{"id":8935,"date":"2023-09-19T21:35:07","date_gmt":"2023-09-19T21:35:07","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8935"},"modified":"2025-10-27T14:23:07","modified_gmt":"2025-10-27T18:53:07","slug":"dos-cuentos-de-hector-malave-mata","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-hector-malave-mata\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de H\u00e9ctor Malav\u00e9 Mata"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La metamorfosis<\/h3>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote\">\n<p>Ni los vivos ni los muertos pod\u00edan reclamarlos; era la vez el uno y el otro, \u00e9l mismo, todav\u00eda inaccesible. D.H. Lawrence<\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p>Su embri\u00f3n, su leve racimo de carne, hab\u00eda dormido en el gr\u00e1vido vientre de Dauna Villa, hasta que una noche brot\u00f3 de la entra\u00f1a. Los destellos de luna llegaban hasta el camastro, salpicado de sangre, todav\u00eda fresca como gotas de milagroso zumo virgen. Un grito \u2014 \u201cContigo nace la semilla de mi muerte\u00bb\u2014 se\u00f1al\u00f3 su comienzo. Una mano opaca, de gruesas nervaduras, le dio el bautismo sobre la frente. <em>Vivir\u00e1s en el coraz\u00f3n de una piedra como un escarabajo que se oculta debajo de la cierra y jam\u00e1s asoma el cuerpo, tritur\u00e1ndote lentamente para volverte polvo y arena, y mientras mi tumba se erosione con el tiempo, te volcar\u00e1s en el aire, buscando mis propios cabellos, hasta enredarte en las crines de un potro salvaje que galopa desbocado tras un hurac\u00e1n de cenizas<\/em>. Varios golpes en el silencio sobre el caj\u00f3n de cedro y alguien dijo: \u201cHay en ella la huella apagada, casi invisible, de un demonio fugitivo\u201d. Desde entonces la tierra devor\u00f3 para siempre sus noches.<\/p>\n\n\n\n<p>El camino era como una larga v\u00edscera encantada. El hombre, desafiando filos de pedernales, hab\u00eda tomado aquel camino para escapar hacia tierra sin nombres. Atr\u00e1s sus huellas se disipaban como brumas al viento, mientras un resto de crep\u00fasculo, debajo de las nubes, cala entre los ribetes del horizonte. M\u00e1s atr\u00e1s, como envuelto en manojo de candela, quedaba el mu\u00f1\u00f3n de la cola de un dios, la verdadera historia, todo aquello que hab\u00eda sido contado con voces febriles en las noches.<\/p>\n\n\n\n<p>El viento surcaba el espacio con rumor de cabriolas, como en despliegue de ruidosas alas incre\u00edbles. Un perro aull\u00f3 y con el aullido vinieron las palabras. Eran varios los hombres. Hablaban s\u00f3lo de aquella historia. Uno se detuvo de pronto y coment\u00f3: \u201cElla vino del pueblo de Daunote huyendo de la bestial locura de Melvio Santos, antes que la crueldad de Melvio terminara en los manglares de Sacarillo\u201d. Otro dijo despu\u00e9s: \u201cAquella tarde lleg\u00f3 desamparada a Cantarrana, y desde entonces su vida fue como la de una mariposa que en las noche aletea sobre un espejo roto\u201d. \u00d1ico Prisco, oculto en la maleza, hab\u00eda o\u00eddo en silencio las palabras de los hombres. Luego lo estremec\u00eda all\u00ed mismo el recuerdo,&nbsp;<em>Mientras Mauro Canche permanec\u00eda todos los d\u00edas jumo y ba\u00f1ado de sudores, era yo un pedazo de carne dentro de un vientre que se agrandaba poco a poco. Ahora, llevando a cuestas La herencia de sus&nbsp;&nbsp;culpas, solo puedo imaginar como un demonio fugitivo, aunque sus apetitos no hayan sido totalmente infectar<\/em>. Atr\u00e1s, muy cerca de la cabecera del llanto, quedaba la verdadera historia, la historia de una metamorfosis invertida.<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio fueron los restos de animales muertos, el sol abrasando las costras vegetales, las ramas secas arrastradas por las aguas del r\u00edo, el viento de las noches resbalando en el plumaje de las aves dormidas. Despu\u00e9s fue aquel camino con sus malos rastros, y finalmente ella, desgre\u00f1ada y cubierta con unos trapos sucios, huyendo de la locura de Melvio Santos. Desde esa vez su vida continuaba aquel tr\u00e1nsito de sangres encendidas, en el que se sumerg\u00edan hombres y mujeres para luego quedar desvanecidos, inm\u00f3viles, llenos de n\u00e1useas, como juntados por un cord\u00f3n de saliva indeleble, sintiendo la tibieza de una efusi\u00f3n incontenible. All\u00e1 tambi\u00e9n estaban el idiota que en las noches cre\u00eda arrancar estrellas al cielo y el hombre del Labio leporino que remedaba su imagen en el espejo.<\/p>\n\n\n\n<p>Quien primero la vio fue Justo Lapio, con su mirada fuerte, penetrante. En aquel momento pudo haber dicho:&nbsp;<em>Aqu\u00ed tu vida ser\u00e1 como la de una mariposa que aletea en las noches sobre un espejo roto<\/em>. Cuando Dauna Villa, en su sue\u00f1o, vio nubes blancas qu\u00e9 ca\u00edan como gotas de leche, alguien en La penumbra pos\u00f3 los dedos en la fatal umbr\u00eda de su carne, acarici\u00f3 su rostro, flotante como un cisne, y adivin\u00f3 en sus ojos el temor amoroso de la mancilla; palp\u00f3 despu\u00e9s su vientre y le dijo con una predicci\u00f3n vuelta sentencia: \u201cCuando el verano vuelva despertar\u00e1 tu sexo como plumaje de cuervo, y tu cuerpo se encender\u00e1 de fiebre oliente a quemaduras de sol\u201d. A medianoche le habl\u00f3 susurrante al o\u00eddo: \u201cCuando tu boca pruebe de nuevo leche y miel, tu vientre se volver\u00e1 redondo como fruta de tibia carne\u201d. La mujer hab\u00eda sentido en sus entra\u00f1as la simiente del hombre intemperante y ebrio. Por eso se deshizo el humo de su sue\u00f1o, y al d\u00eda siguiente se sinti\u00f3 llena de n\u00e1useas, como fustigada por el miembro de un animal en celo.