{"id":9019,"date":"2023-10-05T00:28:49","date_gmt":"2023-10-05T00:28:49","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=9019"},"modified":"2024-11-29T15:05:55","modified_gmt":"2024-11-29T19:35:55","slug":"dos-cuentos-de-mario-morenza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-mario-morenza\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Mario Morenza"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El juego comienza a la una<\/h3>\n\n\n\n<p>No es descabellado pensar que ya Kate trae las cosas de casa y del beb\u00e9, no tan beb\u00e9, que llora y no para de hacerlo. Pero no debemos nunca adelantarnos a lo que se viene o a lo que se pueda tener por pensado que va a venir. A la una en punto comienza el juego de pelota y Robert se encarga de (casi) todo. Ha instalado la atm\u00f3sfera perfecta para nueve innings de Caracas vs. La Guaira. Su sala desamoblada es una mediocre imitaci\u00f3n de las tribunas. En el ascensor de los pisos impares, el \u00fanico en funcionamiento del edificio, Kate vuelve a sentir el desgano de esa caja claustrof\u00f3bica, sin ventanas para mirar fuera y espiar y las nubes, el colectivo, el heladero de cabello engominado y bigotes de pintor bizantino. A pesar de todo, es lo \u00fanico capaz de llevarla al \u00faltimo de los pisos, donde vive desde hace una semana. Kate se entretiene con la sim\u00e9trica compa\u00f1\u00eda en el espejo y mueve muy mona su melena marr\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El ascensor se detiene en el once. Es el se\u00f1or Reverte, a quien Kate no conoce, y la interrogante previa en ascensores sin se\u00f1al de orientaci\u00f3n: \u201c\u00bfBaja o sube?\u201d \u201cSube, hasta el \u00faltimo\u201d, dice Kate despistada. Ella no suele responder (este tipo de) preguntas. De hecho, es primera vez que se la hacen. Ella nunca sabr\u00e1. \u201cSube, hasta el \u00faltimo\u201d, Kate informa. Reverte se adentra a esa caja met\u00e1lica con revestimientos de madera. Reverte siempre recuerda las muchas cajas en las que ha estado durante toda su vida. La caja musical que lo dorm\u00eda en las noches de su infancia como un somn\u00edfero o un himno de Morfeo. La caja de zapatos en las que sol\u00eda guardar las cartas recibidas y las nunca enviadas, el m\u00e1s fr\u00e1gil resguardo para las palabras: una coraza de cart\u00f3n. Un libro desmembrado cuya autor\u00eda pertenece a muchas manos. Reverte luego de leer una o dos cartas las mec\u00eda como si acunara a un beb\u00e9 y le ven\u00eda a la cabeza su propia imagen dentro de unos a\u00f1os en la que ser\u00eda la \u00faltima de sus cajas: la de madera en un cementerio, muy cerca de alguno de los autores de esas mismas cartas. La claustrofobia parece en \u00e9l una forma de respirar. El antiturismo absoluto.<\/p>\n\n\n\n<p>El ascensor a trepar por las entra\u00f1as del edificio. \u201cHasta el \u00faltimo piso\u201d, piensa Reverte. Kate no contin\u00faa con sus gestos anti-teatrales que admiten la soledad c\u00fabica y un di\u00e1logo de reflejos. Su mirada barre la alfombra como buscando alg\u00fan animalito clima lluvioso. Sondea lo que hay en sus bolsas: los cepillos de dientes, jab\u00f3n, cosas de casa. \u201cLa ayudo\u201d, dice Reverte al detallar los exagerados movimientos oculares. \u201cLa ayudo\u201d, vuelve a decir uno de los muchachos de la bodega. \u201cNo hace falta\u201d, Kate insoportable. \u201cPuedo sola\u201d, a\u00f1ade tan agriamente como el vinagre que lleva y cargar\u00e1 durante 1329 pasos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese vinagre me ha costado conseguirlo para que venga este p\u00faber idiota a si la ayudo. \u00bfPor qu\u00e9 no ayudaron antes?, cuando les pregunt\u00e9 por los vinagres. Los muy imb\u00e9ciles me mandaron a la secci\u00f3n<em> INSECTICIDAS<\/em>, que ya bastantes en casa por la man\u00eda de Robert por exterminar colonias de artr\u00f3podos. Est\u00e1 bien, pero no hasta la neurosis. \u00a1Qu\u00e9 horrible la cantidad de clientes! A unos chamos me provoc\u00f3 insultarlos cuando estrellaron su pelota contra el Peugeot. Conserv\u00e9 la calma y acer\u00e9 el Peugeot. En treinta pasos uno llega a la bodega. En el estacionamiento te expones a que rayen el carro, reci\u00e9n ganado en la rifa, pero para los nuevos vecinos es \u2013recu\u00e9rdatelo\u2013: \u201cComprado en el concesionario\u201d. \u00bfY qu\u00e9 iba a saber yo que las llaves se me quedar\u00edan dentro de \u00e9l? Habr\u00eda aceptado la ayuda del p\u00faber idiota y no estar\u00eda pasando trabajo. Cinco para la una p.m. y perderme el juego, y Robert y yo a devolvernos por el peugeotico. Juego y almuerzo, a esperar. No pienso dejar el carro en medio de una ciudad infectada de taxistas.