{"id":8629,"date":"2023-08-05T00:00:53","date_gmt":"2023-08-05T00:00:53","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8629"},"modified":"2023-11-24T18:12:30","modified_gmt":"2023-11-24T18:12:30","slug":"cronicas-de-milagros-socorro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/cronicas-de-milagros-socorro\/","title":{"rendered":"Cr\u00f3nicas de Milagros Socorro"},"content":{"rendered":"<h3 class=\"entry-title\">Quinta Anauco, sede del Museo de Arte Colonial de Caracas<\/h3>\n<p>El 4 de enero de 1827, Sim\u00f3n Bol\u00edvar entr\u00f3 en Caracas, acompa\u00f1ado de Jos\u00e9 Antonio P\u00e1ez. Hab\u00eda llegado a Venezuela unos d\u00edas antes, proveniente de Per\u00fa, entre otras cosas, para recibir la rendici\u00f3n del llanero, declarado en rebeli\u00f3n frente ala Gran Colombia, y concederle el t\u00edtulo de jefe supremo de Venezuela. Sin embargo, El Libertador ven\u00eda a gobernar personalmente el pa\u00eds, sumido en ese momento en una seria crisis.<\/p>\n<p>Cuatro d\u00edas despu\u00e9s, el general Francisco Rodr\u00edguez del Toro, marqu\u00e9s del Toro, ofreci\u00f3 una cena bailable en honor a Bol\u00edvar en su casa de campo, que ya se conoc\u00eda con el nombre de Quinta Anauco; y estaba exactamente donde se encuentra hoy en d\u00eda, en la urbanizaci\u00f3n San Bernardino de Caracas.<\/p>\n<p>El diplom\u00e1tico Ker Porter, c\u00f3nsul y encargado de negocios de Gran Breta\u00f1a en La Guaira y Caracas, acudi\u00f3 esa noche ala Quinta Anauco y tom\u00f3 nota de lo que vio all\u00ed. \u201cAl llegar\u201d, escribi\u00f3 Ker Porter, \u201cencontramos la casa llena de damas, oficiales y civiles. La guardia c\u00edvica manten\u00eda fuera a la gente, que, por otra parte, colgaba de las ventanas. El baile estaba en pleno apogeo, y el humo de los cigarrillos era tal que la sala apenas era habitable para aquellos cuyas narices y ojos estaban habituados a tan abominable costumbre. Yo, por supuesto, despu\u00e9s de ver al Marqu\u00e9s, ped\u00ed que se me condujera ante S.E. el Presidente y con mucha dificultad logr\u00e9 pasar a un cuarto m\u00e1s peque\u00f1o \u2013el dormitorio del anfitri\u00f3n- donde no hab\u00eda nadie m\u00e1s que el objeto de mi deseo, balance\u00e1ndose en una hamaca.\u201d<\/p>\n<p>Esa noche de 1827 la Quinta Anauco se encontraba en una etapa de esplendor. El marqu\u00e9s del Toro se hab\u00eda esmerado en su cuidado, hasta el punto de que es posible que nunca como entonces la casona, enclavada en medio de un hermoso jard\u00edn, haya tenido tanto brillo y vitalidad.<\/p>\n<p><strong>Donada con una condici\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>En la \u00faltima d\u00e9cada del XVIII los due\u00f1os de terrenos vecinos del r\u00edo Anauco y la quebrada de Gamboa, que era lo que hoy ocupa San Bernardino, construyeron all\u00ed \u201celegantes residencias campestres destinadas al recreo, al descanso, para la convalecencia, para huir de los grandes calores y, sobre todo, como refugio para evitar los contagios durantes las epidemias\u201d. Esto lo afirma el experto en historia colonial de Venezuela, Carlos F. Duarte, quien a\u00f1ade que ser\u00eda el capit\u00e1n don Juan Javier Mijares de Sol\u00f3rzano y Pacheco, nieto del Conde de San Javier y biznieto del primer marqu\u00e9s de Mijares, quien hizo construir una lujosa casa en las riberas del Anauco, cuyas obras estuvieron terminadas en 1797. Al principio, la residencia se conoci\u00f3 con el nombre de <em>la casa de Sol\u00f3rzano<\/em>, y no fue sino hasta 1827, cuando cambi\u00f3 de due\u00f1o, que se la empez\u00f3 a llamar como lo hacemos hoy: Quinta Anauco.