{"id":9242,"date":"2023-11-09T01:08:21","date_gmt":"2023-11-09T01:08:21","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9242"},"modified":"2023-11-24T15:38:09","modified_gmt":"2023-11-24T15:38:09","slug":"dos-cuentos-de-alberto-barrera-tyszka","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-alberto-barrera-tyszka\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Alberto Barrera Tyszka"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Anoche<\/h3>\n\n\n\n<p>Manuel todav\u00eda no sabe si es un sue\u00f1o o es un recuerdo. S\u00f3lo se ve ah\u00ed, en el estacionamiento del edificio, en cuclillas frente a su viejo Fiat. Su aspecto es lamentable: lleva unos <em>shores<\/em> deste\u00f1idos y una franela arrugad. Est\u00e1 p\u00e1lido, por no decir l\u00edvido; parece reci\u00e9n levantado, reci\u00e9n trasnochado. Est\u00e1 absorto, mirando una mancha de sangre en el guardafango delantero de su carro. \u201cTiene que ser un sue\u00f1o\u201d. Si la escena fuera real, \u00e9l reaccionar\u00eda de otra forma, al menos se pondr\u00eda de pie o tendr\u00eda una actitud un poco m\u00e1s el\u00e9ctrica. \u00bfPor qu\u00e9 se queda as\u00ed, mirando la sangre, como si ni siquiera estuviera sorprendido? \u00bfPor qu\u00e9 no busca un trapo dentro del autom\u00f3vil y limpia la mancha? \u00bfPor qu\u00e9 permanece imp\u00e1vido? \u00bfQu\u00e9 est\u00e1 esperando?<\/p>\n\n\n\n<p>La luz duele. A\u00fan con los ojos cerrados, puede adivinarla, all\u00e1 afuera, detr\u00e1s de los p\u00e1rpados, tocando, ara\u00f1ando, queriendo entrar. Piensa en la hora. Tal vez ya sean las ocho, las nueve, incluso las once de la ma\u00f1ana. M\u00e1s all\u00e1 de la cama el mundo es un derrumbe. Incluso la luz. La luz tambi\u00e9n: tambale\u00e1ndose, deshaci\u00e9ndose; la luz es un traspi\u00e9s, la luz: una ca\u00edda. Cuando por fin los abre, no logra sostener los p\u00e1rpados en alto. La claridad le hace da\u00f1o. No suena el despertador sino la luz. La luz es un alfiler que pincha el ojo. Lo dem\u00e1s sigue en sombras. Manuel todav\u00eda no sabe si est\u00e1 despertando o si sigue borracho. Tiene la cabeza llena de cart\u00f3n mojado. No recuerda nada. Lo dem\u00e1s es simple rat\u00f3n, pura resaca.<\/p>\n\n\n\n<p>Para una definici\u00f3n de la resaca: el aliento seco pero a la vez pastoso. El aliento es una arena meada. Todo carga con una sensaci\u00f3n de sucio multiplicado. Los objetos de pronto se transforman en muchedumbre. Hay un temblor antes de cada gesto. El cl\u00e1sico sudor fr\u00edo cumple con su deber: es el cl\u00e1sico sudor fr\u00edo. En las palmas de las manos, en las sienes, en el culo, en los hombros, en los labios, en. La respiraci\u00f3n no es la respiraci\u00f3n, Tan s\u00f3lo es otra v\u00edctima, incapaz de soportar su propia n\u00e1usea. Tambi\u00e9n hay una angustia. Una angustia sigilosa, casi furtiva, que todo lo toca, que no deja nada a salvo. Seg\u00fan sea el caso \u2013 y la cantidad de materiales utilizados \u2013 un impertinente dolor de cabeza se presenta para arrugar los cinco sentidos conocidos. El v\u00f3mito es un recurso f\u00e1cil pero no completamente eficaz. La sensaci\u00f3n de naufragio biol\u00f3gico tardar\u00e1 horas en desvanecerse. Ni siquiera una cerveza, al despertar, es suficiente. Ni siquiera un plato de cereales, nadando en vodka, lo logra. Tampoco el jugo de tomate. La resaca es una obligaci\u00f3n que no se alivia con m\u00e1s hielo. Es el cuerpo que regresa. Es la fatalidad del d\u00eda siguiente, la certeza de que ya no hay a quien vencer.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de orinar largamente, Manuel va al balc\u00f3n y se asoma. Desde ah\u00ed puede mirar su carro, constatar que existe, que realmente lleg\u00f3, que de manera fiel lo trajo de vuelta a casa. S\u00f3lo puede observar el techo, la maleta y la tapa del motor. Desde el piso once no se puede ver el guardafango. \u00bfOcurri\u00f3 en verdad o s\u00f3lo lo so\u00f1\u00f3? No logra ubicar bien la maldita mancha de sangre: \u00bfd\u00f3nde est\u00e1? \u00bfEn su memoria o en su miedo?