{"id":9372,"date":"2023-11-17T21:11:48","date_gmt":"2023-11-17T21:11:48","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9372"},"modified":"2024-03-08T19:12:39","modified_gmt":"2024-03-08T19:12:39","slug":"dos-cuentos-de-hernando-track","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-hernando-track\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Hernando Track"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Mis parientes<\/h3>\n\n\n\n<p>Esos d\u00edas de noviembre llegaron por fin, nostalgiosos y ojudos, como la cara de un hermano que uno no ha visto; con el primer frio, con las primeras tardes que apuraban la noche en el cielo, lo que todav\u00eda quedaba sin polvo en la casa, el moho de los d\u00edas inmarchitos, se volvi\u00f3 igual al rostro de todos nosotros, un espacio gris entre las orejas, la escalera por donde sub\u00eda nuestra ceniza, la manera de asustarnos del viento o de recordarnos mientras el sue\u00f1o se nos iba por entre la llovizna. Entre tanto, mientras nosotros nos volv\u00edamos as\u00ed, el pueblo tambi\u00e9n descuid\u00f3 sus paredes: despu\u00e9s de la lluvia una lepra verde asom\u00f3 por las calles. Y comenzamos a sentirnos sobrevivientes. Todos esos recuerdos se me han convertido en unos sollozos que siempre andan detr\u00e1s de m\u00ed, lo mismo que unas t\u00edas que me tuvieron cari\u00f1o. Sobre todo recuerdo esa luz a deshoras que desandaba por los rincones, hasta los m\u00e1s apartados, una luz gris, sin ninguna consideraci\u00f3n con nosotros, porque nos pon\u00eda m\u00e1s endebles, como si todos odi\u00e1ramos al hermano menor pensando que tendr\u00eda la suerte de morirse m\u00e1s tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaron esos d\u00edas que ol\u00edan a humedad y a medicamentos perdidos, como si faltaran nuevos estragos, aunque ya los geranios del patio que de a\u00f1o en a\u00f1o mi madre hac\u00eda florecer, hab\u00edan parado en rastrojos (la luna dom\u00e9stica era una l\u00e1mpara, la casa en paz, como si fu\u00e9ramos los monjes de una cartuja: mi padre, el abad m\u00e1s a\u00f1oso; mi madre, la superiora de toca m\u00e1s jazminada; mis hermanos, los frailes de menos ceniza en los ojos; mis hermanas, las sores de piernas m\u00e1s blancas), un rastrojo por donde toda brisa pasaba de largo, como si no fuera el patio que hab\u00eda cuidado mi madre, con esos ojos desacomodados por la costura, sin un semillero de llagas desaromadas, secando en el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>El destrozo lleg\u00f3 con La Pescuezuda, que empez\u00f3 a levantarse tarde, cuando desde hac\u00eda rato la llovizna picoteaba en el techo, esa llovizna de que hablo yo, que ven\u00eda desde la ma\u00f1ana para ver si ten\u00edamos la tristeza completa. A ese gran griter\u00edo de sus sue\u00f1os, que en la primera tarde atontaba los p\u00e1jaros, nosotros contest\u00e1bamos en silencio, un silencio que se prend\u00eda de ella lo mismo que un musgo viscoso a una silla vieja. Fea como era, ning\u00fan hombre pens\u00f3 en el hisopo del cura para desamargarle sus noches, y por esos d\u00edas empez\u00f3 a coleccionar mariposas. Eso no era el colmo de la felicidad \u2013 porque hay el colmo del llanto, no de la felicidad \u2013 , pero al menos era otra cosa, una cosa distinta de la llovizna y de mi hermano mayor, el hermano mayor que dec\u00eda \u201cesta agua es llorada\u2026 es este ruido de tantas tardes ca\u00eddas\u2026 no s\u00e9\u2026 soy yo\u201d, siempre con ese olor de humedad, cejijunto y rugoso, semejante al esti\u00e9rcol de los palomares. Yo lo miraba como al palomar de m\u00e1s a\u00f1os, con las tablas a medio caer.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed fue como La Pescuezuda se acostumbr\u00f3 a coleccionar mariposas: las ve\u00eda despabilar en el viento y corr\u00eda con la red; pero ninguno sab\u00eda que con m\u00e1s bisagras iba cerrando su puerta, porque desde entonces no sali\u00f3 m\u00e1s: se mantiene encerrada en su alcoba. Para nosotros es lo que ya ha dejado de ser. Es tan imperceptible, que si un d\u00eda despareciera quiz\u00e1 ni lo notar\u00edamos. A m\u00ed me parece que ya la confundimos con su recuerdo. Creo que a mi madre tambi\u00e9n. Ahora mi padre ha endulzado los dedos para cerrar las ventanas, y todos hacemos menos ruido que de costumbre. Mi padre camina sobre un musgo son\u00e1mbulo. Yo lo miro y pienso que tiene a\u00f1os de muerto, y que ya se volvi\u00f3 su retrato.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces La pescuezuda sale a buscar mariposas y vuelve con los vestidos mojados, como si todos nosotros hubi\u00e9ramos llorado encima de ella. Lo dem\u00e1s es el pueblo, el agua debajo del puente que de pronto joroba la calle donde nosotros vivimos, un puente que se llama El Top\u00f3m. Lo dem\u00e1s es la llaga verde que ya empieza a humedecer las paredes, aquel cristo en un rinc\u00f3n del Humilladero\u2026 quiz\u00e1 la neblina en Cariongo, como si el mes empezara a evaporar las ovejas.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>De entre todos esos rostros el que ha ca\u00eddo m\u00e1s hondo es el de mi hermano mayor. Yo no s\u00e9 por qu\u00e9 cuando pienso en el \u00e9l me acuerdo de un aljibe que estaba al pie de un naranjo. Yo recuerdo esas tardes, la gran calma que bajaba por las tapias del Seminario, cuando el crep\u00fasculo, rengueante, babeaba sobre las torres de Santo Domingo, ensalivando el aire y el cielo, y acabo pensando en mi hermano.