{"id":8501,"date":"2023-07-18T00:55:10","date_gmt":"2023-07-18T00:55:10","guid":{"rendered":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/?p=8501"},"modified":"2023-11-24T18:12:32","modified_gmt":"2023-11-24T18:12:32","slug":"dos-cuentos-de-ramon-hurtado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/dos-cuentos-de-ramon-hurtado\/","title":{"rendered":"Dos cuentos de Ram\u00f3n Hurtado"},"content":{"rendered":"<h3>Abyecci\u00f3n<\/h3>\n<p><em>Al autor de \u00abEn pedazos\u00bb<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">I<\/p>\n<p>En un cuartucho h\u00famedo y enladrillado de aquel prost\u00edbulo, frente al patio entoldado de luceros, estaba tendida la pobre vieja, sola, abandonada, sobre un catre cojo que \u00fanicamente la inmovilidad absoluta de la muerte pod\u00eda sostener sin crujidos&#8230;<\/p>\n<p>En la sala cuatro rameritas se empolvaban las l\u00e1grimas y encarminaban las huellas de dos noche de desvelos, suspirando como ante una liberaci\u00f3n al sentir la amargura infinita de ser hu\u00e9rfanas&#8230;<\/p>\n<p>All\u00ed estaba la pobre vieja con un pa\u00f1uelo anudado a la cabeza para sostener la mand\u00edbula; hendida la boca por donde tantas veces hab\u00eda pasado la amargura su esponja h\u00fameda de ac\u00edbar; la barbilla redonda y prominente; los ojos cristalizados ya en el estrabismo de la muerte y el ce\u00f1o contra\u00eddo con esa expresi\u00f3n nigrom\u00e1ntica de los murci\u00e9lagos, ese ce\u00f1o taciturno y embrujado de las tiradoras de cartas ante un naipe intruso y desconcertante&#8230;<\/p>\n<p>De vez en cuando o\u00edanse gritos alegres en la calle, un coche se deten\u00eda a la puerta, una cabeza de hombre sal\u00eda bajo el capacete y al advertir la hilera de sillas negras una voz ordenaba continuar la marcha. A la entrada recib\u00eda Don Julio, esposo de la muerta, repartiendo sonoros abrazos a los amigotes que llegaban y que despu\u00e9s de las explicaciones rituales &#8211; hora de la muerte, enfermedad, nombre del m\u00e9dico, hora del entierro &#8211; eran conducidos sigilosamente al comedor. En el centro de una mesa forrada de hule verde, entre una pimpina y un frasco de encurtido, hab\u00eda tres botellas de ron Santa Teresa rodeadas de copitas desiguales.<\/p>\n<p>Y era el nombre de la doctora m\u00edstica, resaltando en el fondo rojo de la etiqueta, la \u00fanica nota religiosa en aquella casa llena ya con el sereno esplendor de la muerte&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">II<\/p>\n<p>Gustavo sent\u00eda una excitaci\u00f3n extra\u00f1a, algo s\u00e1dico y morboso, ante la perspectiva de <em>sacar <\/em>aquella noche a una mujer cuya madre estaban velando en esos mismos instantes; de beber a flor de piel las primeras l\u00e1grimas de la orfandad, de pasearla como un trofeo frente a las puertas de los caf\u00e9s, de exhibirla, en fin, como algo raro y nuevo que nadie m\u00e1s podr\u00eda ostentar y que \u00e9l mismo no ostentar\u00eda otra vez. Por eso insist\u00eda, febril, agarrado a los balaustres de la ventana. Ella, por la rendija de un postigo, se negaba a salir, rotundamente.<\/p>\n<p>&#8211; No, no y no.<\/p>\n<p>&#8211; Una vueltecita nada m\u00e1s. No seas tonta.<\/p>\n<p>&#8211; No. Esta noche no, \u00a1qu\u00e9 horror!<\/p>\n<p>&#8211; Es cuesti\u00f3n de unos minutos.&nbsp; Ya estamos de regreso.<\/p>\n<p>&#8211; No.<\/p>\n<p>&#8211; Es que tengo que decirte una cosa.