<\/p>\n\n\n\n<p>Muchas veces ha tenido la misma pesadilla: est\u00e1 ebrio detr\u00e1s del volante. El viejo Fiat va de su cuenta, sabe el camino. Hace un rato apenas ha amanecido. Quiz\u00e1s sean las siete. El humo del \u00faltimo cigarro ha durado varias horas. De pronto, en una esquina aparece un ni\u00f1o. Aparece en la esquina, en la mitad de la calle, aparece frente a \u00e9l, corriendo detr\u00e1s de una pelota. Se mueve a una velocidad distinta, intermitente. Manuel no tiene tiempo de frenar. Tampoco logra esquivarlo. No hay \u00a1zuaz!, no hay \u00a1plaf!, no hay \u00a1p\u00e1cata! El sonido es m\u00e1s bien blando. Sin consonantes \u00e1speras. Como una gota de saliva que se hunde de golpe en el o\u00eddo. Una sola vez. Manuel cierra los ojos, pero igual ve al ni\u00f1o volando brevemente por el aire. No oye cuando cae sobre el pavimento, pero sabe que ha ca\u00eddo, que est\u00e1 ah\u00ed. El silencio espanta. Manuel no se atreve a mirar. S\u00f3lo abre los ojos cuando est\u00e1 seguro de que, en realidad, est\u00e1 muy lejos de esa calle y s\u00f3lo sigue acostado en su cama. Ni despierto ni dormido. A la mitad, entre el sue\u00f1o y la imaginaci\u00f3n. Todav\u00eda borracho, quiz\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Por un segundo cede ante la tentaci\u00f3n de sentarse a intentar recordar qu\u00e9 hizo anoche. Nada. La memoria no responde. La noche es un cl\u00f3set vac\u00edo por donde Manuel camina sin encontrar nada, sin escuchar nada, ni siquiera el sonido de la suela de sus zapatos. S\u00f3lo presiente. Presiente una mujer de cabello corto, enmara\u00f1ado. Ella se r\u00ede y bebe vino. Tambi\u00e9n fuma. Tal vez tambi\u00e9n inhala coca\u00edna. Lleva una blusa sin mangas, de color p\u00farpura. Presiente tambi\u00e9n un bar. \u00bfFue antes o despu\u00e9s? Intuye la autopista. Va y viene un edificio alto, de color gris. \u00bfPodr\u00eda ser la avenida Victoria? No tiene m\u00e1s. Luego, la mancha de sangre en el guardafango.<\/p>\n\n\n\n<p>Estoy aqu\u00ed, agachado frente al motor, mir\u00e1ndola, dice. Por eso agarr\u00e9 el celular y te marqu\u00e9. Lo \u00fanico que quiero es que me digas qu\u00e9 pas\u00f3 anoche.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfNo te acuerdas? \u2013 pregunta Ra\u00fal.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No recuerdo un co\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfNada de nada?<\/p>\n\n\n\n<p>La casa de Ra\u00fal es lo \u00fanico que permanece, al fondo, detr\u00e1s o debajo de muchas escamas opacas. Sabe que anoche a las diez deb\u00eda estar en casa de Ra\u00fal. En eso hab\u00edan quedado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Nos vemos a las diez ac\u00e1 \u2013 dijo \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 A las diez all\u00e1 \u2013 dijo Manuel.<\/p>\n\n\n\n<p>Con la franela arrugada, limpia el guardafango. La mancha est\u00e1 seca. Casi parece que un manotazo de aire rojo hubiera quedado tatuado sobre el metal del parachoques. Todav\u00eda no sabe si est\u00e1 borrando una evidencia. Mientras conduce a casa de Ra\u00fal mira inquietamente los lugares por donde va pasando. Quiz\u00e1s espera que alg\u00fan detalle de pronto le regrese intactos los recuerdos, que haya un objeto que despeje la nube de alcohol que flota dentro de su cabeza. \u00bfAcaso es posible quedarse as\u00ed en blanco, como si ese pedazo de noche jam\u00e1s hubiera existido, como si hubiera quedado borrada para siempre? La pregunta, como suele ocurrir, esconde otra pregunta m\u00e1s temible: \u00bfQu\u00e9 somos capaces de hacer cuando estamos borrachos, cuando no hay control, cuando nadie nos observa, cuando ni siquiera la memoria nos ve?<\/p>\n\n\n\n<p>En una esquina hay un hombre hurgando entre varias bolsas de basura. No es moreno, pero su piel est\u00e1 oscura, como si estuviera cubierta por una gelatina delgada pero firme, como si hubiera pintado el cuerpo con mugre. Nadie se ba\u00f1a para ir a buscar tesoros dentro de las bolsas de basura. No es una tarea que requiera estar presentable o llevar alg\u00fan tipo de uniforme especial. No hace falta estar peinado. Manuel lo mira y piensa de pronto que ese hombre es una mosca. \u201cLa mierda que dejan los otros es su alimento\u201d. Por ejemplo: las sobras de la cena de ayer. Una peque\u00f1a tela de pollo aferrada a un hueso, mezclada con los restos de un cenicero y el bote vac\u00edo del suavizante floral que usa la secadora. \u00bfA qu\u00e9 huele eso? \u00bfA qu\u00e9 sabe? Manuel siente repulsi\u00f3n. No quiere ver a ese hombre. No quiere olerlo. No quiere sentir que comparten un trozo de calle, que est\u00e1n juntos. En el fondo, preferir\u00eda no saber que existe; desear\u00eda vivir en una rara inocencia, lejos de \u00e9l, lejos de la basura de ambos; vivir sin dolor, sin asco.