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre tanto\u2026 segu\u00eda ese invierno que casi nos hizo perder la raz\u00f3n, la llovizna en medio de todos nosotros, y esa falta de paz en los techos que me pon\u00eda a preguntar c\u00f3mo nos cab\u00eda tanto estrago, hasta que descubr\u00ed que las goteras las ten\u00edamos nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces supuse que mi hermano hab\u00eda nacido en aquel aljibe, es aljibe donde toda hoja de naranjo que derrumbaba el invierno ven\u00eda a podrir, entre aquella agua verdosa, con un musgo parecido a la cresta de un gallo viscoso, y que, de tarde en tarde, con un balde que nunca estaba en el mismo rinc\u00f3n, mi madre le hac\u00eda bajar sus recuerdos. Cuando se volv\u00eda m\u00e1s grande la silla donde \u00e9l ya no estaba, yo pensaba que dorm\u00eda en el aljibe.<\/p>\n\n\n\n<p>Por las noches de ese noviembre, cuando por casualidad, digo yo, dejaba de agujerearnos el cielo, cre\u00eda que el viento hab\u00eda desensotanado a todos los curas, y colgado en el techo los h\u00e1bitos enlutados. Las tardes eran distintas: grises o ahumadas, me hac\u00edan pensar en las orejas de un asno, y mientras la pelambre invad\u00eda las calles sent\u00eda que el reloj caminaba por toda la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo una mesa que ten\u00eda ese olor que a mi padre le sal\u00eda por los codos; tambi\u00e9n una silla de balanc\u00edn, con un parche grisoso en el espaldar, donde mi madre pasaba sus ratos perdidos, que era los m\u00e1s; y, despu\u00e9s, un armario de ropa vieja, todo lo que hab\u00eda envejecido mucho antes que todos nosotros. De estos muebles, yo no s\u00e9 cu\u00e1les nos sobrevivir\u00e1n. Lo digo, sobre todo, por mi hermano mayor, que tanto se les parece. De todos modos hay en esos palos cierta contrariedad. A veces pienso que sus polillas somos nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Una vez mi hermano mayor desapareci\u00f3 por m\u00e1s semanas que de costumbre. Hab\u00eda emprendido un negocio: la compra de unas tierras por donde iban a tender las carrileras de un tren. Como el sitio estaba lleno de esas amapolas que yo no pod\u00eda ver sin pensar en La Pescuezuda, semanas despu\u00e9s tuve un sue\u00f1o intranquilo, cuando una carta de mi hermano mayor nos describ\u00eda el lugar: vi caras desensulzadas, la de un Cristo que pateaba entre dos frailes que trataban de crucificarlo. Yo siempre le he tenido desconfianza a los sue\u00f1os, pero el del Cristo me desacomod\u00f3 todas las coyunturas, porque despu\u00e9s los dos frailes, desilusionados del Cristo que les hab\u00eda harapado los h\u00e1bitos y enterrado las u\u00f1as, resolvieron que fuera yo el crucificado. Uno de ellos me arrastr\u00f3 de una mano, y me mostr\u00f3 a La Pescuezuda, desnuda, con los brazos abiertos, como esas se\u00f1ales que ponen para indicar en los caminos. Hac\u00eda viento y el fraile me dijo \u201c\u00bfqu\u00e9 le parece la cruz?\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Yo contest\u00e9 \u201cDios m\u00edo, \u00a1qu\u00e9 blanca!\u201d Me pareci\u00f3 que era de noche y que todos dorm\u00edan, todos excepto mi madre, que segu\u00eda pegada al rinc\u00f3n donde el polvo endulzaba la silla m\u00e1s vieja. Iba a decir que yo era el hermano de La Pescuezuda, pero el fraile volvi\u00f3 a preguntar \u201c\u00bfqu\u00e9 le parece la cruz?\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c\u00bfTendr\u00e9 que soportar los clavos?<\/p>\n\n\n\n<p>El fraile volvi\u00f3 a re\u00edr.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cNo, los clavos no<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEntonces s\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Y despert\u00e9 cuando me sent\u00eda hundir entre una saliva muy blanda. Durante aquella temporada mi padre estuvo lleno de animaci\u00f3n; a esa l\u00e1mpara en desuso que era \u00e9l la enluzaban las cartas de mi hermano mayor. Aqu\u00ed est\u00e1, en lo poco que he salvado de entre esa mala distribuci\u00f3n de recuerdos (un reparto que a m\u00ed me encomend\u00f3 la parte peor), la carta donde nos describ\u00eda el terreno:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c\u2026 los mediod\u00edas son muy largos, por todas partes huele a durazno podrido, y el sue\u00f1o, \u00e9l tambi\u00e9n, pudre como otro durazno, y de pronto se estrella encima de los ojos de uno. Este ser\u00eda el lugar indicado para edificar un convento; hay \u00e1rboles que parecen hechos para dar sombra a los frailes, para tumbarles sobre las caras estas hojas que desbarata el viento m\u00e1s fino. Adem\u00e1s, hay amapolas por todas partes, grandes, carnosas, lo mismo que rotos de candela entre el viento; al mediod\u00eda, uno casi las oye gritar. En cambio en la noche\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>El derrumbe empez\u00f3 cuando no volvieron sus cartas. Mi padre dec\u00eda que se hab\u00edan equivocado de direcci\u00f3n; otras veces insultaba al cartero. Despu\u00e9s, \u00e9l mismo fue a los correos, visit\u00f3 dependencias; alguna vez le escuch\u00f3 hablando amargamente del coraz\u00f3n de mi hermano; hasta invent\u00f3 un viaje que siempre aplazaba, un viaje que aplazaba por las razones m\u00e1s tristes.