<\/p>\n<p>En 1825, el marqu\u00e9s del Toro alquila la casa y se instala en ella. En enero de 1826, el lugar pasa a ser propiedad del doctor Samuel Daular Forsyth, quien las obtuvo en pago de haberes y vales militares dela Comisi\u00f3n Principalde Repartimiento de Bienes Nacionales, establecida en Bogot\u00e1. Forsyth era norteamericano, agente vendedor de armamentos del ej\u00e9rcito patriota, y ten\u00eda una compa\u00f1\u00eda inmobiliaria llamada Lemmon, Forsyth y Beste. El marqu\u00e9s del Toro, quien era su amigo, se convirti\u00f3 en inquilino de Forsyth hasta que le compr\u00f3 la casa, a finales de 1827. Hay constancia hist\u00f3rica de que el 20 de mayo de 1826, las puertas de Quinta Anauco se abrieron para recibir al general Jos\u00e9 Antonio P\u00e1ez, hu\u00e9sped de lujo para el condumio del mediod\u00eda.<\/p>\n<p>Al morir el marqu\u00e9s del Toro, en 1851, leg\u00f3 en su testamento muy claras disposiciones con respecto a la residencia. \u201cDejaba establecido el otorgante\u201d, dice la historiadora In\u00e9s Quintero en su libro <em>El \u00faltimo marqu\u00e9s<\/em> (Fundaci\u00f3n Bigott, 2005), \u201cque se donase a sus leg\u00edtimos hermanos, do\u00f1a Gertrudis Toro de Le\u00f3n y Diego Toro, la habitaci\u00f3n baja de la quinta de Anauco y la mitad de su jard\u00edn; y a los hijos de sus hermanas Teresa y Ana Teresa, mujeres que fueron de los se\u00f1ores Mart\u00edn Herrera y Vicente Ibarra, la habitaci\u00f3n del alto y la mitad del jard\u00edn\u201d.<\/p>\n<p>-De acuerdo con la enumeraci\u00f3n de sus bienes y servidumbre \u2013sigue Quintero- y de las disposiciones y erogaciones de su testamento, no queda la menor duda de que Francisco Rodr\u00edguez del Toro gozaba de una posici\u00f3n bastante acomodada. Podr\u00eda afirmarse que, para el est\u00e1ndar de vida de un venezolano de su tiempo, el marqu\u00e9s del Toro era un hombre rico: viv\u00eda en la Quinta de Anauco, una casa de varias habitaciones, mobiliario de primera calidad, patios, jardines ornamentales, un amplio terreno y rodeado de sirvientes, aproximadamente quince personas entre los criados y los hijos de \u00e9stos, quienes estaban al servicio de su persona y atend\u00edan el aseo y manutenci\u00f3n de la casa y los jardines.<\/p>\n<p>El 7 de mayo de 1851, luego de recibir los santos \u00f3leos, el marqu\u00e9s falleci\u00f3 en su cama, en Quinta Anauco. Le faltaba poco para cumplir 90 a\u00f1os. En 1860, la casa fue vendida a Don Domingo Eraso, cuya familia conserv\u00f3 la propiedad por casi un siglo, hasta que en el 25 de junio de 1958, los nietos de Don Domingo, do\u00f1a Cecilia Eraso de Ceballos, do\u00f1a Mercedes Eraso de Rodr\u00edguez Landaeta y don Henrique Eraso, decidieron donarla ala Naci\u00f3ncon la cl\u00e1usula documental de que \u00absiempre sirva como sede del Museo de Arte Colonial y bajo la custodia dela Asociaci\u00f3n Venezolana Amigos del Arte Colonial\u00bb.<\/p>\n<p>El 12 de octubre de 1961, la casa abri\u00f3 al p\u00fablico, ya convertida en Museo de Arte Colonial de Caracas.<\/p>\n<p><strong>El pasado en un jard\u00edn<\/strong><\/p>\n<p>El Museo de Arte Colonial de Caracas fue fundado en 1942, por Alfredo Machado Hern\u00e1ndez. De hecho,la Quinta Anaucoes su segunda sede, puesto que en sus inicios funcion\u00f3 en un caser\u00f3n ubicado en la esquina de Yaguno, contigua al Colegio Ch\u00e1ves. Seg\u00fan afirma Carlos F. Duarte, director del Museo, esa era la esquina m\u00e1s bonita de Caracas y las dos grandes casas eran emblema de la arquitectura venezolana. Ambas fueron arrasadas en 1953, por la demolici\u00f3n decretada para hacer la avenida Urdaneta. La colecci\u00f3n del Museo de Arte Colonial reposar\u00eda en un galp\u00f3n hasta que el Ministerio de Obras P\u00fablicas termin\u00f3 los trabajos de restauraci\u00f3n dela Quinta y el Museo pudo reanudar sus actividades.<\/p>\n<p>La colecci\u00f3n del Museo se compone de pinturas, esculturas y tallas, muebles, textiles, hierro, bronce y plater\u00eda, as\u00ed como objetos de la vida cotidiana dela Colonia. Notodas las obras de arte y objetos valiosos que all\u00ed se exponen pertenec\u00edan a la casa. M\u00e1s bien, son una minor\u00eda las piezas que originalmente se encontraban en ese recinto.