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces cuando apareci\u00f3 en su destino la mancha del demonio fugitivo. Su vida, su verdadera vida, as\u00ed quedaba entre aquel despertar y el llanto \u00faltimo derramado junto al caj\u00f3n de cedro. La trama comenzaba donde Justo Lapio la vio con sus ojos potentes, desde el momento en que su vida iniciaba una metamorfosis invertida. Siempre entre la locura del hombre que cre\u00eda arrancar pencas de lumbre al cielo y la obsesi\u00f3n del hombre de labio leporino que parodiaba su figura en el espejo. Como para que Dauna Villa hablara nada m\u00e1s que con el pensamiento.&nbsp;<em>Hay aqu\u00ed un juego de pu\u00f1ales, con hiel y veneno en sus puntas, hecho con los malabarismos del demonio en este cuarto de continuas violaciones nocturnas<\/em>. Entonces las l\u00e1grimas del hombre de labio leporino turbaban el velo de la noche. A Mauro Canche se le ve\u00eda llegar, sonre\u00edr con el idiota cazador de estrellas y sumergirse luego entre las voces tabernarias. En el umbral del cuarto una vez dijo: \u201cHe vuelto para darte lo que no me has pedido\u201d. Dauna Villa sinti\u00f3 despu\u00e9s el latido de su sangre en todo el cuerpo y pens\u00f3&nbsp;<em>Mi voluble carne incorregible me ha arrastrado a este sitio de funestas tentaciones. Mi vida ha flotado sobre este tremedal al cual afluye la ciega pasi\u00f3n de quien no sabe distinguir entre el fracaso y la fugaz entrega<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo bastaba que aquel lugar quedara en la penumbra para que Mauro Canche, con sus ojos profundos, observara a la mujer, cubierta apenas hasta el bajo vientre. Dauna Villa sent\u00eda la h\u00fameda semilla de la noche en sus entra\u00f1as. Tambi\u00e9n las palabras metidas en su pensamiento.&nbsp;<em>Yaces aqu\u00ed, sobre mi voluntad, junto a tus propias culpas, porque llevas adentro un oscuro demonio que desfigura tu existencia y la m\u00eda, inculca en nuestros cuerpos el tormento que nos arrastra hasta este torbellino, donde el suplicio ser\u00e1 menos terrible cuando de la copulaci\u00f3n de la sangre no haya herencia de humillaci\u00f3n y da\u00f1o<\/em>. Otras veces re\u00eda el idiota, o azotaba a su imagen entre risas y llantos el hombre de labio leporino, cuando ella encend\u00eda la voz detr\u00e1s de la puerta. \u201cD\u00e9jenlo ir por donde vino\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Pronto lleg\u00f3 el d\u00eda en que Dauna Villa sinti\u00f3 brizna de vida en sus entra\u00f1as. Mauro Canche, entre tanto, se volv\u00eda oscuro demonio fugitivo, all\u00ed donde Justo Lapio lo ve\u00eda trastornarse como alguien que sin fuerzas se embriaga para dar sustancia a sus delirios. Hasta que la noche puso el filo ensangrentado entre unas manos torpes, o quiz\u00e1s sobre la rabia del hombre de labio leporino, y no se supo si fue el idiota o el mismo Justo Lapio quien lo vio, por \u00faltima vez, sangrando sobre la tierra. Alguien sin decir palabras pudo haber dicho:&nbsp;<em>Tan s\u00f3lo fuiste, Mauro Canche, un demonio penitente que morir\u00e1 definitivamente cuando tu huella se borre con el pasto rumiado de alg\u00fan buey que en las noches brame por los abrevaderos de tu carne. Aun cuando puede haber en el mundo m\u00e1s armon\u00eda por una mujer que peca y se arrepiente que por muchas mujeres castas sin necesidad de penitencia, en ti quedar\u00e1n encendidas tus manchas, las mismas de todos los hombres que ignoran el tiempo de su expiaci\u00f3n cuando asimismo desconocen el tiempo para la absoluci\u00f3n de la mujer prostituida<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Dauna Villa sent\u00eda caer gotas de leche sobre su pecho (\u201ccuando el verano vuelva, tu vientre se volver\u00e1 redondo como fruta de tibia carne\u201d), hasta que una noche el hombre de labio leporino dej\u00f3 escapar la rabia, y el idiota desapareci\u00f3, dejando atr\u00e1s el llanto del reci\u00e9n nacido. La mujer despert\u00f3 con un grito (\u00abcontigo nace la semilla de mi muerte\u201d), y afuera, apoyado sobre un viejo tronco, Justo Lapio quiso que en sosiego brotaran sus palabras. \u201cUna madre pare un solo hijo, aunque alumbre despu\u00e9s a muchos otros, y es porque sus penas se repiten siempre por un mismo pecado\u201d. En medio del delirio, reducido a aquellas siete palabras del alumbramiento, una mano opaca, de gruesas nervaduras, dio sobre la frente el bautismo.&nbsp;<em>Vivir\u00e1s en el coraz\u00f3n de una piedra como un escarabajo que se oculta debajo de la sierra y jam\u00e1s asoma el cuerpo, tritur\u00e1ndote lentamente para volverte polvo y arena, y, mientras m\u00ed tumba se erosione con el tiempo, te volcar\u00e1s en el are, buscando mis propios cabellos, basta enredarte en las crines de un potro salvaje que galopa desbocado tras un hurac\u00e1n de cenizas<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1ico Prisco permanec\u00eda inm\u00f3vil bajo un cielo poblado de tinieblas. Cuando la oscuridad bajaba hasta sus p\u00e1rpados, sent\u00eda que \u00e9l mismo se precipitaba hacia el fondo de su pesadilla. Y fue al instante su propio pensamiento.&nbsp;<em>El delirio de Dauna Villa puede haberme convertido en el eco del vagido de un feto que se ahogaba en el llanto. Pero mi nacimiento no pudo suceder sin su dolor y ahora estoy aqu\u00ed cono una estatua de tierna blanda que puede desmoronarse con una carcajada. No pienso en la victoria de haber nacido, porque la vida entera no es suficiente para ganar la indulgencia o la gracia eterna, aun viviendo todo el tempo en una penosa preparaci\u00f3n para estar luego perpetuamente muerto<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobrevino la calma y en la mente de \u00d1ico Prisco se agolparon las palabras como en fragmentos de una vieja sentencia.