{"id":8565,"date":"2023-07-25T01:12:09","date_gmt":"2023-07-25T01:12:09","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8565"},"modified":"2023-11-24T18:12:32","modified_gmt":"2023-11-24T18:12:32","slug":"el-bandido-y-su-legado-maldito","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/el-bandido-y-su-legado-maldito\/","title":{"rendered":"El bandido y su legado maldito"},"content":{"rendered":"<h4 style=\"text-align: right;\">J. Pablo Dabove<\/h4>\n<p><strong>Introducci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>Dubois de Saligny \u2014representante diplom\u00e1tico franc\u00e9s en M\u00e9xico a mediados del siglo XIX\u2014 se\u00f1al\u00f3 en una oportunidad que el bandidaje mexicano hab\u00eda \u201cpasado al estado de instituci\u00f3n: [era] incluso la \u00fanica instituci\u00f3n que parec[\u00eda] tomarse en serio y que funciona[ba] con una perfecta regularidad\u201d (en L\u00f3pez C\u00e1mara, 1967: 233-234). Este arranque de esprit va al centro de las paradojas de la modernidad latinoamericana. Al proponer al bandidaje como instituci\u00f3n por excelencia, de Saligny testimonia n\u00edtidamente la imposibilidad f\u00e1ctica del monopolio estatal de la violencia territorial \u201cleg\u00edtima\u201d, condici\u00f3n necesaria de la formaci\u00f3n de una naci\u00f3n-estado (Giddens, 1985). Al mismo tiempo, va m\u00e1s all\u00e1 de la mera constataci\u00f3n del \u201ccaos\u201d decimon\u00f3nico. De Saligny pone en evidencia la negada (e inevitable) verdad de las instituciones. Si el bandidaje puede ser una instituci\u00f3n modelo, es porque comparte con el Estado su origen violento, su legitimidad problem\u00e1tica, su car\u00e1cter contingente. La afirmaci\u00f3n de Saligny se\u00f1ala sobre todo la precariedad del l\u00edmite que separa el sostenimiento de un orden del ataque al mismo y la colusi\u00f3n \u00faltima (tanto en t\u00e9rminos te\u00f3ricos como emp\u00edricos) entre violencia estatal y no estatal (Thomson: 1994).<\/p>\n<p>La construcci\u00f3n y\/o sostenimiento del monopolio estatal de la violencia, <em>vis-\u00e0-vis<\/em> las m\u00faltiples y fluidas formas de violencia organizada no estatal (bandidaje, movimientos milenaristas, levantamientos ind\u00edgenas y\/ o campesinos, contrabando, violencia urbana, guerrilla, narcotr\u00e1fico) es uno de los puntos de conflicto m\u00e1s agudos entre estados nacionales que desde el siglo XIX insisten, con \u00e9xito disparejo, en agendas modernizadoras y sus Otros.\u00a0 Desde la perspectiva estatal, este proceso implica la expropiaci\u00f3n f\u00edsica de los medios de violencia de la sociedad civil, y la imposici\u00f3n y validaci\u00f3n de narrativas que hagan \u201cnatural\u201d y \u201cnecesaria\u201d esta expropiaci\u00f3n. Desde una perspectiva no-estatal, este proceso da lugar a la elaboraci\u00f3n de contranarrativas que reivindican espacios y modos de sociabilidad alternativos.<\/p>\n<p>El bandido social, tal como fuera concebido y propuesto por Hobsbawm a la reflexi\u00f3n hist\u00f3rica y cultural contempor\u00e1nea (2000), es el primero en una serie de personajes \u2014cuya \u00faltima encarnaci\u00f3n quiz\u00e1 sea el narcotraficante mexicano y colombiano\u2014 que en la historia cultural latinoamericana poscolonial funcionan como frontera entre espacios de soberan\u00eda. Ese car\u00e1cter fronterizo determina que el tropo del bandido est\u00e9 escindido (Stuart Hall, 1997: 229) entre los sue\u00f1os nobles (el buen ladr\u00f3n) y las pesadillas de la cultura (el monstruo sediento de sangre), entre la \u00e9pica y la abyecci\u00f3n, entre el fundador de naciones y la fiera. Esta dualidad lo hizo apropiado para dar cuenta de las ambig\u00fcedades irresueltas de la modernidad latinoamericana. El bandido medra en las encrucijadas de los caminos, pero tambi\u00e9n en las encrucijadas entre las ansiedades culturales de las \u00e9lites y los violentos sue\u00f1os de justicia de las clases populares. As\u00ed, de un lado y otro, las narrativas en torno a la violencia no estatal \u2014desde el Facundo (1845) de Domingo Faustino Sarmiento, al narcocorrido contempor\u00e1neo y el hip-hop\u2014 sirven para establecer segmentos centrales del heterog\u00e9neo espacio discursivo y geopol\u00edtico que llamamos Latinoam\u00e9rica.<\/p>\n<p>En las p\u00e1ginas que siguen, abordar\u00e9 este problema a partir de un caso en particular, perteneciente al vasto universo de lo que he denominado en otra parte (Dabove, 2002) \u201cnarrativas de bandidos\u201d: la novela Z\u00e1rate (1882), de Eduardo Blanco (1839-1912). Leer\u00e9 en esta novela un triple movimiento de intervenci\u00f3n pol\u00edtica y cultural: primero, la exaltaci\u00f3n de una \u00e9lite agraria en declive (aquella representada por don Carlos Delamar); luego, la interpretaci\u00f3n del sentido y del destino de la violencia llanera en relaci\u00f3n a esa \u00e9lite tradicional y al proyecto de naci\u00f3n-estado en curso; finalmente, una cr\u00edtica al proceso de modernizaci\u00f3n auspiciada por el Guzmanato. La violencia llanera, n\u00facleo ind\u00f3mito del siglo XIX venezolano (Izard: 1981, 1982, 1983, 1984, 1987; Slatta: 1987) ser\u00e1 el \u201csignificante flotante\u201d (Laclau: 1996) por medio del cual Blanco lleva adelante esa intervenci\u00f3n que, como veremos, en un momento se vuelve una cr\u00edtica inescapable de su propia posici\u00f3n de enunciaci\u00f3n.<\/p>\n<p><em>\u201cLa Il\u00edada de los propios labios de Aquiles\u201d<\/em><\/p>\n<p>Como muchos de los venezolanos de su clase y de su \u00e9poca, Blanco altern\u00f3 las letras con la pol\u00edtica y la guerra. Medianamente prol\u00edfico, Blanco sobrevive en la historia literaria por dos obras: Venezuela heroica (1881) y Z\u00e1rate (1882). La primera es una serie de relatos m\u00e1s o menos aut\u00f3nomos, de evidente prop\u00f3sito consagratorio, que corresponden a otras tantas batallas de la guerra de Independencia (1810-1821). La segunda, escrita en el intervalo entre la primera y la segunda edici\u00f3n \u2014notablemente ampliada\u2014 de su obra \u00e9pica, es la historia de Santos Z\u00e1rate, bandido llanero en los valles de Aragua.<\/p>\n<p>Venezuela heroica fue el primer best-seller de la historia editorial venezolana: dos mil ejemplares agotados en pocas semanas y cinco ediciones en dos a\u00f1os fueron un record que no ser\u00eda igualado hasta varias d\u00e9cadas m\u00e1s tarde. Merced a este \u00e9xito, Blanco fue elegido en 1882 Individuo Correspondiente de la Real Academia Espa\u00f1ola (Krisp\u00edn, 1997: 462). La obra tiene una escena m\u00edtica de nacimiento. \u00c9sta provee <em>in nuce<\/em> todas sus coordenadas ideol\u00f3gicas, y por contraste ilustra la \u00edndole y los riesgos de la empresa de Blanco al encarar Z\u00e1rate, tan cercana en el tiempo pero tan divergente de su antecesora.