{"id":9055,"date":"2023-10-07T14:56:24","date_gmt":"2023-10-07T14:56:24","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9055"},"modified":"2023-11-24T18:11:02","modified_gmt":"2023-11-24T18:11:02","slug":"mitos-de-los-andes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mitos-de-los-andes\/","title":{"rendered":"Mitos de Los Andes"},"content":{"rendered":"\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\">Tulio Febres Cordero<\/h4>\n\n\n\n<p><strong>LA LAGUNA DEL URAO (Leyenda fant\u00e1stica)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bf Conoces t\u00fa, viajero que visitas las altas montanas de Venezuela, conoces t\u00fa la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Oh, no, bardo amigo. S\u00f3lo s\u00e9 de esa Laguna que es \u00fanica en Am\u00e9rica y que no hay en el mundo otra semejante sino la de Tona, cerca de Fezz\u00e1n, en la provincia africana de Sukena.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Oye, pues, lo que dice el libro in\u00e9dito de la mitolog\u00eda andina, escrito con la pluma resplandeciente de una \u00e1guila blanca en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cay\u00f3 humillada a los pies del hijo de Pelayo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfY es tan reciente el origen de esa Laguna?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, esta leyenda corresponde a tiempos anteriores a la conquista europea de Am\u00e9rica, a la \u00e9poca muy remota en que se extingui\u00f3 la primera civilizaci\u00f3n andina, de que hay monumentos fehacientes, cuando invadieron los Muiscas, descendientes de los hijos del Sol, o sea la raza dominadora de los Incas: pero los bardos muiscas han repetido los cantos melanc\u00f3licos de aquellos primitivos abor\u00edgenes, por ellos conquistados, para llorar a su vez su propia ruina; y por eso refieren la leyenda de la Laguna del Urao al tiempo de la invasi\u00f3n ib\u00e9rica. Oye, pues, lo que dice el libro ignorado de sus c\u00e1nticos:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abCuando los hombres barbados de allende los mares vinieron a poblar las desnudas crestas de los Andes, las hilas de Ch\u00eda, las v\u00edrgenes del Motat\u00e1n. que sobrevivieron a los bravos Timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del Gran P\u00e1ramo, se sentaron a llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su raza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abY sus l\u00e1grimas corrieron d\u00eda y noche hacia el Occidente, deteni\u00e9ndose al pie de la gran altura, en las cerca-n\u00edas de Barro Negro, y all\u00ed formaron una laguna salobre, la laguna misteriosa del Urao.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Permite que interrumpa tu relato. \u00bfPor qu\u00e9 no est\u00e1 all\u00ed ahora la laguna que dices?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Escucha, viajero, lo m\u00e1s que refiere el libro in\u00e9dito de la mitolog\u00eda andina, escrito con la pluma resplandeciente de una \u00e1guila blanca en la noche triste de la decadencia muisca:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa nieve de los a\u00f1os, como la nieve que cae en los p\u00e1ramos, cay\u00f3 sobre las v\u00edrgenes de Timotes y las petrific\u00f3 a la larga, convirti\u00e9ndolas en esos grupos de piedras blanquecinas que coronan las alturas y que los indios veneran en silencio, llenos de recogimiento y de terror.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abUn d\u00eda los indios de Mucuch\u00edes, bajo las \u00f3rdenes del cacique de Misint\u00e1, levantaron sus armas contra el hombre barbado; y las piedras blanquecinas del Gran P\u00e1ramo, las v\u00edrgenes petrificadas se animaron por un instante, dieron un grito agudo que reson\u00f3 por toda la comarca, y la laguna que hab\u00edan formado con sus l\u00e1grimas se levant\u00f3 por los aires como una nube, para ir a asentarse m\u00e1s abajo, en el Pantano de Mucuch\u00edes, en los dominios del cacique de Misint\u00e1.