&nbsp;<em>No ir\u00e1s muy dejos, no ir\u00e1s muy lejos, porque el camino es rumbo por donde apenas andan los pasos del silencio<\/em>. Estaba all\u00ed, asentado en el mismo lugar, como un extraviado que asomaba su descarr\u00edo all\u00e1 por los albores del \u00e9xodo b\u00edblico, con el semblante ahora transido por la tristeza que le causaba el cielo sin estrellas. Recordaba que alguien cuando ni\u00f1o le hab\u00eda contado la verdadera historia.&nbsp;<em>Mauro Canche hab\u00eda amado a Dauna Villa con el mimo deseo de quien teniendo un miembro gangrenado anhela la r\u00e1pida amputaci\u00f3n que lo librar\u00e1 para siempre de su averiada carne<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>A\u00fan as\u00ed deb\u00eda cargar con todo aquello que comenzaba donde y cuando Justo Lapio la vio con su mirada recia, continuaba en su recuerdo (el viejo Lapio lo tuvo en crianza, y pudo ser quien cuando ni\u00f1o le cont\u00f3 la verdadera historia) y terminaba no ahora (<em>uno muere repetidas veces<\/em>, se hab\u00eda dicho) en la magra carne flagelada, sino cuando su cad\u00e1ver despu\u00e9s fuera arrojado en un negro ata\u00fad, o simplemente amortajado en s\u00e1banas que recordaran la efusi\u00f3n de aquel alumbramiento, y al cabo su memoria haya desaparecido para siempre. All\u00ed acabar\u00eda todo porque entonces el viejo Lapio hablar\u00eda nada m\u00e1s que con el pensamiento.&nbsp;<em>Si bien se conoce cu\u00e1ndo se viene al mundo, jam\u00e1s se sabe el d\u00eda detr\u00e1s del cual se cierne la inmensa noche eterna<\/em>. O apoyado sobre el viejo tronco de roble cavilar\u00eda sin pronunciar palabras.&nbsp;<em>Tal vez un cad\u00e1ver sin sepultura es menos aterrador que cualquier criatura desprovista de ojos y de alma&#8230; Somos perenne fracaso de ser Dios porque nuestras pasiones nos hunden sin salvaci\u00f3n en una ci\u00e9naga sin fondo. Caemos en ella porque gustamos m\u00e1s del Infierno (las tentaciones terrenales&#8230;) que el a que estamos condenados para alcanzar el cielo, all\u00e1 donde dicen que las almas se adornan con hilos de alabastro. En nuestra obsesi\u00f3n o muestra lucha perseguir a Dios nos acercamos m\u00e1s al Demonio, ese oscuro lagarto que deposita en muestra carne una rabiosa fiebre mam\u00edfera, inyecta en nuestra mente un ebrio tormento epiceno, Somos constante fracaso de ser Dios por nuestra continua fornicaci\u00f3n con el Demonio<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1ico Prisco sent\u00eda en lento desfallecimiento c\u00f3mo sucumb\u00eda su cuerpo en el recuerdo. Le parec\u00eda que en \u00e9l mismo s\u00f3lo hubiese quedado una mitad de su cuerpo. A\u00fan as\u00ed quer\u00eda prolongar la marcha, pero todo era in\u00fatil. Ca\u00eda despu\u00e9s en una mezcla de resignaci\u00f3n y tormentosa renuncia. En el v\u00e9rtigo se sent\u00eda arrastrado por la fuerza de un hurac\u00e1n invisible, mientras el viento cabriolaba y el cielo se tornaba m\u00e1s claro, con lunares de \u00e1mbar que anunciaban la noche. \u00d1ico Prisco, inm\u00f3vil y callado, comenzaba a observar en las nubes&nbsp;<em>las formas del lagarto, del hipocampo, del diplodocus, del \u00e1guila rompiendo las mortajas de un cad\u00e1ver furtivo, del balandro rasgando un mar de espumas, de un mendigo de guedejas luminosas que cabalgaba sobre los hombros de un gigante negro, las barbas de un santo solitario. M\u00e1s arriba se extend\u00eda un arco iris, debajo del cual galopaba, despu\u00e9s de la \u00faltima victoria universal, el Gran Jinete, en el caballo blanco, guiando las huestes a trav\u00e9s de la gran masa c\u00f3smica, con las sienes enrojecidas por la sangre tel\u00farica, llevando en la boca la espada refulgente del Verbo del Juicio. De la superficie de las aguas ascend\u00edan los \u00e1ngeles de los cuatro vientos a ubicar el arca testamentaria de la acci\u00f3n de los cielos, muy cerca del iris que decoraba el rostro de Dios. Al instante un \u00e1ngel de ojos m\u00edsticos golpeaba mortalmente a la serpiente hostil, y sereno aparec\u00eda despu\u00e9s en el Averno con una espiga escarlata en la mano<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1ico Prisco como encantado miraba&nbsp;<em>una doncella labrada en protoplasma de los cielos, apoyada sobre un pedestal de blancos musgos mientras se despojaba cautelosamente de sus gasas exhibir un virginal cuerpo de leche. M\u00e1s all\u00ed, rompiendo el abanico de nubes, un saurio gigantesco mostraba sus fauces, sus vigorosos miembros, su cola hundida en las abras del G\u00e9nesis. La doncella, alumbrada con terso resplandor celeste, retroced\u00eda t\u00edmidamente, sinuosa y plena, convirtiendo en jirones los velos siderales. El saurio avanzaba hacia ella, La mujer aceleraba la marcha dejando atr\u00e1s cortinas de nubes transparentes. La bestia avanzaba hacia su desnudez mancillando el velamen del cielo, agitando sus garras como en las f\u00e1bulas, como en el duelo de los mitos. Era la lid en la forja errante de la querencia<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1ico Prisco ve\u00eda despu\u00e9s&nbsp;<em>un drag\u00f3n que despertaba de su sue\u00f1o invernal y corr\u00eda a custodiar la inmunidad del cielo, a la gran diosa coronada de estrellas, que no era la doncella fugitiva sino la creadora de la maravilla de la noche. El saurio, entre tanto, recorr\u00eda con su hocico el milenio sombr\u00edo del Apocalipsis. La mujer jadeaba, su rostro torn\u00e1base m\u00e1s puro, su cabellera se desmantelaba lentamente por los bufidos de la bestia, el cuello le ca\u00eda con gracia sobre el arco luminoso de los hombros, para que \u00e9stos facilitaran el trayecto hacia la cumbre de los senos; m\u00e1s abajo, en la declinaci\u00f3n del cuerpo, nac\u00eda el vientre, redondo y marfilino, limitado hacia los lados por caderas de \u00e1nfora; en la uni\u00f3n de los muslos, como tatuando la