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto, esta imagen: ahogado en vodka, a las tres de la madrugada, a bordo de su viejo Fiat, Manuel cruza por esta misma esquina. Va o viene, no importa d\u00f3nde. Y entonces ve al mismo hombre, con el mismo tinte sucio sobre la piel. Est\u00e1 cruzando la calle, carga en su espalda una bolsa de pl\u00e1stico negra. Ah\u00ed debe llevar el bot\u00edn de la jornada. No camina, zumba. Es un insecto sucio y peludo. Manuel siente de pronto una asfixia amarilla, una desesperaci\u00f3n terrible que lo lleva a pisar a fondo el acelerador. No frena, avanza cada vez a mayor velocidad. El hombre no tiene tiempo de reaccionar, queda paralizado con la luz de los faros. El Fiat rueda sobre \u00e9l a ciento diez kil\u00f3metros por hora. \u00bfSer\u00eda capaz? \u00bfAcaso Manuel podr\u00eda hacer algo as\u00ed? Total, al d\u00eda siguiente no recordar\u00eda nada. Podr\u00eda escuchar en la radio la noticia, podr\u00eda o\u00edr como, nuevamente, otro indigente apareci\u00f3 asesinado en la ciudad, y seguir\u00eda sin recordar nada. Como hoy, como ahora.<\/p>\n\n\n\n<p>Llega temblando a casa de Ra\u00fal. Trata de encender un cigarrillo, tose, lo apaga, pide un vaso de agua. La ansiedad es un mareo. No le cuenta a Ra\u00fal sus temores. Tal vez no puede ni siquiera pronunciarlos, no desea convertirlos en palabras. Al miedo es mejor mantenerlo sin lenguaje. Pero, cada vez con m\u00e1s nervios, necesita enterarse de qu\u00e9 pas\u00f3 la noche anterior. Ra\u00fal habla as\u00ed: estuvimos ac\u00e1 como hasta las doce, est\u00e1bamos esperando que el chino llamara, que nos dijera si lo de la fiesta en Los Chaguaramos iba o no iba. \u00bfEn serio no recuerdas ni eso? Est\u00e1 bien, tranquilo, tampoco yo tengo la culpa. Cuando el chino habl\u00f3 y dijo que no hab\u00eda vida, nos fuimos t\u00fa y yo al <em>Happy<\/em>. All\u00e1 estuvimos como hasta las dos. Por lo menos yo. Ah\u00ed fue que nos encontramos a esas dos carajitas, \u00bfc\u00f3mo se llamaban? Una era Esther, o algo as\u00ed, y la otra\u2026 \u00bfMariana? No s\u00e9. En todo caso, t\u00fa te emperraste. Dec\u00edas que ten\u00edas levantada a una de las dos, yo recuerdo a cu\u00e1l, pero creo que era la m\u00e1s bajita, la <em>saporrita<\/em>. Ya estabas borracho, curdo completo, con la lengua enredada, t\u00fa sabes. Yo te lo dije varias veces pero no hubo manera. Por eso me fui. Me ladill\u00e9 y me fui. Eso es todo. Hasta ah\u00ed puedo darte l\u00ednea, Manuel. El resto del cuento es tuyo.<\/p>\n\n\n\n<p>Tienes que espera a los del otro turno, dice el hombre mientras comienza a ordenar las copas y los vasos. Yo trabajo hasta las ocho, agrega.<\/p>\n\n\n\n<p>Manuel ha pedido una cerveza y ha confiado en el barman. Ambas cosas son demasiado frecuentes. Existe la fantas\u00eda de que aquel que ha visto desfilar a demasiados borrachos es un hombre sabio. Se piensa que quien sirve tragos, sin ponerse a beber, es alguien con un poder especial. Apenas es mediod\u00eda, Manuel, acodado en la barra del <em>Happy<\/em>, todav\u00eda no sabe muy bien por qu\u00e9 est\u00e1 ah\u00ed. Tal vez s\u00f3lo comienza a ensayar penitencias.<\/p>\n\n\n\n<p>Eso pasa bastante, \u00bfah?, el hombre sigue hablando, mientras le sirve la cerveza. M\u00e1s de lo que muchos creen. Todos los d\u00edas viene alguien preguntando si dej\u00f3 aqu\u00ed las llaves de la casa o la cartera, o una chaqueta nueva, o la agenda\u2026 Amanecen y no recuerdan un carajo. \u00bfA ti que se te perdi\u00f3?<\/p>\n\n\n\n<p>Manuel quisiera decir que se le perdi\u00f3 la memoria, que ha extraviado unas horas de la noche anterior; o que de verdad se le ha perdido la tranquilidad, que sospecha que, en esa nada que no recuerda, pudo haber cometido algo terrible, fatal, un crimen. Tambi\u00e9n quisiera decir que tan s\u00f3lo perdi\u00f3 un guardafangos limpio. Que tiene una maldita mancha de sangre rond\u00e1ndolo, girando a su alrededor, ensuci\u00e1ndole el d\u00eda y las vocales. Sin embargo, despu\u00e9s de una pausa, s\u00f3lo inventa una farragosa an\u00e9cdota donde dos muchas se quedan, por error, con una libreta telef\u00f3nica de su propiedad y\u2026 en mitad del relato, a Manuel se le ocurre que quiz\u00e1s las dos muchachas pagaron con un cheque; que como es domingo el cheque posiblemente est\u00e9 en la caja; que tal vez en el endoso del cheque alguna de ellas haya anotado, como se acostumbra, su n\u00famero telef\u00f3nico. El barman lo mira asombrado. Manuel pide otra cerveza y le ofrece una buena propina. M\u00e1s que una propina, se trata de un soborno. Los dos lo saben. Pero a Manuel no le importa. Tambi\u00e9n puede pensar que se trata de una recompensa. Ya no le interesa el nombre de sus actos. S\u00f3lo desea saber si es o no culpable de lo que pas\u00f3, aunque todav\u00eda no sepa exactamente qu\u00e9 fue lo que pas\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras el barman busca en el informe de cierre de caja de la noche anterior, Manuel vuelve a ver al ni\u00f1o que vuela por los aires. Un ni\u00f1o corriendo detr\u00e1s de una pelota. Piensa tambi\u00e9n en el indigente. Un hombre corriendo detr\u00e1s de la basura.