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abY all\u00ed estuvo, quieta e inm\u00f3vil, hasta otro d\u00eda en que los indios de Mucuj\u00fan y Chama volvieron sus flechas contra el conquistador invencible; y la Laguna al punto se levant\u00f3 por el aire al grito que dieron en la gran altura las v\u00edrgenes petrificadas, y fue a asentarse m\u00e1s abajo, al pie de los picachos nevados, al amparo de las Cinco \u00c1guilas Blancas, en el sitio del Carrizal, sobre la mesa que circundan las nieves derretidas de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abY all\u00ed estuvo, quieta e inm\u00f3vil, hasta otro d\u00eda en que coaligados los indios de Machur\u00ed, Mucuiepe y Quiror\u00e1, blandieron tambi\u00e9n sus macanas contra el formidable invasor. Nuevamente gritaron en el Gran P\u00e1ramo las v\u00edrgenes petrificadas del Motat\u00e1n, y nuevamente se levant\u00f3 por los aires la laguna salobre de sus l\u00e1grimas para ir a asentarse sobre el suelo c\u00e1lido de Lagunillas, en aquella tierra ardiente, donde la ca\u00f1a brava espiga y el recio cuj\u00ed florece.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abUn piache mal\u00e9fico revel\u00f3 entonces a estos indios el secreto de poder retener la Laguna en sus dominios, priv\u00e1ndola de la virtud de transportarse como una nube; y el secreto estaba en un sacrificio humano que hac\u00edan anual-mente, arrojando al fondo de sus aguas un ni\u00f1o vivo para aplacar la c\u00f3lera de venganza en los altivos guerreros de Timotes, muertos por el hombre-trueno de la raza barbada.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Esta es, viajero, la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao. que desde entonces est\u00e1 all\u00ed en su \u00faltima jornada, brindando a la industria su sal valiosa, que es sal de l\u00e1grimas vertidas en las cumbres solitarias del Gran P\u00e1ramo por las v\u00edrgenes desoladas del Motat\u00e1n, en la noche triste de la decadencia muisca, cuando la raza del Zipa cay\u00f3 humillada a los pies del hijo de Pelayo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Y dime, bardo, \u00bfvolver\u00e1 la Laguna a transportarse alg\u00fan d\u00eda por los aires?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Despu\u00e9s de un silencio de siglos, gritaron en la altura las v\u00edrgenes petrificadas, el d\u00eda en que los guerreros de la libertad atravesaban victoriosos por los ventisqueros de los Andes; pero la Laguna continu\u00f3 quieta e inm\u00f3vil, detenida por el maleficio del piache que profan\u00f3 sus aguas. Cuando \u00e9stas sean purificadas, la laguna misteriosa del Urao se levantar\u00e1 otra vez, ligera como la nube que el viento impele, pasar\u00e1 de largo por encima de las cordilleras e ir\u00e1 a asentarse para siempre all\u00e1 muy lejos, en los antiguos dominios del valiente Guaicaipuro, sobre la tierra afortunada que vio nacer y recogi\u00f3 los triunfos del hombre-\u00e1guila, del guerrero de la celeste espada, vengador de las naciones que yacen muertas desde el Caribe hasta el Potos\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>LA LEYENDA DEL DICTAMO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El d\u00edctamo es una yerbita muy fragante que nace en lo alto de los p\u00e1ramos andinos. Entre los indios es planta sagrada, a la cual atribuyen la rara virtud de prolongar la vida. Todos hemos visto y olido los manojitos de d\u00edctamo que las rozagantes parame\u00f1as venden en el mercado, pero es creencia popular que ese no es el verdadero d\u00edctamo, el d\u00edctamo real, sino una planta semejante, puesto que la existencia de aqu\u00e9l est\u00e1 envuelta en el misterio: s\u00f3lo los cenados dan con \u00e9l en la soledad de los p\u00e1ramos, a la hora en que el sol ba\u00f1a con tinte de rosa los escarpados riscos.<\/p>\n\n\n\n<p>He aqu\u00ed la leyenda del d\u00edctamo:<\/p>\n\n\n\n<p>Hubo un tiempo en que reinaba entre los indios de los Andes una mujer por extremo hermosa, que ejerc\u00eda un poder inmenso sobre las tribus. Los mancebos m\u00e1s arrogantes y valerosos la cargaban en un palanqu\u00edn de oro por los floridos campos y las m\u00e1rgenes de los r\u00edos al son de los instrumentos m\u00fasicos. Las doradas espigas del ma\u00edz y los lirios silvestres se inclinaban ante ella; y volaban gozosas las avecillas para endulzar sus o\u00eddos con la melod\u00eda de sus cantos.