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiempo despu\u00e9s mi hermano mayor regres\u00f3 con el calz\u00f3n m\u00e1s ca\u00eddo. No s\u00e9 cu\u00e1nto tiempo despu\u00e9s. Si uno puede hablar de los d\u00edas de una persona mir\u00e1ndole los zapatos, a mi hermano mayor ya no le quedan muchos a\u00f1os entre las suelas. Esa noche, la primera de su regreso, le descubr\u00ed un modo de sonre\u00edr que me pareci\u00f3 una manera de llorar al rev\u00e9s. Habl\u00f3 de dificultades. Vi\u00e9ndole enfrente de la pantalla (lo poco que a\u00fan queda en pie), me pareci\u00f3 una mula cansada, con las orejas a medio caer, una mula que hab\u00eda entrado por equivocaci\u00f3n a la casa y nos miraba con mucho cari\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, de tarde en tarde, mi padre visita el terreno. El esti\u00e9rcol de los p\u00e1jaros tiene el mismo color de este invierno, gris o blancuzco. Pero nadie comenta nada. Caminamos de un lado a otro y, poco a poco, el tac\u00f3n se nos va llenando de duraznos a medio podrir. A m\u00ed el olor me produce sue\u00f1o. Y mientras vagamos por el estercolero, le miro la cara a mi padre y s\u00e9 lo que sue\u00f1a: una tapia por donde estalla un poco de capuchinas, y un convento con la \u00fanica puerta a medio entreabrir\u2026 Despu\u00e9s de todo es mi padre.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>Si yo pienso en esa casa donde nos mov\u00edamos nosotros, cerca de aquel puente de El Top\u00f3n, aquel espinazo de piedra que un\u00eda dos calles nublosas, imagino un viejo caser\u00f3n de correos a donde iban a parar las cartas sobrecargadas de malas noticias. Porque era as\u00ed: quiz\u00e1 los estragos que nos llegaron estaban destinados a la casa vecina y apenas por un error, o porque la tristeza se equivoca de direcci\u00f3n, pararon en nuestra casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Recuerdo aquellas semanas de invierno. Por toda la casa pasaban reba\u00f1os, reba\u00f1os de ovejas mugrosas, con un vell\u00f3n que me hac\u00eda pensar en aquella cofia que usaba mi madre. Falta a\u00fan que yo hable de esa llovizna que termin\u00f3 por parecerme igual a La Pescuezuda. Todav\u00eda hoy, cuando una hierba babosa va adue\u00f1\u00e1ndose de mis letreros y volvi\u00e9ndolos simples escrituras arrojadas en el rastrojo, no puedo separar ese mes de noviembre, hambriento y mohoso, de aquella hermana que, poco a poco, iba tomando el aire, los utensilios, el rostro a medio sollozo, de una t\u00eda sin noticias. Me parece que ya no estaba en la casa, sino que colgaba de un armario como un ajuar viejo. Puede ser tambi\u00e9n que seamos un injerto triste y monstruoso. Pero todav\u00eda me sombrea su t\u00f3rax. Visto por entre los a\u00f1os me parece un claustro irreconocible, mirado a trav\u00e9s de una lluvia tupida.<\/p>\n\n\n\n<p>La Pescuezuda hab\u00eda seguido en su oficio, aquella costumbre de las mariposas que sobreviv\u00edan en noviembre; le atra\u00edan como si sus tardes se llenaran de ojos haci\u00e9ndole gui\u00f1os. De nada vali\u00f3 que anduvi\u00e9ramos como si calz\u00e1ramos suelas de viento, como si mi padre durmiera o un enfermo terrible estuviera en la casa, en una alcoba agrietada por los insomnios. No hubo manera de recuperarla para lo que hab\u00eda sido, el mendrugo de sol que nos hab\u00eda ca\u00eddo desde el tiempo marchito.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda en el pueblo un idiota. De tarde en tarde le entraba el sue\u00f1o de que era un espantap\u00e1jaros, y entonces se iba por esos rincones que llamaban Cariongo y se pon\u00eda en medio del pasto, entre esas flores parecidas al solideo del obispo que mi madre llamaba coquetas, en medio de la llovizna, con los brazos abiertos, mientras el agua le escurr\u00eda del sombrero. Quiz\u00e1 fue as\u00ed, seguramente en Cariongo, durante uno de sus sue\u00f1os de espantap\u00e1jaros, como lo encontr\u00f3 La Pescuezuda, aquella tarde del fin de noviembre, cuando hab\u00eda salido para buscar mariposas, y quiz\u00e1 debi\u00f3 quedarse mucho rato acostada, hasta que la hierba se le hinc\u00f3 en las espaldas, con una luna a medio crecer, encima de las costillas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese d\u00eda nos cont\u00f3 cuando regres\u00f3 con la red llena de mariposas. Yo la escuch\u00e9 y me pareci\u00f3 que me ca\u00eda por las orejas, y que ella se hab\u00eda vuelto una calle muy larga, por donde yo andaba sin parar de llorar,<\/p>\n\n\n\n<p>Ese d\u00eda nos acostamos muy tarde, pero mi padre vio la luz en mi cuarto, con la cara entreabri\u00f3 la puerta y me dijo \u201ca m\u00ed la paz ya no me andar\u00e1 en el sombrero,<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s me pareci\u00f3 que el cuarto estaba vac\u00edo y que de pronto fueron apareciendo las cosas, primero una silla, despu\u00e9s una mesa, despu\u00e9s un pedazo de ventana en el cielo. Cuando sal\u00ed vi a La Pescuezuda recostada a un palo que estaba en medio del patio y le dije:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cHermana, \u00bfy usted qu\u00e9 hace aqu\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>Se puso a re\u00edr. Le pregunt\u00e9 por qu\u00e9 se re\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cPor nada&#8230; yo me volv\u00ed al rev\u00e9s de la gente que llora por nada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cPescuezuda, nosotros como que estamos en sue\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto me oli\u00f3 a remedios y el patio se qued\u00f3 solo.