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed est\u00e1, dice el barman, acerc\u00e1ndose con un cheque en la mano. Este puede ser. Esther Gonz\u00e1lez, \u00bfte suena?<\/p>\n\n\n\n<p>Manuel est\u00e1 parado ahora frente a la puerta del apartamento 32-C. El edificio se llama Las Brisas y queda en la parte alta de la avenida Fuerzas Armadas. Est\u00e1 a punto de tocar el timbre. Lo detiene una duda: \u00bfrealmente esto es necesario? Por tel\u00e9fono habl\u00f3 con Esther. Tambi\u00e9n le minti\u00f3. \u00c9l la salud\u00f3 de manera efusiva, como si todav\u00eda estuvieran en la fiesta de la nocturnidad. Ella contest\u00f3 con cansancio, quiz\u00e1s hasta con mal humor. \u00c9l le dijo te tengo una sorpresa, \u00bfUna sorpresa?, contest\u00f3 ella. \u00c9l dijo que s\u00ed, ella no supo qu\u00e9 decir. Luego Manuel cre\u00f3 otras maromas hasta que logr\u00f3 por fin sacarle la direcci\u00f3n. Y ah\u00ed est\u00e1 ahora, justo a punto de hacer sonar el timbre. Sin sorpresa, sin maromas, s\u00f3lo trae su propia resaca y una pregunta.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 \u00bfAnoche? \u2013 Esther lo mira desconcertada\u2013. Anoche no pas\u00f3 nada \u2013 dice.<\/p>\n\n\n\n<p>Viste un pijama de algod\u00f3n, de dos piezas, estampado con ositos. Tiene una taza de caf\u00e9 en la mano. Tras ella, aparece tambi\u00e9n la otra, la que tal vez se llama Mariana. Es gordita. Acaba de ba\u00f1arse. Tiene el pelo mojado. Hay otras muchachas, es un grupo de j\u00f3venes de provincia que comparten el apartamento. Esther y Mariana le cuentan que todo estuvo bien. \u201cT\u00fa mismo nos trajiste hasta aqu\u00ed en la madrugada\u201d. Las dej\u00f3 afuera, esper\u00f3 a que entraran por la puerta principal, y luego se fue. \u00bfAcaso no lo recuerda?<\/p>\n\n\n\n<p>No siente sin embargo un gran alivio. Todav\u00eda no se convence. Todav\u00eda la mancha de sangre no tiene explicaci\u00f3n. Calcula qu\u00e9 ruta pudo tomar anoche y regresa a su apartamento por esa v\u00eda. Tampoco en ese ejercicio caprichoso encuentra una respuesta. No deja de sentir la misma ansiedad. Sabe que est\u00e1 en falta, que tiene una deuda. Al llegar al estacionamiento, deja el carro en el mismo lugar de siempre, en su puesto. Un vecino est\u00e1 lavando su autom\u00f3vil. Es un modelo del a\u00f1o pasado. Lo tiene lleno de jab\u00f3n, en mitad del patio, como si fuera un animal. Se saludan a la distancia con un gesto. Por un momento, siente una peculiar suspicacia en la mirada del vecino. Como si \u00e9l tambi\u00e9n supiera lo que ocurre. Tal vez vio, temprano, la mancha en el guardafango. Conoce sus huellas.<\/p>\n\n\n\n<p>Manuel gasta la tarde en la misma b\u00fasqueda. Cada vez con m\u00e1s \u00edntima desesperaci\u00f3n. Escucha la radio, esperando encontrar una noticia que mencione alg\u00fan fatal e inexplicable suceso acontecido durante esta madrugada; realiza m\u00e1s de una llamada inoportuna a alguna amiga o a alg\u00fan conocido, sondeando, tratando de ver si por casualidad anoche, muy tarde, se present\u00f3 en su casa o hizo algo indebido de lo que, por desgracia, no se acuerda. Revisa demasiadas veces su cartera, su saldo en la cuenta del banco, la ropa que llevaba puesta\u2026 Nada, quiz\u00e1s no pas\u00f3 nada. Tal vez la mancha ni siquiera es de sangre. Tal vez es pintura, producto de un leve choque, de un roce, de un tropiezo. Tal vez la nada es la \u00fanica salida.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras el indigente husmea en la despensa, abre la nevera y hurga en su interior, Manuel habla por tel\u00e9fono.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Es como si so\u00f1ar y estar borracho fuera igual \u2013dice\u2013; como si los sue\u00f1os y el alcohol fueran la misma cosa.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 No exageres \u2013bromea Ra\u00fal, al otro lado de la l\u00ednea\u2013. Los sue\u00f1os salen m\u00e1s baratos.<\/p>\n\n\n\n<p>Manuel sonr\u00ede, abriendo con la mano izquierda la gaveta que est\u00e1 junto a las hornillas de la cocina. Extrae un cuchillo largo. Observa al indigente hundido en el refrigerador.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013 Depende \u2013dice, mientras aprieta el arma\u2013. Depende, repite.