<\/p>\n<p>Tras recorrer el camino empedrado que conduce a la casa y disfrutar del encantador jard\u00edn que la circunda, el visitante encontrar\u00e1 una importante muestra de arte colonial, pinturas de grandes artistas, figuras religiosas (algunas verdaderamente conmovedoras), muebles dela Escuela de Marqueter\u00eda de Caracas, l\u00e1mparas, oratorios, escaparates, mesas y escritorios, camas, plater\u00eda, porcelana; adem\u00e1s de la reconstrucci\u00f3n de habitaciones de la \u00e9poca, como los dormitorios, el ba\u00f1o y la cocina.<\/p>\n<p>Especialmente interesante resulta el Ba\u00f1o dela Marquesa, que carece de lavamanos y de otros servicios sanitarios imprescindibles en la rutina contempor\u00e1nea. Lo que puede verse aqu\u00ed es un par de \u00abbanquetas de descanso\u00bb, una caja de madera con tapa y asiento acolchado, que tiene en el centro un hueco en cuyo interior sol\u00eda haber un bac\u00edn que era desocupado por los esclavos despu\u00e9s de que los se\u00f1ores lo usaban, por lo general en sus habitaciones. La gran atracci\u00f3n de esta sala es la ba\u00f1era de piedra, labrada en el piso y dispuesta de manera que la atravesaran las aguas de la quebrada Gamboa o el r\u00edo Anauco. Desde luego, para tomar su ba\u00f1o semanal de inmersi\u00f3n, las damas mandaban a calentar en un tobo las heladas aguas que bajaban de la monta\u00f1a. En una vitrina se guarda un vestido de la segunda mitad del siglo XVIII, que perteneci\u00f3 ala Condesa de San Javier, as\u00ed como dos trajes que pertenecieron a Teresa Arguindequi, esposa del general Jos\u00e9 Antonio Anzo\u00e1tegui, a comienzos del siglo XIX. Y unos zapatos de se\u00f1ora del siglo XVIII.<\/p>\n<p><strong>\u00bfHa visto usted al general Bol\u00edvar?<\/strong><\/p>\n<p>En su biograf\u00eda de Sim\u00f3n Bol\u00edvar, el ingl\u00e9s John Lynch dice que en esa estad\u00eda del Libertador en Caracas, que se extender\u00eda desde enero hasta comienzos de julio de 1827, estar\u00eda \u201cintentando contener las oleadas de pobreza y desesperaci\u00f3n que amenazaban con desintegrar el pa\u00eds. Venezuela estaba en la bancarrota, al ej\u00e9rcito no se le pagaba, los soldados estaban alborotados y los funcionarios mor\u00edan de inanici\u00f3n.\u201d<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 por eso, porque ten\u00eda ante s\u00ed un l\u00fagubre panorama, aquella noche de la cena ofrecida por el marqu\u00e9s del Toro, a pocos d\u00edas de pisar suelo venezolano, el general Bol\u00edvar tuvo dificultades para incorporarse al sarao. Prueba de ello es que Ker Porter hubo de repartir empujones para cruzar el atestado lugar hasta encontrarlo en el dormitorio del noble, donde ya colgaba la inevitable hamaca de Bol\u00edvar.<\/p>\n<p>Para llegar hasta donde se encontraba el presidente dela Gran Colombia, Ker Porter debi\u00f3 entrar ala Quinta Anauco por el Corredor \/Patio Interior, \u201cdonde los sirvientes en librea atend\u00edan al visitante, tomando sus sombreros, capas y bastones; o le abr\u00edan la puerta de la silla de mano ayud\u00e1ndolo a bajar de ella. Las sillas de mano estaban forradas por fuera con vaqueta de Moscovia te\u00f1ida de negro, claveteada con tachuelas doradas. Otras estaban forradas con un lienzo fino encolado, pintado al \u00f3leo y barnizado, a veces con dorados y pinturas decorativas o con el escudo nobiliario de la familia. La parte interior estaba lujosamente forrada de damasco, raso o terciopelo, con cortinas y el asiento tambi\u00e9n forrado con g\u00e9neros semejantes\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEn todas las casas de campo o haciendas hab\u00eda una campana, como la que cuelga de la viga, que serv\u00eda para llamar a la servidumbre o a la esclavitud a la hora de los rezos diarios del rosario o para avisar las horas de las comidas\u201d.