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora La Pescuezuda no ha vuelto a Cariongo. Yo no voy a su cuarto. Mi padre s\u00ed, y dice que ya le escasean las mariposas, y siempre que sale los ajos le despabilan m\u00e1s r\u00e1pido, lo mismo que unas mariposas deshechas, de esas que tienen las alas desboquetadas y las mueven m\u00e1s de carrera, para que el viento no les equivoque el camino. Despu\u00e9s la casa se qued\u00f3 sin pasos.<\/p>\n\n\n\n<p>***<\/p>\n\n\n\n<p>A ratos pienso en mi padre. Me parec\u00eda un s\u00fabdito que hubiera perdido el favor del rey, arrastr\u00e1ndose por entre las escaleras despelda\u00f1adas. Sus enemigos, aquella tierra que hab\u00eda comprado mi hermano, librada al esti\u00e9rcol y a la supuraci\u00f3n de los duraznos podridos, le destituyeron de toda paz.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue por esos d\u00edas, durante la secreci\u00f3n verdinegra de ese fin de noviembre, deshabitado como la parada de un pueblo, cuando mi padre comenz\u00f3 a hablar de un empleo incre\u00edble: en ausencia del juez, en aquel despacho que no parec\u00eda conocer sino un d\u00eda de a\u00f1o en a\u00f1o, \u00e9l ser\u00eda su reemplazo. Yo conoc\u00ed alguna vez aquel caser\u00f3n: de grieta en grieta alg\u00fan geranio sangraba entre las paredes; la escalera que conduc\u00eda a la segunda planta ten\u00eda los pelda\u00f1os maltrechos, y unas polillas voraces, infatigables, cern\u00edan las horas desde las vigas: por entre una y otra gotera asomaban las rotas, grises y atentos, las flores lanudas de ese invierno sin fondo. A veces llov\u00eda de tal suerte que, para despachar sus asuntos, mi padre instal\u00f3 su escritorio debajo de un inmenso paraguas. As\u00ed me parec\u00eda un gorri\u00f3n viejo, empalado por un zamuro.<\/p>\n\n\n\n<p>Algunas tardes, cuando el sol aparec\u00eda entre el barranco de dos nubes venidas, mi padre se paseaba por los aleda\u00f1os de su despacho, un patio donde parias todos los desperdicios, santos de greda que mostraban por entre las piernas enclenques un f\u00e9mur de alambre, l\u00e1mparas centenarias, todav\u00eda a medio endulzar, detritus de s\u00e1banas seculares. Se pasaba por un corredor de muros deshechos, con el rastro de un viajero llegando en retardo a alguna estaci\u00f3n por donde, desde hac\u00eda a\u00f1os, no se estriaba la cresta ahumada de un tren.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo le visitaba a esa hora en que la tarde se vuelve m\u00e1s h\u00fameda y le encontraba perdida en un trasmundo de gravedad, rengueando como una ara\u00f1a de dos patas por entre los c\u00f3digos, un poco perplejo. Quiz\u00e1 la expedientes, que \u00e9l ordenaba cuidadosamente, comenzaron a hundirlo en las calmas boreales de sus primeros insomnios. Porque durante muchas noches sent\u00edamos sus pasos, los adivin\u00e1bamos por el quejido de las maderas, y cuando mi madre entreabr\u00eda su puerta le encontraba en plena meditaci\u00f3n, delante de su ventana. Yo me pregunto si ella no ser\u00eda una nodriza llegada a deshoras, frente a aquel reci\u00e9n nacido cuyo tiempo transcurr\u00eda al rev\u00e9s. Pienso que \u2014con esa facultad que ten\u00edan sus anteojos para reflejar un mundo distinto\u2014 lleg\u00f3 un tiempo en el que se convenci\u00f3 de que, en realidad, era el juez. Poco a poco adquiri\u00f3 la majestad de un sult\u00e1n administrando justicia. Pero ocurri\u00f3 tambi\u00e9n que el juzgado se arruin\u00f3 en un terrible descr\u00e9dito, porque, o bien las causas eran sobrese\u00eddas, o todas las sentencias resultaban absolutorias. Lo que primero nos alarm\u00f3 fue el llanto de ml padre cuando le\u00eda los expedientes. Y despu\u00e9s sus procedimientos: no aceptaba sino a los testigos que acud\u00edan en descargo; a los dem\u00e1s los desped\u00eda enojado, y a muchos las cargaba de insultos.<\/p>\n\n\n\n<p>Finalmente se produjo la destituci\u00f3n de mi padre. En cierto sentido fue una destituci\u00f3n de todos nosotros. Desde ese d\u00eda el liquen m\u00e1s testarudo le ensombreci\u00f3 el entrecejo. Jam\u00e1s vi un silencio igual en la casa; en ninguna parte fueron demolidas con tanto furor las tiernas murallas, en ninguna parte como en ese rinc\u00f3n suyo, adonde \u00e9l se retiraba para soportar, humillado y solemne, esa mezcla de gru\u00f1ido de cerdo y cuchicheos de palomar a que hab\u00edan quedado reducidos sus sue\u00f1os. Comenz\u00f3 a sentirse de sobra. No s\u00e9 por qu\u00e9 me parec\u00eda que se le pon\u00eda triste la boca cuando escuchaba el ruido de las cucharas.<\/p>\n\n\n\n<p>Contaba sue\u00f1os extravagantes: por entre el boquete de un muro en ruinas hab\u00eda visto un Cristo que hablaba con un barbero. El barbero dec\u00eda \u00ab\u00bfDe manera que a usted la pol\u00edtica no le interesa?