<\/p>\n<p>Narrada hasta el hartazgo, la escena tiene m\u00e1s o menos esta forma: en 1861 un P\u00e1ez ya anciano dirige la Guerra Larga del lado de los conservadores. Ante el giro desfavorable de la campa\u00f1a, y el temor compartido por ambas facciones de que la guerra se saliera de madre y deviniera una rebeli\u00f3n popular incontenible, P\u00e1ez y el General Falc\u00f3n deciden reunirse en la llanura de Carabobo para estudiar los t\u00e9rminos de un posible acuerdo. Blanco est\u00e1 presente en la reuni\u00f3n como edec\u00e1n de P\u00e1ez. En los interludios de las negociaciones, P\u00e1ez narra in situ las alternativas de la batalla de Carabobo: \u201cAll\u00e1 estaba Bol\u00edvar&#8230;\u201d, \u201cAll\u00e1 se plant\u00f3 la Legi\u00f3n Brit\u00e1nica\u2026\u201d. En un momento del relato, Falc\u00f3n se dirige a Blanco y poni\u00e9ndole la mano en el hombro, le dice: \u201c\u00a1Joven, est\u00e1 usted oyendo la Il\u00edada de los propios labios de Aquiles!\u201d.<\/p>\n<p>Todos los elementos del aliento nacionalista de Venezuela heroica est\u00e1n all\u00ed: (1) la gran \u00e9pica nacional (la \u201cIl\u00edada\u201d) que liga las lanzas llaneras (ocasionalmente patriotas) a las viejas espadas hom\u00e9ricas; (2) el relato totalizador auspiciado por el estado (bajo la especie del pr\u00f3cer) que une simb\u00f3licamente una memoria a un territorio; (3) un repertorio determinado y homog\u00e9neo de sujetos (Bol\u00edvar, la Legi\u00f3n Brit\u00e1nica, P\u00e1ez) erigidos en protagonistas exclusivos de ese relato; (4) la conversaci\u00f3n entre pares (\u201cblancos\u201d, letrados, hombres de estado) como \u00e1mbitoexclusivo de esa memoria. Independientemente de las opciones pol\u00edticas circunstanciales \u2014Blanco era conservador (Cf. Silva Beauregard: 1994; Bolet Toro: 1998, 2000)\u2014 el impulso de Venezuela heroica es el impulso general de la era Guzm\u00e1n Blanco (1870-1888): un enf\u00e1tico arresto cultural para religar todas las instancias sociales a un imaginario \u00fanico de naci\u00f3n-estado, cuya pieza central es la consagraci\u00f3n de la memoria de Bol\u00edvar.<\/p>\n<p>Venezuela heroica es el \u201cevangelio de la Patria\u201d como la llama Vallenilla Lanz recordando su lectura infantil de la obra (Plaza, 1996: 177). Z\u00e1rate, considerada el inicio de la narrativa de inspiraci\u00f3n nacional (Barnola, 1963: 21), es una obra m\u00e1s secular, pero de intenci\u00f3n no menos piadosa. A primera vista su repertorio de sujetos es, si no id\u00e9ntico, al menos complementario:\u00a0 orgullosos veteranos de las guerras de independencia, en una espiral que va del elevado caudillo al modesto soldado algo inclinado al aguardiente (otra vez P\u00e1ez, el coronel Gonzalvo, el teniente Orellana, el sargento Camoruco), j\u00f3venes militares imbuidos de esp\u00edritu nacionalista y reverencia a las instancias de autoridad (Horacio Delamar), propietarios de hacienda de viejo corte patriarcal (Don Carlos Delamar), letrados o artistas (Lastenio Sanfidel).<\/p>\n<p>As\u00ed como el centro de la an\u00e9cdota arriba mencionada es P\u00e1ez, el centro del mundo post-independentista en Z\u00e1rate es la hacienda azucarera que, con diversa fortuna, dirige don Carlos Delamar, una \u201cporci\u00f3n de para\u00edso\u201d en medio de las recientes devastaciones de una guerra que no dio cuartel. Sin embargo, Z\u00e1rate es m\u00e1s que la indivisa celebraci\u00f3n de un pr\u00f3cer (P\u00e1ez) o de una particular s\u00edntesis social (el patrimonialismo agrario). Este deslizamiento del sentido ocurre por la intromisi\u00f3n en el seno de esa congregaci\u00f3n del poder y del prestigio de un invitado improbable: Santos Z\u00e1rate, el bandido llanero que no s\u00f3lo comparte un lugar honroso en la mesa de Don Carlos, sino que est\u00e1 inextricablemente ligado a los destinos de su familia, y es responsable de su salvaci\u00f3n.<\/p>\n<p>As\u00ed, leer\u00e9 Z\u00e1rate no como una novela de indiviso aliento nacionalista (aunque negar su presencia, e incluso preeminencia ser\u00eda en vano). M\u00e1s all\u00e1 de la serie criollista que culmina en Do\u00f1a B\u00e1rbara (R\u00f3mulo Gallegos, 1929) a trav\u00e9s de \u00a1En este pa\u00eds! (Luis Urbaneja-Achelpohl, 1910) \u2014y donde las virtudes de la novela de Gallegos ser\u00edan proyectadas retrospectivamente sobre el difuso borrador de Blanco\u2014 Z\u00e1rate es un lugar donde las contradicciones e imposibilidades del proyecto nacional, y sobre todo su ligaz\u00f3n esencial con la violencia fuera de la ley (sobre la que la ley se funda), se ponen de manifiesto como una suerte de \u201cretorno de lo reprimido\u201d en el \u201cinconsciente pol\u00edtico\u201d (Jameson, 1981) decimon\u00f3nico.<\/p>\n<p>Z\u00e1rate toca el punto ciego del proyecto nacional. Luego de ese contacto con lo abyecto15, retrocede ante \u00e9l con cierto horror que se disfraza de resignaci\u00f3n ante el destino de las almas perdidas para el proyecto nacional, la triste suerte del llanero del Apure que podr\u00eda haber sido compa\u00f1ero de P\u00e1ez en \u201clas gloriosas jornadas de Mucurita, La Miel o Las Queseras\u201d (432) pero que se resign\u00f3 a ser un outlaw con su cabeza tasada en dos mil pesos (422).<\/p>\n<p><em>\u201cEl Torre\u00f3n\u201d: feudalismo y capitalismo perif\u00e9rico<\/em><\/p>\n<p>Durante la Colonia, la familia extendida fue la identidad jur\u00eddica-pol\u00edticoecon\u00f3mica por excelencia en Hispanoam\u00e9rica. Las Constituciones sinodales, de 1687, por ejemplo, reivindicando la preeminencia de los blancos criollos, obligaban a jueces del tribunal eclesi\u00e1stico y curas de almas a diferenciar entre \u201cpadres de familia\u201d y \u201cmultitud promiscual\u201d. \u201cPadres de familia\u201d no nombraba, desde luego, a cualquiera posibilitado de paternidad biol\u00f3gica, sino a un sector particular de la sociedad que compart\u00eda el poder con el clero y con la autoridad secular. No los vecinos corrientes que formaban un hogar cristiano, sino el reducido grupo de personas que adem\u00e1s de mujer e hijos ten\u00edan propiedades, servidumbre y esclavos (Pino, 2000: 45).<\/p>\n<p>Don Carlos Delamar es sin duda alguna un padre de familia. Y en torno a la met\u00e1fora de la paternidad como eje del orden social la novela hace su primera apuesta, por la cual el patrimonialismo latifundista, esclavista pero ben\u00e9volo, de ilusoria raigambre colonial, se presenta como principio de organizaci\u00f3n leg\u00edtimo y hasta natural.<\/p>\n<p>La hacienda es el espacio donde todo conflicto social se anula. No hay conflicto racial porque la esclavitud en la novela no es una instituci\u00f3n orientada a la explotaci\u00f3n de mano de obra (119). Est\u00e1 m\u00e1s dirigida a la protecci\u00f3n de los cuerpos y la evangelizaci\u00f3n y disciplina de las almas (las habitaciones de los esclavos son un ameno claustro, no una prisi\u00f3n). No hay conflicto econ\u00f3mico porque la hacienda azucarera parece no codiciar tierras o recursos y abre sus pasturas y aguas a los campesinos pobres. No hay conflicto pol\u00edtico porque don Carlos rechaza tomar partido durante las guerras de la independencia y abandona Venezuela por Europa.