<\/p>\n<p>Habr\u00e1 pasado de all\u00ed al Gran Sal\u00f3n Principal, que en la actualidad atesora, entre otras cosas, tres butacas, \u201cdise\u00f1o original de los ebanistas criollos que se caracterizan por su respaldo y asiento inclinados, inspirados en asientos ind\u00edgenas. Es de notar el interior de las ventanas con dos asientos formados por el espesor de las paredes, llamados <em>poyos<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>Es probable que haya avanzado por el Corredor Exterior, que cubre la entrada principal de la casa y permite la entrada independiente ala Sala, Escritorio y Oratorio, est\u00e1 el llamado corredor exterior. Se usaba s\u00f3lo en ocasiones de grandes fiestas o recibimientos y para el uso de quienes asist\u00edan al Escritorio o de quienes o\u00edan misa en el Oratorio. Y, de seguro, fue retenido m\u00e1s tiempo del que deseaba enla Sala Principal, \u201cla habitaci\u00f3n m\u00e1s grande y lujosa de la casa. Durante el siglo XVIII fue el lugar de recibo protocolar, de gran formalidad. Las molduras del techo se pintaban y doraban de acuerdo al color de las cenefas de las cortinas y del color de los florones de donde colgaban las ara\u00f1as\u201d.<\/p>\n<p>-Las paredes pintadas de blanco \u2013sigue el material informativo de la p\u00e1gina web del Museo- estaban cubiertas parcialmente con un z\u00f3calo de tela de damasco, papel o cuero repujado. A fines del siglo XVIII se pintar\u00edan estarcidos de colores, llamados <em>cintas<\/em> a imitaci\u00f3n del papel franc\u00e9s. De los muros colgaban innumerables retratos de familia, l\u00e1minas, espejos y cuadros religiosos; todo colocado de manera sim\u00e9trica. Todos los asientos se adosaban a las paredes, para dejar el paso libre a las se\u00f1oras con sus amplios vestidos. Al momento de sentarse los sirvientes acercar\u00edan las sillas al lugar escogido para la conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de tragar un mont\u00f3n de humo, Porter habr\u00e1 logrado deslizarse hasta la Alcobaque, \u201ccomo en todas las casas del Per\u00edodo Hisp\u00e1nico, se encontraba al lado de la sala principal como una prolongaci\u00f3n de \u00e9sta. Su \u00fanica divisi\u00f3n es un simple arco con el fin de que los invitados pudiesen observar la gran \u2018Cama de Parada\u2019 de dosel, con colgaduras, cenefas y cortinas, emblema de la hospitalidad y riqueza de los propietarios. Esta habitaci\u00f3n se asociaba a los hechos m\u00e1s importantes de la vida que ten\u00edan lugar en ella: el nacer y el morir. All\u00ed, acostada, la se\u00f1ora de la casa recib\u00eda las visitas despu\u00e9s del alumbramiento, se colocaban los regalos encima del lecho el d\u00eda de <em>Santo<\/em>, o se velaba el cad\u00e1ver de alg\u00fan miembro de la familia. En este \u00faltimo caso, el ropaje del mueble se cambiaba por telas negras bordadas en plata y se enlutaban los espejos y ara\u00f1as de cristal\u201d.<\/p>\n<p>El arreglo de esta habitaci\u00f3n pertenece al per\u00edodo rococ\u00f3 de la segunda mitad del siglo XVIII y exhibe una rara colecci\u00f3n de muebles pintados y dorados.<\/p>\n<p>Finalmente, Porter lleg\u00f3 al aposento que hoy se llama Dormitorio I. El cuarto del marqu\u00e9s, donde estaba Bol\u00edvar meci\u00e9ndose suavemente en su hamaca.<\/p>\n<p>\u201cEn la casa, fuera de la alcoba de parada, naturalmente exist\u00edan otros dormitorios para el resto de la familia. Estas habitaciones estaban arregladas con menos pomposidad y ten\u00edan otros tipos de muebles de mayor uso y comodidad. As\u00ed se encuentran c\u00f3modas, escaparates, mesas y una butaca\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEl mobiliario que compone este dormitorio es producto de la llamada Escuela de Marqueter\u00eda de Caracas de fines del siglo XVIII cuyo abanderado fue el ebanista Seraf\u00edn Antonio Almeida. Los muebles, de dise\u00f1o neocl\u00e1sico, fueron hechos de cedro enchapado con gateado y con incrustaciones de carreto cuya madera amarilla se quemaba en los bordes para crear la sensaci\u00f3n de sombras. Caso aparte y muestra de la artesan\u00eda ingeniosa de la regi\u00f3n de El Tocuyo es el flor\u00f3n del techo hecho con cortezas del fruto del totumo, policromadas y doradas\u201d.