<\/p>\n\n\n\n<p>A ver, a ver, piensa Kate, los pa\u00f1ales, las compotas, sigue pensando, la harina, el rid\u00edculo juguete azul que vino con los pa\u00f1ales. \u00a1Est\u00e1 todo!, pero c\u00f3mo se me pueden quedar las llaves dentro del carro, vehemente Kate. El ascensor se abre con olor a d\u00e9cadas. En el once y Julio Reverte que si sube o baja. \u201cLos P\u00e9rez, los Duarte, los Hern\u00e1ndez, los nuevos en el 21; los Tob\u00edas, los DeVianna, los Cartier, en el 18\u201d, Reverte repasa visitas de cobro de ese domingo, primero del mes. Y pregunta a la joven, a la que nota importunada, que si le puede ayudar. Cambia su hoja de registros de pago por los cinco kilos que pesan la ayuda y la caballerosidad. Se abre la puerta en el 17. Los del 173: Tres ni\u00f1os. Cuatro cuarentones. Los de la guardia infantil se enfilan sin esperar a nadie. A Bellas Artes. El ascensor se cierra sin esperar a que entren todos.<\/p>\n\n\n\n<p>De igual forma los 500 kilos de capacidad lo impedir\u00edan: se acelerar\u00e1 el detrimento de los cables y una ca\u00edda no ser\u00e1 amortiguada por ning\u00fan sistema de frenado. \u201c\u00a1Ay!, Dios m\u00edo, mis hijos. Y el pedazo de ascensor que ni marca si sube o baja\u201d, dice la madre con una triple angustia. \u201cSube o baja, se\u00f1or Reverte\u201d, la voz achicharrada del nene, le trona en los o\u00eddos a Kate, que se ve a cuatro pisos por debajo de una paz moment\u00e1nea. \u201cOiga, se\u00f1ora, creo que lo m\u00e1s plausible es que llevemos a los ni\u00f1os al 17, conozco a la familia de a\u00f1os. Venga. Mire. Los tengo anotados en la hoja de visitas de hoy. \u00bfSe fij\u00f3?\u201d Y Kate: \u201cPero yo en emergencia, pero, pero\u2026\u201d Y el resto de los peros Kate los dice en descenso. Baja. Siempre le ha tenido miedo a los ascensores. Se topaba con ellos cuando ven\u00eda a la ciudad a ver a sus t\u00edos, por all\u00e1, por los ochenta, cuando cursaba bachillerato. M\u00e1quinas de otro mundo. Baja. El espejo. Gr\u00e1ciles arrugas se abren paso como ra\u00edces por su rostro trent\u00f3n y trigue\u00f1o, desde los \u00e1ngulos externos de sus ojos, formando pliegues, las llamadas patas de gallo, similares a f\u00f3siles de organismos oblongos.\u201cEl juego comienza a la una\u201d, le dijo Robert, instalado ya en el tiempo del b\u00e9isbol, adelant\u00e1ndose al presente, rid\u00edculamente disfrazado con su deste\u00f1ido uniforme del Caracas, disfrazando, a la vez y siempre, la frustraci\u00f3n de aquella torcedura en la rodilla que cercen\u00f3 su halagador futuro como profesional. Siempre se quer\u00eda adelantar al futuro, un lugar tan abstracto donde uno s\u00f3lo puede encontrar el vac\u00edo o encontrarse muerto. \u201cLa pelota va m\u00e1s r\u00e1pido que el que corre\u201d, le dec\u00eda su entrenador en la liga AAA nacional. Ahora, intuye, con el semblante de quien ha perdido cuatro series mundiales seguidas (e iba rumbo de la quinta) que la vida le susurr\u00f3, durante todos estos a\u00f1os, que el tiempo corre m\u00e1s r\u00e1pido que las utop\u00edas individuales. Siempre una mano, casi diab\u00f3lica, invisible como todas las cosas diab\u00f3licas, astilla el aire prometedor, sin que Robert pueda hacer nada a lo que se ten\u00eda pensado que vendr\u00eda y lidiar las palabras que pretenden acolchonar amarguras. El que si eso no es lo tuyo. No te conven\u00eda. Las computadoras. Si hubieras hecho aquello. Paciencia, Robert. Las llaves se me quedaron dentro del carro. (No) hace falta que rompas (el vidrio). Pero (si te desesperas) es peor. Con un alambre. Dale con un alambre.