<\/p>\n\n\n\n<p>El Se\u00f1or guardaba silencio. El barbero estaba perplejo, quiz\u00e1 desilusionado,<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c\u00bfDe modo a usted no le interesan las elecciones?<\/p>\n\n\n\n<p>Lo miraba como si fuera un animal extra\u00f1o, cabeza de halc\u00f3n, tronco de puercoesp\u00edn, patas de salamandra.<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cEsto es, entonces, lo que se llama un contrarrevolucionario\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Estos sue\u00f1as constitu\u00edan sus sobremesas. Otras veces \u00e9l mismo era el crio y estaba Frente al Procurador. En sue\u00f1os ve\u00eda las parras asfixiadas por el verano, sonriendo sobre las espalderas o soltando sobre las tapias, amodorradas en la lejan\u00eda sin viento el Procurador preguntaba.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;\u201cY qu\u00e9 es la verdad?<\/p>\n\n\n\n<p>Mi padre se deten\u00eda en el relato y caminaba los ojos sobre todos nosotros. Despu\u00e9s respond\u00eda con el desprecio de un monarca que mendigara en la escalera de su palacio:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cSe\u00f1or, una cosa: esa pregunta apenas pueden hac\u00e9rsela los imb\u00e9ciles\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Hac\u00eda una pausa solemne,<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;\u201cSe\u00f1or, otra cosa: esa respuesta apenas pueden d\u00e1rsela los imb\u00e9ciles\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Oy\u00e9ndole la narraci\u00f3n de sus sue\u00f1os las bombillas nos parec\u00edan m\u00e1s oscuras, como si un alba que apenas \u00e9l percib\u00eda fuera desti\u00f1endo las l\u00e1mparas.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda, a esa hora en que uno no sabe si es por la tarde o si va a llover, cuando empieza a evaporarse entre las iglesias el cuchicheo de las beatas, apareci\u00f3 por la casa mi t\u00edo Anto\u00f1ete, el hermano menor de mi madre. Recuerdo que era un hombre con una tristeza en los ojos que hac\u00eda que toda la gente le hablara como al le tuviera cari\u00f1o, y tambi\u00e9n que ten\u00eda las piernas muy largas; adem\u00e1s, ese aire polvoso de las aldeas extintas. A\u00f1os ames hab\u00eda desaparecido sin dejar ni siquiera el olor. Ahora regresaba con una voz que sonaba como si siempre estuviera hablando en el cuarto del lado. Porque fue as\u00ed, como un pajarraco de patas callosas, desplumado, como vi llegar a mi t\u00edo Anto\u00f1ete; en vez de sentarse en aquella silla hubiera podido aparecer sobre la tapia m\u00e1s vieja, lanzando chillidos, y para mi hubiera sido la misma. Aquella noche Le escuch\u00e9 hablar hasta la madrugada, Cuando me retir\u00e9 ya cabeceaban las l\u00e1mparas. Todav\u00eda, a medio dormir, escuchaba desde mi alcoba las pausas de la conversaci\u00f3n: me sonaban como los golpes de pala de un desenterrador, encari\u00f1ado con sus herramientas. Despu\u00e9s una calma reci\u00e9n llegada se extendi\u00f3 por la casa; pod\u00eda escuchar el reloj, como si el p\u00e9ndulo se balanceara de uno a otro rinc\u00f3n. Y poco a poco sent\u00ed que yo era un peque\u00f1o sollozo, en medio de una historia sin l\u00edmites.<\/p>\n\n\n\n<p>D\u00edas despu\u00e9s entend\u00ed que mi t\u00edo Anto\u00f1ete era una especie de refugiado: complicado en la muerte de un funcionario, hab\u00eda venido a recogerese en la casa. No s\u00e9 qu\u00e9 evidencias obrar\u00edan contra \u00e9l. Nosotros jam\u00e1s hemos cre\u00eddo en las evidencias. Y, ciertamente, mi t\u00edo nada tuvo que ver con el peque\u00f1o accidente de aquel funcionario.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora no le quedaba sino desandar por la casa, con su figura de pajarraco, con esa costumbre de pasarse triste, con los ojos lejos de su persona.<\/p>\n\n\n\n<p>Esos d\u00edas la casa estuvo llena de paz; La Pescuezuda se hab\u00eda olvidado de las mariposas; solamente mi padre, de tarde en tarde, con una nostalgia que le pon\u00eda m\u00e1s grises las cejas se quejaba amargamente de sus experiencias en el juzgado, o nos dec\u00eda, simplemente, \u201c\u00bfde qu\u00e9 le sirve al hombre salvar su alma si pierde el mundo?\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Quedaba tan poco de \u00e9 que casi no not\u00e1bamos su presencia; se nos hab\u00eda reducido a un ruido que a veces sonaba en las escaleras. Eso era todo lo que restaba de \u00e9l. Pero lo cierto es que una calma particular hab\u00eda desamargado la casa. Por unos d\u00edas el invierno nos dio una tregua; entonces un sol apenas visible aclar\u00f3 el verdor de las tapias. Mi t\u00edo Anto\u00f1ete recostaba un taburete al naranjo que hab\u00eda en el patio, sombreando el aljibe, nos contaba su vida: hab\u00eda sido contrabandista; hab\u00eda instalado en un pueblo, un villorrio que se ve\u00eda desde lejos, por entre el olor de las pomarrosas, una farmacia donde preparaba el\u00edxires incre\u00edbles. Y en otro villorrio se hab\u00eda desempe\u00f1ado de panadero: all\u00ed no pod\u00eda soportar las tres de la tarde y mientras, acodado en una mesa donde las cuentas pudr\u00edan