<\/p>\n<p>En el orden natural de la hacienda, toda pr\u00e1ctica social es redundante, porque no hay transformaci\u00f3n de lo social, sino repetici\u00f3n y perpetuaci\u00f3n al infinito del status quo. Por eso la fiesta (y no la producci\u00f3n) es el modelo de pr\u00e1ctica social (hay al menos tres en la novela, de diversa publicidad). Los personajes pertenecen desde el principio a un lugar social (que la novela hace equivaler a un lugar moral), en el que todos, con las excepciones de Santos Z\u00e1rate y Sandalio Bustill\u00f3n, se encuentran c\u00f3modos.<\/p>\n<p>Esto tiene dos corolarios nada sorprendentes. En el mundo de \u201cEl Torre\u00f3n\u201d no hay trabajo y no hay violencia. En la novela nunca se muestra a nadie\u00a0 trabajando, salvo en el cap\u00edtulo XVI, \u201cUn idilio al trav\u00e9s de una reja\u201d, y en las diversas actividades de Teresa y Clavellina (costura y arreglo de vestidos). Pero en ambas ocasiones el trabajo se orienta al consumo ostensible (a la fiesta), no a la producci\u00f3n de una mercanc\u00eda. Asimismo, nunca se mencionan los tablones de az\u00facar que sostienen la hacienda, salvo como refugio o habitaci\u00f3n del mal, en el episodio donde el teniente Orellana encuentra a Z\u00e1rate\/ Oliveros en el ca\u00f1averal (342-343). Por otro lado, la legitimidad del orden patriarcal es tan abrumadora como para hacer, en la visi\u00f3n del patriarca, innecesaria toda apelaci\u00f3n a la violencia, tanto la violencia penal, como la coerci\u00f3n a los esclavos.<\/p>\n<p>Si el trabajo y la violencia han desaparecido, es porque \u201cEl Torre\u00f3n\u201d habita un remanso fuera del tiempo y de la Historia. Por eso, la novela refiere de manera tanto expl\u00edcita como indirecta a la condici\u00f3n paradis\u00edaca de la hacienda (182, 184, 187, 189, 289), y el jard\u00edn y los paisajes silvestres adyacentes (esto es: lo meramente decorativo) son el \u00fanico rasgo digno de notaci\u00f3n de la entera unidad de producci\u00f3n agraria.<\/p>\n<p>Sin embargo, esta imagen de la hacienda como locus amoenus, que har\u00eda de Z\u00e1rate una tard\u00eda versi\u00f3n de Mar\u00eda, encuentra un l\u00edmite inmediato a\u00fan antes que el mismo desarrollo de la trama la descomponga. Hay una duplicidad, inscripta en su nombre mismo, que cruza la identidad de la hacienda. Como vimos, el patrimonialismo, que se concibe como al margen de la Historia, apela con toda coherencia a una imagen intemporal que, cuando condesciende a formularse en t\u00e9rminos pol\u00edticos, remite al paradigma medieval, donde la casa es una fortaleza y sus habitantes son \u201ccastellanos\u201d (como se llama repetidamente a Aurora, por ejemplo). Sin embargo, lo m\u00e1s \u201cmedieval\u201d de la arquitectura de la hacienda es el torre\u00f3n que le da su nombre. Pero el torre\u00f3n no pertenece a la casa solariega, sino al trapiche (112). As\u00ed, el emblema marcial de la feudalidad (el torre\u00f3n que se impone a la gleba como parte eminente del teatro de la ley) es arrebatado por la realidad \u2014m\u00e1s pobre\u2014 del capitalismo perif\u00e9rico. El emblema de la feudalidad no pertenece para nada a la feudalidad sino al orden de la producci\u00f3n y a la historia: a una t\u00e9cnica de producci\u00f3n, por a\u00f1adidura, en v\u00edas de convertirse en vetusta (el caf\u00e9 era la mercanc\u00eda en ascenso en Venezuela hacia la mitad del siglo XIX, y era ya el principal art\u00edculo de exportaci\u00f3n para la \u00e9poca en que Blanco escribi\u00f3 la novela [Yarrington, 1997]). Es de ese desplazamiento del feudalismo del capitalismo azucarero en descenso, de donde surgen los conflictos de la novela.<\/p>\n<p>Los conflictos son de dos \u00f3rdenes y est\u00e1n corporizados en dos personajes: Bustill\u00f3n y Z\u00e1rate. En el primer caso, los flujos del capitalismo erosionan el orden (imaginariamente) inexpugnable y auto-sustentado del patriarcado rural y posibilitan las infames aspiraciones de advenedizos como Bustill\u00f3n. M\u00e1s rico que don Carlos (412), Bustill\u00f3n quiere sin embargo legitimar su dominaci\u00f3n por medio del matrimonio con Aurora, la hija de aqu\u00e9l (411 y ss.). El capitalismo, generalizando la l\u00f3gica de la mercanc\u00eda, implica el quiebre de la ideolog\u00eda que sustenta el origen simple de los valores, ya que en el mercado todo valor depende de la interacci\u00f3n de agentes contingentes. Bustill\u00f3n representa esa ruina, ya que es quien careciendo de valor (de linaje, de origen) se ubica como hombre de influencia en el naciente estado. Como correctamente se\u00f1ala Silva Beauregard, Bustill\u00f3n es una alegor\u00eda del Guzmanato, de las dudosas credenciales de sus hombres eminentes, de los a\u00fan m\u00e1s dudosos proyectos en funci\u00f3n de los cuales la entera gesti\u00f3n se legitimaba, y de las formas que la modernizaci\u00f3n finisecular tomaba en Venezuela (Silva Beauregard, 1994: 418-421), en particular, la constituci\u00f3n de una poderosa burocracia (en t\u00e9rminos relativos) adaptada a las nuevas reglas de la Venezuela burocr\u00e1tico-comercial que Guzm\u00e1n Blanco estaba creando (Lombardi, 1982: 187-205).<\/p>\n<p>En el segundo caso, las convulsiones de la Guerra de Independencia hab\u00edan deteriorado la capacidad de la sociedad estamental para sostener su posici\u00f3n frente a las fuerzas que hab\u00edan jugado un rol decisivo en el conflicto. Z\u00e1rate es la met\u00e1fora de esos nuevos vectores de violencia y de su relaci\u00f3n problem\u00e1tica con nuevos y viejos detentadores del poder en Venezuela. Como una \u201calegor\u00eda del presente\u201d Z\u00e1rate representa el declive de la vieja estructura de poder en la Venezuela de Guzm\u00e1n Blanco y el reajuste de la gravitaci\u00f3n en la pol\u00edtica nacional de los sectores cuyo poder se basaba en la tierra (Lombardi, 1982: 199). A pesar de ser un terrateniente, don Carlos tiene poco peso pol\u00edtico en su zona y nula influencia en la pol\u00edtica nacional. Como el personaje de Presentaci\u00f3n en Las lanzas coloradas (\u00daslar-Pietri, 1931) pone de manifiesto, una hacienda azucarera pod\u00eda ser una base de poder formidable para lanzar una carrera como caudillo (este es el paradigma cl\u00e1sico del caudillismo, seg\u00fan Lynch, 1992). Don Carlos es incapaz de movilizar esa plataforma de poder.