<\/p>\n<p>&#8211; Me da pena con tu pap\u00e1.<\/p>\n<p>&#8211; Tonto. \u00a1Qui\u00e9n se ocupa aqu\u00ed de \u00e9l!<\/p>\n<p>&#8211; Bueno. Me voy. Ya sabes: de m\u00ed no volver\u00e1s a saber.<\/p>\n<p>&#8211; Pero&#8230; ven ac\u00e1&#8230; \u00bfC\u00f3mo voy a salir si ya vienen a encajonar a mam\u00e1?<\/p>\n<p>&#8211; Te he dicho que es cosa de unos minutos.<\/p>\n<p>&#8211; Es que&#8230; Mira&#8230; Entra un ratico&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfY salimos?<\/p>\n<p>&#8211; S\u00ed.<\/p>\n<p>Gustavo se separ\u00f3&nbsp; de la ventana, arroj\u00f3 en el zagu\u00e1n un cigarrillo reci\u00e9n encendido, lo pisote\u00f3, escupi\u00f3 encima y entr\u00f3 resueltamente. Unos cuantos bohemios, rostros hampescos, de ternos ra\u00eddos, cuellos ra\u00eddos y rodilleras quasimodescas, se pusieron de pie. Salud\u00f3 y entr\u00f3 a la sala. Tras la hoja de la puerta, entornada, esperaba ella.<\/p>\n<p>A poco sali\u00f3 Gustavo. A su lado iba un \u00e1gil silueta de mujer embozada en una capa de terciopelo negro. Sali\u00f3 presurosa, dando saltitos de p\u00e1jaro entre las dos hileras de sillas reci\u00e9n charoladas. En el zagu\u00e1n tuvieron que apartarse para dar paso a un hombre galoneado que entraba llevando sobre su cabeza una caja negra.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">III<\/p>\n<p>&#8211; Eso es griego, completamente griego &#8211; coment\u00f3 un poeta del grupo de bohemios -. Es la civilizaci\u00f3n llevada a su grado m\u00e1ximo.<\/p>\n<p>&#8211; La sinverg\u00fcenzura, querr\u00e1s decir &#8211; contest\u00f3 otro.<\/p>\n<p>&#8211; \u00bfUna mujer que sale a pasear tranquilamente dejando a su madre muerta? Eso es hel\u00e9nico.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Pobre vieja! Yo que la conoc\u00ed en sus buenos tiempos, cuando acababa de casarse con Julio &#8211; dice un vejete bostezando -. Lo mismo que a esta muchacha que acaba de salir. La he cargado sobre mis rodillas.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Qu\u00e9 tonter\u00eda! &#8211; interrumpi\u00f3 un patiqu\u00edn que acababa de llegar -. Yo tambi\u00e9n la he cargado sin ser tan viejo como usted.<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Pobre gente! &#8211; suspir\u00f3 otro.<\/p>\n<p>&#8211; Amigo: la falta de un hombre en la familia. \u00bfQu\u00e9 autoridad puede tener sobre ella Julio, el pap\u00e1, si llega todas las noches borracho? Hasta las ha apurru\u00f1ado en mi presencia. \u00bfSabes lo que \u00e9l mismo me cont\u00f3 una vez&#8230;?<\/p>\n<p>Y el que ten\u00eda la palabra baj\u00f3 la voz. Hubo un rodar de sillas y el c\u00edrculo se hizo m\u00e1s estrecho.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">IV<\/p>\n<p>Una luna clara, fr\u00eda, silenciosa ba\u00f1aba el patio. La noche hac\u00eda desprenderse de los \u00e1rboles del corral un olor azucarado de savia joven, de follajes nuevos, de reto\u00f1os tiernos. El cad\u00e1ver estaba colocado ya en la sala, en la caja sin cerrar, dando una sensaci\u00f3n de olvido, de eternidad. Las lumias de la casa se hab\u00edan engalanado con fingido candor. Se cubrieron los senos. Hab\u00eda cintas negras en las gargantas turgentes y provocativas. Se descolgaron los cuadros de desnudos insinuantes. El incienso expandi\u00f3 su onda fragante y el alma del burdel pareci\u00f3 ruborizarse. En un rinc\u00f3n chirriaban los hierros al rojo, sobre una anafe lleno de brasas, para soldar el ata\u00fad. Fueron desfilando todos dejando en la frente de la muerta un beso m\u00e1s fr\u00edo que ella misma. De pronto una mujer hendi\u00f3 el grupo como una loca. En sus ojos ard\u00eda la llama azul de los alcohole baratos. Se ech\u00f3 sollozando sobre el cad\u00e1ver y as\u00ed permaneci\u00f3 largo rato.