vertiente del sexo, aparec\u00eda el pubis virginal, umbral del sensible rumor de las entra\u00f1as. Detr\u00e1s del s\u00e9ptimo abalorio de la ira, el saurio, retorci\u00e9ndose en el vasto resplandor de la noche, mov\u00eda los miembros, agitaba sus test\u00edculos en equilibrio f\u00e1lico. La doncella, esbelta como c\u00e1lamo, se columpiaba en la brecha de las nubes. La bestia se le acercaba con estruendo de atabales. Los dos, brevemente despu\u00e9s, quedaron confundidos en una sola masa, trabados en la cima del \u00e9xtasis. Del ayuntamiento se origin\u00f3 la concepci\u00f3n elemental, la gestaci\u00f3n de la gota madre en el espejo. Sobrevino la flama del rel\u00e1mpago seguida por el fragor del trueno, y luego el plasma derramado del cielo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00d1ico Prisco oy\u00f3 al instante el rumor de la lluvia. Lo que antes fue faja amarilla para sendero de las lagartijas era despu\u00e9s camino de aguas vaporosas para tr\u00e1nsito de espejismos. \u00c9l, que en otros tiempos pudo galopar millas y leguas, burlando al demonio en sus propios rediles, ahora estaba all\u00ed, como un hambriento animal j\u00edbaro tirado por la gleba salvaje, como si el mismo demonio lo llevase a atisbar, en la severidad del castigo, la embriaguez sangu\u00ednea de la prostituta a horcajadas sobre la bestia bermeja del Apocalipsis. Como habl\u00e1ndole a alguien, musit\u00f3 apenas con el pensamiento.&nbsp;<em>No puedo avanzar, me lo impide el duende terroso que se mete en mi cuerpo con la fuerza que le hace falta para tener raz\u00f3n<\/em>. En la mente se le juntaron de nuevo las palabras como fragmentos de una vieja sentencia.&nbsp;<em>No ir\u00e1s muy lejos, no ir\u00e1s muy lejos, porque llevas por dentro el espectro que te trinca a este lugar, siempre reservado para memoria de tu repugnancia, en escarmiento de tu sangre, la sangre que circula por el cuerpo de los fugitivos que huyen de su propia sombra como de una serpiente venenosa<\/em>. Su m\u00ednima raz\u00f3n se filtraba a trav\u00e9s de los negros agujeros de la locura.&nbsp;<em>\u00bfNo comprendes que tu existencia es fruto de la inquisici\u00f3n de la carne, y que mientras existe un cuervo gigantesco con las alas abiertas en el cielo, existes t\u00fa como un reptil que se desliza sobre el suelo est\u00e9ril, devor\u00e1ndote a ti mismo porque tus v\u00edsceras se colman de apetito insaciable?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Un potro, que all\u00ed beb\u00eda las aguas del sue\u00f1o, llevaba en sus ojos de anf\u00edbol el color de la noche. \u00d1ico Prisco olfateaba el vaho de la tierra h\u00fameda.&nbsp;<em>No estoy loco, no estoy loco. Un loco no es capaz de librarse de su propia locura&#8230; mis huesos carcomidos&#8230; mi carne que no siente&#8230; este fantasma me ahoga por dentro&#8230; mi cielo que no existe cuando existe el temor del infierno por mi presencia&#8230; es necesario un cielo, o un infierno, o una tumba abierta&#8230; ahora oigo las \u00faltimas palabras, las palabras que el viejo Lapio ha dejado escapar con el viento&#8230;<\/em>&nbsp;La luna, entre las nubes, se mov\u00eda como el \u00fanico ojo de un animal mostrenco. El viento llegaba en una danza de furiosas alas incre\u00edbles, como si una mano recia agitara un primitivo l\u00e1tigo de viento. Los ojos de \u00d1ico Prisco se apagaban como cirio invertido sobre su propia lumbre. Negros insectos se le posaban luego en la frente y los p\u00e1rpados. Poco despu\u00e9s, cuando un escarabajo se sumerg\u00eda en la tierra, aquel hombre yac\u00eda sin demonio ni dios, entre polvo y sangre, la propia sangre que entonces brotaba con los estigmas de la amalgama de la herencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Estaba all\u00ed, oscuro de sangre, despu\u00e9s de burlar en vida los febriles linderos del infierno, como un demonio herido por la espada de un arc\u00e1ngel que derrama toda su violencia porque siente el ardor de un ultraje primario. Atr\u00e1s quedaban las voces tabernarias, las palabras del viejo Lapio, la niebla en el espejo. Quedaban el llanto f\u00f3sil, el mu\u00f1\u00f3n de la cola de un dios, el camino como larga v\u00edscera encantada. Quedaba tambi\u00e9n la historia de una metamorfosis invertida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-center\">***<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La \u00fanica voz en la ca\u00edda<\/h3>\n\n\n\n<p>No fue entonces el temblor del v\u00e9rtigo. Tampoco la carrera del viento con sus silbidos largos. Ni siquiera los soplos del temporal sobre el secano. Fue la voz musitada todo el tiempo en el encierro. O el secreto rumor de la ca\u00edda. O aquello que Luz Rigores apenas pudo recordar cuando quiso volver la mirada hacia las cosas no muertas todav\u00eda. Como en la distancia de los sue\u00f1os truncos. Cada vez que tuvo que rastrear en el letargo para acercarse a lo que ya quedaba demasiado lejos. Dormida como estuvo casi siempre. O despierta mientras quiso llorar con las palabras por pensar que jam\u00e1s tuvo culpa y sin embargo recibi\u00f3 el castigo. As\u00ed vivi\u00f3 los d\u00edas de la espera. Con los ojos cansados de tanto mirar malos recuerdos y de mucho columbrar en el sue\u00f1o lo que no fue vida sino agon\u00eda interminable.