{"id":9325,"date":"2023-11-14T20:10:35","date_gmt":"2023-11-14T20:10:35","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9325"},"modified":"2023-11-24T18:39:46","modified_gmt":"2023-11-24T18:39:46","slug":"cuentos-de-lina-gimenez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cuentos-de-lina-gimenez\/","title":{"rendered":"Cuentos de Lina Gim\u00e9nez"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">\u00c1NIMA SOLA<\/h3>\n\n\n\n<p><em>A Beatriz, siempre Beatriz, con el afecto de siempre.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfEra ella muy alta? \u00bfEra yo muy peque\u00f1a. A veces la memoria nos juega estas tretas. Creemos tener aprisionado un recuerdo y de pronto se nos esfuma en la niebla del tiempo. \u00bfIba vestida con t\u00fanica blanca y llevaba en la mano una vela encendida? A lo mejor la t\u00fanica era morada y no llevaba ninguna vela.<\/p>\n\n\n\n<p>La recuerdo con el cirio extendido, inextinguible, entre sus dedos largu\u00edsimos.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfSilenciosos y terribles sus pasos?<\/p>\n\n\n\n<p>No lo s\u00e9. \u00bfC\u00f3mo era realmente \u00c1nima Sola? Ten\u00eda unos ojos negros, grandes y col\u00e9ricos, como si una luz infernal le ardiera muy adentro.<\/p>\n\n\n\n<p>En la calle desierta aparec\u00eda su figura alt\u00edsima, teatral.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfO era yo quien hac\u00eda de aquello un teatro? No lo creo. Los otros ni\u00f1os tambi\u00e9n le tem\u00edan. Nunca tuve miedo a los fantasmas. Me re\u00eda de ellos. Pero \u00c1nima Sola era un fantasma vivo. Y eso s\u00ed me asustaba. Escapada de una tumba al mediod\u00eda. No a la hora de los cl\u00e1sicos fantasmas, las doce de la noche, sino a pleno sol, como si quisiera que su presencia se afirmase para siempre en el recuerdo. Lo que m\u00e1s me asustaba era el misterio de su vida, no de su muerte. Siempre pens\u00e9 que estaba disfrazada, pero ella cre\u00eda en su disfraz. Aquello no era enga\u00f1o. Era real y tangible, como sus pasos en la acera.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora, treinta a\u00f1os m\u00e1s tarde, pienso que nunca supimos d\u00f3nde ten\u00eda su morada.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfBruja? Nunca lo fue para m\u00ed. Siempre identifiqu\u00e9 a las brujas con las escobas, los gatos, las hierbas y las brasas candentes. La luz de \u00c1nima Sola era fr\u00eda, espectral. M\u00e1s que encender, parec\u00eda apagar las cosas. Hasta la luz canicular del mediod\u00eda valenciano, hasta las nubes viol\u00e1ceas que a esa hora ten\u00edan un ribete dorado, hasta el verde intenso de los \u00e1rboles de la casa de Beatriz.<\/p>\n\n\n\n<p>Tan alta, tan sola, tan oscura. \u00bfLlevaba aquella vela para alumbrar su propia oscuridad o para hacer m\u00e1s claro el d\u00eda?<\/p>\n\n\n\n<p>Sola, recorriendo las calles calcinadas, despoblando de ni\u00f1os aceras y ventanas. Era el espanta-ni\u00f1os, pues en aquella hora hasta los p\u00e1jaros hu\u00edan de los aleros o se encog\u00edan solitarios en sus jaulas de oro. Una jaula siempre es una jaula. Una tarde, a la hora de la siesta, abr\u00ed la gran pajarera. Al principio los p\u00e1jaros no se dieron cuenta. No conoc\u00edan las alas de la libertad. Me met\u00ed en la jaula y comenc\u00e9 a espantarlos, a animarlos a volar, a subir a las nubes. Cuando ya terminaba mi tarea, alguien dio aviso a mi madre y apareci\u00f3 uno de mis hermanos mayores con la correa. Hasta la perdiz encanecida hab\u00eda levantado vuelo. Me gan\u00e9 soberana paliza. \u201cNi\u00f1a