<\/p>\n<p>Cuando la levantaron de all\u00ed, sudorosa, desgre\u00f1ada, los dientes apretados en una convulsi\u00f3n hist\u00e9rica, entre las s\u00e1banas mortuorias corr\u00eda un arrolluelo color grosella, donde nadaban trozos de pan, ruedas de r\u00e1bano, pedazos de salm\u00f3n&#8230;<\/p>\n<h3>Las violetas del padre Luis<\/h3>\n<p style=\"text-align: center;\">I<\/p>\n<p>Cuando muri\u00f3 mi t\u00edo Luis, el sacerdote, se encontraron en su libro de oraciones algunas violetas marchitas.<\/p>\n<p>Mam\u00e1 decidi\u00f3 poco despu\u00e9s que yo abrazara tambi\u00e9n la carrera de las almas. No pod\u00eda romperse \u2014seg\u00fan ella\u2014 la larga y venerada tradici\u00f3n de contar un sacerdote en el seno de la familia, tradici\u00f3n implantada una remota ma\u00f1ana del a\u00f1o de gracia de 1759 en que el obispo Diez Madro\u00f1ero, del Real Consejo de S. M. don Carlos III, orden\u00f3 en el antiguo templo de San Pablo, ante el Cap\u00edtulo reunido, el Gobernador, el Ayuntamiento, los frailes de los conventos y gran n\u00famero de devotos, a Diego Antonio Sal\u00edas y Michelena, ascendiente de mi madre por l\u00ednea paterna. El padre Sal\u00edas muri\u00f3 de fiebre amarilla durante la terrible epidemia de fines del siglo XVII. Cuentan que hab\u00eda adquirido el contagio por llevar los Santos \u00f3leos a una familia atacada, hacia los lados de Marip\u00e9rez.<\/p>\n<p>Decidi\u00f3se en la sobremesa del desayuno con que se obsequi\u00f3 a los asistentes a la primera misa f\u00fanebre, enviarme al Seminario, apenas se abriese el nuevo curso. Recordar\u00e9 siempre con una melancol\u00eda suav\u00edsima la \u00faltima semana que pas\u00e9 en casa, antes de partir, semana llena de mimos y zalemas en que mi madre se plegaba, sonriendo, a todos mis caprichos. A veces, levant\u00e1ndose de la m\u00e1quina de Singer donde cos\u00eda, me encargaba con los ojos h\u00famedos de ternura:<\/p>\n<p>\u2014Tienes que escribirme todos los d\u00edas\u2026 \u00a1ah! y te retratas al llegar, para ver c\u00f3mo quedas de sotana y sombrero de teja.<\/p>\n<p>Quedaba silenciosa largo rato con la mirada fija en el suelo y de pronto dec\u00eda, arregl\u00e1ndose los cabellos con falso gesto de despreocupaci\u00f3n:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Bah!\u2026 despu\u00e9s de todo, Caracas no es el fin del mundo\u2026<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 por fin la v\u00edspera de la partida. Arrasada en l\u00e1grimas hizo rodar el ba\u00fal al centro del patio, un ba\u00fal enorme, s\u00f3lido, verdaderamente sacerdotal, forrado en esta\u00f1o y hojalata, con flores y pajarillos en relieve, un arca escenogr\u00e1fica como las que sacan en la apoteosis de Radam\u00e9s, en el tercer acto de \u00abA\u00edda\u00bb. All\u00ed fue amontonando cobijas de lana y sobrecamas reci\u00e9n planchadas; calcetines y franelas con mis iniciales bordadas dentro de una corona de espinas; pa\u00f1uelos cifrados con letras enlazadas, enrosc\u00e1ndose en contorsiones de espasmo: haces de vetiver; cruces de palma bendita como las que ponen en una jofaina llena de agua, en los patios, durante las tempestades y, en todos los rincones, escondidos entre las ropas, retratos del Papa, reproducciones de cuadros m\u00edsticos, tarjeticas de primera comuni\u00f3n.