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Escritores famosos*<\/h3>\n\n\n\n<p>Cuando Hugo Ch\u00e1vez gan\u00f3 las elecciones, Arismendi nos cit\u00f3 a todos en la biblioteca. El martes en la noche en la biblioteca, dijeron que dijo. Arismendi dirig\u00eda el taller de narrativa en la Escuela de Letras de la Universidad Central. Era flaco y alto, no huesudo, que es lo que sigue cada vez que alguien describe a un flaco alto. Arismendi tampoco fumaba. Ni ten\u00eda \u00e9xito entre el alumnado. Ese semestre, en el taller, nos hab\u00edamos inscrito diez estudiantes y, ya para ese martes en la noche, s\u00f3lo qued\u00e1bamos seis.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfUstedes quieren llegar a ser escritores famosos? \u2014pregunt\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie supo qu\u00e9 contestar. Nadie supo a qu\u00e9 ven\u00eda la pregunta. Jorge y yo nos miramos, como desdoblando una duda. Creo que en el fondo est\u00e1bamos intimidados. Eramos unos renacuajos de 18 a\u00f1os, sin demasiadas experiencias, un apenas que se estrenaba en la universidad. Y, sin embargo, Arismendi insisti\u00f3: \u00bfquieren o no quieren ser escritores famosos? Dijimos que s\u00ed. Como ni\u00f1os a los que se les pregunta si saben qu\u00e9 es un cole\u00f3ptero. No quer\u00edamos quedar mal.<\/p>\n\n\n\n<p>Arismendi ve\u00eda, en la nueva y peculiar circunstancia pol\u00edtica del pa\u00eds, un pasaporte maravilloso, una ruta directa a nuestra probable gloria literaria. Seg\u00fan sus c\u00e1lculos, m\u00e1s temprano que tarde, la revoluci\u00f3n bolivariana obligar\u00eda al mundo a poner sus inestables pupilas en Venezuela. \u00a1Por fin nos hab\u00eda llegado una gran oportunidad! Deb\u00edamos comenzar a escribir, de inmediato, relatos de resistencia, dram\u00e1ticos episodios de perseguidos latinoamericanos, narraciones cargadas de una dif\u00edcil heroicidad en lucha permanente contra la amenaza totalitaria. Tenemos que recuperar la tensi\u00f3n entre la intimidad y la tragedia hist\u00f3rica. \u00bfAlguno de ustedes ha le\u00eddo a Marina Tsviet\u00e1ieva? Les voy a traer un libro de ella para que vean. Arismendi ten\u00eda un entusiasmo de acero inoxidable. Pensaba firmemente que deb\u00edamos seguir el ejemplo cubano. \u00a1No te digo yo un Cabrera Infante o un Reynaldo Arenas, pero la cantidad de escribidores de quinta que a cuenta de Fidel est\u00e1n en Miami, en Berl\u00edn o en Barcelona! \u00bfNo lo entienden? \u00a1Este es nuestro momento! \u00a1Un chance as\u00ed s\u00f3lo se presenta una vez en la vida!<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio, Jorge y yo pensamos que Arismendi se hab\u00eda vuelto loco. A Jorge lo conoc\u00ed el primer d\u00eda de clases. A los dos nos gust\u00f3 Mariana, hasta que descubrimos que a Mariana le gustaba Ang\u00e9lica. A partir de ese tropiezo, de ese agujero en el orgullo, comenzamos a hacernos amigos. Fue \u00e9l quien me cont\u00f3 sobre Arismendi. Es un escritor sin mucha suerte, dec\u00eda Jorge. No era un tipo demasiado conocido. Hab\u00eda ganado un premio de narrativa en 1986, un dudoso concurso de provincia, convocado por la Asociaci\u00f3n Nacional de Ganaderos alrededor de un \u00fanico tema: \u00abMotivos Rurales\u00bb. Ten\u00eda una novela publicada que, por suerte, dec\u00eda Jorge, hab\u00eda pasado por debajo de la mesa. Sin embargo, era frecuente verlo como jurado de diversos premios literarios. Jorge ten\u00eda su propia teor\u00eda para explicar el asunto. Arismendi, con notable frecuencia, llena todos sus textos con citas de los cl\u00e1sicos. Como si, m\u00e1s que contar algo, quisiera mostrar que quien escribe es un hombre muy culto. Eso dec\u00eda Jorge. En cualquiera de sus narraciones, siempre aparecen referencias a autores y obras importantes de la literatura universal. Arismendi escribe frases as\u00ed: \u00abY entonces, Cheo Camejo se sinti\u00f3, de pronto, igual que Laurence Sterne al llegar a Calais\u00bb. De esa manera, poco a poco, comenz\u00f3 a hacerse fama de ciudadano que ha le\u00eddo mucho, due\u00f1o de una frondosa cultura, de persona ideal para el oficio de jurado de concursos.