<\/p>\n\n\n\n<p>Robert que piensa c\u00f3mo abrir la puerta del Peugeot. \u201cNada falta para llegar\u201d, dice Kate. \u201cMira, ah\u00ed est\u00e1\u201d, dice \u00e9l, entre nervios y desencantos. Y Kate: \u201c\u00bfLa ferreter\u00eda? Caramba, ya como las dos.\u201d<\/p>\n\n\n\n<p>Las santamar\u00edas desfilan a los costados de la calle Asdr\u00fabal Puente, y sobre sus superficies de hierro acanalada, figuran una variedad de graffitis que parecen componer un cad\u00e1ver exquisito de la literatura punk colectiva: la palabra <em>VOTA<\/em> y las siglas <em>T.Q.M<\/em> son las m\u00e1s recurrentes. Un chico de diecitantos paseando a su buldog: \u201c\u00a1Qu\u00e9va!, poraqu\u00eds\u00f3lo\u00e9sta\u201d, se\u00f1ala s\u00f3lo la ferreter\u00eda. \u201cNo lo podemos dejar aqu\u00ed sin m\u00e1s ni m\u00e1s\u201d, dice Robert. Se pueden solicitar los servicios de una gr\u00faa, piensa, y llevar el Peugeot al estacionamiento y ma\u00f1ana qui\u00e9n sepa. \u00bfD\u00f3nde se puede una gr\u00faa?, le pregunta a su mujer y devolverse a buscar las p\u00e1ginas amarillas, y amarillas de a\u00f1os. Y llegan pronto con la misma cantidad de pasos. Problemas con el ascensor que no baja. El beb\u00e9 al suelo y Robert que lo vuelve a encamar y trae juguetes de hule: patitos, osos, tigres: un zool\u00f3gico sint\u00e9tico miniatura. Robert le dice cosas que \u00e9l nunca <em>entiende<\/em> pero sonr\u00ede igual, y llora, come queso, aprieta las s\u00e1banas, sin o\u00edr a sus padres o piensa que los oye, tranquilo, en la isla de sus pensamientos, sin levantarse ni ir a las gavetas de la cocina y las chucher\u00edas que \u00e9l escogi\u00f3 con sus deditos que encarnaban carencia y capricho. Puro estar all\u00ed, naufragando debajo del m\u00f3vil de peces multicolor. No sabe hablar, pero aprende poco a poco el lenguaje de la manipulaci\u00f3n. El primer lenguaje que aprendemos y sacamos provecho. \u201cMira, hay 3 las 24 horas\u201d, dice Kate.<\/p>\n\n\n\n<p>El beb\u00e9 no sabe que est\u00e1 solo, con libertad de ir por casa como el \u00faltimo sobreviviente de la Tierra por valles y reinos dominados por enemigos, que un grito suyo ser\u00e1 reprimido por las paredes como un inmigrante ilegal, que un grito suyo no es escuchado por nadie. Una aventura de cajas de cart\u00f3n, alfombras enrolladas, libros apilados esperando descansar del desorden que ayudan a establecer. Se lo reclamaba Cora, la hermana de Kate, lo de llamarle <em>beb\u00e9<\/em> a un ni\u00f1o de cuatro a\u00f1os era la prolongaci\u00f3n de su primera lactancia, como si quisieras pasmar su crecimiento, ll\u00e1malo por su nombre, y que \u00e9l a ti por el tuyo, y al inepto de tu marido que ni lo nombre. A ver si te buscas a otro que valga la pena. Que te represente de verdad. Cada vez que pod\u00eda, Cora lanzaba aguijones contra su cu\u00f1ado, su \u00fanico novio de la adolescencia. 1800 d\u00edas. Casi un periodo presidencial. Desde <em>Sus Quince<\/em> hasta los 20, a un mes para el d\u00eda de su boda y de su santo, y los preparativos ser\u00edan para la de su hermana. Dos a\u00f1os despu\u00e9s. Embarazada de aquel otro ni\u00f1o que nunca nombraban y que ni siquiera lleg\u00f3 a tener nombre: todo termin\u00f3 como un golpe de \u201cestado\u201d. En ese momento el beb\u00e9 siente la puerta y a sus padres, de los que uno de ellos pudo no haber sido, salir del mundo desconocido, dilatado, y s\u00f3lo irrumpido cuando el psic\u00f3logo y cuando las espor\u00e1dicas salidas al parque. Y baja lentamente de la cama. Comienza a girar por el piso como un rodillo. Se hurga la nariz y grita y Robert: \u201cPero, c\u00f3mo ah\u00ed, ensuci\u00e1ndote todo, beb\u00e9, toma, juega con los bichitos.\u201d Grita tambi\u00e9n Kate que ha encontrado los tel\u00e9fonos. Kate ve los n\u00fameros del 1 al 20, marca el STOP del ascensor y, sin mover su dedo, espera a que los tres ni\u00f1os salgan. Nadie en el piso 17. Reverte que mejor a planta, o que andan subiendo o bajando por las escaleras y que \u00e9l para all\u00e1 ni loco, sin luz en meses. Era zambullirse en una alberca de petr\u00f3leo. Con olor a encierro, con olor a podredumbre. \u201cLos chicos son muy peque\u00f1os como para dejarlos aqu\u00ed, en este piso, solos, aun cuando vivan en \u00e9l, y es una desconsideraci\u00f3n con su padre que es un hombre enfermo de a\u00f1os, quiero decir, de hace a\u00f1os, aunque los a\u00f1os son una enfermedad.