{"id":8853,"date":"2023-09-04T00:04:53","date_gmt":"2023-09-04T00:04:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8853"},"modified":"2023-11-24T18:11:42","modified_gmt":"2023-11-24T18:11:42","slug":"la-ola-detenida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/la-ola-detenida\/","title":{"rendered":"La ola detenida (Fragmentos)"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez<\/h4>\n<p>Treinta y cinco. Treinta y seis. Treinta y siete. Treinta y ocho.<\/p>\n<p>\u2014Ya est\u00e1 bueno. Debemos irnos.<\/p>\n<p>Treinta y nueve. Cuarenta. Cuarenta y uno.<\/p>\n<p>\u2014C\u00e1llate. Yo soy el que dice cu\u00e1ndo.<\/p>\n<p>Cuarenta y dos. Cuarenta y tres.<\/p>\n<p>\u2014Mira c\u00f3mo lo est\u00e1s dejando, chamo. Qu\u00e9 asco.<\/p>\n<p>Cuarenta y cuatro.<\/p>\n<p>Al fin, el hombre se detuvo.<\/p>\n<p>Quiso secarse la frente con su brazo y su rostro se convirti\u00f3 en una m\u00e1scara de sudor y sangre.<\/p>\n<p>\u2014V\u00e1monos \u2014dijo la mujer que se encontraba a su derecha mientras se apoyaba en un armario de madera\u2014. Hace rato est\u00e1 listo.<\/p>\n<p>El hombre hizo una se\u00f1al de calma. Contempl\u00f3 el cuerpo. Parec\u00eda un mu\u00f1eco roto. Agarr\u00f3 la cabeza por el pelo. Pens\u00f3 en escupir sobre ese bulto que hasta media hora atr\u00e1s fue una nariz, pero finalmente atenaz\u00f3 la mano derecha, cort\u00f3 el dedo \u00edndice con el cuchillo y lo coloc\u00f3 dentro de la boca del cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>\u2014Dile a los muchachos que se lleven lo que quieran, que preparen las motos. Ahora s\u00ed nos vamos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>*<\/strong><\/p>\n<p>El postre se deslizaba en sus labios como una caricia. Magdalena lo desconoc\u00eda y acept\u00f3 la recomendaci\u00f3n del camarero. Lo palade\u00f3 mucho rato. \u00abCaf\u00e9 Gourmand\u00bb, susurr\u00f3. Un caf\u00e9 oscuro rodeado de un trozo de crema catalana, uno de <em>mousse<\/em> de chocolate y otro de tarta de manzana.<\/p>\n<p>Mir\u00f3 la avenida con gesto sereno: turistas de andar pausado que fotografiaban la fuente <em>d\u00b4Eau Chaude<\/em> y luego comprobaban la tibieza del agua con la punta de sus dedos. Junto a ellos, el viento erizaba las ramas de los \u00e1rboles y ralentizaba la luz que ca\u00eda sobre la ciudad como una lluvia de cristales.<\/p>\n<p>Con el paso de los minutos vio chicas de ojos rasgados comiendo <em>pizzas<\/em>, melenudos que desafinaban al tocar flautas dulces, ejecutivas que caminaban a toda velocidad, familias que paseaban con indolencia y que cada tanto se deten\u00edan a calmar el llanto del beb\u00e9 que llevaban en brazos.<\/p>\n<p>Respir\u00f3 hondo.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de los d\u00edas anteriores el cuerpo le exig\u00eda esa lasitud.<\/p>\n<p>Se detuvo en una terraza de la <em>rue <\/em>Espariat. Pidi\u00f3 otro caf\u00e9. Luego dud\u00f3. Ya hab\u00eda tomado un par a lo largo del d\u00eda. \u00bfNo ser\u00eda demasiado? \u00bfY si le daba taquicardia? \u00bfY si era malo para la tensi\u00f3n? Suspir\u00f3 impaciente. Otro caf\u00e9 y ya. Cierto que los a\u00f1os comenzaban a darle sus primeros aguijonazos, pero si por un subid\u00f3n de cafe\u00edna deb\u00eda morir en una terraza de Aix en Provence tampoco se trataba de un final terrible. Los tiempos anteriores hab\u00eda estado a punto de morir en lugares siniestros. Este final dom\u00e9stico pod\u00eda ser divertido; ten\u00eda su toque ir\u00f3nico y perturbador que una mujer como ella, capaz de huir de r\u00e1fagas de ametralladora, bombas de amonal y alguna que otra cuchillada, quedase tiesa en una calle por la que caminaban estudiantes y hombres con caras de funcionarios.