<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana siguiente \u2014una ma\u00f1ana brumosa del invierno arag\u00fce\u00f1o\u2014 son\u00f3 por fin la hora de los adioses. Como de un sue\u00f1o vago he conservado siempre la sensaci\u00f3n de unas manos locas que se aferraban a mi cabeza, despein\u00e1ndome; de una cara h\u00fameda, apretada contra la m\u00eda; de unos labios que frotaban los m\u00edos en largos besos angustiosos, dej\u00e1ndome en la boca un pregusto a abandono, a desventura\u2026 Un \u00faltimo grito\u2026 \u00abQue el Coraz\u00f3n de Jes\u00fas me lo acompa\u00f1e\u2026\u00bb; una portezuela que se cierra con violencia, un pitazo, ruido de cadenas arrastradas pesadamente y la locomotora se perdi\u00f3 a lo lejos, vomitando chispas, hendiendo la campi\u00f1a neblinosa con su gran cuello negro y triunfal.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">II<\/p>\n<p>El viaje, en un vag\u00f3n de segunda lleno de cazadores de altas botas enlodadas (era lunes y el domingo hab\u00eda sido lluvioso y largu\u00edsimo) fue para m\u00ed de una duraci\u00f3n inapreciable. Iba mudo, alelado, sin tener una noci\u00f3n exacta del lugar ni de la hora. Cuando volv\u00ed a darme de nuevo cuenta precisa de mis actos, ya l\u00facidos mis sentidos, aunque todav\u00eda envueltos en cierto nimbo sonambulesco, me encontr\u00e9 en un gran sal\u00f3n tapizado de rojo, decorado con molduras \u00e1ureas, en donde se respiraba ese olor a cera, a incienso y a semen, caracter\u00edstico de capillas y sacrist\u00edas, que tanto excita a las beatas hist\u00e9ricas y a las doncellas lesbianas. Estaba en el Seminario. Un sacerdote de piel cetrina denunciadora de un h\u00edgado maltrecho vino hacia m\u00ed, sonri\u00e9ndome por encima de los lentes:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEres t\u00fa, mijito, el sobrino de nuestro inolvidable padre Luis, que Dios tenga en su santo seno?<\/p>\n<p>Yo respond\u00ed con la unci\u00f3n evang\u00e9lica de un cruzado:<\/p>\n<p>\u2014S\u00ed, padre.<\/p>\n<p>Una voz afeminada desgranaba las letan\u00edas en una habitaci\u00f3n contigua:<\/p>\n<p>\u2014Mater intemerata\u2026<\/p>\n<p>\u2014Ora pro nobis\u2026 \u2014contestaba fervoroso el coro.<\/p>\n<p>\u2014Mater immaculata\u2026<\/p>\n<p>\u2014Ora pro nobis\u2026<\/p>\n<p>\u2014Mater amabilis\u2026<\/p>\n<p>\u2014Ora pro nobis\u2026<\/p>\n<p>En uno de los muros hab\u00eda un gran cuadro de San Ignacio, al \u00f3leo, un santo magro, asc\u00e9tico, anguloso, con la mano suspendida en el aire. A su lado hab\u00eda una clepsidra y una calavera. En el fondo del sal\u00f3n se elevaba un pomposo solio de terciopelo rojo en cuyo centro, bordado en sedas de color, campeaba la cifra J. H. S. sobre una llave, un b\u00e1culo y un chambergo episcopal con pluma y cord\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">III<\/p>\n<p>Fui tonsurado. Vest\u00ed mi loba flamante con su faja de seda ribeteada de escarlata. Estudi\u00e9 con entusiasmo y devoci\u00f3n. El alba me sorprendi\u00f3 m\u00e1s de una vez inclinado sobre unos tomos negros y austeros, de grave encuadernaci\u00f3n