<\/p>\n<p>Z\u00e1rate es entonces el tropo que corporiza esta migraci\u00f3n del poder fuera de la hacienda, hacia un principio n\u00f3mada que entra en alianzas con la \u00e9lite agraria tradicional, pero que no pertenece a ella. Si bien Z\u00e1rate y Bustill\u00f3n son an\u00f3malos en el orden social cuyo v\u00e9rtice es \u201cEl Torre\u00f3n,\u201d no lo son de la misma manera, y no mantienen con el Torre\u00f3n la misma clase de relaci\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>Z\u00e1rate como anomal\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>Camuflado como Jos\u00e9 Oliveros, Z\u00e1rate entra en escena (llega a la hacienda de Don Carlos pidiendo posada) al mismo tiempo que la \u00e9pica de Venezuela heroica concluye, cuando el sol de la revoluci\u00f3n se pone y la tormenta de la guerra civil ya se anuncia:<\/p>\n<p><em>D\u00edas pr\u00f3ximos a la batalla de Carabobo [la misma batalla sobre la que gira la an\u00e9cdota de Venezuela Heroica], <strong>y a la puesta del sol, entre los espesos nublados de una lluviosa tarde del mes de mayo de 1821<\/strong>, hall\u00e1base don Carlos Delamar sentado, como de costumbre, en el corredor del patio exterior de la antigua casa de su hacienda, cuando vio entrar en el patio, por el callej\u00f3n de limoneros, y dirigirse lentamente a la habitaci\u00f3n del mayordomo a un desarrapado viajero montado en un triste roc\u00edn pobre de carnes, que anunciaba en su andar el m\u00e1s extremo abatimiento. (160, \u00e9nfasis m\u00edo).<\/em><\/p>\n<p>Esta escena es el reverso de la Il\u00edada que el joven Blanco escuch\u00f3 con avidez. El relato de P\u00e1ez se enfoca en el centro de la batalla y en sus part\u00edcipes ilustres. (Recordemos que las batallas de la Il\u00edada son una suma de combates singulares, de desaf\u00edos o fortuitos encuentros entre h\u00e9roes bien caracterizados). La entrada de Santos (que llega a \u201cEl Torre\u00f3n\u201d para saquear la hacienda y asesinar a sus habitantes) nos lleva a los m\u00e1rgenes de esa batalla, a un espacio de violencia centr\u00edfuga, poblado de campesinos pobres que quiz\u00e1s pelearon las batallas de la Historia pero cuya violencia, m\u00e1s all\u00e1 de las mejores ilusiones letradas, no se circunscribi\u00f3 nunca a los l\u00edmites de la \u00e9pica nacional. Dice la novela:<\/p>\n<p><em>Tras el legionario que dej\u00f3 las armas, apareci\u00f3 el bandido. Desde las primeras alboradas de la paz, numerosas cuadrillas de malhechores infestaron los caminos y se parapetaron en los bosques de algunas de nuestras provincias. Los vecindarios de los campos, los caser\u00edos extraviados, las aldeas indefensas y hasta los pueblos no guarecidos con tropas regulares fueron teatro frecuente de robos y asesinatos, cometidos con inaudita audacia (45).<\/em><\/p>\n<p>A diferencia de Cisneros, que porfiadamente sosten\u00eda la causa realista, Z\u00e1rate<\/p>\n<p><em>no parapetaba sus criminales fechor\u00edas con el escudo transparente de la pol\u00edtica: era m\u00e1s franco. Durante los \u00faltimos a\u00f1os de la guerra de Independencia hab\u00eda ejercido su honorable profesi\u00f3n de salteador de caminos, tratando con ejemplar imparcialidad a venezolanos y espa\u00f1oles, y sin que fuera parte a influir en la penetraci\u00f3n de sus delitos la bandera pol\u00edtica a la que sus v\u00edctimas estuviesen afiliadas (46-47).<\/em><\/p>\n<p>Z\u00e1rate es, as\u00ed, la aparici\u00f3n de un principio heterog\u00e9neo (para la novela: incomprensible y maligno, al menos inicialmente) en la escena de la fundaci\u00f3n. A diferencia del enemigo realista, frente al cual se forma por contraste un sujeto nacional uniforme, el bandido descompone el \u201centre nos\u201d del relato totalizador, porque aparece en el seno de ese sujeto nacional y demuestra que en el drama de la independencia alguien era un impostor. Dice Blanco:<\/p>\n<p><em>Terminadas las guerras de la independencia y entregados nuestros hombres eminentes a la reorganizaci\u00f3n del pa\u00eds, as\u00ed como los ciudadanos todos a recuperar por medio del trabajo el bienestar perdido en largos a\u00f1os de persistente lucha, Venezuela exhibi\u00f3 un nuevo c\u00e1ncer, oculto hasta entonces por el humo de los combates y bajo la m\u00e1scara pol\u00edtica con que de ordinario se cubrieran las m\u00e1s ruines pasiones. Pero desautorizado el pretexto de la guerra, se hicieron insostenibles los disfraces, y tras el legionario que dej\u00f3 las armas, apareci\u00f3 el bandido.<\/em><\/p>\n<p>En Venezuela heroica la naci\u00f3n es un cuerpo que despierta en la independencia. En ese cuerpo, Z\u00e1rate es un c\u00e1ncer (45). No se sabe c\u00f3mo es, pero est\u00e1 all\u00ed; se cree que est\u00e1 en un lado pero est\u00e1 en otro (o en muchos otros, 253- 264); se cree haberlo eliminado, pero resurge como una met\u00e1stasis (68-69). La caza del bandido supone el dominio del cuerpo como met\u00e1fora de la estatizaci\u00f3n del territorio. Pero el bandido no es un enemigo exterior (como el espa\u00f1ol), otro cuerpo a fin de cuentas, y en tanto que tal provisto de una forma inteligible y localizable, sino un enemigo que no se hace presente. La \u00e9pica de la independencia, tal como es narrada en Venezuela heroica, lo es en tanto supone la co-presencia, el mutuo reconocimiento de los adversarios sobre un mismo espacio tanto f\u00edsico como simb\u00f3lico: el campo de batalla que se disputan. Z\u00e1rate nunca da batalla si puede evitarlo. Y, como en G\u00fcere, da batalla para salir de la batalla, escapar del cerco armado que el estado tiende, escapando del reconocimiento (395-400).<\/p>\n<p>Z\u00e1rate parece constituir una amenaza a\u00fan m\u00e1s grave que los realistas de anta\u00f1o, porque pone en tela de juicio no s\u00f3lo el disfrute de la propiedad, sino la instancia de la cual el derecho de propiedad emanaba:<\/p>\n<p><em>El despecho y la exasperaci\u00f3n de las autoridades provinciales hab\u00edan llegado al colmo. Semejante aventura [la serie de robos que Z\u00e1rate y su banda acababan de cometer], a m\u00e1s del crimen que encerraba, era tildada de insolente provocaci\u00f3n a los encargados de vigilar y sostener la moralidad p\u00fablica, de burla sangrienta al supremo decoro de la magistratura.<\/em><br \/>\n<em>[&#8230;]<\/em><br \/>\n<em>Destacamentos de tropas regulares recorr\u00edan los caminos. En todas partes reluc\u00edan bayonetas, y hormigueaban soldados, ansiosos, a cual m\u00e1s, de satisfacer el justo enojo de sus burlados jefes; pero sin encontrar sujeto alguno sobre quien descargar el peso de la ley y de sus iras, que, muy bien atacadas, llevaban todos juntos en el ca\u00f1\u00f3n de sus fusiles.<\/em><\/p>\n<p>No obstante la contrariedad de no topar al enemigo, hubo prop\u00f3sito de declarar el estado de sitio en la provincia; y cual si hubiera resucitado Boves, y corrieran aquellos d\u00edas de sangre que precedieron las jornadas de La Victoria y San Mateo, y a las m\u00e1s funestas derrotas de La Puerta, la agitaci\u00f3n era extremada, la alarma incesante y el p\u00e1nico de nuestros campesinos subidillo de punto (264-265).