<\/p>\n<p>Entrecerr\u00f3 los ojos. Su m\u00e9todo de huida para situaciones l\u00edmite hab\u00eda funcionado. Lleg\u00f3 al aeropuerto, escogi\u00f3 la empleada de mayor edad, le pidi\u00f3 un billete para el primer vuelo disponible. Una hora despu\u00e9s viaj\u00f3 a Marsella y siguiendo su acostumbrado sistema tom\u00f3 un taxi del que se baj\u00f3 abruptamente al llegar a un sem\u00e1foro y de inmediato se fue andando hacia la estaci\u00f3n de trenes. All\u00ed, en tres taquillas distintas pidi\u00f3 billetes para Par\u00eds, Aix en Provence y Lyon. Luego mir\u00f3 su reloj fingiendo desgano. Compr\u00f3 un peri\u00f3dico. Apret\u00f3 los p\u00e1rpados para atenazar esas letras que la presbicia convert\u00eda en figuras escurridizas y despu\u00e9s de soltar un suspiro fue a la cafeter\u00eda, comi\u00f3 un cruas\u00e1n y bebi\u00f3 un jugo de naranja.<\/p>\n<p>Gir\u00f3 el rostro; detall\u00f3 cada elemento a su alrededor.<\/p>\n<p>Todo se encontraba en orden.<\/p>\n<p>Rompi\u00f3 dos de los billetes; con minuciosidad, con eficacia. Los guard\u00f3 en su bolso. Solo utilizar\u00eda el de Aix en Provence: era la m\u00e1s peque\u00f1a y pr\u00f3xima de las ciudades. Ser\u00eda el \u00faltimo lugar donde la buscar\u00edan.<\/p>\n<p>Durante el viaje durmi\u00f3 una siesta. Jam\u00e1s supo cu\u00e1ndo desapareci\u00f3 la atm\u00f3sfera parpadeante que la luz del mar esparc\u00eda sobre los \u00e1rboles. Despert\u00f3 y sin una raz\u00f3n concreta comenz\u00f3 a silbar con mucha suavidad una pieza de Clara Schumann de cuyo nombre no logr\u00f3 acordarse.<\/p>\n<p>Al llegar a su destino fum\u00f3 con deleite un camel.<\/p>\n<p>Mir\u00f3 un mapa y cerr\u00f3 los ojos para que su dedo \u00edndice la condujera al lugar m\u00e1s apropiado.<\/p>\n<p>Escogi\u00f3 un bonito hotel en pleno centro, muy cerca de La Rotonde.<\/p>\n<p>All\u00ed pidi\u00f3 una habitaci\u00f3n con vistas a la calle y al llegar a ella abri\u00f3 las ventanas con un gesto lento y satisfecho. Otra vez rez\u00f3 una larga oraci\u00f3n a Mar\u00eda Lionza y a don Juan de los Caminos para que mantuviesen lejos de su vida cualquier rastro de dolor. Le pareci\u00f3 que las nubes ten\u00edan un brillo de espuma. \u00abHe escapado otra vez\u00bb, susurr\u00f3.<\/p>\n<p>Ahora bebi\u00f3 con deleite su caf\u00e9. Al fondo a la derecha, le pareci\u00f3 distinguir una fuente con una columna que sosten\u00eda una estrella dorada que le record\u00f3 a un erizo. Luego bajar\u00eda a verla. Le resultaba familiar.<\/p>\n<p>Escuch\u00f3 las campanas de una iglesia. Sonri\u00f3 feliz al recordar los domingos en Barquisimeto cuando el aire se llenaba de esos sonidos y su padre la llevaba a misa. \u00abEntr\u00e1 t\u00fa, hija, por si acaso Dios existe\u2026 decile que debe perdonar mi indiferencia\u00bb. Luego el hombre la esperaba leyendo <em>El Impulso<\/em> en los bancos de la plaza de enfrente. A ella le gustaba espiarlo mientras el sacerdote soltaba el serm\u00f3n. Le parec\u00eda simp\u00e1tica la figura de su pap\u00e1, arropado por ese peri\u00f3dico inmenso donde Cardenales de Lara volv\u00eda a perder otro campeonato o donde el gobernador de turno anunciaba una gran obra que jam\u00e1s se concluir\u00eda. Le daba ternura mirarlo y le produc\u00eda una mezcla de compasi\u00f3n y aturdimiento. La madre de Magdalena los hab\u00eda abandonado hac\u00eda muchos a\u00f1os. Su pap\u00e1 la busc\u00f3 unas semanas hasta que ella le escribi\u00f3 desde un remoto pueblo de Brasil para exigir que la dejase en paz.