<\/p>\n<p>Qui\u00e9n sabe si antes de lograr su objetivo se habr\u00eda extraviado por el Comedor, \u201cespacioso y provisto de alacenas empotradas en los muros y debajo de las ventanas para guardar vajillas, manteler\u00eda, cristaler\u00eda y cubiertos\u201d; o por el\u00a0 Cuarto de Escaparates, destinado a la lencer\u00eda y a tal fin provisto de varios escaparates y arcas o <em>cajas habaneras<\/em>, como se las llamaba, que serv\u00edan para guardar todo g\u00e9nero de telas de uso dentro del hogar.<\/p>\n<p><strong>Nadie ha visto a la se\u00f1ora<\/strong><\/p>\n<p>En su recorrido por la Quinta, Ker Porter tropez\u00f3 con mucha gente, pero no lleg\u00f3 a verla Marquesa. Nadie la vio porque no asisti\u00f3 al convite. Habr\u00e1 estado en Caracas o se habr\u00e1 quedado en sus habitaciones, ubicadas en el primer piso y bastante alejadas del resto de la residencia.<\/p>\n<p>Seg\u00fan dice In\u00e9s Quintero, por el testamento del marqu\u00e9s \u201csabemos que no tuvo descendencia, ni dentro ni fuera de la casa. Seg\u00fan se dec\u00eda en la ciudad, do\u00f1a Socorro Berroter\u00e1n, la esposa del marqu\u00e9s por mas de cincuenta a\u00f1os, hab\u00eda decidido mantenerse pura y casa para regresar al Se\u00f1or tal como hab\u00eda venido al mundo, sin mancha ni pecado carnal, de manera que no le permiti\u00f3 al marqu\u00e9s hacer vida marital con ella\u201d.<\/p>\n<p>Por su parte, Carlos F. Duarte concede que \u201cmuy seguramente, este matrimonio no se llevaba bien, ya que ella como hija del marqu\u00e9s del Valle de Santiago, deb\u00eda ser realista; y all\u00ed es donde posiblemente est\u00e9 la explicaci\u00f3n del por qu\u00e9 el Libertador no la nombre en sus cartas dirigidas a su esposo y del silencio de los peri\u00f3dicos locales al momento de su fallecimiento. A causa de todo esto, se han tejido muchas leyendas sobre su comportamiento. Do\u00f1a Mar\u00eda del Socorro muri\u00f3 en Caracas, el 28 de mayo de1842\u201d.<\/p>\n<p>Pese a todo, en el arranque de la escalera que conduce al Pabell\u00f3n dela Marquesa, una especie de apartamento con entrada independiente, est\u00e1 el escudo del marqu\u00e9s, que muestra el perfil de un toro.<\/p>\n<p>Cuando faltaban cuatro d\u00edas para abandonar el pa\u00eds, Bol\u00edvar se mud\u00f3 a la Quinta Anauco. All\u00ed durmi\u00f3 la \u00faltima noche que pasar\u00eda en Caracas. Y de all\u00ed sali\u00f3 la ma\u00f1ana del 6 de julio de 1827, rumbo a La Guaira, donde tom\u00f3 un barco con destino a Cartagena. No regresar\u00eda con vida.<\/p>\n<h3 class=\"entry-title\">El aljibe de los perros<\/h3>\n<p>El muchacho triste se detuvo en el matorral para anudar los cordones de sus zapatos y tomar un poco de agua. Se sec\u00f3 la frente con el antebrazo y mir\u00f3 hacia lo alto donde las copas de los \u00e1rboles sosten\u00edan una asamblea. Se distrajo un minuto observando la filigrana formada por la luz solar que se colaba entre el forraje. Enrosc\u00f3 la tapa de la botella y mir\u00f3 alrededor. Dorada, su inmensa perra san bernardo, hab\u00eda desaparecido. Se hab\u00eda descarriado por all\u00ed, sin remover la alfombra vegetal ni hacer ruidos.<\/p>\n<p>-\u00a1Dorada! \u2013la llam\u00f3 el muchacho triste, avanzando por el terreno escarpado-. \u00a1Dorada!