\u201d Reverte que calla y toca el timbre del 173 pero nadie atiende. A Kate que se le pone el dedo morado de tanto apretar y ahora con uno de la otra mano. El ascensor amaga con cerrarse. Pesta\u00f1ea. Muge por dentro, como si adem\u00e1s de hierros y revestimientos de madera, tuviera pulmones congestionados de flema.<\/p>\n\n\n\n<p>El cuarto<em> inning<\/em> improductivo. Las dos latas de cerveza tan vac\u00edas como las gradas del Universitario. Tan arrugadas como el uniforme de Bob Abreu. Robert moja sus labios con la tercera lata y se refresca el es\u00f3fago. Ha aprovechado las ausencias para narrar el juego. Terminan los aburridos y mediocres comerciales. En la TV la toma a\u00e9rea del Universitario surge distorsionada. A la distorsi\u00f3n se le une la m\u00fasica corporativa del canal. Robert trata de manipular la antena, sin otros m\u00e9ritos que duplicar im\u00e1genes: cuando Bob Abreu era <em>out<\/em> en el<em> inning<\/em> anterior, al tratar de robar la segunda base, se deslizaba sobre la tierra y sobre su transparente duplicado hertziano. Es hora de que Kate venga, piensa Robert. Mira la ventana (o hacia fuera de ella) y comprueba lo tupido que se ha puesto el cielo y sigue mirando la TV. Pero no piensa m\u00e1s en su posible Kate ni en variaciones clim\u00e1ticas y vuelve a mojarse los labios. Su segundo sorbo coincide con el lanzamiento de Omar Daal. \u201cBola, un poco dudosa, comprob\u00e9moslo con la repetici\u00f3n\u201d, narra Robert, adelant\u00e1ndose al formato de transmisi\u00f3n. Al rato Kate llega y Daal que saca el <em>inning<\/em>. \u201cCo\u00f1o, se me quedaron las llaves dentro del carro\u201d, la vocecita de Kate se sent\u00eda desde lejos, como si por sus cuerdas vocales las palabras subieran en un ascensor igualmente desgastado. \u201cVamos a buscarlos\u201d, Reverte con el tono hinchado de aquellos que promueven una aventura y se saben los gu\u00edas. \u201cPero, \u00bfc\u00f3mo?, yo tengo una emergencia con mi marido, ya sabe usted. Si no la tuviera, con todo el placer del mundo. Si quiere acomp\u00e1\u00f1eme hasta el 21 y le dejo el ascensor\u201d, Kate dice todo sin respirar, evitando brechas de silencio y con ello otro ruego del se\u00f1or que apenas acaba de conocer. Kate aparta su dedo del bot\u00f3n STOP, y siente como los cables, retenidos por un par de minutos, empiezan a deslizarse por el cauce del ascensor, fluyendo como su sangre por ese dedo. Las llaves se enredan y no consigue la que gire la cerradura hasta el tercer intento. Habla como habl\u00e1ndole al doble rostro de Daal en <em>close-up<\/em>. Robert parece escucharla desde el fondo de un barranco con dispositivos antiecos. Descarga la rabia y mata una chiripita que moribundeaba por el ataque de los insecticidas.<\/p>\n\n\n\n<p>Le da al bot\u00f3n de abajo. S\u00ed, el de abajo. La alarma se desactiva. Su mente se desactiva de s\u00ed misma y comienza a divagar. Ella se desactiva. El mundo se desactiva dentro de su carro. La primera curva. La primera vez en su vida que conduce un domingo de fecha impar cuyo mes tambi\u00e9n lo era, ella nunca lo sabr\u00e1. Amarillo. Se rasca una de sus cejas con la sutileza del que extirpa una p\u00fastula emponzo\u00f1ada. Mira las u\u00f1as y no hay rastros ocres. R\u00ede de no s\u00e9 qu\u00e9 y le dibuja a su rostro una sonrisa sesgada sin caer en el t\u00edpico desaire de la mueca. Rojo. Sus manos firmes en el volante dan la sensaci\u00f3n de que est\u00e1 a punto de caer a un precipicio o al fondo de s\u00ed misma. Verde. La siguiente curva, las siguientes calles intestinales de aquella urbanizaci\u00f3n. Espera a que la anciana con vestido iglesia cruce la calle. Cae infancia. Cae vejez.