se hizo para los machos\u00bb. \u00abEl hombre puja, pero no llora\u00bb. Esa sensaci\u00f3n inolvidable y ahogadiza de que se estaba fuera de la vida, de que la vida era otra cosa que pasaba m\u00e1s all\u00e1 de los altos muros desnudos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ahora el jefe hab\u00eda muerto despu\u00e9s de una larga agon\u00eda, en la que todos los d\u00edas circulaban rumores de escalofr\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAcababan de pasar dos camiones cargados de tropas. Iban muy r\u00e1pido\u00bb, ven\u00eda a informarle el f\u00e1mulo. Se sobresaltaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez, ojal\u00e1, no iba a haber oportunidad de decir aquel discurso f\u00fanebre. Iba a estallar el desorden contenido, se iban a producir alzamientos. Habr\u00eda que apresurar el entierro. Nadie pod\u00eda saber. \u00c9l iba a llegar con su sotana nueva, con sus ribetes morados de prelado dom\u00e9stico, con su teja reluciente, con su capa de seda, pasar\u00eda por entre los soldados en formaci\u00f3n, por delante de los altos dignatarios, por delante del nuevo encargado del poder ejecutivo, por ante los familiares del difunto para subir al p\u00falpito.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie iba a estar para discursos. A lo sumo dir\u00eda una breve oraci\u00f3n escrita cautelosamente, que sirviera a los fines del caso y que no lo comprometiera. No estaba en la corte de Francia en el funeral de una princesa, sino ante un abismo de riesgos, ante el m\u00e1s incierto futuro, ante los despojos del hombre que hab\u00eda implantado un orden que ya deb\u00eda estar tan muerto como \u00e9l. Nadie podr\u00eda continuar aquello. Nadie. Se hab\u00eda producido el vac\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa gran desgracia nacional de la muerte del ilustre general Aparicio Pel\u00e1ez ha conmovido la Rep\u00fablica hasta sus cimientos\u00bb. Estaba escribiendo. No era conveniente hablar de conmoci\u00f3n, era evocar sacudidas y trepidaciones. Ser\u00eda mejor referirse al \u00abalma de la Rep\u00fablica llena de profundo dolor ante la p\u00e9rdida del hijo insigne\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEste hombre consubstanciado con el destino de la patria\u00bb. Era mejor \u00abeste hombre de Plutarco\u00bb. Era una manera de invocar de forma imprecisa las grandes figuras de la antig\u00fcedad. Habr\u00eda que referirse a sus realizaciones. No era f\u00e1cil. Cualquier alusi\u00f3n a la pol\u00edtica pod\u00eda exacerbar el sentimiento de los adversarios que ahora parec\u00edan muchos, tal vez todos. Era m\u00e1s aconsejable hablar de la paz. Contra eso nadie pod\u00eda oponerse. \u00abCes\u00f3 la matanza cruel de los hermanos, y como una luz de amanecer la paz ilumin\u00f3 nuestra tierra\u00bb. Invocar la paz era tambi\u00e9n una manera de recordar a todos la necesidad de no comprometerla, aunque no se le escapaba, lo sab\u00eda y hab\u00eda hablado de eso muchas veces en sus tertulias, que aqu\u00e9lla era una paz cuestionada. \u00abPaz de los cementerio\u00bb la llamaban los contrarios, paz de mazmorra, paz de ausencia de vida, paz de miedo.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso era lo que llamaban su cinismo. Tal vez ten\u00edan raz\u00f3n aquellos amigos retirados que lo miraban con desprecio. \u00bfPor qu\u00e9 iba \u00e9l ahora a tener que afirmar todo lo que los dem\u00e1s quer\u00edan negar y olvidar? La verdad es que no era \u00e9l, el pobre padre Solana, quien cargaba toda esa inmensa responsabilidad, ni menos a\u00fan quien ten\u00eda que pronunciar el juicio solemne y final sobre aquel hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Nunca hab\u00eda escrito con m\u00e1s dificultad. Normalmente las frases le ven\u00edan con espont\u00e1nea abundancia. Hiladas y tejidas en torno a una idea o a una imagen. \u00abLa historia de los pueblos es el eco de sus dolores y de sus esperanzas\u00bb. \u00bfQu\u00e9 significaba aquello? Ahora vacilaba sobre cada palabra. Detenido y temeroso. Como si millares de ojos y millares de o\u00eddos estuvieran puestos sobre \u00e9l para medir y pesar cada voz. Como una inmensa asamblea de duros jueces implacables.