<\/p>\n<p>No pod\u00eda decirse que estuviera preocupado\u2026 aunque estaba consciente de que en el \u00c1vila pululan las serpientes y los alacranes. Quer\u00eda encontrarla y desandar el camino. Nada m\u00e1s. Sigui\u00f3 llam\u00e1ndola hasta que escuch\u00f3 el siseo de un helecho agitado por un viento fuerte. Al acercarse vio el corpach\u00f3n de Dorada, que hab\u00eda hundido su cabeza en la espesa capa de hojas. Al sentir la presencia de su amo, el animal se incorpor\u00f3 y entonces el muchacho triste vio la cara de la san bernardo, esos ojos oscuros con los p\u00e1rpados inferiores colgando hasta exhibir las rojas mucosas, sus casi 90 kilogramos, todo salpicado de orqu\u00eddeas.<\/p>\n<p>Dorada y su due\u00f1o se hab\u00edan alejado bastante del recodo avile\u00f1o escogido por un grupo de j\u00f3venes caraque\u00f1os para llevar a sus perros a pasear a campo traviesa y chapotear en el pozo formado por una de las quebradas de la monta\u00f1a.<\/p>\n<p>En el Parque Nacional \u00c1vila, fachada caribe\u00f1a de Caracas, hay un rinc\u00f3n de no muy f\u00e1cil acceso donde suele acudir unas dos docenas de apasionados de los perros, empe\u00f1ados en ofrecer a sus mascotas un entorno natural donde puedan jugar, ejercitarse y estar a sus anchas. Desde luego, tanto los cuadr\u00fapedos como sus due\u00f1os deben tener excelentes condiciones f\u00edsicas y buena disposici\u00f3n a socializar.<\/p>\n<p>Ciertos fines de semana el grupo se re\u00fane en una plaza ubicada en La Castellana. Los primeros en llegar aguardan el arribo de un n\u00famero suficiente de compa\u00f1eros para emprender la marcha en conjunto. Ingresan a la monta\u00f1a por v\u00eda distinta a Sabas Nieves o cualquiera de las habituales, por lo que se encaminan en fila india a trav\u00e9s de la autopista en direcci\u00f3n oeste. Nadie debe rezagarse, de la uni\u00f3n, de personas y de perros, depende la seguridad de todos. Ciertamente, la algazara que arman quince perros de distintos tama\u00f1os \u2013pero grandes en su mayor\u00eda- debe bastar para disuadir a los malandros que han escogido el ramal monta\u00f1oso para sus fechor\u00edas.<\/p>\n<p>Un s\u00e1bado de finales de julio, ardiente casi desde la madrugada, me sumo a la congregaci\u00f3n. Voy vestida con un mono de trotar (bueno, de caminar en forma en\u00e9rgica), blusa ancha de algod\u00f3n de la India y zapatos de goma. En un bolso de lona llevo los lentes de sol, la c\u00e9dula, un billetico suelto y una libreta para tomar notas. Mi contacto con la curiosa liga de andinistas me ha dicho que no me preocupe, que la ruta, una vez llegados al parque, es bastante plana. Y yo me lo he cre\u00eddo. Salimos de la plaza donde se ha cumplido la convocatoria y nos dirigimos hacia la monta\u00f1a, que parece atraer a los perros como un im\u00e1n, puesto que se agitan y ladran adelantando el pecho en su direcci\u00f3n. Sus propietarios hacen un esfuerzo para mantenerlos pegados a sus flancos. Caminamos pegados a la cuneta mientras a nuestro lado pasan los carros como silbidos. Bordeamos el \u00c1vila, pero todav\u00eda no se siente el frescor. Al contrario, del pavimento sube un h\u00e1lito de fuego. Miro bien por donde piso, quiz\u00e1 para sustraer la atenci\u00f3n de la autopista (verdaderamente, una temeridad) y entonces dos cajitas de cart\u00f3n que deben haber sido arrojadas desde un carro en marcha. Cialis, alcanzo a ver que ponen las cajas. Ser\u00e1 la \u00faltima se\u00f1al de vida urbana que acompa\u00f1ar\u00e1 mi tr\u00e1nsito puesto que un segundo despu\u00e9s soy tragada por la monta\u00f1a y la dulce penumbra verde me reclama a otro mundo.<\/p>\n<p>Superado el trayecto fragoroso, los due\u00f1os zafan a los perros de sus correas. Al verse libres, los animales corren alborozados, pero no van siempre en la misma direcci\u00f3n. Se adelantan, trepan un tramo de la cuesta y se devuelven con una energ\u00eda asombrosa. Hay que estar muy alerta porque los perros dan la impresi\u00f3n de no ver que hay alguien en su camino (y si lo ven, no les importa para nada), de manera que me veo vapuleada por impetuosos proyectiles de sangre y pelo.