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche, despu\u00e9s de la propuesta de Arismendi, Jorge y yo nos fuimos a beber. Casi siempre \u00edbamos a alguno de los bares de ficheras que quedan cerca del antiguo terminal de autobuses, en los bordes del centro de la ciudad. Ese tipo de locales deplorables le encantaban a Jorge. Es una cuesti\u00f3n de honestidad, dec\u00eda; esto es lo que nos merecemos, repet\u00eda sonriendo, mientras ped\u00eda m\u00e1s cerveza y otra caja de cigarrillos, por favor. En aquellos d\u00edas no se hablaba de otra cosa sino de pol\u00edtica. El pa\u00eds completo estaba intoxicado. Para Jorge, Ch\u00e1vez era un farsante, un payaso. Yo, en cambio, hab\u00eda votado por \u00e9l en las elecciones. Cre\u00eda en su discurso en contra de la corrupci\u00f3n, en contra de los privilegios \u00bfC\u00f3mo un pa\u00eds tan rico puede tener m\u00e1s del 60 por ciento de su poblaci\u00f3n en condiciones de pobreza? Es igualito a los otros, ya ver\u00e1s, dec\u00eda Jorge. No seas pendejo, algo as\u00ed respond\u00eda yo. La madrugada nos sorprendi\u00f3, descuidando la discusi\u00f3n y mirando a dos de las mujeres que trabajan en el lugar. Estaban ebrias, sentadas alrededor del inodoro del ba\u00f1o, medio abrazadas. No se pod\u00eda precisar qu\u00e9 hac\u00edan ah\u00ed. Quiz\u00e1s alguna de las dos acababa de vomitar. Ambas parec\u00edan mareadas. Tampoco pod\u00eda saberse si re\u00edan o lloraban, si re\u00edan y lloraban, todo al mismo tiempo. Una era gordita y de poca estatura. Vest\u00eda unos shores negros y unas botas baratas. La otra era morena pero yo la recuerdo muy p\u00e1lida, quiz\u00e1s estaba enferma. Ten\u00eda el pelo ensortijado y una sonrisa melanc\u00f3lica. Un borracho, afuera, junto a la barra, las esperaba. Parec\u00eda furioso. Mostraba su impaciencia haciendo sonar una botella de cerveza sobre el mostrador. Les gritaba algo que ya no recuerdo. Pero las dos mujeres segu\u00edan igual, sin hacerle ning\u00fan caso. A veces se agarraban de las manos. Con las nalgas pegadas al piso, como dos morsas sin pasado, sin edad, vencidas por la luz del bombillo que guindaba desnudo del techo del ba\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue en un instante, cuando la gordita lade\u00f3 la cabeza y de pronto repar\u00f3 en nosotros. La puerta del ba\u00f1o estaba entreabierta y, desde su posici\u00f3n, parec\u00eda que la mesa junto a la que Jorge y yo est\u00e1bamos de repente se hubiera detenido frente a sus ojos. Con un gesto, casi risue\u00f1o, nos pregunt\u00f3 si pod\u00edamos ofrecerle un cigarrillo. Ese adem\u00e1n m\u00ednimo fue suficiente: el borracho rompi\u00f3 la botella contra el borde de la barra y se qued\u00f3 con un trozo de vidrio en la mano. Yo me incorpor\u00e9 r\u00e1pidamente, no s\u00e9 muy bien para qu\u00e9. En realidad no iba a pelearme con el borracho. Quiz\u00e1s me par\u00e9 con la intenci\u00f3n de salir huyendo, pero tampoco lo hice. Me qued\u00e9 de pie, mirando las botellas de ron que estaban en el estante detr\u00e1s de la barra, mientras el encargado del lugar y otro sujeto trataban de controlar al borracho, y las dos mujeres re\u00edan o lloraban, y se abrazaban de nuevo, apoyando los codos en la taza del excusado.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfT\u00fa crees que as\u00ed vas a llegar a ser un escritor famoso?, pregunt\u00f3 Jorge, en medio de una carcajada, cuando salimos del bar hacia la noche.<\/p>\n\n\n\n<p>Una semana despu\u00e9s, Arismendi ya estaba organizando nuestro futuro libro, una antolog\u00eda del nov\u00edsimo cuento rebelde venezolano. Ah\u00ed, en esas p\u00e1ginas, estar\u00edamos todos, es decir, los seis que form\u00e1bamos parte del taller, y el mism\u00edsimo Arismendi, quien aseguraba estar trabajando ya en un par de cuentos.<\/p>\n\n\n\n<p>Segu\u00eda vehemente, aunque nos ped\u00eda discreci\u00f3n: no vaya a ser que nos roben la idea, \u00bfah? Arismendi llegaba a cada encuentro con enormes cantidades de material para nutrir nuestra inspiraci\u00f3n. \u00bfVieron lo que sali\u00f3 en la prensa? \u00a1Con la nueva constituci\u00f3n se alarg\u00f3 el per\u00edodo presidencial y se aprob\u00f3 la reelecci\u00f3n inmediata! \u00bfAlguno escuch\u00f3 el discurso de anoche? \u00a1Cinco horas, carajo! \u00a1Estuvo cinco horas hablando! A m\u00ed me late que \u00e9se podr\u00eda ser un buen tema: ya Ch\u00e1vez ha realizado tantos viajes al exterior que se calcula que, este a\u00f1o, le ha dado la vuelta al mundo tres veces. \u00a1Esto no es una revoluci\u00f3n! \u00a1Es un lujo petrolero! No, no es algo que yo les quiera imponer, pero se me ocurre: cada vez que el Presidente dice que quien no est\u00e1 con \u00e9l, est\u00e1 contra a \u00e9l, recuerdo la gran tradici\u00f3n literaria latinoamericana de la narrativa del dictador. S\u00f3lo es una sugerencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta que, una tarde, Jorge dijo que no, que \u00e9l, m\u00e1s bien, s\u00f3lo quer\u00eda escribir