<\/p>\n\n\n\n<p>Tan prendados estaban los indios de su reina, que miraban como calamidad p\u00fablica el m\u00e1s leve quebranto de salud que la afligi\u00f3se. No se consideraban felices sino bajo el suave influjo de sus gracias y la sabidur\u00eda de su gobierno; pero sucedi\u00f3 que un velo de tristeza empez\u00f3 a cubrir el semblante de la hija del Sol, y poco a poco fue apoder\u00e1ndose de ella una enfermedad desconocida, que la consum\u00eda sin dolor. Las danzas y m\u00fasicas s\u00f3lo le produc\u00edan l\u00e1grimas. Sus salidas, cada vez m\u00e1s raras, eran ya tristes y silenciosas como un cortejo f\u00fanebre.<\/p>\n\n\n\n<p>La comarca entera se conmovi\u00f3 profundamente. Por todas partes se hac\u00edan demostraciones p\u00fablicas para aplacar la c\u00f3lera del Ches, entre ellas la extra\u00f1a y pat\u00e9tica danza de los flagelantes, especie de penitencia p\u00fablica que consist\u00eda en una procesi\u00f3n de danzantes, en la que cada indio tocaba con una mano la tradicional maraca, y con la otra se azotaba las espaldas, todo en medio de una algarab\u00eda diab\u00f3lica, en que se mezclaban el ingrato sonido de aquel instrumento m\u00fasico, las declamaciones de dolor y los gritos salvajes.<\/p>\n\n\n\n<p>En la selva sagrada, en los adoratorios y en las riberas de las lagunas andinas los piaches hac\u00edan de continuo ceremonias singulares ante los \u00eddolos deformes del culto ind\u00edgena; pero la reina continuaba enferma. D\u00eda por d\u00eda se adelgazaban m\u00e1s sus formas bajo la vistosa manta de algod\u00f3n, y perd\u00edan sus mejillas aquel color de nieve y rosa que les daba el aire puro de los Andes.<\/p>\n\n\n\n<p>Mistaj\u00e1 era una graciosa doncella, favorita de la reina. Penas y alegr\u00edas, todo era com\u00fan entre ellas, de suerte que la joven india, en la enfermedad de su amiga y soberana, viv\u00eda con el coraz\u00f3n traspasado de dolor, velando d\u00eda y no-che al lado de su regia e infortunada compa\u00f1era.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Mistaj\u00e1, amiga m\u00eda;\u2014le dijo un d\u00eda la reina\u2014, la muerte se acerca y yo no quiero morir. \u00bfSabes t\u00fa si los piaches han agotado todo remedio?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014No, no es posible, le contest\u00f3 la doncella, ba\u00f1ada en llanto.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Dime la verdad. \u00bfSabes qu\u00e9 les ha contestado el Ches sobre mi mal?<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Ciertamente, nada s\u00e9, porque han guardado en esto silencio profundo, a pesar de que le han consultado por medios extraordinarios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Pues mira, Mistaj\u00e1, mi \u00fanica esperanza est\u00e1 aqu\u00ed, d\u00edjole la reina, mostr\u00e1ndole una joya de oro macizo en figura de \u00e1guila. Cuando mi padre, ya moribundo, la coloc\u00f3 sobre mi pecho, me dijo estas palabras: \u00abEsta \u00e1guila es la mensajera de los favores con que el Ches nos ha elevado sobre los dem\u00e1s indios. Si la pierdes, arruinar\u00e1s tu estirpe.\u00bb Yo, Mistaj\u00e1, antes que el poder, prefiero la vida, y por ello estoy dispuesta a confiarte el \u00e1guila de oro para que subas en secreto al P\u00e1ramo de los Sacrificios y la ofrendes al Ches.<\/p>\n\n\n\n<p>Mistaj\u00e1 perdi\u00f3 el color y tembl\u00f3 de pies a cabeza. Era cosa muy grave y extraordinaria lo que le ordenaba la reina, pues solamente los piaches y los ancianos sub\u00edan a aquella altura desconocida para el pueblo, teatro de los horribles misterios.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bfTiemblas, Mistaj\u00e1?\u2026 Yo ir\u00eda en persona si tuviese fuerzas, pero no puedo levantarme siquiera, y s\u00f3lo en ti conf\u00edo, pues ni los piaches ni mis guerreros consentir\u00edan jam\u00e1s en este sacrificio, que puede privarme del poder.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Yo har\u00e9 lo que me mandes, contest\u00f3le la fiel amiga, llena de espanto, pero resuelta a sacrificarse por su desgraciada reina.