<\/p>\n<p>As\u00ed, la situaci\u00f3n de partida en Z\u00e1rate contrasta un imaginario patriarcal, donde los l\u00edmites son naturales y leg\u00edtimos, a una realidad que es la de la ausencia de l\u00edmites, y donde Z\u00e1rate plantea un principio de soberan\u00eda alternativa. No s\u00f3lo disputa \u2014y arrebata\u2014 los caminos, las haciendas y las posadas a las ineficaces partidas de campos-volantes (46), sino que reivindica el dominio exclusivo de la selva de G\u00fcere, la contraparte oscura de Carabobo, ligada simb\u00f3licamente a una memoria de violencia y terror que no es la de la naci\u00f3n-Estado:<\/p>\n<p><em>La selva de G\u00fcere, como las tr\u00e1gicas selvas bretonas, abundaba en fant\u00e1sticas tradiciones. Era fama que en las oscuras noches de noviembre agigantadas aves negras, cuyos graznidos lastimeros imitaban lamentaciones y ayes desgarradores, se abat\u00edan sobre los copados samanes pr\u00f3ximos al camino que atraviesa aquel bosque, y con tan formidable aleteo revolaban en las profundas sombras, que a muy larga distancia se le o\u00eda como el fragor lejano de un furioso hurac\u00e1n. Ten\u00edanse a estos fantasmas por las almas en pena de los asesinados en pecado mortal en aquellos lugares, y no faltaba quien jurase haber visto y o\u00eddo, a par de danzas de brujas y descabezados ambulantes, tan infernales diabluras.<\/em><br \/>\n<em>Pero aparte lo sobrenatural, era lo cierto que desde tiempos muy remotos la susodicha selva hab\u00eda gozado de atroz reputaci\u00f3n. A promedios del pasado siglo, un insigne salteador, apellidado C\u00fachares, la hab\u00eda elegido por guarida, despu\u00e9s de abandonar la montuosa quebrada de los Cucharos, pr\u00f3xima a San Mateo, que lleva a\u00fan el nombre que dieran a la banda de aquel empedernido malhechor. [&#8230;]. Pero no eran solamente los salteadores de caminos los que tales atrocidades cometieran en la selva de G\u00fcere: las terribles pasiones que se agitaran en Venezuela durante los primeros a\u00f1os de la guerra de Independencia la eligieron repetidas veces para saciar crueles venganzas; y todav\u00eda en 1816, al emprender Mac Gregor y Soublette la gloriosa retirada desde Ocumare hasta el Juncal, encontraron, palpitantes a\u00fan, al cruzar aquel bosque, los cad\u00e1veres de veintinueve patriotas asesinados por Chepito Gonz\u00e1lez (391-392).<\/em><\/p>\n<p>La selva conjuga saberes alternativos, un capital cultural campesino que para la conciencia ilustrada es s\u00f3lo \u201csuperstici\u00f3n\u201d. La novela dedica un entero cap\u00edtulo (\u201cViejas preocupaciones\u201d) a explicar el ascendiente de esas supersticiones, y a establecer una distribuci\u00f3n de los saberes locales. En esta suerte de etnograf\u00eda de inspiraci\u00f3n nacionalista, por un lado est\u00e1n aquellos saberes rescatables y que por ende se asocian a la hacienda; por otro, est\u00e1n aquellos que son un peligro y son invalidados por su asociaci\u00f3n con el bandido.<\/p>\n<p>As\u00ed, la selva de G\u00fcere no es un escondite, sino literalmente otro reino. El estado, cuando decide finalmente golpear al bandido, no encara una mera operaci\u00f3n policial, sino una conquista en toda forma, y avanza sobre ella palmo a palmo, hombro contra hombro, como en O Cabeleira, donde el ca\u00f1averal en el cual se refugia Cabeleira es echado abajo prolijamente y \u201cCada p\u00e9 de cana era um p\u00e9 de gente\u201d (T\u00e1vora, 1876: 175), o como en Os sert\u00f4es (Euclides da Cunha, 1902), donde el ej\u00e9rcito avanza casa por casa a lo largo de semanas. Este no es un paseo militar, sino la violencia inaugural que se ejerce sobre un territorio refractario al estado y que no pertenec\u00eda a \u00e9l. Dice Blanco:<\/p>\n<p><em>M\u00e1s de quinientos soldados de la tropa de l\u00ednea y otros tantos milicianos, en movimiento desde la madrugada, ejecutaban lo dispuesto por el comandante militar y [&#8230;] la pavorosa selva, tan temida, se encontraba rodeada por un extenso cerco de bayonetas que, a proporci\u00f3n que penetraban en el espeso bosque, reduc\u00edan el dilatado c\u00edrculo que al principio formaban.<\/em><br \/>\n<em><strong>Acaso aquella era la primera vez<\/strong> que tan crecido n\u00famero de pies movi\u00e9ranse a penetrar al mismo tiempo en la sombr\u00eda espesura de aquella abundosa aglomeraci\u00f3n de corpulentos \u00e1rboles y tupidos zarzales, a cuya sombra tantos cr\u00edmenes se ven\u00edan cometiendo desde \u00e9pocas remotas (390, \u00e9nfasis m\u00edo).<\/em><\/p>\n<p>Pero esta conquista est\u00e1 lejos de ser una \u00e9pica de frontera (incluso si r\u00fastica e ingloriosa). Como en las historias cl\u00e1sicas de bandidos sociales, el ej\u00e9rcito s\u00f3lo puede entrar a la selva de G\u00fcere con alguna posibilidad de \u00e9xito cuando Z\u00e1rate es traicionado. En este caso, la quinta columna es Tanacia (390), la bruja mediante la cual Z\u00e1rate sostiene ante su banda la supercher\u00eda de su doble visi\u00f3n (239-241). Lo crucial aqu\u00ed es que el colapso de la banda es causado por una disensi\u00f3n interna, no por la superior eficacia del estado.<\/p>\n<p>Pero la anomal\u00eda de Z\u00e1rate con respecto al imaginario de la naci\u00f3n-estado va aun m\u00e1s all\u00e1. En el principio de la novela, el capit\u00e1n Horacio Delamar, su cuerpo de veteranos y su amigo el pintor Lastenio Sanfidel (un Tulio Arcos o Alberto Soria avant la lettre) entran en los Valles de Aragua comisionados para perseguir a Z\u00e1rate, misi\u00f3n que Horacio no disfruta particularmente pero que le permitir\u00e1 visitar a su t\u00edo Carlos y a su prima Aurora despu\u00e9s de a\u00f1os de ausencia. Al llegar a La Victoria, se enteran de que Z\u00e1rate ha sido capturado. El prisionero, finalmente, resulta no ser el c\u00e9lebre bandido sino un c\u00f3mplice menor. Cuando se descubre el error, el prisionero ya hab\u00eda sido envenenado (por el verdadero Z\u00e1rate, para evitar la delaci\u00f3n). Sin embargo, la posibilidad de la sustituci\u00f3n hace la escena a\u00fan m\u00e1s significativa: Z\u00e1rate asol\u00f3 la regi\u00f3n por a\u00f1os, y era ya una sombr\u00eda celebridad nacional (P\u00e1ez mismo comisiona el cuerpo de ej\u00e9rcito al que pertenece Horacio). Pero nunca nadie lo hab\u00eda visto, nadie conoc\u00eda su rostro (y por eso tiene todos), nadie sab\u00eda cu\u00e1l era su raza (y por eso tiene todas), nadie sab\u00eda d\u00f3nde estaba su refugio, o d\u00f3nde estaba en un momento dado (y por eso est\u00e1 en muchos lados a la vez).<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 nos dice esta escena? M\u00e1s que la propiedad o la vida, Z\u00e1rate pone en cuesti\u00f3n la grilla disciplinaria, el principium individuationis en la que se funda (o pretende fundar) una comunidad co-extensiva a la naci\u00f3n-estado. Z\u00e1rate es un mero nombre, un significante flotante (Laclau: 1996) que conjuga los temores y deseos imaginarios de la colectividad. La realidad del prisionero \u2014nada aterradora\u2014 es secundaria.<\/p>\n<p><em>\u2014Aqu\u00ed est\u00e1, aqu\u00ed est\u00e1; ya le tenemos\u2014 gritan hasta reventar los apostados en el r\u00edo.