<\/p>\n\n\n\n<p>La hace sentir mejor persona. Cae en risas. Cae en l\u00e1grimas. Pero todo igual y nada ha cambiado, y nada a cambio de lo que es y siempre seguir\u00e1 siendo. Desv\u00eda su mirada. El espejo retrovisor. La calle dejada atr\u00e1s, una calle tejida al hilo invisible del tiempo, a una regi\u00f3n pedazo de pasado. <em>Existen cosas de las que uno nunca podr\u00e1 desactivarse<\/em>. Nunca podr\u00e1 olvidarlo. Siempre desv\u00eda su mirada y un futuro empozado sale (a flote). Paciencia, verde. Un objeto, una palabra, esas cosas de casa, todo comulga y brota en esos pedazos de purulento pasado con somera facilidad. Afloran como una promesa despu\u00e9s del caf\u00e9 antes de dedicarse a labores de oficina. Afloran y brotan lo que hace sospechar alguna obcecaci\u00f3n encubierta. Afloran, brotan y navegan por sus recuerdos como trozos de un barco del que siguen atravesando oc\u00e9anos part\u00edculas de su cubierta, m\u00e1stiles, pernos mullidos, tajos de proa y ventanas de camarote. Gira. A la izquierda. La botella de vodka emite notas huecas en la alfombra. Sabe, que al abrir las cajas de la mudanza, ser\u00e1 como destapar tumbas, criptas de las que pueden resurgir cualquier cosa menos marineros que nunca hallaron naufragio, sino esqueletos de un pasado que evoca cambios imposibles. Siente sagaz su silencio solitario de protegida. M\u00e1s ahora, cuando conduce por calles sin que nadie pueda atisbar su rostro revestido de vidrios y carrocer\u00eda y sistemas engranados que mugen como sus pensamientos. En los vidrios logra mirarse. Devana gestos glotones. Los labios como gajitos de manzana que parecen mamar el aire.<\/p>\n\n\n\n<p>Pensando arrancarse sus recuerdos como Edipo los ojos. Falta una cuadra para el abasto. Ya se ve la modesta, pero vistosa, valla berenjena que lo publicita. Unos chamos que juegan pared estrellan la pelota de goma contra una de las ventanas. Ella contiene una arremetida verbal contra ellos, m\u00e1s para no perder tiempo que por ganarse fama de quisquillosa. Un Sierra, de los pocos que quedan en la ciudad, abandona un puesto. All\u00ed va el Peugeot. All\u00ed va ella, disfrazada, a orillarse en la acera. Vuelve a cerciorarse de la lista. Una nube gris lava su ojo en la ventana.<\/p>\n\n\n\n<p>La lluvia impregna la acera como una epidemia de sarampi\u00f3n. Sus ropas, sus cuerpos calados se ven m\u00e1s indefensos: se contagian de agua. Robert le instala su gorra a Kate y la toma de una de sus mu\u00f1ecas, su mano sube, suave, con sutileza ar\u00e1cnida hasta casi rozar el rostro. La arrastra. \u201cVen a casa, conejito\u201d, dice Robert. \u201cNo me llames as\u00ed, co\u00f1o\u201d, refunfu\u00f1a Kate. Y Robert: \u201cYa ni te preocupes por la gr\u00faa, cuando escampe, vemos\u201d. Ella se da vuelta y se mira en el vidrio ahumado del copiloto \u2013el mismo que ha recibido el impacto de la pelota. Al menos, la imagen (at\u00e1vica o ajada) de sus cabellos deshilachados est\u00e1 dentro del Peugeot. Caminan. Los interrumpe la huella excrementicia del buldog.<\/p>\n\n\n\n<p>En el vest\u00edbulo del edificio la guardia cuarentona del 173 est\u00e1 zozobrada. Muy zozobrada, tanto como para utilizar este rid\u00edculo adjetivo. Sus hombros se hincan a la pared como si se viniese abajo con cer\u00e1micas y fontaner\u00edas y cataclismo y ellos queriendo evitar el derrumbe a toda costa. \u201cHermana, llegan los nuevos\u201d, murmura uno que no importa qui\u00e9n porque nunca ha sido importante ni en esta historia ni en ninguna. Y, entonces, Kate: \u201cSus hijos deben estar a\u00fan con el se\u00f1or con el que yo ven\u00eda\u201d. Debido a su falta de conocimiento de los \u00e1rboles geneal\u00f3gicos vecinales, este comentario fue como el epicentro de un terremoto mental: removi\u00f3 capas de rencores. Algo se derrumb\u00f3 y no fueron precisamente las paredes del vest\u00edbulo, sino las de las indignaciones. Kate sinti\u00f3 ese estupor y la hizo un saco de escalofr\u00edos. \u201cLos ni\u00f1os siguen con \u00e9l\u201d, agrega, sin esperar respuesta. Uno de ellos, que por las canas debe ser el mayor, o quiz\u00e1 el padre, sostiene la puerta para que entren al edificio. No hablan m\u00e1s y aprietan el bot\u00f3n del ascensor.