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014En alta madrugada debes partir, para que al rayar el sol est\u00e9s en el c\u00edrculo de piedras que debe existir en la cumbre solitaria. All\u00ed cavar\u00e1s un hoyo en el centro, y despu\u00e9s de invocar al Ches con tres gritos agudos, que se oigan lejos, muy lejos, enterrar\u00e1s el \u00e1guila de oro y esparcir\u00e1s por todo el c\u00edrculo un pu\u00f1ado de mis cabellos. \u00a1Ay, Mistaj\u00e1!, yo te ruego que as\u00ed lo hagas y que observes con gran atenci\u00f3n si en el cielo, en el aire o en la tierra aparece alguna se\u00f1al favorable.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella noche Mistaj\u00e1 no pudo conciliar el sue\u00f1o. Cuan-do lleg\u00f3 la hora de partir, la reina la arm\u00f3 con sus propias armas y le entreg\u00f3 junto con su preciosa joya un hermoso gajo de su abundante cabello. La doncella lo miraba todo en silencio, sin poder articular ninguna palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>Dos horas de fatigosa marcha hab\u00eda desde la choza real hasta lo alto del P\u00e1ramo de los Sacrificios. Mistaj\u00e1 caminaba aprisa, ora por el borde de alg\u00fan barranco sombr\u00edo, ora subiendo por \u00e1speras cuestas, sin volver jam\u00e1s la espalda, dominada por el miedo y espant\u00e1ndose a cada momento con el ruido de sus propios pasos. No ten\u00eda m\u00e1s rumbo que el vago perfil que dibujaba el misterioso cerro sobre el cielo estrellado.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando hubo llegado a la altura, una aparici\u00f3n bastante extra\u00f1a la hizo detener de s\u00fabito. Qued\u00f3 enclavada, lela de espanto a la vista de unos fantasmas que blanqueaban entre las sombras. Instintivamente se dej\u00f3 caer en tierra, sin atreverse siquiera a respirar: una larga fila de indios cubiertos de pies a cabezas con mantas blancas, le cortaba el paso. Estaban r\u00edgidos, como petrificados por el fr\u00edo glacial de los p\u00e1ramos.<\/p>\n\n\n\n<p>Largo rato permaneci\u00f3 Mistaj\u00e1 sobrecogida de terror, hasta que empezaron a asomar las claras del d\u00eda por el remoto conf\u00edn. Entonces sus ojos fueron penetrando m\u00e1s en las tinieblas, y la fant\u00e1stica aparici\u00f3n tom\u00f3 lentamente la forma de una hilera enorme de piedras blancas clavadas de punta sobre la altiplanicie que remataba el cerro sagrado. Record\u00f3 al instante el c\u00edrculo de que le hab\u00eda hablado la reina, y continu\u00f3 su marcha hasta descubrir una entrada por la parte del Oriente.<\/p>\n\n\n\n<p>Era aquel un campo cerrado, una plaza circular de bastante extensi\u00f3n y sim\u00e9tricamente delineada. Mistaj\u00e1 busca el centro, y con el dardo m\u00e1s fuerte que hall\u00f3 en su aljaba, se puso a excavar la tierra h\u00fameda por el roc\u00edo. Luego se irgui\u00f3 vuelta hacia el Oriente, y lanz\u00f3 con toda el alma tres gritos inmensos, que resonaron por los cerros vecinos. Con mano tr\u00e9mula enterr\u00f3 el \u00e1guila de oro y esparci\u00f3 despu\u00e9s por todo el c\u00edrculo los cabellos de la reina, en momentos en que la aurora te\u00f1\u00eda de p\u00farpura el lejano horizonte.<br>Como le estaba ordenado, quiso fijarse en el cielo, en el aire y en la tierra, pero un sue\u00f1o profundo tumb\u00f3 sus p\u00e1rpados, y se dej\u00f3 caer rendida, como presa de un poderoso narc\u00f3tico. Era el instante supremo de manifestarse el Ches sobre la empinada cumbre.<\/p>\n\n\n\n<p>El paso de una cierva la despert\u00f3 sobresaltada, a la hora en que los primeros rayos del sol jugueteaban con el bello plumaje de su coroza. Un olor fragante se difund\u00eda bajo sus pies; todo el c\u00edrculo, antes yermo y triste, apareci\u00f3 a sus ojos cubierto de una yerba fresca y lozana, que la cierva devoraba con especial delicia. Todo el espanto y sufrimientos de que hab\u00eda sido v\u00edctima se tornaron como por encanto en un gozo inmenso, en una alegr\u00eda inefable.<\/p>\n\n\n\n<p>Tom\u00f3 algunos manojos de aquella prodigiosa yerba, descendi\u00f3 r\u00e1pidamente del P\u00e1ramo de los Sacrificios para presentarse a la soberana de los Andes, que recibi\u00f3 la arom\u00e1tica planta como una medicina del cielo; y volvi\u00f3 el color a sus mejillas, el brillo a sus ojos y la alegr\u00eda a su coraz\u00f3n; y la vieron de nuevo todos sus s\u00fabditos salir por los floridos campos y las riberas del espumoso Chama, en hombros de gallardos donceles y al son de los instrumentos m\u00fasicos.