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo comenz\u00f3 aquella tarde cuando Luz Rigores divis\u00f3 a Balbirio Ruano esper\u00e1ndola al final de un surco. Eso fue por los primeros d\u00edas de la siembra. La brisa bajaba ind\u00f3cil hasta las sementeras, cuando una bruma clara, cayendo desde la cumbre del lomer\u00edo, se abr\u00eda con el corte de la ventolera. La mujer sonre\u00eda, y vi\u00e9ndola sonre\u00edr Balbirio la tom\u00f3 entre sus brazos para luego tenderla en la hojarasca tibia. Ella susurr\u00f3 con querencia unas palabras. Tras cada palabra sinti\u00f3 el golpe de la sangre contra el pecho. En seguida le aumentaron los latidos por dentro. Y aquel roce compartido del comienzo se fue tornando suave vaiv\u00e9n entre la carne virgen. Una \u00faltima palabra de Luz Rigores. Con la boca encendida, con los ojos brillantes, como cuando el \u00e9xtasis comienza a encumbrar la embriaguez de los sentidos. Entorn\u00f3 luego los p\u00e1rpados, apret\u00f3 los labios y sinti\u00f3 un estremecimiento en las entra\u00f1as. Amoroso fue entonces el rumor del viento de Rustanza.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s fueron las n\u00e1useas, los delirios, la reciente esperanza pugnando contra el miedo. Apenas entre niebla la imagen de las cosas, borrosas sus propias pesadillas, turbia la figura del padre. Siguieron las molestias intermitentes de los s\u00edntomas. Iban y ven\u00edan los sudores, los mareos, las palpitaciones, los dolores punzantes dentro de ella misma. Comprendi\u00f3 que una presencia inquieta le nac\u00eda entre su carne. Entonces m\u00e1s se aferr\u00f3 a la vida por saber que en su vientre crec\u00eda la ra\u00edz de otra vida. Y busc\u00f3 a Balbirio. S\u00f3lo para decirle que llevaba su simiente en las entra\u00f1as. En eso anduvo hasta sentir el cuerpo sobre la tierra como en el lomo de un animal cans\u00edo. Pero Balbirio no apareci\u00f3 m\u00e1s por aquellos lugares.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed fue como el cuerpo de Luz Rigores se fue volviendo pleno. Se ablandaron sus muslos, se le juntaron pliegues ocres en la redondez de las caderas, le crecieron los pechos en el regazo donde el amor se espesa. Algo como zumo tibio le recorr\u00eda las venas. El latir de la sangre fue templ\u00e1ndole las manos, reg\u00e1ndole una poca calentura en las turgencias. Y siguieron los d\u00edas. Todos grises como nubarrones. Ella misma con otra vida encajada en su cuerpo. Vag\u00f3 por los alrededores, ote\u00f3 las nubes cargadas como vientres, lanz\u00f3 cascajos en el agua del abrevadero. Hasta que por andar a solas con sus pensamientos se qued\u00f3 sin fuerzas y el desmayo la tumb\u00f3 sobre un mont\u00f3n de abrojos.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed pudo haber sido. Como para que su padre, el mismo Rusco Rigores de tantos entreveros, al encontrarla en aquel trance, la reprendiera y luego la lanzara sobre la tierra removida. Es casi seguro que as\u00ed hubiera ocurrido. Varias fueron las preguntas del padre. De la hija la \u00fanica respuesta. De pronto la cara del hombre se pleg\u00f3 de muecas como las que preceden al desbordamiento de la ira. Ella lo vio sacudirse como animal bridado. Al punto fueron los golpes de zurriago, duros golpes detr\u00e1s de los insultos, tan fuertes como azotazos de patr\u00f3n malentra\u00f1a. Y enseguida fue el grito abriendo brecha entre calcanapires y carrizos, hasta al cabo perderse en el vac\u00edo del aturdimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que sucedi\u00f3 despu\u00e9s fue todo aquello metido en la penumbra del cuarto. Todo lo que Luz estuvo imaginando desde que el padre la arroj\u00f3 entre las cuatro paredes y cerr\u00f3 bruscamente la puerta dejando el eco de sus reniegos all\u00e1 dentro. Cerrada como qued\u00f3 la puerta para la resignaci\u00f3n y entreabierta para las maldiciones, con apenas un resquicio por donde escapaban los rebotes del llanto, o acaso los ruegos de la mujer en su emparedamiento. Penosas como fueron sus noches de tanto sentir los zarpazos en su sue\u00f1o, de tanto ver en su sue\u00f1o los ojos de Rusco Rigores, sesgados en bisojera torva, como atisbando con encono la traza de Balbirio Ruano.<\/p>\n\n\n\n<p>Al comienzo fueron martillazos sobre la madera, palabras que clavaban la furia de Rusco en el travesa\u00f1o de la puerta. Al mismo tiempo fueron el chirrido de los goznes y el ruido de la tranca. Tambi\u00e9n el aire enrarecido, el olor a cuarto abandonado, el suelo fr\u00edo. Las cosas necesarias para el castigo de tapiar en vida a la hija que el padre mal mentara. Despu\u00e9s siguieron la voz de Rusco como zumbos de moscardones, las pisadas crujientes de sus botas, el asedio sin tregua. Y el miedo de la mujer encadena-do a los pasos golpeantes. Todo lo que fue posible para el ahogo silencioso y lento. Mudo el sofoco de cada d\u00eda, de cada noche, por haber sido su vida cada vez menos vida o cada vez m\u00e1s muerte. O vida con algo menos tras cada instante de sus d\u00edas, porque entre aquellos martillazos y las injurias que al padre se le alborotaban en la boca, siempre estuvo el recuerdo rondando su tormento.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces comenz\u00f3 el hundimiento, el marasmo sin fondo. Pero Luz no renunci\u00f3 a su existencia mientras tuvo que velar su ca\u00edda. Ni se atasc\u00f3 la soberbia de su padre porque \u00e9l mismo se mantuvo a cuestas de su fiera \u00edndole, como animal cerril que gru\u00f1e en la borrasca. Y fue por voluntad del padre que sobrevino su derrumbe. Acaso ruina o despojo de mujer que fue toda trepidaci\u00f3n bajo el deseo de un hombre que jam\u00e1s conoci\u00f3 su desgracia. Aquel Balbirio que anduvo sin viaje de regreso cuando el amor se deshizo en caminos, en lejanas andanzas sin retorno. O tal vez senderos por donde Luz nunca pudo encontrarlo porque entonces se le llenaba de bara\u00f1as el sue\u00f1o. Y la imagen de Balbirio se le apareci\u00f3 en sus extrav\u00edos cuando tuvo que recoger el dolor en su memoria. Y vi\u00e9ndolo a media luz no pudo o\u00edr sus palabras ausentes. Y mientras ella lo ve\u00eda, \u00e9l contemplaba lo que pod\u00eda ser el se\u00f1uelo de su propio remordimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>En eso