<\/p>\n<p>Desde ese momento su pap\u00e1 se dedic\u00f3 a cuidar a su hija y a renegar de Dios con gestos aburridos. Nunca volvi\u00f3 a la misa ni a la monta\u00f1a de Sorte; pero tampoco hizo reclamos especiales cuando supo que las t\u00edas de Magdalena la llevaban a los rituales espiritistas que se hac\u00edan en honor a Mar\u00eda Lionza.<\/p>\n<p>Con el paso de los a\u00f1os, Magdalena comprendi\u00f3 con nitidez la situaci\u00f3n de su padre. Lo comenz\u00f3 a intuir en las fiestas de familia cuando contemplaba a sus t\u00edas, primas, amigas, rodeadas de sus hijos, hablando pestes de los hombres que las hab\u00edan abandonado, insult\u00e1ndolos, escupiendo sobre su recuerdo, maldici\u00e9ndolos, renegando de cada minuto vivido con ellos. En ese momento descubr\u00eda a su pap\u00e1 en una esquina, oscuro, como un error del paisaje: el \u00fanico hombre, siempre el \u00fanico hombre. Abandonado igual que todas ellas, pero desterrado de cualquier complicidad porque siempre formar\u00eda parte del ej\u00e9rcito enemigo.<\/p>\n<p>Magdalena entendi\u00f3 en ese momento que las mujeres de su familia se enamoraban con desesperaci\u00f3n y canciones de Los Terr\u00edcolas, ten\u00edan varios hijos y luego sus maridos se hac\u00edan humo.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 a imaginar que exist\u00eda un lugar de la ciudad donde aquellos hombres miserables se reun\u00edan a celebrar que hab\u00edan escapado dejando facturas sin pagar, hijos sin pensiones y camas vac\u00edas.<\/p>\n<p>Un lugar as\u00ed debi\u00f3 ser el destino natural de su padre, all\u00ed seguro hab\u00eda una silla esper\u00e1ndolo, pero su esposa fue m\u00e1s veloz y le cambi\u00f3 el guion. Lo dej\u00f3 tirado en un universo donde siempre se le se\u00f1alar\u00eda como un ser de otro planeta. \u00abSi algo as\u00ed sucediese en este momento har\u00eda tremendo trabajo de brujer\u00eda para que el viejo no se quedase solo; no hay nada que una manzana cubierta de az\u00facar y dos velones rosa no puedan resolver; pero muchas soluciones llegan cuando ya no son soluciones\u00bb, pens\u00f3.<\/p>\n<p>\u00bfY si ped\u00eda otro caf\u00e9? No. Otro m\u00e1s no. La tarde solt\u00f3 desde el cielo una luz dorada. Magdalena mir\u00f3 el reloj con la serenidad de quien no deb\u00eda ir a ning\u00fan sitio. Sac\u00f3 el libro. Durante a\u00f1os hab\u00eda alabado ante sus amigos el <em>Tristam Shandy<\/em>, pero lo cierto es que jam\u00e1s lo hab\u00eda le\u00eddo entero. Su \u00fanica meta en este viaje era pasar horas en la terraza hasta acabarlo.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 un escalofr\u00edo. No le gust\u00f3. El d\u00eda avanzaba con una temperatura estupenda. Llev\u00f3 las manos a sus sienes y trat\u00f3 de alejar cualquier fuerza oscura que estuviese perturbando su descanso.<\/p>\n<p>El escalofr\u00edo volvi\u00f3.