monacal, donde entre \u00e1ureas alegor\u00edas resaltaba el nombre sonoro de alguno de aquellos padres de la Iglesia \u2014Santo Tom\u00e1s, San Braulio, San Juan Cris\u00f3stomo, San Buenaventura\u2014 formidables escritores cuyas diestras, al escribir, parec\u00edan guiadas por la mano de Dios. Como un nuevo Alighieri, sin otro Virgilio que mis pocos a\u00f1os, visit\u00e9 el Infierno de la Metaf\u00edsica, el Purgatorio de la Psicolog\u00eda y el Para\u00edso de la Teodicea. Abrev\u00e9 en la fuente cristalina de filosof\u00eda india; o\u00ed las armon\u00edas augurales de los libros v\u00e9dicos; encontr\u00e9 en la metemps\u00edcosis, latente y en germen como en la espiga el grano, el pante\u00edsmo de Spinoza; me embriagu\u00e9 con la poes\u00eda primitiva del Ramayana; vi nacer con Budha el cristianismo y con Brahma la democracia; escuch\u00e9 la m\u00fasica ultraterrena que acarici\u00f3 los o\u00eddos de Pit\u00e1goras; aprend\u00ed a creer con los esc\u00e9pticos y a dudar con los sofistas y me arrull\u00f3 mansamente, durante mis sue\u00f1os, la n\u00edvea paloma par\u00e1clita del Esp\u00edritu Santo\u2026<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">IV<\/p>\n<p>Jueves y domingos \u2014cuando el \u00c1vila empezaba a calarse la cl\u00e1mide ponentina\u2014 dej\u00e1bamos la Catedral con sus altares radiosos e \u00edbamos todos, ac\u00f3litos, di\u00e1conos y subdi\u00e1conos, con nuestras blancas sobrepellices al brazo, como si fu\u00e9semos a ba\u00f1arnos, a dar nuestro reglamentario paseo bisemanal por el Calvario.<\/p>\n<p>Fue en uno de aquellos paseos, lentos y melanc\u00f3licos, cuando el padre Enrique, el sacerdote de la piel cetrina que me recibi\u00f3 a la llegada, refiri\u00f3me la leyenda que aureolaba de santidad la leve memoria de mi t\u00edo Luis.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de haber desempe\u00f1ado con gran celo el curato de cierta importante iglesia for\u00e1nea \u2014me explic\u00f3 el padre Enrique con voz velada\u2014 fue enviado mi t\u00edo a una pintoresca poblaci\u00f3n del Interior de la Rep\u00fablica, en pleno llano, un lindo pueblecito de caser\u00edo asim\u00e9trico y multicolor. Entre pradales aterciopelados y cristalinos se elevaba la r\u00fastica iglezuela con su espada\u00f1a encalada y su torrecilla rom\u00e1nticamente nevada de palomas.<\/p>\n<p>Ten\u00eda fama de ser la iglesia m\u00e1s rica de todo el Estado. La custodia, los vasos sagrados, los copones, el ostiario, las cruces y las casullas estaban valuadas en sumas inveros\u00edmiles. La diadema de la Inmaculada ostentaba tres sartas de perlas de belleza imponderable; el manto estaba salpicado de lises y la medialuna en que apoyaba la Virgen el breve y rosado pie, era de oro antiguo. Treinta y dos esmeraldas y un enorme brillante ten\u00eda el c\u00e1liz.<\/p>\n<p>El sagrario era un verdadero cofre de rajah. Los exvotos eran tambi\u00e9n numerosos y ricos. Un armador de P\u00edritu hab\u00eda ofrendado a la Virgen un buque de n\u00e1car, de casi un metro, con m\u00e1stiles de oro y remos de s\u00e1ndalo por haber salvado de un naufragio cierto bergant\u00edn; un hacendado de Ospino hab\u00eda ofrecido una mano de plata, de tama\u00f1o natural, con dos perlas incrustadas, por la curaci\u00f3n de un dedo canceroso, y un rico agricultor de Guanare hab\u00eda enviado una cruz de diamantes por la salvaci\u00f3n de una cosecha. Innumerables eran, igualmente, las ofrendas menores: un caballo con ojos de rub\u00ed, una pierna de oro, una diadema de zafiros, una casita de plata y un rosario de riqu\u00edsimos cochanos.