<em> El tiempo se va llenando de s\u00ed mismo:<\/em> se abre otro plazo que<em> pasa lento y pasa f\u00e1ci<\/em>l. Miradas desconfiadas, de esas pel\u00edculas europeas que sustituyen parlamentos por pesta\u00f1eos, miradas fijas o angulaciones de c\u00f3rnea, bocas abiertas, semi abiertas o semicerradas: formas de un abecedario sobre las l\u00edneas de los rostros y las patas de gallo, los lunares son los signos de puntuaci\u00f3n. La lasitud aletea por los hombros de Kate. En el acto, para espantar las miradas que se le hunden como moscas sobre jalea, regresa la gorra a Robert, a probar si los vecinos, que tantos minutos valiosos han hecho perder, dirigen la atenci\u00f3n al rid\u00edculo uniforme.<\/p>\n\n\n\n<p>El beb\u00e9 se arrastra como la chiripita aplastada por Robert. Se adue\u00f1a de las lozas ajedrezadas. Experimenta una sensaci\u00f3n parecida a la de El Rey monopolizando el tablero. Y pasa por delante de la TV, mira unos segundos y sigue cerca de las latas, de la chiripita que ahora es acompa\u00f1ada por otras dos que parecen auscultarla, de los gabinetes donde Kate y Robert han ubicado, sin principios taxon\u00f3micos, los productos que han tra\u00eddo durante la semana. El nene tiene, ante s\u00ed, peque\u00f1os universos de puertas que se abren y cierran, no menos cautivadores que la puerta de la calle, el universo mayor y siguiente paso de su estela heroica.<\/p>\n\n\n\n<p>El paseo esperar\u00e1 una quincena. Los tres ni\u00f1os, hora y media despu\u00e9s, en el d\u00e9cimo primero, afligidos por el aplazamiento de su Bellas Artes. El juego, a consecuencia de la lluvia, tambi\u00e9n tuvo que suspenderse, pero s\u00f3lo media hora, mientras aliviaba el aguacero. Robert, al fijarse en el <em>boxscore<\/em>, puede comprobar que se ha perdido <em>inning<\/em> y medio, como si se hubiera engatillado el tiempo por \u00e9l. Pero so tonto, piensa Robert, qui\u00e9n va a estar esperando por ti: Nadie. Kate corre hacia el ba\u00f1o estruj\u00e1ndose la cara. No hace falta que rompas el vidrio, piensa. Si te desesperas es peor. Un insecto pardo anda por el espejo, por su rostro plano, al otro lado de la realidad. Algunas gotas caen sobre sus rostros. Ella se jalonea el pelo y le atiza un golpe a su otra yo. Busca el tel\u00e9fono y lo mancha de roja sangre y diminutos fragmentos espejeados, mientras Robert cierra, va cerrando uno por uno los gabinetes de la cocina, pateando paquetes rasgados y regados por el piso que <em>nadie<\/em> recogi\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>El juego se reanuda.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Bola, el primer lanzamiento<\/em>, dice la voz del locutor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Rafaela A\/4 Julio 2005<\/h3>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de pulsar el bot\u00f3n&nbsp;<em>Play<\/em>, Rafaela parec\u00eda la \u00fanica inconmovible. El resto de los vecinos estaban desorientados. A Rafaela, desde ni\u00f1a, una c\u00e1psula la cubri\u00f3 de las emociones y asombros. Los psiquiatras que trataron de indagar sobre el misterio de su personalidad abrasadoramente g\u00e9lida, sospecharon la ausencia de una hormona, o cromosoma, o, en fin, la ausencia de un elemento gen\u00e9tico con el que nunca dieron. En el silencio de Rafaela, los vecinos presum\u00edan una promesa o un secreto que tem\u00eda ventilar, o, por qu\u00e9 no, a veces le daban raz\u00f3n a la ciencia: lo de Rafael era una falla de origen.<\/p>\n\n\n\n<p>Rafaela pasaba casi todo su tiempo pintando. Cuando no lo hac\u00eda, se dedicaba a imaginar sus pr\u00f3ximas creaciones. A lo largo de sus cincuenta a\u00f1os de vida ha tenido dos ataques catal\u00e9pticos. Casi una met\u00e1fora de su car\u00e1cter: simulacros de una muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Rafaela pintaba v\u00edrgenes. V\u00edrgenes con sus palmas juntas, rezando. V\u00edrgenes con sus palmas juntas, agachadas. V\u00edrgenes sentadas, de rodillas, volando, o elev\u00e1ndose con \u00e1ngeles; v\u00edrgenes en las monta\u00f1as, en los r\u00edos, en la lluvia, dentro de una gota de lluvia; en el mar, construyendo castillos de corales subacu\u00e1ticos. V\u00edrgenes negras, v\u00edrgenes blancas con sus palmas escondidas, trigue\u00f1as, andinas y orientales. La diversidad racial y costumbrista de su pante\u00f3n beat\u00edfico le daba a su obra la heterogeneidad que siempre escase\u00f3 en los vitrales de las iglesias.