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces existe en los p\u00e1ramos de los Andes el oloroso d\u00edctamo, nacido de los cabellos de la hija del Sol, o la yerba de cierva, que es su nombre ind\u00edgena, en memo-ria de la cierva que primero comi\u00f3 de ella, a la hora en que el sol ba\u00f1aba con tinte de rosa los escarpados riscos; pero el precioso d\u00edctamo desaparecer\u00e1 como por encanto el d\u00eda en que alguien desentierre el \u00e1guila de oro ofrendada al Ches en la misteriosa cumbre.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>LA HECHICERA DE M\u00c9RIDA (Leyenda de la Conquista)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Murach\u00ed era \u00e1gil y valeroso, m\u00e1s que todos los indios de la tribu; su brazo era el m\u00e1s fuerte, su flecha la m\u00e1s certera y su plumaje el m\u00e1s vistoso. Cuando \u00e9l tocaba el caracol en lo alto del cerro, sus compa\u00f1eros empu\u00f1aban las armas y le segu\u00edan, dando gritos salvajes, seguros de la victoria. Murach\u00ed era el primer caudillo de las Sierras Nevadas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay, su amada, era esbelta como la flexible ca\u00f1a del ma\u00edz. De color trigue\u00f1o, ojos grandes y melanc\u00f3licos y abundoso cabello. Eran para ella los mejores lienzos del Mirripuy, el oro m\u00e1s fino de Aricagua y el plumaje del ave m\u00e1s rara de la monta\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella hab\u00eda aprendido, mejor que sus compa\u00f1eras, los cantos guerreros y las alabanzas del Ches. En los convites y danzas, dejaba o\u00edr su voz, ora dulce y cadenciosa, ora arrebatada y vehemente, exaltada por la pasi\u00f3n salvaje. Todos la o\u00edan en silencio: ni el viento mov\u00eda las hojas.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay era la princesa de los indios de la Sierra, el lirio m\u00e1s hermoso de las vegas del Mucuj\u00fan.<br>Un d\u00eda sali\u00f3 espantada de su choza y fue a presentarse a Murach\u00ed, el amado de su coraz\u00f3n. La comarca estaba en  armas: los indios corr\u00edan de una parte a otra, preparando las acanas y las flechas emponzo\u00f1adas.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Huye, huye, Tibisay! Nosotros vamos a combatir Los terribles hijos de Zuh\u00e9 han aparecido ya sobre aquellos animales espantosos, m\u00e1s ligeros que la flecha. Ma\u00f1ana ser\u00e1 invadido nuestro suelo y arrasadas nuestras siembras. \u00a1Huye, huye, Tibisay! Nosotros vamos a combatir; pero antes ven, mi amada, y danza al son de los instrumentos, reanima nuestro valor con la melod\u00eda de tus cantos y el recuerdo de nuestras haza\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>La danza empez\u00f3 en un claro del bosque, triste y mon\u00f3tona, como una fiesta de despedida, a la hora en que el sol, enrojecido hacia el ocaso, esparc\u00eda por las verdes cumbres sus \u00faltimos reflejos. Pronto brillaron las hogueras en el c\u00edrculo del campamento y empezaron a despertar, con las libaciones del fermentado ma\u00edz los corazones abatidos y los \u00edmpetus salvajes. Por todo el bosque resonaban ya los gritos y algazara, cuando ces\u00f3 de pronto el ruido y enmudecieron todos los labios.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay apareci\u00f3 en medio del c\u00edrculo, hermosa a la luz fant\u00e1stica de las hogueras, recogida la manta sobre el brazo, con la mirada dulce y expresiva y el continente altivo. Lanz\u00f3 tres gritos graves y prolongados, que acompa\u00f1\u00f3 con su sonido el fotuto sagrado, y luego extasi\u00f3 a los indios con la magia de su voz.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00bbO\u00edd el canto de los guerreros del Mucuj\u00fan.<br>\u00abCorre veloz el viento; corre veloz el agua; corre veloz la piedra que cae de la monta\u00f1a.<br>\u00abCorred guerreros; volad en contra del enemigo; corred veloces, como el viento, como el agua, como la piedra que cae de la monta\u00f1a.<br>\u00abFuerte es el \u00e1rbol que resiste al viento; fuerte es la toca que resiste al r\u00edo; fuerte es la nieve de nuestros p\u00e1ramos que resiste al sol.