mala\u201d, \u201cinventora\u201d, \u201cdestructora\u201d, \u201dinsoportable\u201d. Los latigazos ca\u00edan indiferentes sobre mi vestido delgado y mis piernas flacas. S\u00f3lo miraba el vuelo de los p\u00e1jaros. Al d\u00eda siguiente volvieron casi todos y se posaron sobre la tela met\u00e1lica. El turpial, el azulejo, el cristofu\u00e9, la paraulata. Tercamente recuerdo al periquito portugu\u00e9s, tan peque\u00f1o, tan verde, picoteando la tela, empecinado en entrar. Y la perdiz encanecida, sentada como una anciana a la puerta de la jaula, esperando su comida. Intu\u00ed que la libertad no tiene sentido cuando se est\u00e1 habituado a la esclavitud.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfA qu\u00e9 viene esto? Yo estaba pensando en \u00c1nima Sola, alumbrando en pleno d\u00eda, el p\u00e1nico de unos ni\u00f1os que en aquel tiempo no hab\u00edamos aprendido a volar. Despu\u00e9s las alas se hicieron fuertes y tentadoras, Casi todos emprendimos el viaje, cada cual a su manera.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo me fui lejos, muy lejos. Al regresar he comprendido que el exceso de libertad es tambi\u00e9n una forma de esclavitud.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c1nima Sola, \u00bfen d\u00f3nde estar\u00e1 la vela con que alumbrabas las calles del mediod\u00eda valenciano?<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfO es que nunca, jam\u00e1s, existi\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">EL HUMORISTA<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>a Luis Antonio y Fifa, gracias<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Don Her\u00e1clito era un se\u00f1or de Valencia. Aquella ciudad de hace cuarenta a\u00f1os, cuando yo era ni\u00f1a. Una ciudad de paredes encaladas, enredaderas de jazmines, bell\u00edsimas y damas de noche. Enraizada en su pasado, anclada en un valle de tradiciones y prejuicios, de sensatez y de locura.<\/p>\n\n\n\n<p>No recordaba a Don Her\u00e1clito. Un hermano me habl\u00f3 de \u00e9l. Era uno de esos personajes que formaba parte de nuestro mundo, sus casas, sus cosas. El mundo en el que viv\u00edamos inmersos, rodeados de seres m\u00e1gicos, de sucesos cotidianos que hoy forman parte de mis fantasmas entra\u00f1ables.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Her\u00e1clito era un se\u00f1or de \u00abfamilia honorable\u00bb. Sus costumbres eran un tanto estrafalarias, pero todos las aceptaban. \u00c9l era as\u00ed. Padec\u00eda de gripes, de toses, de humoradas. <\/p>\n\n\n\n<p>Acostumbraba usar una bufanda de lana alrededor del cuello. A las cuatro de la ma\u00f1ana, Don Her\u00e1clito se plantaba en el anteport\u00f3n de su casa, enrollado en su bufanda, a ver el desfile de beatas que iban a misa a La Pastora.<\/p>\n\n\n\n<p>Caminaban de dos en dos, de cuatro en cuatro, envueltas en sus mantillas, sus chismes y sus rezos.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaban ante la puerta de Don Her\u00e1clito. \u00c9l estaba all\u00ed, en su sitio.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto se o\u00eda un grito: \u00a1Don Her\u00e1clito! \u00c9l saludaba gentilmente: \u00abbuenos d\u00edas, se\u00f1oras. Aqu\u00ed, como siempre, engripado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Las beatas galopaban en tropel hacia la iglesia.  Se confesaban, ped\u00edan perd\u00f3n por todos sus pecados y especialmente por los de Don Her\u00e1clito.