<\/p>\n\n\n\n<p>No era posible decir nada sin comprometerse y da\u00f1arse irreparablemente. Delante de todos los que iban a estar presentes y, m\u00e1s a\u00fan, delante de los ausentes. Junto a la pulida caja de madera que encerraba el cad\u00e1ver vestido de todos los dorados del gran uniforme. Todo lo que estaba encerrado en aquella caja. Todo lo que iba a escapar de ella. Frente a aquel otro hombre enjuto, huesudo, quieto, que iba a estar tambi\u00e9n en su uniforme de gran jefe militar a la cabeza del despliegue de dignatarios. El general Ezequiel D\u00edaz Amaya. \u00bfQuer\u00eda protegerlo? Podr\u00eda salvarlo a \u00e9l, tan d\u00e9bil, tan expuesto, tan a la merced de las venganzas. Podr\u00eda acaso salvarse \u00e9l mismo, subido al fin al tope de aquella pir\u00e1mide cuarteada y crujiente que deb\u00eda desmoronarse. Mantenerse en aquella rama mientras el gran \u00e1rbol hab\u00eda ca\u00eddo con tan sordo estruendo sacudiendo el suelo.<\/p>\n\n\n\n<p>A aquellos viejos reyes orientales de antes de la Biblia los enterraban en una inmensa fosa, con sus tesoros, sus mujeres, sus caballos, sus servidores y sus esclavos. As\u00ed lo iban a enterrar vivo a \u00e9l ahora. Iban a inmolar al pobre padre Solana, enmudecido de pavor, sacudido de escalofr\u00edos, en la tumba del temido hombre. Vivo \u00e9l solo entre tanta muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNo. \u00bfPor qu\u00e9?\u00bb. Estaba gritando como un desesperado. El f\u00e1mulo acudi\u00f3. \u00ab\u00bfQu\u00e9 le pasa, padre?\u00bb. \u00abNo, no quiero, no puedo. Quieren acabar conmigo, no dejarme nada. Destruirme, como una bestia de sacrificio. Vienen contra m\u00ed. Todos contra m\u00ed\u00bb. Empez\u00f3 a sollozar con un llanto de ni\u00f1o asustado.<\/p>\n\n\n\n<p>Se pod\u00eda sentir casi f\u00edsicamente el entrecortado aliento de la multitud, donde todo se entremezclaba. Iban a resonar ahora marchas f\u00fanebres y tremantes \u00f3rganos, se iba a o\u00edr el paso de las tropas con tambores asordinados, iban a volar aviones de homenaje sobre el largo desfile y sobre las muchedumbres de los esperanzados y los acongojados. Pero sobre los campos quietos iba a pasar como un extra\u00f1o viento de tormenta sacudiendo ramas y conmoviendo pastizales. Las gentes se iban a detener en las esquinas de los pueblos interrog\u00e1ndose con los ojos, con las manos, con el silencio. Crec\u00eda un torrente oscuro de voces, imprecaciones, quejidos y gritos. Su sollozo era un sonido m\u00e1s en aquella resonancia confusa y ansiosa de ruidos de pasos, cuchicheos, llamadas, concili\u00e1bulos y algaradas que llenaban el espacio audible e inaudible, con los aullidos de las cornetas de los autom\u00f3viles, las voces de mando de los oficiales a las tropas, el clamor de las muchedumbres y el mugido espeso y ancho de las manadas de vacas y de bueyes que llenaban por leguas las estancias del temor.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">S<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">o<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">b<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">r<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">e<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\"> <\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">e<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">l<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\"> <\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">a<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">u<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">t<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">o<\/a><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/uslar-pietri-arturo\/\" target=\"_blank\">r<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo Uslar Pietri La voz debi\u00f3 resonar huecamente en todas las cavidades de piedra de la iglesia. 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