<br>\u00abPelead guerreros; pelead, valientes; mostraos fuer-tes, como los \u00e1rboles, como las rocas, como las nieves de la monta\u00f1a.<br>\u00abEste es el canto de los guerreros del Mucuj\u00fan\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Un grito un\u00e1nime de b\u00e9lico entusiasmo respondi\u00f3 a los bellos cantos de Tibisay.<\/p>\n\n\n\n<p>Concluida la danza, Murachi acompa\u00f1\u00f3 a Tibisay por entre la arboleda sombr\u00eda. No hab\u00eda ya m\u00e1s luminarias que las estrellas titilantes en el cielo y las irradiaciones intermitentes del lejano Catatumbo. Ambos caminaban en silencio, con el dolor de la despedida en la mitad del alma y temerosos de pronunciar la postrera palabra: \u00a1adi\u00f3s!<\/p>\n\n\n\n<p>Hay un punto en que los r\u00edos Milla y Albarregas corren muy juntos casi en su origen. Los cerros ofrecen all\u00ed dos aberturas, a corta distancia una de otra, por donde los dos r\u00edos se precipitan, siguiendo ca\u00f1adas distintas, para juntarse de nuevo y confundirse en uno solo, frente a los pintorescos campos de Liria, besando ya las plantas de la ciudad florida, la hist\u00f3rica M\u00e9rida.<\/p>\n\n\n\n<p>En aquel punto solitario, encubierto por los estribos de la serran\u00eda, que casi lo rodean en anfiteatro, Murach\u00ed ten\u00eda su choza y su labranza.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014Tibisay\u2014dijo a su amada el guerrero altivo\u2014nuestras bodas ser\u00e1n mi premio si vuelvo triunfante; pero si me matan, huye, Tibisay, oc\u00faltate en el monte, que no fije en ti sus miradas el extranjero, porque ser\u00edas su esclava.<\/p>\n\n\n\n<p>El viento fr\u00edo de la madrugada llev\u00f3 muy lejos a los o\u00eddos de Murach\u00ed los tristes lamentos de la infortunada india, a quien dejaba en aquel apartado sitio, due\u00f1a ya de su choza y su labranza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando la primera luz del alba colore\u00f3 el horizonte por encima de los diamantinos picachos de la Sierra Nevada, reson\u00f3 grave y mon\u00f3tono el caracol salvaje por el fondo de los barrancos que sirven de fosos profundos a la altiplanicie de M\u00e9rida. Los indios, organizados en escuadrones, estaban apercibidos para el combate.<\/p>\n\n\n\n<p>Pronto se divis\u00f3 a lo lejos un bulto informe que avanzaba por la planicie, el cual fue extendi\u00e9ndose y tomando formas tan extraordinarias a los ojos de los indios que el p\u00e1nico paraliz\u00f3 sus movimientos por algunos instantes, pero a la voz del caudillo, la turba se precipita como desbordado torrente, prorrumpiendo en gritos horribles y llenando el aire con sus emponzo\u00f1adas flechas.<\/p>\n\n\n\n<p>Murach\u00ed iba a la cabeza, blandiendo en alto la terrible macana y transfigurado el rostro por el furor.<br>S\u00fabita detonaci\u00f3n detiene a los indios; palidecen todos llenos de espanto; se estrechan unos contra otros, dando alaridos de impotencia; y bien pronto se dispersan, buscando salvaci\u00f3n en los bordes de los barrancos, por donde desaparecen en tropel.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo Murach\u00ed rompe su macana en la armadura del fue-ro conquistador; s\u00f3lo el bravo Murach\u00ed ve de cerca aquellos animales espantosos que ayudaban a sus enemigos en la batalla; pero tambi\u00e9n s\u00f3lo \u00e9l ha quedado tendido en el campo, muerto bajo el casco de los caballos.<\/p>\n\n\n\n<p>El clar\u00edn castellano toc\u00f3 victoria y la tierra toda qued\u00f3 bajo el dominio del rey de Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Cabe las m\u00e1rgenes del apacible Milla, en aquel sitio apartado y triste, abri\u00f3se un hoyo al pie de la pe\u00f1a para sepultar a Murach\u00ed, con sus armas, sus alhajas, y las ramas olorosas que Tibisay cort\u00f3 en el bosque para la tumba de su amado.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay vivi\u00f3 desde entonces sola con su dolor y sus recuerdos en aquella choza querida. Sus cantos fueron en adelante tristes como los de la alondra herida. Los indios la admiraban con cierto sentimiento de religioso cari\u00f1o, y la colmaban de presentes. Era para ellos un s\u00edmbolo de su antigua libertad y al mismo tiempo un or\u00e1culo que consultaban sigilosos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya los espa\u00f1oles se\u00f1oreaban la tierra y gobernaban a los indios. S\u00f3lo Tibisay viv\u00eda libre en la garganta de aquellos montes o entre las selvas de sus contornos; pero era un misterio su vida, algo como un mito de los abor\u00edgenes, que atra\u00eda a los espa\u00f1oles con el fant\u00e1stico poder de las ficciones po\u00e9ticas.