estuvo ella, a solas con sus palabras h\u00famedas, hasta que los ojos de Balbirio se fueron convirtiendo en dos brasas redondas cada vez m\u00e1s distantes, nada m\u00e1s porque en la oscuridad siempre asomaba Rusco, el padre en constante acoso, sus pupilas en sesgo, sus rezongos sin sonido como los que se escuchan en los sue\u00f1os sordos. La mujer quiso seguir los rastros de Balbirio para mostrarle el fruto de lo que fue su entrega. Pero la noche oscureci\u00f3 su rumbo. Y no era bueno el trayecto para la busca cuando tuvo que vivir entre sue\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n la esperanza de Luz se fue acabando de tanto apretujarse entre sus pensamientos. Fue m\u00e1s pesada la carga de los d\u00edas, m\u00e1s doloroso el escozor de la condena, como para que la pena se le hiciera una zozobra lenta y la vida se le desbaratara en gajos de muerte cence\u00f1a. Fue ese el deseo del padre cuando le dio el castigo, queriendo as\u00ed borrarle, como dec\u00eda, todo vestigio de impureza. Pero si ella tuvo que afrontar la condena fue porque no quiso despertar alguna vez con el vagido de una vida rota. Y luch\u00f3 por dar vida a otra vida. En ofrenda por dentro y en carencia por fuera. Hundida una criatura en su vientre y ella aterida en su sombra. Y su sombra fue aquella soledosa pena que le hab\u00eda dado el padre porque su pre\u00f1ez le causaba una afrenta. O el agravio que el padre no soportaba y todo el tiempo devolv\u00eda en escarnecimiento, para grima de su propia herencia o para humillaci\u00f3n de la sangre que manaba en la conduerma y salpicaba la indignaci\u00f3n sin freno.<\/p>\n\n\n\n<p>Y sigui\u00f3 en la ca\u00edda a sabiendas que su tr\u00e1nsito se iba haciendo de greda resbalosa, o de tierra desmoronada bajo los aguaceros, o de lama arrastrada por aguas en creciente. Sin saber si aquello era la corrent\u00eda de la vida misma o el rumor tapiado entre sus sue\u00f1os, como aqu\u00e9l en que el padre, estruj\u00e1ndole el vientre, le gritaba que no ten\u00eda vientre sino una bolsa inflada de impureza, amarrada hacia abajo con hebras de coyunda para que las culpas la pudrieran por dentro. Y le dijo que por eso no tendr\u00eda hijo sino cr\u00eda como los quirquinchos. Ella le respond\u00eda, desde el costado menos incierto del ensue\u00f1o, que su vientre era el lugar donde anidaba el aura de una vida nueva. Y mir\u00f3 el rostro de Rusco convertido en m\u00e1scara bermeja, con los ojos brotados como granos de fuego. El arrebato del padre estremeci\u00f3 la semilla sembrada en el claustro materno. Al momento la mujer sinti\u00f3 el golpe de zurriago contra el pecho para que all\u00ed se le juntara el resquemor con el abatimiento. Pero Rusco Rigores era hombre de sobrevientos, y por col\u00e9rico despertaba lanzando pestes y maldiciones, con juramentos que plagaban los arrabales del infierno.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras fue necesario la mujer sigui\u00f3 en medio de una marea oculta, o de un abismo sin fondo, o de un laberinto sin salida, porque fue terca la voluntad de no abrirle la puerta a la aflicci\u00f3n que le hab\u00eda dejado el desconsuelo. Muchas veces palp\u00f3 su pre\u00f1ez. Sinti\u00f3 cada vez m\u00e1s lleno el vientre, m\u00e1s hinchada la carne, m\u00e1s blanda la juntura de los muslos, el escalofr\u00edo plenando de temblores su desnudez m\u00e1s \u00edntima. Y fueron sucesivos los d\u00edas de sofoco, las noches en vigilia. Hasta que sinti\u00f3 las puntadas que vinieron de adentro. En ella misma como ramalazos. Comprendi\u00f3 que era aquella una se\u00f1al recibida en justo momento, en anuncio de un ser que apremiaba la luz y buscaba la salida con natural impulso. El v\u00e1stago pronto se desprendi\u00f3 de lo que lo sostuvo. Lacerante fue el pasaje del descenso. Un dolor agudo, m\u00e1s punzante que las desgarraduras de toda su existencia. Y en la turbaci\u00f3n se movi\u00f3 el peque\u00f1o ser en sus entra\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed comenz\u00f3 el recorrido. Baj\u00f3 entre las aguas que le dieron calor desde que fuera embri\u00f3n apenas. Sin detenerse sigui\u00f3 por brecha libre, anduvo el cauce abierto en el desgarro de la carne. La mujer soport\u00f3 el movimiento del fruto desprendido. Desde la matriz hasta el plexo que desemboca en la vertiente montesina del pubis. Las l\u00e1grimas le mojaron los ojos cuando no pudo mirar la humedad derramada, ni aquello que brot\u00f3 como de nuez partida y rasg\u00f3 su cuerpo como si en el carril que va del vientre al mundo se hubieran amontonado puntas de guijarros. Y la criatura surgi\u00f3 invicta en el traj\u00edn del alumbramiento.<\/p>\n\n\n\n<p>No supo Luz cuando se abri\u00f3 la puerta. Pudo haber o\u00eddo en el umbral del desvanecimiento unas botas crujientes en el cuarto. O haber cre\u00eddo que eran trancos que recorr\u00edan las veredas ya estrechas de su sue\u00f1o. Pasos con prisa, como so\u00f1ados en un tiempo breve. O tras los gritos haber pensado que Rusco se llevaba a escondidas el llanto del reci\u00e9n nacido. Pero fue al despertar cuando vio la puerta trancada como siempre. Ella acostada en la estera sobre el suelo. Consigo solamente el olor a sangre derramada, la flojedad de brazos y rodillas, las manos con color de almagre. Pudo haber o\u00eddo algo parecido al lloriqueo de un ni\u00f1o desnudo a la intemperie, amamantado con leche de la luna que jugaba en la parvulez de sus pesta\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio los gritos fueron cortantes como filos de esparto. Despu\u00e9s se hicieron blandos y distantes a lo largo de una pendiente sin rellano. Y fue continuo el despe\u00f1o porque Luz no encontr\u00f3 raz\u00f3n en detenerlo. Y por no contenerlo los sollozos del hijo se fueron prolongando, se tornaron lloros cada vez m\u00e1s lejanos hasta perderse en los riscos de los agostaderos. Pudo haber sucedido que el hijo se extraviara entre los crestones de Rustanza, arrastrado quiz\u00e1s por el orgullo de quien vio en \u00e9l la marca viva de la deshonra, y no encontrara lugar para el regreso porque alguien le cerr\u00f3 el camino, y se quedara con los ojos mirando el vuelo de los gavilanes bajo las crines plomizas de las nubes. O no haber regresado por haberse dormido, con los ojos abiertos para siempre dormidos, entre los retamales que crecen en lo m\u00e1s hondo de los desgalgaderos de Rustanza. Es de creer que as\u00ed hubiera ocurrido. Pero Luz jam\u00e1s lo supo porque no tuvo vista con que mirar otras sombras fuera de su cautiverio.