<\/p>\n\n\n\n<p>Rafaela, diez a\u00f1os atr\u00e1s, se ganaba la vida leyendo el porvenir de las personas en sus propias c\u00e9dulas de identidad. La atm\u00f3sfera burocr\u00e1tica y laminada del futuro se manejaba ella con soltura verbal. D\u00edgitos de siete y ocho cifras bastaban para diagramarle a sus clientes los futuros posibles. Rafaela se negaba a leer c\u00e9dulas vencidas, argumentando que tra\u00edan mala suerte, tanto para el propietario del documento como para ella. Rafaela se ganaba la vida dici\u00e9ndole a la gente lo que quer\u00edan escuchar. Le fue bien. Ten\u00eda el don de la veracidad. Un estornudo de ella val\u00eda tanto como una partida de nacimiento. Los creyentes respetaban cualquier cosa que saliera de la boca de Rafaela.<\/p>\n\n\n\n<p>Rafaela abandon\u00f3 el apartamento A-3. Rafaela escap\u00f3 sin mediar palabras con los vecinos apurru\u00f1ados como en un vag\u00f3n f\u00fanebre. Rafaela cruz\u00f3 el rellano que la separaba de su apartamento. Se hizo un arroz a la cubana. Destap\u00f3 una botella de Frescolita y sac\u00f3 de un anaquel un paquete de galletas Newton. En mitad de un bocado, se detuvo a pensar en la esposa de su vecino. \u00c9sta andaba de viaje y llegar\u00eda ma\u00f1ana, a cualquier hora del domingo. No dudaba que ella misma era la \u00fanica en poseer el tel\u00e9fono de la se\u00f1ora Seco, pues no era una mujer muy sociable. Era profesora de educaci\u00f3n Art\u00edstica en bachillerato y, aunado a esto, la cercan\u00eda geogr\u00e1fica de sus apartamentos, hab\u00eda facilitado la tenue amistad. Una vez la se\u00f1ora Seco la invit\u00f3 a una clase para que mostrase algunas v\u00edrgenes.<\/p>\n\n\n\n<p>Una mosca. Dos y tres m\u00e1s, empezaron a revolotear por la mesa. En el aleteo de las moscas, Rafaela reconoci\u00f3 su m\u00e1s reciente destino tur\u00edstico y que el olor a huevo y arroz les apetec\u00edan m\u00e1s que los brebajes alcoh\u00f3licos de la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;Despu\u00e9s de almorzar, Rafaela busc\u00f3 su agenda: media resma de hojas tama\u00f1o carta engrapadas. All\u00ed ten\u00eda anotado el tel\u00e9fono celular de la se\u00f1ora Seco. La llev\u00f3 a las manos de Navarro, el abogado, que se encontraba sentado en las escaleras, con un pa\u00f1uelo impregnado de alcohol en la nariz.<\/p>\n\n\n\n<p>Qu\u00e9 palabras utilizar, fue la traducci\u00f3n del silencio colectivo de los vecinos que, en la vereda, recordaban una congregaci\u00f3n de pascuas. A todo el que pasaba cerca de ellos, de salida o de llegada, le informaban lo ocurrido con el tono de una agencia de noticias especializada en necrolog\u00edas vecinales. La tragedia ocurrida los seduc\u00eda y los llevaba a compartir m\u00e1s, a abrazarse como excusa de quienes nunca se han, ni siquiera, dado un beso de saludo en la mejilla.<\/p>\n\n\n\n<p>A todos le informaban, con exactitud de detalles: la marca de la botella a medias bebida, cu\u00e1ntas moscas planeaban y cu\u00e1ntas aterrizaban sobre el cuerpo de Seco, el promedio de notas de los ex\u00e1menes que correg\u00eda el desgraciado profesor.<\/p>\n\n\n\n<p>A la media hora, con la capacidad que tiene una historia de ir de una persona a otra y desfigurarse, todo Bloque 4 ten\u00eda una versi\u00f3n oficial que variaba de Letra a Letra. Por ejemplo, en la Letra D, el se\u00f1or Seco hab\u00eda muerto envenenado por un antigripal vencido. En la C, se hab\u00eda suicidado (que no era descartable). En la G, se hablaba de crimen pasional, sosteniendo esta teor\u00eda en el viajecito de su esposa al interior del pa\u00eds. Y en la E, a\u00fan estaba presente la muerte de las hermanas Torrealba, y se pensaba que hab\u00eda un psic\u00f3pata asesino entre los bloquecuatre\u00f1os. Pero, comunicarse con su esposa, ya viuda sin saberlo, era algo diferente. No se trataba de una noticia transformada en chisme. Buscar a un familiar no tan cercano para que \u00e9ste se encargara de informar era lo m\u00e1s viable. El