<\/p>\n<p>Tal tesoro lit\u00fargico no pod\u00eda menos que despertar la codicia de cuantos extranjeros visitaban el pueblo. En la Penitenciar\u00eda de un Estado lim\u00edtrofe cumpl\u00eda r\u00edgida condena un caco apure\u00f1o que hab\u00eda intentado penetrar en la iglesia para robarla.<\/p>\n<p>Mi t\u00edo fue recibido en el pueblo con gran entusiasmo. Tan pronto como tom\u00f3 posesi\u00f3n de su cargo di\u00f3se cuenta perfecta del riesgo que corr\u00edan las joyas sacras. Decidi\u00f3 dormir \u00e9l mismo en la Sacrist\u00eda, la cual se comunicaba por una peque\u00f1a puerta con la casa parroquial, y la abandonaba apenas empezaba a clarear y llegaban los primeros fieles.<\/p>\n<p>La afluencia de extranjeros, agentes de comercio, y buhoneros de toda especie, era continua. Con sus blusas azules, agobiados bajo el peso de grandes fardos blancos, tej\u00edan y destej\u00edan diariamente las tranquilas r\u00faas del poblacho, vendiendo casimires, sobrecamas bordadas, muselinas, chales, mantones. Dos de estos tr\u00e1nsfugas \u2014un catal\u00e1n y un italiano\u2014 conocedores de las riquezas que atesoraba el pueblo, intentaron robarlas. El plan fue ingenioso, europeo. Hab\u00eda, primeramente, que alejar de la iglesia, a altas horas de la noche, al buen p\u00e1rroco. Idearon, para ello, una habil\u00edsima estratagema. Uno de ellos \u2014el italiano\u2014 se presentar\u00eda, a la hora apacible del conticinio, en solicitud de mi t\u00edo con el pretexto de que su compa\u00f1ero hab\u00eda ca\u00eddo gravemente enfermo y ped\u00eda los auxilios espirituales. S\u00f3lo el templo mientras el fingido enfermo reten\u00eda al sacerdote a su cabecera, era f\u00e1cil realizar el sacr\u00edlego intento.<\/p>\n<p>Para no despertar sospechas en la posada en que estaban hospedados, el catal\u00e1n empezar\u00eda a simular su dolencia desde las primeras horas de la noche. Gritos vagos, quejas\u2026<\/p>\n<p>\u2014Me siento muy mal\u2026 muy mal\u2026 me muero\u2026 \u2014murmuraba hundiendo el rostro en la almohada pringosa para ahogar, quiz\u00e1s, una carcajada.<\/p>\n<p>Hacia las once de la noche dijo con voz estrangulada:<\/p>\n<p>\u2014No puedo m\u00e1s\u2026 un sacerdote\u2026 me muero\u2026<\/p>\n<p>Era llegada la hora. El italiano llam\u00f3 al hotelero y le previno que iba en busca del p\u00e1rroco, suplic\u00e1ndole, al mismo tiempo, que arreglara todo para la macabra farsa. Salt\u00f3 sobre una mula y vol\u00f3 hacia el templo. La noche era clara, estrellada.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEl padre Luis, est\u00e1? \u2014pregunt\u00f3 a una anciana que acudi\u00f3 por el postigo de la casa parroquial\u2014. Es un caso urgente.<\/p>\n<p>La anciana volvi\u00f3 poco despu\u00e9s y abriendo la puerta de la casa, dijo:<\/p>\n<p>\u2014Pase. El padre viene enseguida.<\/p>\n<p>Durante la breve espera el audaz Monipodio examin\u00f3 con r\u00e1pida ojeada el terreno. Aquella puertecita carcomida por donde iba a salir el sacerdote, conduc\u00eda al altar mayor\u2026 Despu\u00e9s de acompa\u00f1ar al padre regresar\u00eda\u2026 Amordazar\u00eda a la anciana, cosa m\u00e1s f\u00e1cil que mondar una mandarina\u2026 La encerrar\u00eda en un confesionario\u2026 Y en el fardo blanco de la mercanc\u00eda, otra mercanc\u00eda valiosa ir\u00eda a sustituir los casimires y los mantones de seda.