<\/p>\n\n\n\n<p>Ning\u00fan conquistador hab\u00eda logrado verla todav\u00eda, y sin embargo, nadie pon\u00eda en duda su existencia. Dec\u00edanles los indios que era una princesa muy hermosa, viuda de un guerrero afamado, a quien hab\u00eda prometido vivir escondida en los montes mientras hubiese extranjeros en sus nativas Sierras. Era un encanto la voz de la fugitiva, que los caza-dores o\u00edan de vez en cuando por aquellos agrestes sitios, como el eco de una m\u00fasica triste que her\u00eda en la mitad del alma y hac\u00eda saltar las l\u00e1grimas. En sus labios el dialecto muisca, su lengua nativa, sonaba dulce y melodioso, y no era menester entenderlo para sentirse conmovido el coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Un d\u00eda gallardo doncel se aventura a recorrer las cabeceras del Milla. El casco de su caballo golpea por primera vez las antiguas labranzas de Murach\u00ed. La tumba del guerrero est\u00e1 all\u00ed, frente a la choza, sellada con una laja. La choza est\u00e1 desierta, pero por la abertura de los cerros se oye de lejos el canto de Tibisay.<\/p>\n\n\n\n<p>El doncel conquistador arrima su caballo con cautela al tronco de un \u00e1rbol y emprende a pie una excursi\u00f3n peligrosa. A medida que avanza por parajes escabrosos tramados de vegetaci\u00f3n, sus miradas sondean la espesura por todas partes.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay estaba all\u00ed, ciertamente, en su traje ind\u00edgena, con el rico plumaje, la vistosa manta y sus collares de oro. At\u00f3nita contempl\u00f3 por unos instantes su perseguidor y. pronta como el cervatillo, desapareci\u00f3 entre el monte.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Juan de Milla torn\u00f3 a su casa pensativo y triste. Ya otros como \u00e9l hab\u00edan tenido igual visi\u00f3n, y tornaban lo mismo, conmovidos, fascinados y llenos de un sentimiento indescriptible, mezcla de terror y encanto, con que les cautivaba aquella hermosa india, especie de sirena e las monta\u00f1as, a la cual llamaban Hechicera, porque a todos los hechizaba con la magia de su voz y el misterio de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p>Don Juan sinti\u00f3 que el rayo de aquella mirada melanc\u00f3lica y salvaje le hab\u00eda herido en la mitad del coraz\u00f3n. Pidi\u00f3 se le concediese toda aquella tierra como lote de conquista, y su demanda fue al punto satisfecha. H\u00edzose cazador, m\u00e1s por justificar sus excursiones al monte que por natural inclinaci\u00f3n; pero la ninfa encantada del Mucuj\u00fan, fiel a la promesa hecha a su amado, no se ofrec\u00eda a sus ojos en ning\u00fan paraje. Escuch\u00e1base desde lejos su canto triste y mon\u00f3tono, que arrancaba suspiros del fondo del alma, pero los d\u00edas corr\u00edan sin que la encantadora visi\u00f3n se ofreciese nuevamente a sus ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>La choza de Murachi era fuerte y capaz. Don Juan, como due\u00f1o de la tierra, quiso habitarla en tanto levantaba en aquel paraje una casa a la espa\u00f1ola. Construy\u00f3 en las inmediaciones hornos para hacer cal y ladrillo, hizo acopio de materiales y emprendi\u00f3 resueltamente la f\u00e1brica; pero he aqu\u00ed que un d\u00eda, cuando los cimientos estaban echados, cubri\u00f3se el cielo de nubes plomizas por la parte del Norte; empez\u00f3 a llover como un diluvio, y las aguas apacibles hasta entonces, de aquel riachuelo que regaba sus nuevas estancias crecieron de s\u00fabito con tanta fuerza, que arrasaron la campi\u00f1a y derribaron de ra\u00edz los s\u00f3lidos cimientos de la casa, especie de castillo en que don Juan pensaba sentar su residencia se\u00f1oril. La noche sobrevino l\u00f3brega y pavorosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Espantado don Juan, busc\u00f3 refugio en un estribo de los cerros, pues el agua besaba los umbrales de la choza. Guarecido all\u00ed con su servidumbre, oy\u00f3 una voz clara y con-movedora que en lo alto de la pe\u00f1a entonaba en lengua extra\u00f1a un canto doliente, suplicante, interrumpido a intervalos por gritos de la mayor tribulaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1La Hechicera!, exclamaron los espa\u00f1oles.