<\/p>\n\n\n\n<p>Si alguna madrugada las beatas apuraban el paso para no verlo, \u00e9l llamaba su atenci\u00f3n dici\u00e9ndoles: \u201cEsta ma\u00f1ana estoy m\u00e1s engripado que nunca. Tengo que abrigarme\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Ellas volaban. Aletear de palomas negras y asustadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Her\u00e1clito las miraba huir. Luego entraba en su casa. Se contemplaba desnudo en el espejo del cuarto de ba\u00f1o. Se quitaba la bufanda. Se ba\u00f1aba saboreando el agua, el jab\u00f3n. Se pon\u00eda los calzoncillos, los pantalones, la camisa, las medias y los zapatos. Se echaba agua colonia. A pecho descubierto, se dispon\u00eda a desayunar. El sol ya hab\u00eda salido.<\/p>\n\n\n\n<p>Los turpiales cantaban en el patio. Los jazmines y las bell\u00edsimas se enredaban en los aleros. La \u201cdama de noche\u201d perfumaba la ma\u00f1ana.<\/p>\n\n\n\n<p>La \u201cdama de noche\u201d es una flor noct\u00e1mbula. No huele de d\u00eda. Las de Don Her\u00e1clito eran diferentes.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">LA MORFIN\u00d3MANA<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><em>A Jos\u00e9 Rafael Pocaterra, gracias, QEPD.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Llegaba siempre a la misma hora: las cuatro de la tarde. Cuando la casa estaba a\u00fan sumida en la siesta valenciana. Esas siesta c\u00e1lida, bochornosa, apegada al cuerpo y al esp\u00edritu con su dulzor de sue\u00f1o aprovechado.<\/p>\n\n\n\n<p>A esa hora todo el mundo dorm\u00eda en casa, excepto dos personas: mi t\u00edo el sacerdote, que rezaba el rosario en el corredor, y yo, que casi siempre estaba en el jard\u00edn o en el tejado. Era mi hora de no dormir, de divagar. De so\u00f1ar, con el privilegio infinito de estar despierta.<\/p>\n\n\n\n<p>Aprovechaba aquellas horas en que mi madre, retirada a su habitaci\u00f3n, no pod\u00eda vigilar mis pasos. Me sub\u00eda al tejado y all\u00ed tendida, sobre las tejas a\u00fan calientes, reci\u00e9n abandonadas de sol, contemplaba el cielo n\u00edtido y azul, en donde las nubes, como grandes corderos de algod\u00f3n, atravesaban la tarde lentamente, pastoreadas por el viento.<\/p>\n\n\n\n<p>A esa hora robada, maravillosamente m\u00eda, llegaba Trina, todos los s\u00e1bados, hiriendo el silencio con el aguij\u00f3n de su histeria.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00a1Ay&#8230; Ayy&#8230; Ayyy!<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel grito agudo, enfermo, desesperado, atravesaba el zagu\u00e1n, el corredor, el patrio, trepaba por las columnas hasta el tejado y me iba a encontrar all\u00ed, rendida de pena y rencor, contra aquella mujer, que arrastraba su desgracia como una bata de cola, larga, larga, largu\u00edsima.<\/p>\n\n\n\n<p>Trina no ten\u00eda la culpa de su mal. Le hab\u00edan inyectado morfina para no s\u00e9 qu\u00e9 grave enfermedad y desde entonces la droga agarr\u00f3 su cuerpo y su esp\u00edritu como una mano irrevocable.<\/p>\n\n\n\n<p>Dec\u00eda mi madre que antes hab\u00eda sido una mujer alegre y bella, con los ojos casta\u00f1os, unas luces verdes y misteriosas que delataban sus ascendientes libaneses.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero en el tiempo en que la guarda mi recuerdo era una mujer flaca, reseca y absorbida, como si toda la savia de su cuerpo se escapase en ese grito electrizante, en esos ojos absortos, est\u00e1ticos, detenidos en el umbral de la locura. Ojos sin perspectivas, sin trastienda, ojos de un solo plano, como sellados a la profundidad, como lapidados por el vicio.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo no la quer\u00eda o\u00edr. Tem\u00eda a aquel grito certero como una pu\u00f1alada. Odiaba sus manos huesudas, su pelo desgre\u00f1ado, sus zapatos rotos. Sin embargo, no pod\u00eda escapar de la morbosa fascinaci\u00f3n del personaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Trina lanzaba su grito al llegar al zagu\u00e1n, como la sirena de un barco pidiendo puerto.