un relato sobre su padre. A Arismendi se le arrug\u00f3 el p\u00e1ncreas. Jorge ni se dio por enterado. Su padre era un pensionado del Seguro Social. Ten\u00eda casi ochenta, mala salud y peor humor. El cuento era, seg\u00fan Jorge, sencillo: con el paso de los a\u00f1os, su padre se hab\u00eda ido convirtiendo en un hombre desconfiado, con un gran temor ante lo que lo rodeaba. Ese miedo lo hab\u00eda ido llevando a tener una relaci\u00f3n enfermiza con el dinero, con el escaso dinero que ten\u00eda. Obsesionado, caminaba todos los d\u00edas hasta una agencia bancaria, cercana a su casa, con la intenci\u00f3n de constatar que sus ahorros segu\u00edan ah\u00ed: en la cuenta que le hab\u00eda dado el Seguro Social. No hab\u00eda manera de convencerlo de lo in\u00fatil y descabellada que era tal acci\u00f3n. Se pon\u00eda peor: empezaba a sospechar que por una oscura intenci\u00f3n estaban intentando evitar que fuera al banco. Algunas veces lleg\u00f3 a hacer el mismo viaje y el mismo tr\u00e1mite dos veces: ma\u00f1ana y tarde. El desenlace de la historia ten\u00eda que ver con la ma\u00f1ana en que el padre de Jorge, saliendo del banco y en plan de regresar a su casa, se detiene frente a un espacio, una breve habitaci\u00f3n rodeada de vidrios, donde hay cuatro cajeros autom\u00e1ticos. Mira el lugar como si lo mirara por primera vez. De repente, parece tocado por una iluminaci\u00f3n. Como encandilado ante un hallazgo superior, observa c\u00f3mo la gente consulta su saldo en peque\u00f1os papelitos que luego tira al suelo. Aprovecha, entonces, la salida de un cliente para introducirse en el recinto. Desde entonces, cada d\u00eda, pasa varias horas ah\u00ed, recogiendo con alg\u00fan disimulo los papeles del suelo y ley\u00e9ndolos r\u00e1pidamente. A veces sonr\u00ede. Otras, con cierta rabia, devuelve el papel al suelo. En ocasiones se guarda alguno en el bolsillo de su pantal\u00f3n. Y eso es todo, dijo Jorge.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos quedamos por unos instantes en silencio. Yo le pregunt\u00e9 si la historia era real. Jorge tan s\u00f3lo asinti\u00f3. Arismendi, algo inc\u00f3modo, le pregunt\u00f3 si su padre era chavista. Mi padre no sabe en qu\u00e9 pa\u00eds vive, contest\u00f3 Jorge.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando termin\u00f3 el semestre casi nadie hab\u00eda terminado su cuento. Arismendi dej\u00f3 la universidad, o tal vez lo corrieron, qui\u00e9n sabe. No lo volv\u00ed a ver sino tres a\u00f1os despu\u00e9s, en el entierro de Jorge. En todo ese tiempo, la situaci\u00f3n en Venezuela hab\u00eda empeorado de manera catastr\u00f3fica. M\u00e1s que un pa\u00eds \u00e9ramos un naufragio. Los setenta y cinco mil millones de d\u00f3lares que, gracias a los altos precios del petr\u00f3leo, recibi\u00f3 la revoluci\u00f3n bolivariana, hab\u00edan pasado a formar parte del eterno arte de las evaporaciones de nuestra historia nacional. El pa\u00eds estaba en quiebra. Ten\u00edamos casi dos millones de personas desempleadas. Los \u00edndices de pobreza no hab\u00edan variado. Las denuncias de casos de corrupci\u00f3n se multiplicaban lujuriosamente. La \u00fanica obra palpable del gobierno era un nuevo avi\u00f3n presidencial. Aun as\u00ed, el discurso de Ch\u00e1vez continuaba siendo un grito de guerra. La sociedad estaba radicalmente dividida. S\u00f3lo se pod\u00eda ser chavista o anti\u2014chavista. La violencia era como una humedad que nos empapaba a todos, que nos envolv\u00eda, contenida pero en guardia, siempre a punto de. Se dec\u00eda que desde el gobierno se organizaban brigadas armadas para enfrentar a cualquier disidente. Colgada en un lugar cercano al palacio de gobierno, firmada por las c\u00e9lulas bolivarianas, una pancarta dec\u00eda: \u00abNo nos asusten con la muerte porque somos amantes del martirio\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>El 11 de abril, una multitudinaria marcha, convocada por la sociedad civil, fue atacada por las balas de unos francotiradores. Murieron 18 personas. Una de ellas fue Jorge. Yo no estaba ah\u00ed, no fui a la movilizaci\u00f3n. Me enter\u00e9 de todo a trav\u00e9s del noticiero. Me enter\u00e9 de Jorge porque un amigo me llam\u00f3. En esos momentos todo era confuso. Como si el pa\u00eds se nos hubiera perdido detr\u00e1s de los p\u00e1rpados. El improvisado alzamiento, torpe y autoritario, no dur\u00f3 tres d\u00edas. Cuando los militares le devolvieron el poder al Presidente, nadie entend\u00eda qu\u00e9 pasaba. Un video le mostr\u00f3 al mundo a algunos de los que dispararon desde un puente en contra de la muchedumbre. El Presidente aclar\u00f3 que se trataba de un caso de defensa personal. Cuando est\u00e1bamos en la morgue, esperando el cad\u00e1ver de Jorge, un funcionario, algo apenado, nos dijo que todo hab\u00eda sido una lamentable casualidad. El disparo ha podido darle a cualquier. A ti, a m\u00ed, a cualquiera. Mala leche.