lo mismo que hojas de veinte siglos, pensaba en Eliphaz Temanita, los perros sal\u00edan abanicando las colas, con las varas de pan entre los hocicos\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Al menos por una semana la llovizna hab\u00eda parado sus agujas de solterona. Hasta que un mediod\u00eda vinieron a buscar a mi t\u00edo. Lo sacaron as\u00ed, por Cariongo. Quiz\u00e1 por eso la cara se le volvi\u00f3 lo mismo que una casa que se hubiera quedad sin sus ventanas. Yo caminaba detr\u00e1s, y cuando llegaron a ese rinc\u00f3n que llaman La Cuchilla del Alto, lo amarraron a un tronco. Me vio y me dijo \u201cesto no tiene remedio, no mires\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces sonaron los tiros: primero salt\u00f3 como si lo hubieran halado desde arriba con una cuerda; despu\u00e9s se vino al suelo; parec\u00eda que le hab\u00edan sacado los huesos, y la cabeza le cay\u00f3 arriba de la camisa. Recuerdo que estaba muy blanco, como si la camisa se le hubiera subido a la cara. Despu\u00e9s se acercaron y le abrieron otro roto detr\u00e1s de la oreja. Lo dem\u00e1s se comprende: unas sillas arrimadas a la pared y, de rato en rato, un viento que hac\u00eda despabilar las espermas, como para quitarles el sue\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy \u2013 creo que avanzado el atardecer, porque hab\u00eda cierto polvo en el cielo \u2013 mi padre ha decidido internarme en el hospital. Antes de entrar he revisado cuidadosamente el brillo de mis zapatos: mi madre ha querido proporcionarme un aspecto decente que, en realidad, nunca tuve, que nunca tendr\u00e9. Esta ma\u00f1ana, cuando todav\u00eda ard\u00eda una l\u00e1mpara en el comedor, mi madre ha tomado un retazo de fieltro, los restos de un sombrero que hace a\u00f1os us\u00f3 mi hermano mayor, y ha limpiado la punta de mis zapatos. Y ahora brillan en la puerta del hospital; brillan, es cierto, con alguna tristeza, o quiz\u00e1 con alguna humildad, porque ha sido mi madre quien ha dulcificado las puntas. <\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Las tardes juntas<\/h3>\n\n\n\n<p>Esa misma noche llenaron el patio de sillas. El velorio segu\u00eda cuando yo me dorm\u00ed con la madrugada. Recuerdo al otro d\u00eda el entierro, cuando el caj\u00f3n bailaba en los hombros de los amigos de m\u00e1s confianza y Eulalia y yo nos quedamos en la puerta, mirando los vecinos que caminaban despacio, mientras el viento les sacud\u00eda las corbatas.<\/p>\n\n\n\n<p>A mi padre se lo llevaron as\u00ed. Eso fue todo. Y lo que digo yo: la gente se acostumbra a sus muertos y lo dem\u00e1s lo hace el tiempo: va poniendo amarillo el retrato y desocupando la frente de la penuria de los recuerdos\u2026 y uno empieza a mirar a sus muertos como desde una lluvia tupida y acaba comprendiendo que todos somos astillas de su mismo destrozo.<\/p>\n\n\n\n<p>Con mi madre pas\u00f3 as\u00ed, los d\u00edas la fueron arrancando de sus dulzuras y dos o tres a\u00f1os bastaron para convertirla en una carga de silencio y de huesos, porque desde entonces se volvi\u00f3 una nostalgia y un llanto en aquel taburete que siempre estaba en sus seis de la tarde.<\/p>\n\n\n\n<p>Mi madre era una mujer que en todas partes aparec\u00eda como si estuviese de sobra, porque las cosas que le hab\u00edan trabajado la frente tambi\u00e9n le hab\u00eda secado la voz y porque hay gentes que se convierten en su propio estorbo. Pero se resist\u00eda con los ojos metidos en el retrato amarillo y, aunque todo hab\u00eda concluido con el patio lleno de sillas y aquel viento entre las corbatas, defend\u00eda su fracaso, pues era lo \u00fanico que le hab\u00eda transformado sus d\u00eda de mejor planchadora en un bahareque con patio y con flores. Siempre la veo sobre los tiestos pintados de rojo, porque cuidaba de sus geranios como si los hubiese cargado en el vientre, y para qu\u00e9, me golpea un patio triste en las manos, y uno piensa si las cosas estaban por suceder y se pregunta si cada quien no trae toda su vida desde que lo envuelven en la primera camisa.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero hab\u00eda m\u00e1s: Eulalia creci\u00f3 como una mata sin riego, alta y cansada, con la cara acostumbrada a la ventana vac\u00eda. Por la casa andaba con sus manos largas y su media luna de pelo en la frente, apareciendo en un rinc\u00f3n cuando menos se la esperaba, siempre al borde de su sonrisa de dientes grandes; hasta que llegaba el domingo y se pon\u00eda su traje de tafet\u00e1n con encaje en el cuello y asomaba a la puerta, una puerta donde estaba m\u00e1s sola que nunca, y sonaban las ocho y entraba otra vez en su eterna semana, otra vez con sus dientes grandes y su cara de vestir santos.<\/p>\n\n\n\n<p>Hubo un Braulio que estuvo convers\u00e1ndola por cuatro meses y por esos d\u00edas se cambi\u00f3 de peinado y se recogi\u00f3 el pelo en dos trenzas. Daba pesar con su ba\u00f1o de todas las tardes. Hasta se hizo un camis\u00f3n con dos ruedos de encaje en la falda. Y hubo m\u00e1s: Un d\u00eda la sorprend\u00ed mir\u00e1ndose en el espejo y todo lo que vi fueron sus trenzas reci\u00e9n lavadas y esa sonrisa adonde se hab\u00edan subido la ventana sin novio y la puerta vac\u00eda y pens\u00e9 que la gente tiene su cara y que esa cara es su mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaron d\u00edas y poco a poco comenz\u00f3 a venir lo peor. Primero, una noche, fue encontrarla en la puerta, como arranc\u00e1ndose de su sombra y verla entrar en la casa como si nada hubiera ocurrido, cargando con su cara y su mundo. Nada m\u00e1s: mirar aquel bulto en la puerta, diez, veinte noches, y sentir su silencio por toda la casa.