olor a podredumbre a las cuatro de la tarde se hab\u00eda acentuado. Urg\u00eda hacer la llamada. Unas horas m\u00e1s y el apartamento iba a ser el cuartel general de las moscas de Coche. Todos los vecinos de la Letra A abandonaron el edificio y se trasladaron hacia el terreno donde el olor a \u00f3rganos en descomposici\u00f3n no llegaba. Fue all\u00ed cuando Navarro sac\u00f3 su celular del bolsillo, y marc\u00f3 la docena de d\u00edgitos. Son\u00f3 una. Son\u00f3 dos. Son\u00f3 tres, cuatro, siete veces y dos llamadas m\u00e1s. Y otras tres. En la cuarta ocasi\u00f3n, la voz programada de una operadora dijo que el tel\u00e9fono estaba fuera de cobertura y sugiri\u00f3 intentarlo m\u00e1s tarde. Luego de agradecer por usar el servicio de telefon\u00eda a distancia, sali\u00f3 de la nada, en la nada del tel\u00e9fono, la voz de la se\u00f1ora Seco, invitando a dejar su mensaje despu\u00e9s del pitido. Navarro cancel\u00f3 la llamada. El se\u00f1or Luis, el psic\u00f3logo del A-1, dijo que, de seguro, dentro del apartamento, hab\u00eda una agenda con los tel\u00e9fonos de las amistades de los Seco. Gerardo, del A-7, dijo con impertinencia que los tel\u00e9fonos de las amistades de los Seco seguro estaban anotados en una sola hoja, para qu\u00e9 iban a tener una agenda. Nadie, obviamente, hubiera ignorado e, incluso, reprochado el comentario de Luis en otra situaci\u00f3n. Bueno, no nos queda otra, dijo Navarro, a ver, \u00bfqui\u00e9nes entramos y resolvemos esto de una buena vez? Nosotros \u00e9ramos los \u00fanicos amigos de Seco.<\/p>\n\n\n\n<p>Navarro no hab\u00eda terminado de hablar cuando Rafaela, casi movi\u00e9ndose como un zombie, se dirigi\u00f3 a la entrada de la Letra A.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2014\u00a1Bueno! \u2013exclam\u00f3 Navarro\u2013, \u00a1all\u00e1 va la valiente Rafaela!, s\u00e9 que ella podr\u00e1, sin la ayuda de nadie, encontrar la agenda. Ella y la se\u00f1ora Seco se llevan bien, creo que hasta van al Bingo juntas. Y Rafaela, \u00bfse acuerdan?, tiene ese extra\u00f1o s\u00edndrome de no impresionarse con nada ni con nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>Pasaron veinte minutos y Rafaela a\u00fan no bajaba con tel\u00e9fono alguno anotado. Treinta. Cuarenta minutos. \u201cVoy a ir llamando a una funeraria mientras tanto\u201d, dijo Luis. \u201cMejor subamos, sabes c\u00f3mo es Rafaela\u201d, dijo Navarro, llev\u00e1ndose su dedo \u00edndice a la sien para se\u00f1alar cierto grado de locura con el gesto universal.<\/p>\n\n\n\n<p>De pronto, a todo volumen, se escuch\u00f3 desde el cuarto del occiso, el sonido de una conversaci\u00f3n entre Navarro y Seco:&nbsp;<em>En esta mierda de bloque a nadie le gusta trabajar<\/em>, dice Navarro.&nbsp;<em>Tienes raz\u00f3n, aqu\u00ed todos son unos zagaletones que quieren que todo se los d\u00e9 el gobierno<\/em>, dice Seco.&nbsp;<em>Muy cierto, no pueden ver una repartidera de algo<\/em>, dice Navarro. Se escuchan unos ladridos, ladridos de chow-chow.&nbsp;<em>Ya toda esta situaci\u00f3n me est\u00e1 cansando<\/em>, a\u00f1ade Navarro.<\/p>\n\n\n\n<p>Los vecinos subieron envalentonados con una tropa de bomberos solicitada por alg\u00fan otro vecino bloquecuatre\u00f1o. Cuando entraron al A-3, vieron a Rafaela con sus instrumentos art\u00edsticos, su atril, sus paletas, sus acuarelas, su delantal, sus pinceles y su talento. Retrataba la imagen del se\u00f1or Seco en brazos de una virgen. Una virgen asi\u00e1tica, sobre un pedestal que recordaba a un radio reproductor port\u00e1til.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/mario-morenza\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n\n\n\n<h6 class=\"wp-block-heading\">*Publicados en: https:\/\/ficcionbreve.org y https:\/\/digopalabratxt.com, respectivamente<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El juego comienza a la una No es descabellado pensar que ya Kate trae las cosas de casa y del beb\u00e9, no tan beb\u00e9, que llora y no para de hacerlo. Pero no debemos nunca adelantarnos a lo que se viene o a lo que se pueda tener por pensado que va a venir. 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