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos meses despu\u00e9s vi la rese\u00f1a en los peri\u00f3dicos. Arismendi presentaba un libro de relatos. Por fin aparec\u00eda una foto suya \u2014flaco, alto, no huesudo\u2014 en la portada de las p\u00e1ginas culturales. No fue dif\u00edcil deducir que hab\u00eda persistido en su objetivo: el libro se llamaba \u00abD\u00edas de sangre\u00bb. El titular de la prensa anunciaba que eran \u00abhistorias de un pa\u00eds en resistencia\u00bb. La presentaci\u00f3n se realizar\u00eda el 11 de julio, en la noche y en una importante librer\u00eda, como parte de los actos de conmemoraci\u00f3n de la masacre del 11 de abril. Hern\u00e1n Mart\u00ednez, un dirigente de la sociedad civil opuesto al gobierno, tendr\u00eda la responsabilidad de ejecutar las palabras de honor. Prohibido olvidar.<\/p>\n\n\n\n<p>Llegu\u00e9 tarde a la librer\u00eda. Hab\u00eda un grupo bastante grande de personas. Casi todos hablaban sobre el \u00e9xito de la marcha que se hab\u00eda realizado ese mismo d\u00eda. Tambi\u00e9n hab\u00eda vino. En una mesa, en una esquina del local, estaban dispuestos peque\u00f1os grupos de libros, alrededor de un cartel que repet\u00eda el titular de la prensa: \u00abhistorias de un pa\u00eds en resistencia\u00bb. Tom\u00e9 un ejemplar y lo hoje\u00e9 de manera r\u00e1pida. Como pellizcando con la vista cada t\u00edtulo, el inicio de cada relato. Hasta que llegu\u00e9 al s\u00e9ptimo cuento. Se llamaba \u00abSaldo en Rojo\u00bb. Era la historia que hab\u00eda escrito Jorge, la historia de su padre yendo al banco, anclado en una pecera llena de cajeros autom\u00e1ticos, recogiendo papelitos. Arismend\u00ed hab\u00eda maquillado el relato, agregando, adem\u00e1s, la propia experiencia de Jorge, inventando que el anciano era antichavista, un h\u00e9roe asesinado en la marcha del 11 de abril. Casi se me cay\u00f3 el libro al suelo. Como una piedra. Estaba paralizado. No sab\u00eda qu\u00e9 hacer. Alc\u00e9 la cara y trat\u00e9 de buscar con la mirada a Arismendi. Nunca lo vi. Luego o\u00ed que alguien comentaba que una juez acababa de dejar en libertad a los francotiradores que hac\u00eda tres meses hab\u00edan disparado, desde el puente, en contra de los manifestantes. As\u00ed le respond\u00eda el poder a la oposici\u00f3n. Sent\u00ed la lengua llena de \u00f3xido. Sal\u00ed. La noche s\u00f3lo fue un aliento verde.<\/p>\n\n\n\n<p>Tom\u00e9 un taxi sin saber muy bien a d\u00f3nde ir. Media hora m\u00e1s tarde me encontraba en ese bar de ficheras, cerca del antiguo terminal de autobuses, sentado en la misma mesa de aquella noche. El lugar estaba casi vac\u00edo. Ni siquiera hab\u00eda muchas mujeres. La puerta del ba\u00f1o estaba cerrada. No hab\u00eda ninguna gorda con shores y botas baratas. Tampoco una morena p\u00e1lida. Ni un borracho impaciente. Pero eso era lo \u00fanico que yo quer\u00eda ver, lo que estaba buscando. Que ah\u00ed estuvieran, honestamente borrachas, con las nalgas pegadas al fr\u00edo del suelo, casi abrazadas al altar del inodoro, vomitando, riendo o llorando, riendo y llorando, todo al mismo tiempo. As\u00ed me qued\u00e9, como esperando un instante, un movimiento sin sentido, el simple gesto de pedir un cigarrillo. Esperando o\u00edr los gritos de cualquier hombre perdido en una barra, la botella quebrada, una esquina de vidrio jugando a ser pu\u00f1al, unas mujeres mareadas bajo la desnudez de un bombillo. Y yo de pie, mirando un estante lleno de botellas de ron. Y yo, s\u00f3lo as\u00ed, sin entender nada, sin saber qu\u00e9 hacer, si quedarme o huir, sin saber en qu\u00e9 pa\u00eds vivo.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a rel=\"noreferrer noopener\" href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/barrera-tyszka\/\" target=\"_blank\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicado en https:\/\/ficcionbreve.org<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Anoche Manuel todav\u00eda no sabe si es un sue\u00f1o o es un recuerdo. S\u00f3lo se ve ah\u00ed, en el estacionamiento del edificio, en cuclillas frente a su viejo Fiat. Su aspecto es lamentable: lleva unos shores deste\u00f1idos y una franela arrugad. 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