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo aguzaba el o\u00eddo y escuchaba discutir a mi t\u00edo, el sacerdote de coraz\u00f3n blando, con Trina, la blanda mujer de coraz\u00f3n duro.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, Trina, no te dar\u00e9 dinero para eso.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014D\u00e1melo padrecito, t\u00fa eres bueno, das limosna a los pobres. Tu casa est\u00e1 abierta para todos. \u00bfPor qu\u00e9 a m\u00ed me lo niegas?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No quiero darte dinero para el vicio, para tu propio mal, morir\u00e1s pronto si sigues inyect\u00e1ndote morfina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfPero no ves, padrecito, que ya no tiene remedio? \u00bfNo ves que prefiero la muerte a este dolor?<\/p>\n\n\n\n<p>Y empezaba de nuevo aquel alarido animal, desgarr\u00e1ndolo todo: la casa, el patio, las flores, las nubes altas, blancas. Desgarrando el coraz\u00f3n del sacerdote, desgarrando mi peque\u00f1o coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mira, padrecito, mira la receta. Me la dio el doctor, me la dio el doctor. <\/p>\n\n\n\n<p>Y llevaba la receta a su pecho, estruj\u00e1ndola desesperadamente, como si de ella dependiese su vida, su pobre vida de un solo camino. Ruta sin posibilidad de retorno. C\u00e1rcel sin posibilidad de evasi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo escuchaba aquel di\u00e1logo martirizante, con el alma prendida en las palabras del sacerdote, quien cre\u00eda proceder de acuerdo con la virtud, y los argumentos desesperados de Trina, defendiendo heroicamente las razones del vicio. Intu\u00eda oscuramente que el vicio, cuando es irreversible, es tambi\u00e9n una poderosa raz\u00f3n. Y mi mente infantil se inclinaba lenta, dolorosamente, hacia el platillo de Trina.<\/p>\n\n\n\n<p>Su grito afilado se me clavaba en los o\u00eddos como un pu\u00f1al sonoro. Lanzaba una \u00faltima mirada a los blancos vellones del cielo. Bajaba del tejado, penetraba en mi cuarto sigilosamente, y tomaba el dinero que ten\u00eda dispuesto para golosinas. Llegaba hasta el corredor y hac\u00eda una se\u00f1a a la mujer para que no siguiera discutiendo con mi t\u00edo. Luego sal\u00eda por la puerta de servicio y entregaba mis ahorros a Trina con una mezcla de satisfacci\u00f3n y miedo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando mi t\u00edo me ve\u00eda regresar, preguntaba con voz resignada: \u00bfSe lo has dado?<\/p>\n\n\n\n<p>Un susurro afirmativo sal\u00eda de mis labios. Yo amaba a mi t\u00edo. No me gustaba contrariarle, pero en aquellos momentos obedec\u00eda a una voz superior a mi afecto.<\/p>\n\n\n\n<p>Siempre me he preguntado si aquella voz que me obligaba a sacrificar mis golosinas, no ser\u00eda la de un ego\u00edsmo elemental, est\u00e9tico. No me gustaba la manera como Trina ara\u00f1aba mi tarde azul, mis nubes blancas, mis sue\u00f1os desatados. Su manera terrible de herir el silencio con sus gritos. La prefer\u00eda lejos, distante, en donde no pudiese hacerle da\u00f1o a la tarde. <\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/lina-gimenez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00c1NIMA SOLA A Beatriz, siempre Beatriz, con el afecto de siempre. \u00bfEra ella muy alta? \u00bfEra yo muy peque\u00f1a. A veces la memoria nos juega estas tretas. 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