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde entonces se hizo calma pesarosa lo que fue ansiedad de su espera. Su-cedieron las noches a los d\u00edas en la bruma de su encrucijada. Entre d\u00edas y noches se le aloj\u00f3 el desvelo o lo que fue inquietud metida en sus malos sue\u00f1os. Y se detuvo demasiado en desandar el trecho cuando un tiempo sin tropel ni prisa resbalaba tambi\u00e9n en su ca\u00edda. Angosto y prolongado aquel derrumbamiento sin rastros ni sonidos, como anudado a la larga agon\u00eda desde que se fueron apagando las voces, los golpes de zurriago, el retumbo distante de los gritos. Y desfalleci\u00f3 despu\u00e9s del alumbramiento para que la desgracia empotrara la agon\u00eda en su cuerpo consumido. Y la vida se le qued\u00f3 sin nada, flotando en el vac\u00edo, sin voluntad con que arrancar las espinas clavadas para siempre en su vida. Marchita como qued\u00f3 su vida por haberse engarzado la desdicha en los escombros que le dej\u00f3 el castigo.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquello no fue bastante todav\u00eda. La fiebre le creci\u00f3 con tiritera a veces enervan-te, a veces apacible. Y llor\u00f3 entonces como para que las l\u00e1grimas le enjuagaran la dolencia, o tal vez el suplicio, o algo parecido al estrago que le causaba aquella pesadumbre. Y en cada noche el recuerdo la sorprend\u00eda mal dormida en el sue\u00f1o por causa del trastorno que le daba la fiebre cuando en su cuerpo se amontonaban espasmos y dolores. Eso le bastaba para o\u00edr las palabras que ella imaginaba sin siquiera decirlas, o sin saber que las dec\u00eda cuando le hablaba a Filpa Rigores, su madre difunta, con voces insonoras, como encerradas en la b\u00f3veda del pensamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Dime, maita Filpa, \u00bfpor qu\u00e9 no has venido a verme entre estas paredes que lo que hacen es darme sofocones? \u00bfEs que todo lo que ha de darse en estas tierras es para secarle las l\u00e1grimas al pr\u00f3jimo? \u00bfNo puedes pedirle un poco de piedad a mi padre demontre, ni puedes aplacar su enojo y hacer que se sosiegue? \u00bfPor qu\u00e9 tanta fiereza contra mi desamparo? Eso tienes que decirle tan pronto como puedas \u00bfO es que acaso no traigo cuentas en tu mundo ni tengo para ti ninguna valedura?&#8230; Te pido que me oigas para que no digas que te molesto y canso cuando lo que quiero es recordarte las cosas que no quiero que olvides&#8230; S\u00f3lo espero que te repongas y levantes tu cuerpo del fondo de esa tierra dura. Te hablo para que dejes un poco ese descanso que nunca se te acaba. Ven cuanto antes sin esas demoranzas tuyas, para que veas a tu marido apestoso de rabia cuando me maldice y ni siquiera esconde lo que t\u00fa sabes que tiene de mal hombre. O para que me veas con ganas de salir de este secuestro y acostar mi cuerpo a la vera del tuyo. All\u00e1 donde la brisa ventea sobre el monte y le lleva silbos de duendes al silencio&#8230; No me preguntes lo que he vivido en este tiempo. Sabes que no es bueno contar lo que el recuerdo trae con quebrantos, si por lo mismo entiendes esta sofocaci\u00f3n, este ardor en mis ojos apagados y secos, un poco m\u00e1s nublados que tus ojos dormidos. Todo el tiempo sintiendo la medrana metida en mis espantos porque mi padre siempre se baja del camastro armando broncas y bullangas, con rezongos que asustan a las propias \u00e1nimas del purgatorio, gritando que por mi culpa nunca ha levantado la cara sin sentirla sucia de verg\u00fcenza. Toda la verg\u00fcenza que se achica en la boca de mi padre cuando se le atascan las insolencias en la lengua. Y bota por la boca el alboroto de su pendencia cuando grita que me ha dado el castigo para que me sirva de escarmiento. B\u00fascalo y dile que ya es hora de que deje sus reyertas. Por lo que m\u00e1s quieras. En nombre del amor que no has podido darme por causa de tu ausencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Los d\u00edas le apagaron el fogaje en el cuerpo, le abatieron los p\u00e1rpados, le bebieron el llanto. Tan sequizo su llanto como el que baja por las mejillas de los moribundos. Mustios quedaron sus ojos por tantas visiones en sus sue\u00f1os magantos. Grande como fue su abismo, estrecha como fue su esperanza, en aquel tiempo tardo que nunca conclu\u00eda, anclado en el l\u00e9gamo de lo que se hab\u00eda ido. Como los a\u00f1os de aquellos lugares terregosos que se llenaban de celajes cuando se alargaba el resol en la cuaresma. All\u00e1 donde el verano atrochaba con bulla de ventarrones. M\u00e1s lejos de los derrumbaderos de Campeare, algo m\u00e1s all\u00e1 de las cumbreras de Jaulagua, camino de Catuaro hacia Campoma, m\u00e1s cerca de Cundeamor que de Clamores, entre aquellos farallones colmados de soflama, m\u00e1s cerca todav\u00eda del paraje donde la madre, en ruego a todos los santos y poderes, se persignaba con el aura del viento, rezaba sus oraciones sin palabras y elevaba sus preces insonoras hacia los cielos de Rustanza.