<\/p>\n<p>Hundi\u00f3 los ojos en el libro. Letras. Solo mir\u00f3 letras de tinta en un papel. A lo mejor deb\u00eda caminar un rato o pasearse por el museo Granet. Quer\u00eda ver los C\u00e9zanne que ten\u00edan en el museo y algunas esculturas de Giacometti.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a poner los ojos en el libro. Un hombre la mir\u00f3 sudoroso y se acerc\u00f3. Luego con gestos ruidosos se sent\u00f3 frente a ella. Magdalena observ\u00f3 hacia los lados. Ignoraba si era una costumbre francesa colocarse en la mesa de un desconocido.<\/p>\n<p>\u2014Bueno, es hora de que hablemos \u2014dijo el hombre en perfecto espa\u00f1ol.<\/p>\n<p>Magdalena descart\u00f3 la hip\u00f3tesis de una rara costumbre nacional. Mir\u00f3 a la persona que ten\u00eda enfrente. Parec\u00eda rozar los treinta a\u00f1os.<\/p>\n<p>Ella cont\u00f3 las semanas que ten\u00eda sin hacer el amor. Demasiadas. Si obviaba esa calvicie que el muchacho intentaba ocultar con un peinado que el aire volv\u00eda in\u00fatil quiz\u00e1 pod\u00eda plantearse el tema con inter\u00e9s. No le encantaba el chaval, pero no ser\u00eda el primer polvo insustancial de su vida. Pod\u00eda imaginar que era viernes en la noche y que estaba borracha. A lo mejor deb\u00eda concederse ese permiso despu\u00e9s de estos ingratos tiempos en Madrid.<\/p>\n<p>\u2014Como supondr\u00e1s, ya no estudio, y ahora no estoy trabajando porque estoy de vacaciones \u2014susurr\u00f3 con elegante coqueter\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014Lo s\u00e9, Magdalena \u2014dijo el muchacho.<\/p>\n<p>Ella sinti\u00f3 un tir\u00f3n en su cara. Una especie de rasgu\u00f1o.<\/p>\n<p>Al comprobar que el tipo sab\u00eda su nombre, a Magdalena le volvieron los escalofr\u00edos. Mir\u00f3 hacia la calle: la estampa dulce de instantes atr\u00e1s se esfum\u00f3 de golpe; le pareci\u00f3 que los peatones la miraban con burla y desprecio.<\/p>\n<p>\u2014A ver, no te conozco y t\u00fa a m\u00ed tampoco, as\u00ed que date la vuelta y si sabes lo que te conviene, informa que no estoy, que yo no soy yo y que nunca me has visto en tu vida.<\/p>\n<p>El muchacho se frot\u00f3 el rostro.<\/p>\n<p>\u2014Pero es que es muy importante\u2026 y es obvio que has descubierto que te estoy siguiendo.<\/p>\n<p>Magdalena se puso de pie. Furiosa. Decepcionada.<\/p>\n<p>\u2014Dile a Jos\u00e9 Mar\u00eda que no hay nada importante que hablar en este momento y que cabreada soy una persona muy peligrosa. El \u00faltimo tipejo que intent\u00f3 obligarme a algo ya no puede doblar el brazo, y dos semanas despu\u00e9s yo segu\u00eda paseando sus dientes por C\u00e1diz mientras \u00e9l intentaba recuperarse en Colonia.<\/p>\n<p>Lanz\u00f3 tres monedas en la mesa y camin\u00f3 recto, sin girar el rostro, confiada en que el muchacho no intentar\u00eda seguirla.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/juan-carlos-mendez-guedez\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre el autor<\/a><\/h4>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Carlos M\u00e9ndez Gu\u00e9dez Treinta y cinco. Treinta y seis. Treinta y siete. Treinta y ocho. \u2014Ya est\u00e1 bueno. Debemos irnos. Treinta y nueve. Cuarenta. Cuarenta y uno. \u2014C\u00e1llate. Yo soy el que dice cu\u00e1ndo. Cuarenta y dos. Cuarenta y tres. \u2014Mira c\u00f3mo lo est\u00e1s dejando, chamo. Qu\u00e9 asco. Cuarenta y cuatro. 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