<\/p>\n<p>A los pocos minutos de comenzando el ascenso topamos con los restos dejados por los santeros, que tendr\u00e1n mucha fe pero muy poco cuidado con el ambiente y, definitivamente, ninguna proclividad a recoger las botellas tras el consumo de su contenido y, en fin, la basura, en cantidades considerables, que han desperdigado por el \u00e1rea.<\/p>\n<p>La subida incluye el paso por charcales que empapan los zapatos, las medias y los fondos del pantal\u00f3n; tambi\u00e9n hay piedras que exigen agilidad y no poca audacia, sin que se divise una rama de la que asirse para cobrar impulso. En buena parte del camino lo \u00fanico que hay es una especie de liana repleta de espinas cuyo uso como pasamanos queda descartado. Los perros, claro est\u00e1, ni sospechan que una parte del contingente est\u00e1 pasando trabajo para llegar a la meta. Ellos van y vienen, babeando por el sendero, oliendo la brisa como para detectar jirones de perfume del pozo donde van a lanzarse con entusiasmo infantil.<\/p>\n<p>Cuando me distancia unos 500 metros de la piscina natural a donde nos dirigimos, escucho los insistentes ladridos, casi aullidos, de un perro con pulmones de acero.<\/p>\n<p>-Resortes no para de ladrar \u2013dice uno de los excursionistas a mi lado- de pura felicidad\u2026 es una ladilla.<\/p>\n<p>No llevo la contraria.<\/p>\n<p>Unos pasos m\u00e1s y llegaremos. El lugar es muy hermoso. Y se respirar\u00eda paz y armon\u00eda si no fuera porque hay que estar mosca frente a la eventual presencia de extra\u00f1os. De pronto el camino se abre. Oigo el ruido del agua, pero se trata de una suerte de alberca donde se est\u00e1n ba\u00f1ando unos muchachos de ambos sexos. Parecen lice\u00edstas. No hay nada sospechoso en ellos, pero me apresuro para perderme de su vista y reunirme con los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Escalo el equivalente a un piso de un edificio. All\u00ed est\u00e1 la quebrada y la pileta que los propietarios de los perros han contribuido a hacer m\u00e1s profunda mediante la fabricaci\u00f3n de un dique <em>construido<\/em> artesanalmente mediante la colocaci\u00f3n de piedras que retienen el agua sin llegar a impedir su libre fluido. Los perros est\u00e1n felices. Juegan entre ellos. Entran al agua. Salen. Se encaraman en un piedra y saltan al agua. Se las arreglan para hacer brotar r\u00e1fagas que brillan al sol como un rosario de brillantes.<\/p>\n<p>Hay cuatro labradores, dos pastores alemanes, una pareja de salchichas medianos, un pastor siberiano, un galgo espa\u00f1ol, un beagle, una bloodhound, un mast\u00edn espa\u00f1ol y un cacri de estampa noble. Vuelan las pelotas. Los ladridos se trenzan con las risas de algunos ni\u00f1os que tambi\u00e9n han subido. Los amos vocean instrucciones y jalean a sus mascotas para que expriman la sustancia de ese momento inusual.<\/p>\n<p>No s\u00e9 a qu\u00e9 altura estamos. El Parque Nacional el \u00c1vila, integrante del se\u00f1or\u00edo de la cordillera de la costa, presenta alturas que van desde el nivel del mar (0 metros) hasta 2.765 metros, (que es lo que mide el Pico Naiguat\u00e1). Por supuesto, no es mucho lo que hemos ascendido, pero la vegetaci\u00f3n, de gran belleza y exuberancia, me lleva a pensar que la piscina de los perros est\u00e1 incrustada en una selva de galer\u00eda (o selvas de quebrada), zonas est\u00e1n h\u00famedas y verdes a\u00fan en la \u00e9poca de sequ\u00eda, con \u00e1rboles verdes, de porte elevado, cuyos troncos suelen estar decorados con helechos, bromelias y otras plantas de nombre desconocido para m\u00ed.<\/p>\n<p>El \u00c1vila est\u00e1 administrado por Instituto Nacional de Parques, que debe velar porque el lugar tenga un grado de protecci\u00f3n c\u00f3nsono con su condici\u00f3n de Parque Nacional, que adquiri\u00f3 el 12 de diciembre 1958, cuando la junta de gobierno provisional presidida por Edgar Sanabria, as\u00ed lo declar\u00f3, seg\u00fan el Decreto No 473 del 12 de diciembre de 1958. En 1974 este decreto fue modificado para a\u00f1adir19.000 hect\u00e1reasa las 66.192 que ten\u00eda de superficie; y posteriormente, en noviembre de 1990, durante el segundo gobierno de Carlos Andr\u00e9s P\u00e9rez, fue cambiado otra vez con una reforma parcial debido a \u00aberrores de c\u00e1lculo\u00bb que no precisaban del todo los l\u00edmites del parque.