<\/em><br \/>\n<em>Y entre una doble fila de soldados, y a horcajadas sobre el lomo de un asno y bien atadas las manos y los pies, divisa la sorprendida muchedumbre la innoble figura del prisionero, especie de bruto montaraz, sucio, harapiento, p\u00e1lido y tembloroso, de aspecto vil a la par que cobarde, con la cabeza descubierta y rota, tachonado el pelo de co\u00e1gulos de sangre, lo mismo que el pecho y las espaldas, y sin ninguno de los rasgos fison\u00f3micos con que le hab\u00edan descripto sus apologistas, quienes, corridos de verg\u00fcenza, de despecho y de asombro, se encontraron chasqueados.<\/em><br \/>\n<em>[&#8230;]<\/em><br \/>\n<em>Repuesta la sorprendida multitud de su primera decepci\u00f3n, vitoreaba al oficial que hab\u00eda apresado al susodicho malhechor, exageraba por su cuenta el arrojo desmedido de aqu\u00e9l, su astucia incomparable y su insigne victoria [&#8230;] mientras que absortas todas las miradas en el maniatado bandolero, principiaban a encontrar en el rostro y en la triste catadura de aquel desgraciado rasgos caracter\u00edsticos de la ferocidad, pujanza y osad\u00eda, que a la verdad no se ostentaban con viveza, sino en la imaginaci\u00f3n sobreexcitada de quien supon\u00eda verlos.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Jes\u00fas!\u2014 dec\u00eda un pulpero\u2014; pues m\u00edrenle los ojos; si parecen dos brasas.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Y los dientes!\u2014 a\u00f1ad\u00eda un timorato, exhibiendo los propios\u2014; \u00a1ese ha comido carne humana!<\/em><br \/>\n<em>\u2014Reparad en la arruga que le cruza la frente, y lo abultado de los maxilares; son se\u00f1ales muy significativas\u2014 rearg\u00fc\u00eda a su compadre el sacrist\u00e1n, el alb\u00e9itar del pueblo con humos de experimentado anatomista.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Qu\u00e9 cabeza!\u2014 exclamaba en un portal un estevado procurador de presos con pretensiones de fren\u00f3logo\u2014; pues no est\u00e1n poco desarrolladas en ese cr\u00e1neo las protuberancias de las pasiones criminales.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Y qu\u00e9 me dice usted de ese \u00e1ngulo facial!\u2014 exclamaba ruidosamente el boticario.<\/em><br \/>\n<em>Y todos asent\u00edan y se inclinaban ante tan justas y profundas observaciones. (50-52)<\/em><\/p>\n<p>Z\u00e1rate come familiarmente en la mesa de don Carlos Delamar, participa de la conversaci\u00f3n inter pares que circunscribe la comunidad imaginada \u201cVenezuela\u201d. Z\u00e1rate est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1 de toda posibilidad de conocimiento o aprehensi\u00f3n. La contradicci\u00f3n de ambas sentencias es s\u00f3lo aparente. En tanto principio an\u00f3malo de lo social, Z\u00e1rate es la absoluta exterioridad que, de retorno, arruina toda pretensi\u00f3n de interioridad. Pero en tanto principio alternativo de violencia que arruina la distinci\u00f3n interior\/ exterior, Z\u00e1rate presenta otro peligro: reemplazar el principio de violencia en el cual la interioridad imaginariamente se fundaba. Narrativamente esto se formula as\u00ed: Z\u00e1rate amenaza reemplazar a Horacio como sujeto privilegiado de la violencia centrada en el estado (P\u00e1ez) por la mediaci\u00f3n de la ley.<\/p>\n<p>Hay dos escenas, de gravitaci\u00f3n diversa, donde este riesgo aparece. La primera es la fiesta de la Virgen de la Candelaria, en Turmero. Durante los toros (en el \u00e1mbito hisp\u00e1nico, celebraci\u00f3n m\u00e1xima de la sociedad estamental [Cf. Pedro Viqueira Alb\u00e1n]) el pa\u00f1uelo de Aurora \u2014a quien Horacio corteja\u2014 se vuela y cae en la arena. Horacio entra a rescatar el pa\u00f1uelo, lo que lo pone a merced del toro. Un desconocido (Z\u00e1rate, disfrazado) entra y torea y mata al toro, salvando al joven capit\u00e1n por primera vez. Cuando todos van a felicitarlo, \u00e9ste ya ha desaparecido (338-339). La segunda ocasi\u00f3n es aquella en la cual Santos evita el fusilamiento y la p\u00e9rdida irreversible del nombre Delamar. A esta \u00faltima y crucial escena nos referiremos m\u00e1s adelante.<\/p>\n<p><strong>Z\u00e1rate y el lado oscuro del patrimonialismo<\/strong><\/p>\n<p>Z\u00e1rate tiene muchos rasgos del noble ladr\u00f3n hobsbawmiano. Oliveros\/ Z\u00e1rate se presenta en la hacienda herido y necesitado (160) y, contra sus expectativas, don Carlos lo aloja en capilla solariega (168-169), y lo sorprende con el espect\u00e1culo cristiano de la caridad. La confiada generosidad del hacendado gana as\u00ed la inextinguible fidelidad del bandido y lo adscribe al eje imaginario del patriarcado rural (172). Z\u00e1rate deviene as\u00ed un inadvertido retainer de Don Carlos (que no sabe sino hasta muy tarde que Oliveros es Z\u00e1rate [401]). El ejemplo m\u00e1s transparente es cuando \u00e9ste viaja a Maracay por negocios, y Oliveros\/ Z\u00e1rate lo acompa\u00f1a de ida y de vuelta, sabiendo que sin \u00e9l, el anciano era presa f\u00e1cil (174-177).<\/p>\n<p>Z\u00e1rate, el principio de anomal\u00eda de lo social, permanece a lo largo de toda la novela doblemente centrado: a nivel moral (en torno a la figura de Don Carlos) y geogr\u00e1ficamente (en torno a la hacienda de Don Carlos). Esto se\u00f1ala una duplicidad inherente \u2014e ideol\u00f3gicamente motivada\u2014 en la apreciaci\u00f3n del bandido. Por un lado, Z\u00e1rate es una fiera (21, 390), un jaguar (395), un tigre que debe ser cazado (148), la reencarnaci\u00f3n de Boves (265), un monstruo espantoso (395), un ente sobrenatural (49), el diablo mismo (264). Por otro, es un h\u00e9roe que salva en dos ocasiones la vida de Horacio sin esperar recompensa. La oscilaci\u00f3n de la figura de Z\u00e1rate es la oscilaci\u00f3n con la que se considera a la violencia campesina, la misma que transforma a los \u201cbandoleros degolladores\u201d de Boves en los \u201cguerreros de la libertad\u201d de P\u00e1ez. La resoluci\u00f3n de esta duplicidad es la segunda apuesta de la novela.<\/p>\n<p>Las distinciones entre lo oral y lo escrito van al centro del proyecto pol\u00edtico de Blanco. El lazo de subordinaci\u00f3n del bandolero a don Carlos es oral (tiene la forma de un juramento), ya que el orden patriarcal adopta la oralidad como forma de legitimaci\u00f3n preferencial. En la caracterizaci\u00f3n de los patriarcas, don Carlos y Monteoscuro, son las ricas calidades de su voz (y la ausencia absoluta de afectaci\u00f3n en esa voz) lo que se pone de manifiesto (138-140 y 195-197) frente a Bustill\u00f3n, marcado en la voz por su pompa, su sigilo y su seseo (72).<\/p>\n<p>Es por ello que en la novela, lo oral representado es axiol\u00f3gicamente superior a lo escrito representado, lo funda y justifica. El ejemplo m\u00e1s enf\u00e1tico es la orden escrita de P\u00e1ez, anulando justo a tiempo la sentencia de Horacio (implicado por Bustill\u00f3n como c\u00f3mplice de Z\u00e1rate) cuando Horacio estaba con un pie en el cadalso (436). La orden es escrita, pero es s\u00f3lo posible por el acuerdo oral entre hombres de valor que suscriben P\u00e1ez y Z\u00e1rate.