<\/p>\n<p>Se abri\u00f3 la peque\u00f1a puerta y apareci\u00f3, sereno, irradiando soberana bondad, el rostro de mi t\u00edo Luis.<\/p>\n<p>\u2014A tu orden, hijo. \u00bfD\u00f3nde queda el enfermo?<\/p>\n<p>\u2014Aqu\u00ed cerca, padre. En la posada de Rosendo Robles.<\/p>\n<p>\u2014Vamos, pues.<\/p>\n<p>Salieron y poco despu\u00e9s estaban en el fig\u00f3n. La piedad pueblerina de las mujeres hab\u00eda improvisado en la habitaci\u00f3n un peque\u00f1o altar con un crucifijo, una lamparilla de aceite y un tosco vaso donde se desmayaban algunas violetas silvestres.<\/p>\n<p>Mi t\u00edo lleg\u00f3, y abandonando sobre una silla la teja, tom\u00f3 asiento a la cabecera del enfermo, inclin\u00e1ndose cari\u00f1osamente sobre \u00e9l.<\/p>\n<p>\u2014Hijo m\u00edo\u2026<\/p>\n<p>El catal\u00e1n no respondi\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014Hijo m\u00edo\u2026 \u2014repiti\u00f3 el sacerdote.<\/p>\n<p>Nada. Un silencio profundo. Mi t\u00edo tom\u00f3 entonces la mano izquierda del enfermo, pendiente fuera del lecho. Estaba fr\u00eda.<\/p>\n<p>\u2014He llegado tarde\u2026 \u2014dijo, levant\u00e1ndose, al italiano que se dispon\u00eda a partir\u2014.<\/p>\n<p>Este infeliz acaba de morir.<\/p>\n<p>Mi t\u00edo se arrodill\u00f3 y or\u00f3 largo rato. Luego cerr\u00f3 piadosamente los ojos del cad\u00e1ver. Y del tosco vaso de vidrio que hab\u00eda al pie de la cruz, tom\u00f3 varias violetas que coloc\u00f3 entre las p\u00e1ginas de su breviario.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">V<\/p>\n<p>He aqu\u00ed por qu\u00e9, lector suspicaz y mal\u00e9volo, se encontraron en el libro de oraciones de mi t\u00edo Luis, el sacerdote, algunas violetas marchitas\u2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Abyecci\u00f3n Al autor de \u00abEn pedazos\u00bb I En un cuartucho h\u00famedo y enladrillado de aquel prost\u00edbulo, frente al patio entoldado de luceros, estaba tendida la pobre vieja, sola, abandonada, sobre un catre cojo que \u00fanicamente la inmovilidad absoluta de la muerte pod\u00eda sostener sin crujidos&#8230; En la sala cuatro rameritas se empolvaban las l\u00e1grimas y [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":6,"featured_media":8503,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_monsterinsights_skip_tracking":false,"_monsterinsights_sitenote_active":false,"_monsterinsights_sitenote_note":"","_monsterinsights_sitenote_category":0,"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[33,3,43],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8501"}],"collection":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/users\/6"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=8501"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8501\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":8545,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/8501\/revisions\/8545"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media\/8503"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=8501"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=8501"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/eldienteroto.org\/wp49\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=8501"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}