<\/p>\n\n\n\n<p>Una tarde guard\u00f3 su vestido, volvi\u00f3 a tener la media luna de pelo en la frente y del Braulio qued\u00f3 apenas aquella corbata que ella compr\u00f3 y que no tendr\u00eda due\u00f1o, verde y ceniza. Y despu\u00e9s el fin: buscarla por toda la casa y el llanto de mi madre que no comprend\u00eda, porque de tan poca presencia no pens\u00e9 que saliera tan cortante vac\u00edo.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero fue as\u00ed: algo que nos ven\u00eda de adentro se nos fue consumiendo y entonces comenzamos a sentir que otra cosa distinta, algo que cuid\u00e1bamos como lo mejor y que no eran ni su andar ni su espalda, se nos iba ausentando\u2026 Yo no s\u00e9, a mucha gente le he preguntado por ella y he dicho del pelo lacio y de la media luna en la frente y todos han vuelto la cabeza de un lado a otro. Pues para qu\u00e9, tendr\u00e1 su nostalgia y su precio, es as\u00ed, pero reci\u00e9n he sabido que hay gentes que pueden llevarse su cara y dejarnos su mundo, digo yo, y uno habla as\u00ed, con su silbo y su llanto y acaba sabiendo que cada quien va echando de menos lo suyo.<\/p>\n\n\n\n<p>Luego su ausencia se nos hizo un fracaso, un cuerpo presente. Estaban su cara y sus tardes y sus noches de viuda y su tiempo habituado al mismo trabajo; algo quedaba que no se resignaba a partir y que segu\u00eda teniendo un puesto en la mesa; se nos volvi\u00f3 una suma de huecos, un dedo sin carne que nos iba hurgando en el pecho y comi\u00e9ndonos hacia adentro, un furor sin respeto ni entra\u00f1a que nos iba deshabitando. Entonces s\u00ed, supimos lo que ten\u00eda de nosotros, lo que con ella se nos hab\u00eda endurecido y lo que se nos hab\u00eda quedado s\u00f3lo en la puerta de sus domingos.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces naci\u00f3 en mi madre aquella dulzura por preguntar y aquel andar por las sillas de los vecinos hablando de lo que Eulalia le hab\u00eda llevado. Siempre preguntaba si m\u00e1s all\u00e1, donde terminaban aquellos d\u00edas que ya se le iban nublando en los ojos, no viv\u00eda la muchacha con cara de ventana cerrada, con dos dientes grandes y una c\u00e1scara de pelo en la frente. Y todos contestaban que no, que no la hab\u00edan visto. Y en la cara de mi madre se hac\u00edan las seis de la tarde y volv\u00eda del vecindario m\u00e1s fracaso, m\u00e1s carga en la espalda.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero no fue as\u00ed, alguien le dijo que m\u00e1s all\u00e1 del polvo rojo de la carretera, donde ten\u00eda que estar, viv\u00eda Eulalia, y hasta le hablaron de aquella frente y esa boca que era un tel\u00f3n de amapola desarreglada para tapar su mundo, y le dieron las se\u00f1as de una capilla encorvada y de una calle angosta que se estiraba hasta el extramuro y de una casa con ventanas verdes y una bombilla roja en la puerta.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso fue, como yo lo recuerdo, y despu\u00e9s su viaje en busca de aquella calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ah\u00ed est\u00e1, uno no quiere que nadie se vuelva una noticia de hace diez a\u00f1os y siempre piensa hacer el mismo mandado, buscar una salida que no sea por la misma puerta. Pues para qu\u00e9, uno tiene sus siembras, como yo se lo dije, y si la estaca es de malos d\u00edas, las lluvias tienen que ser de llantos.<\/p>\n\n\n\n<p>Debi\u00f3 andar, debi\u00f3 agarrarse a sus cielos y hacer su misma pregunta y querer que todas las ventanas estuvieran pintadas de verde y que en cada puerta hubiera una luna roja. Y \u2014digo yo\u2014 cada puerta debi\u00f3 pegarle en la cara, debi\u00f3 cortarla el filo de cada esquina y cada calle angosta se le volver\u00eda un suelo con perros y vidrios.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando volvi\u00f3 ya sus tardes no tuvieron remedio. La encontr\u00e9 en la cocina y no pregunt\u00e9, porque desde lejos se ve\u00eda lo que habr\u00eda contestado; entonces se recost\u00f3 a la pared, alcanz\u00f3 a sonre\u00edr y de pronto, sin esfuerzo, como quien ve llover, comenzaron a llorarle las cosas que la hab\u00edan trabajado. Est\u00e1bamos en la cocina. No fue m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>No bast\u00f3 eso, no fue lo peor. Comenz\u00f3 a volverse un llanto sin intenci\u00f3n, un trabajo de cosas nost\u00e1lgicas y hasta volvi\u00f3 a hablar de mi padre y a vivir veinte a\u00f1os atr\u00e1s, entre s\u00e1banas reci\u00e9n planchadas y flores sin color ni prop\u00f3sito; porque ya era un olor, una luna puesta sobre la mesa, una dulzura desocupada desde hac\u00eda tiempo, y porque desde el retrato amarillo muchas tardes desobedientes ven\u00edan a cortarla con sus astillas y a desordenarle los sue\u00f1os, que eran su bahareque y sus flores, ahora en el fondo de los ba\u00fales.