<\/p>\n<p>Blanco define para P\u00e1ez y Don Carlos un mismo lugar simb\u00f3lico, donde la voz justa equivale a la autoridad leg\u00edtima:<\/p>\n<p><em>Como r\u00fasticos eran nuestros padres, ten\u00edan la buena fe de ce\u00f1irse a la letra en materia de calificativos, y de llamarlo todo por su nombre; as\u00ed las cosas y los hombres eran entonces lo que realmente eran, sin subterfugios y sin ambages, ni exageraciones hiperb\u00f3licas: una vaca era una vaca; un brib\u00f3n reconocido no era m\u00e1s que un brib\u00f3n. Pecado mortal en lo pol\u00edtico como en lo social era adue\u00f1arse de lo ajeno; y el que lo comet\u00eda era tildado de ladr\u00f3n, y como tal tenido y castigado (237).<\/em><\/p>\n<p>Esa legitimidad no es igual a la legalidad (asentada en la letra, y cuyo espurio representante es Bustill\u00f3n), sino que es anterior y superior a ella. Esa legitimidad es la que hace posible una alianza del centro con el margen, por medio de la cual la naci\u00f3n se reconcilia consigo misma: P\u00e1ez y don Carlos son los \u00fanicos a los que Z\u00e1rate respeta, y dado que es invencible, el pacto oral es la \u00fanica forma de recuperarlo para el proyecto nacional.<\/p>\n<p>La voz patriarcal es la voz de la jerarqu\u00eda y es la \u00fanica con interioridad y poder de comunicaci\u00f3n. El otro tipo de voz en el interior de la \u00e9lite es la del di\u00e1logo amoroso o amistoso (el de Horacio con Lastenio, o el de cualquiera de ellos con Aurora), fuente constante de infelicidad y equ\u00edvocos.<\/p>\n<p>En Z\u00e1rate (a diferencia de otros relatos contempor\u00e1neos a ella) no hay siquiera un simulacro de soberan\u00eda popular. La voz del \u00e1gora, la voz del pueblo en el di\u00e1logo de la plaza p\u00fablica es simple ruido, superstici\u00f3n que prolonga el imperio del bandido (235-237), o invenci\u00f3n, mentira, exageraci\u00f3n, error, como en el caso de la captura del falso Z\u00e1rate o en las conversaciones en Turmero (51-54 y 325-328). Las dos escenas donde una voz popular aparece son frente al falso Z\u00e1rate (51-54) y frente a la familia de don Carlos y los soldados que vienen a proteger Turmero. Esto es: la voz popular aparece siempre referida a un principio de poder y de violencia que la excede. E irremediablemente, yerra en la consideraci\u00f3n de ese principio (el preso no es Z\u00e1rate, la nube de polvo no es ganado). Esto es, el pueblo como principio pol\u00edtico es del todo inerte, casi inexistente cuando habla por s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>Pero la oralidad popular no es un riesgo en la novela, ya que en \u00faltima instancia es inofensiva por supersticiosa o por inconsecuente, como las insufribles letan\u00edas de Romerales. El verdadero riesgo del proyecto nacional conservador tiene un l\u00edmite exterior en la escritura sin voz (sin valor, sin origen, sin interioridad). Ese riesgo se llama Sandalio Bustill\u00f3n, la letra que usurpa la autoridad de la voz. Modelos de esa usurpaci\u00f3n son las leyes con las que se erige indebidamente en notable de la localidad (265) y sobre todo, las falsas cartas de Horacio a Z\u00e1rate (perge\u00f1adas por Romerales) que ponen a Horacio al borde del cadalso (388-389).<\/p>\n<p>El efecto m\u00e1s radical, sin embargo, de la letra separada de la enunciaci\u00f3n leg\u00edtima lo atestigua el hecho mismo que Z\u00e1rate exista. La existencia de Z\u00e1rate no es un s\u00edntoma del error del orden patriarcal, sino de los peligros de apartarse de \u00e9ste. Bustill\u00f3n, ejerciendo torpe o maliciosamente su cargo de administrador de la justicia, es responsable de la incalificable muerte de la madre de Z\u00e1rate (84), y la venganza de \u00e9ste lo persigue hasta el final. De hecho, Z\u00e1rate casi no ataca a nadie en la novela m\u00e1s que a Bustill\u00f3n para ejercer su venganza (75, 83-108). As\u00ed, la ausencia de un principio oral leg\u00edtimo es lo que introduce por primera vez la violencia ileg\u00edtima (y no al rev\u00e9s).<\/p>\n<p><strong>La violencia fundacional como \u201cjusticia de Dios\u201d<\/strong><\/p>\n<p>Z\u00e1rate nunca es capturado. Se redime (ya lo dijimos) merced al pacto oral con el soberano. En la tradici\u00f3n del noble ladr\u00f3n, el parlamento con el soberano implica su incorporaci\u00f3n como brazo armado del estado. (Como en el caso de Robin of Sherwood donde Robin se convierte en arquero de Richard the Lionhearted, el soberano leg\u00edtimo). Esta reconciliaci\u00f3n se da en el caso de Z\u00e1rate porque P\u00e1ez reconoce que la trasgresi\u00f3n a la ley escrita (esto es, sus muchos robos, asesinatos y la asociaci\u00f3n il\u00edcita para ejercer la violencia) es secundaria frente a la fundamental fidelidad de ambos al c\u00f3digo oral del valor y la lealtad (432-436). Por eso la escena de la reconciliaci\u00f3n est\u00e1 basada exclusivamente en una performance, donde Z\u00e1rate no exhibe arrepentimiento, sino un valor loco (paralelo al valor de don Carlos, dando posada y cuidados a un sospechoso desconocido):<\/p>\n<p><em>[Ante la negativa de P\u00e1ez de perdonar a Z\u00e1rate, cuya entrega es la condici\u00f3n de la salvaci\u00f3n de Horacio]<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00bfEs decir, que usted no lo perdona?\u2014agreg\u00f3 el desconocido con tono suplicante.<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00a1No!<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00bfQu\u00e9 para \u00e9l no hay salvaci\u00f3n posible?<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00a1No!<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00bfQu\u00e9 lo \u00fanico que puede esperar es la muerte?<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00a1S\u00ed!<\/em><br \/>\n<em>\u2014Pues bien, general\u2014exclam\u00f3 con desesperaci\u00f3n el singular defensor del condenado, poni\u00e9ndose de pie\u2014, haga de \u00e9l lo que guste, aqu\u00ed est\u00e1.<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00bfD\u00f3nde?<\/em><br \/>\n<em>\u2014 Aqu\u00ed, delante de usted, mi general. \u00a1Santos Z\u00e1rate soy yo!<\/em><br \/>\n<em>[&#8230;]<\/em><br \/>\n<em>\u2014 Est\u00e1 bien\u2014dijo P\u00e1ez\u2014, te perdono la vida, pero a condici\u00f3n de que te hagas hombre de bien. [&#8230;] \u2014 \u00bfLo prometes?\u2014a\u00f1adi\u00f3 P\u00e1ez.<\/em><br \/>\n<em>\u2014 Lo prometo\u2014balbuci\u00f3 el bandido, jadeante de emoci\u00f3n (434-435).<\/em><\/p>\n<p>P\u00e1ez perdona a Z\u00e1rate y consigue el perd\u00f3n para Horacio en el momento cr\u00edtico (436). Sin esperar la liberaci\u00f3n de Horacio, el bandido corre a interrumpir el malhadado matrimonio de Aurora y Bustill\u00f3n y a eliminar a este \u00faltimo, quien significativamente muere en la horca, como un bandido (447). As\u00ed Z\u00e1rate salva la honra de don Carlos, y abre la posibilidad del casamiento de Horacio y Aurora, que finalmente han hecho claros sus sentimientos el uno para el otro (384).