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Tibisay!, dijeron los indios sobrecogidos por el terror.<\/p>\n\n\n\n<p>Nadie, empero, se movi\u00f3 de su puesto. La creciente a\u00fan resonaba a sus pies de un modo espantoso, y no se ve\u00eda nada, nada, porque la oscuridad era absoluta e imponente. En lo alto, dominando el estruendo de las aguas, la Hechicera daba al viento sus cuitas con lastimeras voces:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab\u2014\u00a1Ay, Murach\u00ed, el amado de mi coraz\u00f3n! Las aguas han tronchado las flores que crec\u00edan en tu tumba y pasado sobre tus huesos queridos; pero al\u00e9grate, esposo m\u00edo, porque el extranjero no gozar\u00e1 ya m\u00e1s del abrigo de tu choza ni sus caballos pastar\u00e1n en tu labranza. Yo he sacrificado mis largos cabellos en el P\u00e1ramo Sagrado para que el Ches vele siempre sobre tu tumba.<br>\u00ab\u2014\u00a1Ay, Murachi, el amado de mi coraz\u00f3n! Tu fiel Tibisay ya no r\u00ede, ni canta, ni se engalana con flores! Mis ojos est\u00e1n tristes y apagados como el sol entre las nieblas, y vivo sola, sola con mi enorme desventura en la mitad de las selvas.\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>Tres gritos agudos, penetrantes que hirieron como saetas el coraz\u00f3n de don Juan, resonaron en lo alto de la pe\u00f1a. La Hechicera hab\u00eda desaparecido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el alba difundi\u00f3 sus vagos reflejos, el mancebo espa\u00f1ol y sus neones, como vueltos en s\u00ed despu\u00e9s de una horrible pesadilla. vieron a sus pies los estragos de la creciente. Nada quedaba de la casa en f\u00e1brica ni de la choza ind\u00edgena\u2026 Don Juan estaba p\u00e1lido y dominado por una impresi\u00f3n profunda, en que se mezclaba cierto terror supersticioso por aquel paraje, donde parec\u00eda que los elementos obedec\u00edan a la voz seductora de la Hechicera. El semblante atribulado de los indios, que le acompa\u00f1aban y el sentido misterioso de los cantos de Tibisay, que ellos le dieron a conocer, acabaron por convencerte de que aquel sitio era inhabitable y temerarias sus pretensiones.<\/p>\n\n\n\n<p>Alej\u00f3se de all\u00ed para siempre, y en memoria del suceso los espa\u00f1oles dieron al rio el nombre de Milla, por el apellido de don Juan, quedando en la fantas\u00eda popular, a\u00fan a trav\u00e9s de los siglos, la creencia de que hay por all\u00ed un encantamiento. algo sobrenatural que llena de miedo al solitario viandante.<\/p>\n\n\n\n<p>Tibisay morir\u00eda de dolor o de hambre, acaso despe\u00f1ada en el fondo de alg\u00fan barranco sombr\u00edo, o aterida de fr\u00edo en las noches de fuertes heladas; pero ella vive en aquellos agrestes parajes de la ciudad de las nieves, que se conocen con el nombre de La Hechicera, transfigurada y fant\u00e1stica, como vive Filomela en la leyenda \u00e1tica.<\/p>\n\n\n\n<p>El canto del ave extra\u00f1a que resuena en la selva; el ruido de las hojas sacudidas por el viento fr\u00edo de los p\u00e1ramos ; la r\u00e1pida carrera de la liebre o el cervatillo; la sombra de la nubecilla errante; el rayo de sol que abrillanta el roc\u00edo bajo la arboleda; todo hace recordar all\u00ed al bello y melanc\u00f3lico personaje de esta leyenda de la Conquista, a la infeliz Tibisay, la princesa india, el lirio m\u00e1s hermoso de las vegas del Mucuj\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/tulio-febres-cordero\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Francisco Rivero, Cinco \u00e1guilas blancas (2011)<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tulio Febres Cordero LA LAGUNA DEL URAO (Leyenda fant\u00e1stica) \u2014\u00bf Conoces t\u00fa, viajero que visitas las altas montanas de Venezuela, conoces t\u00fa la leyenda misteriosa de la Laguna del Urao? \u2014Oh, no, bardo amigo. 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