<\/p>\n\n\n\n<p>Las cosas cuando se trata de ausentes: Eulalia se nos volvi\u00f3 lo m\u00e1s hermoso que hab\u00edamos tenido y como para no pensar y creer que lo mejor de lo suyo segu\u00eda con nosotros, empezamos a recordarla cuando ten\u00eda diez a\u00f1os y espigaba sin mirarse al espejo. Ya no est\u00e1 m\u00e1s, se acabar\u00e1 por no hablar de ella y por pensar que todos tenemos lo mismo en los huesos, o por quedarnos mirando la carretera y diciendo que el destino es as\u00ed y que nunca se sabe si detr\u00e1s de una vuelta de polvo rojo puede encontrarse lo que uno trajo desde que empezaron a contarle los pasos\u2026 Yo no s\u00e9, a uno se le va durmiendo el tiempo en los ojos y acaba en una cuenta de tardes juntas.<\/p>\n\n\n\n<p>Con mi madre pas\u00f3 as\u00ed, como yo lo he pensado: por lo de Eulalia algo se le descolg\u00f3 de los huesos, en adelante el viento le sec\u00f3 sus geranios y ella comenz\u00f3 a juntarse sus tardes y a preparar su salida.<\/p>\n\n\n\n<p>Una noche \u2014hac\u00eda luna, una luna espesa, como yo lo recuerdo\u2014 escuch\u00f3 que alguien golpeaba en los palos de su ventana; pens\u00f3 en Eulalia y sali\u00f3 buscando la cara y el pelo que por tanto tiempo estaban falt\u00e1ndole. Pues no fue as\u00ed, no encontr\u00f3 nada, apenas el viento que arrugaba su papel en los \u00e1rboles y la luna en la calle. Cuando regres\u00f3 no parec\u00eda de este mundo: se volvi\u00f3 un camino encorvado por donde los vecinos volv\u00edan a cargar el caj\u00f3n donde estaba mi padre y el polvo rojo de la carretera por donde se hab\u00eda ido Eulalia. \u00abCuando vuelva entrar\u00e1 a la casa como si tuviera diez a\u00f1os menos\u00bb dijo con una voz de donde Eulalia estaba m\u00e1s lejos que nunca. Yo asent\u00ed para que no me viera los ojos, pero comprend\u00ed que hab\u00eda visto lo que menos se parece a una sonrisa en el mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso fue. Despu\u00e9s vino el cuarto con el olor de las medicinas y aquel cuerpo que no se quer\u00eda morir y sus noches en un sill\u00f3n donde iba sudando sus horas y lo que todo el mundo comprende. Hab\u00eda una bombilla que yo cubr\u00ed con un trapo porque quer\u00eda dignidad y porque ya era tiempo de que algunas cosas se fueran callando.<\/p>\n\n\n\n<p>Y lo dem\u00e1s: de pronto decidi\u00f3 morirse y ya no hubo frascos ni ampollas; se iba muriendo con dignidad, como si no quisiera hacer ruido, y todo el cuarto se iba llenando con aquella muerte que sub\u00eda como por una escalera de muchas gradas y cada tramo le resultaba m\u00e1s largo; no se pod\u00eda arrancar y cada vez que sub\u00eda la s\u00e1bana que estaba encima del pecho parec\u00eda que un brazo malo le hubiera dado otro golpe, y entonces se volteaba de un lado y del otro y le ven\u00eda otro palo y era como si la estuvieran sacando de este mundo a golpes y ella se resistiera con la misma humildad que le hab\u00eda apagado los pasos y puesto aquel aire de cuarto desocupado en el rostro, como yo lo s\u00e9. Pues no fue m\u00e1s: estir\u00f3 la mano como para buscar algo en la cama y entonces comenzaron a salir las personas y yo pens\u00e9 en las sillas y el patio y comprend\u00ed que no volver\u00eda a ponerme camisas tan blancas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya no est\u00e1 m\u00e1s, no se la puede ver, no vuelve a estar: se meti\u00f3 en la tierra que nunca tuvo y hasta se la puede olvidar, porque cada quien quiere quitarse de encima a sus muertos, se va vaciando la casa y se doblan las s\u00e1banas y es as\u00ed, para ponerse furioso y gritarle con sus velorios a quien le diga que la vida es cosa de n\u00fameros y que uno puede contar lo que no sea su fatiga y el miedo que le silba en los huesos. Ni Eulalia ha vuelto ni uno puede volver otra cosas a sus muertos, aunque quisiera morderles la calavera y desarroparlos de tanto tiempo como los va enharinando. Ahora, pues, nada, los muertos tal como son, la claridad simple de un d\u00eda cualquiera. Se piensa que puede ser diferente, pero entonces comienzan a llegar o a salir las personas y uno se queda en la puerta, mirando a los vecinos que caminan despacio.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/hernando-track\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mis parientes Esos d\u00edas de noviembre llegaron por fin, nostalgiosos y ojudos, como la cara de un hermano que uno no ha visto; con el primer frio, con las primeras tardes que apuraban la noche en el cielo, lo que todav\u00eda quedaba sin polvo en la casa, el moho de los d\u00edas inmarchitos, se volvi\u00f3 [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":9373,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9372"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=9372"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9372\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":11293,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/9372\/revisions\/11293"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/9373"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=9372"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=9372"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=9372"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}