<\/p>\n\n\n\n<p>Luz o\u00eda el vuelo de la brisa en corriente quejumbrosa. Consigo s\u00f3lo quedaba el murmurio de su voz cansina. Enronquecida como se hab\u00eda quedado a fuerza de clamar sus delirios. Era la voz acompa\u00f1ada por el resuello que languidec\u00eda. Sent\u00eda entonces que se le terminaban las palabras de tanto conversar con ella misma.<\/p>\n\n\n\n<p>Maita Filpa, ven a buscarme. As\u00f3mate siquiera a la pesadilla de quien va dejan-do de ser la hija de un mal padre. Por lo que m\u00e1s quieras. Ven a sacarme de este cuarto que por hondo parece socav\u00f3n tra\u00eddo de los desgalgaderos de Rustanza. Eso no m\u00e1s te pido porque s\u00e9 que es muy poco lo que puedes darme. No te asustes con los arrebujos del viento. A m\u00ed me gustan porque espantan los retumbos de mi padre. Aqu\u00ed te espero para o\u00edr lo que debes decirme si alcanzas a decirme c\u00f3mo poner mi tristeza cerca de la tuya. Si es que logras hallarme en la oscurana. Si es que puedes seguir el trote cansoso de las recuas. No olvides apartar las ortigas del camino. Pero p\u00eddele a Dios, o al santo aquel que guardabas en tu santuario de bre\u00f1as, que empareje tus pasos con mis ganas. Y acu\u00e9rdate que el camino es disparejo, as\u00ed como yo he sido de suerte y desventura&#8230; Si vieras estos moscos grises rode\u00e1ndome la cara. Si pudieras espantarlos para que veas estos nublos que empiezan a meterse en mis ojos. Parecen nubes que poco a poco se oscurecen. Y se hacen tan oscuras que pintan en tu cara unos lunares tristes&#8230; \u00bfSabes, Filpa?, creo que estoy llorando, o m\u00e1s bien remedando tus lloros, porque ahora descubro esta manera m\u00eda de sollozar llevando tus palabras en mi llanto, y todav\u00eda me acuerdo que palabrando t\u00fa misma te secabas las l\u00e1grimas cuando no consegu\u00edas imploraci\u00f3n que cruzarle a las canseras que te daba mi padre Rusco en sus arranques bruscos. Pero mi llanto es ahora calmo, con reposo. De otro modo no oyera esos sollozos tuyos&#8230;Vamos, comienza a rezar que ya es tiempo de decir oraciones como antes lo hac\u00edas. Empieza por la que habla de nuestro perd\u00f3n a nuestros deudores. \u00bfTodav\u00eda te acuerdas de la oraci\u00f3n aquella de la Alta Corona, o la de la Pureza de la Niebla, o la del Tr\u00e1nsito Eterno, o la del Rosario de los Afligidos? Cualquiera es buena para mi consuelo, si es que puedes consolarme ahora. O de aquella de la Santa Vestidura que bien sirve para que los ojos de mi padre no te vean, para que sus manos no te toquen, para que sus pies no te alcancen. O de esa que comienza y acaba ensartando rezos tristes que t\u00fa llamabas del Buen Morir o del Ultimo Ruego. Es la que m\u00e1s me gusta por su letan\u00eda de quejas y dolores. Por favor, d\u00edmela, que es buena para mis menesteres. Me figuro que los ruegos de los sue\u00f1os alguna vez llegan al cielo&#8230; Estas cuatro paredes que me asfixian cuando m\u00e1s quiero o\u00edr tu voz colgada del silencio. Ya es hora de que vengas. Te pido que te apures porque ya es tiempo de terminar mi conversa en este \u00faltimo sue\u00f1o&#8230; Ahora y en la hora&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Afuera el viento soplaba sobre los retamales. Luz Rigores se qued\u00f3 al fin callada, in-m\u00f3vil como estuvo, sin fuerzas con que decir una \u00faltima palabra en la ca\u00edda, oyendo resonar la plegaria distante de la madre. Sangre que se consume, aliento que se extingue, palabra que se acaba (&#8230;Ruega, Se\u00f1or, por ella&#8230;). Un nudo de repente le apret\u00f3 la garganta. Sinti\u00f3 algo como co\u00e1gulo salobre debajo de la lengua. Una vez m\u00e1s trat\u00f3 de o\u00edr lo que hablaba la madre, sabiendo que Filpa conoc\u00eda todos los atajos por donde trajinaba la muerte con sus malos remiendos. Bien como sab\u00eda Filpa lo que era perder el rumbo cuando no hab\u00eda otro rumbo por donde andar con un costal de abrojos. Y le habl\u00f3 a Luz con palabras hechas para la paz de la agon\u00eda. Tres veces beso la tierra con humilde devoci\u00f3n (&#8230;Ruega, Se\u00f1or, por ella&#8230;). Le habl\u00f3 tambi\u00e9n con piedad y providencia. Para que tu alma no se pierda ni muera sin confesi\u00f3n (&#8230;Ruega, Se\u00f1or, por ella&#8230;). Pero Luz s\u00f3lo oy\u00f3 ecos de lejan\u00eda metidos en su sue\u00f1o. Consumado su sue\u00f1o en el eclipse de su cuerpo vencido.<\/p>\n\n\n\n<p>La mujer sinti\u00f3 la mano de la madre que le palpaba el vientre. Y los dedos que resbalaban por sus ojos dormidos. Tanto tiempo con los ojos dormidos que hab\u00eda olvidado las estrellas del cielo. Quiso seguir entonces los pasos de la madre, aferrarse a sus rastros, rondar con ella los campos de Rustanza, detenerse con ella en la sombra terminal de aquella traves\u00eda. Y corri\u00f3 en su busca cuando tuvo que abrir los ojos en la noche desierta. Pero sigui\u00f3 dormida. Y sinti\u00f3 que su sue\u00f1o se le volv\u00eda cenizas, o polvo de t\u00famulo deshecho, o niebla esparcida por cortejo del viento. De nuevo quiso emprender la marcha. Pero por \u00faltima vez la venci\u00f3 el sue\u00f1o. Y no volvi\u00f3 a despertar porque so\u00f1\u00f3 el recuerdo de una hebra de luz que alumbr\u00f3 sus dos pupilas muertas.<\/p>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading has-text-align-right\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/hector-malave-mata\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La metamorfosis Ni los vivos ni los muertos pod\u00edan reclamarlos; era la vez el uno y el otro, \u00e9l mismo, todav\u00eda inaccesible. D.H. Lawrence Su embri\u00f3n, su leve racimo de carne, hab\u00eda dormido en el gr\u00e1vido vientre de Dauna Villa, hasta que una noche brot\u00f3 de la entra\u00f1a. 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