<\/p>\n<p>Hemos salido a eso de las 10 de la ma\u00f1ana de La Castellana. Ahoraes cerca del mediod\u00eda y los perros no presentan traza ya no digamos de cansancio sino al menos de ganas de echarse a la orilla del pozo. De salir un ratico del agua. Qu\u00e9 va. No parecen saciarse. Sus m\u00fasculos se ven refulgentes bajo el pelaje mojado. Tal es su exaltaci\u00f3n que se les creer\u00eda descendientes de peces con cola movediza.<\/p>\n<p>No hay un solo perro perreroso, valga la redundancia. Nadie busca pelea aqu\u00ed. Por all\u00e1, muy cerca del dique dos perros se han encaprichado con la misma rama seca que ha ca\u00eddo al agua. Los dos la muerden y pretenden hacerse con su propiedad. Las cabezas se mueven unos pocos cent\u00edmetros. Parece un tango acu\u00e1tico. Y de all\u00ed no pasa el litigio. Son animales socializados, disciplinados, tienen h\u00e1bitos: nadie ha ido al \u00c1vila a comer ni a dejar envoltorios de golosinas regados por all\u00ed, como s\u00ed han hecho los seres humanos de la v\u00edspera.<\/p>\n<p>Estoy sentada en una enorme piedra, respirando un sol de durazno y dejando reposar el bol\u00edgrafo mientras me arrulla el chapoteo de los perros y sus bufidos de placer. En eso oigo un crujir de \u201cciudadano\u201d. Abro los ojos y ah\u00ed est\u00e1n los tres guardias nacionales. Se han pasado para adelante los fusiles que tra\u00edan colgando a la espalda como quien va al mercado con un zurr\u00f3n donde meter un trozo de queso ahumado. Pero ahora las armas est\u00e1n pegadas a la barriga. Todos atendemos a la advertencia de \u201cprohibido\u201d y de \u201cdesalojen la zona\u201d, menos los perros, -culpables de la interdicci\u00f3n, pobrecillos- que persisten en su chapaleo.<\/p>\n<p>Una orden, quiz\u00e1 un par, bastar\u00e1 para que los animales salgan de su adorado estuario. El problema es que a\u00fan tienen energ\u00eda en la rec\u00e1mara. Y tengo una prueba de ello cuando imprudentemente me quedo parada junto a Porthos, un soberbio labrador color chocolate, que al sentir la tibieza del sol se estremece, ebrio de vida y de juventud, y entonces me da una aut\u00e9ntica paliza con su cola, que mueve en expresi\u00f3n de j\u00fabilo.<\/p>\n<p>En el descenso, manoteando con la in\u00fatil esperanza de encontrar una rama a la que asirme, pienso en los secuestrados, obligados a pasar a\u00f1os en la selva. Estimulados por el ejercicio y, digamos, la hidroterapia, los perros andan y desandan el sendero como p\u00e1jaros que volaran a ras de tierra. Les he cogido pavor, no a sus posibles dentelladas sino a los empujones que prodigan a diestra y siniestra mientras corren por la caminer\u00eda del \u00c1vila. Como precauci\u00f3n, al descender en un piedra de temibles filos, opto por sentarme e irme deslizando. Los perros, en cambio, semejan caballos pintados por Tovar y Tovar: son corceles que salvan con un salto las distancias del monte \u00c1vila. Y al emerger de \u00e9l ser\u00e1n, otra vez, nerviosas criaturas aquejadas de cornetazos.<\/p>\n<h4 style=\"text-align: right;\"><a href=\"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/milagros-socorro\/\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Sobre la autora<\/a><\/h4>\n<h6>*Tomado de la web personal de la autora: https:\/\/milagrossocorro.com. Dibujo: Fritz K\u00fcper<\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Quinta Anauco, sede del Museo de Arte Colonial de Caracas El 4 de enero de 1827, Sim\u00f3n Bol\u00edvar entr\u00f3 en Caracas, acompa\u00f1ado de Jos\u00e9 Antonio P\u00e1ez. 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