<\/p>\n<p>Este es un final que en apariencia sigue las reglas de la justicia po\u00e9tica. Pero no del todo. Este final hubiese significado una ca\u00edda definitiva: pondr\u00eda al bandido y al homicidio que comete sobre la persona de Bustill\u00f3n en el lugar de origen expl\u00edcitamente reconocido de la salvaci\u00f3n del orden patriarcal que en la novela pasa por \u201cVenezuela\u201d. Esto es: el complot de Bustill\u00f3n que hac\u00eda aparecer a Z\u00e1rate como c\u00f3mplice de Horacio se habr\u00eda confirmado de una manera que Bustill\u00f3n nunca hubiera sospechado.<\/p>\n<p>Esta alianza\/ convergencia tiene antecedentes. Santos y Horacio son asociados en la novela a partir de una met\u00e1fora com\u00fan, San Miguel, arc\u00e1ngel guerrero por excelencia. Sobre el principio de la novela, cuando Horacio y Lastenio se presentan intempestivamente, y su identidad es a\u00fan desconocida para los habitantes de \u201cEl Torre\u00f3n\u201d, Clavellina exclama, ante la marcial apostura de Horacio: \u201c\u2014\u00a1Jes\u00fas! [&#8230;] \u00a1el San Miguel Arc\u00e1ngel!\u201d (137). Cuando Z\u00e1rate ha sido perdonado por P\u00e1ez, vuelve a \u201cEl Torre\u00f3n\u201d a vengar a Don Carlos de la afrenta que Bustill\u00f3n pretende inferir a su nombre. En ese momento, dice el narrador, Santos es el \u201cdemonio convertido en arc\u00e1ngel\u201d (446) que imparte la justicia divina. San Miguel es el santo cuya estatua adorna el oratorio de la hacienda (123), que a su vez es el centro de la sociabilidad de \u00e9sta. Quien devenga San Miguel, deviene por ende basti\u00f3n y eje del orden patriarcal.<\/p>\n<p>Nadie m\u00e1s calificado que Z\u00e1rate. Tiene superior astucia (repetidamente enga\u00f1a a Horacio), superior habilidad y fuerza f\u00edsica (repetidamente lo salva), y superior conocimiento de los verdaderos c\u00f3digos que alientan el poder (consigue el perd\u00f3n cuando Lastenio y Monteoscuro fracasan). Sancionar esta final superioridad hubiese confundido irremediablemente los lugares de Horacio y de Z\u00e1rate, en desventaja de Horacio. La novela hubiese superado de manera irremediable sus propios presupuestos nacionalistas, hacia una dimensi\u00f3n pol\u00edtica in\u00e9dita, donde la Selva de G\u00fcere, como fuente de saber y soberan\u00eda, habr\u00eda superado a Caracas (e incluso a Europa).<\/p>\n<p>Es en este punto cuando Z\u00e1rate exhibe la verdadera violencia del proyecto nacional, la puesta en escena de la conciencia de que el estado se construye sobre aquello que niega: la violencia no-estatal. Este es el non plus ultra de las ficciones nacionalistas. Por ende, esa conciencia debe ser reprimida, pero a la vez, no puede dejar de ser exhibida como ya desde siempre reprimida: paradoja constitutiva de las narrativas nacionalistas, seg\u00fan Anderson famosamente estipulara: la negociaci\u00f3n inconclusa entre represi\u00f3n e inconsciente pol\u00edtico es el cuerpo mismo de la novela. As\u00ed, sobre el final de la obra, Horacio, que por un inveros\u00edmil olvido de sus libertadores no sabe que debe su vida, su fortuna y su honor a Z\u00e1rate, irrumpe en donde el bandido acaba de ajusticiar a Bustill\u00f3n. Apenas vi\u00e9ndolo, lo ataca, y sin que haya lugar a explicaciones (y m\u00e1s extra\u00f1amente, sin que don Carlos, que debe su honra a Z\u00e1rate, intervenga para detener la pelea) lo mata (453). Lastenio llega a la escena y pregunta:<\/p>\n<p><em>\u2014Decid, se\u00f1ores, decid, \u00bfQui\u00e9n ha muerto a este hombre?<\/em><br \/>\n<em>\u2014Vuestro amigo\u2014 contest\u00f3 el sacerdote.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Horacio!\u2014 exclam\u00f3 Lastenio horrorizado.<\/em><br \/>\n<em>\u2014S\u00ed, se\u00f1or\u2014 replic\u00f3 Monteoscuro\u2014. Pero en combate leal.<\/em><br \/>\n<em>\u2014 \u00a1Qu\u00e9 horror, qu\u00e9 horror!\u2014 murmur\u00f3 consternado el artista\u2014pero es verdad que Horacio lo ignoraba.<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00bfQu\u00e9?\u2014 preguntaron todos.<\/em><br \/>\n<em>\u2014Que a ese hombre le debe la vida.<\/em><br \/>\n<em>Don Carlos elev\u00f3 al cielo los ojos, como buscando la explicaci\u00f3n de tantas amarguras; y al terminar de referir Lastenio el hecho heroico de Z\u00e1rate por salvar la vida del capit\u00e1n, el anciano, abatido, inclin\u00f3 la cabeza murmurando:<\/em><br \/>\n<em>\u2014\u00a1Justicia de Dios! (457)<\/em><\/p>\n<p>\u201cJusticia de Dios\u201d, frente al flagrante asesinato de un hombre cuando \u00e9ste hab\u00eda sido perdonado y redimido de sus cr\u00edmenes, y hab\u00eda redimido a todos de sus muchos errores e inepcias. Horacio se justifica por medio del subterfugio del \u201ccombate leal\u201d (456), apelaci\u00f3n a un c\u00f3digo oral de la valent\u00eda del que hasta ese momento no se muestra seguidor (porque eso, entre otras cosas, implicar\u00eda justificar a Z\u00e1rate y su l\u00f3gica de la venganza hasta el fin, expl\u00edcitamente desaprobada). \u00bfPor qu\u00e9 la apelaci\u00f3n a la \u201cjusticia de Dios\u201d clausura toda reflexi\u00f3n sobre la muerte del h\u00e9roe de la novela? Porque la muerte de Z\u00e1rate exorciza la contaminaci\u00f3n que hac\u00eda tambalear el patrimonialismo. Restaura las fronteras simb\u00f3licas que hacen posible el casamiento final de los protagonistas, el \u201cromance nacional\u201d leg\u00edtimo. La muerte de Z\u00e1rate muestra \u2014como en el final de El Zarco, de Ignacio Altamirano\u2014 que no puede o no deber\u00eda haber contacto entre el estado \u2014representado en el hombre de estado, en el soberano\u2014 y la violencia del bandido, que existe antes y por fuera de la ley. El recurso a la trascendencia oculta as\u00ed la contingencia de las decisiones pol\u00edticas, ocultamiento que es el desesperado recurso sobre el que se asienta toda fundaci\u00f3n.<\/p>\n<p><strong>Bibliograf\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>Banko, Catalina (1990) Las luchas federalistas en Venezuela. Caracas: Monte \u00c1vila.<\/p>\n<p>Barnola, Pedro Pablo (1963) Eduardo Blanco, creador de la novela venezolana. Caracas: Tipograf\u00eda Vargas S.A.<\/p>\n<p>Blanco, Eduardo (1981) Venezuela heroica. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la Rep\u00fablica.<\/p>\n<p>_____ (1997) Z\u00e1rate. Caracas: Monte \u00c1vila Editores Latinoamericana.<\/p>\n<p>_____ (s.f.) 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Pablo Dabove Introducci\u00f3n Dubois de Saligny \u2014representante diplom\u00e1tico franc\u00e9s en M\u00e9xico a mediados del siglo XIX\u2014 se\u00f1al\u00f3 en una oportunidad que el bandidaje mexicano hab\u00eda \u201cpasado al estado de instituci\u00f3n: [era] incluso la \u00fanica instituci\u00f3n que parec[\u00eda] tomarse en serio y que funciona[ba] con una perfecta regularidad\u201d (en L\u00f3pez C\u00e1mara, 1967: 233-234). 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